Domingo 5 de abril - Juan 20, 1-9 - Domingo de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.
Comentario a Juan 20, 1-9:
Domingo de Pascua, Domingo de Resurrección; no todo es Viernes Santo, no todo es Sábado Santo de silencio, sino que nosotros creemos que Jesús ha vencido a la muerte.
Jesús venció a la muerte para ayudarnos a pasar día a día de la muerte a la vida, para volver a resucitar, para volver a creer que es posible dejar atrás muchas cosas, que es posible mirar adelante, que es posible vencer el odio, que es posible vencer la bronca, el rencor, el egoísmo, la falta de apertura a los demás. Es posible que todo eso muera, es posible resucitar, es posible «nacer de nuevo», como le decía Jesús a Nicodemo. Es posible hoy, en este Domingo de Pascua, que te alegres profundamente, que te llenes de gozo por creer que es Jesús el dueño de la historia, el que ha cambiado la historia para siempre, el que ha venido con su luz a iluminar el mundo, el que ha venido a traernos la luz de la fe para iluminar nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, nuestra inteligencia y nuestro corazón.
Le pido a nuestro Padre Dios que nos conceda a todos la luz de Cristo gloriosamente resucitado, que esa luz disipe las tinieblas de nuestra inteligencia, de nuestro corazón –como se decía en la liturgia de la Vigilia Pascual–. Que este domingo te encuentres lleno de gozo, llena de gozo por saber que es verdad todo lo que creemos; que no es mentira, que no es un «cuentito» de algunos, que la resurrección de Jesús cambió la historia de la humanidad, cambió la historia de tu vida y de mi vida; si no, no estaríamos escuchando la Palabra de Dios, no estaríamos participando con el corazón de cada misa, no estaríamos diciéndonos: ¡Felices Pascuas!
Algo del Evangelio de hoy es sencillo, algo cortito. Todos van hacia el sepulcro. Primero, va María; después, Pedro y el discípulo amado. María, la enamorada, es la primera en llegar, y es la primera también porque ama tanto y se entristece ante la ausencia de su amado. Pedro y el discípulo amado corren juntos, el discípulo amado corre más rápido –por ser más joven seguramente–, pero finalmente al llegar al sepulcro, le deja a Pedro el lugar.
De Pedro no se dice nada, del amado se dice que vio y creyó. Pero de todos se dice lo mismo: «Todavía no habían comprendido que él debía resucitar de entre los muertos». A pesar de haber visto, todavía no habían comprendido. Todavía no se habían dado cuenta que la muerte había sido vencida. Todavía a veces no nos damos cuenta que nuestra fe es fe en la resurrección.
Domingo de Pascua, Domingo de Resurrección; no todo es Viernes Santo, no todo es Sábado Santo de silencio, sino que nosotros creemos que Jesús ha vencido a la muerte.
Jesús venció a la muerte para ayudarnos a pasar día a día de la muerte a la vida, para volver a resucitar, para volver a creer que es posible dejar atrás muchas cosas, que es posible mirar adelante, que es posible vencer el odio, que es posible vencer la bronca, el rencor, el egoísmo, la falta de apertura a los demás. Es posible que todo eso muera, es posible resucitar, es posible «nacer de nuevo», como le decía Jesús a Nicodemo. Es posible hoy, en este Domingo de Pascua, que te alegres profundamente, que te llenes de gozo por creer que es Jesús el dueño de la historia, el que ha cambiado la historia para siempre, el que ha venido con su luz a iluminar el mundo, el que ha venido a traernos la luz de la fe para iluminar nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, nuestra inteligencia y nuestro corazón.
Le pido a nuestro Padre Dios que nos conceda a todos la luz de Cristo gloriosamente resucitado, que esa luz disipe las tinieblas de nuestra inteligencia, de nuestro corazón –como se decía en la liturgia de la Vigilia Pascual–. Que este domingo te encuentres lleno de gozo, llena de gozo por saber que es verdad todo lo que creemos; que no es mentira, que no es un «cuentito» de algunos, que la resurrección de Jesús cambió la historia de la humanidad, cambió la historia de tu vida y de mi vida; si no, no estaríamos escuchando la Palabra de Dios, no estaríamos participando con el corazón de cada misa, no estaríamos diciéndonos: ¡Felices Pascuas!
