Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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¿Por qué no dejarse preguntar esto hoy por Jesús? ¿Varón, mujer, fulano, fulana, porqué llorás, qué te pasa? ¿Por qué estás triste? ¿Por qué estás enojado, angustiada? ¿Por qué no me decís lo que te pasa? ¿Por qué teniendo todo andás como si no tuvieses nada? ¿Por qué buscás consuelo en tantas cosas y no en Mí? ¿No me ves que estoy al lado tuyo? ¿Por qué decís que crees en Mí y andás peor que aquellos que no creen en nada? No está mal llorar, angustiarse, entristecerse. No está mal ni bien, es parte de la vida, son cosas que pasan. Lo que hace mal en la vida, es no saber por qué estamos tristes, angustiados y enojados. Esa es la cuestión. Jesús no rechaza los sentimientos, pero nos quiere ayudar a reconocerlos y conducirlos. Por eso pregunta ¿A quién buscás? Sea en el momento que estés, el sentimiento que estés pasando o padeciendo, es bueno dejarse preguntar por Jesús, es bueno dejarse que nos diga nuestro nombre. ¿Por qué? ¿Qué buscás? Solo dejándonos preguntar el porqué y el qué buscamos, podremos escuchar a Jesús que nos dice nuestro nombre: ¡María! Fulano, Fulana, acá estoy, soy yo, ese que andás buscando y no podés ver. Lo que buscás está al frente tuyo y no te das cuenta. Tenés que aprender a pasar ciertas cosas, a vivir de Pascua en Pascua, a pasar sentimientos lindos y feos, tristezas y alegrías. Eso es resucitar. Hay que aprender a pasar las cosas con Jesús. Él las pasó primero y las pasó bien. Hay que pasar ciertas cosas sabiendo que siempre vendrá algo distinto, mejor o peor, según la mirada que tengamos, según si miramos las cosas con ojos de Resurrección o de muerte y pesimismo. Todo pasa y todo pasará para algo distinto. Depende de vos y de mí que sea para resucitar. Otra vez feliz Pascua de Resurrección.

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p. Rodrigo Aguilar
Miércoles 8 de abril - Lucas 24, 13-35 - Miércoles de la Octava de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35


Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?» Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.» Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.» El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.
Comentario a Lucas 24, 13-35:

Ir caminando a Emaús, en definitiva, es volver a lo de siempre, volver a lo conocido por haber dejado de confiar, por no animarse a creer. Es olvidarse de la noticia más linda que podíamos haber recibido, la Resurrección de Cristo. Volver a Emaús, como estos dos discípulos, es haber perdido la esperanza en la resurrección, en la nuestra, en la de cada día y, además, en la de Jesús, en no confiar que Él está siempre y camina con nosotros, aunque a veces no podamos reconocerlo. ¿Cuántas veces volvemos a nuestros «emaúses» por haber dejado de creer? Nuestros «emaúses» son esos lugares seguros pero en donde Jesús no nos pidió estar. ¿Cuántas veces escuchamos que Jesús resucitó pero no lo vemos, no lo experimentamos, no terminamos de saborear ese misterio tan grande. Son más los cristianos que viven como estos dos discípulos, cabizbajos, que los que viven sabiendo y sintiendo que Jesús camina siempre a nuestro lado mientras nos explica las Escrituras con el corazón a punto de explotar. Todos tenemos momentos, a todos nos toca pasar ciertas cosas difíciles, dolorosas y a veces angustiantes. Pero lo importante es no olvidar esta imagen de Algo del Evangelio de hoy. ¿Cuál? Que mientras caminamos así por la vida, queriendo que el pesimismo nos gane y nos llene el corazón. Mientras caminamos con el corazón encerrado en nuestros pensamientos. Mientras hablamos entre nosotros como retroalimentando la mala onda de un mundo que siempre parece superarse así mismo en maldad y en locura. Mientras pasa todo eso, Jesús se pone de «nuestro lado», camina a «nuestro lado», le encanta caminar con nosotros para llevarnos de a poquito al lugar donde podemos reconocerlo. No es lo mismo llegar a Emaús sin Jesús que con Él. No es lo mismo que Él sea el que nos abra el corazón y el entendimiento. ¡Qué lindo que es cuando Él nos hace ver lo que nunca vimos, nos hace dar cuenta de tantas cosas que dejamos pasar de lado por ignorancia y tozudez!
¡Qué lindo que es imaginar que esta escena, que esta aparición de Jesús, es más común de lo que imaginamos! ¡Qué bien nos hace sentir que esta Palabra de Dios de hoy es tan real como imperceptible a nuestros ojos! ¡Hoy quiero que esto sea real en mi vida y en la tuya! ¡Hoy quiero dejar que Jesús me explique algo más de las Escrituras para darme cuenta que Él está siempre, aun cuando me pierdo y quiero volver a lo mío, aun cuando me pierdo por el pecado y el egoísmo, aun cuando mi cabeza se ponga dura y pretenda que todo sea como yo quiero!
Alguien me dijo una vez que quería hablar conmigo con urgencia, porque estaba viviendo una situación difícil. Por esas cosas de la vida, por las corridas, no pude hablar a tiempo. Sin embargo, cuando pude hablar, me dijo: «Padre, ya estoy más tranquila, fui a hablar con Jesús al sagrario durante una hora y estoy con mucha paz». «Bueno, le dije, hiciste muy bien en ir a hablar con Jesús antes de hablar conmigo». ¿Qué podía decirle yo que no le haya dicho Jesús? Me dio una linda lección de gran normalidad cristiana. Primero, con Jesús en el silencio, en el sagrario, en la oración; después, Jesús en los otros y, finalmente, Jesús, siempre Jesús. Lo demás… bueno, lo demás ya lo sabemos bastante bien.

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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 9 de abril - Lucas 24, 35-48 - Jueves de la Octava de Pascua


+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 35-48


Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: « ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: « ¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

Palabra del Señor.
Comentario a Lucas 24, 35-48:

