Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Lunes 27 de abril - Mateo 9, 35-38 - Fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 9, 35-38


Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 9, 35-38:

En este día, en esta fiesta, tan importante para Latinoamérica, donde recordamos al gran obispo santo Toribio –que es el patrono de todo el episcopado latinoamericano, es el gran obispo de Lima del siglo XVI–, me animo a compartirte algo, algo que nos pasa muchas veces a los sacerdotes, pero que me pasa a mí, que es cuando alguien se acerca y nos pregunta: «¿Cómo te surgió la vocación? ¿Cómo te diste cuenta que Dios te llamaba?». Es la gran pregunta que muchas veces los laicos, en general, nos hacen a los sacerdotes y consagrados, porque, creo yo, la vocación no deja de ser un gran misterio. No un misterio en el sentido de algo que es imposible de descifrar, sino más bien algo que nos muestra algo que no vemos, valga la redundancia. Porque, en definitiva, eso es un misterio, eso es un sacramento, un signo sensible de la gracia de Dios que no podemos ver.
Bueno, como te decía, estas y otras preguntas son unas de las tantas que nos hacen los jóvenes y no tan jóvenes, y que muchas veces nos hace a nosotros mismos cuestionarnos y preguntarnos: «¿Cómo es que Dios me llamó?». O incluso preguntarnos: «¿Por qué Dios me eligió a mí y no a otro?». Y la respuesta que doy muchas veces –un poco en forma irónica, pero con mucha verdad de fondo– es: «¿Tenés tiempo para que te cuente?». Y en el fondo no es una respuesta evasiva, no es para decir: «Bueno, no puedo contarte», sino que es difícil explicar en pocas palabras toda una vida, la propia vida. Porque, en definitiva, un llamado no es simplemente en un momento, sino que es toda una vida.
Es cierto que el que se siente llamado por Dios puede detectar claramente que en su camino hubo un momento concreto en el que sintió y se sintió especialmente llamado por el Padre, pero, al mismo tiempo, también es tan y aún más cierto todavía que el «tesoro», por llamarlo de alguna manera, de la vocación siempre estuvo escondido en el campo del corazón del que fue llamado, y por eso que para contar cómo encontramos ese tesoro en algún momento, no basta explicar el momento de la «palada» final, diríamos; o sea, cuando de golpe encontramos ese tesoro, cuando nos topamos con él, sino que hay que ver el proceso de cómo se llegó a dar esa puntada final, esa palada que hizo descubrir el tesoro. Y eso es algo difícil. Entonces por qué no pensar que la vocación, el llamado de miles de sacerdotes a lo largo de la historia y también de los consagrados, de los que están y de los que vendrán, proviene de esta petición de Jesús de Algo del Evangelio de hoy: «Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha». En definitiva, los sacerdotes somos fruto del amor del corazón de Dios Padre que ama a todos y que, al mismo tiempo, se deja conmover por la petición de su Hijo y de todos los que piden más trabajadores para la cosecha.
¿Cómo pensamos que Dios se las ingenia día a día para seguir recorriendo el mundo, las ciudades y cada lugar, enseñar su verdad, anunciar la Buena Noticia de su salvación, curando todo lo que enferma al hombre? ¿Cómo puede ser esto? Bueno, «se las ingenia de la misma manera que se las ingenió siempre», desde que existe este mundo, no de una manera maravillosa o extraordinaria como a veces pretendemos, sino al modo humano, eligiendo instrumentos humanos para que los demás descubran lo divino, para encontrarlo a él. Alguno dirá por ahí: ¿No podría haber elegido algo mejor, no podría haber elegido una manera más efectiva? ¿Realmente es ingeniosa esta manera de hacerse presente en este mundo? Como poder, hubiese podido hacer lo que quisiera, porque en definitiva Dios es Dios. Ahora...quiso otra cosa, quiso elegir el modo que seguramente daría más fruto y por eso decidió hacerse hombre como nosotros, para acostumbrarse a vivir como hombre y para que el hombre se vaya acostumbrando a vivir con Dios y como Dios. Un gran misterio, pero una gran verdad.
Cristo anduvo por la tierra enseñando, anunciando, sanando y curando, pero no quiso hacerlo solo.
Este es el misterio y, al mismo tiempo, la gran alegría: Dios que se hace hombre y deja que el hombre participe de su misión. De hecho, mientras él lo hacía, les encargó a sus discípulos que lo ayuden, para poder llegar a todos los hombres posibles de ese tiempo. Jesús necesita de hombres para llegar a todos los hombres. Necesitó de sus discípulos para cumplir su misión y les encargó a sus discípulos que continúen su misión en su ausencia.
El sacerdocio católico es el corazón, los ojos, los oídos, la boca, las manos y los pies de Jesús extendidos a lo largo del tiempo, para poder acoger, mirar, escuchar, hablar, tocar y acompañar a todos los hombres posibles a lo largo del tiempo y en todo el mundo. Es la respuesta del corazón conmovido de Jesús al ver tanta gente que anda por el mundo sin guía, como ovejas sin pastor. Los que fuimos elegidos no sabemos explicarlo mucho, no sabemos mucho por qué a nosotros. Por eso, reza por nosotros para que seamos realmente lo que Jesús quiere que seamos. Lo único que sabemos explicar es lo que se vive y se siente en el corazón.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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p. Rodrigo Aguilar
Martes 28 de abril - Juan 10, 22-30 - IV Martes de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 22-30


Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón.
Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente.»
Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 10, 22-30:

Andar por el camino de la Palabra, de la escucha, no es siempre sencillo. Uno pasa muchas veces por todos los estados de ánimos espirituales posibles y muchas veces las crisis llegan, tarde o temprano. Es normal, es parte del camino. Hay momentos llamados de consolación y desolación o desconsolación. Es normal. A todos nos pasa. No es ser humano, con todas las letras, quien está siempre igual, quien está «como si nada pasara». Eso no es real, somos mortales y débiles, aunque a veces pretendamos ser ángeles perfectos. Justamente ahí, radican muchas de nuestras crisis espirituales, en no aceptar que las crisis son parte de la vida; el pasar, el cambio, el que no todos los días estamos igual, el que lo lindo no dura para siempre, y que lo malo tampoco. Sin embargo, muchas veces andamos tristes o enojados, justamente por pretender imposibles que finalmente nunca se dan.
Lo más lindo y reconfortante sería lograr empezar el día dando gracias y ofreciendo todo lo que aparezca en el camino, y casi lo mismo al terminarlo… dar gracias por todo lo que se vivió y pedir perdón por lo que se podría mejorar. Si pudiéramos vivir los días así, en realidad nos ahorraríamos muchos disgustos. Cuenta una anécdota lo que san Ignacio de Loyola hizo ante una malísima noticia recibida, que en nada favorecía a él, ni a los jesuitas, ¿sabés qué hizo? Fue quince minutos frente al santísimo, a dejar que todo se solucione al modo de Dios, con los tiempos de Dios. Parece una actitud infantil, irracional, pero en realidad es el modo de «trabajar como si todo dependiera de nosotros y rezar como si todo dependiera de Dios», es una buena manera de no creernos omnipotentes y confiar en que las cosas tienen su porqué más allá de nuestras fuerzas, de nuestras decisiones, de lo que nosotros queremos.
Por eso cuando uno escucha que de labios y del corazón de Jesús salieron estas palabras: «…ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre», ¿puede quedar lugar a la duda? ¿Puede quedar lugar al miedo? Jesús se refería a nosotros, a sus ovejitas, a los que escuchamos cada día su voz, a los que intentamos seguirlo día a día. ¿No te parece lindo, maravilloso? ¿No te da paz escuchar semejante afirmación? ¿Por qué preocuparse tanto de las cosas que pasan o que nos pasan? Solucionemos lo que está a nuestro alcance, lo demás hay que dejarlo. ¿Qué nos pasa que no terminamos de confiar en que esto es realmente así? Bueno las respuestas pueden ser muy variadas, según la cantidad de oyentes, pero es algo que tenés que preguntarte vos, que me pregunto yo, que tenemos que preguntarnos todos. Deberíamos poder vivir en paz intentando escuchar todos los días la voz de Jesús que es nuestro Verdadero Pastor. Podríamos pensar que entramos en el miedo, en la angustia, cuando dejamos de escuchar la voz que nos hace tanto bien y nos dejamos llevar por otras voces. Voces que nos tiran abajo; voces que no nos hacen luchar cada día; voces que parecen amigas, pero en realidad nos destruyen; son voces que salen de adentro nuestro o que vienen de afuera. Está lleno de falsos pastores que nos quieren guiar hacia otros pastos, no necesariamente malos, sino otros pastos que nos alejan de los manjares de Dios.
Algo del Evangelio de hoy nos llena de ánimo y de esperanza. Las manos del Padre siempre están para abrazarnos, para tomarnos, para salvarnos, para cuidarnos, para acariciarnos, para demostrarnos su amor. Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a comprender que las manos del Padre, esas de las que nos habla Jesús, son esas manos de tantos que nos quieren, que nos buscan, que nos dan una mano con su ayuda, una palmada, un empujón, un abrazo, una caricia y nosotros muchas veces las hemos esquivado, por creernos omnipotentes, por creernos que no estamos necesitados. Las manos del Padre son las manos de nuestros hermanos que son hijos de ese mismo Padre. Por eso Jesús dice que él y el Padre son una sola cosa.
El Hijo quiere siempre lo que quiere el Padre. Jesús quiere que seamos hijos y hermanos. Quiere que queramos lo que él quiere.
¿Qué es lo que nos asegura permanecer siempre en las manos del Padre, o sentirnos en sus manos? No dejar de escuchar nunca la voz de Jesús. Eso que hizo san Ignacio cuando recibió esa mala noticia para su congregación, para él, sumergirnos en él, en la oración el tiempo que podamos para dejar todo en «sus manos», porque en definitiva nuestra vida «está en sus manos» lo aceptemos o no y solo si sabemos entregarla a nuestra vida, sabremos vivirla como él quiere.
Por eso, en este día te propongo y me propongo que de algún modo miremos al cielo, levantemos las manos. Hay un canto muy lindo que dice así: «Cierro los ojos, levanto mis manos, para darme cuenta que estoy en sus manos». Es un símbolo, es un signo, pero nos puede ayudar. No nos olvidemos que estamos en las manos de Dios. Nuestros familiares están en las manos de Dios. Es verdad nosotros podemos querer tirarnos de esas manos, querer escaparnos, pero en definitiva siempre estaremos en sus manos. Eso nos tiene que dar paz, no nos angustiemos, no gritemos, no nos enojemos, no nos peleemos con nadie. Si nos increpan, callémonos. Estamos en las manos del Padre, ¿qué mal nos puede suceder?
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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P. Rodrigo Aguilar
Miércoles 29 de abril - Juan 12, 44-50 - IV Miércoles de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 44-50


Jesús exclamó:
«El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.
Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.
El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 12, 44-50:

¡Qué bien que nos hace creer! ¡qué bien que nos hace confiar en algo que no vemos! Aunque parezca una contradicción, lo que estoy diciendo es un grito a este mundo que todo lo quiere comprobar, todo lo quiere tocar con sus manos, todo lo quiere ver, con nuestro corazón también. Hay que reconocerlo que le cuesta, a veces, aferrarse a esas cosas que no son tangibles. Sin embargo, la fe, en realidad, dicho de una manera poco vulgar, es el remedio contra nuestra omnipotencia, contra nuestro deseo de controlarlo todo. Por eso, acordate, dejá de lado un poco ese control que te atormenta, que te lleva a creerte superior, a pensar que lo podés todo. Y no es así, porque cuando nos llega el dolor, la enfermedad, la tristeza, la angustia, el sufrimiento, realmente es ahí cuando nos damos cuenta de que en el fondo todo está en sus manos, como decíamos ayer. ¡Qué bien que nos hace creer!, gritalo hoy. Mirá al cielo y decí: ¡qué bien! ¡qué lindo es tener fe y ponerme en manos de Dios que es mi Padre, por medio de Jesús!
Algo del evangelio de hoy también nos dice algo muy lindo: “El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.” Es interesante volver a escuchar estas palabras de Jesús, a pesar de que nos olvidamos a veces esto, y pensar qué es lo que nos quiere decir verdaderamente. Es interesante porque ni siquiera Jesús se pone como centro a sí mismo. Qué bueno. Jesús quiere que creamos en él, que confiemos en él, pero para que creamos en el Padre, para que confiemos en que Dios es Padre, su Padre y nuestro Padre. Lo mismo nos pasa a nosotros, a los sacerdotes, pero también a vos. No tienen que creer “en nosotros”. En realidad, tienen que confiar en que lo que nosotros enseñamos es lo que Jesús enseñó porque lo enseñó el Padre. Él es el enviado del Padre, con sus palabras y su vida nos quiere mostrar lo que el Padre tiene para decirnos a todos. Por eso nuestra fe, es cristocéntrica. Creemos en Cristo, pero al mismo tiempo es fe que nos remite al Padre. Creemos en Jesús y Jesús nos muestra al Padre, nos señala al Padre. Él es la imagen del Dios invisible. Él es el rostro del Padre.
¿Te acordás lo que escuchábamos la semana pasada “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae”? Tiene que ver con lo de hoy. Y podríamos decirlo de otra manera; “El Padre nos atrae a Jesús, pero, en definitiva, para atraernos a él, para hacernos sus hijos, para que nos sintamos hijos, para que vivamos como hijos”. Somos sus hijos dispersos y él envió a su Hijo al mundo para reunirnos, como buen pastor.
Ayer también meditábamos sobre la escucha, sobre la necesidad de escuchar la voz del Pastor que es Jesús. La clave en esta vida, decíamos, es ir aprendiendo a escuchar, a escuchar al Pastor y a escuchar a los demás en donde también, de alguna manera, nos habla. El que no sabe escuchar no sabe amar, porque no sabe detenerse. No sabe bajar un cambio para reflexionar. No sabe mirar a los ojos a los demás; no sabe dejar de hablar para dar tiempo; no sabe lo que es esperar; no sabe lo que es olvidarse de sus caprichos por un momento; no sabe lo que es cargar con dolores ajenos, no sabe sufrir por el otro. El que no escucha no ama bien y solo ama en profundidad el que escucha mucho más de lo que pretende hablar.
Escuchar a Jesús es escuchar al Padre, “porque él no habló por sí mismo” dice, y es lo que nos enseña a amar. ¡Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, qué distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con él, o nuestra manera de rezar! Muchas veces no sabemos rezar porque no sabemos escuchar. No sabemos detenernos y frenar un poco.
Escuchemos hoy a Jesús que nos dice que él es luz, que vino a traer luz a las tinieblas de nuestra vida, de nuestro corazón, porque la luz da vida y cuando hay luz la muerte desaparece.
Ahora… no basta con decir de la boca para afuera que creemos, eso sobra y hace mal. Hay muchos cristianos que dicen creer y son ovejas sordas, como vos y yo a veces.
Es necesario dejar que la fe se haga vida, que la fe ilumine lo propio y que irradie hacia afuera. Es necesario cambiar de vida también. Y esto no es un imperativo moral, una obligación, una cosa que viene desde afuera que nos quita libertad. Es en realidad una consecuencia natural cuando se cree en serio, cuando se escucha todos los días a Jesús, cuando dejamos que sus palabras y su vida nos muestren un nuevo camino. Nos muestren el pecado que hay en nosotros, nos muestren nuestra bondad y la de los demás, nos eviten caer una y otra vez, nos iluminen el dolor para aprender a ayudar. Si Cristo que es luz no está en nuestras vidas, si sus palabras no iluminan nuestro obrar y pensar, nada nos conmueve, nada nos saca de nuestra somnolencia, de ese andar anestesiados ante tanta oscuridad e injusticia.
Es sencillo: o soy oveja que escucha y sigue a Jesús, o soy oveja que sigue a un rebaño distinto, a un rebaño de la política, de una ideología, de una filosofía, de modas pasajeras o incluso a un rebaño que, en realidad, soy yo mismo, mis propias voces.

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P. Rodrigo Aguilar