Algo del Evangelio de hoy es sencillo, algo cortito. Todos van hacia el sepulcro. Primero, va María; después, Pedro y el discípulo amado. María, la enamorada, es la primera en llegar, y es la primera también porque ama tanto y se entristece ante la ausencia de su amado. Pedro y el discípulo amado corren juntos, el discípulo amado corre más rápido –por ser más joven seguramente–, pero finalmente al llegar al sepulcro, le deja a Pedro el lugar.
De Pedro no se dice nada, del amado se dice que vio y creyó. Pero de todos se dice lo mismo: «Todavía no habían comprendido que él debía resucitar de entre los muertos». A pesar de haber visto, todavía no habían comprendido. Todavía no se habían dado cuenta que la muerte había sido vencida. Todavía a veces no nos damos cuenta que nuestra fe es fe en la resurrección.
«Si no creemos en que Jesús está resucitado y venció al mal, vana es nuestra fe», dice san Pablo. Si no creemos que Jesús está resucitado, no tiene sentido todo lo que hacemos. Que la cruz de Jesús no tiene sentido si no es aplastada y superada por la resurrección. Todos buscamos a Jesús, de una manera u otra, todos necesitamos verlo, experimentar que está entre nosotros. Algunos, como María, necesitamos ir en busca de otros para creer (María va corriendo a buscar a los demás), necesitamos experimentar algo de angustia por ver que no está, y al ver que no está salimos a buscarlo; ¿cuántas veces en nuestra vida por un dolor, por una angustia hemos encontrado mejor a nuestro Dios vivo y resucitado? Otros, como Pedro, vemos signos, pero nos cuesta ver más allá, nos quedamos con la primera impresión y nos cuesta sobrepasar lo que vemos y descubrir que Jesús está detrás de esas vendas que estaban tiradas, de ese sudario... que lo que veía Pedro no era todo, sino que Jesús realmente estaba vivo. Y otros, como el discípulo amado, ven y creen; ven lo que ven y creen, no necesitan más que eso. Son de alguna manera como grados en la fe. Ni mejor ni peor, distintos.
Todos estamos en diferentes «momentos» de la fe; no importa dónde estés, no importa en qué grado de fe estés, lo que importa es que necesitás de otros para creer. Todos necesitamos de otros para creer, no podemos creer solos.
A veces necesitamos de una María que vuelve corriendo angustiada diciéndonos que Jesús no está cuando en realidad está, a veces necesitamos de un Pedro, o a veces necesitamos de un discípulo amado, o por ahí el discípulo amado sos vos o soy yo. Todos somos discípulos amados. Solo se cree en Jesús de a muchos, en comunidad, en la Iglesia, con otros, con familia.
En la Iglesia se cree en Jesús, tan simple como eso, en un Jesús vivo. Algunos viendo la angustia de unos que corren de acá para allá buscando el sentido del dolor (María), otros atropellados como Pedro que llegamos primero pero no terminamos de creer con el corazón y, finalmente, otros tantos que tiene la certeza del discípulo amado. Todos son necesarios en la Iglesia, vos y yo, todos vamos creyendo, todos vamos creciendo.
Que hoy sea un día de un paso importante en nuestra fe, que volvamos a alegrarnos de esta verdad de fe tan profunda que cambió la historia de nuestra vida para siempre. «Resucitó de veras, dice la secuencia de Pascua, nuestro amor y nuestra esperanza».
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Todos estamos en diferentes «momentos» de la fe; no importa dónde estés, no importa en qué grado de fe estés, lo que importa es que necesitás de otros para creer. Todos necesitamos de otros para creer, no podemos creer solos.
A veces necesitamos de una María que vuelve corriendo angustiada diciéndonos que Jesús no está cuando en realidad está, a veces necesitamos de un Pedro, o a veces necesitamos de un discípulo amado, o por ahí el discípulo amado sos vos o soy yo. Todos somos discípulos amados. Solo se cree en Jesús de a muchos, en comunidad, en la Iglesia, con otros, con familia.
En la Iglesia se cree en Jesús, tan simple como eso, en un Jesús vivo. Algunos viendo la angustia de unos que corren de acá para allá buscando el sentido del dolor (María), otros atropellados como Pedro que llegamos primero pero no terminamos de creer con el corazón y, finalmente, otros tantos que tiene la certeza del discípulo amado. Todos son necesarios en la Iglesia, vos y yo, todos vamos creyendo, todos vamos creciendo.
Que hoy sea un día de un paso importante en nuestra fe, que volvamos a alegrarnos de esta verdad de fe tan profunda que cambió la historia de nuestra vida para siempre. «Resucitó de veras, dice la secuencia de Pascua, nuestro amor y nuestra esperanza».
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p. Rodrigo Aguilar
Lunes 6 de abril - Mateo 28, 8-15 - Lunes de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 8-15
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.»
Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: «Digan así: "Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos." Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo.»
Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna. Esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 8-15
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.»
Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: «Digan así: "Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos." Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo.»
Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna. Esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.
Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 28, 8-15:
Buen día, buen lunes, buen comienzo de semana. Espero, y seguramente vos también, que todos empecemos una linda semana acompañados como siempre de la Palabra de Dios, que tanto nos gusta escuchar y comentar.
Empezamos a transitar uno de los tiempos más lindos de la Iglesia, me refiero a las lecturas que vamos a ir escuchando en los días que siguen. Todo tiempo tiene su encanto, por su puesto, pero el tiempo pascual podríamos decir que es un tiempo especial, es tiempo de alegría, de gozo, de seguir maravillándonos. La Pascua se prolonga, la Pascua sigue, no podemos parar de vivir esta alegría. Durante cincuenta días disfrutaremos del tiempo pascual, cincuenta días dedicados a este misterio tan grande, el punto central de nuestra fe, desde donde todo parte y en donde todo confluye. A su vez esta semana es especial, hasta el domingo que viene, porque vivimos lo que en la Iglesia se llama la Octava de Pascua, es un día estirado en ocho, un día tan importante que es necesario festejarlo y revivirlo por muchos días más. Por eso si vas a misa durante la semana, volverás a escuchar el canto del gloria, volverás a vivir cada celebración como si fuera un domingo, y en los evangelios escucharemos y disfrutaremos de las apariciones más importantes de Jesús Resucitado a los discípulos, una más maravillosa que la otra. Todo para no olvidarlo jamás.
Te propongo que saborees cada Evangelio en estos días y que, además, los acompañes con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, si tenés tiempo, te va ayudar muchísimo porque al mismo tiempo verás cómo la Iglesia naciente fue creciendo en torno a la Resurrección, o gracias a la Resurrección, en torno a los testimonios de los que vieron con sus ojos a Cristo Resucitado. No es una linda historia para contar nada más, no es un invento de algunos locos, sino que es una realidad que cambió la historia de la humanidad. ¿Cómo es posible que once hombres temerosos y vacilantes ante la muerte del Señor, se hayan transformado milagrosamente en once testigos incansables por el mundo entero? ¿Cómo es posible que mujeres simples y sencillas hayan tenido tanto coraje para salir a su mundo conocido a decir que Jesús estaba vivo, que nos habían robado el cuerpo, que estaba vivo? ¿Qué historiador puede explicar semejante cambio en la historia si no es porque hubo un acontecimiento totalmente nuevo y que no proviene de este mundo?
Buen día, buen lunes, buen comienzo de semana. Espero, y seguramente vos también, que todos empecemos una linda semana acompañados como siempre de la Palabra de Dios, que tanto nos gusta escuchar y comentar.
