Algo del Evangelio
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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org
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Sábado 14 de febrero - Marcos 8, 1-10 – V Sábado durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 8, 1-10

En esos días, volvió a reunirse una gran multitud, y como no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos.»
Los discípulos le preguntaron: «¿Cómo se podría conseguir pan en este lugar desierto para darles de comer?»
Él les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?»
Ellos respondieron: «Siete.»
Entonces él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo, después tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. Ellos los repartieron entre la multitud. Tenían, además, unos cuantos pescados pequeños, y después de pronunciar la bendición sobre ellos, mandó que también los repartieran.
Comieron hasta saciarse y todavía se recogieron siete canastas con lo que había sobrado.
Eran unas cuatro mil personas. Luego Jesús los despidió. En seguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.

Palabra del Señor.
Comentario a Marcos 8, 1-10:

¿Pudiste ser luz y sal en esta semana? ¡Qué linda semana en la que tratamos de desmenuzar el Evangelio del domingo, en donde Jesús nos decía que ya somos luz, que ya somos sal, que nuestras obras deben ser realizadas para glorificar a nuestro Padre que está en el cielo! Por eso para ser luz y sal debemos aprender a obrar con humildad, como san Pablo que también desde esa lectura del domingo nos enseñaba que somos simples instrumentos, que cuando nos ponemos por encima de aquel que nos llama, finalmente vivimos equivocando el camino y nos creemos los salvadores de los demás. Nos tenemos que presentar ante los demás débiles, vulnerables, sabiendo que el que hace la obra es Jesús. Y también, iluminados por la palabra de Isaías, el domingo escuchábamos que cuando hacemos el bien a los que más necesitan, también tenemos que tener en cuenta nuestra propia carne decía, no descuidar nuestras propias necesidades. ¿Cuántas veces por amar, amar, hacer cosas por otros nos olvidamos que también nosotros necesitamos? Y si aprendemos a amar, ser luz y sal, y, al mismo tiempo, amarnos a nosotros mismos, a no descuidar nuestra propia carne, «nuestra luz despuntará como la aurora», decía la Palabra de Dios. ¡Qué maravilla! ¡Qué linda semana para descubrirnos con toda la bondad que Dios nos ha creado y seguir luchando para amar…seguir luchando para amar.
Desde Algo del Evangelio de hoy, de este sábado, podríamos decir que siempre sobra, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios. Cuando Jesús está en medio de nosotros, en nosotros, jamás puede faltar lo esencial para vivir. Cuando falta, en realidad es porque Jesús no está ahí, no porque él no quiere, sino porque alguien no le dio el lugar, alguien no lo deja entrar, alguien le cerró la puerta. Así dice el libro del Apocalipsis: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos». Solo es cuestión de dejarlo pasar. Él está tocando la puerta, la de tu corazón y la del mío. Cuando Jesús está en un corazón, jamás faltará lo necesario para vivir en paz, o sea, el amor que se necesita.
