Miércoles 22 de abril - Juan 6, 35-40 - III Miércoles de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 35-40
Jesús dijo a la gente:
«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 35-40
Jesús dijo a la gente:
«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 35-40:
La vida es un camino. Los discípulos de Emaús, que escuchamos el domingo, iban por un camino. Volvían al lugar donde ellos seguramente se sentían cómodos, seguros. Iban por el camino tristes, desilusionados. Es ahí, en ese camino, donde Jesús se les aparece, aunque ellos no podían verlo. Algo impedía que sus ojos lo vieran. Y después, vuelven por otro camino, por el mismo camino, pero con una actitud totalmente distinta, para anunciarles a sus amigos que Jesús estaba vivo. La vida es un camino. Si estamos quietos, difícilmente Jesús se nos presentará. Si estamos encerrados, difícilmente descubriremos su presencia. Sin embargo, a veces tomamos caminos equivocados. A veces vamos por otros lados, y Jesús se las ingenia siempre para aparecerse ahí y otra vez hacernos sentir su presencia. ¿Qué estamos hablando por el camino? ¿Qué estás hablando ahora por el camino de tu vida? Esa es una buena pregunta que Jesús les hizo a los discípulos y nos la podemos hacer nosotros también hoy.
Hay que trabajar para encontrar a Jesús, hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esto y pensar: hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el alimento del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida. Por eso no hay mejor manera de empezar este día dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed», o decirle nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas el Pan que me quite el hambre de mi corazón, el agua que quite mi sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de ese pan».
La vida es un camino. Los discípulos de Emaús, que escuchamos el domingo, iban por un camino. Volvían al lugar donde ellos seguramente se sentían cómodos, seguros. Iban por el camino tristes, desilusionados. Es ahí, en ese camino, donde Jesús se les aparece, aunque ellos no podían verlo. Algo impedía que sus ojos lo vieran. Y después, vuelven por otro camino, por el mismo camino, pero con una actitud totalmente distinta, para anunciarles a sus amigos que Jesús estaba vivo. La vida es un camino. Si estamos quietos, difícilmente Jesús se nos presentará. Si estamos encerrados, difícilmente descubriremos su presencia. Sin embargo, a veces tomamos caminos equivocados. A veces vamos por otros lados, y Jesús se las ingenia siempre para aparecerse ahí y otra vez hacernos sentir su presencia. ¿Qué estamos hablando por el camino? ¿Qué estás hablando ahora por el camino de tu vida? Esa es una buena pregunta que Jesús les hizo a los discípulos y nos la podemos hacer nosotros también hoy.
Hay que trabajar para encontrar a Jesús, hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esto y pensar: hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el alimento del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida. Por eso no hay mejor manera de empezar este día dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed», o decirle nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas el Pan que me quite el hambre de mi corazón, el agua que quite mi sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de ese pan».
Es bueno que pensemos a qué se refiere la Palabra de Dios con el símbolo del alimento, representado por el pan. Se refiere, por supuesto, a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día, pero, al mismo tiempo, representa las necesidades más profundas de nuestras vidas. Somos cuerpo y espíritu, espíritus corporizados, espíritus en cuerpos, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, de cosas, no solo vivimos para saciar nuestra hambre biológica, sino que para vivir necesitamos lo más esencial, que –como decía el Principito, ¿te acordás? – es invisible a los ojos, pero que es esencial y sensible al corazón. Sin amor no podemos vivir. Sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero motor y alimento de nuestras vidas y la prueba más palpable de esta verdad es que hay personas que tienen todo lo material que podamos imaginar y mucho más, además, que les sobra, y sin embargo muchas veces viven insatisfechas. Y, por el contrario, podemos encontrar personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario y, sin embargo, viven en una cierta plenitud espiritual o, por lo menos, no viven como eternos insatisfechos. Tengamos la cantidad que tengamos, de cosas materiales, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir solo volcados hacia afuera, buscando satisfacer las necesidades del cuerpo nada más, finalmente nos deja vacíos. Si vivimos centrando la vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, la superficialidad, muchas veces puede ser un síntoma de que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo. Todos podemos creer en Jesús y, sin embargo, vivir alimentándonos de otras cosas mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción del corazón en la que vivimos muchas veces es como un termómetro de la mala alimentación de los que decimos creer, pero que todavía no nos satisface creer.
¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con Jesús no terminás de estar feliz? Bueno. Hay que pensar qué nos pasa. El que cree en serio, el que va caminando hacia Jesús y con Jesús, en la pureza de la fe, amándolo, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese Pan llega a nuestras vidas por diferentes «proveedores», digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita día a día, para meditar, se hace hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en el dolor, aun en las peores dificultades. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a dónde acudir, se hace trabajo cotidiano que dignifica, se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente de él. Y lo más lindo de todo, que es gratuito. Se nos da gratuitamente. Solo que nosotros muchas veces ponemos trabas y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian, pero solamente por un momento.
El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida Eterna y que yo lo resucite en el último día». ¡Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy! Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento, el tuyo y el mío.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con Jesús no terminás de estar feliz? Bueno. Hay que pensar qué nos pasa. El que cree en serio, el que va caminando hacia Jesús y con Jesús, en la pureza de la fe, amándolo, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese Pan llega a nuestras vidas por diferentes «proveedores», digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita día a día, para meditar, se hace hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en el dolor, aun en las peores dificultades. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a dónde acudir, se hace trabajo cotidiano que dignifica, se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente de él. Y lo más lindo de todo, que es gratuito. Se nos da gratuitamente. Solo que nosotros muchas veces ponemos trabas y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian, pero solamente por un momento.
El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida Eterna y que yo lo resucite en el último día». ¡Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy! Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento, el tuyo y el mío.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 23 de abril Juan 6, 44-51 - III Jueves de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 44-51
Jesús dijo a la gente:
«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios.
Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 44-51
Jesús dijo a la gente:
«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios.
Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 44-51:
Qué lindo es pensar que algún día “nada nos turbará, porque realmente solo Dios nos basta y que la paciencia todo lo alcanza”. Qué lindo que es pensar que estamos “hechos para Dios” y realmente poder sentirlo con todo nuestro ser, no solamente decirlo. Qué lindo que es saber que somos hijos y no como “mascotitas” de Dios, que siguen a su amo, pero no con verdadera libertad. Qué lindo sería que los cristianos pudiéramos anunciar un Dios-¨Padre de la libertad, un Dios de la libertad, de la alegría de seguirlo y de amarlo, un Dios que no encasilla, que no etiqueta, que no juzga, un Dios Padre que ama y nos busca. A veces me pregunto, sin echar culpas por el aire, qué nos pasó, qué nos pasa a los católicos que no terminamos de “atraer” con nuestra vida a seguir con alegría a un Dios tan bueno. ¿Qué nos pasa? ¿Nos damos cuenta de lo lindo que es haber sido “atraídos” por el Padre?
Algo para pensar: Todos podemos creer en Jesús y sin embargo vivir alimentándonos de otras cosas, mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo, con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia y sin embargo creer mal, creer a nuestro modo, tener una falsa idea o imagen de Él. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. Podemos estar caminando detrás de alguien, pero estar mirando para otro lado, como los discípulos de Emaús, ¿te acordás? ¡Cuidado! El que cree en serio, el que va caminando con y hacia Jesús, en la pureza de la fe, empieza a buscar únicamente al “Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios”, vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es Jesús, el enviado del Padre para la salvación de todos.