Empezamos a transitar uno de los tiempos más lindos de la Iglesia, me refiero a las lecturas que vamos a ir escuchando en los días que siguen. Todo tiempo tiene su encanto, por su puesto, pero el tiempo pascual podríamos decir que es un tiempo especial, es tiempo de alegría, de gozo, de seguir maravillándonos. La Pascua se prolonga, la Pascua sigue, no podemos parar de vivir esta alegría. Durante cincuenta días disfrutaremos del tiempo pascual, cincuenta días dedicados a este misterio tan grande, el punto central de nuestra fe, desde donde todo parte y en donde todo confluye. A su vez esta semana es especial, hasta el domingo que viene, porque vivimos lo que en la Iglesia se llama la Octava de Pascua, es un día estirado en ocho, un día tan importante que es necesario festejarlo y revivirlo por muchos días más. Por eso si vas a misa durante la semana, volverás a escuchar el canto del gloria, volverás a vivir cada celebración como si fuera un domingo, y en los evangelios escucharemos y disfrutaremos de las apariciones más importantes de Jesús Resucitado a los discípulos, una más maravillosa que la otra. Todo para no olvidarlo jamás.
Te propongo que saborees cada Evangelio en estos días y que, además, los acompañes con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, si tenés tiempo, te va ayudar muchísimo porque al mismo tiempo verás cómo la Iglesia naciente fue creciendo en torno a la Resurrección, o gracias a la Resurrección, en torno a los testimonios de los que vieron con sus ojos a Cristo Resucitado. No es una linda historia para contar nada más, no es un invento de algunos locos, sino que es una realidad que cambió la historia de la humanidad. ¿Cómo es posible que once hombres temerosos y vacilantes ante la muerte del Señor, se hayan transformado milagrosamente en once testigos incansables por el mundo entero? ¿Cómo es posible que mujeres simples y sencillas hayan tenido tanto coraje para salir a su mundo conocido a decir que Jesús estaba vivo, que nos habían robado el cuerpo, que estaba vivo? ¿Qué historiador puede explicar semejante cambio en la historia si no es porque hubo un acontecimiento totalmente nuevo y que no proviene de este mundo?
Desde el principio, junto a la Resurrección existió también la corrupción. Desde el principio, quisieron tapar el sol con una mano, la Resurrección con una mentira, difundiendo una mentira. Pero –como dije– no se puede tapar el sol con una mano, no se pudo tapar esta verdad con mentiras que valieron un poco de dinero. Se puede decir que Jesús no resucitó, lo que es imposible es demostrarlo. Lo mismo es al revés, se puede creer que Jesús resucitó, pero es imposible demostrarlo con el rigor de la ciencia moderna, aunque se puede demostrar con la vida, con la tuya y la mía, con la de miles de personas que no son iguales desde que Jesús se les «apareció» en sus vidas, como a estas mujeres, atemorizadas, pero finalmente llenas de alegría. La alegría de la Pascua, la alegría que viene a traer Jesús Resucitado no se puede comparar con nada de este mundo, con ninguna chispita de un bienestar pasajero. Jesús resucitó para «meternos» en una vida de eternidad, nos abrió las puertas de la eternidad para que empecemos por acá, para sacarnos el miedo y devolvernos la alegría. Cuántas veces como sacerdote escuché que me dijeron: «Padre, desde que creo en Jesús, desde que me convertí ya no le tengo miedo a la muerte, al contrario, tengo unas ganas increíbles de encontrarme con Jesús». Esa es la experiencia, la tensión del corazón que cree que lo de acá no es definitivo, y que lo que viene será lo mejor. Esa es la tensión que conoce a Jesús pero quiere verlo cara a cara. Es la experiencia de la Pascua, una alegría profunda pero que al mismo tiempo se topa con la insatisfacción de ver que este mundo es poco comparando con lo que vendrá.
Por ahí te pasó alguna vez, por ahí todavía no te pasó. En eso estamos todos, vos y yo. Es necesario volver a vivir la pascua, la de Jesús y la nuestra. En eso andaremos este tiempo, escuchando las diferentes apariciones del Resucitado que nos regalan los evangelios de cada día. Pero esas apariciones las tendremos que hacer nuestras. Todos tenemos que preguntarnos: ¿Dónde me encontró una vez Jesús Resucitado en mi historia? ¿Te acordás cuál fue tu Galilea? ¿Dónde encuentro a Jesús hoy, concretamente? ¿Cuál es nuestra Galilea, nuestro lugar de encuentro?
