Miércoles 29 de abril - Juan 12, 44-50 - IV Miércoles de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 44-50
Jesús exclamó:
«El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.
Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.
El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 44-50
Jesús exclamó:
«El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.
Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.
El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 12, 44-50:
¡Qué bien que nos hace creer! ¡qué bien que nos hace confiar en algo que no vemos! Aunque parezca una contradicción, lo que estoy diciendo es un grito a este mundo que todo lo quiere comprobar, todo lo quiere tocar con sus manos, todo lo quiere ver, con nuestro corazón también. Hay que reconocerlo que le cuesta, a veces, aferrarse a esas cosas que no son tangibles. Sin embargo, la fe, en realidad, dicho de una manera poco vulgar, es el remedio contra nuestra omnipotencia, contra nuestro deseo de controlarlo todo. Por eso, acordate, dejá de lado un poco ese control que te atormenta, que te lleva a creerte superior, a pensar que lo podés todo. Y no es así, porque cuando nos llega el dolor, la enfermedad, la tristeza, la angustia, el sufrimiento, realmente es ahí cuando nos damos cuenta de que en el fondo todo está en sus manos, como decíamos ayer. ¡Qué bien que nos hace creer!, gritalo hoy. Mirá al cielo y decí: ¡qué bien! ¡qué lindo es tener fe y ponerme en manos de Dios que es mi Padre, por medio de Jesús!
Algo del evangelio de hoy también nos dice algo muy lindo: “El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.” Es interesante volver a escuchar estas palabras de Jesús, a pesar de que nos olvidamos a veces esto, y pensar qué es lo que nos quiere decir verdaderamente. Es interesante porque ni siquiera Jesús se pone como centro a sí mismo. Qué bueno. Jesús quiere que creamos en él, que confiemos en él, pero para que creamos en el Padre, para que confiemos en que Dios es Padre, su Padre y nuestro Padre. Lo mismo nos pasa a nosotros, a los sacerdotes, pero también a vos. No tienen que creer “en nosotros”. En realidad, tienen que confiar en que lo que nosotros enseñamos es lo que Jesús enseñó porque lo enseñó el Padre. Él es el enviado del Padre, con sus palabras y su vida nos quiere mostrar lo que el Padre tiene para decirnos a todos. Por eso nuestra fe, es cristocéntrica. Creemos en Cristo, pero al mismo tiempo es fe que nos remite al Padre. Creemos en Jesús y Jesús nos muestra al Padre, nos señala al Padre. Él es la imagen del Dios invisible. Él es el rostro del Padre.
¿Te acordás lo que escuchábamos la semana pasada “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae”? Tiene que ver con lo de hoy. Y podríamos decirlo de otra manera; “El Padre nos atrae a Jesús, pero, en definitiva, para atraernos a él, para hacernos sus hijos, para que nos sintamos hijos, para que vivamos como hijos”. Somos sus hijos dispersos y él envió a su Hijo al mundo para reunirnos, como buen pastor.
¡Qué bien que nos hace creer! ¡qué bien que nos hace confiar en algo que no vemos! Aunque parezca una contradicción, lo que estoy diciendo es un grito a este mundo que todo lo quiere comprobar, todo lo quiere tocar con sus manos, todo lo quiere ver, con nuestro corazón también. Hay que reconocerlo que le cuesta, a veces, aferrarse a esas cosas que no son tangibles. Sin embargo, la fe, en realidad, dicho de una manera poco vulgar, es el remedio contra nuestra omnipotencia, contra nuestro deseo de controlarlo todo. Por eso, acordate, dejá de lado un poco ese control que te atormenta, que te lleva a creerte superior, a pensar que lo podés todo. Y no es así, porque cuando nos llega el dolor, la enfermedad, la tristeza, la angustia, el sufrimiento, realmente es ahí cuando nos damos cuenta de que en el fondo todo está en sus manos, como decíamos ayer. ¡Qué bien que nos hace creer!, gritalo hoy. Mirá al cielo y decí: ¡qué bien! ¡qué lindo es tener fe y ponerme en manos de Dios que es mi Padre, por medio de Jesús!
Algo del evangelio de hoy también nos dice algo muy lindo: “El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.” Es interesante volver a escuchar estas palabras de Jesús, a pesar de que nos olvidamos a veces esto, y pensar qué es lo que nos quiere decir verdaderamente. Es interesante porque ni siquiera Jesús se pone como centro a sí mismo. Qué bueno. Jesús quiere que creamos en él, que confiemos en él, pero para que creamos en el Padre, para que confiemos en que Dios es Padre, su Padre y nuestro Padre. Lo mismo nos pasa a nosotros, a los sacerdotes, pero también a vos. No tienen que creer “en nosotros”. En realidad, tienen que confiar en que lo que nosotros enseñamos es lo que Jesús enseñó porque lo enseñó el Padre. Él es el enviado del Padre, con sus palabras y su vida nos quiere mostrar lo que el Padre tiene para decirnos a todos. Por eso nuestra fe, es cristocéntrica. Creemos en Cristo, pero al mismo tiempo es fe que nos remite al Padre. Creemos en Jesús y Jesús nos muestra al Padre, nos señala al Padre. Él es la imagen del Dios invisible. Él es el rostro del Padre.
¿Te acordás lo que escuchábamos la semana pasada “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae”? Tiene que ver con lo de hoy. Y podríamos decirlo de otra manera; “El Padre nos atrae a Jesús, pero, en definitiva, para atraernos a él, para hacernos sus hijos, para que nos sintamos hijos, para que vivamos como hijos”. Somos sus hijos dispersos y él envió a su Hijo al mundo para reunirnos, como buen pastor.
Ayer también meditábamos sobre la escucha, sobre la necesidad de escuchar la voz del Pastor que es Jesús. La clave en esta vida, decíamos, es ir aprendiendo a escuchar, a escuchar al Pastor y a escuchar a los demás en donde también, de alguna manera, nos habla. El que no sabe escuchar no sabe amar, porque no sabe detenerse. No sabe bajar un cambio para reflexionar. No sabe mirar a los ojos a los demás; no sabe dejar de hablar para dar tiempo; no sabe lo que es esperar; no sabe lo que es olvidarse de sus caprichos por un momento; no sabe lo que es cargar con dolores ajenos, no sabe sufrir por el otro. El que no escucha no ama bien y solo ama en profundidad el que escucha mucho más de lo que pretende hablar.
Escuchar a Jesús es escuchar al Padre, “porque él no habló por sí mismo” dice, y es lo que nos enseña a amar. ¡Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, qué distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con él, o nuestra manera de rezar! Muchas veces no sabemos rezar porque no sabemos escuchar. No sabemos detenernos y frenar un poco.
Escuchemos hoy a Jesús que nos dice que él es luz, que vino a traer luz a las tinieblas de nuestra vida, de nuestro corazón, porque la luz da vida y cuando hay luz la muerte desaparece.
Ahora… no basta con decir de la boca para afuera que creemos, eso sobra y hace mal. Hay muchos cristianos que dicen creer y son ovejas sordas, como vos y yo a veces.
Es necesario dejar que la fe se haga vida, que la fe ilumine lo propio y que irradie hacia afuera. Es necesario cambiar de vida también. Y esto no es un imperativo moral, una obligación, una cosa que viene desde afuera que nos quita libertad. Es en realidad una consecuencia natural cuando se cree en serio, cuando se escucha todos los días a Jesús, cuando dejamos que sus palabras y su vida nos muestren un nuevo camino. Nos muestren el pecado que hay en nosotros, nos muestren nuestra bondad y la de los demás, nos eviten caer una y otra vez, nos iluminen el dolor para aprender a ayudar. Si Cristo que es luz no está en nuestras vidas, si sus palabras no iluminan nuestro obrar y pensar, nada nos conmueve, nada nos saca de nuestra somnolencia, de ese andar anestesiados ante tanta oscuridad e injusticia.
Es sencillo: o soy oveja que escucha y sigue a Jesús, o soy oveja que sigue a un rebaño distinto, a un rebaño de la política, de una ideología, de una filosofía, de modas pasajeras o incluso a un rebaño que, en realidad, soy yo mismo, mis propias voces.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
P. Rodrigo Aguilar
Escuchar a Jesús es escuchar al Padre, “porque él no habló por sí mismo” dice, y es lo que nos enseña a amar. ¡Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, qué distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con él, o nuestra manera de rezar! Muchas veces no sabemos rezar porque no sabemos escuchar. No sabemos detenernos y frenar un poco.
Escuchemos hoy a Jesús que nos dice que él es luz, que vino a traer luz a las tinieblas de nuestra vida, de nuestro corazón, porque la luz da vida y cuando hay luz la muerte desaparece.
Ahora… no basta con decir de la boca para afuera que creemos, eso sobra y hace mal. Hay muchos cristianos que dicen creer y son ovejas sordas, como vos y yo a veces.
Es necesario dejar que la fe se haga vida, que la fe ilumine lo propio y que irradie hacia afuera. Es necesario cambiar de vida también. Y esto no es un imperativo moral, una obligación, una cosa que viene desde afuera que nos quita libertad. Es en realidad una consecuencia natural cuando se cree en serio, cuando se escucha todos los días a Jesús, cuando dejamos que sus palabras y su vida nos muestren un nuevo camino. Nos muestren el pecado que hay en nosotros, nos muestren nuestra bondad y la de los demás, nos eviten caer una y otra vez, nos iluminen el dolor para aprender a ayudar. Si Cristo que es luz no está en nuestras vidas, si sus palabras no iluminan nuestro obrar y pensar, nada nos conmueve, nada nos saca de nuestra somnolencia, de ese andar anestesiados ante tanta oscuridad e injusticia.
Es sencillo: o soy oveja que escucha y sigue a Jesús, o soy oveja que sigue a un rebaño distinto, a un rebaño de la política, de una ideología, de una filosofía, de modas pasajeras o incluso a un rebaño que, en realidad, soy yo mismo, mis propias voces.
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P. Rodrigo Aguilar
Jueves 30 de abril - Juan 13, 16-20 - IV Jueves de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 16-20
Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:
«Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.
No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.
Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.
Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.»
Palabra del Señor
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 16-20
Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:
«Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.
No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.
Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.
Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.»
Palabra del Señor
Comentario a Juan 13, 16-20:
A veces decimos: «Dios quiera que tengamos un buen día, Dios quiera que pueda hacer tal cosa, Dios quiera que nos veamos». Más como una expresión de deseo de lo que nosotros queremos que Dios quiera, y no tanto como una realidad, porque no sabemos siempre perfectamente lo que Dios quiere, en algunas cosas están muy seguros, pero no tanto en otras. Lo claro es que Dios quiere que seamos felices, que estemos bien, que tengamos un buen día. Cómo Dios no va a querer que tengamos un buen día, si es lo único que él quiere, que vivamos en paz, que vivamos felices, que amemos. Pero bueno, así lo decimos, simbólicamente, así está como apoltronada esta frase, en nuestro lenguaje. Dios quiera. ¿No? Dios quiera. Pero digamos así: Dios quiere que tengas un buen día. Él quiere que hoy estés bien, quiere que te levantes, quiere que dejes de mirarte el ombligo, quiere que mires a tu alrededor y que veas todo lo bueno que él nos da, todo el amor que nos concede, su palabra que nos consuela, la presencia de tu familia, de los que están y de los que no están, que no dejarás de amar nunca, ni ellos tampoco.
Dios quiere que hoy tengamos un buen día, que cumplamos su voluntad, un día en el que podamos descubrirlo a él en todas las cosas y que todas las cosas nos hablen de él. Porque el que tiene fe empieza a escuchar la voz de Dios en cualquier cosa. Y para eso es necesario empezar el día escuchando lo mejor que podemos escuchar, la música que hace bien a los oídos del corazón, la música de la Palabra de Dios.
Me acuerdo que una vez me llegó un mensaje muy lindo en el que me mostraban lo que alguien proponía en un grupo de WhatsApp, como diciendo: «Escuchen, escuchen esto, yo no soy muy practicante, pero me animo a mostrarles esto, anímense a escuchar, no soy demagogo, no como diciendo, no estoy predicando, no me pongo de ejemplo, pero anímense a escuchar». Qué lindo es ver cuando alguien se juega por otros, para que otros hagan algo o escuchen algo que les hace bien. Hacé lo mismo, ¡anímate! ¡Anímate a mandar este audio u otro, el que tengas, el que te guste, este audio sencillo a alguien que seguramente lo necesita, que por ahí le va a costar al principio, porque de golpe ver un audio de siete, de ocho, nueve minutos cuesta, a mí también, pero, si pone un poquito de esfuerzo, si ponemos un poquito de esfuerzo, les va a hacer muy bien!
A veces decimos: «Dios quiera que tengamos un buen día, Dios quiera que pueda hacer tal cosa, Dios quiera que nos veamos». Más como una expresión de deseo de lo que nosotros queremos que Dios quiera, y no tanto como una realidad, porque no sabemos siempre perfectamente lo que Dios quiere, en algunas cosas están muy seguros, pero no tanto en otras. Lo claro es que Dios quiere que seamos felices, que estemos bien, que tengamos un buen día. Cómo Dios no va a querer que tengamos un buen día, si es lo único que él quiere, que vivamos en paz, que vivamos felices, que amemos. Pero bueno, así lo decimos, simbólicamente, así está como apoltronada esta frase, en nuestro lenguaje. Dios quiera. ¿No? Dios quiera. Pero digamos así: Dios quiere que tengas un buen día. Él quiere que hoy estés bien, quiere que te levantes, quiere que dejes de mirarte el ombligo, quiere que mires a tu alrededor y que veas todo lo bueno que él nos da, todo el amor que nos concede, su palabra que nos consuela, la presencia de tu familia, de los que están y de los que no están, que no dejarás de amar nunca, ni ellos tampoco.
Dios quiere que hoy tengamos un buen día, que cumplamos su voluntad, un día en el que podamos descubrirlo a él en todas las cosas y que todas las cosas nos hablen de él. Porque el que tiene fe empieza a escuchar la voz de Dios en cualquier cosa. Y para eso es necesario empezar el día escuchando lo mejor que podemos escuchar, la música que hace bien a los oídos del corazón, la música de la Palabra de Dios.
Me acuerdo que una vez me llegó un mensaje muy lindo en el que me mostraban lo que alguien proponía en un grupo de WhatsApp, como diciendo: «Escuchen, escuchen esto, yo no soy muy practicante, pero me animo a mostrarles esto, anímense a escuchar, no soy demagogo, no como diciendo, no estoy predicando, no me pongo de ejemplo, pero anímense a escuchar». Qué lindo es ver cuando alguien se juega por otros, para que otros hagan algo o escuchen algo que les hace bien. Hacé lo mismo, ¡anímate! ¡Anímate a mandar este audio u otro, el que tengas, el que te guste, este audio sencillo a alguien que seguramente lo necesita, que por ahí le va a costar al principio, porque de golpe ver un audio de siete, de ocho, nueve minutos cuesta, a mí también, pero, si pone un poquito de esfuerzo, si ponemos un poquito de esfuerzo, les va a hacer muy bien!
Hoy, concretamente, sin esperar, sin soñar grandes cosas, en donde nos toque, ahora, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en lo que hacemos, ahora podemos amar, ahora podemos hacer lo mismo que Jesús.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Forwarded from Algo del Evangelio
Juan 13, 16-20 - IV Jueves de Pascua
Padre Rodrigo Aguilar
Viernes 1 de mayo - Juan 14, 1-6 - IV Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-6
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 1-6
Jesús dijo a sus discípulos:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»
Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 14, 1-6:
Qué bien hace empezar este día escuchando que Jesús nos dice: «No se inquieten. No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Cuánto nos ayudan estas palabras en estos tiempos difíciles que nos toca vivir. Podríamos decir que todos los tiempos fueron difíciles y todos los tiempos fueron maravillosos. Pero, a veces, parece que algunos son más que otros. O a alguno les toca vivirla un poco más difícil que a otros. Por ahí te está tocando a vos. Estás triste, estás agobiado, estás cansada, estás enojado. No sabés lo que vendrá, no sabés lo que va a pasar. Pero bueno… volvamos a escuchar estas palabras. Cortá mi comentario y volvé para atrás. Volvé para atrás y escuchá esto: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Creamos en lo que nos dice Jesús. Creamos, que al creerle a Jesús le creemos al Padre, y si le creemos al Padre, qué nos puede inquietar. Es verdad, la vida se pone a veces difícil, se pone dura: la muerte, la injusticia, el dolor, la tristeza, la incomprensión, la traición, la mentira, la hipocresía. Pero no nos inquietemos, porque si no fuera así, no se lo hubiese dicho Jesús a sus amigos ni tampoco a nosotros. Bueno… ¡Vamos! ¡Ánimo! A levantar la cabeza y el corazón.
Vamos a algo del Evangelio de hoy. Un poquito metiéndonos más en este lindo texto. Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos de nosotros hubiésemos querido encontrar la respuesta. La misma que te preguntás vos, que me pregunté yo alguna vez, que se pregunta tanta gente: ¿cuál es el camino? El camino de la vida: ¿cuál es? ¿Cómo conocerlo? ¿Hacia dónde vamos? ¿Dónde va a terminar todo esto? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué tenemos que decidir? Dónde iremos a parar, dice también una zamba argentina; dónde iremos a parar. Y, finalmente, cómo saber cuál es el camino para cada uno. Cuál es el camino, cómo conocerlo y cómo saber cuál es el camino para mí concretamente. Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cuál es la verdad y qué es la vida. Completo. Mucho más completo que la pregunta de Tomás. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta, en una sola frase. Todo lo que cualquier hombre necesita –vos y yo, incluso aquellos que no lo conocen, aquellos que andan caminado por la vida sin sentido, desorientados– todo eso condensado en una Persona, no en una idea, no en una ideología, no en una ilusión, no en un sistema económico, en un proyecto, sino en una Persona.
El Camino, mirá... sabes qué, el camino no es un lugar concreto, la Verdad no es una idea, una ideología, un concepto abstracto y la Vida no es la tuya o la mía. Es la Vida de Jesús, es su vida en nosotros. El Camino, podríamos decir, empieza y no termina, o terminará en la Vida eterna, la Verdad nunca terminará de comprenderse en esta tierra porque no es nuestra y la Vida nunca terminará de vivirse. ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Eso es lo más lindo. ¿No te parece?
Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en él, como lo venimos viendo en todos estos días. Creer en Jesús nos inserta, nos mete, nos introduce en un Camino nuevo, nos muestra una Verdad que no deja de ser un misterio también, que no deja de ocultarse a veces. Algo que no termina de comprenderse, algo que se percibe, que se vislumbra, pero que no se «agarra» con las manos, que no se toma, que no se posee, no se aferra. Y, además, nos da una Vida nueva, distinta, mejor y apasionante. Le agrega un plus, digamos así, le agrega una inyección de amor a nuestra vida.
Qué bien hace empezar este día escuchando que Jesús nos dice: «No se inquieten. No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Cuánto nos ayudan estas palabras en estos tiempos difíciles que nos toca vivir. Podríamos decir que todos los tiempos fueron difíciles y todos los tiempos fueron maravillosos. Pero, a veces, parece que algunos son más que otros. O a alguno les toca vivirla un poco más difícil que a otros. Por ahí te está tocando a vos. Estás triste, estás agobiado, estás cansada, estás enojado. No sabés lo que vendrá, no sabés lo que va a pasar. Pero bueno… volvamos a escuchar estas palabras. Cortá mi comentario y volvé para atrás. Volvé para atrás y escuchá esto: «No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí». Creamos en lo que nos dice Jesús. Creamos, que al creerle a Jesús le creemos al Padre, y si le creemos al Padre, qué nos puede inquietar. Es verdad, la vida se pone a veces difícil, se pone dura: la muerte, la injusticia, el dolor, la tristeza, la incomprensión, la traición, la mentira, la hipocresía. Pero no nos inquietemos, porque si no fuera así, no se lo hubiese dicho Jesús a sus amigos ni tampoco a nosotros. Bueno… ¡Vamos! ¡Ánimo! A levantar la cabeza y el corazón.
Vamos a algo del Evangelio de hoy. Un poquito metiéndonos más en este lindo texto. Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos de nosotros hubiésemos querido encontrar la respuesta. La misma que te preguntás vos, que me pregunté yo alguna vez, que se pregunta tanta gente: ¿cuál es el camino? El camino de la vida: ¿cuál es? ¿Cómo conocerlo? ¿Hacia dónde vamos? ¿Dónde va a terminar todo esto? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué tenemos que decidir? Dónde iremos a parar, dice también una zamba argentina; dónde iremos a parar. Y, finalmente, cómo saber cuál es el camino para cada uno. Cuál es el camino, cómo conocerlo y cómo saber cuál es el camino para mí concretamente. Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cuál es la verdad y qué es la vida. Completo. Mucho más completo que la pregunta de Tomás. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta, en una sola frase. Todo lo que cualquier hombre necesita –vos y yo, incluso aquellos que no lo conocen, aquellos que andan caminado por la vida sin sentido, desorientados– todo eso condensado en una Persona, no en una idea, no en una ideología, no en una ilusión, no en un sistema económico, en un proyecto, sino en una Persona.
El Camino, mirá... sabes qué, el camino no es un lugar concreto, la Verdad no es una idea, una ideología, un concepto abstracto y la Vida no es la tuya o la mía. Es la Vida de Jesús, es su vida en nosotros. El Camino, podríamos decir, empieza y no termina, o terminará en la Vida eterna, la Verdad nunca terminará de comprenderse en esta tierra porque no es nuestra y la Vida nunca terminará de vivirse. ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Eso es lo más lindo. ¿No te parece?
Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en él, como lo venimos viendo en todos estos días. Creer en Jesús nos inserta, nos mete, nos introduce en un Camino nuevo, nos muestra una Verdad que no deja de ser un misterio también, que no deja de ocultarse a veces. Algo que no termina de comprenderse, algo que se percibe, que se vislumbra, pero que no se «agarra» con las manos, que no se toma, que no se posee, no se aferra. Y, además, nos da una Vida nueva, distinta, mejor y apasionante. Le agrega un plus, digamos así, le agrega una inyección de amor a nuestra vida.
Fijémonos si creer en Jesús no nos ayuda a que nuestra vida cambie de rumbo, a que nuestra vida encuentre una luz, una verdad diferente, a que descubramos verdades que antes no veíamos, a que tengamos más vida que antes, más amigos, más ganas de vivir, de levantarse, más ganar de amar, de agrandar el corazón, de hacerlo gigante.
Fijémonos si desde que creemos en Jesús, o desde que estás escuchando un poco más su Palabra, desde que lo seguís y escuchás en serio no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como aquel que camina sin parar. Descansa un poco, pero sigue, como quien sabe que pase lo que pase nada lo va a frenar, como quien sabe que a pesar de las caídas siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien, por más que haya dificultades. El final siempre va a ser el mejor. Ya sabemos el «final», entre comillas, de la película de la vida. Si lo comparamos con una película, como la película de la vida, siempre tendrá el mejor final, será un final feliz.
Pensemos qué sería de nuestras vidas si no fuera porque tenemos fe, algo de fe, no importa cuánto, sino por lo menos un poco de fe. Pensemos qué sería de nuestras familias sin el sostén de Jesús, que nos sostuvo en ese momento de dolor. El saber que tenemos un Camino, una Verdad y una Vida que no se terminan jamás. Pensemos hoy y recemos con esta verdad. Recemos, por favor. Tenemos un Camino seguro y firme, tenemos una Verdad que no engaña nunca y tenemos una Vida que revive todo lo que toca y rodea. Todo esto en una Persona, todo lo que necesitamos está en una Persona que vino a señalarnos el rumbo de la vida, que vino a lanzarnos como un «disparo a la eternidad», como decía san Alberto Hurtado, la vida de nuestros seres queridos también, los que partieron o están por partir, la de todos. ¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque él lo es. Estando con él nunca podemos salirnos del camino porque él es el que nos lleva. Estando con él por más que nos cansemos y no tengamos ganas de seguir siempre tendremos una mano que nos levantará. Estando con Jesús aprendemos la verdad de la vida, que no es un conjunto de enseñanzas, sino que es su propia vida, su amor, su entrega hacia nosotros. Estando con él aprendemos a vivir mejor, porque todo lo que hizo él es verdad que ilumina nuestros pasos. Estando en su camino y viviendo su verdad, toda la vida es distinta porque dan ganas de vivir y dan ganas de estar siempre. Porque no solo esta vida que es pasajera, tenemos ganas de vivirla, sino que la vida que continuará a esta será mucho mejor. Estando con él la vida de los demás, la de los que más queremos, jamás nos parecerá que terminará, porque sabemos que, pase lo que pase, él tiene «habitaciones» reservadas para todos los que están en el camino con él.
Entonces… ¿por qué nos inquietamos tanto por las cosas de esta vida que no podemos resolver? ¿Por qué hacemos un mundo, entre comillas, «de lo que no es»? ¿Por qué hacemos de las tristezas algo eterno, cuando no estamos hechos para las tristezas? ¿Por qué dejamos que el sufrimiento de la vida nuble el verdadero fin de nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que la partida de un ser querido nos angustie tanto? No se inquieten, no nos inquietemos, no nos dejemos inquietar por las cosas que pasan y que nos pasan. Acudamos a él, pidamos más fe, pidamos más amor, pidamos más esperanza.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Fijémonos si desde que creemos en Jesús, o desde que estás escuchando un poco más su Palabra, desde que lo seguís y escuchás en serio no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como aquel que camina sin parar. Descansa un poco, pero sigue, como quien sabe que pase lo que pase nada lo va a frenar, como quien sabe que a pesar de las caídas siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien, por más que haya dificultades. El final siempre va a ser el mejor. Ya sabemos el «final», entre comillas, de la película de la vida. Si lo comparamos con una película, como la película de la vida, siempre tendrá el mejor final, será un final feliz.
Pensemos qué sería de nuestras vidas si no fuera porque tenemos fe, algo de fe, no importa cuánto, sino por lo menos un poco de fe. Pensemos qué sería de nuestras familias sin el sostén de Jesús, que nos sostuvo en ese momento de dolor. El saber que tenemos un Camino, una Verdad y una Vida que no se terminan jamás. Pensemos hoy y recemos con esta verdad. Recemos, por favor. Tenemos un Camino seguro y firme, tenemos una Verdad que no engaña nunca y tenemos una Vida que revive todo lo que toca y rodea. Todo esto en una Persona, todo lo que necesitamos está en una Persona que vino a señalarnos el rumbo de la vida, que vino a lanzarnos como un «disparo a la eternidad», como decía san Alberto Hurtado, la vida de nuestros seres queridos también, los que partieron o están por partir, la de todos. ¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque él lo es. Estando con él nunca podemos salirnos del camino porque él es el que nos lleva. Estando con él por más que nos cansemos y no tengamos ganas de seguir siempre tendremos una mano que nos levantará. Estando con Jesús aprendemos la verdad de la vida, que no es un conjunto de enseñanzas, sino que es su propia vida, su amor, su entrega hacia nosotros. Estando con él aprendemos a vivir mejor, porque todo lo que hizo él es verdad que ilumina nuestros pasos. Estando en su camino y viviendo su verdad, toda la vida es distinta porque dan ganas de vivir y dan ganas de estar siempre. Porque no solo esta vida que es pasajera, tenemos ganas de vivirla, sino que la vida que continuará a esta será mucho mejor. Estando con él la vida de los demás, la de los que más queremos, jamás nos parecerá que terminará, porque sabemos que, pase lo que pase, él tiene «habitaciones» reservadas para todos los que están en el camino con él.
Entonces… ¿por qué nos inquietamos tanto por las cosas de esta vida que no podemos resolver? ¿Por qué hacemos un mundo, entre comillas, «de lo que no es»? ¿Por qué hacemos de las tristezas algo eterno, cuando no estamos hechos para las tristezas? ¿Por qué dejamos que el sufrimiento de la vida nuble el verdadero fin de nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que la partida de un ser querido nos angustie tanto? No se inquieten, no nos inquietemos, no nos dejemos inquietar por las cosas que pasan y que nos pasan. Acudamos a él, pidamos más fe, pidamos más amor, pidamos más esperanza.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Forwarded from Algo del Evangelio
Juan 14, 1-6 - IV Viernes de Pascua
Padre Rodrigo Aguilar