Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Domingo 12 de abril - Juan 20, 19-31 - II Domingo de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31


Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 20, 19-31:

Este segundo Domingo de Pascua es también llamado el «Domingo de la Misericordia», la misericordia que viene de lo alto, de la divina misericordia, la misericordia que trajo Jesús enviado por su Padre. Este domingo fue instituido por san Juan Pablo II como el Domingo de la Misericordia, el segundo domingo de Pascua.
Domingo también en el que Jesús se aparece a sus discípulos, a nosotros, de alguna manera, para darles la paz, para darnos la paz. Se aparece a nosotros para decirnos: «¡La paz esté con ustedes! En este domingo quiero darte paz y darles el poder de perdonar y de retener, para darnos el poder de perdonar los pecados y de retenérselos a los demás». Qué cosa tan seria este mandato de Jesús, para darles el Espíritu, soplando sobre ellos y hacerlos apóstoles de la misericordia. Y también, de algún modo, a vos y a mí.
Domingo también en el que la incredulidad de Tomás nos ayuda también a afirmar nuestra fe. Como siempre, la debilidad siempre finalmente triunfa, porque la fuerza de Dios triunfa en la debilidad del hombre. «Felices los que creen sin haber visto», dice Jesús. Nosotros somos parte de esa humanidad que cree sin ver. Nosotros somos felices. ¿Somos felices por creer sin ver? Es el gran elogio de Jesús para toda la generación de cristianos que creyeron en él sin haberlo visto. Nosotros somos los que no vimos, pero creemos. Nos veníamos preguntando en esta semana: ¿creemos? ¿Por qué creemos? «Porque ustedes lo aman sin haberlo visto –dice san Juan– y creyendo en él sin verlo todavía». Somos felices porque la misericordia ya no es una palabra linda para aplicar, sino que es una Persona, una Persona con sus llagas todavía en sus manos y en su costado, con sus llagas resucitadas, llagas que ya no duelen y que, por eso, son llagas que curan a aquellos que buscan ser curados.
Hoy es un día en el que Jesús a los que estamos cerca, a sus discípulos, a vos y a mí, nos sopla otra vez sobre el corazón y nos dice al oído: «Vos sos apóstol de la misericordia. Sos enviado a llevar la misma misericordia que yo te di». Dejémonos soplar hoy por Jesús al corazón –que nos quiere derramar su Espíritu Santo– y que nos diga: «Vos sos apóstol de la misericordia». Somos los encargados de hacer llegar a los demás la paz y el amor de Jesús que quiere perdonar, pero con misericordia, no de cualquier manera. Perdonar con la medicina de la misericordia quiere perdonar para sacarnos de ahí, quiere perdonarnos para sanar y resucitar.
Nosotros estamos viviendo esta Pascua y queremos transformarnos en apóstoles de la misericordia, porque hemos recibido esa misericordia. Jesús trae paz, es lo primero que hace. No da muchas explicaciones ni indicaciones, no nos dice qué es lo que tenemos que hacer, no explica muchas cosas sobre cómo resucitó o cómo habrá sido ese momento, sino que les mostró las manos y el costado, mostró sus heridas, las heridas que nos curaron. Porque las heridas son la «marca» del amor, heridas causadas por tanto odio, pero vencidas con tanto amor. Sin embargo, las heridas siguen, las marcas quedan. La paz proviene de experimentar que Jesús cura y sana, aunque esas marcas no se vayan. Jesús aparece de un modo nuevo, pero, al mismo tiempo, no queriendo ocultar las marcas del dolor, las marcas del amor.
Es entendible la reacción de Tomás, seguramente vos y yo hubiésemos echo lo mismo. Quiere saber si ese que se apareció es el mismo que sufrió por él. ¿No será eso? Es también lo mismo que hubiéramos hecho nosotros. Quiere asegurarse tocando sus llagas, o sea, las marcas del amor. La prueba de la resurrección para Tomás no es verle la cara al Señor, sino el tocar sus llagas. ¡Qué misterio! Sus heridas nos han curado. No sabemos si lo llegó a hacer, pero sí sabemos que Jesús se lo propuso.
¿Por qué Jesús Resucitado se muestra llagado? ¿Por qué la resurrección no eliminó tanto rastro de dolor, todo rastro del pasado? Para mostrar que el amor sanó al dolor, aunque las marcas queden.
Lo mismo pasa en nuestras vidas, lo que nos sana es el amor, y el amor no quita muchas veces las heridas, sino que las «suaviza», las deja en paz, les da la unción de la misericordia para que podamos volver a renacer. No quieras vivir como si nada hubiese pasado en tu vida, como si no importaran las «marcas». Las marcas del dolor son las huellas del amor, dijimos. La resurrección de Jesús no es, de alguna manera, borrón y cuenta nueva, sino que es vida nueva, haciendo nuevo el pasado con todo su dolor.
«Dentro de tus llagas escóndeme», dice la oración de san Ignacio de Loyola. Pidámosle eso al Señor hoy, que nos escondamos dentro de sus llagas para poder experimentar tanto amor, tanta misericordia que hemos recibido y tanta misericordia que tenemos para dar a los demás. A aquellos que ven a un Dios lejano, a un Dios que no viene a amar sino a dar indicaciones, mostrémosles que en realidad Jesús es un Dios de misericordia, que viene a perdonar y a curar nuestros dolores.

