Martes 21 de abril - Juan 6, 30-35 - III Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 30-35
La gente dijo a Jesús:
« ¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»
Jesús respondió: « Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»
Palabra del Señor
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 30-35
La gente dijo a Jesús:
« ¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»
Jesús respondió: « Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»
Palabra del Señor
Comentario a Juan 6, 30-35:
“«Señor, danos siempre de ese pan.» Señor que tengamos siempre ganas de alimentarnos de Vos, porque Vos sos el Pan de Vida, Vos sos el enviado del Padre para saciar nuestros “hambres” del corazón, nuestros vacíos interiores” Es lindo empezar nuestro momento de oración pidiendo, pidiendo lo mejor que podemos pedir. A veces me olvido, a veces nos olvidamos, de que escuchar la Palabra de cada día tiene que ser en realidad, un momento de oración. Debería ser un momento para disfrutar de la presencia de un Dios que está vivo y nos sostiene siempre, nos habla. Debería ser un momento de diálogo de corazón a corazón, sabiendo que, aunque a veces andemos con “el semblante triste” o bien eufóricos por cosas mundanas, Él siempre está caminando a nuestro lado sin que podamos reconocerlo por andar en la “nuestra”. Empecemos este día así, rezando, pidiendo. Si es necesario, con la ventaja que tiene el audio, de volver a empezar o escuchar cuántas veces queramos, volvé a poner “play”, volvé a apretar el dedo y escuchá otra vez el evangelio. ¿Lo escuchaste bien? ¿Te acordás algo de lo que acabás de escuchar? No te rías, porque muchas veces oímos y no escuchamos, “usamos” el oído que nos dio Dios, pero no ponemos en funcionamiento ni el corazón, ni el cerebro. Hacé este ejercicio.
Tanto esos discípulos que caminaban a Emaús y tenían a Jesús al lado sin darse cuenta, como esa multitud que buscaba hacer rey a Jesús por haberles “llenado” la panza… tantos unos como los otros, no “reconocen” a Jesús, no lo conocen. O esperan algo que en realidad Jesús no les quería dar. Los discípulos de Emaús esperaban un Mesías que los libre de la opresión romana: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel”. La multitud que se alimentó de semejante multiplicación de panes les encantó la idea de hacer rey a alguien que les dé de comer, en definitiva, que le “solucione” los problemas materiales. ¿Te parece raro esto? No es raro, es mucho más común de lo que imaginás. Esta idea de Dios está casi que, impregnada en el imaginario de tantos hombres, creyentes y no tanto; muy cristianos y no tanto. Esta es la idea que intenta aflorar cada día en nuestro corazón, que se resigna a aceptar a un Dios que siendo rico se hizo pobre, que siendo grande se hizo pequeño y que siendo fuerte se hizo débil. Es la idea-tentación que lucha por aniquilar a un Dios que nos dio tanta libertad para seguirlo, que nos asusta. “Somos hijos del rigor” decimos a veces. “Padre, me dicen a veces: Tenés que tenernos cortitos, tenés que ser más exigente, solo así funcionamos”. Es verdad, uno es débil y por ahí no soy buen pastor, pero me pregunto y te pregunto: ¿Jesús fue así? ¿Tuvo cortita a la gente? ¿Obligó a alguien a seguirlo? ¿Los amenazó con castigo a los que no lo quieran? Me parece que no. ¿Por qué nos gusta a veces que nos tengan cortitos o porqué somos hijos del rigor? Porque es más fácil ser esclavo que usar nuestra libertad para amar. No es fácil ser libre. Pero Dios nos hizo libres y solo vive una verdadera religiosidad aquel que opta por ser libre y seguir al Dios de la libertad.