La santa Madre Teresa de Calcuta no refiriéndose directamente a este Evangelio, pero sí creo que cae como anillo al dedo, decía algo así: «Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer cosas grandes». Cada uno podríamos decir entonces que hace lo que puede –eso quiso decir la Madre Teresa– y los otros hacen lo que uno no puede hacer, porque no todos podemos hacer todo, pero con esos «podemos» de cada uno chiquitos se pueden hacer cosas grandes que a veces ni calculamos, que ni pensamos. ¡Qué gran emoción cuando uno se pone a pensar en esto con fe y con profundidad! ¡Esto es la Iglesia! ¡Qué maravilla cuando nos damos cuenta que la multiplicación de los panes es el milagro continuo y actual del amor de Jesús que se comparte y se derrama abundantemente a tantos lugares impensados, a corazones que nunca imaginamos! ¿Cuántas obras hay en la Iglesia? ¿Cuántas obras comenzaron así? Seguramente tu comunidad, por ejemplo, un movimiento, una parroquia. Tantas obras de caridad que surgieron por el «podemos» de alguien silencioso y el «podemos» de otro, y de otro, y otro y así todo fue creciendo, todo empezó a crecer. Y hoy la Palabra de Dios, el amor de Dios se extiende de corazón a corazón, de generación a generación.
El milagro de la multiplicación de los panes pasó verdaderamente, no como algunos quieren tratar de negar en estos tiempos diciendo que fue como algo simbólico, que en el fondo nos quiere enseñar Jesús a compartir. Es una pérdida de tiempo detenerse en esos análisis, lo importante es que Jesús lo hizo y lo sigue haciendo. Jesús lo hace a cada minuto, en cada rincón de este planeta, cuando creemos en su amor, cuando confiamos en su palabra, cuando nos abandonamos a su obra –que es más grande que la nuestra–, cuando no nos adueñamos de su amor, cuando simplemente somos instrumentos, canales, cuando nos animamos a escuchar esto cada día.
Pero al mismo tiempo levantamos el corazón para ver que hay miles de «hambrientos», como nosotros, que necesitan del «pan de Jesús», del pan material, del pan de una vida más llevadera, más digna, pero también del pan del amor, del pan de la Palabra.
¿Pensás que tenés que saber muchas cosas para convertirte en transmisor de la Palabra de Jesús? ¿Pensás que tenés que tener mucho para convertirte en pan para los demás? Eso no es así. Somos luz y sal. Somos la luz y la sal de este mundo. Llevamos en nuestro interior el tesoro en vasijas de barro, la capacidad de amar, no hay que dar muchas más vueltas. Cuando damos muchas vueltas, es porque no nos damos cuenta de que lo que buscamos ya lo tenemos al alcance de nuestras manos, en nuestro corazón. No hay que ir a buscar pan para todos a todos lados, hay que dar lo que se tiene y eso se multiplica. Así de sencillo. ¿Nos parece extraño esto? ¿Será porque todavía no experimentamos que el amor de Jesús siempre es desbordante? Si ya lo hacés, anímate y afírmate en esta maravilla multiplicadora. Si todavía no podés hacerlo, no lo hiciste, pensá que alguien pueda hacer «lo que vos no podés» y ponete a hacer «lo que otros no pueden y lo que solo vos podés». Y así es como se van uniendo los eslabones de la cadena y se llega a donde jamás se hubiera pensado.
Siempre sobra cuando se ama, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios, cuando Jesús está en medio de nosotros, cuando le abrimos las puertas para cenar con él todos los días.
Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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P. Rodrigo Aguilar
Domingo 15 de febrero - Mateo 5, 20-22a. 27-28. 33-34a. 37 – VI Domingo durante al año (A)