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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 13 de abril - Juan 3, 1-8 – II Lunes de pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 1-8


Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él.»
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»
Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?»
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Ustedes tienen que renacer de lo alto."
El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 3, 1-8:

Se puede nacer de nuevo habiendo ya nacido. Se puede volver a nacer. Se puede volver a empezar después de haber terminado. Podemos levantarnos otra vez habiéndonos caído. Se puede pedir perdón habiéndolo negado. Se puede volver a creer habiendo desconfiado tantas veces. Podemos salir de la cama aun queriendo quedarnos para siempre a descansar. Se puede volver a abrazar si cerraste los brazos. Se puede alcanzar la paciencia habiéndola perdido. Se puede pasar del odio al amor y quedarse ahí para siempre. Se puede volver a la gracia después de haber pecado.
Así podríamos seguir un día entero, diciendo frases parecidas. Pero no quiero decirte frases lindas y nada más. Quiero que comprendamos que esto es verdad, es real. Y seguro que, si te lo ponés a pensar, en tu vida seguro que te pasó tantas veces. No quiero que escuchemos lindos “slogans” de que se puede y se puede, aunque sean verdad. Si no, quiero que empecemos este lunes con ganas de “nacer de nuevo”, de “resucitar”, porque en definitiva es lo mismo. Resucita el que nace de nuevo, se nace de nuevo resucitando. Dios quiera que el día de la Divina Misericordia de ayer, nos haya llenado de alegría el corazón, como a los discípulos, con ese soplido de Jesús que los llenó del Espíritu Santo para que ellos también lleven paz a los demás.
Jesús nos «asegura que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» El que no empieza este lunes con deseos de “volver a empezar” en serio. Con ganas de levantarse y amar a los que Dios ponga en nuestro camino, no podrá ver el Reino de Dios en lo concreto de este día. ¿Quién es capaz de reconocer en lo sencillo de cada día el Reinado de un Dios que está vivo y nos sigue amando a cada instante? El que oye la voz del Espíritu, que es como el viento, no se ve y no se sabe muchas veces de dónde viene y a dónde va.
Algo del evangelio de hoy nos anima a ponernos en el lugar de Nicodemo. Este fariseo que, por temor a la represalia o a la burla, fue a ver a Jesús de noche para que nadie sepa que creía en él. ¿Cuántas veces andamos así por la vida, por nuestra familia, por nuestros trabajos, universidades, grupos, como si fuera de noche, ocultándonos del amor de Jesús? De que otros sepan que amamos a Jesús. Queriéndonos encontrar con Jesús sin que nadie lo sepa ¿Cuántas veces hemos ocultado nuestro amor a Jesús por respetos humanos, por vergüenza, por temor? Qué lindo que es cuando “nacemos de nuevo” y ya no nos da miedo que de nuestros labios salga la palabra: Jesús. Qué lindo que es escuchar cristianos que por haber “nacido de lo alto” ya no le temen al ridículo. Como esa chica que me contó una vez que después de su conversión, gracias a un retiro, decidió pasar una Navidad distinta al darse cuenta que las navidades en su familia eran vacías. ¿Qué hizo? Frenó la cena de Navidad para decirles a sus familiares que el sentido de esa noche era otro, no solo comer y recibir regalos. Les habló de Jesús, sin miedo, con lágrimas en los ojos. ¿Sabés qué pasó? Todos terminaron llorando y viviendo una Navidad distinta, más profunda. Eso pasa cuando alguien se anima a salir de la oscuridad y mostrar que ama a Jesús, que Jesús le cambió la vida. Eso tenemos que hacer nosotros hoy. No importa. Como podamos, donde estemos, por las redes, por un mensaje, con una llamada, como sea. Tenemos que gritarle al mundo que Jesús nos cambió la vida.
Se puede volver a nacer, se puede resucitar, se puede recibir la gracia que viene de lo alto. Hay que pedirla. Por cincuenta días seguiremos en el tiempo pascual. Tiempo para disfrutar y pedir la gracia de volver a nacer. Pensá y rezá, seguro que tenés “algún muerto” en tu corazón para resucitar. Todos tenemos algún muerto guardado por ahí. Seguro que tenés un motivo para volver a empezar, para volver a nacer.
Quería recordarte que, si querés recibir los audios directamente en tu celular, podés bajarte la aplicación de Telegram y buscar nuestro canal @algodelevangelio o bien buscarnos por los distintos medios, por las redes, en nuestra App Algo del Evangelio en Play Store, o en nuestra web www.algodelevangelio.org, por YouTube, por Face. Ayudanos, acompañanos a distribuir la Palabra de Dios a más corazones. Ayudanos a que más corazones se sientan amados por Jesús y puedan resucitar en esta Pascua, una vez más. Como nos pasó a nosotros, a vos y a mí.

