Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Jueves 28 de mayo - Marcos 10, 46-52 - VIII Jueves durante al año
 
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 10, 46-52
 

Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»
Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo.» Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! El te llama.» Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él.
Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El le respondió: «Maestro, que yo pueda ver.»
Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
 
Palabra del Señor.
Comentario a Marcos 10, 46-52
 
Cerra por un instante los ojos si podés. Si podés en este momento cerra los ojos, e imagina que Jesús se te cruzó por el camino en este momento, o simplemente estás en tu casa preparando algo para tomar, estás en un jardín, estás caminando, estás viajando. Bueno, por ahí no podés cerrar los ojos pero hacé el esfuerzo e imagina que Jesús se te cruzó por el camino de tu vida en este momento y te pregunta la pregunta que todos desearíamos que alguna vez el mismísimo Dios nos haga al corazón, pero hay que hacer el esfuerzo y pensar que también nos la está haciendo a vos y a mí en este momento, a tantos, a miles, que están escuchando ahora la Palabra de Dios, a miles de personas que están en situaciones muy distintas, a personas que ahora están postradas, solas, sufriendo o personas que están perdidas en tantas cosas o haciendo incluso maldades. Pero quién no quisiera de nosotros que hoy el Señor, el Maestro, el mismísimo Dios nos pregunte: ¿Qué quieres que haga por ti, qué querés que haga por vos?,  diríamos acá. ¿Qué querés que haga por vos? ¿Qué querés que haga por ti? ¡Qué pregunta! Imaginemos un paso más, que justamente tenemos la posibilidad de pedirle al Señor casi como única vez en la vida lo que realmente decimos, lo más profundo, lo que deseamos con todo nuestro corazón. Él nos está diciendo: Ahora, pedímelo, qué querés que haga por vos.
            Y esto que estoy proponiendo como un ejercicio de composición de lugar, diría san Ignacio, de pensar, con el corazón imaginar la escena no es simplemente un ejercicio, es algo que está pasando y que te puede estar pasando y que, en realidad, Jesús quiere que nos pase, quiere que nos dejemos preguntar por él: ¿Qué querés que haga por vos? Pedime lo que quieras, pedime lo que quieras, no estabas o no estás a veces tirado al costado de la vida sin poder caminar, mendigando un poco de amor, mendigando a los gritos que los demás te escuchen, mendigando a veces amor con tus actitudes, con tus broncas, con tus enojos, estás gritando pero nadie te escucha porque en el fondo estás mendigando, estás a los gritos porque cuántas veces no somos como este ciego mendigo que en el fondo no estamos viendo nada, no estamos pudiendo ver la realidad, no estamos pudiendo ver nuestro propio corazón que grita deseoso de amor y no sabe amar. Solo quiero ser amado y no sabe salir de sí mismo, a veces estamos como este circuito que no puede ver tanta gente alrededor, tanta gente que incluso puede necesitar más que uno mismo.
Bueno, ¿no estuvimos así tantas veces?, ¿no estamos así tantas veces y no nos salió gritar desde el corazón: Jesús, ¿ten piedad de mí? Nosotras podríamos decir: Jesús, acordate de mí, hace algo bueno por mí. Bueno, lo hemos gritado tantas veces, y él se acerca a nosotros, o nos manda a llamar y nos dice: ¿Qué querés que haga por vos? Bueno, pidamos hoy lo que realmente queramos, pero cuidado. Fijémonos cómo termina la historia de hoy. ¿Qué podía pedir el ciego? Por supuesto, ver, pero podría haber pedido otra cosa, podría haber pedido algo para comer, podría haber pedido dinero para seguir adelante. Sin embargo, pidió algo en serio, pidió ver y a partir de ahí todo cambió, porque su fe lo había salvado. En realidad, pudo ver porque se acercó con fe, porque gritó con fe, porque se dio cuenta que no necesitaba cosas, que necesitaba ver, como vos y yo. Necesitamos ver, ver qué nos pasa, qué pasa alrededor. Los ojos que nos ha regalado Dios son para ver, es verdad, pero no solo hay que ver, sino que hay que aprender a mirar y mirar lo que el Señor nos ha puesto alrededor, mirar nuestro propio corazón, mirar la enormidad de gracia que nos ha concedido a lo largo de la vida y todo lo que nos queda todavía por caminar. Sigamos el camino, sigamos el camino junto a Jesús que hoy nos da una oportunidad más y nos dice: ¿Qué quieres que haga por ti?
 
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P. Rodrigo Aguilar
Viernes 29 de mayo - Marcos 11, 11-26 - VIII Viernes durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 11-26


Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.
Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: «Que nadie más coma de tus frutos.» Y sus discípulos lo oyeron.
Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»
Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.
Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: «Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado.»
Jesús le respondió: «Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: "Retírate de ahí y arrójate al mar", sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán.
Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas.»