Felices pascuas para todos los que día a día hacemos el intento de reconocer y escuchar a Jesús vivo y presente en su palabra.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Por ahí te pasó alguna vez, por ahí todavía no te pasó. En eso estamos todos, vos y yo. Es necesario volver a vivir la pascua, la de Jesús y la nuestra. En eso andaremos este tiempo, escuchando las diferentes apariciones del Resucitado que nos regalan los evangelios de cada día. Pero esas apariciones las tendremos que hacer nuestras. Todos tenemos que preguntarnos: ¿Dónde me encontró una vez Jesús Resucitado en mi historia? ¿Te acordás cuál fue tu Galilea? ¿Dónde encuentro a Jesús hoy, concretamente? ¿Cuál es nuestra Galilea, nuestro lugar de encuentro?
Felices pascuas para todos los que día a día hacemos el intento de reconocer y escuchar a Jesús vivo y presente en su palabra.
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p. Rodrigo Aguilar
Martes 7 de abril - Juan 20, 11-18 - Martes de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 11-18
María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»
María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.»
Jesús le dijo: «¡María!»
Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: "Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes."»
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 11-18
María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»
María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»
Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.»
Jesús le dijo: «¡María!»
Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: "Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes."»
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.
Palabra del Señor.
Comentario Juan 20, 11-18:
¿Ya resucitaste en estos días? ¿Celebraste la pascua de Jesús y la tuya? Nosotros también tenemos que resucitar. No alcanza con recordar lo que pasó, tenemos que “pasar” por nuestra vida lo que celebramos. Tenemos que morir y resucitar. Cada día lo hacemos muchas veces sin darnos cuenta. La Pascua, lo que celebremos en estos días, es creer y alegrarse de que Dios, el Dios hecho hombre, hecho humano como nosotros, se hizo tan humano que quiso pasar por todo, no le esquivó a nada, y aun teniendo miedo y angustia lo pasó por nosotros, sin negar sus sentimientos, sin negar lo que le pasaba interiormente. Pasó muchas cosas y las venció, para ayudarnos a vencer, a pasar todo lo que tengamos pasar. Esto es lo que de alguna manera celebramos en la Pascua. Y nosotros… ¿Qué nos decimos cuando nos decimos feliz Pascua? ¿Pensamos en esto? ¿Nos decimos esto?
Algo del evangelio de hoy nos pinta una escena maravillosa. María que se queda llorando afuera del sepulcro por su amado. Todavía no había creído. Todavía no había comprendido. Los ángeles le preguntan por qué lloraba y ella respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Mientras tanto, tenía a Jesús en frente y no lo reconocía. El llanto muchas veces no nos deja ver, nos distorsiona la realidad. El llanto y el dolor se transforman en nubes que no nos dejan ver el sol, pero el sol está siempre, lo sabemos, pero lo olvidamos. Ayer escuchábamos que la mentira quiso tapar la resurrección, pero no pudo. Hoy vemos que el dolor, la tristeza y el llanto se nos vuelven en contra para reconocer a Jesús, pero que al mismo tiempo pueden ser la causa de nuestro encuentro con Él. Porque es en ese momento donde Jesús se nos presenta y nos pregunta Él mismo: ¡Por qué llorás? No es lo mismo que nos pregunte cualquiera a que sea el mismo Jesús. No fue lo mismo para María. Él le preguntó: “¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?” y después la llamó por su nombre. Solo el que pasó por algo tiene autoridad y derecho a preguntarle al otro que le pasa. Solo Jesús es capaz de preguntarnos por lo más profundo de nuestros sentimientos. Eso es lo lindo, eso es gratificante. No lo hace desde afuera, desde arriba, sino habiéndolo pasado. Él también lloró. No te olvides.
¿Ya resucitaste en estos días? ¿Celebraste la pascua de Jesús y la tuya? Nosotros también tenemos que resucitar. No alcanza con recordar lo que pasó, tenemos que “pasar” por nuestra vida lo que celebramos. Tenemos que morir y resucitar. Cada día lo hacemos muchas veces sin darnos cuenta. La Pascua, lo que celebremos en estos días, es creer y alegrarse de que Dios, el Dios hecho hombre, hecho humano como nosotros, se hizo tan humano que quiso pasar por todo, no le esquivó a nada, y aun teniendo miedo y angustia lo pasó por nosotros, sin negar sus sentimientos, sin negar lo que le pasaba interiormente. Pasó muchas cosas y las venció, para ayudarnos a vencer, a pasar todo lo que tengamos pasar. Esto es lo que de alguna manera celebramos en la Pascua. Y nosotros… ¿Qué nos decimos cuando nos decimos feliz Pascua? ¿Pensamos en esto? ¿Nos decimos esto?
Algo del evangelio de hoy nos pinta una escena maravillosa. María que se queda llorando afuera del sepulcro por su amado. Todavía no había creído. Todavía no había comprendido. Los ángeles le preguntan por qué lloraba y ella respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Mientras tanto, tenía a Jesús en frente y no lo reconocía. El llanto muchas veces no nos deja ver, nos distorsiona la realidad. El llanto y el dolor se transforman en nubes que no nos dejan ver el sol, pero el sol está siempre, lo sabemos, pero lo olvidamos. Ayer escuchábamos que la mentira quiso tapar la resurrección, pero no pudo. Hoy vemos que el dolor, la tristeza y el llanto se nos vuelven en contra para reconocer a Jesús, pero que al mismo tiempo pueden ser la causa de nuestro encuentro con Él. Porque es en ese momento donde Jesús se nos presenta y nos pregunta Él mismo: ¡Por qué llorás? No es lo mismo que nos pregunte cualquiera a que sea el mismo Jesús. No fue lo mismo para María. Él le preguntó: “¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?” y después la llamó por su nombre. Solo el que pasó por algo tiene autoridad y derecho a preguntarle al otro que le pasa. Solo Jesús es capaz de preguntarnos por lo más profundo de nuestros sentimientos. Eso es lo lindo, eso es gratificante. No lo hace desde afuera, desde arriba, sino habiéndolo pasado. Él también lloró. No te olvides.
¿Por qué no dejarse preguntar esto hoy por Jesús? ¿Varón, mujer, fulano, fulana, porqué llorás, qué te pasa? ¿Por qué estás triste? ¿Por qué estás enojado, angustiada? ¿Por qué no me decís lo que te pasa? ¿Por qué teniendo todo andás como si no tuvieses nada? ¿Por qué buscás consuelo en tantas cosas y no en Mí? ¿No me ves que estoy al lado tuyo? ¿Por qué decís que crees en Mí y andás peor que aquellos que no creen en nada? No está mal llorar, angustiarse, entristecerse. No está mal ni bien, es parte de la vida, son cosas que pasan. Lo que hace mal en la vida, es no saber por qué estamos tristes, angustiados y enojados. Esa es la cuestión. Jesús no rechaza los sentimientos, pero nos quiere ayudar a reconocerlos y conducirlos. Por eso pregunta ¿A quién buscás? Sea en el momento que estés, el sentimiento que estés pasando o padeciendo, es bueno dejarse preguntar por Jesús, es bueno dejarse que nos diga nuestro nombre. ¿Por qué? ¿Qué buscás? Solo dejándonos preguntar el porqué y el qué buscamos, podremos escuchar a Jesús que nos dice nuestro nombre: ¡María! Fulano, Fulana, acá estoy, soy yo, ese que andás buscando y no podés ver. Lo que buscás está al frente tuyo y no te das cuenta. Tenés que aprender a pasar ciertas cosas, a vivir de Pascua en Pascua, a pasar sentimientos lindos y feos, tristezas y alegrías. Eso es resucitar. Hay que aprender a pasar las cosas con Jesús. Él las pasó primero y las pasó bien. Hay que pasar ciertas cosas sabiendo que siempre vendrá algo distinto, mejor o peor, según la mirada que tengamos, según si miramos las cosas con ojos de Resurrección o de muerte y pesimismo. Todo pasa y todo pasará para algo distinto. Depende de vos y de mí que sea para resucitar. Otra vez feliz Pascua de Resurrección.
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p. Rodrigo Aguilar
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p. Rodrigo Aguilar
Miércoles 8 de abril - Lucas 24, 13-35 - Miércoles de la Octava de Pascua
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?» Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.» Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.» El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 13-35
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?» Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.» Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.» El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.