“No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gál. 2:21).
7 de Noviembre: LA LEY DEL CIELO
Dios es un Dios de amor, y el amor es el principio fundamental de su carácter y el fundamento de su gobierno. Y, como Dios quiere que le retribuyamos ese amor, nos ha creado como criaturas morales con libertad moral, la libertad inherente al amor.
Y la idea de libertad moral es fundamental para la Ley moral. Las partículas subatómicas, las olas del océano, los canguros, aunque hasta cierto punto siguen la ley natural, no siguen la Ley moral ni la necesitan. Solo los seres morales la siguen, por lo que incluso en el cielo Dios tiene una Ley moral para los ángeles.
Lee Ezequiel 28:15 y 16, que habla de la caída de Lucifer en el cielo. En él se halló “iniquidad”, y también “pecó”. ¿Qué revela el uso de estas palabras, en el contexto celestial, acerca de la existencia de la Ley moral en el cielo?
Ezequiel 28:15 y 16
15 Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad.
16 A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector.
“Iniquidad” y “pecado” son palabras que se utilizan aquí entre los seres humanos. Pero la Escritura usa los mismos términos para lo que sucedió en el cielo, en otra parte de la misma Creación. Esto debería decirnos algo sobre lo que existe en el cielo, al igual que en la Tierra.
“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Rom. 7:7). ¿Cómo podría existir la misma idea, al menos en principio, en el cielo, donde también existen seres morales, los ángeles?
Romanos 7:7
7 ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.
Como explica Elena de White: “La voluntad de Dios se expresa en los preceptos de su sagrada Ley, y los principios de esa Ley son los principios del cielo. Para los ángeles del cielo, no existe un conocimiento superior que el conocer la voluntad de Dios, y el hacer esa voluntad es el servicio más elevado en que pueden ocupar sus facultades” (DMJ 102).
Cielo, Tierra, no importa: si Dios tiene seres morales, tendrá una Ley moral que los gobierne, y la violación de esa Ley, en el cielo o en la Tierra, es pecado.
¿Por qué la idea de una Ley moral es inseparable de la idea de seres morales? Sin esa Ley, ¿qué definiría qué es moral y qué no?
Compartido desde #ES7
7 de Noviembre: LA LEY DEL CIELO
Dios es un Dios de amor, y el amor es el principio fundamental de su carácter y el fundamento de su gobierno. Y, como Dios quiere que le retribuyamos ese amor, nos ha creado como criaturas morales con libertad moral, la libertad inherente al amor.
Y la idea de libertad moral es fundamental para la Ley moral. Las partículas subatómicas, las olas del océano, los canguros, aunque hasta cierto punto siguen la ley natural, no siguen la Ley moral ni la necesitan. Solo los seres morales la siguen, por lo que incluso en el cielo Dios tiene una Ley moral para los ángeles.
Lee Ezequiel 28:15 y 16, que habla de la caída de Lucifer en el cielo. En él se halló “iniquidad”, y también “pecó”. ¿Qué revela el uso de estas palabras, en el contexto celestial, acerca de la existencia de la Ley moral en el cielo?
Ezequiel 28:15 y 16
15 Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad.
16 A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector.
“Iniquidad” y “pecado” son palabras que se utilizan aquí entre los seres humanos. Pero la Escritura usa los mismos términos para lo que sucedió en el cielo, en otra parte de la misma Creación. Esto debería decirnos algo sobre lo que existe en el cielo, al igual que en la Tierra.
“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Rom. 7:7). ¿Cómo podría existir la misma idea, al menos en principio, en el cielo, donde también existen seres morales, los ángeles?
Romanos 7:7
7 ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.
Como explica Elena de White: “La voluntad de Dios se expresa en los preceptos de su sagrada Ley, y los principios de esa Ley son los principios del cielo. Para los ángeles del cielo, no existe un conocimiento superior que el conocer la voluntad de Dios, y el hacer esa voluntad es el servicio más elevado en que pueden ocupar sus facultades” (DMJ 102).
Cielo, Tierra, no importa: si Dios tiene seres morales, tendrá una Ley moral que los gobierne, y la violación de esa Ley, en el cielo o en la Tierra, es pecado.
¿Por qué la idea de una Ley moral es inseparable de la idea de seres morales? Sin esa Ley, ¿qué definiría qué es moral y qué no?
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“No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gál. 2:21).
8 de Noviembre: LA LEY EN DEUTERONOMIO
En la frontera de Canaán, la nación hebrea, el pueblo elegido por Dios, finalmente está a punto de heredar la tierra que Dios le había prometido. Y, como hemos visto, Deuteronomio consiste en las instrucciones finales de Moisés a los hebreos antes de que ocupen la tierra. Y, entre esas instrucciones, estaban los mandamientos para obedecer.
