Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Lunes 30 de marzo - Juan 12, 1-11 - Lunes Santo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 1-11


Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: ¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres? Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella.
Jesús le respondió: Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre.
Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.

Palabra del Señor
Comentario a Juan 12, 1-11:

Buen día, buen comienzo de otra gran Semana Santa; en realidad comenzamos ayer, pero después del Lunes Santo nos encaminamos lentamente hacia el Viernes Santo, que será el final de la vida de Jesús en esta tierra, en realidad el aparente final. Nos encaminamos también al Domingo de Pascua, a la resurrección. Por eso en estos días escucharemos en los evangelios los últimos momentos de la vida de Jesús, relatados por san Juan, sus últimos días, sus últimas acciones y gestos, sus últimas decisiones. Entre ellas aparece la escena de Algo del Evangelio de hoy, en el que Jesús con sus más amigos, con Marta, María y Lázaro, al que había resucitado, vive estos momentos tan particulares que acabamos de escuchar.
Dice la Palabra de hoy que le prepararon una cena, él fue a comer con sus amigos y además durante esa cena, María tuvo un gesto de amor que impregnó toda la casa de perfume y que sería lindo que impregne toda la casa de nuestro corazón. Todo un signo de lo que produce el amor en la vida de aquel que reconoce a Jesús como su Señor, como el que le da sentido a nuestra vida. Por eso, empecemos este lunes con mucho ánimo. Vuelvo a decir, no importa cómo hayamos llegado, pero vivamos esta Semana Santa con intensidad, dediquemos más tiempo a la oración, dediquemos más tiempo al silencio, apaguemos un poco tanto ruido que nos aturde, tanto aturdimiento de hoy que no nos deja pensar. Pareciera ser como una anestesia del corazón que impide que los latidos de nuestro ser nos digan lo que el Señor quiere. Por eso apaguemos un poco, dejemos tanto ruido. Pero antes de detenernos entonces en esta escena, pensemos en esto que también es importante, que me parece lindo del Evangelio de hoy. Jesús de algún modo se deja amar; de algún modo no, se deja amar por sus amigos. Misteriosamente Jesús, que podríamos decir que no necesitaba del amor humano, de los que lo rodeaban, porque siendo Dios no lo necesita, Jesús no solo ama, sino que al mismo tiempo se deja amar para enseñarnos que el amor también hay que aprender a recibirlo. Deja que le preparen una cena sabiendo que eran sus últimos días y, además, deja que derrochen en sus pies, por amor, un perfume carísimo. Es un detalle que a veces no tenemos en cuenta. Es tan difícil a veces amar, como dejarse amar por los demás. Aunque parezca una debilidad, Jesús necesitó del amor de los más cercanos, de sus discípulos, pero no una necesidad porque le faltaba algo, sino porque él lo quiso así para enseñarnos, porque eligió tanto amar como ser amado en todo y todo en su plenitud. Nosotros, en cambio, a veces andamos a las caídas, a los tumbos, como decimos, intentando amar y muchas veces no dejándonos amar, no dándole la oportunidad a los demás que tengan gestos de cariño con nosotros.
Pensémoslo… pensemos que en el fondo es de algún modo una cierta soberbia, es un sutil engaño al convencernos que no necesitamos de los demás y mucho menos cariño, gestos concretos. ¿Conoces esas personas que no les gusta que les demuestren cariño, que las abracen, que les digan que las quieren, que les festejen los cumpleaños, que les hagan sorpresas? ¿No será que en el fondo cuando somos así estamos ocultando una falsa humildad, una aparente austeridad de afectos e incluso de bienes, pero que en realidad le estamos privando a los otros la posibilidad de querernos? ¿No será soberbia eso pensando que no necesitamos afectos? Para pensar y rezar mucho. Jesús no descartó esa posibilidad aun pudiendo poner la excusa por los pobres. No. Cada cosa en su lugar y se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo. Amar a los pobres y tener gestos de derroche y de amor para con él. Hoy para nosotros en la vida de la Iglesia, podríamos decir que es la Eucaristía, la presencia real de Jesús entre nosotros, la liturgia. Eso hace María. Derrocha perfume por amor a Jesús reconociéndolo como su Señor. Eso hace la Iglesia con Jesús vivo en cada sagrario, en cada altar donde Jesús es adorado, adornado y ensalzado con tantas cosas.
O nos podemos preguntar: ¿lo hacemos? La Iglesia nunca tuvo ni debe tener reparo en gastar y derrochar en gestos de amor hacia Jesús vivo y presente, obviamente sin olvidarse de los pobres que siempre estarán y están con nosotros. Y son el Jesús entre nosotros también. Se pueden hacer las dos cosas, vuelvo a decir, amar a Jesús en los pobres y amar a Jesús en la Eucaristía, en cada sagrario, en cada templo, en la belleza de todo lo que dedicamos a él. Jesús y los pobres se merecen todos los gestos de amor.
Esta Semana Santa él espera de nosotros un gesto de derroche, derroche de amor, para que se impregne la casa de nuestro corazón, con el perfume que proviene él y cambia todo. Esta Semana Santa es de él y para él. Él quiere ser amado y por eso deja que lo amemos, que hagamos lo que se nos ocurra por él. No midamos el amor, siempre será poco, nunca alcanza, pero lo importante es dar todo lo que podamos. No tengamos miedo en esta semana en derrochar todo por amor a Jesús.

