Sábado 18 de abril - Juan 6, 16-21 - II Sábado de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 16-21
Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.
Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. El les dijo: «Soy yo, no teman.»
Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 16-21
Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.
Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. El les dijo: «Soy yo, no teman.»
Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 16-21:
¡Buen día, buen sábado! Un sábado más que nos regala el Señor para seguir escuchando su Palabra, para buscar comprenderla, meditarla, contemplarla y, finalmente, para vivirla. Porque, en definitiva, si no vivimos la Palabra de Dios, si solamente es un texto para leer, para disfrutar un momento y no llevarlo a la vida, la Palabra se queda muerta. «La palabra es viva y eficaz». La Palabra no es letra muerta si la encarnamos en nuestra propia vida. Por eso, cada uno de nosotros, vos y yo, puede transformarse en una palabra viva que camine por este mundo, en una palabra, que le diga algo a este mundo, que vive a veces como en tinieblas, como si Dios no estuviera, o que, finalmente, no se da cuenta de la riqueza que se pierde. Por eso, cada cristiano, cada persona que escucha la Palabra de Dios movido por el Espíritu y dejando que el Espíritu toque su corazón y lo guíe, puede transformarse en una linda Palabra de Dios para los otros. ¡No te lo olvides!, ¡no lo olvides nunca! Por supuesto que esto no es automático, por supuesto que no es que lo vamos a lograr de un día para el otro, sino que es a fuerza de escuchar, proponerse diferentes cosas, sacar conclusiones de lo que leemos y escuchamos y tratar de vivirlo, tratar de pedirle la fuerza al Señor para que nos ayude.
Seguimos en este tiempo pascual, terminando la segunda semana de Pascua, segunda semana en la que continuamos tratando de experimentar y de reconocer la presencia viva y resucitada de Jesús en nuestras vidas. Y hoy escuchamos en Algo del Evangelio un texto cortito pero sustancioso, un texto que los otros evangelios también (algunos) lo traen, pero que Juan lo cuenta de un modo distinto y que nos ayuda también a, de algún modo, entender cómo está presente Jesús en nuestra vida o cómo a veces no terminamos de verlo y qué es lo que hace cuando nosotros nos embarcamos.
Primera imagen: Dice que «los discípulos se embarcaron», o sea, subieron a ese transporte que usaban en ese tiempo –ellos que eran algunos pescadores– y quieren cruzarse a la otra orilla. Por eso la barca es símbolo de la Iglesia, símbolo de esta comunidad que Dios nos regaló, de la comunidad de millones de hijos de Dios iluminados por el Espíritu Santo y con la cabeza y el capitán en la tierra, que es el papa. Andamos por el mar de este mundo buscando nuestro rumbo, el rumbo de llegar a la Vida eterna, de llegar a la otra orilla. Por eso, la barca también es símbolo de nuestra propia vida. Nosotros andamos embarcados o tenemos que embarcarnos en una misión. Tenemos una misión. Jesús resucitado no está en nuestras vidas solamente para consolarnos a nosotros, sino que quiere que también aprendamos a llevar ese consuelo y esa paz a los demás.
Bueno, ¿en qué estás embarcado?, ¿en qué te embarcarte y no sabes para dónde vas?, ¿tenés un rumbo claro?, ¿sabés dónde está la otra orilla o te estás dejando llevar por el viento de este mundo que nos lleva para cualquier lado? Eso es lo primero que te propongo y me propongo que nos preguntemos. ¿Estamos dejándonos llevar por la barca de la Iglesia? ¿Escuchamos la voz de Jesús en la Iglesia?