Lee los siguientes pasajes. ¿Qué idea se expresa vez tras vez tras vez, y por qué este aspecto es tan importante para el pueblo? (Deut. 4:44; 17:19; 28:58; 30:10; 31:12; 32:46; 33:2).
Deuteronomio 4:44
44 Esta, pues, es la ley que Moisés puso delante de los hijos de Israel.
Deuteronomio 17:19
19 y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra;
Deuteronomio 28:58
58 Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: JEHOVÁ TU DIOS,
Deuteronomio 30:10
10 cuando obedecieres a la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos escritos en este libro de la ley; cuando te convirtieres a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.
Deuteronomio 31:12
12 Harás congregar al pueblo, varones y mujeres y niños, y tus extranjeros que estuvieren en tus ciudades, para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley;
Deuteronomio 32:46
46 y les dijo: Aplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy, para que las mandéis a vuestros hijos, a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley.
Deuteronomio 33:2
Dijo:
Jehová vino de Sinaí,
Y de Seir les esclareció;
Resplandeció desde el monte de Parán,
Y vino de entre diez millares de santos,
Con la ley de fuego a su mano derecha.
Hasta la lectura más superficial del libro de Deuteronomio muestra cuán primordial era la obediencia a la Ley para la nación de Israel. En realidad, eran sus compromisos con el Pacto. Dios había hecho mucho por ellos y lo seguiría haciendo; cosas que no podían hacer por sí mismos y que no merecían inicialmente (de esto se trata la gracia: Dios nos da lo que no me- recemos). Y lo que pedía en respuesta era, precisamente, obediencia a su Ley.
No es diferente ahora. La gracia de Dios nos salva, sin las obras de la Ley: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Rom. 3:28), y nuestra respuesta es la obediencia a la Ley. Sin embargo, obedecemos la Ley, no en un vano intento de ser salvos por ella, “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Rom. 3:20), sino como resultado de la salvación que recibimos con tanta gracia. “Si me aman, guardarán mis mandamientos” (Juan 14:15, RVA-2015).
Deuteronomio podría considerarse una gran lección objetiva sobre la gracia y la Ley. Mediante la gracia, Dios nos redime, haciendo por nosotros lo que no podríamos hacer por nosotros mismos (como tampoco Israel podría haber huido de Egipto por su cuenta); en respuesta, vivimos por fe una vida de obediencia a él y su Ley. Desde la caída de Adán en adelante, hasta aquellos que experimenten el tiempo de angustia y la marca de la bestia, un pueblo representado como aquellos que “guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apoc. 14:12), la relación de Dios con su pueblo del Pacto es de Ley y gracia. La gracia de Dios nos perdona por haber violado su Ley, y la gracia de Dios nos permite obedecer su Ley también, una obediencia que surge de nuestra relación de pacto con él.
¿Cómo podemos evitar la trampa de volvernos legalistas al obedecer la Ley?
Compartido desde #ES7
8 de Noviembre: LA LEY EN DEUTERONOMIO
En la frontera de Canaán, la nación hebrea, el pueblo elegido por Dios, finalmente está a punto de heredar la tierra que Dios le había prometido. Y, como hemos visto, Deuteronomio consiste en las instrucciones finales de Moisés a los hebreos antes de que ocupen la tierra. Y, entre esas instrucciones, estaban los mandamientos para obedecer.
Lee los siguientes pasajes. ¿Qué idea se expresa vez tras vez tras vez, y por qué este aspecto es tan importante para el pueblo? (Deut. 4:44; 17:19; 28:58; 30:10; 31:12; 32:46; 33:2).
Deuteronomio 4:44
44 Esta, pues, es la ley que Moisés puso delante de los hijos de Israel.
Deuteronomio 17:19
19 y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra;
Deuteronomio 28:58
58 Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: JEHOVÁ TU DIOS,
Deuteronomio 30:10
10 cuando obedecieres a la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos escritos en este libro de la ley; cuando te convirtieres a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.
Deuteronomio 31:12
12 Harás congregar al pueblo, varones y mujeres y niños, y tus extranjeros que estuvieren en tus ciudades, para que oigan y aprendan, y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley;
Deuteronomio 32:46
46 y les dijo: Aplicad vuestro corazón a todas las palabras que yo os testifico hoy, para que las mandéis a vuestros hijos, a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley.
Deuteronomio 33:2
Dijo:
Jehová vino de Sinaí,
Y de Seir les esclareció;
Resplandeció desde el monte de Parán,
Y vino de entre diez millares de santos,
Con la ley de fuego a su mano derecha.