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p. Rodrigo Aguilar
Martes 31 de marzo - Juan 13, 21-33.36-38 - Martes Santo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 21-33.36-38


Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente:
«Les aseguro que uno de ustedes me entregará.» Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería. Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús. Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere.» El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?»
Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato.»
Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer.» Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto. Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que hace falta para la fiesta», o bien que le mandaba dar algo a los pobres. Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche. Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en Él.
Si Dios ha sido glorificado en Él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero Yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos:"A donde Yo voy, ustedes no pueden venir".» Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?»
Jesús le respondió: «Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás.» Pedro le preguntó: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti.»
Jesús le respondió: «¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 13, 21-33.36-38:

Toda la vida de Cristo es misterio. Vamos a celebrar en estos días el misterio pascual, o sea, el misterio de su paso de la muerte a la vida. Pero la palabra misterio para nosotros, los católicos, tiene una connotación especial; no es misterio en el sentido de que no lo podemos conocer absolutamente, sino lo contrario, que gracias a que se manifestó podemos conocerlo, no completa y plenamente, pero sí podemos conocerlo. Gracias a que Jesús se manifestó podemos conocer algo del corazón de Dios. Pero podríamos decir que hay un gran misterio en el corazón de Jesús que solo él nos lo puede revelar, y por qué no pedírselo en esta Semana Santa. ¿Cuál?, te estarás preguntando. La elección de Judas, la elección de este hombre como apóstol, aun sabiendo que lo iba a traicionar, y además la paciencia de soportarlo durante tres años sabiendo de sus malas intenciones y viendo que robaba lo que estaba destinado a los pobres. ¿Pensaste en esto alguna vez?
Un gran santo español, Manuel González, decía que «la conducta de Jesús para con Judas es la obra cumbre del ejemplo más perfecto de la misericordia del corazón de Jesús que quería grabar en el corazón de sus apóstoles y obviamente en nosotros. Toda la razón de ser de Judas en el grupo de los Doce era que el corazón de Jesús luciera toda su misericordia y todo su respeto a la libertad humana y enseñar a sus apóstoles de todos los tiempos la manera más eficaz de llevar el mensaje de Dios a los demás; lo que nosotros llamamos apostolado». ¡Qué locura de amor! ¡Qué locura de misericordia!
Hay una regla apostólica, hay una regla para los apóstoles –que somos vos y yo también–, que debemos aprender para que nuestra tarea sea realmente fecunda, no exitosa, sino fecunda: sea donde nos toque ayudar, educar, transmitir, evangelizar llevando la Palabra de Dios, nunca nos olvidemos de estas palabras de Jesús: «Hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio», lo dice Jesús en el Evangelio de Lucas. Eso que Él dijo lo llevó a la práctica de manera especial y profunda y misteriosamente con Judas; lo hizo siempre, le hizo siempre el bien sin esperar nada y, además, sabiendo que su amor no iba a dar fruto en él, es algo maravilloso e increíble, algo que no nos entra a veces en el corazón.
Hay que hacer todo lo posible por el corazón de los otros sin que se espere nada de ellos, ¡qué difícil! Y esto no quiere decir que no nos interesen los frutos y que nos dé lo mismo, sino que la fuerza del amor no tiene que estar puesta en la espera de esos frutos, porque ese fruto, que vendrá o no, no depende en definitiva de nosotros, sino que depende de la libertad del otro y de la gracia de Dios. Como dice san Pablo: «Nosotros sembramos y es Dios el que hace crecer». La actitud de Jesús ante Judas que se ve en Algo del Evangelio de hoy nos muestra, por un lado, el increíble extremo al que llega el amor del corazón de Jesús que se entrega aun sabiendo que será traicionado; y por otro lado, nos muestra hasta dónde puede llegar la debilidad del corazón humano que no se quiere doblegar ante tanto amor de Dios. ¿Puede el hombre ser tan duro? Sí, puede. ¿Puede el corazón de Jesús amar tanto y ser rechazado? Sí, sí puede.
La verdad que esto es para rezar y maravillarse, maravillarse de tanto amor, pero al mismo tiempo sirve para que nosotros nos preguntemos con sinceridad: si Jesús que amó tanto pudo ser rechazado, ¿qué impide que a mí no me pase lo mismo? ¿Quién me creo que a veces pretendo que todos me amen incondicionalmente como si yo fuera más que el mismísimo Dios? Cuando amo y busco sinceramente hacer el bien a los demás, ¿qué pretendo? ¿Que me retribuyan pensando que me lo merezco? ¿Espero el agradecimiento y la recompensa siempre cuando hago las cosas?
Cuánto amaríamos de más si pudiéramos vivir esta regla que nos enseña Jesús en el Evangelio y cuántos fracasos, desalientos, tristezas, enojos y cálculos humanos nos ahorraríamos si aprendiéramos a hacer el bien sin esperar nada a cambio.
Dios quiera y Dios lo quiere que podamos vivir y aprender esto en esta Semana Santa, pidámosle esta gracia con todo nuestro corazón. Empecemos estos días santos con este deseo en el corazón, de amar como nos ama Jesús, de saber esperar como nos espera Él, de tener esa paciencia que nos tiene Él.

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p. Rodrigo Aguilar
Miércoles 1 de abril - Mateo 26, 14-25 - Miércoles Santo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 26, 14-25


Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: « ¿Cuánto me darán si se lo entrego?» Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?»
El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: "El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos".»
Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará.»
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: « ¿Seré yo, Señor?»
El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!»
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: « ¿Seré yo, Maestro?»
«Tú lo has dicho», le respondió Jesús.

Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 26, 14-25:

Cuando uno se quiere «salvar a sí mismo», lo que en el fondo termina haciendo es privarles a los otros del amor de uno mismo, de la salvación que llega por medio del amor. Jesús hizo todo lo contrario, no se dejó vencer por esa gran «atracción» de hacer «la suya» y prefirió entregarse por todos. Si él se hubiera «salvado a sí mismo», no nos habría amado hasta el final, no nos habría salvado a nosotros, no se hubiese entregado hasta la locura, y eso no nos tocaría el corazón. ¡Qué distinto sería!, ¿no? Porque vivimos en un mundo en el que, generalmente, todos «quieren salvarse a sí mismos» y eso termina conduciendo al «sálvese quien pueda». Todos queremos «salvar» nuestro pellejo, como se dice, nuestro prestigio, nuestra buena fama, nuestros puestos. Y como nadie quiere ceder nada, la vida en sociedad termina siendo una especie de «cinchada», de puja para ver quién tira más fuerte; y como siempre, los más débiles terminan perdiendo. La ley del amor no es la ley del más fuerte, sino es la ley de la entrega por el otro, dando vida, dignificándonos mutuamente por medio del amor. No entremos en la lógica de luchar para «salvarnos a nosotros mismos», olvidándonos de los demás; hace mucho mal, termina desgastando, termina atrofiando el corazón. No es lo que nos enseñó Jesús.
Algo de los evangelios de este día por ahí te están sorprendiendo con la figura de Judas, pero te invito a que nos sorprendamos más y nos maravillemos mucho más con el amor del corazón de Jesús. Judas existió. Judas hubo, hay y habrá siempre. Judas también somos nosotros, vos y yo, cuando con nuestras traiciones grandes o pequeñas no hacemos la voluntad de Dios. Aunque a veces nos cueste aceptarlo, no podemos lavarnos las manos como lo hará Pilato el Viernes Santo; somos parte de esta humanidad caída, pecadora y traicionera, que se deja comprar muchas veces por algunas monedas, por poco o por nada. Pedro también prometió y no cumplió finalmente. ¿Cuántas veces nosotros prometimos todo y nos chocamos con nuestra propia debilidad en la primera esquina? La vida, nuestra vida de fe muchas veces es así. Por un lado, o, mejor dicho, al mismo tiempo, el deseo de amar, la entrega diaria, silenciosa, sacrificada, generosa; la presencia del Reino de Dios, de Jesús entre nosotros; miles de lugares donde Jesús se sigue entregando por medio de tantas personas que dan la vida. Pero también, y a un ritmo diferente, la presencia del Mal, de personas que se dedican a hacer maldades, injusticias, traiciones, personas que se venden por dinero, guerras, muertes y tantas cosas más, y por qué no nuestras propias traiciones, infidelidades al amor de Jesús, infidelidades a nuestra vocación, a nuestros seres queridos, y tantas cosas más. Es el drama de esta humanidad en la cual Jesús quiso meterse, el drama del corazón humano incapaz de amar a veces y de doblegarse ante tanto amor. Por eso Jesús se metió, para vencer el odio desde adentro, para enfrentarlo no con las mismas armas que nosotros, sino con las armas de un amor extremadamente paciente y misericordioso, que va penetrando en el corazón de aquellos que están cerrados. ¿Qué otro milagro de paciencia pudo haber hecho Jesús que esperar hasta el final a este supuesto amigo que lo terminó traicionando por dinero? ¡Qué enseñanza nos deja Jesús a todos y, en especial, a los que tenemos el cuidado y guía de personas, de corazones! Paciencia extrema sin esperar nada a cambio, esa es la fórmula. Eso también tenemos que hacer nosotros con nuestros hijos, con los alumnos, con nuestros amigos.
Lo que parece un fracaso ante los ojos poco profundos de este mundo, como, por ejemplo, el más bueno de todos traicionado por un tonto ambicioso, es ante nosotros el éxito del amor misericordioso de Dios, que respeta la libertad de sus hijos y que nos enseña cómo debemos actuar también. Apostar siempre, siempre hasta el final. Siempre puede haber una luz al final del túnel. Todo ser humano tiene la capacidad de amar y de convertirse, nunca hay que rendirse.
Solo el amor puro y sincero puede cambiar a las personas más alejadas y renegadas, más reacias al amor. Sin embargo, hay algo que no hay que olvidar. Incluso haciendo todo lo posible, siempre hay que dejar la puerta abierta a la posibilidad del rechazo, del olvido y de la traición, no porque nos guste, sino porque puede pasar. Si a Jesús le pasó, ¿por qué pensás que no nos puede pasar a nosotros?
No nos cansemos de hacer el bien y de buscar el bien de los demás. Elijamos a los menos amados y menos amables para hacerles sentir el amor de un Dios que no se cansa de amar y esperar hasta el final. Jesús hizo y hace lo mismo con cada uno de nosotros, él no quiso jugar a la «cinchada», eso es lo que nos tiene que maravillar. Alguna vez fuimos Judas, otras veces fuimos Pedro. ¿Por qué entonces no animarnos a empezar de una vez por todas a ser como Jesús, que sabe amar, esperar y apostar siempre a la bondad de nuestros corazones?

