Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Domingo 19 de abril - Lucas 24, 13-35 – III Domingo de Pascua (A)

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35


El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor
Comentario a Lucas 24, 13-35:

¡Quedate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Qué linda petición! ¡Qué lindo que hoy todos, en este tercer Domingo de Pascua, estemos donde estemos, estemos como estemos, hayamos resucitado o no tanto en esta Pascua, o estemos resucitando, podamos decirle esto al Señor, con el corazón! ¡Quedate con nosotros! Estos dos discípulos le dijeron eso a Jesús, en realidad, sin saber todavía quién era realmente. Sus ojos del corazón, sus ojos, no veían lo que nosotros hoy ya sabemos por la fe. No sabían quién era el que los había acompañado durante todo el camino y les había hecho arder el corazón, explicándoles las escrituras, como tantas veces también nos pasa a nosotros. ¡Quedate con nosotros! ¿Cuánto más tenemos que pedir nosotros que ya sabemos que “ese” que anda por el camino de la vida intentando que nuestro corazón se llene de ardor, es el mismo Jesús? ¿Cuánto nosotros más en este tiempo, donde todo parece tan difícil, debemos pedirle desde el fondo de nuestro corazón? Nosotros ya sabemos el final de la historia, ya sabemos que ese Jesús anda así por nuestra vida y por la de tantos hombres y mujeres que caminan cabizbajos, con el “semblante triste”, como no comprendiendo nada, deprimidos por no encontrar el sentido de sus vidas, por haberlo perdido ante algún dolor, ante alguna frustración, o simplemente porque tantos deseos, camuflados, nos hacen olvidar qué es lo más grande y lo que más necesitamos.
Nosotros podemos hoy agregarle una palabra clave a esa frase de estos dos discípulos. ¿Te diste cuenta? Nosotros podemos decirle: “Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Vos y yo sabemos que ese hombre es Jesús, Hombre-Dios. Vos y yo… ¿lo sabemos? ¿lo sabés? Nosotros sabemos que Jesús está, pero a veces parece no estar. Nosotros hoy queremos saborear la presencia de un Dios que está, pero permanece oculto a los ojos de los que andan mirando para abajo, de los que no escuchan los sonidos del corazón, de los que no escuchan la Palabra de Dios. Escuchemos por ellos.
En este domingo te propongo que levantemos la cabeza. Basta de mirar para abajo. Dejemos de “discutir” por el camino de la vida, dejémonos de hablar como si Jesús no estuviera, como si no estuviera vivo. Dejemos de mirarnos el “ombligo” y no ver lo que alguna vez ya vimos. ¿No ardió acaso nuestro corazón alguna vez en nuestra vida cuando descubrimos la presencia de un Jesús vivo, en ese retiro, en ese momento de oración, en ese pobre que visitaste o conociste, en tu marido, en tu mujer, en tus hijos? ¿No ardía acaso nuestro corazón? ¿Qué nos pasa ahora? ¿Qué nos pasó?
“Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Quedate conmigo podemos decirle con emoción. En realidad, él siempre está. Somos nosotros los que nos vamos escurriendo de sus manos y nos perdemos. Por ahí podríamos dar vuelta esta petición y escuchar que es Jesús el que nos dice al corazón: “Quedate conmigo, no te vayas más, que la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí”.

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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 20 de abril - Juan 6, 22-29 - III Lunes de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 22-29

Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.
Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.»
Ellos le preguntaron: « ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió: « La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 22-29:

Buen día, buen lunes y buena semana. Dios quiera y quiere que empecemos estos días consolados, con ánimo, con lindos deseos de seguir escuchando y creciendo. Ese es el desafío de cada “volver a empezar”. No te olvides que siempre podemos volver a empezar, siempre se puede renacer, desde adentro, desde el corazón, por más que alrededor todo parezca que va de mal en peor, no nos dejemos ganar por el pesimismo que nos rodea. Me quedó algo de ayer, de ese cambio de mirada o “vuelta de rosca” en la frase de los discípulos: “Quedate conmigo, no te vayas más, la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí” Jesús que nos dice al corazón. “Estés donde estés, quedate conmigo esta semana, no te pierdas, no vuelvas a llenarte de cosas vacías, no vuelvas a estresarte por “alimentos” que no alimentan, quedate conmigo”
En esta nueva semana de Pascua, ya no escucharemos relatos de las apariciones de Jesús a sus discípulos, sino escucharemos relatos en donde la Palabra de Dios quiere de alguna manera despertar nuestra fe, reavivarla, animarla, quiere llevarnos a purificar nuestra fe, nuestra mirada. Jesús quiere que “arda nuestro corazón” al escucharlo. Quiere purificar nuestra fe, de todo lo que la aleja del verdadero rostro de Dios, del que nos vino a mostrar Jesús y no del que nosotros sin querer nos hacemos a nuestra medida, según nuestras pobres ideas.
Todos los días vamos a escuchar fragmentos del capítulo 6 de San Juan, el llamado discurso del Pan de Vida. Un discurso larguísimo que Jesús da a sus discípulos y a una multitud que lo había seguido después de la milagrosa multiplicación de los panes. Hay que seguirlo de a poquito, desmenuzarlo para poder disfrutarlo. La palabra de Dios es como la comida de cada día, para que guste más hay que saborearla de a poco, masticar mucho y sentir el gusto. Si se come de golpe y no se mastica, o se traga sin masticar, la comida puede caer mal y además no nos alimentamos bien. Para asimilar bien la comida es necesario tomarse el tiempo y masticar bien, saborear lo que se nos da. Lo mismo tenemos que hacer con la Palabra de cada día o por lo menos con un texto en la semana.
Imaginate la escena de hoy: después de haber multiplicado panes para más de 5000 personas y de que sus discípulos lo vieron caminar sobre las aguas. ¿Quién no se hubiera entusiasmado de andar cerca de ese hombre? ¿Qué haríamos nosotros si nos enteráramos que a unas cuadras de nuestras casas se reparte comida gratis? ¿A cuánta gente le caen bien y votaría esos políticos que solo dan y dan sin esperar un trabajo a cambio, pensando que así dignifican a las personas? Comida gratis y abundante para todos, sin excepción, el sueño de un mundo que quiere vivir sin esfuerzo. ¿Qué muestra algo del evangelio de hoy? Cuando la multitud va otra vez en búsqueda de Jesús, se ponen en camino y cruzan todo el lago para encontrarlo de nuevo, Jesús no les responde como alguien de este mundo, reciben una respuesta dura y directa: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”
Un golpe duro para aquellos que habían navegado kilómetros para poder verlo y estar con él. “Ustedes no me buscan porque supieron interpretar el signo, porque supieron ver detrás de la multiplicación de los panes algo más profundo, ustedes me buscan para saciar el hambre de su panza y no el hambre del corazón. Ustedes piensan solo en lo material” Jesús no se enoja porque lo busquen. ¿Quién más que Él tiene pretensiones de que lo busquemos? Jesús quiere que andemos tras de él, pero quiere que seamos sinceros y reconozcamos nuestras motivaciones y deseos. Quiere que lo busquemos a Él y no simplemente las cosas que nos da o necesitamos.
Y nosotros…podríamos preguntarnos ¿Por qué buscamos a Jesús? ¿Qué es lo que buscamos cuando lo buscamos? O mejor empecemos por el principio… ¿Buscamos a Jesús? ¿Somos capaces de andar kilómetros, de esforzarnos para estar con él, aunque sea para pedirle algo material? Porque en realidad lo mejor empieza por lo cotidiano, por lo material. ¿Cuántas veces nos hemos acercado a Dios por necesidades básicas y eso se transformó en trampolín para conocerlo de corazón? La sinceridad allana los caminos, la sinceridad con nosotros mismos y con Jesús nos ayuda a creer mejor y creer bien, porque “la obra de Dios es que ustedes crean”, dice Jesús, ese el mayor milagro, creer en el Jesús verdadero.

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p. Rodrigo Aguilar
Martes 21 de abril - Juan 6, 30-35 - III Martes de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 30-35


La gente dijo a Jesús:
« ¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»
Jesús respondió: « Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»

Palabra del Señor
Comentario a Juan 6, 30-35:

“«Señor, danos siempre de ese pan.» Señor que tengamos siempre ganas de alimentarnos de Vos, porque Vos sos el Pan de Vida, Vos sos el enviado del Padre para saciar nuestros “hambres” del corazón, nuestros vacíos interiores” Es lindo empezar nuestro momento de oración pidiendo, pidiendo lo mejor que podemos pedir. A veces me olvido, a veces nos olvidamos, de que escuchar la Palabra de cada día tiene que ser en realidad, un momento de oración. Debería ser un momento para disfrutar de la presencia de un Dios que está vivo y nos sostiene siempre, nos habla. Debería ser un momento de diálogo de corazón a corazón, sabiendo que, aunque a veces andemos con “el semblante triste” o bien eufóricos por cosas mundanas, Él siempre está caminando a nuestro lado sin que podamos reconocerlo por andar en la “nuestra”. Empecemos este día así, rezando, pidiendo. Si es necesario, con la ventaja que tiene el audio, de volver a empezar o escuchar cuántas veces queramos, volvé a poner “play”, volvé a apretar el dedo y escuchá otra vez el evangelio. ¿Lo escuchaste bien? ¿Te acordás algo de lo que acabás de escuchar? No te rías, porque muchas veces oímos y no escuchamos, “usamos” el oído que nos dio Dios, pero no ponemos en funcionamiento ni el corazón, ni el cerebro. Hacé este ejercicio.
Tanto esos discípulos que caminaban a Emaús y tenían a Jesús al lado sin darse cuenta, como esa multitud que buscaba hacer rey a Jesús por haberles “llenado” la panza… tantos unos como los otros, no “reconocen” a Jesús, no lo conocen. O esperan algo que en realidad Jesús no les quería dar. Los discípulos de Emaús esperaban un Mesías que los libre de la opresión romana: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel”. La multitud que se alimentó de semejante multiplicación de panes les encantó la idea de hacer rey a alguien que les dé de comer, en definitiva, que le “solucione” los problemas materiales. ¿Te parece raro esto? No es raro, es mucho más común de lo que imaginás. Esta idea de Dios está casi que, impregnada en el imaginario de tantos hombres, creyentes y no tanto; muy cristianos y no tanto. Esta es la idea que intenta aflorar cada día en nuestro corazón, que se resigna a aceptar a un Dios que siendo rico se hizo pobre, que siendo grande se hizo pequeño y que siendo fuerte se hizo débil. Es la idea-tentación que lucha por aniquilar a un Dios que nos dio tanta libertad para seguirlo, que nos asusta. “Somos hijos del rigor” decimos a veces. “Padre, me dicen a veces: Tenés que tenernos cortitos, tenés que ser más exigente, solo así funcionamos”. Es verdad, uno es débil y por ahí no soy buen pastor, pero me pregunto y te pregunto: ¿Jesús fue así? ¿Tuvo cortita a la gente? ¿Obligó a alguien a seguirlo? ¿Los amenazó con castigo a los que no lo quieran? Me parece que no. ¿Por qué nos gusta a veces que nos tengan cortitos o porqué somos hijos del rigor? Porque es más fácil ser esclavo que usar nuestra libertad para amar. No es fácil ser libre. Pero Dios nos hizo libres y solo vive una verdadera religiosidad aquel que opta por ser libre y seguir al Dios de la libertad.
Algo del evangelio de hoy, como el del domingo, nos confronta con nuestra dureza de entendimiento y de corazón. Nos confronta con el Dios verdadero que nos vino a mostrar Jesús, con el Dios en el que creemos o decimos creer. Podríamos preguntarnos sin miedo… ¿Cómo es el Jesús en el que creemos? ¿Qué tipo de pan le pido a Jesús para alimentarme? Los que se cruzaron todo el lago para volver a encontrase con Jesús, al escuchar que Jesús les iba a dar un pan que jamás les iba a dar hambre, le pidieron que “les dé siempre de ese pan”. ¿Sabían lo que pedían? Cuando los discípulos de Emaús le pidieron a ese “hombre” que se quede con ellos esa noche porque ya era tarde… ¿Sabían lo que pedían? Según el evangelio, no. No habían comprendido.
No está mal que pidamos cosas a Dios, no está mal que necesitemos cosas, es humano y necesario, pero lo que quiere enseñarnos Jesús es que veamos en esos pedidos, en esos deseos cotidianos, algo más grande, profundo y trascendente. Que lo busquemos a Él en las cosas que hacemos. Porque en realidad lo necesitamos a Él y no siempre nos damos cuenta. Teniéndolo a Él, tenemos todo, aunque aparentemente no tengamos nada. En cambio, si tenemos todo lo material o humano que creamos necesitar, pero no lo tenemos a Él, en realidad no tenemos casi nada. Nos falta mucho.

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p. Rodrigo Aguilar
Miércoles 22 de abril - Juan 6, 35-40 - III Miércoles de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 35-40

Jesús dijo a la gente:
«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.
La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 35-40:

La vida es un camino. Los discípulos de Emaús, que escuchamos el domingo, iban por un camino. Volvían al lugar donde ellos seguramente se sentían cómodos, seguros. Iban por el camino tristes, desilusionados. Es ahí, en ese camino, donde Jesús se les aparece, aunque ellos no podían verlo. Algo impedía que sus ojos lo vieran. Y después, vuelven por otro camino, por el mismo camino, pero con una actitud totalmente distinta, para anunciarles a sus amigos que Jesús estaba vivo. La vida es un camino. Si estamos quietos, difícilmente Jesús se nos presentará. Si estamos encerrados, difícilmente descubriremos su presencia. Sin embargo, a veces tomamos caminos equivocados. A veces vamos por otros lados, y Jesús se las ingenia siempre para aparecerse ahí y otra vez hacernos sentir su presencia. ¿Qué estamos hablando por el camino? ¿Qué estás hablando ahora por el camino de tu vida? Esa es una buena pregunta que Jesús les hizo a los discípulos y nos la podemos hacer nosotros también hoy.
Hay que trabajar para encontrar a Jesús, hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esto y pensar: hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el alimento del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida. Por eso no hay mejor manera de empezar este día dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed», o decirle nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas el Pan que me quite el hambre de mi corazón, el agua que quite mi sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de ese pan».