Martes 14 de abril - Juan 3, 7b-15 - II Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 7b-15
Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»
«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»
«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.
Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.
Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 7b-15
Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»
«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»
«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.
Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.
Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 3, 7b-15:
«¡Felices los que creen sin haber visto!», me parece que puede transformarse en la frase de esta semana que nos acompañe, en este tiempo en el que parece que vemos cada vez menos. Sin embargo, Jesús está mostrándonos su llaga, su costado, diciéndonos: «Esta es la prueba de mi amor. Yo te amo porque estas marcas, este dolor lo sufrí por vos». Hace unos días, o no sé, alguien alguna vez me preguntó: «¿Cómo es esto de que la fe es un don?, ¿cómo es posible que alguien tenga fe y otros no?, ¿cómo puede ser que Dios les dé la fe a algunos y a otros no?». Bueno, es todo un tema que supera lo que podemos decir en un audio. Solo me animo a decirte que es bueno preguntarse, cuestionarse. Es bueno cuestionarse con espíritu abierto para poder encontrar respuestas que afirmen lo que creemos, que ayuden a creer mejor. La fe no es para tontos, como decimos a veces. No, no es para tontos, creer es de inteligentes. Es, a veces, medio despectivo aquellos que creen que los que tienen fe son medios tontos o no quieren pensar, al contrario. Por eso, como Tomás, también a veces dudar nos ayuda a afirmar nuestra fe. La duda de Tomás se convirtió en un «Señor mío y Dios mío».
Jesús utiliza todas nuestras debilidades para confirmarnos en la fe, para que creamos más. Sin embargo, retomando un poco lo de recién, en realidad es más lógico poder llegar a argumentar la fe que argumentar el sin sentido, el ateísmo. Pero bueno, ese es otro tema. Por ahora es bueno quedarse con lo esencial. No creeríamos en Cristo si no hubiéramos recibido una gracia que viene de lo alto, de arriba, si no hubiéramos sido atraídos por el Padre. Así lo dice Jesús: «Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae». Eso quiere decir que el impulso interior para acercarnos a Jesús viene como don, ahora… la respuesta a ese impulso depende de nuestra libertad, de nuestra elección, que de alguna manera nunca es definitiva, nunca podemos decir «ya está», ya creo en forma plena y completa, ya alcancé la meta, ya terminé. Siempre hay que volver a empezar, volver a creer, confiar, decir que sí una vez más, abandonarse más, aceptar más, ser cada día más feliz de la mano de Jesús que nos lleva así al cielo con alegría.
«¡Felices los que creen sin haber visto!», me parece que puede transformarse en la frase de esta semana que nos acompañe, en este tiempo en el que parece que vemos cada vez menos. Sin embargo, Jesús está mostrándonos su llaga, su costado, diciéndonos: «Esta es la prueba de mi amor. Yo te amo porque estas marcas, este dolor lo sufrí por vos». Hace unos días, o no sé, alguien alguna vez me preguntó: «¿Cómo es esto de que la fe es un don?, ¿cómo es posible que alguien tenga fe y otros no?, ¿cómo puede ser que Dios les dé la fe a algunos y a otros no?». Bueno, es todo un tema que supera lo que podemos decir en un audio. Solo me animo a decirte que es bueno preguntarse, cuestionarse. Es bueno cuestionarse con espíritu abierto para poder encontrar respuestas que afirmen lo que creemos, que ayuden a creer mejor. La fe no es para tontos, como decimos a veces. No, no es para tontos, creer es de inteligentes. Es, a veces, medio despectivo aquellos que creen que los que tienen fe son medios tontos o no quieren pensar, al contrario. Por eso, como Tomás, también a veces dudar nos ayuda a afirmar nuestra fe. La duda de Tomás se convirtió en un «Señor mío y Dios mío».
Jesús utiliza todas nuestras debilidades para confirmarnos en la fe, para que creamos más. Sin embargo, retomando un poco lo de recién, en realidad es más lógico poder llegar a argumentar la fe que argumentar el sin sentido, el ateísmo. Pero bueno, ese es otro tema. Por ahora es bueno quedarse con lo esencial. No creeríamos en Cristo si no hubiéramos recibido una gracia que viene de lo alto, de arriba, si no hubiéramos sido atraídos por el Padre. Así lo dice Jesús: «Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae». Eso quiere decir que el impulso interior para acercarnos a Jesús viene como don, ahora… la respuesta a ese impulso depende de nuestra libertad, de nuestra elección, que de alguna manera nunca es definitiva, nunca podemos decir «ya está», ya creo en forma plena y completa, ya alcancé la meta, ya terminé. Siempre hay que volver a empezar, volver a creer, confiar, decir que sí una vez más, abandonarse más, aceptar más, ser cada día más feliz de la mano de Jesús que nos lleva así al cielo con alegría.
Por eso en Algo del Evangelio de hoy, de alguna manera, nos ayuda a considerar este misterio increíble, aunque es creíble, aunque parezca contradictorio, el misterio de tener fe. Felices los que creen que es posible renacer de lo alto, nacer de nuevo, volver a empezar. Felices los que creen en estas palabras de Jesús, las palabras que Nicodemo no pudo entender en su momento y que nosotros hoy volvemos a escuchar. Felices los que creen y confían, porque la confianza da felicidad, la confianza en Jesús, la confianza en su Palabra nos pone en una órbita diferente, por decir así, porque nos ayuda a despojarnos un poco de toda pretensión de tenerlo todo bajo nuestro dominio, todo controlado, las personas y las cosas, las situaciones, el futuro, el pasado. No. Feliz el que es sencillo, el que no es rebuscado y cree con convicción sin esperar comprobaciones «científicas» a todo lo que pasa –aunque la ciencia hace mucho bien, pero ese es otro tema–, a todo lo que ve, o sea, buscar todo el día comprobación de todo lo que ve. Feliz el que ve más allá de lo que ve. Pero en eso que ve, descubre cosas buenas, cosas lindas, cosas verdaderas y no se queda en lo superficial, en lo mundano, en lo feo que se ve de afuera.
Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». ¿No será que vos y yo también, que nosotros también? ¿No será que nosotros necesitamos volver a nacer de tantas cosas que han muerto en nuestra vida? Volvé a nacer, mirá a tu corazón, date cuenta que tenés mucho todavía para vivir, para dar, tenés mucho que resucitar también. La Pascua es volver a nacer. Siempre se puede volver a nacer en lo espiritual. Nunca pienses que estás muerto. No te quedes ahí tirado, no pienses que el pecado te derrotó. Jamás. Jamás con Jesús el pecado nos derrotará, aunque tengas muchos años, aunque estés enfermo y tu cuerpo no pueda más.
Lo importante es que no muera tu interior, tus ganas de creer y vivir, de ser feliz, de darte cuenta de que tenés a alguien para amar al lado tuyo.
Una vez, visitando a una señora enferma, postrada le pregunté cómo se sentía, me dijo: «Padre, me duele mucho el cuerpo, pero lo peor, lo que más me duele, es el alma». Tenía motivos para quejarse y sentirse mal, pero en su dolor supo percibir que el peor dolor de todos es el del alma, el de estar muertos en vida. Nosotros hoy podemos elegir la vida o la muerte, elegir el amor o el egoísmo. Nosotros podemos renacer de lo alto. Podemos creer más, tener más vida y ser felices junto a Jesús. Háblale, escúchalo, abrile tu corazón.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». ¿No será que vos y yo también, que nosotros también? ¿No será que nosotros necesitamos volver a nacer de tantas cosas que han muerto en nuestra vida? Volvé a nacer, mirá a tu corazón, date cuenta que tenés mucho todavía para vivir, para dar, tenés mucho que resucitar también. La Pascua es volver a nacer. Siempre se puede volver a nacer en lo espiritual. Nunca pienses que estás muerto. No te quedes ahí tirado, no pienses que el pecado te derrotó. Jamás. Jamás con Jesús el pecado nos derrotará, aunque tengas muchos años, aunque estés enfermo y tu cuerpo no pueda más.
Lo importante es que no muera tu interior, tus ganas de creer y vivir, de ser feliz, de darte cuenta de que tenés a alguien para amar al lado tuyo.
Una vez, visitando a una señora enferma, postrada le pregunté cómo se sentía, me dijo: «Padre, me duele mucho el cuerpo, pero lo peor, lo que más me duele, es el alma». Tenía motivos para quejarse y sentirse mal, pero en su dolor supo percibir que el peor dolor de todos es el del alma, el de estar muertos en vida. Nosotros hoy podemos elegir la vida o la muerte, elegir el amor o el egoísmo. Nosotros podemos renacer de lo alto. Podemos creer más, tener más vida y ser felices junto a Jesús. Háblale, escúchalo, abrile tu corazón.
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Miércoles 15 de abril - Juan 3, 16-21 - II Miércoles de Pascua
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 16-21
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.
Palabra del Señor.
+Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 16-21
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 3, 16-21:
Te gustaría reflexionar hoy por qué se puede vivir mucho más feliz creyendo que no creyendo. ¿Querés darte cuenta de por qué puede vivir feliz aquel que vive creyendo –no que cree, sino que vive creyendo–, que cada día hace un esfuerzo por decirle que sí a la invitación de Dios? Así dice la Palabra de Dios: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». Sí, porque Dios no envío a su Hijo para juzgar al mundo, para juzgarte a vos o a mí, para señalarnos, sino para que creamos, para que nos salvemos por medio de él, para que aceptemos su amor misericordioso. No es que se cree y nada más. El que cree vive creyendo. Digamos que es como ir caminando, se camina avanzando, es como algo continuo, algo dinámico que crece de a poco. Por eso, es feliz el que cree sin ver, porque camina confiado, camina sabiendo que va de la mano, camina sabiendo que poco a poco irá descubriendo lo que Dios le propone. No es la omnipotencia del creerse que uno sabe todo, que uno puede todo, que uno controla todo. Por eso el que va creyendo va viviendo de una manera distinta, como alguien que tiene vida en el espíritu, dada por el Espíritu. El que cree renace, de alguna manera, siempre, porque algo más grande lo sostiene y lo anima a seguir. Por eso es feliz el que cree sin ver.
Ayer Jesús nos decía: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». Nosotros podemos ser reengendrados, podemos vivir una especie de renacimiento espiritual sea en la situación en la que estemos. Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a creer, el Espíritu que recibimos en el bautismo, en la confirmación, que recibimos cada vez que volvemos a decirle que sí al Señor. «¿Creer en qué?», nos podemos preguntar. ¿Creer en quién? Creer en Jesús, creer en que él es el enviado del Padre, el Hijo único que vino al mundo para que tengamos luz y no andemos en las tinieblas. ¿Qué prueba más grande de amor de que Dios pueda venir a estar con nosotros, que ser Dios y venir a estar con el hombre por puro amor, sin preguntar, sin esperar nada a cambio?
La fe es un don, el don es Jesús y lo que nos queda a nosotros es aceptar esto. Eso nos enseña Algo del Evangelio de hoy. La fe no es un conjunto de normas, una grilla de cosas por cumplir, una doctrina que aprender o repetir o para defender a los gritos –como si fuese nuestra verdad–, un sentimiento que sentir. La fe es un don y ese don es el mismo Hijo de Dios, el Hijo único del Padre que se hizo hombre para que sientas, aceptes con tu cabecita y te des cuenta que Dios ama al hombre en serio, que Dios se tomó en serio esta decisión, muy enserio. Y, en definitiva, creer es aceptar que esto es posible y que además cambia la vida del que lo acepta, y entrando así en una vida nueva, puede entrar en una vida nueva.
Te gustaría reflexionar hoy por qué se puede vivir mucho más feliz creyendo que no creyendo. ¿Querés darte cuenta de por qué puede vivir feliz aquel que vive creyendo –no que cree, sino que vive creyendo–, que cada día hace un esfuerzo por decirle que sí a la invitación de Dios? Así dice la Palabra de Dios: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». Sí, porque Dios no envío a su Hijo para juzgar al mundo, para juzgarte a vos o a mí, para señalarnos, sino para que creamos, para que nos salvemos por medio de él, para que aceptemos su amor misericordioso. No es que se cree y nada más. El que cree vive creyendo. Digamos que es como ir caminando, se camina avanzando, es como algo continuo, algo dinámico que crece de a poco. Por eso, es feliz el que cree sin ver, porque camina confiado, camina sabiendo que va de la mano, camina sabiendo que poco a poco irá descubriendo lo que Dios le propone. No es la omnipotencia del creerse que uno sabe todo, que uno puede todo, que uno controla todo. Por eso el que va creyendo va viviendo de una manera distinta, como alguien que tiene vida en el espíritu, dada por el Espíritu. El que cree renace, de alguna manera, siempre, porque algo más grande lo sostiene y lo anima a seguir. Por eso es feliz el que cree sin ver.
Ayer Jesús nos decía: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». Nosotros podemos ser reengendrados, podemos vivir una especie de renacimiento espiritual sea en la situación en la que estemos. Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a creer, el Espíritu que recibimos en el bautismo, en la confirmación, que recibimos cada vez que volvemos a decirle que sí al Señor. «¿Creer en qué?», nos podemos preguntar. ¿Creer en quién? Creer en Jesús, creer en que él es el enviado del Padre, el Hijo único que vino al mundo para que tengamos luz y no andemos en las tinieblas. ¿Qué prueba más grande de amor de que Dios pueda venir a estar con nosotros, que ser Dios y venir a estar con el hombre por puro amor, sin preguntar, sin esperar nada a cambio?
La fe es un don, el don es Jesús y lo que nos queda a nosotros es aceptar esto. Eso nos enseña Algo del Evangelio de hoy. La fe no es un conjunto de normas, una grilla de cosas por cumplir, una doctrina que aprender o repetir o para defender a los gritos –como si fuese nuestra verdad–, un sentimiento que sentir. La fe es un don y ese don es el mismo Hijo de Dios, el Hijo único del Padre que se hizo hombre para que sientas, aceptes con tu cabecita y te des cuenta que Dios ama al hombre en serio, que Dios se tomó en serio esta decisión, muy enserio. Y, en definitiva, creer es aceptar que esto es posible y que además cambia la vida del que lo acepta, y entrando así en una vida nueva, puede entrar en una vida nueva.
Todos nosotros, los que escuchamos la Palabra de Dios día a día, seguramente somos bautizados, confirmados o por ahí no, por ahí incluso no hemos recibido el bautismo. Dios quiera que estés escuchando incluso sin tener algún sacramento. Incluso también la mayoría de nosotros recibimos a Jesús en la comunión. Ahora, eso no quiere decir que todos experimentamos esto de volver a nacer, este nacer en el Espíritu Santo. Muchas veces tenemos al Espíritu olvidado y por eso el Espíritu Santo no puede hacer tantas cosas en nosotros. Está como queriendo trabajar desde adentro y nosotros estamos en otra.
Hay que volver a maravillarse una vez más de que Dios nos haya amado primero e incondicionalmente y nos haya enviado a su Hijo para enseñarnos a vivir como hijos amados por él, para perdonarnos los pecados y ayudarnos a dejar el pecado que nos sigue atormentando muchas veces, nos sigue de alguna manera persiguiendo, desde adentro y desde afuera. Y es el Espíritu enviado por Jesús el que nos santifica y vivifica.
Hoy intentemos hablarle a Jesús como lo que es, nuestro Salvador, nuestro hermano mayor, el que vino a darnos vida y no a condenarnos, aquel que nos vino a dar luz para poder ver bien.
Todo lo que pidamos en su Nombre al Padre, él nos lo concederá. Pidamos creer en esto, pidamos creer en él, pidamos renacer una vez más. Pidamos seguir creyendo, para que la vida no se haga tan pesada, para que la muerte no apague el sentido de la vida, para que el sufrimiento no sea la última palabra, para que el amor sea el motor de cada cosa que hacemos, para que Jesús sea el centro de nuestro corazón, para que podamos animar al triste, consolar al afligido, para seguir amando, aunque a veces nos cansemos.
No nos cansemos de seguir evangelizando por medio de las redes, especialmente en estos momentos. No nos cansemos de hacer un clic para enviarle a otro la Palabra de Dios que tanto bien hace a aquel que la escucha con insistencia y con amor. Jesús, que nos pase de todo, pero que no nos cansemos, que no nos cansemos de creer y de amarte.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Hay que volver a maravillarse una vez más de que Dios nos haya amado primero e incondicionalmente y nos haya enviado a su Hijo para enseñarnos a vivir como hijos amados por él, para perdonarnos los pecados y ayudarnos a dejar el pecado que nos sigue atormentando muchas veces, nos sigue de alguna manera persiguiendo, desde adentro y desde afuera. Y es el Espíritu enviado por Jesús el que nos santifica y vivifica.
Hoy intentemos hablarle a Jesús como lo que es, nuestro Salvador, nuestro hermano mayor, el que vino a darnos vida y no a condenarnos, aquel que nos vino a dar luz para poder ver bien.
Todo lo que pidamos en su Nombre al Padre, él nos lo concederá. Pidamos creer en esto, pidamos creer en él, pidamos renacer una vez más. Pidamos seguir creyendo, para que la vida no se haga tan pesada, para que la muerte no apague el sentido de la vida, para que el sufrimiento no sea la última palabra, para que el amor sea el motor de cada cosa que hacemos, para que Jesús sea el centro de nuestro corazón, para que podamos animar al triste, consolar al afligido, para seguir amando, aunque a veces nos cansemos.
No nos cansemos de seguir evangelizando por medio de las redes, especialmente en estos momentos. No nos cansemos de hacer un clic para enviarle a otro la Palabra de Dios que tanto bien hace a aquel que la escucha con insistencia y con amor. Jesús, que nos pase de todo, pero que no nos cansemos, que no nos cansemos de creer y de amarte.
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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 16 de abril - Juan 3, 31-36 - II Jueves de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 31-36
El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 31-36
El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 3, 31-36:
«Felices los que creen sin haber visto». Felices los que todavía confían en que Jesús resucitado está entre nosotros, aunque a veces no tengamos las pruebas que pretendemos. Felices los que creen que esas llagas fueron el motivo de la sanación y que las llagas y las heridas de nuestra vida también son causas de sanación para nosotros y para los demás. Felices los que creemos que creer nos hace felices.
Me animo a volver a decirte una vez y otra vez, y a mí también: «No te canses de escuchar, no te canses de volver a empezar, no te canses de escuchar la Palabra de Dios, que es escuchar a Dios mismo. Si te cansaste de los audios, por lo menos escuchá el Evangelio. Es lo mínimo que te pido». Escuchá la Palabra de Dios. Solo el que escucha siempre es capaz de volver a levantarse, de volver a empezar, de volver a creer y de darse cuenta de que la fe alegra el corazón. La fe entra por los oídos.
Casi sin querer me pasó algo muy lindo pensando en qué decir en el audio de hoy. Hoy tenía ganas de comentar algo sobre la necesidad que tenemos de escuchar para creer, quería seguir con el tema de la fe, algo bastante obvio, pero que siempre hay que volver a repetir, y me acordé de que san Pablo habla algo sobre esto en alguna de sus cartas. Busqué mi Biblia, esa que quiero tanto y que me acompaña desde que me decidí seguir a Cristo más de cerca, y la abrí con la intención de encontrar en alguna Carta de San Pablo lo que recordaba remotamente, pero con pocas esperanzas porque no me acordaba bien en dónde estaría. Providencialmente abrí en la Carta a los Romanos en el capítulo 10, versículo 14 donde dice: «Pero ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, sino se los envía?». Una maravilla, todavía estoy impresionado de cómo suceden a veces las cosas. Todo lo que deseo que pase día a día con estos audios se sintetiza en esta frase. Todo lo que desea el Padre que nos pase a cada uno de nosotros se explica en estas palabras de san Pablo. Para invocar a Jesús tenemos que creer en él, para creer en él tenemos que escuchar, para escuchar sobre él, alguien tiene que hablar sobre él y para hablar sobre Jesús alguien tiene que haber sido enviado a cumplir esa misión.
«Felices los que creen sin haber visto». Felices los que todavía confían en que Jesús resucitado está entre nosotros, aunque a veces no tengamos las pruebas que pretendemos. Felices los que creen que esas llagas fueron el motivo de la sanación y que las llagas y las heridas de nuestra vida también son causas de sanación para nosotros y para los demás. Felices los que creemos que creer nos hace felices.
Me animo a volver a decirte una vez y otra vez, y a mí también: «No te canses de escuchar, no te canses de volver a empezar, no te canses de escuchar la Palabra de Dios, que es escuchar a Dios mismo. Si te cansaste de los audios, por lo menos escuchá el Evangelio. Es lo mínimo que te pido». Escuchá la Palabra de Dios. Solo el que escucha siempre es capaz de volver a levantarse, de volver a empezar, de volver a creer y de darse cuenta de que la fe alegra el corazón. La fe entra por los oídos.
Casi sin querer me pasó algo muy lindo pensando en qué decir en el audio de hoy. Hoy tenía ganas de comentar algo sobre la necesidad que tenemos de escuchar para creer, quería seguir con el tema de la fe, algo bastante obvio, pero que siempre hay que volver a repetir, y me acordé de que san Pablo habla algo sobre esto en alguna de sus cartas. Busqué mi Biblia, esa que quiero tanto y que me acompaña desde que me decidí seguir a Cristo más de cerca, y la abrí con la intención de encontrar en alguna Carta de San Pablo lo que recordaba remotamente, pero con pocas esperanzas porque no me acordaba bien en dónde estaría. Providencialmente abrí en la Carta a los Romanos en el capítulo 10, versículo 14 donde dice: «Pero ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, sino se los envía?». Una maravilla, todavía estoy impresionado de cómo suceden a veces las cosas. Todo lo que deseo que pase día a día con estos audios se sintetiza en esta frase. Todo lo que desea el Padre que nos pase a cada uno de nosotros se explica en estas palabras de san Pablo. Para invocar a Jesús tenemos que creer en él, para creer en él tenemos que escuchar, para escuchar sobre él, alguien tiene que hablar sobre él y para hablar sobre Jesús alguien tiene que haber sido enviado a cumplir esa misión.
Jesús es el enviado desde el cielo por el Padre. Enviado desde la eternidad para hablarnos de su Padre, el tuyo y el mío. Te diría que una de las misiones más importantes de Jesús es mostrarnos el verdadero rostro de Dios que es Padre, Padre con todas las letras y con letras mayúsculas, Padre en serio, infinitamente más Padre de todo lo que te podés imaginar. Así lo dice Algo del Evangelio de hoy: «El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos». Es necesario comprender esto para que nuestra fe sea más plena. No es cuestión de creer cualquier cosa, hay que creer lo que Dios quiere que creamos. Hay que usar bien la palabra fe. Dios Padre envió a su Hijo para que diga sus palabras, para que hable en su nombre gracias a que los dos tienen un mismo Espíritu. El Padre puso todo en las manos de su Hijo y todo lo que escuchamos decir de Jesús es lo que dice el Padre. Por eso oír hablar a Jesús es oír hablar al Padre y oír hablar de Jesús es oír hablar del Padre, y por eso alguien tiene que predicar esto, alguien tiene que hablar de las palabras de Jesús, para que escuchándolo a él a todos los hombres puedan escuchar lo que el Padre del Cielo nos quiere decir: Los perdono, tengo misericordia de cada uno, quiero darles un abrazo de perdón, vuelvan a mí.
¿Te das cuenta por qué es tan importante escuchar, oír hablar a Jesús y oír hablar de Jesús? ¿Te das cuenta de por qué creer en Jesús nos hace veraces, de por qué creer en sus palabras nos da Vida eterna? Porque no hay otra palabra de Dios Padre para nosotros que no sea una palabra de amor, de verdad, de consuelo, de ánimo, de corrección, de perdón, de reproche cariñoso.
Todo para nuestro bien, todo para andar en la verdad y para amar.
No nos cansemos de escuchar, no te canses de escuchar. No te canses de oír la palabra de Dios. Si escuchás con constancia, cuando menos te des cuenta vas a tener más Vida. Vida con mayúscula, vida que no muere, aunque ande rondando la muerte. Vida que no se acaba, aunque las cosas se acaben. Por favor, no te canses de escuchar y no te canses de predicar. Todos somos enviados también a hablar de Jesús. No me canso de escuchar testimonios de personas que escucharon con sinceridad y con constancia la Palabra de Dios. No me canso de leer los testimonios que nos dejan en nuestra página contándonos lo bien que les ha hecho escuchar la Palabra de Dios. No te canses de ser apóstol de Jesús y de enviar la Palabra de Dios a otros para que se den cuenta que no hay nada más lindo que, día a día, escuchar lo que Dios nos quiere decir.
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p. Rodrigo Aguilar
¿Te das cuenta por qué es tan importante escuchar, oír hablar a Jesús y oír hablar de Jesús? ¿Te das cuenta de por qué creer en Jesús nos hace veraces, de por qué creer en sus palabras nos da Vida eterna? Porque no hay otra palabra de Dios Padre para nosotros que no sea una palabra de amor, de verdad, de consuelo, de ánimo, de corrección, de perdón, de reproche cariñoso.
Todo para nuestro bien, todo para andar en la verdad y para amar.
No nos cansemos de escuchar, no te canses de escuchar. No te canses de oír la palabra de Dios. Si escuchás con constancia, cuando menos te des cuenta vas a tener más Vida. Vida con mayúscula, vida que no muere, aunque ande rondando la muerte. Vida que no se acaba, aunque las cosas se acaben. Por favor, no te canses de escuchar y no te canses de predicar. Todos somos enviados también a hablar de Jesús. No me canso de escuchar testimonios de personas que escucharon con sinceridad y con constancia la Palabra de Dios. No me canso de leer los testimonios que nos dejan en nuestra página contándonos lo bien que les ha hecho escuchar la Palabra de Dios. No te canses de ser apóstol de Jesús y de enviar la Palabra de Dios a otros para que se den cuenta que no hay nada más lindo que, día a día, escuchar lo que Dios nos quiere decir.
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Viernes 17 de abril - Juan 6, 1-15 - II Viernes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 1-15
Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan.»
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»
Jesús le respondió: «Háganlos sentar.»
Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada.»
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo.»
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 1-15
Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan.»
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»
Jesús le respondió: «Háganlos sentar.»
Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada.»
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo.»
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.
Palabra del Señor.