Viernes 29 de mayo - Marcos 11, 11-26 - VIII Viernes durante el año
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 11-26
Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.
Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: «Que nadie más coma de tus frutos.» Y sus discípulos lo oyeron.
Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»
Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.
Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: «Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado.»
Jesús le respondió: «Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: "Retírate de ahí y arrójate al mar", sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán.
Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 11-26
Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.
Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: «Que nadie más coma de tus frutos.» Y sus discípulos lo oyeron.
Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»
Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.
Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: «Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado.»
Jesús le respondió: «Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: "Retírate de ahí y arrójate al mar", sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán.
Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas.»
Palabra del Señor.
Comentario a Marcos 11, 11-26:
Nuestra incapacidad de escuchar profundamente todo lo que nuestros oídos oyen es lo que en definitiva no nos deja crecer en la vida. Si nosotros creciéramos en nuestra capacidad de escuchar a los demás cuando nos hablan, sin interrumpir, sin opinar de lo que no sabemos, sin juzgar a nadie, sin criticar, sin pensar que lo sabemos todo; si nosotros aprendiéramos a escuchar cada día a las personas que tenemos en frente, claramente cuando nos sentamos a rezar, podremos escuchar mejor al Señor y también al revés. En la medida en que aprendemos a detenernos y a escuchar la Palabra de cada día y tratando de desmenuzarla, de encontrarle su sentido, de sacarle fruto, de sacarle el jugo, hasta la última gota, es cuando también aprendemos a escuchar a los demás, empezamos a mirar distinto a los demás. Por eso tenemos que aprender a seguir creciendo en nuestra capacidad de escucha, que implica siempre el corazón. Sin el corazón no hay verdadera escucha.
Este viernes, ya cercanos al fin de semana, cada uno seguramente con el cansancio a cuestas de la vida que llevamos, creo que nos puede hacer bien contemplar el momento en el que Jesús llega a Jerusalén, cuando «termina su camino» –simbólicamente– o cuando llega a donde quería llegar, a entregar la vida por nosotros. Por otro lado, escuchamos en otros Evangelios que Jesús les había anticipado a sus discípulos que su destino era llegar a Jerusalén en donde sería maltratado, crucificado, matado y, finalmente, resucitaría, pero ellos no terminaban de comprenderlo. Su ceguera no se los permitió en ese momento comprender, como nos pasa también a nosotros, que seguimos a Jesús, pero muchas veces no terminamos de comprender que finalmente pasa lo que Jesús nos decía que iba a pasar.
Nuestra incapacidad de escuchar profundamente todo lo que nuestros oídos oyen es lo que en definitiva no nos deja crecer en la vida. Si nosotros creciéramos en nuestra capacidad de escuchar a los demás cuando nos hablan, sin interrumpir, sin opinar de lo que no sabemos, sin juzgar a nadie, sin criticar, sin pensar que lo sabemos todo; si nosotros aprendiéramos a escuchar cada día a las personas que tenemos en frente, claramente cuando nos sentamos a rezar, podremos escuchar mejor al Señor y también al revés. En la medida en que aprendemos a detenernos y a escuchar la Palabra de cada día y tratando de desmenuzarla, de encontrarle su sentido, de sacarle fruto, de sacarle el jugo, hasta la última gota, es cuando también aprendemos a escuchar a los demás, empezamos a mirar distinto a los demás. Por eso tenemos que aprender a seguir creciendo en nuestra capacidad de escucha, que implica siempre el corazón. Sin el corazón no hay verdadera escucha.
Este viernes, ya cercanos al fin de semana, cada uno seguramente con el cansancio a cuestas de la vida que llevamos, creo que nos puede hacer bien contemplar el momento en el que Jesús llega a Jerusalén, cuando «termina su camino» –simbólicamente– o cuando llega a donde quería llegar, a entregar la vida por nosotros. Por otro lado, escuchamos en otros Evangelios que Jesús les había anticipado a sus discípulos que su destino era llegar a Jerusalén en donde sería maltratado, crucificado, matado y, finalmente, resucitaría, pero ellos no terminaban de comprenderlo. Su ceguera no se los permitió en ese momento comprender, como nos pasa también a nosotros, que seguimos a Jesús, pero muchas veces no terminamos de comprender que finalmente pasa lo que Jesús nos decía que iba a pasar.
En estos días escuchamos cómo el Señor había emprendido su caminar y en ese camino, había encontrado diferentes situaciones: un hombre rico que no se animaba a seguirlo, los discípulos que se peleaban por un puesto y no comprendían lo más profundo del «ser» de Jesús y a lo que había venido y, finalmente, el ciego, Bartimeo, que por su fe fue salvado, ¿te acordás? Que por su fe no solo fue curado de su ceguera física, sino que fue curado de su ceguera espiritual, y comenzó a caminar con Jesús. En definitiva, lo que nos enseñaron estos relatos es que la fe nos va curando de las cegueras espirituales y nos permite seguir libremente al Señor por decisión propia. Y por supuesto, sin fe, no podemos «ver más allá»; sin fe, nos perdemos de muchísimas cosas en la vida; sin fe, no solo no vivimos como él quiere, sino que además no estamos en comunión con los demás, no nos abrimos a cosas nuevas, no nos abrimos al amor, vivimos en nuestro pequeño mundo, mirándonos el ombligo y, además, somos capaces de cuestionar hasta al mismísimo Dios. Y por eso, el Maestro, en Algo del Evangelio de hoy, nos propone la fe, nos invita a tener fe; tanta fe que incluso seamos capaces de «mover montañas». Entendiendo esta frase como un símbolo, por supuesto no podemos reducir esta expresión a pensar que, con la fe, con la fuerza de la fe o poder de nuestra mente, confiando, podemos realmente romper las leyes de la naturaleza. Con esta expresión, el Señor se refiere a algo «más profundo»; más bien, se refiere a las «montañas» que tenemos que mover en nuestras vidas; aquellas que son obstáculos, que no nos permiten caminar; y a esas «montañas» que a veces no nos animamos a subir, porque parecen «imposibles»; a las «montañas» de los tropezones de la vida, que solo podemos mover con la fe o que nos ayudan a levantarnos y a través de ella, la fe, nos damos cuenta finalmente que hace todo posible, que es posible dar un paso más, es posible levantarse si uno está al costado del camino; tirar el manto, tirar ese pecado que arrastramos y no nos deja seguir, o superar cualquier situación de nuestra vida que parezca «imposible», por habernos alejado de él.
Lo importante es tener fe, es confiar en Jesús, fiarse de él, rezar como si ya hubiéramos obtenido lo que deseamos, dejando todo en manos de él, incluso si no pasa lo que nos gustaría que pase. Eso también es tener fe.
Hoy te invito a que nos dispongamos a rezar, pidiéndole al Señor lo que necesitamos, pidiéndole a él que nos cure de la ceguera, para que nos animemos a seguirlo, pidiéndole también una gracia para alguien que vemos que la necesita, para algún enfermo, para alguien que sufre. En realidad, la fe «mueve montañas», porque la fe puede «mover corazones» y ¡las montañas más difíciles de mover, muchas veces, son nuestros corazones!
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.om
p. Rodrigo Aguilar
Lo importante es tener fe, es confiar en Jesús, fiarse de él, rezar como si ya hubiéramos obtenido lo que deseamos, dejando todo en manos de él, incluso si no pasa lo que nos gustaría que pase. Eso también es tener fe.
Hoy te invito a que nos dispongamos a rezar, pidiéndole al Señor lo que necesitamos, pidiéndole a él que nos cure de la ceguera, para que nos animemos a seguirlo, pidiéndole también una gracia para alguien que vemos que la necesita, para algún enfermo, para alguien que sufre. En realidad, la fe «mueve montañas», porque la fe puede «mover corazones» y ¡las montañas más difíciles de mover, muchas veces, son nuestros corazones!
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Sábado 30 de mayo - Marcos 11, 27-33 - VIII Sábado durante el año
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 27-33
Y llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él y le dijeron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?»
Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?»
Ellos se hacían este razonamiento: «Si contestamos: "Del cielo", él nos dirá: "¿Por qué no creyeron en él? ¿Diremos entonces: "De los hombres?"» Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: «No sabemos.»
Y él les respondió: «Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 27-33
Y llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él y le dijeron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?»
Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?»
Ellos se hacían este razonamiento: «Si contestamos: "Del cielo", él nos dirá: "¿Por qué no creyeron en él? ¿Diremos entonces: "De los hombres?"» Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: «No sabemos.»
Y él les respondió: «Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas.»
Palabra del Señor.
Comentario a Marcos 11, 27-33:
¡Buen sábado! Espero que empieces, que empecemos un buen fin de semana. Después de haber escuchado cada día la Palabra de Dios, no podemos bajar los brazos. Siempre los días que podemos descansar un poquito más, los días que cambiamos de actividad, también son días para tener una oportunidad y volver a escuchar de otra manera, escuchando algo que ya escuchamos para repasarlo por el corazón, o bien escuchar mejor lo que no escuchamos, o escuchar mejor lo que hoy se nos propone para escuchar. Por eso, ¡a levantarse una vez más este sábado!, en el que terminamos esta semana de recorrido de la Palabra de Dios, donde una vez más Jesús nos habló al corazón, a todos.
¿Cuántas personas son las que reciben la Palabra de Dios, la meditan, la escuchan, la mastican en su corazón para poder sacarle fruto? ¿Cuántas personas? En realidad, no importa –como siempre digo– la cantidad, sino cuántas son las que le sacan fruto. Solo Jesús lo sabe. Por eso, no te canses de escuchar y no te canses de ayudar a otros a que puedan escuchar. No pienses que por un rechazo ya no quieren escuchar más, sino que a veces cada uno tiene sus días, a veces no escuchamos con tanta atención, pero no dejemos de insistir.
Bueno, y en este final de semana también, como decíamos ayer, llegamos al final de una sección del «camino» del Evangelio de Marcos, donde Jesús ya se encamina decididamente a Jerusalén para entrar a ciudad santa, que representa toda la religiosidad de un pueblo, toda la historia de una relación con Dios; en donde también había autoridades que, sin darse cuenta y a veces creyéndose más que los demás, se creían los representantes de Dios en la tierra, pero no siempre cumplían bien su función. Pero vamos por partes.
Primero, dice el Evangelio, Algo del Evangelio de hoy, que Jesús llegó a Jerusalén. Bueno, Jesús caminaba, caminaba por Galilea, por los distintos lugares donde quiso predicar, pero se encaminó a Jerusalén. Sabía a dónde tenía que ir. Eso es algo que también nos ayuda a nosotros. ¿Sabemos a dónde estamos yendo? ¿Sabemos a dónde nos lleva el camino que estamos transitando? Hay que tener bien en claro hacia dónde vamos. Jesús siempre tuvo en claro que finalmente tenía que llegar a Jerusalén, que ahí debía ser el lugar donde iba a entregar su vida. Bueno, ¿vos y yo sabemos a dónde vamos, qué estamos haciendo en esta vida?
¡Buen sábado! Espero que empieces, que empecemos un buen fin de semana. Después de haber escuchado cada día la Palabra de Dios, no podemos bajar los brazos. Siempre los días que podemos descansar un poquito más, los días que cambiamos de actividad, también son días para tener una oportunidad y volver a escuchar de otra manera, escuchando algo que ya escuchamos para repasarlo por el corazón, o bien escuchar mejor lo que no escuchamos, o escuchar mejor lo que hoy se nos propone para escuchar. Por eso, ¡a levantarse una vez más este sábado!, en el que terminamos esta semana de recorrido de la Palabra de Dios, donde una vez más Jesús nos habló al corazón, a todos.
¿Cuántas personas son las que reciben la Palabra de Dios, la meditan, la escuchan, la mastican en su corazón para poder sacarle fruto? ¿Cuántas personas? En realidad, no importa –como siempre digo– la cantidad, sino cuántas son las que le sacan fruto. Solo Jesús lo sabe. Por eso, no te canses de escuchar y no te canses de ayudar a otros a que puedan escuchar. No pienses que por un rechazo ya no quieren escuchar más, sino que a veces cada uno tiene sus días, a veces no escuchamos con tanta atención, pero no dejemos de insistir.
Bueno, y en este final de semana también, como decíamos ayer, llegamos al final de una sección del «camino» del Evangelio de Marcos, donde Jesús ya se encamina decididamente a Jerusalén para entrar a ciudad santa, que representa toda la religiosidad de un pueblo, toda la historia de una relación con Dios; en donde también había autoridades que, sin darse cuenta y a veces creyéndose más que los demás, se creían los representantes de Dios en la tierra, pero no siempre cumplían bien su función. Pero vamos por partes.
Primero, dice el Evangelio, Algo del Evangelio de hoy, que Jesús llegó a Jerusalén. Bueno, Jesús caminaba, caminaba por Galilea, por los distintos lugares donde quiso predicar, pero se encaminó a Jerusalén. Sabía a dónde tenía que ir. Eso es algo que también nos ayuda a nosotros. ¿Sabemos a dónde estamos yendo? ¿Sabemos a dónde nos lleva el camino que estamos transitando? Hay que tener bien en claro hacia dónde vamos. Jesús siempre tuvo en claro que finalmente tenía que llegar a Jerusalén, que ahí debía ser el lugar donde iba a entregar su vida. Bueno, ¿vos y yo sabemos a dónde vamos, qué estamos haciendo en esta vida?
Y segundo, dice que una vez que empezó a caminar, ya dentro del Templo de Jerusalén, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, o sea, aquellos que tenían autoridad dentro del pueblo de Israel, aquellos que interpretaban la Ley, aquellos que daban culto a Dios, en representación del pueblo, se acercan para cuestionar la autoridad de Jesús. Los que se creen con autoridad cuestionan la autoridad de otros, en este caso de Jesús, como pasa también en el mundo de hoy. Aquellos que se creen con la autoridad, que se creen con el derecho de ejercer poder sobre los demás, muchas veces cuestionan la autoridad de otros que, en el fondo, tienen más autoridad. Jesús –decía también la Palabra– predicaba con autoridad y no como los escribas y fariseos. Por eso, ellos se mueren de envidia y de bronca al ver que Jesús tenía más autoridad que ellos, cuando ellos eran los que pensaban que la tenían, y la cuestionan: «¿Quién te dio autoridad para hacerlo?».
Bueno, a nosotros también muchas veces en la vida nos pueden cuestionar nuestra autoridad, pero si la ejercemos bien, tenemos que estar en paz; si la ejercemos con amor, por atracción y no imponiendo nada a los demás, como hacían los escribas y fariseos, nosotros tenemos que estar en paz. Sin embargo, cuando nos cuestionan la autoridad porque la estamos ejerciendo mal, es oportunidad para revisarla y cambiar y ejercer autoridad como lo hacía Jesús: viviendo primero lo que predicaba. Eso es lo que nos da autoridad: vivir y pasar por el corazón primero aquello que pretendemos que aprendan los demás.
Y por último –y para terminar– Jesús nos enseña también qué tenemos que hacer cuando cuestionan nuestra autoridad y, por otro lado, no tenemos la necesidad ni tampoco la obligación ni el deber de responder a todo lo que nos cuestionan. Jesús no termina respondiéndole lo que ellos pretenden, les responde con una pregunta, y ahí es donde ellos se quedan en un «callejón sin salida» y no saben qué responder porque, en el fondo, tienen miedo, porque, en el fondo, no tienen autoridad. No tenemos obligación de responder a aquellos que no tienen autoridad, o sea, a aquellos que no viven lo que enseñan ni viven lo que predican. Por eso, pidámosle a Jesús que también nos dé esa sabiduría, esa capacidad de callar en los momentos que tenemos que callar y de responder con preguntas a aquellos que no se merecen que le digamos todo lo que pensamos y sentimos. Eso no es mentir, sino es, simplemente, no decir toda la verdad en los momentos que no vale la pena, en los momentos en que tenemos en frente solo corazones cerrados y obtusos.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Bueno, a nosotros también muchas veces en la vida nos pueden cuestionar nuestra autoridad, pero si la ejercemos bien, tenemos que estar en paz; si la ejercemos con amor, por atracción y no imponiendo nada a los demás, como hacían los escribas y fariseos, nosotros tenemos que estar en paz. Sin embargo, cuando nos cuestionan la autoridad porque la estamos ejerciendo mal, es oportunidad para revisarla y cambiar y ejercer autoridad como lo hacía Jesús: viviendo primero lo que predicaba. Eso es lo que nos da autoridad: vivir y pasar por el corazón primero aquello que pretendemos que aprendan los demás.
Y por último –y para terminar– Jesús nos enseña también qué tenemos que hacer cuando cuestionan nuestra autoridad y, por otro lado, no tenemos la necesidad ni tampoco la obligación ni el deber de responder a todo lo que nos cuestionan. Jesús no termina respondiéndole lo que ellos pretenden, les responde con una pregunta, y ahí es donde ellos se quedan en un «callejón sin salida» y no saben qué responder porque, en el fondo, tienen miedo, porque, en el fondo, no tienen autoridad. No tenemos obligación de responder a aquellos que no tienen autoridad, o sea, a aquellos que no viven lo que enseñan ni viven lo que predican. Por eso, pidámosle a Jesús que también nos dé esa sabiduría, esa capacidad de callar en los momentos que tenemos que callar y de responder con preguntas a aquellos que no se merecen que le digamos todo lo que pensamos y sentimos. Eso no es mentir, sino es, simplemente, no decir toda la verdad en los momentos que no vale la pena, en los momentos en que tenemos en frente solo corazones cerrados y obtusos.
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Domingo 31 de mayo - Juan 3, 16-18 - Solemnidad de la Santísima Trinidad(A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 16-18
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 16-18
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 3, 16-18:
La primera gran fiesta después de Pentecostés, después de celebrar que el Espíritu Santo se haga presente en la historia, siendo el que le da la vida a la Iglesia, el que le da el alma, y nos da vida a vos y a mí y nos mantiene ahora con deseos de amar y escuchar, de creer, de tener esperanza, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Como para coronar, de algún modo, todo lo que venimos celebrando, creyendo y rezando a lo largo de todo este año litúrgico que cada año se repite en la Iglesia, pero que nos ayuda a refrescar y a revivir los misterios de nuestra fe, los misterios de Cristo. Dios, entonces, no es un Dios particionado, no es un Dios que está con distintos compartimentos, en discos rígidos, sino que, aunque nosotros tengamos que ir comprendiendo su misterio de a poco, Dios, en definitiva, es un Dios cercano, aunque esté más allá.
Cada vez que hablamos de Dios deberíamos tener en cuenta esto, de que él es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada vez que hablamos de Dios tendríamos que decirnos a nosotros mismos: esto que dije de Dios, ¿es Dios, o es algo de Dios o es lo que yo pienso de Dios? No es que es un poco Padre, un poco Hijo y un poco o algo de Espíritu. Aunque después celebremos una fiesta de Jesús y otra del Espíritu para ayudarnos a comprender, eso no debería desviarnos de lo esencial, de lo que Jesús vino a mostrarnos y a enseñarnos con su vida. Por eso esta fiesta es tan importante. Nuestra fe es un todo, un todo orgánico, un organismo vivo, donde todo tiene que ver con todo y, al desviarme en una cosa, al negar una, toco sin querer la otra, la disminuyo también. Me lleva inevitablemente a desviarme de la otra. Por eso, el cristiano es trinitario. No es solo cristocéntrico, no es solo con Jesús. No es ni solo Jesús, ni solo el Padre, ni solo el Espíritu. Cómo hacen ruido esas espiritualidades en la Iglesia que afirman solo una cosa: solo Jesús, solo el Espíritu, solo el Padre, o a veces ni siquiera el Padre, o solo María, o haciendo solo hincapié en una parte de nuestra fe. Eso nos debería hacer un poco de ruido. Somos de todos y todos son uno. Para eso es esta fiesta, para que no nos olvidemos del misterio más grande de nuestra fe, que no lo conoceríamos si Jesús no lo hubiese revelado, no lo hubiese enseñado, y por eso ya no es un misterio inaccesible, sino que se hizo más cercano a nosotros y aunque jamás podremos comprenderlo completamente, sí podemos acercarnos y dejarnos invadir por él. En realidad, el Misterio significa eso: se hizo accesible, pero, al mismo tiempo, permanece siempre, de algún modo, distante. No podemos amarrarlo a nuestra manera, hacerlo a nuestra medida.