Hasta la lectura más superficial del libro de Deuteronomio muestra cuán primordial era la obediencia a la Ley para la nación de Israel. En realidad, eran sus compromisos con el Pacto. Dios había hecho mucho por ellos y lo seguiría haciendo; cosas que no podían hacer por sí mismos y que no merecían inicialmente (de esto se trata la gracia: Dios nos da lo que no me- recemos). Y lo que pedía en respuesta era, precisamente, obediencia a su Ley.
No es diferente ahora. La gracia de Dios nos salva, sin las obras de la Ley: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Rom. 3:28), y nuestra respuesta es la obediencia a la Ley. Sin embargo, obedecemos la Ley, no en un vano intento de ser salvos por ella, “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Rom. 3:20), sino como resultado de la salvación que recibimos con tanta gracia. “Si me aman, guardarán mis mandamientos” (Juan 14:15, RVA-2015).
Deuteronomio podría considerarse una gran lección objetiva sobre la gracia y la Ley. Mediante la gracia, Dios nos redime, haciendo por nosotros lo que no podríamos hacer por nosotros mismos (como tampoco Israel podría haber huido de Egipto por su cuenta); en respuesta, vivimos por fe una vida de obediencia a él y su Ley. Desde la caída de Adán en adelante, hasta aquellos que experimenten el tiempo de angustia y la marca de la bestia, un pueblo representado como aquellos que “guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apoc. 14:12), la relación de Dios con su pueblo del Pacto es de Ley y gracia. La gracia de Dios nos perdona por haber violado su Ley, y la gracia de Dios nos permite obedecer su Ley también, una obediencia que surge de nuestra relación de pacto con él.
¿Cómo podemos evitar la trampa de volvernos legalistas al obedecer la Ley?
Compartido desde #ES7
Bendiciones a todos los que vean este canal que la paz de Dios sea con ustedes siempre y bueno saludos de mi parte de Verónica aráuz y lagunas de de aquí en Nicaragua para todos ustedes que el ángel de Jehová acampe alrededor de los que le temen y los defiende
Les estoy enviando el testimonio él había prometido bueno mil Disculpa porque estaba un poco mala la señal pero ya en esta noche trataré de compartirlo para qué es que ya están en suscrito en este canal y esperando que muchos Vean este canal escuchen este hermoso testimonio Como mi papá pero llegó al entendimiento de su palabra en el 31 de octubre del 2020 aceptamos nos bautizamo en la iglesia adventista ya tenemos un año verdad 31 de octubre cumplimos 1 año y gracias a Dios y Dios nos ha ayudado con un grupo pequeño de 4 personas hasta la vez ahí estamos luchando pidiendo a Dios que nos ayude de entendimiento siempre a nuestras vidas y que a través de este canal de este testimonio que le Estoy compartiendo muchos puedan unirse a la iglesia adventista del séptimo día el último mensaje que está haciendo tricao
PARA MEMORIZAR: “Acuérdate, no olvides que has provocado la ira de Jehová tu Dios en el desierto; desde el día que saliste de la tierra de Egipto, hasta que entrasteis en este lugar, habéis sido rebeldes a Jehová” (Deut. 9:7).
Miércoles 1º de diciembre: COMERÁS Y TE SACIARÁS
Un dirigente de la iglesia, que trabajó en la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día durante 34 años, contó que muchos años antes él y su esposa, después de haber aterrizado en un aeropuerto, habían perdido una maleta. “Allí mismo”, dijo, “junto a la cinta transportadora de equipaje y en público, nos arrodillamos y oramos, pidiendo al Señor que nos devolviera nuestro equipaje perdido”. Muchos años después, sucedió lo mismo: llegaron al aeropuerto; pero una maleta, no. Contó lo que pasó a continuación. “No te preocupes”, le dijo a su esposa, “el seguro lo cubrirá”.
Con esta historia en mente, lee Deuteronomio 8:7 al 18. ¿Qué advertencia le está dando el Señor a su pueblo aquí, y qué debería significar para nosotros hoy también?
Deuteronomio 8:7 al 18
7 Porque Jehová tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes;
8 tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel;
9 tierra en la cual no comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en ella; tierra cuyas piedras son hierro, y de cuyos montes sacarás cobre.
10 Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te habrá dado.
11 Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy;
12 no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites,
13 y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente;
14 y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre;
15 que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y él te sacó agua de la roca del pedernal;
16 que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien;
17 y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza.
18 Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.
Considera lo que les aportaría su fidelidad al Señor. No solo poseerían una tierra maravillosa y rica, una “tierra en la cual no comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en ella” (Deut. 8:9), sino también serían sumamente bendecidos en esa tierra: ovejas, vacas, oro, plata y casas hermosas. Es decir, se les darían todas las comodidades materiales que les brinda esta vida.
Pero, entonces, ¿qué? Se enfrentarían al peligro que siempre acompaña a la riqueza y la prosperidad material, el de olvidar que solo el Señor es quien “te da el poder para hacer las riquezas” (Deut. 8:18)
Quizá no al principio, pero a medida que pasen los años y tengan todas las comodidades materiales que necesitan, olvidarán su pasado, olvidarán cómo el Señor los condujo a través de “aquel grande y terrible desierto” (Deut. 1:19), y de hecho pensarán que fue su inteligencia y su talento lo que les permitió tener tanto éxito.
Esto es precisamente lo que el Señor les estaba advirtiendo que no hicieran (y lamentablemente, en especial cuando uno lee a los profetas posteriores, esto es exactamente lo que les sucedió). Por lo tanto, en medio de esta prosperidad, Moisés les dice que recuerden que fue solo el Señor quien hizo esto por ellos y que no se dejen engañar por las bendiciones materiales que él les había dado. Siglos más tarde, el mismo Jesús advirtió, en la parábola del sembrador, acerca del “engaño de las riquezas” (Mar. 4:19).
No importa cuánto dinero ni posesiones materiales tengamos aquí, todos somos
Miércoles 1º de diciembre: COMERÁS Y TE SACIARÁS
Un dirigente de la iglesia, que trabajó en la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día durante 34 años, contó que muchos años antes él y su esposa, después de haber aterrizado en un aeropuerto, habían perdido una maleta. “Allí mismo”, dijo, “junto a la cinta transportadora de equipaje y en público, nos arrodillamos y oramos, pidiendo al Señor que nos devolviera nuestro equipaje perdido”. Muchos años después, sucedió lo mismo: llegaron al aeropuerto; pero una maleta, no. Contó lo que pasó a continuación. “No te preocupes”, le dijo a su esposa, “el seguro lo cubrirá”.
Con esta historia en mente, lee Deuteronomio 8:7 al 18. ¿Qué advertencia le está dando el Señor a su pueblo aquí, y qué debería significar para nosotros hoy también?
Deuteronomio 8:7 al 18
7 Porque Jehová tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes;
8 tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel;
9 tierra en la cual no comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en ella; tierra cuyas piedras son hierro, y de cuyos montes sacarás cobre.
10 Y comerás y te saciarás, y bendecirás a Jehová tu Dios por la buena tierra que te habrá dado.
11 Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy;
12 no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites,
13 y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente;
14 y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre;
15 que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde no había agua, y él te sacó agua de la roca del pedernal;
16 que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien;
17 y digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza.
18 Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.
Considera lo que les aportaría su fidelidad al Señor. No solo poseerían una tierra maravillosa y rica, una “tierra en la cual no comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en ella” (Deut. 8:9), sino también serían sumamente bendecidos en esa tierra: ovejas, vacas, oro, plata y casas hermosas. Es decir, se les darían todas las comodidades materiales que les brinda esta vida.
Pero, entonces, ¿qué? Se enfrentarían al peligro que siempre acompaña a la riqueza y la prosperidad material, el de olvidar que solo el Señor es quien “te da el poder para hacer las riquezas” (Deut. 8:18)
Quizá no al principio, pero a medida que pasen los años y tengan todas las comodidades materiales que necesitan, olvidarán su pasado, olvidarán cómo el Señor los condujo a través de “aquel grande y terrible desierto” (Deut. 1:19), y de hecho pensarán que fue su inteligencia y su talento lo que les permitió tener tanto éxito.
Esto es precisamente lo que el Señor les estaba advirtiendo que no hicieran (y lamentablemente, en especial cuando uno lee a los profetas posteriores, esto es exactamente lo que les sucedió). Por lo tanto, en medio de esta prosperidad, Moisés les dice que recuerden que fue solo el Señor quien hizo esto por ellos y que no se dejen engañar por las bendiciones materiales que él les había dado. Siglos más tarde, el mismo Jesús advirtió, en la parábola del sembrador, acerca del “engaño de las riquezas” (Mar. 4:19).
No importa cuánto dinero ni posesiones materiales tengamos aquí, todos somos
de carne y hueso, y nos espera un hoyo en el suelo. ¿Qué debería decirnos esto acerca de los peligros provenientes de la riqueza, en el sentido de que la riqueza puede hacernos olvidar nuestra necesidad del Único que puede librarnos de ese hoyo en el suelo?
Compartido desde #ES7
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