Puede ser que te sorprendas un poco con lo que voy a decir, lo que muchas veces me digo a mí mismo siempre: ¡no es fácil creer! Cuando uno crece en la vida de la fe, no me refiero con esto a «saber» muchas cosas, a ser grandes teólogos, sino a pensar de un modo más profundo lo que implica creer, a madurar en la fe, lo que significa la resurrección de Jesús y vivir también de acuerdo a lo que nos enseña la fe, deberíamos reconocer con humildad que no es sencillo creer, no hay que dar por sentado que el creer es algo fácil. Si esto fuera cierto, todos deberían haber creído en la resurrección de Jesús, todos deberían creer en que él está vivo; sin embargo, no es así, las evidencias nos llueven por todos lados, las evidencias de que no es evidente, valga la redundancia, creer que Dios se haya hecho hombre, de que haya muerto y resucitado. Incluso podríamos decir que cuanto más «evidencias» buscamos, en el sentido científico de la palabra, o por lo menos de la ciencia moderna, más obstáculos a veces podemos encontrar, en cuenta a la resurrección me refiero. Si vos y yo creemos, se lo debemos a la gracia que recibimos para acoger la fe y responderle también a Jesús, y muy poquito a nosotros mismos; porque, en definitiva, «todo es gracia», como decía santa Teresita.
Por eso, qué buena oportunidad para pedirle a Jesús que nos abra la inteligencia, para que podamos comprender las Escrituras. Es buen día para hacer esto, porque justamente, en Algo del Evangelio de hoy, Lucas lo dice claramente: «Les abrió la inteligencia para que pudieran comprender…». Esto es algo que tenemos que pedir siempre y que a veces nos olvidamos, yo también me lo olvido. Si todos los días hiciéramos este ejercicio, si todos los días nos acordáramos de pedirle a Jesús, ¡qué distinto sería todo! Sin la gracia que viene de lo alto, sin la gracia que viene de Jesús, no podemos comprender en su totalidad todo lo que está escrito para nuestra enseñanza, para nuestra santidad.
¡Señor, que hoy podamos comprender un poco más! ¡Señor, te pedimos que hoy nos abras un poco la inteligencia de la mente y del corazón, para poder encontrarte en la Escrituras, para poder reconocerte resucitado a nuestro alrededor, en cada palabra, en cada gesto, en cada misa, en cada Eucaristía! ¡Señor, acompáñanos como a los discípulos de Emaús, explícanos las cosas porque nuestra mente es pequeña y un poco lenta! ¡Señor, te pedimos que te nos manifiestes, así somos testigos de todo esto ante el mundo que muchas veces no cree y vive como si no existieras! Te pedimos esto y todo lo que nuestro corazón no se anima a pedir.
Imaginando la escena hoy, ¿quién de nosotros, poniéndose en el lugar de los discípulos, no actuaría de la misma manera? Temor, alegría, admiración y resistencia a creer. Pasaron por todos los estados de ánimo posibles en un corto tiempo. Primero, miedo; después, alegría, admiración y al final, una especie de resistencia a tanta alegría ¿Es posible todo esto? ¿Es posible semejante alegría? Creo que a cualquiera de nosotros nos hubiera pasado lo mismo, que nosotros haríamos lo mismo. No es fácil creer semejante acontecimiento, no es fácil creer cuando la alegría es demasiado grande. Evidentemente no habían comprendido ni las Escrituras, ni lo que Jesús les había dicho de tantas maneras y tantas veces. En la vida necesitamos creer en la Palabra de Dios, pero también necesitamos la confirmación de esa Palabra, necesitamos experimentar en carne propia la realidad de lo que leemos. Es por eso que muchas cosas en la vida no las terminamos de creer hasta que no nos pasan. Cuando nos pasan, por ahí decimos: «¡¡¡Ah!!! Ahora entiendo, ahora descubro eso que antes leía y no comprendía». Los discípulos necesitaron vivir esta experiencia para confirmar lo que Jesús les había dicho de palabra.
Nosotros también hoy necesitamos experimentar la presencia real de Jesús en nuestras vidas para ser testigos verdaderos de él en el mundo; si no, ¿de qué somos testigos? Cristiano es el que cree en Jesús, cree en la Palabra, pero no solo cree, sino que lo experimenta, lo vive; y como lo experimenta y lo vive, es testigo de lo que cree y vive, refleja con su vida lo que lee, cree y experimenta. Estos días de Pascua son días para volver a creer, para volver a experimentar que Jesús está vivo, y nos pide que, con nuestro testimonio, mostremos que esto es verdad. Si hubiera más testigos reales de que Jesús vive, ¡qué distinto sería todo!, ¿no?

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p. Rodrigo Aguilar
Viernes 10 de abril - Juan 21, 1-14 - Viernes de la Octava de Pascua

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 21, 1-14


Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.
Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.
Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.»
Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.» Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»
Ellos respondieron: «No.»
El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: « ¡Es el Señor!»
Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»
Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 21, 1-14:

