Algo del Evangelio
14.2K subscribers
4.34K photos
55 videos
3 files
3.9K links
El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com
Download Telegram
Comentario a Marcos 12, 28b-34:

Es bueno volver a escuchar lo que a veces la mala memoria o la rutina nos hace olvidar: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú misma se lo hubieras pedido, y Él te habría dado agua viva.» No me voy a cansar de repetirlo, porque a fuerza de escuchar y escuchar nuestro corazón se puede ensanchar y ensanchar, y esa es la idea. Si fuéramos conscientes, si supiéramos cuánto nos ama Dios, cuántos dones nos ha dado por medio de su Hijo, nos pasaríamos la vida, el día, pidiéndole lo que realmente nos hace falta y no tantas cosas que a veces en realidad no necesitamos. ¿Qué necesitamos? ¿Qué necesitás realmente? Una tuve la gracia de celebrar un casamiento de una pareja que volvió a la fe después de muchas búsquedas, después de muchas idas y venidas. Felices, decidieron regularizar su matrimonio y dejar que Jesús consagre el amor que de hace tanto tiempo se tenían. Tienen un hijo pequeño, que es un regalo de Dios, como todos los niños, pero este es muy especial. Después de la celebración, mientras a los esposos les tiraban arroz me quedé con él frente al altar mirando a Jesús y le dije: «Santi, ¿rezamos? Sí, me respondió. Nos arrodillamos juntos y rezamos cada uno lo suyo. Cuando terminamos le pregunté: ¿Qué le pediste Santi? Primero le di gracias, me dijo – y eso ya me conmovió - porque hoy es el día más feliz de mi vida, hoy se cumplió lo que siempre soñé. Y después le pedí a Jesús que me regale dos hermanitos (es hijo único) una mujer y un varón. ¿Por qué dos? le pregunté. Porque si somos más, vamos a ser más felices entre todos» Una maravilla. Por algo Jesús nos dice que tenemos que hacernos como niños ¿no? Si conociéramos el don de Dios, los dones de Dios que a veces tenemos en nuestras narices, disfrutaríamos más la vida, le pediríamos a Jesús que nos dé de su agua, que nos dé lo esencial, como lo supo pedir este niño.
Mientras tanto… ¿Qué tenemos que hacer nosotros? Escuchar. Algo del evangelio de hoy nos enseña que primero hay que escuchar. No ama el que no escucha y no escucha el que no ama. ¿Cuál es el primero de los mandamientos? le preguntaron a Jesús. “Escuchar para amar” “Amarás, si escuchás”. Es lindo saber que el mandamiento también es una promesa… Amarás, amarás… Vamos a terminar amando, pero si empezamos por escuchar. Escuchar es lo primero que quiere Dios de nosotros, sin escucha no hay posibilidad de amar, no hay amor que prospere.
Padre Rodrigo Aguilar, [18.03.20 22:43]
A veces creo que los cristianos queremos empezar por el final y nos olvidamos del principio. Siempre es bueno empezar por el principio, “crece desde el pie, musiquita, crece desde el pie” dice una canción. Todo crece desde el pie. ¿Cómo pretender que Dios sea todo si no le damos lo primero y principal que es el oído que hace que las palabras lleguen al corazón? ¿Quién se puede enamorar de alguien al que jamás escucha? Por eso es bueno volver a escuchar que el primer mandamiento en realidad, es escuchar. No se puede amar a quien no se escucha. Mirá a tus hijos, a tu marido, a tu mujer, a tus hermanos, miralos y preguntate con sinceridad si es posible amarlos de verdad, si en verdad no los escuchás, si no te tomás el tiempo para saber qué piensan, qué sienten, qué necesitan, sentándote un rato con ellos. Cuando empezamos a escuchar a los que tenemos al lado nos llevamos muchas sorpresas, para bien y a veces para mal. Nos sorprendemos para bien, cuando de golpe descubrimos una riqueza inimaginable en personas que antes no teníamos en cuenta. Nos sorprendemos para mal cuando de golpe nos distanciamos de personas que en realidad no conocíamos bien, porque en el fondo no nos escuchábamos. ¿No será que con Dios nos pasa lo mismo? ¿No será que nos alejamos de Dios porque nos perdemos de escucharlo? ¿No será que nos enamoramos perdidamente de Él cuando nos decidimos a escucharlo?
El amor a Dios brota y crece casi naturalmente cuando se escucha, la escucha es como la lluvia que riega las plantas, porque el escuchar cosas lindas, cosas de Dios, nos purifica el corazón para poder verlo nítidamente y una vez que lo vemos empezamos a amarlo con el todo corazón, con toda el alma, el espíritu y las fuerzas. En cambio, cuando las cosas quieren ser al revés, o sea obligarse a amar a un Dios que no se escucha y no se sabe bien quien es, es casi tan imposible como estar ciego o sordo y querer enamorarse a la distancia de alguien que ni siquiera veo ni escucho.
Empecemos por el principio y el camino será más posible y lindo. Probemos hoy escuchar y que el escuchar nos abra el corazón para amar, a Dios y a los demás, porque en realidad, escuchar ya es empezar a amar.