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 5, 20-22a. 27-28. 33-34a. 37


Jesús dijo a sus discípulos:
Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal». Pero Yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal.
Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero Yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: «No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor». Pero Yo les digo que no juren de ningún modo.
Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 5, 20-22a. 27-28. 33-34a. 37:

¿Te acordás algo de los evangelios de los domingos pasados? Es bueno recordar cada tanto el caminito que venimos realizando para no errar los pasos en el camino que sigue. Cada Evangelio por supuesto es único, tiene su compresión en sí mismo, pero al mismo tiempo ninguno puede leerse sacándolo o separándolo del todo de la Escritura. Así pasa con toda la Palabra de Dios, jamás puede ser tomada como partes separadas, jamás puede ser tenida como un libro de donde se sacan «lindas frases» para vivir bien, es mucho más que eso. Por eso el Evangelio de cada día debe estar siempre acompañado de una mirada de conjunto, de una mirada totalizadora, que complete, de una visión de conjunto que no olvide que entendiendo el todo se entienden mejor las partes. Y ahí también está el arte y la inspiración de cada predicar que tiene que aprender a unir, a unir, no a dividir.
Por eso, te decía ¿te acordás de los evangelios de Mateo de los domingos anteriores para poder entender mejor el de hoy? Bueno, hagamos un repaso bien cortito y sencillo: Empezábamos este tiempo común u ordinario, escuchando que Jesús nos anunciaba la llegada del Reino de Dios. En segundo lugar, el Reino de Dios nos traía una promesa de felicidad, las bienaventuranzas, que ya pueden vivirla los pobres de espíritu y los pacientes desde ahora, en este momento. En tercer lugar, Jesús nos decía el domingo pasado que esas promesas hay que vivirlas y transmitirlas siendo luz y sal en esta tierra, y que ya lo somos de alguna manera, que esa sal y esa luz están en nuestro interior, y que nuestras obras, las obras de los hijos del Padre tienen que ser justamente para glorificar al Padre, para darle gloria a él mismo y no a nosotros.
Algo del Evangelio de hoy nos trae, como un cuarto paso de este caminito, exigencias concretas que debemos comprender y vivir los que aceptamos el Reino de Dios, la soberanía de Dios Padre en nuestros corazones. No es solo cuestión de creer en el Reino, saber que está, reconocer sus promesas, ser conscientes de que somos algo por gracia, sino que ahora hay que llevarlo a la vida, como lo hizo el mismo Jesús, hay que vivir como hijos de Dios, como vivió él mismo, queriendo ser hermano de todos. Es el Padre del Cielo el que sabe lo mejor para nuestros corazones, es por eso que él es el que nos da la clave para vivir en paz con nosotros y como hijos. De esta manera hay que intentar interpretar las palabras del Evangelio de hoy, sino como se dice por ahí… «es más de lo mismo». ¿Vos crees que Jesús pudo haber venido a este mundo a decir más de lo mismo? ¿Vos crees que vino simplemente a radicalizar la ley de Dios, la ley del Antiguo Testamento y a decirnos que hay que cumplirla, sino nos vamos a ir al infierno? ¿Vos crees que Jesús vino simplemente a darnos una clase magistral de cómo se deben hacer las cosas? ¿Cuántas clases magistrales escuchamos en nuestra vida? ¡Qué triste sería el Evangelio si pensáramos así! ¡Qué triste nuestra vida cristiana si creyéramos, como creen algunos cristianos, que Jesús vino a cumplir la ley para que la cumplamos! ¡Es mucho más que eso! ¡No es más de lo mismo! ¡Jesús no hubiese perdido el tiempo en venir a este mundo para tirarnos una ley más sobre la cabeza, sobre los hombros, imposible de cumplir! La Iglesia tampoco es eso, ni debe ser eso, no está para eso, vos y yo tampoco. La Iglesia no debe predicar solamente una moral, aunque algunos lo hagan por ahí. Es un tema apasionante, núcleo de nuestra fe, muy lindo y profundo, que no alcanza para hoy, pero intentaremos ir desmenuzándolo a lo largo de estas semanas que se nos vienen.
Con las Bienaventuranzas que escuchábamos desde hace dos domingos comenzó el Sermón de la Montaña, el Sermón del Hijo de Dios, en donde recibimos la ley de Dios, la ley de la Gracia de Dios, la ley del Don, la ley de saber que «la ley por sí misma» no nos salva, paradójicamente, sino que lo que nos salva es la Gracia de Dios que nos ayuda a vivirla y que es gratuita. Tan simple y difícil como eso.
Eso es lo que tenemos que aceptar, la Gracia que viene de lo alto. La Gracia es el amor de Dios que nos transforma desde adentro para poder vivir las exigencias del Reino, sino sería más de lo mismo, sino sería pura letra muerta, que, además, nos agobiaría y nos llevaría al hartazgo, como a tantos cristianos les ha pasado. ¿Cuántos cristianos se han alejado de la Iglesia y de Jesús por no haber entendido esto? ¿Cuántos cristianos se han cansado de querer vivir algo que es imposible si no se mira desde el corazón y no tanto desde la ley? ¿Cuántos predicadores nos han explicado tan pobremente esto que nos hemos quedado con la cáscara y no con el carozo, con la esencia? Bueno, no importa. No alcanza con lamentos. Estamos para más, estamos para mucho más, estamos para que nuestra santidad, el vivir la voluntad de Dios –eso quiere decir justicia– sea superior a lo de los escribas y fariseos; superior a la de los que creen que por cumplir una ley serán mejores y más buenos; superior a la de los «cristianos de salón», como se dice por ahí, que se quedan con lo exterior, con el cumplir, con el qué dirán y se olvidan de que Dios conoce cada corazón y sabe de nuestras intenciones.
Volvamos a escuchar y alegrarnos de esta buena noticia: «Cambiemos porque el Reino de Dios está cerca», «Seremos felices si deseamos la humildad, la paciencia, la mansedumbre y la vivimos», «Somos sal y luz de la tierra, ya lo somos. Estamos para salar e iluminar» y «nuestra santidad, nuestro deseo de vivir la voluntad de nuestro Padre, no se basa en el cumplimiento, sino en el amor, en desear ser hijos y hermanos de todos».
Que tengamos un buen día, un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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P. Rodrigo Aguilar
Lunes 16 de febrero - Marcos 8, 11-13 – VI Lunes durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 8, 11-13


Llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: « ¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo.»
Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla.

Palabra del Señor.
Comentario a Marcos 8, 11-13:

Cuando empezamos a descubrir lentamente en la vida, o a veces de golpe, que ser cristiano es mucho más que «cumplir» ciertas normas, que es mucho más que quedarse «tranquilo de conciencia» por haber hecho algunas cosas bien, que es mucho más maravilloso que andar «calculando» el amor que podemos dar, que es mucho más pleno que quedar bien con un Dios supuestamente que nos está controlando para ver si le obedecemos o no… todo empieza a tomar otro color, todo empieza a verse de una manera distinta. ¿Te pasó? ¿Te pasa? Ojalá que sí, porque así lo quiere nuestro Padre del cielo que nos considera hijos y no esclavos, que nos ama como a hijos, no como a objetos, que pretende amor, no servidumbre desinteresada, fría, seca y sin alma. Si no te pasó nunca todavía, si sos de esos tantos cristianos por el mundo como vos y yo por ahí que todavía no descubren la vida del espíritu, no desesperes, es el camino que todos debemos recorrer, tarde o temprano, si queremos salir del esquema de una religión vivida como imposición desde afuera, sea por quien fuera. Si no te pasó, volvé al Padrenuestro, rézalo con el corazón, es la oración de los hijos de Dios, y digamos juntos: «Venga tu Reino, que venga tu reinado de amor a nuestras vidas, vení a nuestras vidas así te reconocemos como Padre, no como algo extraño y lejano, no como un «Dios» así nomás, a secas, abstracto, sino como un Padre y queremos sentirnos hijos».
El cristiano en serio es el que empieza a vivir esta relación de amor, real y concreta con un Dios que es Padre siempre, con un Dios que es Hijo y hermano mayor y con un Dios que es Espíritu, que habita en las almas, que las anima y las consuela siempre. El cristiano que recibe esta gracia, que no fuerza su relación con su Padre, sino que la disfruta, que vive feliz de ser pobre de espíritu, que vive feliz por ser paciente, por ser misericordioso, por estar en paz, por tener el corazón puro, por dejarse consolar en el sufrimiento, es el cristiano que no necesita «signos» especiales, no necesita andar «desafiando» a Dios. ¿Qué hijo, que se siente hijo verdaderamente y que ama a su Padre, lo desafía y discute con él? Una cosa es enojarse cada tanto y por dificultades, una cosa es no entender sus caminos y otra cosa es desafiarlo y discutir.
Algo del Evangelio de hoy nos enseña lo que no debemos hacer con Jesús, con su Padre si queremos ser felices. Ni discutir, ni desafiar. Algo que les encantaba a los fariseos. Algo que le encantaba a muchísima gente, discutir y discutir, y desafiar y desafiar, y repreguntar siempre, algo que a nuestro corazón a veces también le gusta. ¡Cuidado! ¿Sos de discutir y desafiar a los demás? ¿Sos de discutir y desafiar a Dios? Vuelvo a decir, una cosa es preguntarle a tu padre el porqué de esto y el porqué de lo otro –algo normal y parte de nuestra vida– y otra cosa es plantarnos frente a Dios como casi más grandes que él, y no como hijos, sino como pares. Discutir no tiene sentido, dialogar sí. Por eso no discutas con nadie, no pierdas el tiempo. Dialogar, eso siempre, no nos cansemos de dialogar, es lo mejor que podemos hacer. Dejemos de discutir, porque es lo peor que podemos hacer. Fijémonos que dice el Evangelio que «llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él», no dice que Jesús discutía con ellos. No me imagino a Jesús discutiendo mucho, sí me lo imagino queriendo dialogar, pero cuando alguien no quiere dialogar, el problema no es propio, sino que es del otro, es el otro el que finalmente no quiere.
El que discute generalmente cae en el desafío, en el desafiar a los otros, en el intentar poner a prueba al otro porque en el fondo no le interesa lo que el otro piensa y siente, sino solo en lo que él piensa y siente. El que discute no escucha, no está dispuesto a escuchar, por eso discute, es medio «sordo» del corazón. El que discute no está abierto a incorporar algo nuevo, sino que busca que el otro se adecue a su manera de ser.
Por eso los fariseos discuten, desafían y piden un signo, quieren comprobar lo que ellos piensan, mientras en el fondo no se dan cuenta que tenían el signo en frente a ellos, a sus narices. Mucho para aprender de la Palabra de Dios de hoy siempre, como siempre. No solo en nuestra relación con los demás, sino con Dios, nuestro Padre. ¿Dialogamos con Dios como un Padre, como un Papá del cielo o discutimos? ¿Le preguntamos o lo desafiamos? ¿Lo escuchamos o solo hablamos?
Finalmente es lindo imaginar ese momento en el que «Jesús, suspirando profundamente, dijo: “¿Por qué esta generación me pide un signo?”». ¿Qué pensará Jesús de nosotros cuando le pedimos signos? ¿Suspirará de la misma manera? Podemos ser parte de esa generación que no se comporta como hijos y anda desafiando a Dios. Podemos, ¡cuidado! ¿Por qué será que no terminamos de convencernos del signo más grande y maravilloso que podamos imaginar, del mismísimo Jesús? ¿Por qué será que nos pasamos bastante tiempo de nuestras vidas discutiendo, desafiando a otros y, al mismo tiempo, no nos damos cuenta que el mayor desafío está en reconocer el amor de Dios que se hizo carne en Jesús y se hace carne todos los días con su Palabra, con la Eucaristía, con los más necesitados, en nuestras familias, con todos los que tenemos alrededor? ¿Qué Dios pretendemos? ¿No será que a veces somos demasiados pretensiosos?
Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

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p. Rodrigo Aguilar
Martes 17 de febrero - Marcos 8, 14-21 – VI Martes durante el año

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 8, 14-21

Jesús volvió a embarcarse hacia la orilla del lago.
Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: «Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.» Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan.
Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?»
Ellos le respondieron: «Doce.»
«Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?»
Ellos le respondieron: «Siete.»
Entonces Jesús les dijo: «¿Todavía no comprenden?»

Palabra del Señor.