¡Qué maravilla debe haber sido ese momento! ¡Qué maravilla seguir escuchando los relatos de las apariciones de Jesús resucitado a sus amigos! Te dije al principio de la semana que era un tiempo para disfrutar mucho. Cada aparición es para disfrutar de las «artimañas» de Jesús para hacerle sentir a los discípulos su presencia. Y los discípulos, por otro lado, que no terminan de entender mucho lo que pasa. Van y viene, como nuestro corazón.
Hace unos días alguien me preguntó muy directamente: «¿Para vos qué es tener fe, qué es creer?». ¡Qué pregunta! Y es algo que nos podemos hacer una vez más nosotros. Me salió decirle algo así: «Para mí tener fe es creer en Jesús, creer en todo lo que leo de él y creer que es verdad. Para mí es no dudar de eso». No sé si la respuesta es la más correcta posible, la que mejor le pude haber dado, la teológicamente más correcta, pero estoy convencido que, en definitiva, creer es creer en una Persona, real, como nosotros, que está vivo y sigue vivo obrando en nuestros corazones, sigue «apareciéndose» a miles de personas, sigue buscándonos, a vos y a mí. Bueno, como nosotros… ¡no! Es hombre, pero es Dios. Esa es la gran diferencia.
¡Jesús parece que no se cansa de insistir! ¡Parece mentira! Aun estando resucitado, aun después de haberlo visto con sus propios ojos, Jesús los busca y los busca. Nos busca y nos busca. Busca a sus amigos que se vuelven a perder en las cosas de cada día, en sus oficios originales, en la misma situación en la cual lo habían conocido. Es la maravilla de un Dios hecho hombre que ya no encuentra manera de atraer con amor a los que salvó por amor. Es la paradoja de unos hombres que no terminan de convencerse de la presencia de Dios en sus vidas.
Hoy la imagen de Algo del Evangelio es esta: los discípulos volviendo a pescar peces, lo de siempre. Jesús volviendo a pescar hombres, amigos, a vos y a mí. Y así hará hasta el final de los tiempos. Nosotros que volvemos a lo nuestro. Nos olvidamos de su presencia, y él que nos vuelve a buscar, una y otra vez. Los discípulos de Jesús –muchas veces vos y yo– toman la decisión de volver a pescar, de volver al oficio original, como una imagen, y no al oficio que Jesús les había encomendado. Es la imagen del no terminar de comprender, de convencerse, de obedecer, de confiar, de echar las redes, de ir mar adentro, de empezar una nueva vida, de cambiar. Jesús había dicho a Pedro, le había dicho que lo haría pescador de hombres y Pedro se vuelve solito a ser pescador de peces, ¡otra vez! ¡Qué poca cosa! ¡Y lo peor es que con él arrastra a los demás discípulos! El pesimista, el desesperanzado, arrastra a los demás y los convierte en hombres sin esperanza. ¡Toda una imagen de lo que a veces hacemos nosotros! Y Jesús, ¿qué hace? Los va a buscar ahí mismo, en el lugar donde se están escapando, en realidad, en el mismo lugar donde se habían conocido. Él no se olvida, Pedro sí, los discípulos también y nosotros, ni hablar. Nos terminamos olvidando de lo que Jesús nos dice, nos terminamos olvidando del encuentro que alguna vez tuvimos con él. Nos terminamos olvidando de sus promesas, nos terminamos olvidando de sus mandatos. ¿Y qué hacemos? Volvemos a la rutina, a lo que sabemos hacer, a lo que nos da seguridad, a donde nos creemos que las sabemos todas. ¿Y qué nos pasa? Lo que le pasa a Pedro, a sus amigos. No pescan nada, puro fracaso, cansancio sin fecundidad, cansancio sin frutos, sin pescados. Y Jesús, ¿qué hace? Se les vuelve a aparecer ahí. Se nos vuelve a aparecer de un modo o de otro, en el lugar de trabajo, en la familia, en la rutina, en el olvido, en el escape, en donde parece que no está, en donde parece que se fue. Bueno, justamente ahí está, ahí se mete, ahí quiere volver a hacerme escuchar su voz para que pueda obedecerle, para que pueda volver a confiar, para que vuelva a creer
¡Qué bueno que sos Jesús! ¡Qué paciencia nos tenés! ¡Confiemos en su palabra! Echemos las redes en donde él nos dice. Abramos los ojos para poder reconocerlo y confiar de una vez por todas que él es el dueño y Señor de la historia, de la tuya y la mía, de nuestra historia y que solo seremos fecundos si hacemos las cosas en nombre de él y por él, si nos dejamos encontrar una y otra vez por él que no se cansa de buscarnos.

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p. Rodrigo Aguilar