Ahora… algo del evangelio de hoy nos ayuda a dar un paso más, la Palabra nos ayuda a dar un paso más que nos puede sorprender a simple vista: La voluntad del Padre es que creamos en su Hijo, en Jesús, pero nadie puede acercarse a Jesús, si Dios Padre no lo atrae, si de alguna manera no se experimenta una atracción interior y misteriosa. Esto explica por qué la Fe es realmente un don, un regalo, que puede ser aceptado o no. Pero es don que viene del cielo, y un don llegado al alma de cada uno de nosotros, por la atracción que genera el Padre hacia Jesús. Sin olvidar jamás, que, al mismo tiempo, la Fe es respuesta de los que aceptan esto, respuesta de la inteligencia y de la voluntad que creen, de la decisión de querer vivir según sus enseñanzas.
Qué lindo es pensar que algún día “nada nos turbará, porque realmente solo Dios nos basta y que la paciencia todo lo alcanza”. Qué lindo que es pensar que estamos “hechos para Dios” y realmente poder sentirlo con todo nuestro ser, no solamente decirlo. Qué lindo que es saber que somos hijos y no como “mascotitas” de Dios, que siguen a su amo, pero no con verdadera libertad. Qué lindo sería que los cristianos pudiéramos anunciar un Dios-¨Padre de la libertad, un Dios de la libertad, de la alegría de seguirlo y de amarlo, un Dios que no encasilla, que no etiqueta, que no juzga, un Dios Padre que ama y nos busca. A veces me pregunto, sin echar culpas por el aire, qué nos pasó, qué nos pasa a los católicos que no terminamos de “atraer” con nuestra vida a seguir con alegría a un Dios tan bueno. ¿Qué nos pasa? ¿Nos damos cuenta de lo lindo que es haber sido “atraídos” por el Padre?
Algo para pensar: Todos podemos creer en Jesús y sin embargo vivir alimentándonos de otras cosas, mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo, con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia y sin embargo creer mal, creer a nuestro modo, tener una falsa idea o imagen de Él. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. Podemos estar caminando detrás de alguien, pero estar mirando para otro lado, como los discípulos de Emaús, ¿te acordás? ¡Cuidado! El que cree en serio, el que va caminando con y hacia Jesús, en la pureza de la fe, empieza a buscar únicamente al “Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios”, vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es Jesús, el enviado del Padre para la salvación de todos.
Ahora… algo del evangelio de hoy nos ayuda a dar un paso más, la Palabra nos ayuda a dar un paso más que nos puede sorprender a simple vista: La voluntad del Padre es que creamos en su Hijo, en Jesús, pero nadie puede acercarse a Jesús, si Dios Padre no lo atrae, si de alguna manera no se experimenta una atracción interior y misteriosa. Esto explica por qué la Fe es realmente un don, un regalo, que puede ser aceptado o no. Pero es don que viene del cielo, y un don llegado al alma de cada uno de nosotros, por la atracción que genera el Padre hacia Jesús. Sin olvidar jamás, que, al mismo tiempo, la Fe es respuesta de los que aceptan esto, respuesta de la inteligencia y de la voluntad que creen, de la decisión de querer vivir según sus enseñanzas.
Siempre recuerdo la linda historia de Blanca, una mujer muy buena y sencilla que se acercó a la capilla donde me tocaba ayudar para empezar la catequesis con su hija. No estaba bautizada, pero iba a Misa y escuchaba con más emoción y atención la Palabra de Dios, que muchos de los muy católicos que estaban ahí. Lloraba mientras yo daba los sermones. La historia es larga, pero lo lindo fue que ella, sin saber nada de la fe, nada, sin haber leído nunca el catecismo, terminó pidiendo el bautismo, terminó pidiendo recibir el don de la fe. En un año, tuve la dicha de bautizarla, darle la confirmación, a Jesús en la Eucaristía y el sacramento del matrimonio. Nunca me voy a olvidar de su rostro lleno de emoción. ¿Cómo es posible todo esto?
Es simple. “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” es la respuesta exacta. Por eso, vos y yo tenemos que alegrarnos porque no iríamos tras de Jesús si no fuera porque de alguna manera no nos sentimos atraídos por algo más grande. Tan bueno es Dios Padre que no solo nos dio el don de Jesús, su Hijo, sino que además nos da la atracción para acercarnos a Él. ¿Y nosotros? Te preguntarás. Nosotros damos el paso inicial empujados por su amor, y al mismo tiempo el paso de cada día, el necesario para no dejar de perder esa atracción inicial que Él mismo nos regaló. ¿Qué hago acá Padre? Me decía alguien a la salida de misa después de haber estado alejado muchísimo tiempo. Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una respuesta buena para darle.
Es un misterio, pero eso es lindo, una libertad atraída por Dios. Algo así como lo que decía el profeta Jeremías: ¡Tú me has seducido Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Somos protagonistas, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, y nos olvidemos. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo, por supuesto utilizando instrumentos humanos también, y porque al mismo tiempo nos hemos dejado seducir, nadie es seducido si no se deja seducir y nadie se deja seducir, si alguien no lo seduce.
Sería lindo pensarlo así, tanto para nosotros, como para aquellos que vemos que no se acercan. Recemos para que el Padre los atraiga, y vivamos con alegría para ayudar a esa atracción.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Es simple. “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” es la respuesta exacta. Por eso, vos y yo tenemos que alegrarnos porque no iríamos tras de Jesús si no fuera porque de alguna manera no nos sentimos atraídos por algo más grande. Tan bueno es Dios Padre que no solo nos dio el don de Jesús, su Hijo, sino que además nos da la atracción para acercarnos a Él. ¿Y nosotros? Te preguntarás. Nosotros damos el paso inicial empujados por su amor, y al mismo tiempo el paso de cada día, el necesario para no dejar de perder esa atracción inicial que Él mismo nos regaló. ¿Qué hago acá Padre? Me decía alguien a la salida de misa después de haber estado alejado muchísimo tiempo. Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una respuesta buena para darle.
Es un misterio, pero eso es lindo, una libertad atraída por Dios. Algo así como lo que decía el profeta Jeremías: ¡Tú me has seducido Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Somos protagonistas, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, y nos olvidemos. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo, por supuesto utilizando instrumentos humanos también, y porque al mismo tiempo nos hemos dejado seducir, nadie es seducido si no se deja seducir y nadie se deja seducir, si alguien no lo seduce.
Sería lindo pensarlo así, tanto para nosotros, como para aquellos que vemos que no se acercan. Recemos para que el Padre los atraiga, y vivamos con alegría para ayudar a esa atracción.
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p. Rodrigo Aguilar
Viernes 24 de abril - Juan 6, 52-59 - III Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 52-59
Los judíos discutían entre sí, diciendo: « ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 52-59
Los judíos discutían entre sí, diciendo: « ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 52-59:
El camino de esta semana va llegando al final, por lo menos al final del capítulo seis de Juan, en el discurso del Pan de Vida, en el que mañana verás cómo termina. Por ahora venía todo muy lindo, todo tranquilo. Jesús atraía con sus palabras presentándose como el alimento del mundo, para que el mundo tenga vida. A partir de ahora vamos a ver cómo reaccionan los que lo siguen al escuchar que tienen que alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre.
Finalmente, los discípulos de Emaús –¿te acordás del domingo? – transitaban un camino y terminaban reconociéndolo al partir el pan, lo reconocieron cuando revivieron ese momento maravilloso en el que Jesús decidió quedarse con nosotros para siempre en la Eucaristía. Todo un misterio. Así, de la misma manera que hoy quiere que en el camino de nuestra vida no solo lo reconozcamos cuando estamos andando por la vida en nuestras cosas, sino también cuando decidimos estar con él en la misa, en la Eucaristía.
Alguna vez conté lo que me decía un recién convertido, que me decía: «¿Qué hago acá, padre? ¿Qué hago viniendo a misa, no sé qué hago acá?». Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una buena respuesta para darle. Es un misterio, sabemos algo, pero no todo. Y eso es lo lindo de la vida de fe, una buena respuesta para darle, y eso es lo lindo del camino de la fe, una libertad que es atraída por Dios. Algo así lo decía el profeta Jeremías: «¡Tú me has seducido, Señor, ¡y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!». Somos de alguna manera protagonistas de nuestra vida, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, nos olvidemos de esta verdad esencial. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo y porque, al mismo tiempo, nos hemos dejado seducir. Nadie es seducido si no se deja seducir, de alguna manera, y nadie se deja seducir si no hay alguien que lo seduce. Hay que dar gracias y alegrarse con esta verdad.
Como la historia de Facundo, ese joven que una vez lo trajo Daniel –un amigo– a la Parroquia maravillado de que en esa misma mañana reuniendo unas bolsas por la calle de basura, creo yo, encontró una Biblia. En ese signo tan elocuente, Facundo descubrió que Jesús, de alguna manera, lo llamaba. Y Daniel le decía: «¿Ves? Facu, esa es la herramienta que Dios te da para que lo conozcas: la Palabra de Dios. Léela, no hay otro camino, tenés que encontrarlo leyendo la Palabra de Dios». Bueno, Dios lo sedujo de alguna manera y Facundo se está dejando seducir, como se dejó seducir Daniel después de haber tocado fondo. Cada uno tiene que encontrar esos signos en los cuales se siente atraído por Dios.
El camino de esta semana va llegando al final, por lo menos al final del capítulo seis de Juan, en el discurso del Pan de Vida, en el que mañana verás cómo termina. Por ahora venía todo muy lindo, todo tranquilo. Jesús atraía con sus palabras presentándose como el alimento del mundo, para que el mundo tenga vida. A partir de ahora vamos a ver cómo reaccionan los que lo siguen al escuchar que tienen que alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre.
Finalmente, los discípulos de Emaús –¿te acordás del domingo? – transitaban un camino y terminaban reconociéndolo al partir el pan, lo reconocieron cuando revivieron ese momento maravilloso en el que Jesús decidió quedarse con nosotros para siempre en la Eucaristía. Todo un misterio. Así, de la misma manera que hoy quiere que en el camino de nuestra vida no solo lo reconozcamos cuando estamos andando por la vida en nuestras cosas, sino también cuando decidimos estar con él en la misa, en la Eucaristía.
Alguna vez conté lo que me decía un recién convertido, que me decía: «¿Qué hago acá, padre? ¿Qué hago viniendo a misa, no sé qué hago acá?». Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una buena respuesta para darle. Es un misterio, sabemos algo, pero no todo. Y eso es lo lindo de la vida de fe, una buena respuesta para darle, y eso es lo lindo del camino de la fe, una libertad que es atraída por Dios. Algo así lo decía el profeta Jeremías: «¡Tú me has seducido, Señor, ¡y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!». Somos de alguna manera protagonistas de nuestra vida, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, nos olvidemos de esta verdad esencial. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo y porque, al mismo tiempo, nos hemos dejado seducir. Nadie es seducido si no se deja seducir, de alguna manera, y nadie se deja seducir si no hay alguien que lo seduce. Hay que dar gracias y alegrarse con esta verdad.
Como la historia de Facundo, ese joven que una vez lo trajo Daniel –un amigo– a la Parroquia maravillado de que en esa misma mañana reuniendo unas bolsas por la calle de basura, creo yo, encontró una Biblia. En ese signo tan elocuente, Facundo descubrió que Jesús, de alguna manera, lo llamaba. Y Daniel le decía: «¿Ves? Facu, esa es la herramienta que Dios te da para que lo conozcas: la Palabra de Dios. Léela, no hay otro camino, tenés que encontrarlo leyendo la Palabra de Dios». Bueno, Dios lo sedujo de alguna manera y Facundo se está dejando seducir, como se dejó seducir Daniel después de haber tocado fondo. Cada uno tiene que encontrar esos signos en los cuales se siente atraído por Dios.
La clave, o la mayor dificultad, entonces es dejarse seducir, dejarse atraer por él, no poner trabas, no poner peros, no poner siempre excusas, no pretender que él sea como nosotros queremos, dejar que Dios sea Dios a su manera y nosotros aceptar que somos simples creaturas, que perdemos el rumbo fácilmente y que lo mejor que podemos hacer, es escuchar y estar atentos. Ayer no habíamos dicho nada, pero hoy ya es inevitable. Jesús lleva el discurso a un extremo, y no porque sea un extremista, sino porque su amor es tan grande, tan extremo que desarticula todo lo pensable, lo razonable por nosotros. Veníamos escuchando que Jesús decía que él es el Pan de Vida y el Agua que viene a calmar la sed de nuestras vidas, que él es la respuesta a todos nuestros vacíos. Bueno, al final lo que parecía simbólico en su discurso, una especie de metáfora o de comparación, se vuelve realidad: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Ya no es una forma de decir, una especie de imagen linda para admirarse. No, es mucho más que eso. Es la locura de las locuras. Jesús quiso quedarse realmente con su Cuerpo y su Sangre. Hay que creer para poder aceptarlo. Jesús es Pan, o sea, Jesús es el alimento del hombre hambriento de amor.
Jesús es Pan cuando nos habla en la Palabra escrita; Jesús es alimento cuando lo escuchamos en la oración y disfrutamos de ese diálogo; Jesús sacia nuestro hambre cuando amamos a los otros hasta que duela; Jesús es verdadera comida del alma si tenemos los ojos del corazón abiertos a ver más allá de lo que vemos. Pero en donde Jesús es más alimento que nunca, en donde se cumple realmente estas palabras es en la comunión de la Iglesia, es en la Eucaristía, es en la misa en donde eligió quedarse plenamente para siempre.
¡Ay, si los católicos creyéramos realmente en esto! ¿No crees que nos desesperaríamos por ir a recibirlo, por alimentarnos de él? ¡Ay, si los sacerdotes creyéramos que tenemos a Jesús en las manos! ¿No crees que moriríamos de la emoción? ¡Ay Señor, si creyéramos en tus palabras y que realmente estás presente en cada Eucaristía, qué distinto sería todo! Señor, que creamos, Señor, danos siempre tu Cuerpo y tu Sangre, para que tu amor se haga realidad en nuestras vidas.
Mientras tanto… mientras no descubramos y nos abramos a esta verdad, vamos por el camino de la vida alimentándonos de Jesús, pero desaprovechando mucho, no descubriendo todo, porque si tuviéramos fe, una sola comunión bastaría para colmarnos eternamente. Mientras tanto… miles y miles de católicos, incluso nosotros, los sacerdotes, que decimos creer en Jesús pero que también nos alimentamos de otras cosas, nos podemos llenar la panza con otras cosas y después se nos va el hambre de Jesús. Algo así como que antes de ir a un casamiento me agarre hambre y me coma una hamburguesa por el camino, y después, al llegar, me pierda lo mejor de lo mejor. Algo así como entrar en un restaurant de «tenedor libre», donde podemos comer cualquier cosa, y en vez de comer los mejores manjares que hay, terminemos comiendo comida chatarra y al terminar decir: «Bueno, pero no me hizo tan mal», «Bueno, pero esto también suma». ¿Escuchaste alguna vez eso? Y así, hay miles de corazones que se pierden de Jesús, o lo buscan a su manera, alimentándose de «cosas» baratas y perdiéndose del mejor alimento, del mejor plato. Lo que nos perdemos cuando pensamos así. No es que nos hace mal comer otras cosas, aunque muchas veces sí, sino más bien es lo que nos perdemos. ¡Lo que nos perdemos! Los que te perdés, estará pensando Jesús. El que pueda entender que entienda.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
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p. Rodrigo Aguilar
Jesús es Pan cuando nos habla en la Palabra escrita; Jesús es alimento cuando lo escuchamos en la oración y disfrutamos de ese diálogo; Jesús sacia nuestro hambre cuando amamos a los otros hasta que duela; Jesús es verdadera comida del alma si tenemos los ojos del corazón abiertos a ver más allá de lo que vemos. Pero en donde Jesús es más alimento que nunca, en donde se cumple realmente estas palabras es en la comunión de la Iglesia, es en la Eucaristía, es en la misa en donde eligió quedarse plenamente para siempre.
¡Ay, si los católicos creyéramos realmente en esto! ¿No crees que nos desesperaríamos por ir a recibirlo, por alimentarnos de él? ¡Ay, si los sacerdotes creyéramos que tenemos a Jesús en las manos! ¿No crees que moriríamos de la emoción? ¡Ay Señor, si creyéramos en tus palabras y que realmente estás presente en cada Eucaristía, qué distinto sería todo! Señor, que creamos, Señor, danos siempre tu Cuerpo y tu Sangre, para que tu amor se haga realidad en nuestras vidas.
Mientras tanto… mientras no descubramos y nos abramos a esta verdad, vamos por el camino de la vida alimentándonos de Jesús, pero desaprovechando mucho, no descubriendo todo, porque si tuviéramos fe, una sola comunión bastaría para colmarnos eternamente. Mientras tanto… miles y miles de católicos, incluso nosotros, los sacerdotes, que decimos creer en Jesús pero que también nos alimentamos de otras cosas, nos podemos llenar la panza con otras cosas y después se nos va el hambre de Jesús. Algo así como que antes de ir a un casamiento me agarre hambre y me coma una hamburguesa por el camino, y después, al llegar, me pierda lo mejor de lo mejor. Algo así como entrar en un restaurant de «tenedor libre», donde podemos comer cualquier cosa, y en vez de comer los mejores manjares que hay, terminemos comiendo comida chatarra y al terminar decir: «Bueno, pero no me hizo tan mal», «Bueno, pero esto también suma». ¿Escuchaste alguna vez eso? Y así, hay miles de corazones que se pierden de Jesús, o lo buscan a su manera, alimentándose de «cosas» baratas y perdiéndose del mejor alimento, del mejor plato. Lo que nos perdemos cuando pensamos así. No es que nos hace mal comer otras cosas, aunque muchas veces sí, sino más bien es lo que nos perdemos. ¡Lo que nos perdemos! Los que te perdés, estará pensando Jesús. El que pueda entender que entienda.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Sábado 25 de abril - Marcos 16, 15-20 - Fiesta de San Marcos
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 15-20
Jesús se apareció a los Once y les dijo:
«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 15-20
Jesús se apareció a los Once y les dijo:
«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.
Palabra del Señor.
Comentario a Marcos 16, 15-20:
Si todos nos animáramos a escuchar y vivir realmente estas palabras tan lindas y desafiantes de Jesús de algo del evangelio de hoy: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación…» Todos y todo, se merece que gritemos que Jesús nos ama y quiere darnos su amor. Todos se merecen que vos y yo hoy nos animemos a predicarles la palabra de Dios, esas palabras lindas que Él tiene para decirnos. ¿Por qué alguien tiene que quedar afuera? ¿Por qué vamos a privar a otros de escuchar la palabra de Dios? Hoy más que nunca no tengas ni miedo ni vergüenza de enviar este audio con la palabra de Dios a otra persona que necesita tanto de Él como nosotros. Ayudame, ayudémonos mutuamente a lograr que más corazones se enamoren de Jesús, para que crean en Él, para que lo busquen, para que lo amen. Muchas veces las personas “menos pensadas” son los que más ansias tienen de Él, aunque en principio no parezca. Este es el mandato de Jesús, que vayamos por el mundo, que nos animemos a hablar de Él, y aunque no viajemos a otro lugar, aunque nos quedemos en donde estamos, hoy la tecnología nos permite llegar a lugares que jamás hubiéramos pensado.
Te propongo que hoy te levantes, y lo digo como imagen, porque por ahí ya estás levantado, ya arrancaste el día o lo estás arrancando. Hoy levantate y decite a vos mismo que hay que levantarse. Que se puede seguir y que se debe seguir, que hay mucho por delante. La Palabra de Dios nos anima a levantarnos, a dejar el cansancio a un costado, a dejar la tristeza, a dejar el aburrimiento y la pesadez. La Palabra de Dios es viva y eficaz, nunca te olvides, y da vida eficazmente al que la escucha, la mastica y la medita. Dejemos que hoy nuestro corazón desborde de alegría y seamos conscientes de que sus palabras quieren viajar por todos lados, y que nosotros somos sus instrumentos, de que nosotros somos los encargados de predicar, de evangelizar.
Hoy es la fiesta de San Marcos, uno de los evangelistas, uno de los que nos dejó por escrito la vida de Jesús, su obra, sus palabras, sus gestos. Gracias a él, nosotros hoy podemos conocer a Jesús. Se sabe hoy, por los estudios, que Marcos no fue discípulo directo de Él, pero de alguna manera siguió la tradición de Pedro, discípulo y amigo del Señor. Los Hechos de los apóstoles muestran a Marcos como un compañero de misión de Pablo y luego de Bernabé, por eso se sabe con certeza de que recibió de modo casi directo los relatos más frescos de la vida de Jesús.
Si todos nos animáramos a escuchar y vivir realmente estas palabras tan lindas y desafiantes de Jesús de algo del evangelio de hoy: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación…» Todos y todo, se merece que gritemos que Jesús nos ama y quiere darnos su amor. Todos se merecen que vos y yo hoy nos animemos a predicarles la palabra de Dios, esas palabras lindas que Él tiene para decirnos. ¿Por qué alguien tiene que quedar afuera? ¿Por qué vamos a privar a otros de escuchar la palabra de Dios? Hoy más que nunca no tengas ni miedo ni vergüenza de enviar este audio con la palabra de Dios a otra persona que necesita tanto de Él como nosotros. Ayudame, ayudémonos mutuamente a lograr que más corazones se enamoren de Jesús, para que crean en Él, para que lo busquen, para que lo amen. Muchas veces las personas “menos pensadas” son los que más ansias tienen de Él, aunque en principio no parezca. Este es el mandato de Jesús, que vayamos por el mundo, que nos animemos a hablar de Él, y aunque no viajemos a otro lugar, aunque nos quedemos en donde estamos, hoy la tecnología nos permite llegar a lugares que jamás hubiéramos pensado.
Te propongo que hoy te levantes, y lo digo como imagen, porque por ahí ya estás levantado, ya arrancaste el día o lo estás arrancando. Hoy levantate y decite a vos mismo que hay que levantarse. Que se puede seguir y que se debe seguir, que hay mucho por delante. La Palabra de Dios nos anima a levantarnos, a dejar el cansancio a un costado, a dejar la tristeza, a dejar el aburrimiento y la pesadez. La Palabra de Dios es viva y eficaz, nunca te olvides, y da vida eficazmente al que la escucha, la mastica y la medita. Dejemos que hoy nuestro corazón desborde de alegría y seamos conscientes de que sus palabras quieren viajar por todos lados, y que nosotros somos sus instrumentos, de que nosotros somos los encargados de predicar, de evangelizar.
Hoy es la fiesta de San Marcos, uno de los evangelistas, uno de los que nos dejó por escrito la vida de Jesús, su obra, sus palabras, sus gestos. Gracias a él, nosotros hoy podemos conocer a Jesús. Se sabe hoy, por los estudios, que Marcos no fue discípulo directo de Él, pero de alguna manera siguió la tradición de Pedro, discípulo y amigo del Señor. Los Hechos de los apóstoles muestran a Marcos como un compañero de misión de Pablo y luego de Bernabé, por eso se sabe con certeza de que recibió de modo casi directo los relatos más frescos de la vida de Jesús.