Palabra del Señor.
Comentario a Marcos 11, 11-26:

Nuestra incapacidad de escuchar profundamente todo lo que nuestros oídos oyen es lo que en definitiva no nos deja crecer en la vida. Si nosotros creciéramos en nuestra capacidad de escuchar a los demás cuando nos hablan, sin interrumpir, sin opinar de lo que no sabemos, sin juzgar a nadie, sin criticar, sin pensar que lo sabemos todo; si nosotros aprendiéramos a escuchar cada día a las personas que tenemos en frente, claramente cuando nos sentamos a rezar, podremos escuchar mejor al Señor y también al revés. En la medida en que aprendemos a detenernos y a escuchar la Palabra de cada día y tratando de desmenuzarla, de encontrarle su sentido, de sacarle fruto, de sacarle el jugo, hasta la última gota, es cuando también aprendemos a escuchar a los demás, empezamos a mirar distinto a los demás. Por eso tenemos que aprender a seguir creciendo en nuestra capacidad de escucha, que implica siempre el corazón. Sin el corazón no hay verdadera escucha.
Este viernes, ya cercanos al fin de semana, cada uno seguramente con el cansancio a cuestas de la vida que llevamos, creo que nos puede hacer bien contemplar el momento en el que Jesús llega a Jerusalén, cuando «termina su camino» –simbólicamente– o cuando llega a donde quería llegar, a entregar la vida por nosotros. Por otro lado, escuchamos en otros Evangelios que Jesús les había anticipado a sus discípulos que su destino era llegar a Jerusalén en donde sería maltratado, crucificado, matado y, finalmente, resucitaría, pero ellos no terminaban de comprenderlo. Su ceguera no se los permitió en ese momento comprender, como nos pasa también a nosotros, que seguimos a Jesús, pero muchas veces no terminamos de comprender que finalmente pasa lo que Jesús nos decía que iba a pasar.
En estos días escuchamos cómo el Señor había emprendido su caminar y en ese camino, había encontrado diferentes situaciones: un hombre rico que no se animaba a seguirlo, los discípulos que se peleaban por un puesto y no comprendían lo más profundo del «ser» de Jesús y a lo que había venido y, finalmente, el ciego, Bartimeo, que por su fe fue salvado, ¿te acordás? Que por su fe no solo fue curado de su ceguera física, sino que fue curado de su ceguera espiritual, y comenzó a caminar con Jesús. En definitiva, lo que nos enseñaron estos relatos es que la fe nos va curando de las cegueras espirituales y nos permite seguir libremente al Señor por decisión propia. Y por supuesto, sin fe, no podemos «ver más allá»; sin fe, nos perdemos de muchísimas cosas en la vida; sin fe, no solo no vivimos como él quiere, sino que además no estamos en comunión con los demás, no nos abrimos a cosas nuevas, no nos abrimos al amor, vivimos en nuestro pequeño mundo, mirándonos el ombligo y, además, somos capaces de cuestionar hasta al mismísimo Dios. Y por eso, el Maestro, en Algo del Evangelio de hoy, nos propone la fe, nos invita a tener fe; tanta fe que incluso seamos capaces de «mover montañas». Entendiendo esta frase como un símbolo, por supuesto no podemos reducir esta expresión a pensar que, con la fe, con la fuerza de la fe o poder de nuestra mente, confiando, podemos realmente romper las leyes de la naturaleza. Con esta expresión, el Señor se refiere a algo «más profundo»; más bien, se refiere a las «montañas» que tenemos que mover en nuestras vidas; aquellas que son obstáculos, que no nos permiten caminar; y a esas «montañas» que a veces no nos animamos a subir, porque parecen «imposibles»; a las «montañas» de los tropezones de la vida, que solo podemos mover con la fe o que nos ayudan a levantarnos y a través de ella, la fe, nos damos cuenta finalmente que hace todo posible, que es posible dar un paso más, es posible levantarse si uno está al costado del camino; tirar el manto, tirar ese pecado que arrastramos y no nos deja seguir, o superar cualquier situación de nuestra vida que parezca «imposible», por habernos alejado de él.
Lo importante es tener fe, es confiar en Jesús, fiarse de él, rezar como si ya hubiéramos obtenido lo que deseamos, dejando todo en manos de él, incluso si no pasa lo que nos gustaría que pase. Eso también es tener fe.
Hoy te invito a que nos dispongamos a rezar, pidiéndole al Señor lo que necesitamos, pidiéndole a él que nos cure de la ceguera, para que nos animemos a seguirlo, pidiéndole también una gracia para alguien que vemos que la necesita, para algún enfermo, para alguien que sufre. En realidad, la fe «mueve montañas», porque la fe puede «mover corazones» y ¡las montañas más difíciles de mover, muchas veces, son nuestros corazones!

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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 30 de mayo - Marcos 11, 27-33 - VIII Sábado durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 27-33


Y llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él y le dijeron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?»
Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?»
Ellos se hacían este razonamiento: «Si contestamos: "Del cielo", él nos dirá: "¿Por qué no creyeron en él? ¿Diremos entonces: "De los hombres?"» Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: «No sabemos.»
Y él les respondió: «Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas.»