www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Sábado 21 de marzo - III Sábado de cuaresma + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:
«Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas."
En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!"
Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor.
Comentario a Lucas 18, 9-14:

Jesús, como a la samaritana, se nos presenta en el camino de la vida, se sienta junto al pozo, ese pozo a donde nosotros acudimos a beber, a saciar nuestra sed, deseando que tengamos, en el fondo, sed de Él, como Él mismo la tiene de nosotros. Así hizo con esa mujer, la del evangelio del domingo pasado que espero te acuerdes. Esa mujer que no terminaba de comprender como un hombre, un judío podía estar dialogando con ella, y mucho más, pedirle agua para beber. Es así, Jesús se “disfraza” de necesitado para que nosotros podamos descubrirlo, pero fundamentalmente descubrir que solo Él puede saciar la sed de amor que “grita” desde el pozo de nuestro corazón. Esta semana nos acompañó esta imagen, esa maravillosa escena, que en realidad es el reflejo de lo que de algún modo o de otro, tarde o temprano nos pasará con Jesús, nos buscará para que lo busquemos, nos encontrará para que lo encontremos, nos pedirá de beber, para que le pidamos.
Y de la parábola de algo evangelio de hoy creo que lo primero que podemos decir, o lo que se me ocurre hoy decir es. ¿No será que a veces interpretamos demasiado literal algunas cosas del evangelio y nos olvidamos de lo esencial, de lo más profundo? Pasa mucho en nuestras Iglesias que cuando hay celebraciones de poca gente -celebraciones semanales, por ejemplo- la gente se va mucho atrás, se va mucho a los bancos del fondo, a grandes distancias; como si a veces pensáramos que dependiendo del lugar que ocupemos estamos más o menos cerca de Dios o lo merecemos más o menos.
Y hoy justamente el Señor nos quiere mostrar que no se trata de eso. Obviamente la actitud del publicano que está lejos, es la actitud del que se siente pecador, del que se siente necesitado de Dios; y la actitud del fariseo que está de pie, es todo lo contrario, porque él se siente justo, se siente mejor que los demás y da gracias porque “no es como los demás”; pero no es una cuestión de qué asiento ocupo en la Iglesia, puedo estar en el primer banco sintiéndome un gran pecador y por tanto necesitado de Dios que es lo que me hace ir hasta ahí; puedo ser sacerdote y estar muy cerca del altar, pero estar lejos de Dios, mi corazón puede estar lejos de Él, porque estoy soberbio y pienso que soy más que los demás; no importa el lugar…
Vamos a lo esencial del Evangelio: Jesús se refiere a aquellos que se tenían por justos y despreciaban a los demás; y de eso es de lo que debemos tener cuidado, reflexionar si nosotros en alguna forma de pensar, de sentir, de actuar o de mirar a los demás, no nos creemos un poco más justos y despreciamos a los demás. En el fondo es esa actitud la que nos aleja de Dios; cuando me siento capaz de juzgar y pensar que soy diferente, incluso agradecer que soy diferente y llegar a decir: “Gracias Señor porque me libraste de esto o de lo otro”, y miro a los demás de reojo. Cuando caemos en esa actitud de soberbia es cuando más lejos estamos de Dios y no nos iremos “justificados” en nuestra oración.
La oración que brota del fondo de nuestro corazón no es creernos diferentes a los demás, sino más bien pedirle al Señor que nos ayude a reconocernos como realmente somos; y no temer mostrarnos ante Dios como realmente somos.
Me contó alguna vez un sacerdote que después de una Misa, en el atrio de la Iglesia mientras saludaba a los demás, escuchaba un grupo de señoras que decían: “Y al final en el cielo vamos a estar los mismos de siempre”; como una actitud de mucha soberbia de la cual seguramente no se daban cuenta, estas señoras no se daban cuenta de lo que estaban diciendo.
¿A veces no será que nosotros nos creemos como una élite dentro de la Iglesia? Como la élite de los que estamos más cerca y "menos mal que somos nosotros, menos mal que Dios nos eligió a nosotros”. Hay que tener mucho cuidado de no caer en esta soberbia tan sutil que se mete en el corazón de los “más creyentes” incluso, de los que aparentemente estamos más cerca, estamos “de pie” al lado de Dios.
Mejor es salir justificado de la oración, porque el que se humilla será ensalzado; el que se reconoce como es, a eso se refiere Jesús. Humillarse es reconocerse con la verdad, “La humildad es la verdad” decía Santa Teresa, y por eso, aquel que se pone frente a Dios sin miedo a mostrarse como es y por esa pequeñez que reconoce en él pide perdón y se arrodilla también como una actitud interior; es el que realmente saldrá de la presencia de Dios, como Él quiere que salgamos y no como nosotros creemos que tenemos que salir.
Pidámosle esta gracia en este fin de semana, aprovechemos para pedirle a la Palabra que produzca este fruto en nosotros: frutos de humildad, que es lo que realmente nos ayuda a vivir como el Señor quiere.

www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Domingo 22 de marzo - IV Domingo de Cuaresma (A) + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado.»
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: « ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?»
Unos opinaban: «Es el mismo.» «No, respondían otros, es uno que se le parece.»
El decía: «Soy realmente yo.»
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.
El les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.»
Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado.»
Otros replicaban: « ¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?» Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?» El hombre respondió: «Es un profeta.»
Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?» Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: « ¿Crees en el Hijo del hombre?»
El respondió: « ¿Quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando.»
Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante él.

