Forwarded from Algo del Evangelio
Juan 14, 1-6 - IV Viernes de Pascua
Padre Rodrigo Aguilar
Sábado 2 de mayo - Juan 14, 7-14 - IV Sábado de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 7-14
Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 7-14
Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 14, 7-14:
Llegamos al final de esta cuarta semana de Pascua. Espero que la hayas disfrutado, que estés disfrutando mucho de escuchar la Palabra de Dios, especialmente este Evangelio maravilloso de san Juan que es una delicia y que seguiremos disfrutando durante todo el tiempo pascual, en todas las semanas, durante la semana.
Alguna vez me dijeron: «Padre, me estoy volviendo adicto a la Palabra de Dios». Muchas veces me dijeron eso. En realidad, es una palabra que suena un poco fuerte, puede parecer incluso dura o que es peyorativa hacia los que sufren esto, pero, si la entendemos bien o a lo que se refirieron cuando me dijeron eso, creo que es muy lindo pensar así. Es una manera de decir: «La verdad que me atrapó, me sedujiste y me dejé seducir, Señor». Es lindo poder sentir y comprender que no deberíamos pasar ni siquiera un día sin escuchar la Palabra de Dios, sin una santa «adicción», pero llamémosle mejor «enamoramiento», que no nos haría mal, nos haría también mucho bien.
Sin embargo, podemos vivir en un mundo que a veces se burla de los «excesos con Dios». Podemos ser «fanáticos» como se dice de cualquier cosa en esta tierra, de hecho, parece que está bueno decir que sos fan de algo y no vas a escandalizar a nadie, ahora… si sos «fanático» de Dios, de Jesús, parece una exageración. ¿No? En realidad, no somos fanes de nadie, de ningún sacerdote, no deberíamos serlo, tampoco somos fanes de Jesús, no es una palabra linda para pensarla hacia él. Pero te dicen a veces o nos dicen: ¡Pareces un «fanático» o una «fanática» !, o sea, alguien que no piensa, que no piensa por sí mismo. Obviamente que Jesús no quiere fanáticos para con él, Dios Padre no quiere mascotas, no quiere esclavos, sino que quiere hijos, pero hijos de verdad, que tengan en su corazón una linda y única obsesión: enamorarse más de él.
Me gusta mucho esta oración, que la volví a leer en estos días después de mucho tiempo, de un sacerdote de apellido Arrupe, dice así: «¡Enamórate! Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamorás atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama a cada mañana, qué hacés con tus atardeceres, en qué empleás tus fines de semana, lo que leés, lo que conocés, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanecé en el amor! Todo será de otra manera». Bueno, una linda y sabia manera de enamorarse de alguien es sentarse a escucharlo y contemplarlo. Eso es lo que nos proponemos cada día. Podemos pedir esto que nos hace tanto bien.
Llegamos al final de esta cuarta semana de Pascua. Espero que la hayas disfrutado, que estés disfrutando mucho de escuchar la Palabra de Dios, especialmente este Evangelio maravilloso de san Juan que es una delicia y que seguiremos disfrutando durante todo el tiempo pascual, en todas las semanas, durante la semana.
Alguna vez me dijeron: «Padre, me estoy volviendo adicto a la Palabra de Dios». Muchas veces me dijeron eso. En realidad, es una palabra que suena un poco fuerte, puede parecer incluso dura o que es peyorativa hacia los que sufren esto, pero, si la entendemos bien o a lo que se refirieron cuando me dijeron eso, creo que es muy lindo pensar así. Es una manera de decir: «La verdad que me atrapó, me sedujiste y me dejé seducir, Señor». Es lindo poder sentir y comprender que no deberíamos pasar ni siquiera un día sin escuchar la Palabra de Dios, sin una santa «adicción», pero llamémosle mejor «enamoramiento», que no nos haría mal, nos haría también mucho bien.
Sin embargo, podemos vivir en un mundo que a veces se burla de los «excesos con Dios». Podemos ser «fanáticos» como se dice de cualquier cosa en esta tierra, de hecho, parece que está bueno decir que sos fan de algo y no vas a escandalizar a nadie, ahora… si sos «fanático» de Dios, de Jesús, parece una exageración. ¿No? En realidad, no somos fanes de nadie, de ningún sacerdote, no deberíamos serlo, tampoco somos fanes de Jesús, no es una palabra linda para pensarla hacia él. Pero te dicen a veces o nos dicen: ¡Pareces un «fanático» o una «fanática» !, o sea, alguien que no piensa, que no piensa por sí mismo. Obviamente que Jesús no quiere fanáticos para con él, Dios Padre no quiere mascotas, no quiere esclavos, sino que quiere hijos, pero hijos de verdad, que tengan en su corazón una linda y única obsesión: enamorarse más de él.
Me gusta mucho esta oración, que la volví a leer en estos días después de mucho tiempo, de un sacerdote de apellido Arrupe, dice así: «¡Enamórate! Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamorás atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama a cada mañana, qué hacés con tus atardeceres, en qué empleás tus fines de semana, lo que leés, lo que conocés, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanecé en el amor! Todo será de otra manera». Bueno, una linda y sabia manera de enamorarse de alguien es sentarse a escucharlo y contemplarlo. Eso es lo que nos proponemos cada día. Podemos pedir esto que nos hace tanto bien.
Algo del Evangelio de hoy es una buena oportunidad para animarse a pedir y pedir: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré». Pidamos creer, pidamos enamorarnos de él, con todas las letras. Pidamos confiar y tener fe, creer en él, creerle a él. Es posible vivir distinto, es posible creer que conocer a Jesús es conocer a Dios Padre. No necesitamos que nos muestren nada más. No necesitamos, como le pasó a Felipe, que nos muestren más que a Jesús. «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras».
Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó en Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nada podrá quitarle. Eso le decía Daniel –mi amigo– a Facundo, ese chico que había tocado fondo con las drogas, le señalaba a la cruz y decía: «Háblale a él, háblale a Jesús porque él te va a llevar al Padre». Se lo decía con una convicción y una fe que conmovía. Hablémosle a Jesús, porque, si le hablamos a él, él intercede por nosotros ante el Padre.
Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más, que necesitemos manifestaciones más visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», de una manera positiva, con menos, y que, en el fondo, siempre, es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que ya tiene. En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía lo es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más, cosa lógica y que ayuda, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y paciencia.
Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que realmente vale la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera». Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre, que él nos lo concederá.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó en Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nada podrá quitarle. Eso le decía Daniel –mi amigo– a Facundo, ese chico que había tocado fondo con las drogas, le señalaba a la cruz y decía: «Háblale a él, háblale a Jesús porque él te va a llevar al Padre». Se lo decía con una convicción y una fe que conmovía. Hablémosle a Jesús, porque, si le hablamos a él, él intercede por nosotros ante el Padre.
Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más, que necesitemos manifestaciones más visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», de una manera positiva, con menos, y que, en el fondo, siempre, es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que ya tiene. En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía lo es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más, cosa lógica y que ayuda, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y paciencia.
Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que realmente vale la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera». Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre, que él nos lo concederá.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Forwarded from Algo del Evangelio
Juan 14, 7-14 - IV Sábado de Pascua
Padre Rodrigo Aguilar
Domingo 3 de mayo - Juan 14, 1-12 - V Domingo de Pascua (A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-12
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-12
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 14, 1-12:
Hoy es domingo, día del Señor, día para el Señor. Una vez me preguntaron, me acuerdo, qué era «santificar las fiestas», el tercer mandamiento. Bueno, hoy es el día para «santificar», el domingo es el día para santificar, porque es el día de la resurrección de Jesús, es día santificado por el amor de Jesús, al vencer la muerte y darnos una nueva vida. El domingo es día de fiesta, no solo porque nuestro corazón debería anhelar encontrarse con Jesús en la santa Misa, sino porque también hacer de lo cotidiano algo sagrado, algo lindo, algo santo, es muy necesario para todos. Porque a Dios le gusta lo cotidiano, él vivió lo familiar, como nosotros; el asado o la comida de cada domingo, la familia, el reunirse, el volverse a ver, el recibir al que anda lejos, el descansar un poco más y mejor, el leer lo que no podemos leer durante la semana, el escuchar a los que no pudimos ver y escuchar en la semana. Todo esto podemos hacerlo santo si se lo ofrecemos también al Padre, por medio de Jesús. Santifiquemos este día, dejemos que él esté en este día de una manera especial. Santifiquemos el domingo.
Algo del Evangelio de hoy me inspira a que nos hagamos una pregunta: ¿Alguna vez experimentaste esa linda sensación de «estar en camino», de ponerte en camino, de estar yendo al lugar que esperabas y deseabas con todo tu corazón? Para mí es una de las sensaciones más lindas de la vida, cuando preparo el momento de salir de la rutina, de salir de vacaciones, de salir hacia ese lugar que me espera, a ese lugar donde quiero llegar para estar y descansar. Lo lindo es que, cuando nos ponemos en camino, aunque todavía nos falte llegar, ya tenemos de alguna manera el corazón en la meta, en el final, ya empezamos a experimentar lo lindo que es y será llegar a ese lugar. El hombre tiene esa maravillosa posibilidad de traer al presente lo que anhela, la meta final.
Hoy es domingo, día del Señor, día para el Señor. Una vez me preguntaron, me acuerdo, qué era «santificar las fiestas», el tercer mandamiento. Bueno, hoy es el día para «santificar», el domingo es el día para santificar, porque es el día de la resurrección de Jesús, es día santificado por el amor de Jesús, al vencer la muerte y darnos una nueva vida. El domingo es día de fiesta, no solo porque nuestro corazón debería anhelar encontrarse con Jesús en la santa Misa, sino porque también hacer de lo cotidiano algo sagrado, algo lindo, algo santo, es muy necesario para todos. Porque a Dios le gusta lo cotidiano, él vivió lo familiar, como nosotros; el asado o la comida de cada domingo, la familia, el reunirse, el volverse a ver, el recibir al que anda lejos, el descansar un poco más y mejor, el leer lo que no podemos leer durante la semana, el escuchar a los que no pudimos ver y escuchar en la semana. Todo esto podemos hacerlo santo si se lo ofrecemos también al Padre, por medio de Jesús. Santifiquemos este día, dejemos que él esté en este día de una manera especial. Santifiquemos el domingo.
Algo del Evangelio de hoy me inspira a que nos hagamos una pregunta: ¿Alguna vez experimentaste esa linda sensación de «estar en camino», de ponerte en camino, de estar yendo al lugar que esperabas y deseabas con todo tu corazón? Para mí es una de las sensaciones más lindas de la vida, cuando preparo el momento de salir de la rutina, de salir de vacaciones, de salir hacia ese lugar que me espera, a ese lugar donde quiero llegar para estar y descansar. Lo lindo es que, cuando nos ponemos en camino, aunque todavía nos falte llegar, ya tenemos de alguna manera el corazón en la meta, en el final, ya empezamos a experimentar lo lindo que es y será llegar a ese lugar. El hombre tiene esa maravillosa posibilidad de traer al presente lo que anhela, la meta final.
Jesús nos dice hoy: «Yo voy a prepararles un lugar (…) a fin de que donde yo esté, estén también ustedes». Imaginar la vida como un camino es una de esas metáforas más lindas que podemos usar para reconocer lo que somos en esta vida, caminantes, somos peregrinos. Estar en camino da paz, caminar es lindo, da quietud, porque se tiene la certeza de que tarde o temprano con esfuerzo se llegará. Es cuestión de tiempo, nada más. Por eso Jesús dice: «No se inquieten». Lo importante es caminar, lo importante es «estar en camino», no moverse del Camino con mayúscula. «Yo soy el Camino», nos dice hoy la Palabra. Yo soy el que te conduce, el que te lleva, el que te dio un camino concreto y correcto, el que te acompaña siempre en ese caminar, el que te da esa certeza de que por «estar en camino» ya se tiene algo de lo que vendrá. «Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre». Si ustedes se ponen en camino, si caminan conmigo, si están conmigo, estarán siempre de algún modo con mi Padre. «Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Hay que ponerse a caminar. ¡Vamos, a levantarse! No se puede estar en el Camino y ser una «piedra tirada, pateada por otros», somos «piedras vivas». Somos una nación santa, un pueblo sacerdotal, dice la segunda lectura de hoy, un pueblo que es puente entre Dios y los hombres, que en definitiva eso es ser sacerdote. Lo lindo es caminar, es ofrecer el cansancio del camino, es saber que vamos hacia allá y él «nos fue a preparar un lugar». ¿Qué más podemos pedir?
Creamos. Creé en el Padre y en Jesús. Creé en que lo que hoy nos dice: «No nos inquietemos», es verdad. El que cree en esto, espera, tiene esperanza en la Vida eterna, tiene la certeza de que «arriba» está todo preparado para algo mucho mejor, aunque ya lo empezamos a disfrutar aquí en la tierra. El que cree puede «hacer las mismas obras» que Jesús y puede ayudar a mejorar algo de lo de acá. «Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago».
Es día para creer, esperar y amar. Estamos en el Camino. ¿Sentís esa linda sensación? No nos inquietemos por cosas que no valen la pena.
Si estamos con él, estamos en la verdad, estamos en la vida, estamos en camino. Si creemos en Jesús, aunque nos alcance la muerte, no moriremos, porque nuestra vida no se acabará jamás. Cuando nos inquietamos es cuando perdemos de vista esa meta final, cuando nos olvidamos y miramos para otro lado y no hacia Jesús. «¿Cómo vamos a conocer el camino?». Conociendo a Jesús. No bajes los brazos, seguí luchando porque nuestra vida es un camino y todavía a todos nos falta bastante por recorrer, aunque no sepamos cuándo llegará el final.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Creamos. Creé en el Padre y en Jesús. Creé en que lo que hoy nos dice: «No nos inquietemos», es verdad. El que cree en esto, espera, tiene esperanza en la Vida eterna, tiene la certeza de que «arriba» está todo preparado para algo mucho mejor, aunque ya lo empezamos a disfrutar aquí en la tierra. El que cree puede «hacer las mismas obras» que Jesús y puede ayudar a mejorar algo de lo de acá. «Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago».
Es día para creer, esperar y amar. Estamos en el Camino. ¿Sentís esa linda sensación? No nos inquietemos por cosas que no valen la pena.
Si estamos con él, estamos en la verdad, estamos en la vida, estamos en camino. Si creemos en Jesús, aunque nos alcance la muerte, no moriremos, porque nuestra vida no se acabará jamás. Cuando nos inquietamos es cuando perdemos de vista esa meta final, cuando nos olvidamos y miramos para otro lado y no hacia Jesús. «¿Cómo vamos a conocer el camino?». Conociendo a Jesús. No bajes los brazos, seguí luchando porque nuestra vida es un camino y todavía a todos nos falta bastante por recorrer, aunque no sepamos cuándo llegará el final.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 4 de mayo - Juan 14, 21-26 - V Lunes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 21-26
Jesús dijo a sus discípulos:
«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»
Judas -no el Iscariote- le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?»
Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 21-26
Jesús dijo a sus discípulos:
«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.»
Judas -no el Iscariote- le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?»
Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 14, 21-26:
Buen día, buen lunes. Dios quiere que empecemos un buen lunes unidos como siempre a la escucha diaria, constante, perseverante y fiel de su Palabra, que es la respuesta a todas nuestras preguntas. Muchas veces hay gente que nos cuestiona, que me cuestiona a mí por qué no hablo de ciertas situaciones que se viven continuamente y, es verdad, puede ser. ¿No? Es verdad que la Palabra puede contextualizarse, pero también es verdad, y por eso es una opción que uno toma, que los mismos textos del Evangelio son los que nos responden a las situaciones que vivimos si los sabemos escuchar e interpretar. Muchas veces hacemos el camino inverso. Queremos hacerle decir a la Palabra lo que nosotros queremos que nos diga y lo que tenemos que hacer, es dejar que la Palabra nos diga lo que nos tiene que decir y no buscar en la Palabra lo que nosotros estamos pensando. Bueno, sé que es difícil por ahí comprender esto, así nomás, pero hay que hacer el esfuerzo. Estamos agobiados por todos lados de tantas preguntas, tantos cuestionamientos, pero cada cristiano tiene que hacer su camino, cada cristiano tiene que tomar la Palabra de Dios de cada día y encontrar ahí lo que está buscando y, si no lo encuentra, seguir buscando. «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.»
Una vez, me acuerdo, en un sermón durante una misa, hice la prueba de preguntar ¿no?, para hilar la imagen de Jesús como “Camino”. Pregunté y…a ver qué decía la gente, quién quería ir al Cielo. Para mí sorpresa, cuando dije: “Que levante la mano el que quiera ir al Cielo”, no fueron muchos los que levantaron la mano. Me quedé pensando. Uno se imagina que, en una Iglesia, todos estamos ansiosos de llegar a la meta de nuestra vida, pero no, mirá, no siempre es así. ¿Qué idea tendremos del Cielo? Pero me ayudó a pensar que los niños, porque fueron aquellos los que menos levantaron la mano, y muchos adultos casi que la levantaron con esfuerzo y no porque hacía frío. Me pregunté por qué será esto. ¿Por qué será que un cristiano que va a misa todos los domingos, que ama al Señor, que lo recibe en la Eucaristía, no desea ir al Cielo? ¿Qué entenderemos por el Cielo los católicos? ¿Qué será para nosotros la Vida eterna? ¿Qué es para vos el Cielo? Y si es lo que pensás ¿por qué no nos sale tan fácil tener ganas de ir al Cielo? La respuesta creo que es sencilla - y no tanto buscándole la parte mala- es nuestra falta de fe a veces, aunque te cueste escucharlo. Sí. No tenemos tanta fe. Si no, al contrario, no nos sale tan fácil decir que queremos ir al Cielo, porque estamos hechos para la vida. También es verdad queremos la vida y, lo que viene, por más que nos digan que es lindo, nos genera incertidumbre, inquietud, como decía el Evangelio de ayer. Tenemos miedo, porque para ir al Cielo tenemos que morir, y nadie quiere morir. Lo entendí mejor con algo gracioso que me pasó. Después de dar ese sermón, al irme a sentar a mi silla para hacer un silencio, le pregunté a los monaguillos que estaban al lado mío si ellos habían levantado la mano cuando yo había preguntado quién quería ir al cielo, porque al estar de espaldas no los había visto. Varios me dijeron que sí, pero uno de ellos bien sincero me dijo que no, y cuando le pregunté por qué, me dijo: “¡Prefiero de más viejito padre!”
Buen día, buen lunes. Dios quiere que empecemos un buen lunes unidos como siempre a la escucha diaria, constante, perseverante y fiel de su Palabra, que es la respuesta a todas nuestras preguntas. Muchas veces hay gente que nos cuestiona, que me cuestiona a mí por qué no hablo de ciertas situaciones que se viven continuamente y, es verdad, puede ser. ¿No? Es verdad que la Palabra puede contextualizarse, pero también es verdad, y por eso es una opción que uno toma, que los mismos textos del Evangelio son los que nos responden a las situaciones que vivimos si los sabemos escuchar e interpretar. Muchas veces hacemos el camino inverso. Queremos hacerle decir a la Palabra lo que nosotros queremos que nos diga y lo que tenemos que hacer, es dejar que la Palabra nos diga lo que nos tiene que decir y no buscar en la Palabra lo que nosotros estamos pensando. Bueno, sé que es difícil por ahí comprender esto, así nomás, pero hay que hacer el esfuerzo. Estamos agobiados por todos lados de tantas preguntas, tantos cuestionamientos, pero cada cristiano tiene que hacer su camino, cada cristiano tiene que tomar la Palabra de Dios de cada día y encontrar ahí lo que está buscando y, si no lo encuentra, seguir buscando. «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.»
Una vez, me acuerdo, en un sermón durante una misa, hice la prueba de preguntar ¿no?, para hilar la imagen de Jesús como “Camino”. Pregunté y…a ver qué decía la gente, quién quería ir al Cielo. Para mí sorpresa, cuando dije: “Que levante la mano el que quiera ir al Cielo”, no fueron muchos los que levantaron la mano. Me quedé pensando. Uno se imagina que, en una Iglesia, todos estamos ansiosos de llegar a la meta de nuestra vida, pero no, mirá, no siempre es así. ¿Qué idea tendremos del Cielo? Pero me ayudó a pensar que los niños, porque fueron aquellos los que menos levantaron la mano, y muchos adultos casi que la levantaron con esfuerzo y no porque hacía frío. Me pregunté por qué será esto. ¿Por qué será que un cristiano que va a misa todos los domingos, que ama al Señor, que lo recibe en la Eucaristía, no desea ir al Cielo? ¿Qué entenderemos por el Cielo los católicos? ¿Qué será para nosotros la Vida eterna? ¿Qué es para vos el Cielo? Y si es lo que pensás ¿por qué no nos sale tan fácil tener ganas de ir al Cielo? La respuesta creo que es sencilla - y no tanto buscándole la parte mala- es nuestra falta de fe a veces, aunque te cueste escucharlo. Sí. No tenemos tanta fe. Si no, al contrario, no nos sale tan fácil decir que queremos ir al Cielo, porque estamos hechos para la vida. También es verdad queremos la vida y, lo que viene, por más que nos digan que es lindo, nos genera incertidumbre, inquietud, como decía el Evangelio de ayer. Tenemos miedo, porque para ir al Cielo tenemos que morir, y nadie quiere morir. Lo entendí mejor con algo gracioso que me pasó. Después de dar ese sermón, al irme a sentar a mi silla para hacer un silencio, le pregunté a los monaguillos que estaban al lado mío si ellos habían levantado la mano cuando yo había preguntado quién quería ir al cielo, porque al estar de espaldas no los había visto. Varios me dijeron que sí, pero uno de ellos bien sincero me dijo que no, y cuando le pregunté por qué, me dijo: “¡Prefiero de más viejito padre!”
Queremos vivir, es verdad. Nadie quiere morir, nuestro corazón está preparado para amar y ser amados, y esa experiencia la vivimos acá en la tierra, la palpamos con gente de carne y hueso, con los nuestros y mucho más un niño que solo piensa en el amor de sus padres, de los que le dieron la vida. Por eso, es verdad que pensar en el cielo, querer ir al cielo, jamás en un cristiano debería ser por un desprecio a la maravilla de esta vida, sino más bien debería ser una consecuencia lógica del amor que vivimos por estos lados, por la tierra, que nos llena de alegría, nos sacia, pero nunca es pleno, nunca es total. Podríamos pensar que hay tres posiciones que podemos tomar ante esta verdad, la de la Vida Eterna. Una de ellas es que ni siquiera pensemos en el Cielo, en la Vida Eterna, ni siquiera sea una opción de nuestra vida, porque vivimos creyendo que estamos saciados y entonces no necesitamos nada más y por eso no esperamos nada más porque ya tenemos todo. Otra opción podría ser que pensemos en el Cielo por el hartazgo de la vida, por experimentar un sin sentido o un dolor tan grande que deseamos partir para estar en un lugar mejor, como despreciando lo que tenemos. Eso también pasa. Y la otra que se me ocurre y la que me parece más sana, más equilibrada, es la de experimentar de alguna manera el Cielo en la tierra por el amor, pero darnos cuenta de que eso no alcanza. Es la de pregustar el Cielo en el corazón, en lo que vivimos, en lo cotidiano y que eso nos dé ganas de ir verdaderamente al Cielo porque decimos: “Si esto es lindo, lo que será lo que vendrá, lo que será lo que vendrá.” «No se preocupen, no se inquieten. Yo les tengo preparada una casa en el cielo. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones», decía Jesús ayer.
Algo de esto nos propone el evangelio de hoy. Jesús nos promete el Cielo, ayer nos prometía el Cielo mostrándose como el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús nos anima a la felicidad eterna, al amor eterno, pero nos propone empezar a vivirlo desde acá. Nos propone traernos el Cielo al corazón, quedarse en nuestro corazón hasta que nos llegue el día de poder gozar de su presencia. «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.» El que ama empieza a vivir el Cielo en la tierra, en el corazón, porque el que ama “le hace un lugar” en el corazón al mismísimo Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Te das cuenta de semejante verdad? ¿Nos damos cuenta de que cuando amamos en realidad estamos siendo lo que debemos ser, estamos abriéndole las puertas al que nos creó para que encuentre un buen lugar? Jesús nos dijo que él nos prepararía un lugar en la casa de su Padre, bueno… nosotros podemos hacer lo mismo con él. Amar y vivir su mandamiento del amor es la mejor manera de empezar a vivir el Cielo en la tierra y de no tenerle miedo a lo que vendrá y mucho menos a la muerte. Es la mejor manera de vivir la vida “con los pies en la tierra, pero con los ojos en el Cielo”. El que vive así, quiere ir a cielo, levanta la mano cuando se le pregunta, pero no para escapar de esta vida tan linda o porque no tiene corazón, sino porque sabe que nada de lo amado en su vida se perderá, sino todo lo contrario. Todo cobrará un mayor sentido, todo se renovará y alcanzará su plenitud, eso que todos buscamos. Vos, escuchando todo esto…. ¿todavía tenés ganas de ir al Cielo? ¿Querés ir al Cielo? Levante la mano quién quiere empezar a vivir el cielo en la tierra y gozar un día de la plenitud, de la felicidad en el Cielo eterno con Jesús y todos los que amamos y amaremos.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Algo de esto nos propone el evangelio de hoy. Jesús nos promete el Cielo, ayer nos prometía el Cielo mostrándose como el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús nos anima a la felicidad eterna, al amor eterno, pero nos propone empezar a vivirlo desde acá. Nos propone traernos el Cielo al corazón, quedarse en nuestro corazón hasta que nos llegue el día de poder gozar de su presencia. «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.» El que ama empieza a vivir el Cielo en la tierra, en el corazón, porque el que ama “le hace un lugar” en el corazón al mismísimo Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Te das cuenta de semejante verdad? ¿Nos damos cuenta de que cuando amamos en realidad estamos siendo lo que debemos ser, estamos abriéndole las puertas al que nos creó para que encuentre un buen lugar? Jesús nos dijo que él nos prepararía un lugar en la casa de su Padre, bueno… nosotros podemos hacer lo mismo con él. Amar y vivir su mandamiento del amor es la mejor manera de empezar a vivir el Cielo en la tierra y de no tenerle miedo a lo que vendrá y mucho menos a la muerte. Es la mejor manera de vivir la vida “con los pies en la tierra, pero con los ojos en el Cielo”. El que vive así, quiere ir a cielo, levanta la mano cuando se le pregunta, pero no para escapar de esta vida tan linda o porque no tiene corazón, sino porque sabe que nada de lo amado en su vida se perderá, sino todo lo contrario. Todo cobrará un mayor sentido, todo se renovará y alcanzará su plenitud, eso que todos buscamos. Vos, escuchando todo esto…. ¿todavía tenés ganas de ir al Cielo? ¿Querés ir al Cielo? Levante la mano quién quiere empezar a vivir el cielo en la tierra y gozar un día de la plenitud, de la felicidad en el Cielo eterno con Jesús y todos los que amamos y amaremos.
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p. Rodrigo Aguilar