Algo del Evangelio de hoy dice: «Sí». Sí, podríamos decir también nosotros, bien fuerte. «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único». Es mucho mejor pensar en lo que Dios ama que en lo que Dios tiene para asustarnos. Por eso es lindo pensar en un Dios que ama tanto al mundo, a vos y a mí, en particular, y a todo lo que creó. Nos ama tanto que no quiso «quedarse encerrado», no quiso quedarse acuartelado para siempre, en la eternidad. Quiso salir, quiso venir a buscarnos, quiso abrirnos su corazón para que podamos maravillarnos algo de su gran misterio y podamos enamorarnos de su amor. ¿Cuál es el misterio? ¿Qué es un misterio?
La primera gran fiesta después de Pentecostés, después de celebrar que el Espíritu Santo se haga presente en la historia, siendo el que le da la vida a la Iglesia, el que le da el alma, y nos da vida a vos y a mí y nos mantiene ahora con deseos de amar y escuchar, de creer, de tener esperanza, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Como para coronar, de algún modo, todo lo que venimos celebrando, creyendo y rezando a lo largo de todo este año litúrgico que cada año se repite en la Iglesia, pero que nos ayuda a refrescar y a revivir los misterios de nuestra fe, los misterios de Cristo. Dios, entonces, no es un Dios particionado, no es un Dios que está con distintos compartimentos, en discos rígidos, sino que, aunque nosotros tengamos que ir comprendiendo su misterio de a poco, Dios, en definitiva, es un Dios cercano, aunque esté más allá.
Cada vez que hablamos de Dios deberíamos tener en cuenta esto, de que él es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada vez que hablamos de Dios tendríamos que decirnos a nosotros mismos: esto que dije de Dios, ¿es Dios, o es algo de Dios o es lo que yo pienso de Dios? No es que es un poco Padre, un poco Hijo y un poco o algo de Espíritu. Aunque después celebremos una fiesta de Jesús y otra del Espíritu para ayudarnos a comprender, eso no debería desviarnos de lo esencial, de lo que Jesús vino a mostrarnos y a enseñarnos con su vida. Por eso esta fiesta es tan importante. Nuestra fe es un todo, un todo orgánico, un organismo vivo, donde todo tiene que ver con todo y, al desviarme en una cosa, al negar una, toco sin querer la otra, la disminuyo también. Me lleva inevitablemente a desviarme de la otra. Por eso, el cristiano es trinitario. No es solo cristocéntrico, no es solo con Jesús. No es ni solo Jesús, ni solo el Padre, ni solo el Espíritu. Cómo hacen ruido esas espiritualidades en la Iglesia que afirman solo una cosa: solo Jesús, solo el Espíritu, solo el Padre, o a veces ni siquiera el Padre, o solo María, o haciendo solo hincapié en una parte de nuestra fe. Eso nos debería hacer un poco de ruido. Somos de todos y todos son uno. Para eso es esta fiesta, para que no nos olvidemos del misterio más grande de nuestra fe, que no lo conoceríamos si Jesús no lo hubiese revelado, no lo hubiese enseñado, y por eso ya no es un misterio inaccesible, sino que se hizo más cercano a nosotros y aunque jamás podremos comprenderlo completamente, sí podemos acercarnos y dejarnos invadir por él. En realidad, el Misterio significa eso: se hizo accesible, pero, al mismo tiempo, permanece siempre, de algún modo, distante. No podemos amarrarlo a nuestra manera, hacerlo a nuestra medida.