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p. Rodrigo Aguilar
Martes 14 de abril - Juan 3, 7b-15 - II Martes de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 7b-15


Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»
«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»
«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.
Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.
Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 3, 7b-15:

«¡Felices los que creen sin haber visto!», me parece que puede transformarse en la frase de esta semana que nos acompañe, en este tiempo en el que parece que vemos cada vez menos. Sin embargo, Jesús está mostrándonos su llaga, su costado, diciéndonos: «Esta es la prueba de mi amor. Yo te amo porque estas marcas, este dolor lo sufrí por vos». Hace unos días, o no sé, alguien alguna vez me preguntó: «¿Cómo es esto de que la fe es un don?, ¿cómo es posible que alguien tenga fe y otros no?, ¿cómo puede ser que Dios les dé la fe a algunos y a otros no?». Bueno, es todo un tema que supera lo que podemos decir en un audio. Solo me animo a decirte que es bueno preguntarse, cuestionarse. Es bueno cuestionarse con espíritu abierto para poder encontrar respuestas que afirmen lo que creemos, que ayuden a creer mejor. La fe no es para tontos, como decimos a veces. No, no es para tontos, creer es de inteligentes. Es, a veces, medio despectivo aquellos que creen que los que tienen fe son medios tontos o no quieren pensar, al contrario. Por eso, como Tomás, también a veces dudar nos ayuda a afirmar nuestra fe. La duda de Tomás se convirtió en un «Señor mío y Dios mío».
Jesús utiliza todas nuestras debilidades para confirmarnos en la fe, para que creamos más. Sin embargo, retomando un poco lo de recién, en realidad es más lógico poder llegar a argumentar la fe que argumentar el sin sentido, el ateísmo. Pero bueno, ese es otro tema. Por ahora es bueno quedarse con lo esencial. No creeríamos en Cristo si no hubiéramos recibido una gracia que viene de lo alto, de arriba, si no hubiéramos sido atraídos por el Padre. Así lo dice Jesús: «Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae». Eso quiere decir que el impulso interior para acercarnos a Jesús viene como don, ahora… la respuesta a ese impulso depende de nuestra libertad, de nuestra elección, que de alguna manera nunca es definitiva, nunca podemos decir «ya está», ya creo en forma plena y completa, ya alcancé la meta, ya terminé. Siempre hay que volver a empezar, volver a creer, confiar, decir que sí una vez más, abandonarse más, aceptar más, ser cada día más feliz de la mano de Jesús que nos lleva así al cielo con alegría.
Por eso en Algo del Evangelio de hoy, de alguna manera, nos ayuda a considerar este misterio increíble, aunque es creíble, aunque parezca contradictorio, el misterio de tener fe. Felices los que creen que es posible renacer de lo alto, nacer de nuevo, volver a empezar. Felices los que creen en estas palabras de Jesús, las palabras que Nicodemo no pudo entender en su momento y que nosotros hoy volvemos a escuchar. Felices los que creen y confían, porque la confianza da felicidad, la confianza en Jesús, la confianza en su Palabra nos pone en una órbita diferente, por decir así, porque nos ayuda a despojarnos un poco de toda pretensión de tenerlo todo bajo nuestro dominio, todo controlado, las personas y las cosas, las situaciones, el futuro, el pasado. No. Feliz el que es sencillo, el que no es rebuscado y cree con convicción sin esperar comprobaciones «científicas» a todo lo que pasa –aunque la ciencia hace mucho bien, pero ese es otro tema–, a todo lo que ve, o sea, buscar todo el día comprobación de todo lo que ve. Feliz el que ve más allá de lo que ve. Pero en eso que ve, descubre cosas buenas, cosas lindas, cosas verdaderas y no se queda en lo superficial, en lo mundano, en lo feo que se ve de afuera.
Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». ¿No será que vos y yo también, que nosotros también? ¿No será que nosotros necesitamos volver a nacer de tantas cosas que han muerto en nuestra vida? Volvé a nacer, mirá a tu corazón, date cuenta que tenés mucho todavía para vivir, para dar, tenés mucho que resucitar también. La Pascua es volver a nacer. Siempre se puede volver a nacer en lo espiritual. Nunca pienses que estás muerto. No te quedes ahí tirado, no pienses que el pecado te derrotó. Jamás. Jamás con Jesús el pecado nos derrotará, aunque tengas muchos años, aunque estés enfermo y tu cuerpo no pueda más.
Lo importante es que no muera tu interior, tus ganas de creer y vivir, de ser feliz, de darte cuenta de que tenés a alguien para amar al lado tuyo.
Una vez, visitando a una señora enferma, postrada le pregunté cómo se sentía, me dijo: «Padre, me duele mucho el cuerpo, pero lo peor, lo que más me duele, es el alma». Tenía motivos para quejarse y sentirse mal, pero en su dolor supo percibir que el peor dolor de todos es el del alma, el de estar muertos en vida. Nosotros hoy podemos elegir la vida o la muerte, elegir el amor o el egoísmo. Nosotros podemos renacer de lo alto. Podemos creer más, tener más vida y ser felices junto a Jesús. Háblale, escúchalo, abrile tu corazón.

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p. Rodrigo Aguilar