Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Viernes 10 de abril - Juan 21, 1-14 - Viernes de la Octava de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 21, 1-14


Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.
Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.»
Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.» Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
Ellos respondieron: «No.»
El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: « ¡Es el Señor!»
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 21, 1-14:

¡Qué maravilla debe haber sido ese momento! ¡Qué maravilla seguir escuchando los relatos de las apariciones de Jesús resucitado a sus amigos! Te dije al principio de la semana que era un tiempo para disfrutar mucho. Cada aparición es para disfrutar de las «artimañas» de Jesús para hacerle sentir a los discípulos su presencia. Y los discípulos, por otro lado, que no terminan de entender mucho lo que pasa. Van y viene, como nuestro corazón.
Hace unos días alguien me preguntó muy directamente: «¿Para vos qué es tener fe, qué es creer?». ¡Qué pregunta! Y es algo que nos podemos hacer una vez más nosotros. Me salió decirle algo así: «Para mí tener fe es creer en Jesús, creer en todo lo que leo de él y creer que es verdad. Para mí es no dudar de eso». No sé si la respuesta es la más correcta posible, la que mejor le pude haber dado, la teológicamente más correcta, pero estoy convencido que, en definitiva, creer es creer en una Persona, real, como nosotros, que está vivo y sigue vivo obrando en nuestros corazones, sigue «apareciéndose» a miles de personas, sigue buscándonos, a vos y a mí. Bueno, como nosotros… ¡no! Es hombre, pero es Dios. Esa es la gran diferencia.
¡Jesús parece que no se cansa de insistir! ¡Parece mentira! Aun estando resucitado, aun después de haberlo visto con sus propios ojos, Jesús los busca y los busca. Nos busca y nos busca. Busca a sus amigos que se vuelven a perder en las cosas de cada día, en sus oficios originales, en la misma situación en la cual lo habían conocido. Es la maravilla de un Dios hecho hombre que ya no encuentra manera de atraer con amor a los que salvó por amor. Es la paradoja de unos hombres que no terminan de convencerse de la presencia de Dios en sus vidas.
Hoy la imagen de Algo del Evangelio es esta: los discípulos volviendo a pescar peces, lo de siempre. Jesús volviendo a pescar hombres, amigos, a vos y a mí. Y así hará hasta el final de los tiempos. Nosotros que volvemos a lo nuestro. Nos olvidamos de su presencia, y él que nos vuelve a buscar, una y otra vez. Los discípulos de Jesús –muchas veces vos y yo– toman la decisión de volver a pescar, de volver al oficio original, como una imagen, y no al oficio que Jesús les había encomendado. Es la imagen del no terminar de comprender, de convencerse, de obedecer, de confiar, de echar las redes, de ir mar adentro, de empezar una nueva vida, de cambiar. Jesús había dicho a Pedro, le había dicho que lo haría pescador de hombres y Pedro se vuelve solito a ser pescador de peces, ¡otra vez! ¡Qué poca cosa! ¡Y lo peor es que con él arrastra a los demás discípulos! El pesimista, el desesperanzado, arrastra a los demás y los convierte en hombres sin esperanza. ¡Toda una imagen de lo que a veces hacemos nosotros! Y Jesús, ¿qué hace? Los va a buscar ahí mismo, en el lugar donde se están escapando, en realidad, en el mismo lugar donde se habían conocido. Él no se olvida, Pedro sí, los discípulos también y nosotros, ni hablar. Nos terminamos olvidando de lo que Jesús nos dice, nos terminamos olvidando del encuentro que alguna vez tuvimos con él. Nos terminamos olvidando de sus promesas, nos terminamos olvidando de sus mandatos. ¿Y qué hacemos? Volvemos a la rutina, a lo que sabemos hacer, a lo que nos da seguridad, a donde nos creemos que las sabemos todas. ¿Y qué nos pasa? Lo que le pasa a Pedro, a sus amigos. No pescan nada, puro fracaso, cansancio sin fecundidad, cansancio sin frutos, sin pescados. Y Jesús, ¿qué hace? Se les vuelve a aparecer ahí. Se nos vuelve a aparecer de un modo o de otro, en el lugar de trabajo, en la familia, en la rutina, en el olvido, en el escape, en donde parece que no está, en donde parece que se fue. Bueno, justamente ahí está, ahí se mete, ahí quiere volver a hacerme escuchar su voz para que pueda obedecerle, para que pueda volver a confiar, para que vuelva a creer
¡Qué bueno que sos Jesús! ¡Qué paciencia nos tenés! ¡Confiemos en su palabra! Echemos las redes en donde él nos dice. Abramos los ojos para poder reconocerlo y confiar de una vez por todas que él es el dueño y Señor de la historia, de la tuya y la mía, de nuestra historia y que solo seremos fecundos si hacemos las cosas en nombre de él y por él, si nos dejamos encontrar una y otra vez por él que no se cansa de buscarnos.

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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 11 de abril - Marcos 16, 9-15 - Sábado de la Octava de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 9-15


Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.
En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»

Palabra del Señor
Comentario a Marcos 16, 9-15

Por qué no intentar en este sábado de la Octava de Pascua, con la cual terminamos esta celebración de este gran día que es la Pascua, el «paso» de la muerte a la vida, de la resurrección del Señor, el «paso» de nuestro Señor por ese abismo al cual nadie quiere. Por qué no intentar lo que no hacemos hace tiempo que es hacer una síntesis de los evangelios de esta semana, que son tan ricos y nos pueden ayudar muchísimo finalmente a vivir la experiencia real y concreta de que Jesús está vivo, en nuestra vida. Porque, en definitiva, de eso se trata ser cristiano: en descubrir la presencia de Dios real y concreta en nuestra vida como una persona a la cual queremos seguir porque nos enamoramos, porque descubrimos su amor. Eso es ser cristiano. «No se empieza a ser cristiano por una idea o por una doctrina, sino que se empieza a ser cristiano verdaderamente cuando nos encontramos con una Persona, o cuando esa Persona cambia el rumbo de nuestra vida», así lo decía, de algún modo, en su momento el papa Benedicto XVI, nos cambia el sentido de la vida. Como decía san Juan Pablo II: «Cristo nos da todo, no quita nada; no tengan miedo a Cristo, ábranle las puertas de par en par».
Bueno, en esta semana de Pascua de la Octava, hemos contemplado estos evangelios donde se nos muestra a Jesús que se aparece a sus amigos, a sus discípulos, a las mujeres, y por qué no pensar también en la aparición de Jesús a su madre, la Virgen Santísima, que, aunque no está relatada en los evangelios, también podemos imaginarla, tal como lo plantea san Ignacio de Loyola. Es una oportunidad para poder reflejarnos y vernos también cómo en nuestra vida, Jesús, de alguna manera, se nos «apareció», se nos manifestó, aunque siempre de algún modo «velado», oculto; por eso tenemos que hacer un esfuerzo, por eso tenemos que abrir las puertas de nuestro corazón. Y para repasar y ver algunas frases, algunas situaciones de los evangelios de esta semana nos pueden ayudar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede tomar el Evangelio que más les gusta, incluso el de hoy; porque Algo del Evangelio de hoy es como una especie de «resumen» de los evangelios de la semana.
Marcos sintetiza tres apariciones y las hace bien concretas y sencillas; en cambio, los otros evangelistas se explayan un poco más. Entonces utilicemos esta especie de «síntesis» del Evangelio de Marcos de hoy para ver la síntesis de esta semana y quedarnos con una frase, con una situación, con algo que nos pueda ayude a rezar, a emocionarnos, a volver a nuestra Galilea, a descubrir aquel momento en el cual nos encontramos con él y ahora por ahí todo está «apagado»; o no, o nos encontramos en esta Pascua con Jesús más plenamente y esto nos impulsa a seguirlo con alegría; o no, y estamos en la apatía total... Pidamos la gracia, pidámosle al Señor poder encontrarlo, pidámosle al Señor como decía el Evangelio del lunes: alegrarnos. «Alégrense», decía Jesús. Pidamos alegrarnos verdaderamente con la presencia de Jesús Resucitado. Y Jesús nos plantea –como el lunes– ir a Galilea; ir a ese lugar original donde lo conocimos alguna vez, donde escuchamos hablar de él y por ahí nos olvidamos... Pensá en eso, y cómo las mujeres se postraron y se tiraron a sus pies de la emoción.
El martes veíamos cómo Jesús consolaba también a María diciéndole: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Y podríamos dejar que Jesús nos pregunte qué es lo que nos pasa, por qué lloramos, por qué a veces seguimos en la tristeza, por qué nos desanimamos tan fácil. Jesús nos viene a traer alegría y paz. Y aunque a veces conviva con la tristeza, la paz que viene a traer Jesús es una paz que nos da la certeza de su presencia.
O también como el miércoles, pensar en la presencia de Jesús con los discípulos de Emaús, que los acompaña, aunque ellos no se dan cuenta. Él siempre está a nuestro lado, aunque no lo vemos, siempre dispuesto a explicarnos las Escrituras para que «arda» nuestro corazón y que finalmente se nos manifiesta en la Eucaristía para poder experimentarlo verdaderamente.
Y así el jueves veíamos cómo Jesús nos trae la paz: «La paz esté con ustedes»; y al mostrarles sus manos y sus pies, los discípulos se llenaban de alegría y admiración, pero también, por otro lado, se resistían a creer. A veces nos cuesta creer. Pidamos la gracia de creer. Él está, está presente.
Y ayer ese gran Evangelio de la pesca milagrosa donde Juan pega el grito: «¡Es el Señor!», y Pedro desaforadamente, pero lleno de amor, se tira al mar y recorre cien metros para encontrar a su Señor; toda una prueba de su inmenso amor.
Ojalá tuviéramos ese deseo profundo de que cuando nos dicen «allá está el Señor», pudiéramos tiranos de cabeza –por decirlo así–, jugarnos la vida, cambiar el rumbo de nuestra vida para transmitir la alegría de Jesús Resucitado.
Ojalá que esta semana de Pascua nos encienda de vuelta en lo profundo de nuestro corazón para decir: «Vale la pena ser cristiano, vale la pena creer en Jesús, vale la pena hablarle a los demás sin miedo de que Jesús está vivo». Cómo nos cuesta a veces, ¿no?, cómo nos cuesta hablar en nuestros ambientes de nuestro Señor como alguien concreto, como una Persona a la cual amamos.
Ser cristiano es seguir a Jesús, ser cristiano es enamorarse de él y no tener vergüenza de ser testigos de su resurrección.

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p. Rodrigo Aguilar
Domingo 12 de abril - Juan 20, 19-31 - II Domingo de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31


Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 20, 19-31:

Este segundo Domingo de Pascua es también llamado el «Domingo de la Misericordia», la misericordia que viene de lo alto, de la divina misericordia, la misericordia que trajo Jesús enviado por su Padre. Este domingo fue instituido por san Juan Pablo II como el Domingo de la Misericordia, el segundo domingo de Pascua.
Domingo también en el que Jesús se aparece a sus discípulos, a nosotros, de alguna manera, para darles la paz, para darnos la paz. Se aparece a nosotros para decirnos: «¡La paz esté con ustedes! En este domingo quiero darte paz y darles el poder de perdonar y de retener, para darnos el poder de perdonar los pecados y de retenérselos a los demás». Qué cosa tan seria este mandato de Jesús, para darles el Espíritu, soplando sobre ellos y hacerlos apóstoles de la misericordia. Y también, de algún modo, a vos y a mí.
Domingo también en el que la incredulidad de Tomás nos ayuda también a afirmar nuestra fe. Como siempre, la debilidad siempre finalmente triunfa, porque la fuerza de Dios triunfa en la debilidad del hombre. «Felices los que creen sin haber visto», dice Jesús. Nosotros somos parte de esa humanidad que cree sin ver. Nosotros somos felices. ¿Somos felices por creer sin ver? Es el gran elogio de Jesús para toda la generación de cristianos que creyeron en él sin haberlo visto. Nosotros somos los que no vimos, pero creemos. Nos veníamos preguntando en esta semana: ¿creemos? ¿Por qué creemos? «Porque ustedes lo aman sin haberlo visto –dice san Juan– y creyendo en él sin verlo todavía». Somos felices porque la misericordia ya no es una palabra linda para aplicar, sino que es una Persona, una Persona con sus llagas todavía en sus manos y en su costado, con sus llagas resucitadas, llagas que ya no duelen y que, por eso, son llagas que curan a aquellos que buscan ser curados.
Hoy es un día en el que Jesús a los que estamos cerca, a sus discípulos, a vos y a mí, nos sopla otra vez sobre el corazón y nos dice al oído: «Vos sos apóstol de la misericordia. Sos enviado a llevar la misma misericordia que yo te di». Dejémonos soplar hoy por Jesús al corazón –que nos quiere derramar su Espíritu Santo– y que nos diga: «Vos sos apóstol de la misericordia». Somos los encargados de hacer llegar a los demás la paz y el amor de Jesús que quiere perdonar, pero con misericordia, no de cualquier manera. Perdonar con la medicina de la misericordia quiere perdonar para sacarnos de ahí, quiere perdonarnos para sanar y resucitar.
Nosotros estamos viviendo esta Pascua y queremos transformarnos en apóstoles de la misericordia, porque hemos recibido esa misericordia. Jesús trae paz, es lo primero que hace. No da muchas explicaciones ni indicaciones, no nos dice qué es lo que tenemos que hacer, no explica muchas cosas sobre cómo resucitó o cómo habrá sido ese momento, sino que les mostró las manos y el costado, mostró sus heridas, las heridas que nos curaron. Porque las heridas son la «marca» del amor, heridas causadas por tanto odio, pero vencidas con tanto amor. Sin embargo, las heridas siguen, las marcas quedan. La paz proviene de experimentar que Jesús cura y sana, aunque esas marcas no se vayan. Jesús aparece de un modo nuevo, pero, al mismo tiempo, no queriendo ocultar las marcas del dolor, las marcas del amor.
Es entendible la reacción de Tomás, seguramente vos y yo hubiésemos echo lo mismo. Quiere saber si ese que se apareció es el mismo que sufrió por él. ¿No será eso? Es también lo mismo que hubiéramos hecho nosotros. Quiere asegurarse tocando sus llagas, o sea, las marcas del amor. La prueba de la resurrección para Tomás no es verle la cara al Señor, sino el tocar sus llagas. ¡Qué misterio! Sus heridas nos han curado. No sabemos si lo llegó a hacer, pero sí sabemos que Jesús se lo propuso.
¿Por qué Jesús Resucitado se muestra llagado? ¿Por qué la resurrección no eliminó tanto rastro de dolor, todo rastro del pasado? Para mostrar que el amor sanó al dolor, aunque las marcas queden.
Lo mismo pasa en nuestras vidas, lo que nos sana es el amor, y el amor no quita muchas veces las heridas, sino que las «suaviza», las deja en paz, les da la unción de la misericordia para que podamos volver a renacer. No quieras vivir como si nada hubiese pasado en tu vida, como si no importaran las «marcas». Las marcas del dolor son las huellas del amor, dijimos. La resurrección de Jesús no es, de alguna manera, borrón y cuenta nueva, sino que es vida nueva, haciendo nuevo el pasado con todo su dolor.
«Dentro de tus llagas escóndeme», dice la oración de san Ignacio de Loyola. Pidámosle eso al Señor hoy, que nos escondamos dentro de sus llagas para poder experimentar tanto amor, tanta misericordia que hemos recibido y tanta misericordia que tenemos para dar a los demás. A aquellos que ven a un Dios lejano, a un Dios que no viene a amar sino a dar indicaciones, mostrémosles que en realidad Jesús es un Dios de misericordia, que viene a perdonar y a curar nuestros dolores.

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p. Rodrigo Aguilar