Algo del Evangelio de hoy dice: «Sí». Sí, podríamos decir también nosotros, bien fuerte. «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único». Es mucho mejor pensar en lo que Dios ama que en lo que Dios tiene para asustarnos. Por eso es lindo pensar en un Dios que ama tanto al mundo, a vos y a mí, en particular, y a todo lo que creó. Nos ama tanto que no quiso «quedarse encerrado», no quiso quedarse acuartelado para siempre, en la eternidad. Quiso salir, quiso venir a buscarnos, quiso abrirnos su corazón para que podamos maravillarnos algo de su gran misterio y podamos enamorarnos de su amor. ¿Cuál es el misterio? ¿Qué es un misterio?
Retomo lo anterior. Para nuestra fe, hablar de misterio no es hablar de cosas misteriosas, en el sentido de que nadie puede conocerlas, absolutamente inaccesibles, ocultas, esotéricas, reservada para algunos iluminados, para los que piensan mucho, sino todo lo contrario. Que Dios sea un misterio quiere decir que se reveló, que se quiso mostrar a nosotros. Quiere decir que lo inaccesible se hizo accesible y por eso podemos conocerlo, que corrió el velo, y ahora lo podemos ver. Decir que Dios es un misterio, quiere decir que podemos conocerlo. ¿Lo sabías? Seguramente no, porque no es tan común pensar esto.
Obviamente nunca se llega a decir todo. Jamás podremos decir que podemos conocer a Dios perfectamente. Jamás, porque Dios sigue siendo Dios, pero algo se puede decir. ¿Cuál es ese misterio que se nos reveló? Que Dios es Padre, un Padre que envió a su Hijo al mundo, un Padre que creó todo por su Palabra, que es el Hijo. El Hijo hizo todo por el Padre. Dio su vida por nosotros, obedeciendo al Padre y retornó al Padre para estar sentado a su derecha. Y el Padre también, junto con el Hijo, nos envió al Espíritu, por medio de su Hijo, para santificarnos, para conducirnos a la Verdad que nos hará libres. Todos (la Trinidad) se aman y son amados. No pueden vivir el uno sin el otro y todos existen en y por los otros. Dios Uno pero no solitario. Dios Trino, pero uno solo.
Muy lindo, pero... ¿qué tiene que ver esto con nuestras vidas?, te estarás preguntando. ¿Qué tiene que ver esto que parece tan extraño, y a veces tan difícil de explicar? Dice el Evangelio: «…para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». Todo el que confía en esto, el que cree que Dios es así, como él es y no como nosotros deseamos que sea, ese tiene Vida, una Vida distinta. Hay que contemplar, más que buscar entender, la maravilla de un Dios que no nos deja solos y que quiere que, conociéndolo, podamos vivir de él y amar como él. Somos creados a su imagen y semejanza, a imagen y semejanza del Hijo; llamados a ir «pareciéndonos» a él, viviendo y siendo hijos como él, haciendo la voluntad del Padre movidos por el Espíritu Santo. Eso es lo que tiene que ir pasando en nuestras vidas. De a poco. Amar y ser amados. Ir divinizándonos, no para ser hombres que se creen dioses, sino para ser hijos que aprenden de la humildad de su Padre. Tenemos que amar tanto como dejar que nos amen. No se puede vivir sin amar y sin ser amados. La Trinidad nos enseña y nos quiere hacer participar de ese amor.
¿Cómo hacemos para vivir esto? Antes que nada, creyendo y confiando que Dios es así. Dios no es cualquier cosa que nosotros nos imaginamos, sino que es como él se reveló. El primer paso es aceptar el amor de este Dios tan amoroso. Dejarse amar y no hablar de Dios como se nos antoja, sino como él nos enseña, creerle a él. Un Dios que ama tanto al mundo que envía a su Hijo a salvarlo y no a condenarlo. ¿Qué más podemos hacer? Adorar a nuestra Trinidad, reconocerla como lo más grande de nuestra vida. Adorarla con nuestra propia vida, con nuestros pensamientos y deseos, queriendo lo mismo que ella quiere: amar y ser amados. Dios no es entonces un ser solitario, tampoco nosotros podemos serlo. Dios no solo quiere ser amado, sino que ama. Esa es la mejor manera de adorarlo. También con nuestra oración diaria, con cada gesto de corazón que hagamos, principalmente, con nuestra adoración en espíritu y en verdad.