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p. Rodrigo Aguilar
Jueves 2 de abril - Juan 13, 1-15 - Jueves Santo – Cena del Señor

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 1-15


Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?»
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás.»
«No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!»
Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte.»
«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!»
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos.» El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios.»
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.»

Palabra del Señor.
Comentario a Juan 13, 1-15:

Buen día, a todos los que escuchamos la Palabra de Dios, estés donde estés; estés trabajando o estés empezando a tomarte unos días de descanso, pero también con el corazón puesto en lo que la Iglesia nos propone para vivir.
Estés como estés, hayas llegado como hayas llegado en esta cuaresma, después de tantos días de preparación, de venir escuchando la Palabra, o de venir escuchándola alternadamente; no importa. Ahora podemos meter el corazón donde hay que meterlo, meter el corazón en este jueves santo, el comienzo del Triduo Pascual: jueves, viernes y sábado. Jueves: la cena del Señor, Viernes: la pasión del Señor y el Sábado: la Vigilia Pascual con la cual nos prepararemos para llenarnos de alegría y de gozo con la Resurrección de nuestro Señor y con nuestra propia resurrección que tenemos que tratar de vivir.
No importa; no nos quedemos en cómo estamos, sino alegrémonos de que estamos y que hoy contemplamos en algo del evangelio esta maravilla; que Jesús "...se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura, luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura".
¿Te das cuenta de esto? ¿Nos damos cuenta? Jesús agachado lavando los pies; el Maestro, Dios mismo hecho hombre, haciendo un trabajo de esclavo (que sólo hacían los esclavos), ¿podés creerlo? Mediante este acto en los discípulos, también nos estaba lavando los pies a vos y a mí. "¿Con qué pagaremos al Señor todo el bien que nos hizo?" –dice el salmo–.
Jesús se "agacha"; todo un signo. Se agacha para que algún día y de una vez por todas, nosotros también aprendamos a agacharnos por los demás. Agachémonos por los demás y así encontraremos la verdadera felicidad. Agachate por tu mamá, por tu papá; agachate por tu hijo, por tu hija que lo necesita; por tu hermano, por tu hermana; por tu esposa, por tu marido; por el pobre que vemos todos los días a la vuelta de nuestra casa, en la esquina de la plaza, incluso en la puerta de la Iglesia donde vamos a rezar, a veces tenemos pobres ahí y ¿nos agachamos? ¿Nos frenamos para ponernos a su nivel? Aunque en realidad todos estamos al mismo nivel.