Comentario a Marcos 16, 9-15
Por qué no intentar en este sábado de la Octava de Pascua, con la cual terminamos esta celebración de este gran día que es la Pascua, el «paso» de la muerte a la vida, de la resurrección del Señor, el «paso» de nuestro Señor por ese abismo al cual nadie quiere. Por qué no intentar lo que no hacemos hace tiempo que es hacer una síntesis de los evangelios de esta semana, que son tan ricos y nos pueden ayudar muchísimo finalmente a vivir la experiencia real y concreta de que Jesús está vivo, en nuestra vida. Porque, en definitiva, de eso se trata ser cristiano: en descubrir la presencia de Dios real y concreta en nuestra vida como una persona a la cual queremos seguir porque nos enamoramos, porque descubrimos su amor. Eso es ser cristiano. «No se empieza a ser cristiano por una idea o por una doctrina, sino que se empieza a ser cristiano verdaderamente cuando nos encontramos con una Persona, o cuando esa Persona cambia el rumbo de nuestra vida», así lo decía, de algún modo, en su momento el papa Benedicto XVI, nos cambia el sentido de la vida. Como decía san Juan Pablo II: «Cristo nos da todo, no quita nada; no tengan miedo a Cristo, ábranle las puertas de par en par».
Bueno, en esta semana de Pascua de la Octava, hemos contemplado estos evangelios donde se nos muestra a Jesús que se aparece a sus amigos, a sus discípulos, a las mujeres, y por qué no pensar también en la aparición de Jesús a su madre, la Virgen Santísima, que, aunque no está relatada en los evangelios, también podemos imaginarla, tal como lo plantea san Ignacio de Loyola. Es una oportunidad para poder reflejarnos y vernos también cómo en nuestra vida, Jesús, de alguna manera, se nos «apareció», se nos manifestó, aunque siempre de algún modo «velado», oculto; por eso tenemos que hacer un esfuerzo, por eso tenemos que abrir las puertas de nuestro corazón. Y para repasar y ver algunas frases, algunas situaciones de los evangelios de esta semana nos pueden ayudar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede tomar el Evangelio que más les gusta, incluso el de hoy; porque Algo del Evangelio de hoy es como una especie de «resumen» de los evangelios de la semana.
Por qué no intentar en este sábado de la Octava de Pascua, con la cual terminamos esta celebración de este gran día que es la Pascua, el «paso» de la muerte a la vida, de la resurrección del Señor, el «paso» de nuestro Señor por ese abismo al cual nadie quiere. Por qué no intentar lo que no hacemos hace tiempo que es hacer una síntesis de los evangelios de esta semana, que son tan ricos y nos pueden ayudar muchísimo finalmente a vivir la experiencia real y concreta de que Jesús está vivo, en nuestra vida. Porque, en definitiva, de eso se trata ser cristiano: en descubrir la presencia de Dios real y concreta en nuestra vida como una persona a la cual queremos seguir porque nos enamoramos, porque descubrimos su amor. Eso es ser cristiano. «No se empieza a ser cristiano por una idea o por una doctrina, sino que se empieza a ser cristiano verdaderamente cuando nos encontramos con una Persona, o cuando esa Persona cambia el rumbo de nuestra vida», así lo decía, de algún modo, en su momento el papa Benedicto XVI, nos cambia el sentido de la vida. Como decía san Juan Pablo II: «Cristo nos da todo, no quita nada; no tengan miedo a Cristo, ábranle las puertas de par en par».
Bueno, en esta semana de Pascua de la Octava, hemos contemplado estos evangelios donde se nos muestra a Jesús que se aparece a sus amigos, a sus discípulos, a las mujeres, y por qué no pensar también en la aparición de Jesús a su madre, la Virgen Santísima, que, aunque no está relatada en los evangelios, también podemos imaginarla, tal como lo plantea san Ignacio de Loyola. Es una oportunidad para poder reflejarnos y vernos también cómo en nuestra vida, Jesús, de alguna manera, se nos «apareció», se nos manifestó, aunque siempre de algún modo «velado», oculto; por eso tenemos que hacer un esfuerzo, por eso tenemos que abrir las puertas de nuestro corazón. Y para repasar y ver algunas frases, algunas situaciones de los evangelios de esta semana nos pueden ayudar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede tomar el Evangelio que más les gusta, incluso el de hoy; porque Algo del Evangelio de hoy es como una especie de «resumen» de los evangelios de la semana.
Marcos sintetiza tres apariciones y las hace bien concretas y sencillas; en cambio, los otros evangelistas se explayan un poco más. Entonces utilicemos esta especie de «síntesis» del Evangelio de Marcos de hoy para ver la síntesis de esta semana y quedarnos con una frase, con una situación, con algo que nos pueda ayude a rezar, a emocionarnos, a volver a nuestra Galilea, a descubrir aquel momento en el cual nos encontramos con él y ahora por ahí todo está «apagado»; o no, o nos encontramos en esta Pascua con Jesús más plenamente y esto nos impulsa a seguirlo con alegría; o no, y estamos en la apatía total... Pidamos la gracia, pidámosle al Señor poder encontrarlo, pidámosle al Señor como decía el Evangelio del lunes: alegrarnos. «Alégrense», decía Jesús. Pidamos alegrarnos verdaderamente con la presencia de Jesús Resucitado. Y Jesús nos plantea –como el lunes– ir a Galilea; ir a ese lugar original donde lo conocimos alguna vez, donde escuchamos hablar de él y por ahí nos olvidamos... Pensá en eso, y cómo las mujeres se postraron y se tiraron a sus pies de la emoción.
El martes veíamos cómo Jesús consolaba también a María diciéndole: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Y podríamos dejar que Jesús nos pregunte qué es lo que nos pasa, por qué lloramos, por qué a veces seguimos en la tristeza, por qué nos desanimamos tan fácil. Jesús nos viene a traer alegría y paz. Y aunque a veces conviva con la tristeza, la paz que viene a traer Jesús es una paz que nos da la certeza de su presencia.
O también como el miércoles, pensar en la presencia de Jesús con los discípulos de Emaús, que los acompaña, aunque ellos no se dan cuenta. Él siempre está a nuestro lado, aunque no lo vemos, siempre dispuesto a explicarnos las Escrituras para que «arda» nuestro corazón y que finalmente se nos manifiesta en la Eucaristía para poder experimentarlo verdaderamente.
Y así el jueves veíamos cómo Jesús nos trae la paz: «La paz esté con ustedes»; y al mostrarles sus manos y sus pies, los discípulos se llenaban de alegría y admiración, pero también, por otro lado, se resistían a creer. A veces nos cuesta creer. Pidamos la gracia de creer. Él está, está presente.
Y ayer ese gran Evangelio de la pesca milagrosa donde Juan pega el grito: «¡Es el Señor!», y Pedro desaforadamente, pero lleno de amor, se tira al mar y recorre cien metros para encontrar a su Señor; toda una prueba de su inmenso amor.
Ojalá tuviéramos ese deseo profundo de que cuando nos dicen «allá está el Señor», pudiéramos tiranos de cabeza –por decirlo así–, jugarnos la vida, cambiar el rumbo de nuestra vida para transmitir la alegría de Jesús Resucitado.
Ojalá que esta semana de Pascua nos encienda de vuelta en lo profundo de nuestro corazón para decir: «Vale la pena ser cristiano, vale la pena creer en Jesús, vale la pena hablarle a los demás sin miedo de que Jesús está vivo». Cómo nos cuesta a veces, ¿no?, cómo nos cuesta hablar en nuestros ambientes de nuestro Señor como alguien concreto, como una Persona a la cual amamos.
Ser cristiano es seguir a Jesús, ser cristiano es enamorarse de él y no tener vergüenza de ser testigos de su resurrección.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
El martes veíamos cómo Jesús consolaba también a María diciéndole: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Y podríamos dejar que Jesús nos pregunte qué es lo que nos pasa, por qué lloramos, por qué a veces seguimos en la tristeza, por qué nos desanimamos tan fácil. Jesús nos viene a traer alegría y paz. Y aunque a veces conviva con la tristeza, la paz que viene a traer Jesús es una paz que nos da la certeza de su presencia.
O también como el miércoles, pensar en la presencia de Jesús con los discípulos de Emaús, que los acompaña, aunque ellos no se dan cuenta. Él siempre está a nuestro lado, aunque no lo vemos, siempre dispuesto a explicarnos las Escrituras para que «arda» nuestro corazón y que finalmente se nos manifiesta en la Eucaristía para poder experimentarlo verdaderamente.
Y así el jueves veíamos cómo Jesús nos trae la paz: «La paz esté con ustedes»; y al mostrarles sus manos y sus pies, los discípulos se llenaban de alegría y admiración, pero también, por otro lado, se resistían a creer. A veces nos cuesta creer. Pidamos la gracia de creer. Él está, está presente.
Y ayer ese gran Evangelio de la pesca milagrosa donde Juan pega el grito: «¡Es el Señor!», y Pedro desaforadamente, pero lleno de amor, se tira al mar y recorre cien metros para encontrar a su Señor; toda una prueba de su inmenso amor.
Ojalá tuviéramos ese deseo profundo de que cuando nos dicen «allá está el Señor», pudiéramos tiranos de cabeza –por decirlo así–, jugarnos la vida, cambiar el rumbo de nuestra vida para transmitir la alegría de Jesús Resucitado.
Ojalá que esta semana de Pascua nos encienda de vuelta en lo profundo de nuestro corazón para decir: «Vale la pena ser cristiano, vale la pena creer en Jesús, vale la pena hablarle a los demás sin miedo de que Jesús está vivo». Cómo nos cuesta a veces, ¿no?, cómo nos cuesta hablar en nuestros ambientes de nuestro Señor como alguien concreto, como una Persona a la cual amamos.
Ser cristiano es seguir a Jesús, ser cristiano es enamorarse de él y no tener vergüenza de ser testigos de su resurrección.
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Domingo 12 de abril - Juan 20, 19-31 - II Domingo de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 20, 19-31:
Este segundo Domingo de Pascua es también llamado el «Domingo de la Misericordia», la misericordia que viene de lo alto, de la divina misericordia, la misericordia que trajo Jesús enviado por su Padre. Este domingo fue instituido por san Juan Pablo II como el Domingo de la Misericordia, el segundo domingo de Pascua.
Domingo también en el que Jesús se aparece a sus discípulos, a nosotros, de alguna manera, para darles la paz, para darnos la paz. Se aparece a nosotros para decirnos: «¡La paz esté con ustedes! En este domingo quiero darte paz y darles el poder de perdonar y de retener, para darnos el poder de perdonar los pecados y de retenérselos a los demás». Qué cosa tan seria este mandato de Jesús, para darles el Espíritu, soplando sobre ellos y hacerlos apóstoles de la misericordia. Y también, de algún modo, a vos y a mí.
Domingo también en el que la incredulidad de Tomás nos ayuda también a afirmar nuestra fe. Como siempre, la debilidad siempre finalmente triunfa, porque la fuerza de Dios triunfa en la debilidad del hombre. «Felices los que creen sin haber visto», dice Jesús. Nosotros somos parte de esa humanidad que cree sin ver. Nosotros somos felices. ¿Somos felices por creer sin ver? Es el gran elogio de Jesús para toda la generación de cristianos que creyeron en él sin haberlo visto. Nosotros somos los que no vimos, pero creemos. Nos veníamos preguntando en esta semana: ¿creemos? ¿Por qué creemos? «Porque ustedes lo aman sin haberlo visto –dice san Juan– y creyendo en él sin verlo todavía». Somos felices porque la misericordia ya no es una palabra linda para aplicar, sino que es una Persona, una Persona con sus llagas todavía en sus manos y en su costado, con sus llagas resucitadas, llagas que ya no duelen y que, por eso, son llagas que curan a aquellos que buscan ser curados.
Este segundo Domingo de Pascua es también llamado el «Domingo de la Misericordia», la misericordia que viene de lo alto, de la divina misericordia, la misericordia que trajo Jesús enviado por su Padre. Este domingo fue instituido por san Juan Pablo II como el Domingo de la Misericordia, el segundo domingo de Pascua.
Domingo también en el que Jesús se aparece a sus discípulos, a nosotros, de alguna manera, para darles la paz, para darnos la paz. Se aparece a nosotros para decirnos: «¡La paz esté con ustedes! En este domingo quiero darte paz y darles el poder de perdonar y de retener, para darnos el poder de perdonar los pecados y de retenérselos a los demás». Qué cosa tan seria este mandato de Jesús, para darles el Espíritu, soplando sobre ellos y hacerlos apóstoles de la misericordia. Y también, de algún modo, a vos y a mí.
Domingo también en el que la incredulidad de Tomás nos ayuda también a afirmar nuestra fe. Como siempre, la debilidad siempre finalmente triunfa, porque la fuerza de Dios triunfa en la debilidad del hombre. «Felices los que creen sin haber visto», dice Jesús. Nosotros somos parte de esa humanidad que cree sin ver. Nosotros somos felices. ¿Somos felices por creer sin ver? Es el gran elogio de Jesús para toda la generación de cristianos que creyeron en él sin haberlo visto. Nosotros somos los que no vimos, pero creemos. Nos veníamos preguntando en esta semana: ¿creemos? ¿Por qué creemos? «Porque ustedes lo aman sin haberlo visto –dice san Juan– y creyendo en él sin verlo todavía». Somos felices porque la misericordia ya no es una palabra linda para aplicar, sino que es una Persona, una Persona con sus llagas todavía en sus manos y en su costado, con sus llagas resucitadas, llagas que ya no duelen y que, por eso, son llagas que curan a aquellos que buscan ser curados.
Hoy es un día en el que Jesús a los que estamos cerca, a sus discípulos, a vos y a mí, nos sopla otra vez sobre el corazón y nos dice al oído: «Vos sos apóstol de la misericordia. Sos enviado a llevar la misma misericordia que yo te di». Dejémonos soplar hoy por Jesús al corazón –que nos quiere derramar su Espíritu Santo– y que nos diga: «Vos sos apóstol de la misericordia». Somos los encargados de hacer llegar a los demás la paz y el amor de Jesús que quiere perdonar, pero con misericordia, no de cualquier manera. Perdonar con la medicina de la misericordia quiere perdonar para sacarnos de ahí, quiere perdonarnos para sanar y resucitar.
Nosotros estamos viviendo esta Pascua y queremos transformarnos en apóstoles de la misericordia, porque hemos recibido esa misericordia. Jesús trae paz, es lo primero que hace. No da muchas explicaciones ni indicaciones, no nos dice qué es lo que tenemos que hacer, no explica muchas cosas sobre cómo resucitó o cómo habrá sido ese momento, sino que les mostró las manos y el costado, mostró sus heridas, las heridas que nos curaron. Porque las heridas son la «marca» del amor, heridas causadas por tanto odio, pero vencidas con tanto amor. Sin embargo, las heridas siguen, las marcas quedan. La paz proviene de experimentar que Jesús cura y sana, aunque esas marcas no se vayan. Jesús aparece de un modo nuevo, pero, al mismo tiempo, no queriendo ocultar las marcas del dolor, las marcas del amor.
Es entendible la reacción de Tomás, seguramente vos y yo hubiésemos echo lo mismo. Quiere saber si ese que se apareció es el mismo que sufrió por él. ¿No será eso? Es también lo mismo que hubiéramos hecho nosotros. Quiere asegurarse tocando sus llagas, o sea, las marcas del amor. La prueba de la resurrección para Tomás no es verle la cara al Señor, sino el tocar sus llagas. ¡Qué misterio! Sus heridas nos han curado. No sabemos si lo llegó a hacer, pero sí sabemos que Jesús se lo propuso.
¿Por qué Jesús Resucitado se muestra llagado? ¿Por qué la resurrección no eliminó tanto rastro de dolor, todo rastro del pasado? Para mostrar que el amor sanó al dolor, aunque las marcas queden.
Lo mismo pasa en nuestras vidas, lo que nos sana es el amor, y el amor no quita muchas veces las heridas, sino que las «suaviza», las deja en paz, les da la unción de la misericordia para que podamos volver a renacer. No quieras vivir como si nada hubiese pasado en tu vida, como si no importaran las «marcas». Las marcas del dolor son las huellas del amor, dijimos. La resurrección de Jesús no es, de alguna manera, borrón y cuenta nueva, sino que es vida nueva, haciendo nuevo el pasado con todo su dolor.
«Dentro de tus llagas escóndeme», dice la oración de san Ignacio de Loyola. Pidámosle eso al Señor hoy, que nos escondamos dentro de sus llagas para poder experimentar tanto amor, tanta misericordia que hemos recibido y tanta misericordia que tenemos para dar a los demás. A aquellos que ven a un Dios lejano, a un Dios que no viene a amar sino a dar indicaciones, mostrémosles que en realidad Jesús es un Dios de misericordia, que viene a perdonar y a curar nuestros dolores.
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algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Nosotros estamos viviendo esta Pascua y queremos transformarnos en apóstoles de la misericordia, porque hemos recibido esa misericordia. Jesús trae paz, es lo primero que hace. No da muchas explicaciones ni indicaciones, no nos dice qué es lo que tenemos que hacer, no explica muchas cosas sobre cómo resucitó o cómo habrá sido ese momento, sino que les mostró las manos y el costado, mostró sus heridas, las heridas que nos curaron. Porque las heridas son la «marca» del amor, heridas causadas por tanto odio, pero vencidas con tanto amor. Sin embargo, las heridas siguen, las marcas quedan. La paz proviene de experimentar que Jesús cura y sana, aunque esas marcas no se vayan. Jesús aparece de un modo nuevo, pero, al mismo tiempo, no queriendo ocultar las marcas del dolor, las marcas del amor.
Es entendible la reacción de Tomás, seguramente vos y yo hubiésemos echo lo mismo. Quiere saber si ese que se apareció es el mismo que sufrió por él. ¿No será eso? Es también lo mismo que hubiéramos hecho nosotros. Quiere asegurarse tocando sus llagas, o sea, las marcas del amor. La prueba de la resurrección para Tomás no es verle la cara al Señor, sino el tocar sus llagas. ¡Qué misterio! Sus heridas nos han curado. No sabemos si lo llegó a hacer, pero sí sabemos que Jesús se lo propuso.
¿Por qué Jesús Resucitado se muestra llagado? ¿Por qué la resurrección no eliminó tanto rastro de dolor, todo rastro del pasado? Para mostrar que el amor sanó al dolor, aunque las marcas queden.
Lo mismo pasa en nuestras vidas, lo que nos sana es el amor, y el amor no quita muchas veces las heridas, sino que las «suaviza», las deja en paz, les da la unción de la misericordia para que podamos volver a renacer. No quieras vivir como si nada hubiese pasado en tu vida, como si no importaran las «marcas». Las marcas del dolor son las huellas del amor, dijimos. La resurrección de Jesús no es, de alguna manera, borrón y cuenta nueva, sino que es vida nueva, haciendo nuevo el pasado con todo su dolor.
«Dentro de tus llagas escóndeme», dice la oración de san Ignacio de Loyola. Pidámosle eso al Señor hoy, que nos escondamos dentro de sus llagas para poder experimentar tanto amor, tanta misericordia que hemos recibido y tanta misericordia que tenemos para dar a los demás. A aquellos que ven a un Dios lejano, a un Dios que no viene a amar sino a dar indicaciones, mostrémosles que en realidad Jesús es un Dios de misericordia, que viene a perdonar y a curar nuestros dolores.
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Lunes 13 de abril - Juan 3, 1-8 – II Lunes de pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 1-8
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él.»
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»
Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?»
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Ustedes tienen que renacer de lo alto."
El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 1-8
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él.»
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»
Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?»
Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Ustedes tienen que renacer de lo alto."
El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 3, 1-8:
Se puede nacer de nuevo habiendo ya nacido. Se puede volver a nacer. Se puede volver a empezar después de haber terminado. Podemos levantarnos otra vez habiéndonos caído. Se puede pedir perdón habiéndolo negado. Se puede volver a creer habiendo desconfiado tantas veces. Podemos salir de la cama aun queriendo quedarnos para siempre a descansar. Se puede volver a abrazar si cerraste los brazos. Se puede alcanzar la paciencia habiéndola perdido. Se puede pasar del odio al amor y quedarse ahí para siempre. Se puede volver a la gracia después de haber pecado.
Así podríamos seguir un día entero, diciendo frases parecidas. Pero no quiero decirte frases lindas y nada más. Quiero que comprendamos que esto es verdad, es real. Y seguro que, si te lo ponés a pensar, en tu vida seguro que te pasó tantas veces. No quiero que escuchemos lindos “slogans” de que se puede y se puede, aunque sean verdad. Si no, quiero que empecemos este lunes con ganas de “nacer de nuevo”, de “resucitar”, porque en definitiva es lo mismo. Resucita el que nace de nuevo, se nace de nuevo resucitando. Dios quiera que el día de la Divina Misericordia de ayer, nos haya llenado de alegría el corazón, como a los discípulos, con ese soplido de Jesús que los llenó del Espíritu Santo para que ellos también lleven paz a los demás.
Jesús nos «asegura que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» El que no empieza este lunes con deseos de “volver a empezar” en serio. Con ganas de levantarse y amar a los que Dios ponga en nuestro camino, no podrá ver el Reino de Dios en lo concreto de este día. ¿Quién es capaz de reconocer en lo sencillo de cada día el Reinado de un Dios que está vivo y nos sigue amando a cada instante? El que oye la voz del Espíritu, que es como el viento, no se ve y no se sabe muchas veces de dónde viene y a dónde va.
Se puede nacer de nuevo habiendo ya nacido. Se puede volver a nacer. Se puede volver a empezar después de haber terminado. Podemos levantarnos otra vez habiéndonos caído. Se puede pedir perdón habiéndolo negado. Se puede volver a creer habiendo desconfiado tantas veces. Podemos salir de la cama aun queriendo quedarnos para siempre a descansar. Se puede volver a abrazar si cerraste los brazos. Se puede alcanzar la paciencia habiéndola perdido. Se puede pasar del odio al amor y quedarse ahí para siempre. Se puede volver a la gracia después de haber pecado.
Así podríamos seguir un día entero, diciendo frases parecidas. Pero no quiero decirte frases lindas y nada más. Quiero que comprendamos que esto es verdad, es real. Y seguro que, si te lo ponés a pensar, en tu vida seguro que te pasó tantas veces. No quiero que escuchemos lindos “slogans” de que se puede y se puede, aunque sean verdad. Si no, quiero que empecemos este lunes con ganas de “nacer de nuevo”, de “resucitar”, porque en definitiva es lo mismo. Resucita el que nace de nuevo, se nace de nuevo resucitando. Dios quiera que el día de la Divina Misericordia de ayer, nos haya llenado de alegría el corazón, como a los discípulos, con ese soplido de Jesús que los llenó del Espíritu Santo para que ellos también lleven paz a los demás.
Jesús nos «asegura que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» El que no empieza este lunes con deseos de “volver a empezar” en serio. Con ganas de levantarse y amar a los que Dios ponga en nuestro camino, no podrá ver el Reino de Dios en lo concreto de este día. ¿Quién es capaz de reconocer en lo sencillo de cada día el Reinado de un Dios que está vivo y nos sigue amando a cada instante? El que oye la voz del Espíritu, que es como el viento, no se ve y no se sabe muchas veces de dónde viene y a dónde va.
Algo del evangelio de hoy nos anima a ponernos en el lugar de Nicodemo. Este fariseo que, por temor a la represalia o a la burla, fue a ver a Jesús de noche para que nadie sepa que creía en él. ¿Cuántas veces andamos así por la vida, por nuestra familia, por nuestros trabajos, universidades, grupos, como si fuera de noche, ocultándonos del amor de Jesús? De que otros sepan que amamos a Jesús. Queriéndonos encontrar con Jesús sin que nadie lo sepa ¿Cuántas veces hemos ocultado nuestro amor a Jesús por respetos humanos, por vergüenza, por temor? Qué lindo que es cuando “nacemos de nuevo” y ya no nos da miedo que de nuestros labios salga la palabra: Jesús. Qué lindo que es escuchar cristianos que por haber “nacido de lo alto” ya no le temen al ridículo. Como esa chica que me contó una vez que después de su conversión, gracias a un retiro, decidió pasar una Navidad distinta al darse cuenta que las navidades en su familia eran vacías. ¿Qué hizo? Frenó la cena de Navidad para decirles a sus familiares que el sentido de esa noche era otro, no solo comer y recibir regalos. Les habló de Jesús, sin miedo, con lágrimas en los ojos. ¿Sabés qué pasó? Todos terminaron llorando y viviendo una Navidad distinta, más profunda. Eso pasa cuando alguien se anima a salir de la oscuridad y mostrar que ama a Jesús, que Jesús le cambió la vida. Eso tenemos que hacer nosotros hoy. No importa. Como podamos, donde estemos, por las redes, por un mensaje, con una llamada, como sea. Tenemos que gritarle al mundo que Jesús nos cambió la vida.
Se puede volver a nacer, se puede resucitar, se puede recibir la gracia que viene de lo alto. Hay que pedirla. Por cincuenta días seguiremos en el tiempo pascual. Tiempo para disfrutar y pedir la gracia de volver a nacer. Pensá y rezá, seguro que tenés “algún muerto” en tu corazón para resucitar. Todos tenemos algún muerto guardado por ahí. Seguro que tenés un motivo para volver a empezar, para volver a nacer.
Quería recordarte que, si querés recibir los audios directamente en tu celular, podés bajarte la aplicación de Telegram y buscar nuestro canal @algodelevangelio o bien buscarnos por los distintos medios, por las redes, en nuestra App Algo del Evangelio en Play Store, o en nuestra web www.algodelevangelio.org, por YouTube, por Face. Ayudanos, acompañanos a distribuir la Palabra de Dios a más corazones. Ayudanos a que más corazones se sientan amados por Jesús y puedan resucitar en esta Pascua, una vez más. Como nos pasó a nosotros, a vos y a mí.
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p. Rodrigo Aguilar
Se puede volver a nacer, se puede resucitar, se puede recibir la gracia que viene de lo alto. Hay que pedirla. Por cincuenta días seguiremos en el tiempo pascual. Tiempo para disfrutar y pedir la gracia de volver a nacer. Pensá y rezá, seguro que tenés “algún muerto” en tu corazón para resucitar. Todos tenemos algún muerto guardado por ahí. Seguro que tenés un motivo para volver a empezar, para volver a nacer.
Quería recordarte que, si querés recibir los audios directamente en tu celular, podés bajarte la aplicación de Telegram y buscar nuestro canal @algodelevangelio o bien buscarnos por los distintos medios, por las redes, en nuestra App Algo del Evangelio en Play Store, o en nuestra web www.algodelevangelio.org, por YouTube, por Face. Ayudanos, acompañanos a distribuir la Palabra de Dios a más corazones. Ayudanos a que más corazones se sientan amados por Jesús y puedan resucitar en esta Pascua, una vez más. Como nos pasó a nosotros, a vos y a mí.
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p. Rodrigo Aguilar
Martes 14 de abril - Juan 3, 7b-15 - II Martes de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 7b-15
Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»
«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»
«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.
Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.
Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.»
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 7b-15
Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»
«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»
«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.
Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.
Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.»
Palabra del Señor.