Hoy hagamos una señal de la cruz distinta, tomando conciencia de que ese gesto sencillo nos identifica como lo que somos, creyentes en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que su gloria es que nosotros participemos de su divinidad.
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p. Rodrigo Aguilar
Obviamente nunca se llega a decir todo. Jamás podremos decir que podemos conocer a Dios perfectamente. Jamás, porque Dios sigue siendo Dios, pero algo se puede decir. ¿Cuál es ese misterio que se nos reveló? Que Dios es Padre, un Padre que envió a su Hijo al mundo, un Padre que creó todo por su Palabra, que es el Hijo. El Hijo hizo todo por el Padre. Dio su vida por nosotros, obedeciendo al Padre y retornó al Padre para estar sentado a su derecha. Y el Padre también, junto con el Hijo, nos envió al Espíritu, por medio de su Hijo, para santificarnos, para conducirnos a la Verdad que nos hará libres. Todos (la Trinidad) se aman y son amados. No pueden vivir el uno sin el otro y todos existen en y por los otros. Dios Uno pero no solitario. Dios Trino, pero uno solo.
Muy lindo, pero... ¿qué tiene que ver esto con nuestras vidas?, te estarás preguntando. ¿Qué tiene que ver esto que parece tan extraño, y a veces tan difícil de explicar? Dice el Evangelio: «…para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». Todo el que confía en esto, el que cree que Dios es así, como él es y no como nosotros deseamos que sea, ese tiene Vida, una Vida distinta. Hay que contemplar, más que buscar entender, la maravilla de un Dios que no nos deja solos y que quiere que, conociéndolo, podamos vivir de él y amar como él. Somos creados a su imagen y semejanza, a imagen y semejanza del Hijo; llamados a ir «pareciéndonos» a él, viviendo y siendo hijos como él, haciendo la voluntad del Padre movidos por el Espíritu Santo. Eso es lo que tiene que ir pasando en nuestras vidas. De a poco. Amar y ser amados. Ir divinizándonos, no para ser hombres que se creen dioses, sino para ser hijos que aprenden de la humildad de su Padre. Tenemos que amar tanto como dejar que nos amen. No se puede vivir sin amar y sin ser amados. La Trinidad nos enseña y nos quiere hacer participar de ese amor.
¿Cómo hacemos para vivir esto? Antes que nada, creyendo y confiando que Dios es así. Dios no es cualquier cosa que nosotros nos imaginamos, sino que es como él se reveló. El primer paso es aceptar el amor de este Dios tan amoroso. Dejarse amar y no hablar de Dios como se nos antoja, sino como él nos enseña, creerle a él. Un Dios que ama tanto al mundo que envía a su Hijo a salvarlo y no a condenarlo. ¿Qué más podemos hacer? Adorar a nuestra Trinidad, reconocerla como lo más grande de nuestra vida. Adorarla con nuestra propia vida, con nuestros pensamientos y deseos, queriendo lo mismo que ella quiere: amar y ser amados. Dios no es entonces un ser solitario, tampoco nosotros podemos serlo. Dios no solo quiere ser amado, sino que ama. Esa es la mejor manera de adorarlo. También con nuestra oración diaria, con cada gesto de corazón que hagamos, principalmente, con nuestra adoración en espíritu y en verdad.
Hoy hagamos una señal de la cruz distinta, tomando conciencia de que ese gesto sencillo nos identifica como lo que somos, creyentes en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que su gloria es que nosotros participemos de su divinidad.
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 1 de junio - Marcos 12, 1-12 - IX Lunes durante el año
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 1-12
Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos:
«Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.
De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.
Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra." Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.
¿No han leído este pasaje de la Escritura: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?»
Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 1-12
Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos:
«Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.
De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.
Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra." Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.
¿No han leído este pasaje de la Escritura: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?»
Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.
Palabra del Señor.