¡Buen día, buen sábado! Un sábado más que nos regala el Señor para seguir escuchando su Palabra, para buscar comprenderla, meditarla, contemplarla y, finalmente, para vivirla. Porque, en definitiva, si no vivimos la Palabra de Dios, si solamente es un texto para leer, para disfrutar un momento y no llevarlo a la vida, la Palabra se queda muerta. «La palabra es viva y eficaz». La Palabra no es letra muerta si la encarnamos en nuestra propia vida. Por eso, cada uno de nosotros, vos y yo, puede transformarse en una palabra viva que camine por este mundo, en una palabra, que le diga algo a este mundo, que vive a veces como en tinieblas, como si Dios no estuviera, o que, finalmente, no se da cuenta de la riqueza que se pierde. Por eso, cada cristiano, cada persona que escucha la Palabra de Dios movido por el Espíritu y dejando que el Espíritu toque su corazón y lo guíe, puede transformarse en una linda Palabra de Dios para los otros. ¡No te lo olvides!, ¡no lo olvides nunca! Por supuesto que esto no es automático, por supuesto que no es que lo vamos a lograr de un día para el otro, sino que es a fuerza de escuchar, proponerse diferentes cosas, sacar conclusiones de lo que leemos y escuchamos y tratar de vivirlo, tratar de pedirle la fuerza al Señor para que nos ayude.
Seguimos en este tiempo pascual, terminando la segunda semana de Pascua, segunda semana en la que continuamos tratando de experimentar y de reconocer la presencia viva y resucitada de Jesús en nuestras vidas. Y hoy escuchamos en Algo del Evangelio un texto cortito pero sustancioso, un texto que los otros evangelios también (algunos) lo traen, pero que Juan lo cuenta de un modo distinto y que nos ayuda también a, de algún modo, entender cómo está presente Jesús en nuestra vida o cómo a veces no terminamos de verlo y qué es lo que hace cuando nosotros nos embarcamos.
Primera imagen: Dice que «los discípulos se embarcaron», o sea, subieron a ese transporte que usaban en ese tiempo –ellos que eran algunos pescadores– y quieren cruzarse a la otra orilla. Por eso la barca es símbolo de la Iglesia, símbolo de esta comunidad que Dios nos regaló, de la comunidad de millones de hijos de Dios iluminados por el Espíritu Santo y con la cabeza y el capitán en la tierra, que es el papa. Andamos por el mar de este mundo buscando nuestro rumbo, el rumbo de llegar a la Vida eterna, de llegar a la otra orilla. Por eso, la barca también es símbolo de nuestra propia vida. Nosotros andamos embarcados o tenemos que embarcarnos en una misión. Tenemos una misión. Jesús resucitado no está en nuestras vidas solamente para consolarnos a nosotros, sino que quiere que también aprendamos a llevar ese consuelo y esa paz a los demás.
Bueno, ¿en qué estás embarcado?, ¿en qué te embarcarte y no sabes para dónde vas?, ¿tenés un rumbo claro?, ¿sabés dónde está la otra orilla o te estás dejando llevar por el viento de este mundo que nos lleva para cualquier lado? Eso es lo primero que te propongo y me propongo que nos preguntemos. ¿Estamos dejándonos llevar por la barca de la Iglesia? ¿Escuchamos la voz de Jesús en la Iglesia?
Lo segundo es esto, ¿no?: que «el mar estaba agitado», dice el texto, o sea, el mundo está agitado. Todo a nuestro alrededor parece a veces que está agitado. El viento de las modas, de las culturas que van en contra de nuestros pensamientos, del Evangelio, nos quieren agitar y llevar para cualquier lado. Quieren, en definitiva, que nos desviemos del rumbo. Quieren que no confiemos en la presencia de Jesús, que siempre está al lado nuestro y que camina sobre el mar de este mundo. Está más allá, está más allá y nos acompaña.
Bueno, ¿qué es lo que nos está agitando?, ¿por qué te estás dejando agitar?, ¿por qué no te confías en que la barca va rumbo a la otra orilla dirigida, en definitiva, por Jesús?, ¿por qué perdemos la paz tan rápidamente a veces?, ¿por qué no nos damos cuenta que Jesús, en el fondo, sostiene nuestra vida?
Y acá entramos en lo tercero, y por eso tiene que ver también con lo segundo, que es que Jesús se acerca a nuestra barca porque va caminando por encima del mundo, va caminando sobre el agua. ¿Por qué tenemos miedo? Porque, en definitiva, no nos damos cuenta que Jesús está. Pensamos –como dice otros evangelios– que es un fantasma. Los discípulos tuvieron miedo porque no se dan cuenta que era Jesús.
Bueno, cuando estamos tristes, cuando nos dejamos llevar por los vientos de este mundo, cuando pensamos que todo se va a hundir, es porque, en el fondo, no confiamos en su presencia. Y es ahí donde Jesús nos quiere decir al corazón, una vez más: «Soy yo, no teman. Soy yo, no temas. ¿Qué te pasa? Date cuenta que estoy a tu lado, date cuenta que, si dejas el timón en mis manos, todo va a ser mucho mejor, todo va a llegar a buen puerto».
Sigamos navegando por las aguas turbulentas de este mundo, confiando en que tenemos una misión y que es Jesús el que nos guía y que es Jesús el que nos empuja y nos anima a salir adelante. Nosotros, como los discípulos, a veces queremos subir a la barca a Jesús. Sin embargo, él sigue caminando por las aguas de este mundo y nos acompaña para que confiemos en él, para que nos dejemos guiar por su amor.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Bueno, ¿qué es lo que nos está agitando?, ¿por qué te estás dejando agitar?, ¿por qué no te confías en que la barca va rumbo a la otra orilla dirigida, en definitiva, por Jesús?, ¿por qué perdemos la paz tan rápidamente a veces?, ¿por qué no nos damos cuenta que Jesús, en el fondo, sostiene nuestra vida?
Y acá entramos en lo tercero, y por eso tiene que ver también con lo segundo, que es que Jesús se acerca a nuestra barca porque va caminando por encima del mundo, va caminando sobre el agua. ¿Por qué tenemos miedo? Porque, en definitiva, no nos damos cuenta que Jesús está. Pensamos –como dice otros evangelios– que es un fantasma. Los discípulos tuvieron miedo porque no se dan cuenta que era Jesús.
Bueno, cuando estamos tristes, cuando nos dejamos llevar por los vientos de este mundo, cuando pensamos que todo se va a hundir, es porque, en el fondo, no confiamos en su presencia. Y es ahí donde Jesús nos quiere decir al corazón, una vez más: «Soy yo, no teman. Soy yo, no temas. ¿Qué te pasa? Date cuenta que estoy a tu lado, date cuenta que, si dejas el timón en mis manos, todo va a ser mucho mejor, todo va a llegar a buen puerto».
Sigamos navegando por las aguas turbulentas de este mundo, confiando en que tenemos una misión y que es Jesús el que nos guía y que es Jesús el que nos empuja y nos anima a salir adelante. Nosotros, como los discípulos, a veces queremos subir a la barca a Jesús. Sin embargo, él sigue caminando por las aguas de este mundo y nos acompaña para que confiemos en él, para que nos dejemos guiar por su amor.
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Domingo 19 de abril - Lucas 24, 13-35 – III Domingo de Pascua (A)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35
El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35
El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor
Comentario a Lucas 24, 13-35:
¡Quedate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Qué linda petición! ¡Qué lindo que hoy todos, en este tercer Domingo de Pascua, estemos donde estemos, estemos como estemos, hayamos resucitado o no tanto en esta Pascua, o estemos resucitando, podamos decirle esto al Señor, con el corazón! ¡Quedate con nosotros! Estos dos discípulos le dijeron eso a Jesús, en realidad, sin saber todavía quién era realmente. Sus ojos del corazón, sus ojos, no veían lo que nosotros hoy ya sabemos por la fe. No sabían quién era el que los había acompañado durante todo el camino y les había hecho arder el corazón, explicándoles las escrituras, como tantas veces también nos pasa a nosotros. ¡Quedate con nosotros! ¿Cuánto más tenemos que pedir nosotros que ya sabemos que “ese” que anda por el camino de la vida intentando que nuestro corazón se llene de ardor, es el mismo Jesús? ¿Cuánto nosotros más en este tiempo, donde todo parece tan difícil, debemos pedirle desde el fondo de nuestro corazón? Nosotros ya sabemos el final de la historia, ya sabemos que ese Jesús anda así por nuestra vida y por la de tantos hombres y mujeres que caminan cabizbajos, con el “semblante triste”, como no comprendiendo nada, deprimidos por no encontrar el sentido de sus vidas, por haberlo perdido ante algún dolor, ante alguna frustración, o simplemente porque tantos deseos, camuflados, nos hacen olvidar qué es lo más grande y lo que más necesitamos.
Nosotros podemos hoy agregarle una palabra clave a esa frase de estos dos discípulos. ¿Te diste cuenta? Nosotros podemos decirle: “Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Vos y yo sabemos que ese hombre es Jesús, Hombre-Dios. Vos y yo… ¿lo sabemos? ¿lo sabés? Nosotros sabemos que Jesús está, pero a veces parece no estar. Nosotros hoy queremos saborear la presencia de un Dios que está, pero permanece oculto a los ojos de los que andan mirando para abajo, de los que no escuchan los sonidos del corazón, de los que no escuchan la Palabra de Dios. Escuchemos por ellos.
En este domingo te propongo que levantemos la cabeza. Basta de mirar para abajo. Dejemos de “discutir” por el camino de la vida, dejémonos de hablar como si Jesús no estuviera, como si no estuviera vivo. Dejemos de mirarnos el “ombligo” y no ver lo que alguna vez ya vimos. ¿No ardió acaso nuestro corazón alguna vez en nuestra vida cuando descubrimos la presencia de un Jesús vivo, en ese retiro, en ese momento de oración, en ese pobre que visitaste o conociste, en tu marido, en tu mujer, en tus hijos? ¿No ardía acaso nuestro corazón? ¿Qué nos pasa ahora? ¿Qué nos pasó?
“Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Quedate conmigo podemos decirle con emoción. En realidad, él siempre está. Somos nosotros los que nos vamos escurriendo de sus manos y nos perdemos. Por ahí podríamos dar vuelta esta petición y escuchar que es Jesús el que nos dice al corazón: “Quedate conmigo, no te vayas más, que la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí”.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
¡Quedate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Qué linda petición! ¡Qué lindo que hoy todos, en este tercer Domingo de Pascua, estemos donde estemos, estemos como estemos, hayamos resucitado o no tanto en esta Pascua, o estemos resucitando, podamos decirle esto al Señor, con el corazón! ¡Quedate con nosotros! Estos dos discípulos le dijeron eso a Jesús, en realidad, sin saber todavía quién era realmente. Sus ojos del corazón, sus ojos, no veían lo que nosotros hoy ya sabemos por la fe. No sabían quién era el que los había acompañado durante todo el camino y les había hecho arder el corazón, explicándoles las escrituras, como tantas veces también nos pasa a nosotros. ¡Quedate con nosotros! ¿Cuánto más tenemos que pedir nosotros que ya sabemos que “ese” que anda por el camino de la vida intentando que nuestro corazón se llene de ardor, es el mismo Jesús? ¿Cuánto nosotros más en este tiempo, donde todo parece tan difícil, debemos pedirle desde el fondo de nuestro corazón? Nosotros ya sabemos el final de la historia, ya sabemos que ese Jesús anda así por nuestra vida y por la de tantos hombres y mujeres que caminan cabizbajos, con el “semblante triste”, como no comprendiendo nada, deprimidos por no encontrar el sentido de sus vidas, por haberlo perdido ante algún dolor, ante alguna frustración, o simplemente porque tantos deseos, camuflados, nos hacen olvidar qué es lo más grande y lo que más necesitamos.
Nosotros podemos hoy agregarle una palabra clave a esa frase de estos dos discípulos. ¿Te diste cuenta? Nosotros podemos decirle: “Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Vos y yo sabemos que ese hombre es Jesús, Hombre-Dios. Vos y yo… ¿lo sabemos? ¿lo sabés? Nosotros sabemos que Jesús está, pero a veces parece no estar. Nosotros hoy queremos saborear la presencia de un Dios que está, pero permanece oculto a los ojos de los que andan mirando para abajo, de los que no escuchan los sonidos del corazón, de los que no escuchan la Palabra de Dios. Escuchemos por ellos.
En este domingo te propongo que levantemos la cabeza. Basta de mirar para abajo. Dejemos de “discutir” por el camino de la vida, dejémonos de hablar como si Jesús no estuviera, como si no estuviera vivo. Dejemos de mirarnos el “ombligo” y no ver lo que alguna vez ya vimos. ¿No ardió acaso nuestro corazón alguna vez en nuestra vida cuando descubrimos la presencia de un Jesús vivo, en ese retiro, en ese momento de oración, en ese pobre que visitaste o conociste, en tu marido, en tu mujer, en tus hijos? ¿No ardía acaso nuestro corazón? ¿Qué nos pasa ahora? ¿Qué nos pasó?
“Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Quedate conmigo podemos decirle con emoción. En realidad, él siempre está. Somos nosotros los que nos vamos escurriendo de sus manos y nos perdemos. Por ahí podríamos dar vuelta esta petición y escuchar que es Jesús el que nos dice al corazón: “Quedate conmigo, no te vayas más, que la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí”.
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Lunes 20 de abril - Juan 6, 22-29 - III Lunes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 22-29
Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.
Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.»
Ellos le preguntaron: « ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió: « La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 22-29
Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.
Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.»
Ellos le preguntaron: « ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió: « La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 22-29:
Buen día, buen lunes y buena semana. Dios quiera y quiere que empecemos estos días consolados, con ánimo, con lindos deseos de seguir escuchando y creciendo. Ese es el desafío de cada “volver a empezar”. No te olvides que siempre podemos volver a empezar, siempre se puede renacer, desde adentro, desde el corazón, por más que alrededor todo parezca que va de mal en peor, no nos dejemos ganar por el pesimismo que nos rodea. Me quedó algo de ayer, de ese cambio de mirada o “vuelta de rosca” en la frase de los discípulos: “Quedate conmigo, no te vayas más, la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí” Jesús que nos dice al corazón. “Estés donde estés, quedate conmigo esta semana, no te pierdas, no vuelvas a llenarte de cosas vacías, no vuelvas a estresarte por “alimentos” que no alimentan, quedate conmigo”
En esta nueva semana de Pascua, ya no escucharemos relatos de las apariciones de Jesús a sus discípulos, sino escucharemos relatos en donde la Palabra de Dios quiere de alguna manera despertar nuestra fe, reavivarla, animarla, quiere llevarnos a purificar nuestra fe, nuestra mirada. Jesús quiere que “arda nuestro corazón” al escucharlo. Quiere purificar nuestra fe, de todo lo que la aleja del verdadero rostro de Dios, del que nos vino a mostrar Jesús y no del que nosotros sin querer nos hacemos a nuestra medida, según nuestras pobres ideas.
Todos los días vamos a escuchar fragmentos del capítulo 6 de San Juan, el llamado discurso del Pan de Vida. Un discurso larguísimo que Jesús da a sus discípulos y a una multitud que lo había seguido después de la milagrosa multiplicación de los panes. Hay que seguirlo de a poquito, desmenuzarlo para poder disfrutarlo. La palabra de Dios es como la comida de cada día, para que guste más hay que saborearla de a poco, masticar mucho y sentir el gusto. Si se come de golpe y no se mastica, o se traga sin masticar, la comida puede caer mal y además no nos alimentamos bien. Para asimilar bien la comida es necesario tomarse el tiempo y masticar bien, saborear lo que se nos da. Lo mismo tenemos que hacer con la Palabra de cada día o por lo menos con un texto en la semana.
Buen día, buen lunes y buena semana. Dios quiera y quiere que empecemos estos días consolados, con ánimo, con lindos deseos de seguir escuchando y creciendo. Ese es el desafío de cada “volver a empezar”. No te olvides que siempre podemos volver a empezar, siempre se puede renacer, desde adentro, desde el corazón, por más que alrededor todo parezca que va de mal en peor, no nos dejemos ganar por el pesimismo que nos rodea. Me quedó algo de ayer, de ese cambio de mirada o “vuelta de rosca” en la frase de los discípulos: “Quedate conmigo, no te vayas más, la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí” Jesús que nos dice al corazón. “Estés donde estés, quedate conmigo esta semana, no te pierdas, no vuelvas a llenarte de cosas vacías, no vuelvas a estresarte por “alimentos” que no alimentan, quedate conmigo”
En esta nueva semana de Pascua, ya no escucharemos relatos de las apariciones de Jesús a sus discípulos, sino escucharemos relatos en donde la Palabra de Dios quiere de alguna manera despertar nuestra fe, reavivarla, animarla, quiere llevarnos a purificar nuestra fe, nuestra mirada. Jesús quiere que “arda nuestro corazón” al escucharlo. Quiere purificar nuestra fe, de todo lo que la aleja del verdadero rostro de Dios, del que nos vino a mostrar Jesús y no del que nosotros sin querer nos hacemos a nuestra medida, según nuestras pobres ideas.
Todos los días vamos a escuchar fragmentos del capítulo 6 de San Juan, el llamado discurso del Pan de Vida. Un discurso larguísimo que Jesús da a sus discípulos y a una multitud que lo había seguido después de la milagrosa multiplicación de los panes. Hay que seguirlo de a poquito, desmenuzarlo para poder disfrutarlo. La palabra de Dios es como la comida de cada día, para que guste más hay que saborearla de a poco, masticar mucho y sentir el gusto. Si se come de golpe y no se mastica, o se traga sin masticar, la comida puede caer mal y además no nos alimentamos bien. Para asimilar bien la comida es necesario tomarse el tiempo y masticar bien, saborear lo que se nos da. Lo mismo tenemos que hacer con la Palabra de cada día o por lo menos con un texto en la semana.
Imaginate la escena de hoy: después de haber multiplicado panes para más de 5000 personas y de que sus discípulos lo vieron caminar sobre las aguas. ¿Quién no se hubiera entusiasmado de andar cerca de ese hombre? ¿Qué haríamos nosotros si nos enteráramos que a unas cuadras de nuestras casas se reparte comida gratis? ¿A cuánta gente le caen bien y votaría esos políticos que solo dan y dan sin esperar un trabajo a cambio, pensando que así dignifican a las personas? Comida gratis y abundante para todos, sin excepción, el sueño de un mundo que quiere vivir sin esfuerzo. ¿Qué muestra algo del evangelio de hoy? Cuando la multitud va otra vez en búsqueda de Jesús, se ponen en camino y cruzan todo el lago para encontrarlo de nuevo, Jesús no les responde como alguien de este mundo, reciben una respuesta dura y directa: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”
Un golpe duro para aquellos que habían navegado kilómetros para poder verlo y estar con él. “Ustedes no me buscan porque supieron interpretar el signo, porque supieron ver detrás de la multiplicación de los panes algo más profundo, ustedes me buscan para saciar el hambre de su panza y no el hambre del corazón. Ustedes piensan solo en lo material” Jesús no se enoja porque lo busquen. ¿Quién más que Él tiene pretensiones de que lo busquemos? Jesús quiere que andemos tras de él, pero quiere que seamos sinceros y reconozcamos nuestras motivaciones y deseos. Quiere que lo busquemos a Él y no simplemente las cosas que nos da o necesitamos.
Y nosotros…podríamos preguntarnos ¿Por qué buscamos a Jesús? ¿Qué es lo que buscamos cuando lo buscamos? O mejor empecemos por el principio… ¿Buscamos a Jesús? ¿Somos capaces de andar kilómetros, de esforzarnos para estar con él, aunque sea para pedirle algo material? Porque en realidad lo mejor empieza por lo cotidiano, por lo material. ¿Cuántas veces nos hemos acercado a Dios por necesidades básicas y eso se transformó en trampolín para conocerlo de corazón? La sinceridad allana los caminos, la sinceridad con nosotros mismos y con Jesús nos ayuda a creer mejor y creer bien, porque “la obra de Dios es que ustedes crean”, dice Jesús, ese el mayor milagro, creer en el Jesús verdadero.
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algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Un golpe duro para aquellos que habían navegado kilómetros para poder verlo y estar con él. “Ustedes no me buscan porque supieron interpretar el signo, porque supieron ver detrás de la multiplicación de los panes algo más profundo, ustedes me buscan para saciar el hambre de su panza y no el hambre del corazón. Ustedes piensan solo en lo material” Jesús no se enoja porque lo busquen. ¿Quién más que Él tiene pretensiones de que lo busquemos? Jesús quiere que andemos tras de él, pero quiere que seamos sinceros y reconozcamos nuestras motivaciones y deseos. Quiere que lo busquemos a Él y no simplemente las cosas que nos da o necesitamos.
Y nosotros…podríamos preguntarnos ¿Por qué buscamos a Jesús? ¿Qué es lo que buscamos cuando lo buscamos? O mejor empecemos por el principio… ¿Buscamos a Jesús? ¿Somos capaces de andar kilómetros, de esforzarnos para estar con él, aunque sea para pedirle algo material? Porque en realidad lo mejor empieza por lo cotidiano, por lo material. ¿Cuántas veces nos hemos acercado a Dios por necesidades básicas y eso se transformó en trampolín para conocerlo de corazón? La sinceridad allana los caminos, la sinceridad con nosotros mismos y con Jesús nos ayuda a creer mejor y creer bien, porque “la obra de Dios es que ustedes crean”, dice Jesús, ese el mayor milagro, creer en el Jesús verdadero.
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Martes 21 de abril - Juan 6, 30-35 - III Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 30-35
La gente dijo a Jesús:
« ¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»
Jesús respondió: « Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»
Palabra del Señor
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 30-35
La gente dijo a Jesús:
« ¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»
Jesús respondió: « Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»
Palabra del Señor
Comentario a Juan 6, 30-35:
“«Señor, danos siempre de ese pan.» Señor que tengamos siempre ganas de alimentarnos de Vos, porque Vos sos el Pan de Vida, Vos sos el enviado del Padre para saciar nuestros “hambres” del corazón, nuestros vacíos interiores” Es lindo empezar nuestro momento de oración pidiendo, pidiendo lo mejor que podemos pedir. A veces me olvido, a veces nos olvidamos, de que escuchar la Palabra de cada día tiene que ser en realidad, un momento de oración. Debería ser un momento para disfrutar de la presencia de un Dios que está vivo y nos sostiene siempre, nos habla. Debería ser un momento de diálogo de corazón a corazón, sabiendo que, aunque a veces andemos con “el semblante triste” o bien eufóricos por cosas mundanas, Él siempre está caminando a nuestro lado sin que podamos reconocerlo por andar en la “nuestra”. Empecemos este día así, rezando, pidiendo. Si es necesario, con la ventaja que tiene el audio, de volver a empezar o escuchar cuántas veces queramos, volvé a poner “play”, volvé a apretar el dedo y escuchá otra vez el evangelio. ¿Lo escuchaste bien? ¿Te acordás algo de lo que acabás de escuchar? No te rías, porque muchas veces oímos y no escuchamos, “usamos” el oído que nos dio Dios, pero no ponemos en funcionamiento ni el corazón, ni el cerebro. Hacé este ejercicio.
Tanto esos discípulos que caminaban a Emaús y tenían a Jesús al lado sin darse cuenta, como esa multitud que buscaba hacer rey a Jesús por haberles “llenado” la panza… tantos unos como los otros, no “reconocen” a Jesús, no lo conocen. O esperan algo que en realidad Jesús no les quería dar. Los discípulos de Emaús esperaban un Mesías que los libre de la opresión romana: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel”. La multitud que se alimentó de semejante multiplicación de panes les encantó la idea de hacer rey a alguien que les dé de comer, en definitiva, que le “solucione” los problemas materiales. ¿Te parece raro esto? No es raro, es mucho más común de lo que imaginás. Esta idea de Dios está casi que, impregnada en el imaginario de tantos hombres, creyentes y no tanto; muy cristianos y no tanto. Esta es la idea que intenta aflorar cada día en nuestro corazón, que se resigna a aceptar a un Dios que siendo rico se hizo pobre, que siendo grande se hizo pequeño y que siendo fuerte se hizo débil. Es la idea-tentación que lucha por aniquilar a un Dios que nos dio tanta libertad para seguirlo, que nos asusta. “Somos hijos del rigor” decimos a veces. “Padre, me dicen a veces: Tenés que tenernos cortitos, tenés que ser más exigente, solo así funcionamos”. Es verdad, uno es débil y por ahí no soy buen pastor, pero me pregunto y te pregunto: ¿Jesús fue así? ¿Tuvo cortita a la gente? ¿Obligó a alguien a seguirlo? ¿Los amenazó con castigo a los que no lo quieran? Me parece que no. ¿Por qué nos gusta a veces que nos tengan cortitos o porqué somos hijos del rigor? Porque es más fácil ser esclavo que usar nuestra libertad para amar. No es fácil ser libre. Pero Dios nos hizo libres y solo vive una verdadera religiosidad aquel que opta por ser libre y seguir al Dios de la libertad.
“«Señor, danos siempre de ese pan.» Señor que tengamos siempre ganas de alimentarnos de Vos, porque Vos sos el Pan de Vida, Vos sos el enviado del Padre para saciar nuestros “hambres” del corazón, nuestros vacíos interiores” Es lindo empezar nuestro momento de oración pidiendo, pidiendo lo mejor que podemos pedir. A veces me olvido, a veces nos olvidamos, de que escuchar la Palabra de cada día tiene que ser en realidad, un momento de oración. Debería ser un momento para disfrutar de la presencia de un Dios que está vivo y nos sostiene siempre, nos habla. Debería ser un momento de diálogo de corazón a corazón, sabiendo que, aunque a veces andemos con “el semblante triste” o bien eufóricos por cosas mundanas, Él siempre está caminando a nuestro lado sin que podamos reconocerlo por andar en la “nuestra”. Empecemos este día así, rezando, pidiendo. Si es necesario, con la ventaja que tiene el audio, de volver a empezar o escuchar cuántas veces queramos, volvé a poner “play”, volvé a apretar el dedo y escuchá otra vez el evangelio. ¿Lo escuchaste bien? ¿Te acordás algo de lo que acabás de escuchar? No te rías, porque muchas veces oímos y no escuchamos, “usamos” el oído que nos dio Dios, pero no ponemos en funcionamiento ni el corazón, ni el cerebro. Hacé este ejercicio.
Tanto esos discípulos que caminaban a Emaús y tenían a Jesús al lado sin darse cuenta, como esa multitud que buscaba hacer rey a Jesús por haberles “llenado” la panza… tantos unos como los otros, no “reconocen” a Jesús, no lo conocen. O esperan algo que en realidad Jesús no les quería dar. Los discípulos de Emaús esperaban un Mesías que los libre de la opresión romana: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel”. La multitud que se alimentó de semejante multiplicación de panes les encantó la idea de hacer rey a alguien que les dé de comer, en definitiva, que le “solucione” los problemas materiales. ¿Te parece raro esto? No es raro, es mucho más común de lo que imaginás. Esta idea de Dios está casi que, impregnada en el imaginario de tantos hombres, creyentes y no tanto; muy cristianos y no tanto. Esta es la idea que intenta aflorar cada día en nuestro corazón, que se resigna a aceptar a un Dios que siendo rico se hizo pobre, que siendo grande se hizo pequeño y que siendo fuerte se hizo débil. Es la idea-tentación que lucha por aniquilar a un Dios que nos dio tanta libertad para seguirlo, que nos asusta. “Somos hijos del rigor” decimos a veces. “Padre, me dicen a veces: Tenés que tenernos cortitos, tenés que ser más exigente, solo así funcionamos”. Es verdad, uno es débil y por ahí no soy buen pastor, pero me pregunto y te pregunto: ¿Jesús fue así? ¿Tuvo cortita a la gente? ¿Obligó a alguien a seguirlo? ¿Los amenazó con castigo a los que no lo quieran? Me parece que no. ¿Por qué nos gusta a veces que nos tengan cortitos o porqué somos hijos del rigor? Porque es más fácil ser esclavo que usar nuestra libertad para amar. No es fácil ser libre. Pero Dios nos hizo libres y solo vive una verdadera religiosidad aquel que opta por ser libre y seguir al Dios de la libertad.