Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Las palabras que nos regala la Iglesia en algo del evangelio de hoy, son las palabras de Jesús antes de ascender a los cielos, podríamos decir que es el legado de Jesús, su deseo final, pero al mismo tiempo, su deseo siempre presente, que no pasará de moda jamás. ¿Qué desea Jesús? ¿Cuál fue su deseo antes de ausentarse físicamente de sus discípulos? No puede ser otra cosa, no podríamos esperar otra cosa que el deseo ardiente de que todos los hombres conozcan la mejor noticia que puede recibir el hombre, hambriento y sediento de amor. ¿Cuál? Que Dios se hizo hombre, murió y resucitó por nosotros para sanarnos y darnos una vida nueva. Básicamente ese el anuncio que comenzaron a desparramar por el mundo los amigos de Jesús y que llegó a nuestro tiempo, y que sigue llegando y que sigue expandiéndose. Esa es la misión básica y fundamental de la Iglesia. Esa es tu misión y mi misión, si realmente creemos en lo que decimos que creemos. No hay que complicarse mucho la existencia con cosas raras. Hay que andar por el mundo diciendo con la vida y con los labios, esta verdad. El que quiera creer que crea y que disfrute, el que no quiera creer que no crea, no debería ser un motivo de enojo para nosotros, se lo estará perdiendo. Dios juzgará a cada uno según su conciencia y sus decisiones, eso a nosotros no nos corresponde juzgarlo.
¿Vos crees en esto? Si crees, ¿Alguna vez anduviste por la vida anunciando esta verdad que cambió la vida de tantos hombres y mujeres? Si ya lo hiciste alguna vez ¿te cansaste o lo seguís haciendo? Los discípulos fueron a predicar por todas partes, ¿y nosotros? ¿Nosotros qué estamos haciendo? ¿Qué hacemos cada día? ¿Pasa algún día de tu vida sin que hables de Él? Anunciar la noticia de Jesús nos llena el corazón de alegría, nos llena el corazón de paz, porque descubrimos que no hay nada más grande que podamos darle a los demás que el mismo Jesús, porque solo Él cambia los corazones de las personas. La fe solo crece dándola, solo se enriquece cuando nos animamos a hablarle a los demás de lo bien que nos hace creer, de lo lindo que es creer, de lo maravilloso que es intentar cada día vivir según las enseñanzas de un Dios Padre que nos ama y solo desea que nos amemos entre nosotros y disfrutemos esta linda vida que nos regaló. ¿Todavía estás pensando si vale la pena hablar de Él?

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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 26 de abril - Juan 10, 1-10 - IV Domingo de Pascua(A)

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 1-10


Jesús dijo a los fariseos:
«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz.»
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 10, 1-10:

Buen día, buen domingo. No sé si te acordarás de Johnny, ese niño sobre el que varias veces conté anécdotas en algunos audios, un niño que hoy ya no es tan niño. Asistía a la catequesis de una de las capillas que pertenecen a mi parroquia. Es muy especial con un corazón muy grande que, por una cierta discapacidad, tiene también una percepción distinta de la realidad. La verdad es que lo extrañamos a Johnny porque hace tiempo que no lo podemos ver, excepto en el último Viernes Santo. Pero es un adolescente que siempre dice palabras especiales.
De hace tiempo que no participaba, en ese momento, y un día tuvo una de esas luces del corazón encendidas, que nos llenaron de alegría y de gozo. En general me interrumpía con buenas acotaciones durante el sermón, y últimamente casi siempre era yo el que lo hacía participar de alguna manera. Mientras intentaba explicar que la imagen del corral que utilizaba Jesús hoy se refiere a la Iglesia y que es Jesús el que nos hace entrar y salir y que, además, él es la puerta, otro niño, Uriel, aportó algo muy bueno: de que podemos entrar y salir para alimentarnos y que es Jesús el que nos alimenta. Aproveché esa situación para querer explicar que en la Iglesia Católica tenemos los mejores alimentos, sin desmerecer a nadie, pero tenemos manjares exquisitos, manjares más grandes. Por pura gracia, no porque seamos mejores, sino porque tenemos lo que Jesús quiso dejar a su Iglesia, que por desgracia después, por pecados de los miembros de la Iglesia nos hemos ido separando. Por ejemplo, la Eucaristía, el manjar más delicioso y exquisito en comparación con otras iglesias. En ese momento les pregunté a todos: ¿Cuál es el manjar más rico que tenemos en la Iglesia y que en otros lugares no tienen? ¿Cuál es? Alguien me respondió: la oración, otro, la palabra… hasta que por supuesto apareció Johnny que me dijo muy suelto de cuerpo y tranquilo y muy seguro: «La Eucaristía…la Eucaristía». Y después, haciendo como un movimiento de cabeza, dijo: «Y eso es para dar gracias». Todos nos quedamos mudos, en silencio, maravillados. Nos quedamos mudos por el remate de su respuesta. Impresionante. Le dije: «Johnny, impresionante lo tuyo, ya estás para dar un sermón. ¿Querés venir? –irónicamente, ¿no? –». Y se paró nomás, si no lo frenaba, él se animaba a subir y a seguir hablando. Y lo más gracioso es que a la salida de misa, me dijo: «Sería un honor para mí hablar desde ahí, dar el sermón». Qué grande Johnny. Cómo lo extrañamos. La otra vez lo pude visitar, la otra vez lo pude ver el Viernes Santo, pero lo extrañamos en las misas.
¡Cuánto nos ayuda la simplicidad y espontaneidad de los niños! Este niño aún sin haber recibido la Comunión sabía perfectamente que Jesús es el mejor alimento que podemos esperar. Y Jesús en la Eucaristía, mucho más. Se dio cuenta que no es lo mismo «cualquier corral» ni la forma de entrar en él. Todos los niños se dieron cuenta. No es lo mismo entrar al corral saltando por el cerco como un ladrón, que entrar por la puerta. No es lo mismo. Cualquier niño se da cuenta que dejarse guiar por Jesús, el Buen Pastor, es mucho mejor que dejarse guiar por cualquiera. Jesús es pastor y puerta. Es pastor. Es pastor, y las ovejas y el corral son suyas, de ningún otro pastor. Esto lo percibe naturalmente cualquier niño.
Sin embargo, los adultos podemos a llegar a escuchar y a decir cualquier barbaridad, como, por ejemplo, «Al final todo es lo mismo», «Dios es el mismo para todos», «Da lo mismo cómo lleguemos a él», «Todas las iglesias son iguales», «Todas las religiones son iguales». Ante semejantes afirmaciones uno puede preguntar: ¿No sería mejor que volvamos a ser como niños? Algo del Evangelio de hoy lo dice claramente: «Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir». No terminamos de entender, incluso nosotros, los adultos. No es lo mismo cualquier corral, no es lo mismo cualquier pastor, no es lo mismo entrar por la puerta o saltando. No es lo mismo alimentarse de cualquier pasto, que de la Eucaristía.
Jesús nos dejó su Iglesia por algo y para algo. No puede ser lo mismo. No es lo mismo cualquier Iglesia, aunque a veces sea duro decirlo. No es lo mismo dejarse guiar por la voz de Jesús en la Iglesia, que escuchar cualquier voz por ahí creyéndonos que es la de Jesús. Esto no es en contra nadie, sino que es, de alguna manera, a favor nuestro. No es para criticar a nadie, sino es para valorar lo nuestro, la gracia que tenemos. Muchas veces los católicos por ser «abiertos» y que los demás no sientan que los menospreciamos – cosa que está muy bien– nos olvidamos de lo más nuestro, de los regalos que tenemos y, a veces, no aprovechamos, tenemos un sentimiento de culpa, de no ofender a nadie. Y, mientras tanto, muchos nos atacan como si fuéramos los «malos de la película». ¿No será tiempo de valorar que Jesús nos haya llevado a su corral y que nos conduzca hacia pastos verdes, y no por ser mejores, sino por amor? ¿No será tiempo de amar más lo nuestro sin despreciar lo ajeno, pero de amarlo y saber que, por ser lo que Jesús quiso, es lo mejor? ¿No será tiempo de saber que él quiere un rebaño y un solo pastor? Hubo y habrá muchos que entraron como asaltantes a la Iglesia y la quieren destruir, pero Jesús vino a traernos Vida, Vida en abundancia, y eso es muy distinto. Nada podrá destruir y matar ese deseo de Jesús, por más que haya malos pastores, por más que haya laicos incluso que destruyen a sus pastores y pastores que destruyen a su rebaño. Nada impedirá que Jesús nos siga guiando a los mejores pastos que no se encuentran en cualquier lado… y eso, como decía Johnny, «es para dar gracias». Y hoy, en este día de las vocaciones, recemos, recemos para que el Señor envíe más trabajadores para la cosecha, pastores que trabajen para el único rebaño que quiere formar Jesús.
Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 27 de abril - Mateo 9, 35-38 - Fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 9, 35-38


Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 9, 35-38:

En este día, en esta fiesta, tan importante para Latinoamérica, donde recordamos al gran obispo santo Toribio –que es el patrono de todo el episcopado latinoamericano, es el gran obispo de Lima del siglo XVI–, me animo a compartirte algo, algo que nos pasa muchas veces a los sacerdotes, pero que me pasa a mí, que es cuando alguien se acerca y nos pregunta: «¿Cómo te surgió la vocación? ¿Cómo te diste cuenta que Dios te llamaba?». Es la gran pregunta que muchas veces los laicos, en general, nos hacen a los sacerdotes y consagrados, porque, creo yo, la vocación no deja de ser un gran misterio. No un misterio en el sentido de algo que es imposible de descifrar, sino más bien algo que nos muestra algo que no vemos, valga la redundancia. Porque, en definitiva, eso es un misterio, eso es un sacramento, un signo sensible de la gracia de Dios que no podemos ver.
Bueno, como te decía, estas y otras preguntas son unas de las tantas que nos hacen los jóvenes y no tan jóvenes, y que muchas veces nos hace a nosotros mismos cuestionarnos y preguntarnos: «¿Cómo es que Dios me llamó?». O incluso preguntarnos: «¿Por qué Dios me eligió a mí y no a otro?». Y la respuesta que doy muchas veces –un poco en forma irónica, pero con mucha verdad de fondo– es: «¿Tenés tiempo para que te cuente?». Y en el fondo no es una respuesta evasiva, no es para decir: «Bueno, no puedo contarte», sino que es difícil explicar en pocas palabras toda una vida, la propia vida. Porque, en definitiva, un llamado no es simplemente en un momento, sino que es toda una vida.
Es cierto que el que se siente llamado por Dios puede detectar claramente que en su camino hubo un momento concreto en el que sintió y se sintió especialmente llamado por el Padre, pero, al mismo tiempo, también es tan y aún más cierto todavía que el «tesoro», por llamarlo de alguna manera, de la vocación siempre estuvo escondido en el campo del corazón del que fue llamado, y por eso que para contar cómo encontramos ese tesoro en algún momento, no basta explicar el momento de la «palada» final, diríamos; o sea, cuando de golpe encontramos ese tesoro, cuando nos topamos con él, sino que hay que ver el proceso de cómo se llegó a dar esa puntada final, esa palada que hizo descubrir el tesoro. Y eso es algo difícil. Entonces por qué no pensar que la vocación, el llamado de miles de sacerdotes a lo largo de la historia y también de los consagrados, de los que están y de los que vendrán, proviene de esta petición de Jesús de Algo del Evangelio de hoy: «Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha». En definitiva, los sacerdotes somos fruto del amor del corazón de Dios Padre que ama a todos y que, al mismo tiempo, se deja conmover por la petición de su Hijo y de todos los que piden más trabajadores para la cosecha.
¿Cómo pensamos que Dios se las ingenia día a día para seguir recorriendo el mundo, las ciudades y cada lugar, enseñar su verdad, anunciar la Buena Noticia de su salvación, curando todo lo que enferma al hombre? ¿Cómo puede ser esto? Bueno, «se las ingenia de la misma manera que se las ingenió siempre», desde que existe este mundo, no de una manera maravillosa o extraordinaria como a veces pretendemos, sino al modo humano, eligiendo instrumentos humanos para que los demás descubran lo divino, para encontrarlo a él. Alguno dirá por ahí: ¿No podría haber elegido algo mejor, no podría haber elegido una manera más efectiva? ¿Realmente es ingeniosa esta manera de hacerse presente en este mundo? Como poder, hubiese podido hacer lo que quisiera, porque en definitiva Dios es Dios. Ahora...quiso otra cosa, quiso elegir el modo que seguramente daría más fruto y por eso decidió hacerse hombre como nosotros, para acostumbrarse a vivir como hombre y para que el hombre se vaya acostumbrando a vivir con Dios y como Dios. Un gran misterio, pero una gran verdad.
Cristo anduvo por la tierra enseñando, anunciando, sanando y curando, pero no quiso hacerlo solo.
Este es el misterio y, al mismo tiempo, la gran alegría: Dios que se hace hombre y deja que el hombre participe de su misión. De hecho, mientras él lo hacía, les encargó a sus discípulos que lo ayuden, para poder llegar a todos los hombres posibles de ese tiempo. Jesús necesita de hombres para llegar a todos los hombres. Necesitó de sus discípulos para cumplir su misión y les encargó a sus discípulos que continúen su misión en su ausencia.
El sacerdocio católico es el corazón, los ojos, los oídos, la boca, las manos y los pies de Jesús extendidos a lo largo del tiempo, para poder acoger, mirar, escuchar, hablar, tocar y acompañar a todos los hombres posibles a lo largo del tiempo y en todo el mundo. Es la respuesta del corazón conmovido de Jesús al ver tanta gente que anda por el mundo sin guía, como ovejas sin pastor. Los que fuimos elegidos no sabemos explicarlo mucho, no sabemos mucho por qué a nosotros. Por eso, reza por nosotros para que seamos realmente lo que Jesús quiere que seamos. Lo único que sabemos explicar es lo que se vive y se siente en el corazón.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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p. Rodrigo Aguilar
Martes 28 de abril - Juan 10, 22-30 - IV Martes de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 22-30


Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón.
Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente.»
Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 10, 22-30:

Andar por el camino de la Palabra, de la escucha, no es siempre sencillo. Uno pasa muchas veces por todos los estados de ánimos espirituales posibles y muchas veces las crisis llegan, tarde o temprano. Es normal, es parte del camino. Hay momentos llamados de consolación y desolación o desconsolación. Es normal. A todos nos pasa. No es ser humano, con todas las letras, quien está siempre igual, quien está «como si nada pasara». Eso no es real, somos mortales y débiles, aunque a veces pretendamos ser ángeles perfectos. Justamente ahí, radican muchas de nuestras crisis espirituales, en no aceptar que las crisis son parte de la vida; el pasar, el cambio, el que no todos los días estamos igual, el que lo lindo no dura para siempre, y que lo malo tampoco. Sin embargo, muchas veces andamos tristes o enojados, justamente por pretender imposibles que finalmente nunca se dan.
Lo más lindo y reconfortante sería lograr empezar el día dando gracias y ofreciendo todo lo que aparezca en el camino, y casi lo mismo al terminarlo… dar gracias por todo lo que se vivió y pedir perdón por lo que se podría mejorar. Si pudiéramos vivir los días así, en realidad nos ahorraríamos muchos disgustos. Cuenta una anécdota lo que san Ignacio de Loyola hizo ante una malísima noticia recibida, que en nada favorecía a él, ni a los jesuitas, ¿sabés qué hizo? Fue quince minutos frente al santísimo, a dejar que todo se solucione al modo de Dios, con los tiempos de Dios. Parece una actitud infantil, irracional, pero en realidad es el modo de «trabajar como si todo dependiera de nosotros y rezar como si todo dependiera de Dios», es una buena manera de no creernos omnipotentes y confiar en que las cosas tienen su porqué más allá de nuestras fuerzas, de nuestras decisiones, de lo que nosotros queremos.
Por eso cuando uno escucha que de labios y del corazón de Jesús salieron estas palabras: «…ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre», ¿puede quedar lugar a la duda? ¿Puede quedar lugar al miedo? Jesús se refería a nosotros, a sus ovejitas, a los que escuchamos cada día su voz, a los que intentamos seguirlo día a día. ¿No te parece lindo, maravilloso? ¿No te da paz escuchar semejante afirmación? ¿Por qué preocuparse tanto de las cosas que pasan o que nos pasan? Solucionemos lo que está a nuestro alcance, lo demás hay que dejarlo. ¿Qué nos pasa que no terminamos de confiar en que esto es realmente así? Bueno las respuestas pueden ser muy variadas, según la cantidad de oyentes, pero es algo que tenés que preguntarte vos, que me pregunto yo, que tenemos que preguntarnos todos. Deberíamos poder vivir en paz intentando escuchar todos los días la voz de Jesús que es nuestro Verdadero Pastor. Podríamos pensar que entramos en el miedo, en la angustia, cuando dejamos de escuchar la voz que nos hace tanto bien y nos dejamos llevar por otras voces. Voces que nos tiran abajo; voces que no nos hacen luchar cada día; voces que parecen amigas, pero en realidad nos destruyen; son voces que salen de adentro nuestro o que vienen de afuera. Está lleno de falsos pastores que nos quieren guiar hacia otros pastos, no necesariamente malos, sino otros pastos que nos alejan de los manjares de Dios.
Algo del Evangelio de hoy nos llena de ánimo y de esperanza. Las manos del Padre siempre están para abrazarnos, para tomarnos, para salvarnos, para cuidarnos, para acariciarnos, para demostrarnos su amor. Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a comprender que las manos del Padre, esas de las que nos habla Jesús, son esas manos de tantos que nos quieren, que nos buscan, que nos dan una mano con su ayuda, una palmada, un empujón, un abrazo, una caricia y nosotros muchas veces las hemos esquivado, por creernos omnipotentes, por creernos que no estamos necesitados. Las manos del Padre son las manos de nuestros hermanos que son hijos de ese mismo Padre. Por eso Jesús dice que él y el Padre son una sola cosa.
El Hijo quiere siempre lo que quiere el Padre. Jesús quiere que seamos hijos y hermanos. Quiere que queramos lo que él quiere.
¿Qué es lo que nos asegura permanecer siempre en las manos del Padre, o sentirnos en sus manos? No dejar de escuchar nunca la voz de Jesús. Eso que hizo san Ignacio cuando recibió esa mala noticia para su congregación, para él, sumergirnos en él, en la oración el tiempo que podamos para dejar todo en «sus manos», porque en definitiva nuestra vida «está en sus manos» lo aceptemos o no y solo si sabemos entregarla a nuestra vida, sabremos vivirla como él quiere.
Por eso, en este día te propongo y me propongo que de algún modo miremos al cielo, levantemos las manos. Hay un canto muy lindo que dice así: «Cierro los ojos, levanto mis manos, para darme cuenta que estoy en sus manos». Es un símbolo, es un signo, pero nos puede ayudar. No nos olvidemos que estamos en las manos de Dios. Nuestros familiares están en las manos de Dios. Es verdad nosotros podemos querer tirarnos de esas manos, querer escaparnos, pero en definitiva siempre estaremos en sus manos. Eso nos tiene que dar paz, no nos angustiemos, no gritemos, no nos enojemos, no nos peleemos con nadie. Si nos increpan, callémonos. Estamos en las manos del Padre, ¿qué mal nos puede suceder?
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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P. Rodrigo Aguilar