“«Señor, danos siempre de ese pan.» Señor que tengamos siempre ganas de alimentarnos de Vos, porque Vos sos el Pan de Vida, Vos sos el enviado del Padre para saciar nuestros “hambres” del corazón, nuestros vacíos interiores” Es lindo empezar nuestro momento de oración pidiendo, pidiendo lo mejor que podemos pedir. A veces me olvido, a veces nos olvidamos, de que escuchar la Palabra de cada día tiene que ser en realidad, un momento de oración. Debería ser un momento para disfrutar de la presencia de un Dios que está vivo y nos sostiene siempre, nos habla. Debería ser un momento de diálogo de corazón a corazón, sabiendo que, aunque a veces andemos con “el semblante triste” o bien eufóricos por cosas mundanas, Él siempre está caminando a nuestro lado sin que podamos reconocerlo por andar en la “nuestra”. Empecemos este día así, rezando, pidiendo. Si es necesario, con la ventaja que tiene el audio, de volver a empezar o escuchar cuántas veces queramos, volvé a poner “play”, volvé a apretar el dedo y escuchá otra vez el evangelio. ¿Lo escuchaste bien? ¿Te acordás algo de lo que acabás de escuchar? No te rías, porque muchas veces oímos y no escuchamos, “usamos” el oído que nos dio Dios, pero no ponemos en funcionamiento ni el corazón, ni el cerebro. Hacé este ejercicio.
Tanto esos discípulos que caminaban a Emaús y tenían a Jesús al lado sin darse cuenta, como esa multitud que buscaba hacer rey a Jesús por haberles “llenado” la panza… tantos unos como los otros, no “reconocen” a Jesús, no lo conocen. O esperan algo que en realidad Jesús no les quería dar. Los discípulos de Emaús esperaban un Mesías que los libre de la opresión romana: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel”. La multitud que se alimentó de semejante multiplicación de panes les encantó la idea de hacer rey a alguien que les dé de comer, en definitiva, que le “solucione” los problemas materiales. ¿Te parece raro esto? No es raro, es mucho más común de lo que imaginás. Esta idea de Dios está casi que, impregnada en el imaginario de tantos hombres, creyentes y no tanto; muy cristianos y no tanto. Esta es la idea que intenta aflorar cada día en nuestro corazón, que se resigna a aceptar a un Dios que siendo rico se hizo pobre, que siendo grande se hizo pequeño y que siendo fuerte se hizo débil. Es la idea-tentación que lucha por aniquilar a un Dios que nos dio tanta libertad para seguirlo, que nos asusta. “Somos hijos del rigor” decimos a veces. “Padre, me dicen a veces: Tenés que tenernos cortitos, tenés que ser más exigente, solo así funcionamos”. Es verdad, uno es débil y por ahí no soy buen pastor, pero me pregunto y te pregunto: ¿Jesús fue así? ¿Tuvo cortita a la gente? ¿Obligó a alguien a seguirlo? ¿Los amenazó con castigo a los que no lo quieran? Me parece que no. ¿Por qué nos gusta a veces que nos tengan cortitos o porqué somos hijos del rigor? Porque es más fácil ser esclavo que usar nuestra libertad para amar. No es fácil ser libre. Pero Dios nos hizo libres y solo vive una verdadera religiosidad aquel que opta por ser libre y seguir al Dios de la libertad.
Algo del evangelio de hoy, como el del domingo, nos confronta con nuestra dureza de entendimiento y de corazón. Nos confronta con el Dios verdadero que nos vino a mostrar Jesús, con el Dios en el que creemos o decimos creer. Podríamos preguntarnos sin miedo… ¿Cómo es el Jesús en el que creemos? ¿Qué tipo de pan le pido a Jesús para alimentarme? Los que se cruzaron todo el lago para volver a encontrase con Jesús, al escuchar que Jesús les iba a dar un pan que jamás les iba a dar hambre, le pidieron que “les dé siempre de ese pan”. ¿Sabían lo que pedían? Cuando los discípulos de Emaús le pidieron a ese “hombre” que se quede con ellos esa noche porque ya era tarde… ¿Sabían lo que pedían? Según el evangelio, no. No habían comprendido.
No está mal que pidamos cosas a Dios, no está mal que necesitemos cosas, es humano y necesario, pero lo que quiere enseñarnos Jesús es que veamos en esos pedidos, en esos deseos cotidianos, algo más grande, profundo y trascendente. Que lo busquemos a Él en las cosas que hacemos. Porque en realidad lo necesitamos a Él y no siempre nos damos cuenta. Teniéndolo a Él, tenemos todo, aunque aparentemente no tengamos nada. En cambio, si tenemos todo lo material o humano que creamos necesitar, pero no lo tenemos a Él, en realidad no tenemos casi nada. Nos falta mucho.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
No está mal que pidamos cosas a Dios, no está mal que necesitemos cosas, es humano y necesario, pero lo que quiere enseñarnos Jesús es que veamos en esos pedidos, en esos deseos cotidianos, algo más grande, profundo y trascendente. Que lo busquemos a Él en las cosas que hacemos. Porque en realidad lo necesitamos a Él y no siempre nos damos cuenta. Teniéndolo a Él, tenemos todo, aunque aparentemente no tengamos nada. En cambio, si tenemos todo lo material o humano que creamos necesitar, pero no lo tenemos a Él, en realidad no tenemos casi nada. Nos falta mucho.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Miércoles 22 de abril - Juan 6, 35-40 - III Miércoles de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 35-40
Jesús dijo a la gente:
«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 35-40
Jesús dijo a la gente:
«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 35-40:
La vida es un camino. Los discípulos de Emaús, que escuchamos el domingo, iban por un camino. Volvían al lugar donde ellos seguramente se sentían cómodos, seguros. Iban por el camino tristes, desilusionados. Es ahí, en ese camino, donde Jesús se les aparece, aunque ellos no podían verlo. Algo impedía que sus ojos lo vieran. Y después, vuelven por otro camino, por el mismo camino, pero con una actitud totalmente distinta, para anunciarles a sus amigos que Jesús estaba vivo. La vida es un camino. Si estamos quietos, difícilmente Jesús se nos presentará. Si estamos encerrados, difícilmente descubriremos su presencia. Sin embargo, a veces tomamos caminos equivocados. A veces vamos por otros lados, y Jesús se las ingenia siempre para aparecerse ahí y otra vez hacernos sentir su presencia. ¿Qué estamos hablando por el camino? ¿Qué estás hablando ahora por el camino de tu vida? Esa es una buena pregunta que Jesús les hizo a los discípulos y nos la podemos hacer nosotros también hoy.
Hay que trabajar para encontrar a Jesús, hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esto y pensar: hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el alimento del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida. Por eso no hay mejor manera de empezar este día dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed», o decirle nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas el Pan que me quite el hambre de mi corazón, el agua que quite mi sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de ese pan».
La vida es un camino. Los discípulos de Emaús, que escuchamos el domingo, iban por un camino. Volvían al lugar donde ellos seguramente se sentían cómodos, seguros. Iban por el camino tristes, desilusionados. Es ahí, en ese camino, donde Jesús se les aparece, aunque ellos no podían verlo. Algo impedía que sus ojos lo vieran. Y después, vuelven por otro camino, por el mismo camino, pero con una actitud totalmente distinta, para anunciarles a sus amigos que Jesús estaba vivo. La vida es un camino. Si estamos quietos, difícilmente Jesús se nos presentará. Si estamos encerrados, difícilmente descubriremos su presencia. Sin embargo, a veces tomamos caminos equivocados. A veces vamos por otros lados, y Jesús se las ingenia siempre para aparecerse ahí y otra vez hacernos sentir su presencia. ¿Qué estamos hablando por el camino? ¿Qué estás hablando ahora por el camino de tu vida? Esa es una buena pregunta que Jesús les hizo a los discípulos y nos la podemos hacer nosotros también hoy.
Hay que trabajar para encontrar a Jesús, hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esto y pensar: hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el alimento del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida. Por eso no hay mejor manera de empezar este día dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed», o decirle nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas el Pan que me quite el hambre de mi corazón, el agua que quite mi sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de ese pan».
Es bueno que pensemos a qué se refiere la Palabra de Dios con el símbolo del alimento, representado por el pan. Se refiere, por supuesto, a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día, pero, al mismo tiempo, representa las necesidades más profundas de nuestras vidas. Somos cuerpo y espíritu, espíritus corporizados, espíritus en cuerpos, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, de cosas, no solo vivimos para saciar nuestra hambre biológica, sino que para vivir necesitamos lo más esencial, que –como decía el Principito, ¿te acordás? – es invisible a los ojos, pero que es esencial y sensible al corazón. Sin amor no podemos vivir. Sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero motor y alimento de nuestras vidas y la prueba más palpable de esta verdad es que hay personas que tienen todo lo material que podamos imaginar y mucho más, además, que les sobra, y sin embargo muchas veces viven insatisfechas. Y, por el contrario, podemos encontrar personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario y, sin embargo, viven en una cierta plenitud espiritual o, por lo menos, no viven como eternos insatisfechos. Tengamos la cantidad que tengamos, de cosas materiales, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir solo volcados hacia afuera, buscando satisfacer las necesidades del cuerpo nada más, finalmente nos deja vacíos. Si vivimos centrando la vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, la superficialidad, muchas veces puede ser un síntoma de que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo. Todos podemos creer en Jesús y, sin embargo, vivir alimentándonos de otras cosas mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción del corazón en la que vivimos muchas veces es como un termómetro de la mala alimentación de los que decimos creer, pero que todavía no nos satisface creer.
¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con Jesús no terminás de estar feliz? Bueno. Hay que pensar qué nos pasa. El que cree en serio, el que va caminando hacia Jesús y con Jesús, en la pureza de la fe, amándolo, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese Pan llega a nuestras vidas por diferentes «proveedores», digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita día a día, para meditar, se hace hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en el dolor, aun en las peores dificultades. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a dónde acudir, se hace trabajo cotidiano que dignifica, se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente de él. Y lo más lindo de todo, que es gratuito. Se nos da gratuitamente. Solo que nosotros muchas veces ponemos trabas y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian, pero solamente por un momento.
El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida Eterna y que yo lo resucite en el último día». ¡Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy! Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento, el tuyo y el mío.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con Jesús no terminás de estar feliz? Bueno. Hay que pensar qué nos pasa. El que cree en serio, el que va caminando hacia Jesús y con Jesús, en la pureza de la fe, amándolo, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese Pan llega a nuestras vidas por diferentes «proveedores», digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita día a día, para meditar, se hace hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en el dolor, aun en las peores dificultades. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a dónde acudir, se hace trabajo cotidiano que dignifica, se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente de él. Y lo más lindo de todo, que es gratuito. Se nos da gratuitamente. Solo que nosotros muchas veces ponemos trabas y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian, pero solamente por un momento.
El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida Eterna y que yo lo resucite en el último día». ¡Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy! Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento, el tuyo y el mío.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Jueves 23 de abril Juan 6, 44-51 - III Jueves de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 44-51
Jesús dijo a la gente:
«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios.
Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 44-51
Jesús dijo a la gente:
«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios.
Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.
Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 44-51:
Qué lindo es pensar que algún día “nada nos turbará, porque realmente solo Dios nos basta y que la paciencia todo lo alcanza”. Qué lindo que es pensar que estamos “hechos para Dios” y realmente poder sentirlo con todo nuestro ser, no solamente decirlo. Qué lindo que es saber que somos hijos y no como “mascotitas” de Dios, que siguen a su amo, pero no con verdadera libertad. Qué lindo sería que los cristianos pudiéramos anunciar un Dios-¨Padre de la libertad, un Dios de la libertad, de la alegría de seguirlo y de amarlo, un Dios que no encasilla, que no etiqueta, que no juzga, un Dios Padre que ama y nos busca. A veces me pregunto, sin echar culpas por el aire, qué nos pasó, qué nos pasa a los católicos que no terminamos de “atraer” con nuestra vida a seguir con alegría a un Dios tan bueno. ¿Qué nos pasa? ¿Nos damos cuenta de lo lindo que es haber sido “atraídos” por el Padre?
Algo para pensar: Todos podemos creer en Jesús y sin embargo vivir alimentándonos de otras cosas, mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo, con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia y sin embargo creer mal, creer a nuestro modo, tener una falsa idea o imagen de Él. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. Podemos estar caminando detrás de alguien, pero estar mirando para otro lado, como los discípulos de Emaús, ¿te acordás? ¡Cuidado! El que cree en serio, el que va caminando con y hacia Jesús, en la pureza de la fe, empieza a buscar únicamente al “Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios”, vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es Jesús, el enviado del Padre para la salvación de todos.
Ahora… algo del evangelio de hoy nos ayuda a dar un paso más, la Palabra nos ayuda a dar un paso más que nos puede sorprender a simple vista: La voluntad del Padre es que creamos en su Hijo, en Jesús, pero nadie puede acercarse a Jesús, si Dios Padre no lo atrae, si de alguna manera no se experimenta una atracción interior y misteriosa. Esto explica por qué la Fe es realmente un don, un regalo, que puede ser aceptado o no. Pero es don que viene del cielo, y un don llegado al alma de cada uno de nosotros, por la atracción que genera el Padre hacia Jesús. Sin olvidar jamás, que, al mismo tiempo, la Fe es respuesta de los que aceptan esto, respuesta de la inteligencia y de la voluntad que creen, de la decisión de querer vivir según sus enseñanzas.
Qué lindo es pensar que algún día “nada nos turbará, porque realmente solo Dios nos basta y que la paciencia todo lo alcanza”. Qué lindo que es pensar que estamos “hechos para Dios” y realmente poder sentirlo con todo nuestro ser, no solamente decirlo. Qué lindo que es saber que somos hijos y no como “mascotitas” de Dios, que siguen a su amo, pero no con verdadera libertad. Qué lindo sería que los cristianos pudiéramos anunciar un Dios-¨Padre de la libertad, un Dios de la libertad, de la alegría de seguirlo y de amarlo, un Dios que no encasilla, que no etiqueta, que no juzga, un Dios Padre que ama y nos busca. A veces me pregunto, sin echar culpas por el aire, qué nos pasó, qué nos pasa a los católicos que no terminamos de “atraer” con nuestra vida a seguir con alegría a un Dios tan bueno. ¿Qué nos pasa? ¿Nos damos cuenta de lo lindo que es haber sido “atraídos” por el Padre?
Algo para pensar: Todos podemos creer en Jesús y sin embargo vivir alimentándonos de otras cosas, mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo, con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia y sin embargo creer mal, creer a nuestro modo, tener una falsa idea o imagen de Él. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. Podemos estar caminando detrás de alguien, pero estar mirando para otro lado, como los discípulos de Emaús, ¿te acordás? ¡Cuidado! El que cree en serio, el que va caminando con y hacia Jesús, en la pureza de la fe, empieza a buscar únicamente al “Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios”, vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es Jesús, el enviado del Padre para la salvación de todos.
Ahora… algo del evangelio de hoy nos ayuda a dar un paso más, la Palabra nos ayuda a dar un paso más que nos puede sorprender a simple vista: La voluntad del Padre es que creamos en su Hijo, en Jesús, pero nadie puede acercarse a Jesús, si Dios Padre no lo atrae, si de alguna manera no se experimenta una atracción interior y misteriosa. Esto explica por qué la Fe es realmente un don, un regalo, que puede ser aceptado o no. Pero es don que viene del cielo, y un don llegado al alma de cada uno de nosotros, por la atracción que genera el Padre hacia Jesús. Sin olvidar jamás, que, al mismo tiempo, la Fe es respuesta de los que aceptan esto, respuesta de la inteligencia y de la voluntad que creen, de la decisión de querer vivir según sus enseñanzas.
Siempre recuerdo la linda historia de Blanca, una mujer muy buena y sencilla que se acercó a la capilla donde me tocaba ayudar para empezar la catequesis con su hija. No estaba bautizada, pero iba a Misa y escuchaba con más emoción y atención la Palabra de Dios, que muchos de los muy católicos que estaban ahí. Lloraba mientras yo daba los sermones. La historia es larga, pero lo lindo fue que ella, sin saber nada de la fe, nada, sin haber leído nunca el catecismo, terminó pidiendo el bautismo, terminó pidiendo recibir el don de la fe. En un año, tuve la dicha de bautizarla, darle la confirmación, a Jesús en la Eucaristía y el sacramento del matrimonio. Nunca me voy a olvidar de su rostro lleno de emoción. ¿Cómo es posible todo esto?
Es simple. “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” es la respuesta exacta. Por eso, vos y yo tenemos que alegrarnos porque no iríamos tras de Jesús si no fuera porque de alguna manera no nos sentimos atraídos por algo más grande. Tan bueno es Dios Padre que no solo nos dio el don de Jesús, su Hijo, sino que además nos da la atracción para acercarnos a Él. ¿Y nosotros? Te preguntarás. Nosotros damos el paso inicial empujados por su amor, y al mismo tiempo el paso de cada día, el necesario para no dejar de perder esa atracción inicial que Él mismo nos regaló. ¿Qué hago acá Padre? Me decía alguien a la salida de misa después de haber estado alejado muchísimo tiempo. Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una respuesta buena para darle.
Es un misterio, pero eso es lindo, una libertad atraída por Dios. Algo así como lo que decía el profeta Jeremías: ¡Tú me has seducido Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Somos protagonistas, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, y nos olvidemos. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo, por supuesto utilizando instrumentos humanos también, y porque al mismo tiempo nos hemos dejado seducir, nadie es seducido si no se deja seducir y nadie se deja seducir, si alguien no lo seduce.
Sería lindo pensarlo así, tanto para nosotros, como para aquellos que vemos que no se acercan. Recemos para que el Padre los atraiga, y vivamos con alegría para ayudar a esa atracción.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Es simple. “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” es la respuesta exacta. Por eso, vos y yo tenemos que alegrarnos porque no iríamos tras de Jesús si no fuera porque de alguna manera no nos sentimos atraídos por algo más grande. Tan bueno es Dios Padre que no solo nos dio el don de Jesús, su Hijo, sino que además nos da la atracción para acercarnos a Él. ¿Y nosotros? Te preguntarás. Nosotros damos el paso inicial empujados por su amor, y al mismo tiempo el paso de cada día, el necesario para no dejar de perder esa atracción inicial que Él mismo nos regaló. ¿Qué hago acá Padre? Me decía alguien a la salida de misa después de haber estado alejado muchísimo tiempo. Te dejaste atraer y viniste, hubiese sido una respuesta buena para darle.
Es un misterio, pero eso es lindo, una libertad atraída por Dios. Algo así como lo que decía el profeta Jeremías: ¡Tú me has seducido Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Somos protagonistas, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, y nos olvidemos. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo, por supuesto utilizando instrumentos humanos también, y porque al mismo tiempo nos hemos dejado seducir, nadie es seducido si no se deja seducir y nadie se deja seducir, si alguien no lo seduce.
Sería lindo pensarlo así, tanto para nosotros, como para aquellos que vemos que no se acercan. Recemos para que el Padre los atraiga, y vivamos con alegría para ayudar a esa atracción.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Viernes 24 de abril - Juan 6, 52-59 - III Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 52-59
Los judíos discutían entre sí, diciendo: « ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 52-59
Los judíos discutían entre sí, diciendo: « ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Palabra del Señor.