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38:

Si el domingo pasado Jesús fue el agua para calmar la sed. Quiso ser el agua para calmar nuestra sed. Quiso ser el agua para calmar nuestra sed de ser felices, esa sed de amor que tenemos todos en el corazón. Hoy la liturgia, la Palabra de Dios, nos muestra a Jesús como la luz. Luz para iluminar la ceguera en la que vivimos. Así, con estas imágenes, vamos lentamente acercándonos a la Pascua para poder llegar a vivir lo mismo que la samaritana y que el ciego de nacimiento. Hacia allá vamos. A tener más sed de él y a que se nos libre de esta ceguera que no nos permite ver el amor de Dios a nuestro alrededor. Ambos terminaron hablando cara a cara, corazón a corazón con Jesús, y escuchando de sus propios labios: «Soy yo, el que habla contigo.»...«Tú lo has visto: es el que te está hablando.» Las dos frases: una del Evangelio del domingo pasado y otra de Algo del Evangelio de hoy. Jesús vino a darnos sed de hablar con él y permitirnos verlo con nuestros propios ojos. ¡Qué lindo! Si hoy te sentás un rato a rezar, a repasar esta lectura, que en realidad es más larga, te aseguro que por ahí vas a escuchar que Jesús te dice a vos lo mismo. Esa es la experiencia que debe hacer cada cristiano, porque todos hemos nacido un poco ciegos, y no por culpa nuestra, sino por el pecado del mundo, por la debilidad de nuestro corazón, de nuestra inteligencia, con la cual nacemos y que tenemos que ir librándonos poco a poco.
Algo del evangelio de hoy es como un drama de miradas, por decir así, miradas diferentes, ojos del corazón que ven cosas distintas ante la misma realidad. Uno que no ve desde su nacimiento no por su culpa y que además es despreciado, dejado de lado, no tenido en cuenta, juzgado y viviendo de la limosna. Los vecinos que opinan por opinar, hablan por hablar, como tantos en este mundo, que les gusta hablar, por hablar, sin conocer, sin ver. Otros que “meten bocado”, como se dice, sin saber. Los fariseos que lo juzgan como pecador y que, además, no le creen cuando es curado. Hasta juzgan al mismo Jesús. Muy parecido a nuestras realidades ¿no?, muy parecido al mundo en el que vivimos. Gente tirada por el camino, gente desechada de la sociedad y que además es juzgada, es menospreciada como si todo fuera culpa de ellos. Gente como nosotros que a veces estamos ciegos y opinamos y opinamos, sin saber; y hablamos y hablamos, sin conocer el corazón de los otros. Sin embargo, en medio de todas estas miradas ciegas, miradas parciales, miradas sin amor, aparece la mirada de Jesús. Hoy concentrémonos en la mirada de Jesús.
Él vino a mirar el corazón del hombre, el tuyo y el mío. Jesús ve lo que nadie ve. Todos piensan que ese hombre es ciego de nacimiento por pecador, pero Jesús ve que ese hombre ayudará a manifestar la gloria de Dios. Él lo elige para devolverle la vista, y mostrarnos a nosotros hoy, concretamente, en este día, no solo que hay una ceguera física sino, que hay algo que es peor, una gran ceguera espiritual. Jesús es el que abre los ojos y es la luz, el que nos permite y nos ayuda a ver lo que antes no veíamos, o lo que no queremos ver.
Vino a sanarnos de esta terrible ceguera, la que no nos deja ver lo profundo de las cosas, la que no nos deja ver más allá de lo que vemos. La que hace que nos apresuremos y “tiremos flores o críticas” sin discernir. La que nos hace criticar y despreciar, la que nos hace juzgar sin saber. Por eso San Pablo también dice en la lectura de hoy: “Sepan discernir lo que agrada al Señor”. Saber discernir, saber ver y distinguir. Solo Jesús puede darnos esa luz. La luz de la fe que nos abre al amor y el amor que nos abre al verdadero conocimiento de todo, porque solo se conoce verdaderamente a alguien, cuando se lo ama, cuando se confía, cuando se valora, cuando se saber ver el corazón.
Jesús, por favor, necesitamos que nos abras un poco más los ojos del corazón. Jesús, danos un poco más de tu luz para que podamos ver bien, discernir bien, amar mejor a todos.
Que podamos darnos cuenta que te tenemos en frente y a veces no te vemos, que podamos postrarnos en tu presencia y decirte desde el corazón: “Creo Señor, creo, pero ayudame a ver mejor. Ayudanos a ver mejor. A ver, como vos ves, nuestro corazón”.

www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar