Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Viernes 17 de abril - Juan 6, 1-15 - II Viernes de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 1-15


Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan.»
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»
Jesús le respondió: «Háganlos sentar.»
Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada.»
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo.»
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 1-15:

«Feliz el que cree sin haber visto». Feliz el que acepta que Dios está siempre, aunque no lo pueda ver con sus ojos. Feliz el que se afirma en esas veces que, de alguna manera, lo experimentó y no dudó, y no añora el pasado si no que aprende a vivir el presente. Feliz el que escucha y no se cansa de escuchar. Porque el escuchar es una prueba clara de estar intentando creer, de caminar creyendo, intentando aceptar lo que vivimos, sin ver, sin pretender pruebas científicas de todo. No todo se comprueba con experimentos, sino que hay muchas cosas que el corazón sabe comprobarlas, sabe aceptarlas, sabe recibirlas, sabe madurarlas. Por eso es feliz no el que no busca respuestas, sino el que, de alguna manera, ya las encontró y aprende a aceptar eso que tiene, como un niño en brazos de su madre, no pretendiendo nada más que eso. Felices los que creemos sin ver. Vos y yo estamos en ese grupo. ¿Estamos en ese grupo? ¿Sos de los que creen sin ver?
Terminando la semana, mientras hacés cosas de la casa, seguramente, te propongo algunas preguntas que tienen que ver con Algo del Evangelio de hoy. Sabemos por los diferentes evangelios y relatos, especialmente en el Evangelio de Juan, que Jesús multiplica los panes como signo de algo más y que, más allá de los detalles de uno y otro relato, no solo quisieron mostrar y dejar escrito que Jesús hizo semejante milagro y que cómo Dios hecho hombre podía hacer eso y mucho más, sino que Jesús quiere ser Pan para la vida del mundo y no rey al estilo de este mundo como se ve claramente en el relato de hoy.
Es muy clara la Palabra de Dios. Es muy clara. No podemos olvidar esta parte: «Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña». «Otra vez», se ve que ya se había retirado muchas veces. No somos nosotros los que hacemos rey a Dios, sino que Dios es rey antes que nosotros existiéramos y Dios es rey que se entrega y quiere ser alimento de un hombre que no se da cuenta y que busca saciarse con muchas cosas que no son Dios. Este es el trasfondo profundo del Evangelio de hoy. Porque claramente se ve eso, que, ante semejante milagro, ante la sorpresa, lo primero que intentaron esos hombres fue hacerlo rey. Claro. Convenía mucho un rey que les diera de comer a todos gratis.
Eso es lo que, de alguna manera, también nos pasa a nosotros. Sin darnos cuenta, pretendemos que Dios sea el que nos dé lo que pretendemos, lo que queremos, el que sacie nuestra hambre de cosas materiales y no el que sacie el hambre espiritual que tenemos, el hambre de amor. El hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. No necesita solo pan de harina o cebada. No necesita solo casa, auto, salud y vacaciones. Necesitamos algo más. ¿Qué necesitamos? Eso es bueno preguntarse. Aunque tengas todo lo que crees necesitar, algún día te darás cuenta de que necesitás algo más grande, algo que vos mismo no podés darte a vos mismo. Es tan grande lo que necesitamos que nosotros no podemos crearlo para nosotros, solo podemos recibirlo como un don. Casi que no hace falta que te lo diga, pero sí lo tengo que decir. Nuestro pan del alma, del espíritu no puede ser otra cosa que Dios mismo. Somos, de algún modo, insaciables. Porque necesitamos siempre más. Solo nos sacia lo abundante y lo superabundante solo puede ser Dios mismo, Jesús. ¿Pero Dios dónde está?, te podés preguntar. ¿Cómo me sacio de Dios? Desde que Jesús vino al mundo, desde que el Padre envió a su Hijo para que creamos, él es el Pan del mundo, el alimento de todos los hambrientos, de tu hambre y del mío.
Ahora… ¿cómo podemos alimentarnos de este Dios hecho hombre, de Jesús, vivir de tal manera que él mismo se convierta en nuestro pan? Aceptando y creyendo lo que venimos meditando en estos días, escuchando la Palabra de cada día, viviéndola, haciéndola carne, amando en el metro cuadrado donde nos toca, en lo cotidiano, encontrando lo grande en lo sencillo. Aceptando ser perdonado y perdonando. Creyendo que Jesús está en cada Eucaristía y deseando recibirla con amor.
Dándote cuenta de que vos también podés hacer algo por el hambre del mundo, mostrándoles a los demás que lo único que sacia el corazón del hombre, es Jesús. Es por eso que Jesús desea nuestro aporte en este milagro. Quiere que seamos parte, porque solo a través de nosotros puede llegar el amor de Dios a alguien que necesita amor. Solamente a través del amor de un hombre Jesús puede demostrarle a otro que es amado.
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 18 de abril - Juan 6, 16-21 - II Sábado de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 16-21


Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.
Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. El les dijo: «Soy yo, no teman.»
Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 6, 16-21:

¡Buen día, buen sábado! Un sábado más que nos regala el Señor para seguir escuchando su Palabra, para buscar comprenderla, meditarla, contemplarla y, finalmente, para vivirla. Porque, en definitiva, si no vivimos la Palabra de Dios, si solamente es un texto para leer, para disfrutar un momento y no llevarlo a la vida, la Palabra se queda muerta. «La palabra es viva y eficaz». La Palabra no es letra muerta si la encarnamos en nuestra propia vida. Por eso, cada uno de nosotros, vos y yo, puede transformarse en una palabra viva que camine por este mundo, en una palabra, que le diga algo a este mundo, que vive a veces como en tinieblas, como si Dios no estuviera, o que, finalmente, no se da cuenta de la riqueza que se pierde. Por eso, cada cristiano, cada persona que escucha la Palabra de Dios movido por el Espíritu y dejando que el Espíritu toque su corazón y lo guíe, puede transformarse en una linda Palabra de Dios para los otros. ¡No te lo olvides!, ¡no lo olvides nunca! Por supuesto que esto no es automático, por supuesto que no es que lo vamos a lograr de un día para el otro, sino que es a fuerza de escuchar, proponerse diferentes cosas, sacar conclusiones de lo que leemos y escuchamos y tratar de vivirlo, tratar de pedirle la fuerza al Señor para que nos ayude.
Seguimos en este tiempo pascual, terminando la segunda semana de Pascua, segunda semana en la que continuamos tratando de experimentar y de reconocer la presencia viva y resucitada de Jesús en nuestras vidas. Y hoy escuchamos en Algo del Evangelio un texto cortito pero sustancioso, un texto que los otros evangelios también (algunos) lo traen, pero que Juan lo cuenta de un modo distinto y que nos ayuda también a, de algún modo, entender cómo está presente Jesús en nuestra vida o cómo a veces no terminamos de verlo y qué es lo que hace cuando nosotros nos embarcamos.
Primera imagen: Dice que «los discípulos se embarcaron», o sea, subieron a ese transporte que usaban en ese tiempo –ellos que eran algunos pescadores– y quieren cruzarse a la otra orilla. Por eso la barca es símbolo de la Iglesia, símbolo de esta comunidad que Dios nos regaló, de la comunidad de millones de hijos de Dios iluminados por el Espíritu Santo y con la cabeza y el capitán en la tierra, que es el papa. Andamos por el mar de este mundo buscando nuestro rumbo, el rumbo de llegar a la Vida eterna, de llegar a la otra orilla. Por eso, la barca también es símbolo de nuestra propia vida. Nosotros andamos embarcados o tenemos que embarcarnos en una misión. Tenemos una misión. Jesús resucitado no está en nuestras vidas solamente para consolarnos a nosotros, sino que quiere que también aprendamos a llevar ese consuelo y esa paz a los demás.
Bueno, ¿en qué estás embarcado?, ¿en qué te embarcarte y no sabes para dónde vas?, ¿tenés un rumbo claro?, ¿sabés dónde está la otra orilla o te estás dejando llevar por el viento de este mundo que nos lleva para cualquier lado? Eso es lo primero que te propongo y me propongo que nos preguntemos. ¿Estamos dejándonos llevar por la barca de la Iglesia? ¿Escuchamos la voz de Jesús en la Iglesia?
Lo segundo es esto, ¿no?: que «el mar estaba agitado», dice el texto, o sea, el mundo está agitado. Todo a nuestro alrededor parece a veces que está agitado. El viento de las modas, de las culturas que van en contra de nuestros pensamientos, del Evangelio, nos quieren agitar y llevar para cualquier lado. Quieren, en definitiva, que nos desviemos del rumbo. Quieren que no confiemos en la presencia de Jesús, que siempre está al lado nuestro y que camina sobre el mar de este mundo. Está más allá, está más allá y nos acompaña.
Bueno, ¿qué es lo que nos está agitando?, ¿por qué te estás dejando agitar?, ¿por qué no te confías en que la barca va rumbo a la otra orilla dirigida, en definitiva, por Jesús?, ¿por qué perdemos la paz tan rápidamente a veces?, ¿por qué no nos damos cuenta que Jesús, en el fondo, sostiene nuestra vida?
Y acá entramos en lo tercero, y por eso tiene que ver también con lo segundo, que es que Jesús se acerca a nuestra barca porque va caminando por encima del mundo, va caminando sobre el agua. ¿Por qué tenemos miedo? Porque, en definitiva, no nos damos cuenta que Jesús está. Pensamos –como dice otros evangelios– que es un fantasma. Los discípulos tuvieron miedo porque no se dan cuenta que era Jesús.
Bueno, cuando estamos tristes, cuando nos dejamos llevar por los vientos de este mundo, cuando pensamos que todo se va a hundir, es porque, en el fondo, no confiamos en su presencia. Y es ahí donde Jesús nos quiere decir al corazón, una vez más: «Soy yo, no teman. Soy yo, no temas. ¿Qué te pasa? Date cuenta que estoy a tu lado, date cuenta que, si dejas el timón en mis manos, todo va a ser mucho mejor, todo va a llegar a buen puerto».
Sigamos navegando por las aguas turbulentas de este mundo, confiando en que tenemos una misión y que es Jesús el que nos guía y que es Jesús el que nos empuja y nos anima a salir adelante. Nosotros, como los discípulos, a veces queremos subir a la barca a Jesús. Sin embargo, él sigue caminando por las aguas de este mundo y nos acompaña para que confiemos en él, para que nos dejemos guiar por su amor.

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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 19 de abril - Lucas 24, 13-35 – III Domingo de Pascua (A)

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35


El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor
Comentario a Lucas 24, 13-35:

¡Quedate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Qué linda petición! ¡Qué lindo que hoy todos, en este tercer Domingo de Pascua, estemos donde estemos, estemos como estemos, hayamos resucitado o no tanto en esta Pascua, o estemos resucitando, podamos decirle esto al Señor, con el corazón! ¡Quedate con nosotros! Estos dos discípulos le dijeron eso a Jesús, en realidad, sin saber todavía quién era realmente. Sus ojos del corazón, sus ojos, no veían lo que nosotros hoy ya sabemos por la fe. No sabían quién era el que los había acompañado durante todo el camino y les había hecho arder el corazón, explicándoles las escrituras, como tantas veces también nos pasa a nosotros. ¡Quedate con nosotros! ¿Cuánto más tenemos que pedir nosotros que ya sabemos que “ese” que anda por el camino de la vida intentando que nuestro corazón se llene de ardor, es el mismo Jesús? ¿Cuánto nosotros más en este tiempo, donde todo parece tan difícil, debemos pedirle desde el fondo de nuestro corazón? Nosotros ya sabemos el final de la historia, ya sabemos que ese Jesús anda así por nuestra vida y por la de tantos hombres y mujeres que caminan cabizbajos, con el “semblante triste”, como no comprendiendo nada, deprimidos por no encontrar el sentido de sus vidas, por haberlo perdido ante algún dolor, ante alguna frustración, o simplemente porque tantos deseos, camuflados, nos hacen olvidar qué es lo más grande y lo que más necesitamos.
Nosotros podemos hoy agregarle una palabra clave a esa frase de estos dos discípulos. ¿Te diste cuenta? Nosotros podemos decirle: “Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Vos y yo sabemos que ese hombre es Jesús, Hombre-Dios. Vos y yo… ¿lo sabemos? ¿lo sabés? Nosotros sabemos que Jesús está, pero a veces parece no estar. Nosotros hoy queremos saborear la presencia de un Dios que está, pero permanece oculto a los ojos de los que andan mirando para abajo, de los que no escuchan los sonidos del corazón, de los que no escuchan la Palabra de Dios. Escuchemos por ellos.
En este domingo te propongo que levantemos la cabeza. Basta de mirar para abajo. Dejemos de “discutir” por el camino de la vida, dejémonos de hablar como si Jesús no estuviera, como si no estuviera vivo. Dejemos de mirarnos el “ombligo” y no ver lo que alguna vez ya vimos. ¿No ardió acaso nuestro corazón alguna vez en nuestra vida cuando descubrimos la presencia de un Jesús vivo, en ese retiro, en ese momento de oración, en ese pobre que visitaste o conociste, en tu marido, en tu mujer, en tus hijos? ¿No ardía acaso nuestro corazón? ¿Qué nos pasa ahora? ¿Qué nos pasó?
“Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Quedate conmigo podemos decirle con emoción. En realidad, él siempre está. Somos nosotros los que nos vamos escurriendo de sus manos y nos perdemos. Por ahí podríamos dar vuelta esta petición y escuchar que es Jesús el que nos dice al corazón: “Quedate conmigo, no te vayas más, que la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí”.

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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 20 de abril - Juan 6, 22-29 - III Lunes de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 22-29

Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.
Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.»
Ellos le preguntaron: « ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió: « La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado.»

Palabra del Señor.