Palabra del Señor.
Comentario a Marcos 11, 27-33:

¡Buen sábado! Espero que empieces, que empecemos un buen fin de semana. Después de haber escuchado cada día la Palabra de Dios, no podemos bajar los brazos. Siempre los días que podemos descansar un poquito más, los días que cambiamos de actividad, también son días para tener una oportunidad y volver a escuchar de otra manera, escuchando algo que ya escuchamos para repasarlo por el corazón, o bien escuchar mejor lo que no escuchamos, o escuchar mejor lo que hoy se nos propone para escuchar. Por eso, ¡a levantarse una vez más este sábado!, en el que terminamos esta semana de recorrido de la Palabra de Dios, donde una vez más Jesús nos habló al corazón, a todos.
¿Cuántas personas son las que reciben la Palabra de Dios, la meditan, la escuchan, la mastican en su corazón para poder sacarle fruto? ¿Cuántas personas? En realidad, no importa –como siempre digo– la cantidad, sino cuántas son las que le sacan fruto. Solo Jesús lo sabe. Por eso, no te canses de escuchar y no te canses de ayudar a otros a que puedan escuchar. No pienses que por un rechazo ya no quieren escuchar más, sino que a veces cada uno tiene sus días, a veces no escuchamos con tanta atención, pero no dejemos de insistir.
Bueno, y en este final de semana también, como decíamos ayer, llegamos al final de una sección del «camino» del Evangelio de Marcos, donde Jesús ya se encamina decididamente a Jerusalén para entrar a ciudad santa, que representa toda la religiosidad de un pueblo, toda la historia de una relación con Dios; en donde también había autoridades que, sin darse cuenta y a veces creyéndose más que los demás, se creían los representantes de Dios en la tierra, pero no siempre cumplían bien su función. Pero vamos por partes.
Primero, dice el Evangelio, Algo del Evangelio de hoy, que Jesús llegó a Jerusalén. Bueno, Jesús caminaba, caminaba por Galilea, por los distintos lugares donde quiso predicar, pero se encaminó a Jerusalén. Sabía a dónde tenía que ir. Eso es algo que también nos ayuda a nosotros. ¿Sabemos a dónde estamos yendo? ¿Sabemos a dónde nos lleva el camino que estamos transitando? Hay que tener bien en claro hacia dónde vamos. Jesús siempre tuvo en claro que finalmente tenía que llegar a Jerusalén, que ahí debía ser el lugar donde iba a entregar su vida. Bueno, ¿vos y yo sabemos a dónde vamos, qué estamos haciendo en esta vida?
Y segundo, dice que una vez que empezó a caminar, ya dentro del Templo de Jerusalén, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, o sea, aquellos que tenían autoridad dentro del pueblo de Israel, aquellos que interpretaban la Ley, aquellos que daban culto a Dios, en representación del pueblo, se acercan para cuestionar la autoridad de Jesús. Los que se creen con autoridad cuestionan la autoridad de otros, en este caso de Jesús, como pasa también en el mundo de hoy. Aquellos que se creen con la autoridad, que se creen con el derecho de ejercer poder sobre los demás, muchas veces cuestionan la autoridad de otros que, en el fondo, tienen más autoridad. Jesús –decía también la Palabra– predicaba con autoridad y no como los escribas y fariseos. Por eso, ellos se mueren de envidia y de bronca al ver que Jesús tenía más autoridad que ellos, cuando ellos eran los que pensaban que la tenían, y la cuestionan: «¿Quién te dio autoridad para hacerlo?».
Bueno, a nosotros también muchas veces en la vida nos pueden cuestionar nuestra autoridad, pero si la ejercemos bien, tenemos que estar en paz; si la ejercemos con amor, por atracción y no imponiendo nada a los demás, como hacían los escribas y fariseos, nosotros tenemos que estar en paz. Sin embargo, cuando nos cuestionan la autoridad porque la estamos ejerciendo mal, es oportunidad para revisarla y cambiar y ejercer autoridad como lo hacía Jesús: viviendo primero lo que predicaba. Eso es lo que nos da autoridad: vivir y pasar por el corazón primero aquello que pretendemos que aprendan los demás.
Y por último –y para terminar– Jesús nos enseña también qué tenemos que hacer cuando cuestionan nuestra autoridad y, por otro lado, no tenemos la necesidad ni tampoco la obligación ni el deber de responder a todo lo que nos cuestionan. Jesús no termina respondiéndole lo que ellos pretenden, les responde con una pregunta, y ahí es donde ellos se quedan en un «callejón sin salida» y no saben qué responder porque, en el fondo, tienen miedo, porque, en el fondo, no tienen autoridad. No tenemos obligación de responder a aquellos que no tienen autoridad, o sea, a aquellos que no viven lo que enseñan ni viven lo que predican. Por eso, pidámosle a Jesús que también nos dé esa sabiduría, esa capacidad de callar en los momentos que tenemos que callar y de responder con preguntas a aquellos que no se merecen que le digamos todo lo que pensamos y sentimos. Eso no es mentir, sino es, simplemente, no decir toda la verdad en los momentos que no vale la pena, en los momentos en que tenemos en frente solo corazones cerrados y obtusos.

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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 31 de mayo - Juan 3, 16-18 - Solemnidad de la Santísima Trinidad(A)

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 16-18


Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor.