Viernes 1 de mayo - Juan 14, 1-6 - IV Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-6
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-6
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 14, 1-6:
Qué bien hace empezar este día escuchando que Jesús nos dice: «No se inquieten. No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Cuánto nos ayudan estas palabras en estos tiempos difíciles que nos toca vivir. Podríamos decir que todos los tiempos fueron difíciles y todos los tiempos fueron maravillosos. Pero, a veces, parece que algunos son más que otros. O a alguno les toca vivirla un poco más difícil que a otros. Por ahí te está tocando a vos. Estás triste, estás agobiado, estás cansada, estás enojado. No sabés lo que vendrá, no sabés lo que va a pasar. Pero bueno… volvamos a escuchar estas palabras. Cortá mi comentario y volvé para atrás. Volvé para atrás y escuchá esto: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Creamos en lo que nos dice Jesús. Creamos, que al creerle a Jesús le creemos al Padre, y si le creemos al Padre, qué nos puede inquietar. Es verdad, la vida se pone a veces difícil, se pone dura: la muerte, la injusticia, el dolor, la tristeza, la incomprensión, la traición, la mentira, la hipocresía. Pero no nos inquietemos, porque si no fuera así, no se lo hubiese dicho Jesús a sus amigos ni tampoco a nosotros. Bueno… ¡Vamos! ¡Ánimo! A levantar la cabeza y el corazón.
Vamos a algo del Evangelio de hoy. Un poquito metiéndonos más en este lindo texto. Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos de nosotros hubiésemos querido encontrar la respuesta. La misma que te preguntás vos, que me pregunté yo alguna vez, que se pregunta tanta gente: ¿cuál es el camino? El camino de la vida: ¿cuál es? ¿Cómo conocerlo? ¿Hacia dónde vamos? ¿Dónde va a terminar todo esto? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué tenemos que decidir? Dónde iremos a parar, dice también una zamba argentina; dónde iremos a parar. Y, finalmente, cómo saber cuál es el camino para cada uno. Cuál es el camino, cómo conocerlo y cómo saber cuál es el camino para mí concretamente. Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cuál es la verdad y qué es la vida. Completo. Mucho más completo que la pregunta de Tomás. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta, en una sola frase. Todo lo que cualquier hombre necesita –vos y yo, incluso aquellos que no lo conocen, aquellos que andan caminado por la vida sin sentido, desorientados– todo eso condensado en una Persona, no en una idea, no en una ideología, no en una ilusión, no en un sistema económico, en un proyecto, sino en una Persona.
El Camino, mirá... sabes qué, el camino no es un lugar concreto, la Verdad no es una idea, una ideología, un concepto abstracto y la Vida no es la tuya o la mía. Es la Vida de Jesús, es su vida en nosotros. El Camino, podríamos decir, empieza y no termina, o terminará en la Vida eterna, la Verdad nunca terminará de comprenderse en esta tierra porque no es nuestra y la Vida nunca terminará de vivirse. ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Eso es lo más lindo. ¿No te parece?
Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en él, como lo venimos viendo en todos estos días. Creer en Jesús nos inserta, nos mete, nos introduce en un Camino nuevo, nos muestra una Verdad que no deja de ser un misterio también, que no deja de ocultarse a veces. Algo que no termina de comprenderse, algo que se percibe, que se vislumbra, pero que no se «agarra» con las manos, que no se toma, que no se posee, no se aferra. Y, además, nos da una Vida nueva, distinta, mejor y apasionante. Le agrega un plus, digamos así, le agrega una inyección de amor a nuestra vida.
Qué bien hace empezar este día escuchando que Jesús nos dice: «No se inquieten. No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Cuánto nos ayudan estas palabras en estos tiempos difíciles que nos toca vivir. Podríamos decir que todos los tiempos fueron difíciles y todos los tiempos fueron maravillosos. Pero, a veces, parece que algunos son más que otros. O a alguno les toca vivirla un poco más difícil que a otros. Por ahí te está tocando a vos. Estás triste, estás agobiado, estás cansada, estás enojado. No sabés lo que vendrá, no sabés lo que va a pasar. Pero bueno… volvamos a escuchar estas palabras. Cortá mi comentario y volvé para atrás. Volvé para atrás y escuchá esto: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Creamos en lo que nos dice Jesús. Creamos, que al creerle a Jesús le creemos al Padre, y si le creemos al Padre, qué nos puede inquietar. Es verdad, la vida se pone a veces difícil, se pone dura: la muerte, la injusticia, el dolor, la tristeza, la incomprensión, la traición, la mentira, la hipocresía. Pero no nos inquietemos, porque si no fuera así, no se lo hubiese dicho Jesús a sus amigos ni tampoco a nosotros. Bueno… ¡Vamos! ¡Ánimo! A levantar la cabeza y el corazón.
Vamos a algo del Evangelio de hoy. Un poquito metiéndonos más en este lindo texto. Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos de nosotros hubiésemos querido encontrar la respuesta. La misma que te preguntás vos, que me pregunté yo alguna vez, que se pregunta tanta gente: ¿cuál es el camino? El camino de la vida: ¿cuál es? ¿Cómo conocerlo? ¿Hacia dónde vamos? ¿Dónde va a terminar todo esto? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué tenemos que decidir? Dónde iremos a parar, dice también una zamba argentina; dónde iremos a parar. Y, finalmente, cómo saber cuál es el camino para cada uno. Cuál es el camino, cómo conocerlo y cómo saber cuál es el camino para mí concretamente. Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cuál es la verdad y qué es la vida. Completo. Mucho más completo que la pregunta de Tomás. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta, en una sola frase. Todo lo que cualquier hombre necesita –vos y yo, incluso aquellos que no lo conocen, aquellos que andan caminado por la vida sin sentido, desorientados– todo eso condensado en una Persona, no en una idea, no en una ideología, no en una ilusión, no en un sistema económico, en un proyecto, sino en una Persona.
El Camino, mirá... sabes qué, el camino no es un lugar concreto, la Verdad no es una idea, una ideología, un concepto abstracto y la Vida no es la tuya o la mía. Es la Vida de Jesús, es su vida en nosotros. El Camino, podríamos decir, empieza y no termina, o terminará en la Vida eterna, la Verdad nunca terminará de comprenderse en esta tierra porque no es nuestra y la Vida nunca terminará de vivirse. ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Eso es lo más lindo. ¿No te parece?
Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en él, como lo venimos viendo en todos estos días. Creer en Jesús nos inserta, nos mete, nos introduce en un Camino nuevo, nos muestra una Verdad que no deja de ser un misterio también, que no deja de ocultarse a veces. Algo que no termina de comprenderse, algo que se percibe, que se vislumbra, pero que no se «agarra» con las manos, que no se toma, que no se posee, no se aferra. Y, además, nos da una Vida nueva, distinta, mejor y apasionante. Le agrega un plus, digamos así, le agrega una inyección de amor a nuestra vida.
Fijémonos si creer en Jesús no nos ayuda a que nuestra vida cambie de rumbo, a que nuestra vida encuentre una luz, una verdad diferente, a que descubramos verdades que antes no veíamos, a que tengamos más vida que antes, más amigos, más ganas de vivir, de levantarse, más ganar de amar, de agrandar el corazón, de hacerlo gigante.
Fijémonos si desde que creemos en Jesús, o desde que estás escuchando un poco más su Palabra, desde que lo seguís y escuchás en serio no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como aquel que camina sin parar. Descansa un poco, pero sigue, como quien sabe que pase lo que pase nada lo va a frenar, como quien sabe que a pesar de las caídas siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien, por más que haya dificultades. El final siempre va a ser el mejor. Ya sabemos el «final», entre comillas, de la película de la vida. Si lo comparamos con una película, como la película de la vida, siempre tendrá el mejor final, será un final feliz.
Pensemos qué sería de nuestras vidas si no fuera porque tenemos fe, algo de fe, no importa cuánto, sino por lo menos un poco de fe. Pensemos qué sería de nuestras familias sin el sostén de Jesús, que nos sostuvo en ese momento de dolor. El saber que tenemos un Camino, una Verdad y una Vida que no se terminan jamás. Pensemos hoy y recemos con esta verdad. Recemos, por favor. Tenemos un Camino seguro y firme, tenemos una Verdad que no engaña nunca y tenemos una Vida que revive todo lo que toca y rodea. Todo esto en una Persona, todo lo que necesitamos está en una Persona que vino a señalarnos el rumbo de la vida, que vino a lanzarnos como un «disparo a la eternidad», como decía san Alberto Hurtado, la vida de nuestros seres queridos también, los que partieron o están por partir, la de todos. ¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque él lo es. Estando con él nunca podemos salirnos del camino porque él es el que nos lleva. Estando con él por más que nos cansemos y no tengamos ganas de seguir siempre tendremos una mano que nos levantará. Estando con Jesús aprendemos la verdad de la vida, que no es un conjunto de enseñanzas, sino que es su propia vida, su amor, su entrega hacia nosotros. Estando con él aprendemos a vivir mejor, porque todo lo que hizo él es verdad que ilumina nuestros pasos. Estando en su camino y viviendo su verdad, toda la vida es distinta porque dan ganas de vivir y dan ganas de estar siempre. Porque no solo esta vida que es pasajera, tenemos ganas de vivirla, sino que la vida que continuará a esta será mucho mejor. Estando con él la vida de los demás, la de los que más queremos, jamás nos parecerá que terminará, porque sabemos que, pase lo que pase, él tiene «habitaciones» reservadas para todos los que están en el camino con él.
Entonces… ¿por qué nos inquietamos tanto por las cosas de esta vida que no podemos resolver? ¿Por qué hacemos un mundo, entre comillas, «de lo que no es»? ¿Por qué hacemos de las tristezas algo eterno, cuando no estamos hechos para las tristezas? ¿Por qué dejamos que el sufrimiento de la vida nuble el verdadero fin de nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que la partida de un ser querido nos angustie tanto? No se inquieten, no nos inquietemos, no nos dejemos inquietar por las cosas que pasan y que nos pasan. Acudamos a él, pidamos más fe, pidamos más amor, pidamos más esperanza.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Fijémonos si desde que creemos en Jesús, o desde que estás escuchando un poco más su Palabra, desde que lo seguís y escuchás en serio no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como aquel que camina sin parar. Descansa un poco, pero sigue, como quien sabe que pase lo que pase nada lo va a frenar, como quien sabe que a pesar de las caídas siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien, por más que haya dificultades. El final siempre va a ser el mejor. Ya sabemos el «final», entre comillas, de la película de la vida. Si lo comparamos con una película, como la película de la vida, siempre tendrá el mejor final, será un final feliz.
Pensemos qué sería de nuestras vidas si no fuera porque tenemos fe, algo de fe, no importa cuánto, sino por lo menos un poco de fe. Pensemos qué sería de nuestras familias sin el sostén de Jesús, que nos sostuvo en ese momento de dolor. El saber que tenemos un Camino, una Verdad y una Vida que no se terminan jamás. Pensemos hoy y recemos con esta verdad. Recemos, por favor. Tenemos un Camino seguro y firme, tenemos una Verdad que no engaña nunca y tenemos una Vida que revive todo lo que toca y rodea. Todo esto en una Persona, todo lo que necesitamos está en una Persona que vino a señalarnos el rumbo de la vida, que vino a lanzarnos como un «disparo a la eternidad», como decía san Alberto Hurtado, la vida de nuestros seres queridos también, los que partieron o están por partir, la de todos. ¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque él lo es. Estando con él nunca podemos salirnos del camino porque él es el que nos lleva. Estando con él por más que nos cansemos y no tengamos ganas de seguir siempre tendremos una mano que nos levantará. Estando con Jesús aprendemos la verdad de la vida, que no es un conjunto de enseñanzas, sino que es su propia vida, su amor, su entrega hacia nosotros. Estando con él aprendemos a vivir mejor, porque todo lo que hizo él es verdad que ilumina nuestros pasos. Estando en su camino y viviendo su verdad, toda la vida es distinta porque dan ganas de vivir y dan ganas de estar siempre. Porque no solo esta vida que es pasajera, tenemos ganas de vivirla, sino que la vida que continuará a esta será mucho mejor. Estando con él la vida de los demás, la de los que más queremos, jamás nos parecerá que terminará, porque sabemos que, pase lo que pase, él tiene «habitaciones» reservadas para todos los que están en el camino con él.
Entonces… ¿por qué nos inquietamos tanto por las cosas de esta vida que no podemos resolver? ¿Por qué hacemos un mundo, entre comillas, «de lo que no es»? ¿Por qué hacemos de las tristezas algo eterno, cuando no estamos hechos para las tristezas? ¿Por qué dejamos que el sufrimiento de la vida nuble el verdadero fin de nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que la partida de un ser querido nos angustie tanto? No se inquieten, no nos inquietemos, no nos dejemos inquietar por las cosas que pasan y que nos pasan. Acudamos a él, pidamos más fe, pidamos más amor, pidamos más esperanza.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Forwarded from Algo del Evangelio
Juan 14, 1-6 - IV Viernes de Pascua
Padre Rodrigo Aguilar
Sábado 2 de mayo - Juan 14, 7-14 - IV Sábado de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 7-14
Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 7-14
Jesús dijo a sus discípulos:
«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 14, 7-14:
Llegamos al final de esta cuarta semana de Pascua. Espero que la hayas disfrutado, que estés disfrutando mucho de escuchar la Palabra de Dios, especialmente este Evangelio maravilloso de san Juan que es una delicia y que seguiremos disfrutando durante todo el tiempo pascual, en todas las semanas, durante la semana.
Alguna vez me dijeron: «Padre, me estoy volviendo adicto a la Palabra de Dios». Muchas veces me dijeron eso. En realidad, es una palabra que suena un poco fuerte, puede parecer incluso dura o que es peyorativa hacia los que sufren esto, pero, si la entendemos bien o a lo que se refirieron cuando me dijeron eso, creo que es muy lindo pensar así. Es una manera de decir: «La verdad que me atrapó, me sedujiste y me dejé seducir, Señor». Es lindo poder sentir y comprender que no deberíamos pasar ni siquiera un día sin escuchar la Palabra de Dios, sin una santa «adicción», pero llamémosle mejor «enamoramiento», que no nos haría mal, nos haría también mucho bien.
Sin embargo, podemos vivir en un mundo que a veces se burla de los «excesos con Dios». Podemos ser «fanáticos» como se dice de cualquier cosa en esta tierra, de hecho, parece que está bueno decir que sos fan de algo y no vas a escandalizar a nadie, ahora… si sos «fanático» de Dios, de Jesús, parece una exageración. ¿No? En realidad, no somos fanes de nadie, de ningún sacerdote, no deberíamos serlo, tampoco somos fanes de Jesús, no es una palabra linda para pensarla hacia él. Pero te dicen a veces o nos dicen: ¡Pareces un «fanático» o una «fanática» !, o sea, alguien que no piensa, que no piensa por sí mismo. Obviamente que Jesús no quiere fanáticos para con él, Dios Padre no quiere mascotas, no quiere esclavos, sino que quiere hijos, pero hijos de verdad, que tengan en su corazón una linda y única obsesión: enamorarse más de él.
Me gusta mucho esta oración, que la volví a leer en estos días después de mucho tiempo, de un sacerdote de apellido Arrupe, dice así: «¡Enamórate! Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamorás atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama a cada mañana, qué hacés con tus atardeceres, en qué empleás tus fines de semana, lo que leés, lo que conocés, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanecé en el amor! Todo será de otra manera». Bueno, una linda y sabia manera de enamorarse de alguien es sentarse a escucharlo y contemplarlo. Eso es lo que nos proponemos cada día. Podemos pedir esto que nos hace tanto bien.
Llegamos al final de esta cuarta semana de Pascua. Espero que la hayas disfrutado, que estés disfrutando mucho de escuchar la Palabra de Dios, especialmente este Evangelio maravilloso de san Juan que es una delicia y que seguiremos disfrutando durante todo el tiempo pascual, en todas las semanas, durante la semana.
Alguna vez me dijeron: «Padre, me estoy volviendo adicto a la Palabra de Dios». Muchas veces me dijeron eso. En realidad, es una palabra que suena un poco fuerte, puede parecer incluso dura o que es peyorativa hacia los que sufren esto, pero, si la entendemos bien o a lo que se refirieron cuando me dijeron eso, creo que es muy lindo pensar así. Es una manera de decir: «La verdad que me atrapó, me sedujiste y me dejé seducir, Señor». Es lindo poder sentir y comprender que no deberíamos pasar ni siquiera un día sin escuchar la Palabra de Dios, sin una santa «adicción», pero llamémosle mejor «enamoramiento», que no nos haría mal, nos haría también mucho bien.
Sin embargo, podemos vivir en un mundo que a veces se burla de los «excesos con Dios». Podemos ser «fanáticos» como se dice de cualquier cosa en esta tierra, de hecho, parece que está bueno decir que sos fan de algo y no vas a escandalizar a nadie, ahora… si sos «fanático» de Dios, de Jesús, parece una exageración. ¿No? En realidad, no somos fanes de nadie, de ningún sacerdote, no deberíamos serlo, tampoco somos fanes de Jesús, no es una palabra linda para pensarla hacia él. Pero te dicen a veces o nos dicen: ¡Pareces un «fanático» o una «fanática» !, o sea, alguien que no piensa, que no piensa por sí mismo. Obviamente que Jesús no quiere fanáticos para con él, Dios Padre no quiere mascotas, no quiere esclavos, sino que quiere hijos, pero hijos de verdad, que tengan en su corazón una linda y única obsesión: enamorarse más de él.
Me gusta mucho esta oración, que la volví a leer en estos días después de mucho tiempo, de un sacerdote de apellido Arrupe, dice así: «¡Enamórate! Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamorás atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama a cada mañana, qué hacés con tus atardeceres, en qué empleás tus fines de semana, lo que leés, lo que conocés, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanecé en el amor! Todo será de otra manera». Bueno, una linda y sabia manera de enamorarse de alguien es sentarse a escucharlo y contemplarlo. Eso es lo que nos proponemos cada día. Podemos pedir esto que nos hace tanto bien.
Algo del Evangelio de hoy es una buena oportunidad para animarse a pedir y pedir: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré». Pidamos creer, pidamos enamorarnos de él, con todas las letras. Pidamos confiar y tener fe, creer en él, creerle a él. Es posible vivir distinto, es posible creer que conocer a Jesús es conocer a Dios Padre. No necesitamos que nos muestren nada más. No necesitamos, como le pasó a Felipe, que nos muestren más que a Jesús. «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras».
Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó en Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nada podrá quitarle. Eso le decía Daniel –mi amigo– a Facundo, ese chico que había tocado fondo con las drogas, le señalaba a la cruz y decía: «Háblale a él, háblale a Jesús porque él te va a llevar al Padre». Se lo decía con una convicción y una fe que conmovía. Hablémosle a Jesús, porque, si le hablamos a él, él intercede por nosotros ante el Padre.
Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más, que necesitemos manifestaciones más visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», de una manera positiva, con menos, y que, en el fondo, siempre, es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que ya tiene. En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía lo es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más, cosa lógica y que ayuda, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y paciencia.
Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que realmente vale la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera». Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre, que él nos lo concederá.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó en Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nada podrá quitarle. Eso le decía Daniel –mi amigo– a Facundo, ese chico que había tocado fondo con las drogas, le señalaba a la cruz y decía: «Háblale a él, háblale a Jesús porque él te va a llevar al Padre». Se lo decía con una convicción y una fe que conmovía. Hablémosle a Jesús, porque, si le hablamos a él, él intercede por nosotros ante el Padre.
Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más, que necesitemos manifestaciones más visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», de una manera positiva, con menos, y que, en el fondo, siempre, es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que ya tiene. En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía lo es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más, cosa lógica y que ayuda, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y paciencia.
Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que realmente vale la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera». Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre, que él nos lo concederá.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Forwarded from Algo del Evangelio
Juan 14, 7-14 - IV Sábado de Pascua
Padre Rodrigo Aguilar
Domingo 3 de mayo - Juan 14, 1-12 - V Domingo de Pascua (A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-12
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-12
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?
Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 14, 1-12:
Hoy es domingo, día del Señor, día para el Señor. Una vez me preguntaron, me acuerdo, qué era «santificar las fiestas», el tercer mandamiento. Bueno, hoy es el día para «santificar», el domingo es el día para santificar, porque es el día de la resurrección de Jesús, es día santificado por el amor de Jesús, al vencer la muerte y darnos una nueva vida. El domingo es día de fiesta, no solo porque nuestro corazón debería anhelar encontrarse con Jesús en la santa Misa, sino porque también hacer de lo cotidiano algo sagrado, algo lindo, algo santo, es muy necesario para todos. Porque a Dios le gusta lo cotidiano, él vivió lo familiar, como nosotros; el asado o la comida de cada domingo, la familia, el reunirse, el volverse a ver, el recibir al que anda lejos, el descansar un poco más y mejor, el leer lo que no podemos leer durante la semana, el escuchar a los que no pudimos ver y escuchar en la semana. Todo esto podemos hacerlo santo si se lo ofrecemos también al Padre, por medio de Jesús. Santifiquemos este día, dejemos que él esté en este día de una manera especial. Santifiquemos el domingo.
Algo del Evangelio de hoy me inspira a que nos hagamos una pregunta: ¿Alguna vez experimentaste esa linda sensación de «estar en camino», de ponerte en camino, de estar yendo al lugar que esperabas y deseabas con todo tu corazón? Para mí es una de las sensaciones más lindas de la vida, cuando preparo el momento de salir de la rutina, de salir de vacaciones, de salir hacia ese lugar que me espera, a ese lugar donde quiero llegar para estar y descansar. Lo lindo es que, cuando nos ponemos en camino, aunque todavía nos falte llegar, ya tenemos de alguna manera el corazón en la meta, en el final, ya empezamos a experimentar lo lindo que es y será llegar a ese lugar. El hombre tiene esa maravillosa posibilidad de traer al presente lo que anhela, la meta final.
Hoy es domingo, día del Señor, día para el Señor. Una vez me preguntaron, me acuerdo, qué era «santificar las fiestas», el tercer mandamiento. Bueno, hoy es el día para «santificar», el domingo es el día para santificar, porque es el día de la resurrección de Jesús, es día santificado por el amor de Jesús, al vencer la muerte y darnos una nueva vida. El domingo es día de fiesta, no solo porque nuestro corazón debería anhelar encontrarse con Jesús en la santa Misa, sino porque también hacer de lo cotidiano algo sagrado, algo lindo, algo santo, es muy necesario para todos. Porque a Dios le gusta lo cotidiano, él vivió lo familiar, como nosotros; el asado o la comida de cada domingo, la familia, el reunirse, el volverse a ver, el recibir al que anda lejos, el descansar un poco más y mejor, el leer lo que no podemos leer durante la semana, el escuchar a los que no pudimos ver y escuchar en la semana. Todo esto podemos hacerlo santo si se lo ofrecemos también al Padre, por medio de Jesús. Santifiquemos este día, dejemos que él esté en este día de una manera especial. Santifiquemos el domingo.
Algo del Evangelio de hoy me inspira a que nos hagamos una pregunta: ¿Alguna vez experimentaste esa linda sensación de «estar en camino», de ponerte en camino, de estar yendo al lugar que esperabas y deseabas con todo tu corazón? Para mí es una de las sensaciones más lindas de la vida, cuando preparo el momento de salir de la rutina, de salir de vacaciones, de salir hacia ese lugar que me espera, a ese lugar donde quiero llegar para estar y descansar. Lo lindo es que, cuando nos ponemos en camino, aunque todavía nos falte llegar, ya tenemos de alguna manera el corazón en la meta, en el final, ya empezamos a experimentar lo lindo que es y será llegar a ese lugar. El hombre tiene esa maravillosa posibilidad de traer al presente lo que anhela, la meta final.
Jesús nos dice hoy: «Yo voy a prepararles un lugar (…) a fin de que donde yo esté, estén también ustedes». Imaginar la vida como un camino es una de esas metáforas más lindas que podemos usar para reconocer lo que somos en esta vida, caminantes, somos peregrinos. Estar en camino da paz, caminar es lindo, da quietud, porque se tiene la certeza de que tarde o temprano con esfuerzo se llegará. Es cuestión de tiempo, nada más. Por eso Jesús dice: «No se inquieten». Lo importante es caminar, lo importante es «estar en camino», no moverse del Camino con mayúscula. «Yo soy el Camino», nos dice hoy la Palabra. Yo soy el que te conduce, el que te lleva, el que te dio un camino concreto y correcto, el que te acompaña siempre en ese caminar, el que te da esa certeza de que por «estar en camino» ya se tiene algo de lo que vendrá. «Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre». Si ustedes se ponen en camino, si caminan conmigo, si están conmigo, estarán siempre de algún modo con mi Padre. «Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Hay que ponerse a caminar. ¡Vamos, a levantarse! No se puede estar en el Camino y ser una «piedra tirada, pateada por otros», somos «piedras vivas». Somos una nación santa, un pueblo sacerdotal, dice la segunda lectura de hoy, un pueblo que es puente entre Dios y los hombres, que en definitiva eso es ser sacerdote. Lo lindo es caminar, es ofrecer el cansancio del camino, es saber que vamos hacia allá y él «nos fue a preparar un lugar». ¿Qué más podemos pedir?
Creamos. Creé en el Padre y en Jesús. Creé en que lo que hoy nos dice: «No nos inquietemos», es verdad. El que cree en esto, espera, tiene esperanza en la Vida eterna, tiene la certeza de que «arriba» está todo preparado para algo mucho mejor, aunque ya lo empezamos a disfrutar aquí en la tierra. El que cree puede «hacer las mismas obras» que Jesús y puede ayudar a mejorar algo de lo de acá. «Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago».
Es día para creer, esperar y amar. Estamos en el Camino. ¿Sentís esa linda sensación? No nos inquietemos por cosas que no valen la pena.
Si estamos con él, estamos en la verdad, estamos en la vida, estamos en camino. Si creemos en Jesús, aunque nos alcance la muerte, no moriremos, porque nuestra vida no se acabará jamás. Cuando nos inquietamos es cuando perdemos de vista esa meta final, cuando nos olvidamos y miramos para otro lado y no hacia Jesús. «¿Cómo vamos a conocer el camino?». Conociendo a Jesús. No bajes los brazos, seguí luchando porque nuestra vida es un camino y todavía a todos nos falta bastante por recorrer, aunque no sepamos cuándo llegará el final.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Creamos. Creé en el Padre y en Jesús. Creé en que lo que hoy nos dice: «No nos inquietemos», es verdad. El que cree en esto, espera, tiene esperanza en la Vida eterna, tiene la certeza de que «arriba» está todo preparado para algo mucho mejor, aunque ya lo empezamos a disfrutar aquí en la tierra. El que cree puede «hacer las mismas obras» que Jesús y puede ayudar a mejorar algo de lo de acá. «Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago».
Es día para creer, esperar y amar. Estamos en el Camino. ¿Sentís esa linda sensación? No nos inquietemos por cosas que no valen la pena.
Si estamos con él, estamos en la verdad, estamos en la vida, estamos en camino. Si creemos en Jesús, aunque nos alcance la muerte, no moriremos, porque nuestra vida no se acabará jamás. Cuando nos inquietamos es cuando perdemos de vista esa meta final, cuando nos olvidamos y miramos para otro lado y no hacia Jesús. «¿Cómo vamos a conocer el camino?». Conociendo a Jesús. No bajes los brazos, seguí luchando porque nuestra vida es un camino y todavía a todos nos falta bastante por recorrer, aunque no sepamos cuándo llegará el final.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones
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algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar