La fe es así, se potencia cuando se da de a muchos, se siente más cuando va acompañada de otros. La fe sana porque nos vincula con otros, nos llena de buenos amigos y grandes corazones.
Por eso debemos dejarnos ayudar por otros si no andamos bien, debemos dejar que otros nos lleven a Jesús cuando andamos rengueando o dolidos, cuando andamos tristes o ensimismados, cuando andamos casi tan paralíticos que nos queremos quedar sin mover, quietos. Por eso tenemos que ver a quién podemos ayudar hoy para acercarlo a Jesús, para que se anime a «dejarse llevar» aunque le de vergüenza. La vergüenza no cuenta cuando se trata de estar con nuestro Maestro. Solo yendo todos juntos a Jesús podremos ser curados y perdonados, o perdonados y curados. La gran curación de nuestra vida es el perdón recibido y dado a los demás, a los que nos ofendieron, porque, en realidad, es la falta de perdón la que nos enferma y paraliza. Hay miles de cristianos paralíticos, que, en realidad, están paralizados por los pecados que cometieron y que sufrieron de otros, por los pecados de otros que no pueden perdonar. No vale la pena quedarse paralítico, vale la pena dejarse perdonar y perdonar.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Por eso debemos dejarnos ayudar por otros si no andamos bien, debemos dejar que otros nos lleven a Jesús cuando andamos rengueando o dolidos, cuando andamos tristes o ensimismados, cuando andamos casi tan paralíticos que nos queremos quedar sin mover, quietos. Por eso tenemos que ver a quién podemos ayudar hoy para acercarlo a Jesús, para que se anime a «dejarse llevar» aunque le de vergüenza. La vergüenza no cuenta cuando se trata de estar con nuestro Maestro. Solo yendo todos juntos a Jesús podremos ser curados y perdonados, o perdonados y curados. La gran curación de nuestra vida es el perdón recibido y dado a los demás, a los que nos ofendieron, porque, en realidad, es la falta de perdón la que nos enferma y paraliza. Hay miles de cristianos paralíticos, que, en realidad, están paralizados por los pecados que cometieron y que sufrieron de otros, por los pecados de otros que no pueden perdonar. No vale la pena quedarse paralítico, vale la pena dejarse perdonar y perdonar.
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Viernes 5 de julio + XIII Viernes durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 9, 9-13
Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: « ¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»
Palabra del Señor.
Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: « ¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»
Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»
Palabra del Señor.
Comentario Mateo 9, 9-13:
Jesús siempre nos da más, mucho más de lo que nosotros creemos que necesitamos. ¿Sabías? La mujer con hemorragias, esa que las padecía desde hacía doce años y nadie podía curar, se acercó a Jesús con la certeza de que iba a ser curada de su mal físico, pero jamás se imaginó que Jesús la iba a mirar, devolviéndole la dignidad y la paz del corazón. «Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad”». ¡Qué maravilla! Nosotros a veces solo preocupados por lo exterior, por el cuerpo, y Jesús, que se preocupa y ocupa de todo, tomando todo el corazón y el espíritu. La fe nos salva, nos da paz e incluso puede curarnos de nuestras enfermedades físicas. ¿Quién puede darnos tanto?
Alguien que de hace unos pocos meses había vuelto a la fe, con todo lo que eso implica, me dijo una vez: «Padre, quiero volver a la vida de antes. Ahora sufro más porque mis heridas parece que empeoran, no me sano más, al contrario». Era entendible, eso nos pasa cuando Jesús nos encuentra de adultos, cuando la vida y nuestros pecados nos golpearon demasiado, tanto que incluso preferiríamos vivir anestesiados espiritual y psicológicamente como para no sentir más dolor con tantas heridas viejas. El maligno y nuestra vergüenza nos impulsan a ocultarlas; Jesús, a manifestarlas. Nos mira, nos ama, nos perdona siempre, porque solo así podrán ser curadas, solo así pueden transformarse en bendición para nosotros y para los otros. Solo Jesús puede transformar una enfermedad en un motivo y motor para amar mucho más que antes. Solo el que fue sanado, curado, puede ayudar a sanar y curar a otros.
Cuando nos acercamos a Jesús con fe, como la mujer enferma del Evangelio del domingo, nos llevamos mucho más de lo que imaginamos. Él no se deja ganar en generosidad, él siempre nos da y nos dará más de lo que imaginamos cuando nos entregamos a él, cuando confiamos. Lo físico es pasajero, de hecho, nos podremos volver a enfermar una y mil veces más; en cambio, el perdón, la paz, la salvación del corazón no pueden comprarse en ningún lado, no se pueden negociar con nadie. De Algo del Evangelio de hoy, las palabras de Jesús nos corrigen de alguna manera. Hoy y siempre sus palabras nos dan un sacudón, muchas veces necesario. No te creas que cada tanto no necesitamos un buen sacudón. Jesús, simbólicamente, sacudía a los fariseos y a los escribas muchísimo, aunque no todos lo quisieron escuchar de corazón. También a nosotros nos puede pasar lo mismo. Él trataba de sacudir la soberbia que llevaban impregnada en el corazón, casi como una segunda naturaleza, pero no podía, incluso se enojaban más con él. En realidad, no sabemos qué pasó con todos estos hombres soberbios, no sabemos si finalmente se convirtieron –eso solo lo sabe el Padre–, pero lo que sabemos es que les encantaba pensar mal, les encantaba mirar mal, les encantaba entender todo mal, por decirlo de alguna manera. Y a Jesús le encantaba, le encanta –me gusta decirlo así– ponerlos en «offside», como se dice en el fútbol. Jesús los dejaba siempre fuera de juego, con gestos, con silencios, con retos, con miradas, con actitudes. Nunca le pudieron ganar, porque él siempre supo lo que pensaban y lo que querían hacer. Ellos pensaban que tenían todo bajo control y, en realidad, Jesús era dueño y Señor de sí mismo y de todas las situaciones. Se hacía el que «perdía», pero siempre ganaba. Pareció para los demás un fracasado, pero fue el único que ganó y nos ganó para el cielo, para la eternidad con su misericordia.
¿Mirá si hoy Jesús nos deja a vos y a mí en «offside»? ¿No nos vendría bien darnos cuenta que muchas veces andamos jugando adelantados y nos creemos los dueños de la pelota? No está mal, creo yo, quedar a veces «adelantados» cada tanto. Nos ayuda a no olvidar que somos creaturas y que el juego, por decirlo así, no es nuestro, sino que es de él y sus reglas debemos cumplir.
Jesús siempre nos da más, mucho más de lo que nosotros creemos que necesitamos. ¿Sabías? La mujer con hemorragias, esa que las padecía desde hacía doce años y nadie podía curar, se acercó a Jesús con la certeza de que iba a ser curada de su mal físico, pero jamás se imaginó que Jesús la iba a mirar, devolviéndole la dignidad y la paz del corazón. «Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad”». ¡Qué maravilla! Nosotros a veces solo preocupados por lo exterior, por el cuerpo, y Jesús, que se preocupa y ocupa de todo, tomando todo el corazón y el espíritu. La fe nos salva, nos da paz e incluso puede curarnos de nuestras enfermedades físicas. ¿Quién puede darnos tanto?
Alguien que de hace unos pocos meses había vuelto a la fe, con todo lo que eso implica, me dijo una vez: «Padre, quiero volver a la vida de antes. Ahora sufro más porque mis heridas parece que empeoran, no me sano más, al contrario». Era entendible, eso nos pasa cuando Jesús nos encuentra de adultos, cuando la vida y nuestros pecados nos golpearon demasiado, tanto que incluso preferiríamos vivir anestesiados espiritual y psicológicamente como para no sentir más dolor con tantas heridas viejas. El maligno y nuestra vergüenza nos impulsan a ocultarlas; Jesús, a manifestarlas. Nos mira, nos ama, nos perdona siempre, porque solo así podrán ser curadas, solo así pueden transformarse en bendición para nosotros y para los otros. Solo Jesús puede transformar una enfermedad en un motivo y motor para amar mucho más que antes. Solo el que fue sanado, curado, puede ayudar a sanar y curar a otros.
Cuando nos acercamos a Jesús con fe, como la mujer enferma del Evangelio del domingo, nos llevamos mucho más de lo que imaginamos. Él no se deja ganar en generosidad, él siempre nos da y nos dará más de lo que imaginamos cuando nos entregamos a él, cuando confiamos. Lo físico es pasajero, de hecho, nos podremos volver a enfermar una y mil veces más; en cambio, el perdón, la paz, la salvación del corazón no pueden comprarse en ningún lado, no se pueden negociar con nadie. De Algo del Evangelio de hoy, las palabras de Jesús nos corrigen de alguna manera. Hoy y siempre sus palabras nos dan un sacudón, muchas veces necesario. No te creas que cada tanto no necesitamos un buen sacudón. Jesús, simbólicamente, sacudía a los fariseos y a los escribas muchísimo, aunque no todos lo quisieron escuchar de corazón. También a nosotros nos puede pasar lo mismo. Él trataba de sacudir la soberbia que llevaban impregnada en el corazón, casi como una segunda naturaleza, pero no podía, incluso se enojaban más con él. En realidad, no sabemos qué pasó con todos estos hombres soberbios, no sabemos si finalmente se convirtieron –eso solo lo sabe el Padre–, pero lo que sabemos es que les encantaba pensar mal, les encantaba mirar mal, les encantaba entender todo mal, por decirlo de alguna manera. Y a Jesús le encantaba, le encanta –me gusta decirlo así– ponerlos en «offside», como se dice en el fútbol. Jesús los dejaba siempre fuera de juego, con gestos, con silencios, con retos, con miradas, con actitudes. Nunca le pudieron ganar, porque él siempre supo lo que pensaban y lo que querían hacer. Ellos pensaban que tenían todo bajo control y, en realidad, Jesús era dueño y Señor de sí mismo y de todas las situaciones. Se hacía el que «perdía», pero siempre ganaba. Pareció para los demás un fracasado, pero fue el único que ganó y nos ganó para el cielo, para la eternidad con su misericordia.
¿Mirá si hoy Jesús nos deja a vos y a mí en «offside»? ¿No nos vendría bien darnos cuenta que muchas veces andamos jugando adelantados y nos creemos los dueños de la pelota? No está mal, creo yo, quedar a veces «adelantados» cada tanto. Nos ayuda a no olvidar que somos creaturas y que el juego, por decirlo así, no es nuestro, sino que es de él y sus reglas debemos cumplir.
¿No te pasa que alguna vez te enojaste con los que son buenos con otros que parece que no se lo merecen? ¿No te enojaste alguna vez con tu padre o tu madre porque fue bueno o buena con otro de tus hermanos que vos considerabas que no lo merecía, que no lo necesitaba? ¿No te creíste alguna vez con derecho a juzgar qué es lo que tiene o debería hacer tu padre o tu madre o alguna autoridad para con los otros? ¿No te enojaste en tu trabajo porque tu jefe quiso ser generoso con otro que vos pensaste que no lo merecía? ¿No te pasó que alguna vez incluso juzgaste a Dios por esto o por lo otro, por lo que pasa, o por lo que consideramos que hace? ¿Por qué esto o por qué lo otro? ¿No nos pasa eso con Dios Padre, a vos y a mí también, eso de decirle lo que tiene que hacer casi como si fuéramos los jueces del mundo, incluso de él mismo?
Vayamos hoy, te propongo, a aprender la lección que nos deja hoy Jesús; es para todos, para vos, para mí, para los sacerdotes, para los laicos, para todos: «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Casi que podríamos imaginar que al final de la vida Jesús nos preguntará cara a cara: ¿Aprendiste algo de lo que te dije? ¿Aprendiste lo que significa ser misericordioso como soy yo y no juzgar antes de tiempo? ¿Entendiste lo que te dije o seguís creyendo que tenés razón? Hoy vayamos juntos a aprender esta lección. Vayamos juntos a aprender lo que significa la misericordia. Estemos atentos, se aprende de muchas maneras, en cada momento. ¡Qué lindo que es ver y sentir que a Jesús se le acercan los enfermos, los más necesitados, y que solo él los recibe como se lo merecen! ¡Qué lindo sería que nos sintamos invitados a la mesa del Señor, donde son todos invitados, y que jamás nos creamos sanos del todo!
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Vayamos hoy, te propongo, a aprender la lección que nos deja hoy Jesús; es para todos, para vos, para mí, para los sacerdotes, para los laicos, para todos: «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Casi que podríamos imaginar que al final de la vida Jesús nos preguntará cara a cara: ¿Aprendiste algo de lo que te dije? ¿Aprendiste lo que significa ser misericordioso como soy yo y no juzgar antes de tiempo? ¿Entendiste lo que te dije o seguís creyendo que tenés razón? Hoy vayamos juntos a aprender esta lección. Vayamos juntos a aprender lo que significa la misericordia. Estemos atentos, se aprende de muchas maneras, en cada momento. ¡Qué lindo que es ver y sentir que a Jesús se le acercan los enfermos, los más necesitados, y que solo él los recibe como se lo merecen! ¡Qué lindo sería que nos sintamos invitados a la mesa del Señor, donde son todos invitados, y que jamás nos creamos sanos del todo!
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p. Rodrigo Aguilar
Sábado 6 de julio + XIII Sábado durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 9, 14-17
Se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?»
Jesús les respondió: «¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!»
Palabra del Señor.
Se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?»
Jesús les respondió: «¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!»
Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 9, 14-17:
“¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!” dice algo del evangelio de hoy. ¿Qué significa esta comparación que utiliza Jesús? Antes que hacer la interpretación espiritual de lo que nos dice, nos ayuda a comprender saber a qué se refiere literalmente, y nos ayudará a comprender la enseñanza profunda. Antiguamente, el vino nuevo o recién hecho se vertía en el odre y se dejaba reposando. El odre era una bolsa hecha de cuero, usualmente de cabra y se usaba especialmente para contener líquidos. A medida que el vino iba fermentando la bolsa de cuero se estiraba debido a la emisión de gas que producía el vino. Cuando el odre era viejo debido al uso, perdía su elasticidad y se ponía muy duro. Si a este odre tan endurecido que ya no estiraba más se le ponía vino nuevo, el resultado era que al fermentar el vino se reventaba el odre, perdiéndose así tanto el odre como el vino. Por eso los odres viejos solo podían utilizarse para guardar vino viejo y el vino nuevo debía guardarse en odres nuevos. Esto es lo que realmente pasaba en la realidad, lo que la gente usualmente y con sentido común hacía para conservar tanto el vino, como los odres. Es interesante ver como Jesús utiliza estos ejemplos concretos y cotidianos de la vida común de la gente de ese tiempo, que obviamente lo ayudaban a que lo entiendan. Ahora… ¿A qué se refiere Jesús con esta comparación, con esta parábola y con la del vestido viejo remendado? Ayuda a entender el por qué Él contesta de ésta manera, recordar la pregunta que le hacen anteriormente… «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?» ¿Por qué no hacen lo que hacemos nosotros? ¿Por qué no hacen lo que deben hacer? ¿Por qué no cumplen con la norma del ayuno? ¿Por qué se comportan de esa manera desobedeciendo a Dios? Sumé estas preguntas, a la de los discípulos de Juan, para ayudarnos a comprender el fondo del cuestionamiento, el por qué les molesta ver a los discípulos no haciendo lo que ellos creían que tenían que hacer. En el fondo, estaban convencidos de que no hacer ayuno, era no agradar a Dios, en el fondo pensaban que por “hacer cosas”, por “ofrecerle cosas” a Dios, estaban siendo agradables a sus ojos, algo muy normal también para nosotros, algo que nos pasó, nos pasa y nos puede pasar a todos, no es muy descabellado, es el gran error en el cuál todos los hombres de fe podemos caer. Es entendible y natural, por decirlo así, pensar de ese modo, un poco por lo que nos enseñaron, un poco también porque de alguna manera sentimos y pensamos que Dios estará “más contento” o nos amará más, si hacemos cosas que nosotros consideramos que le agradan. Sé que es un tema delicado el que estamos tocando, es peligroso siempre el caer en los extremos, sin embargo, hay que “andar” por la cornisa y animarse a pensar en esto. Por eso la respuesta de Jesús es iluminadora, como siempre, esclarece y muestra el camino: “A vino nuevo, odres nuevos” “Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo” Para entender el mensaje de Jesús, que es nuevo, como el vino y el pedazo de género, en este caso que el ayuno es una práctica lícita y hasta incluso necesaria, pero de un modo distinto, y no estando Él presente, es indispensable un corazón nuevo, un odre nuevo, y no un vestido viejo, un corazón que se puede romper por no soportar lo nuevo. Espero no estar confundiéndote, pero es algo en lo que debemos pensar. El que no cambia el corazón no puede comprender el mensaje del vino nuevo de Jesús, y hasta incluso se le hace insoportable llevándolo a que le pueda “estallar” el corazón de la incomprensión.
Por eso debemos pedir un corazón nuevo, un corazón capaz de aceptar la tensión entre lo que parece que no es y lo que es… la tensión de que es bueno y necesario ayunar, pero de un modo distinto, por amor, y con amor, para encontrarnos con el verdadero Amor que es el mismo Jesús.
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p. Rodrigo Aguilar
“¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!” dice algo del evangelio de hoy. ¿Qué significa esta comparación que utiliza Jesús? Antes que hacer la interpretación espiritual de lo que nos dice, nos ayuda a comprender saber a qué se refiere literalmente, y nos ayudará a comprender la enseñanza profunda. Antiguamente, el vino nuevo o recién hecho se vertía en el odre y se dejaba reposando. El odre era una bolsa hecha de cuero, usualmente de cabra y se usaba especialmente para contener líquidos. A medida que el vino iba fermentando la bolsa de cuero se estiraba debido a la emisión de gas que producía el vino. Cuando el odre era viejo debido al uso, perdía su elasticidad y se ponía muy duro. Si a este odre tan endurecido que ya no estiraba más se le ponía vino nuevo, el resultado era que al fermentar el vino se reventaba el odre, perdiéndose así tanto el odre como el vino. Por eso los odres viejos solo podían utilizarse para guardar vino viejo y el vino nuevo debía guardarse en odres nuevos. Esto es lo que realmente pasaba en la realidad, lo que la gente usualmente y con sentido común hacía para conservar tanto el vino, como los odres. Es interesante ver como Jesús utiliza estos ejemplos concretos y cotidianos de la vida común de la gente de ese tiempo, que obviamente lo ayudaban a que lo entiendan. Ahora… ¿A qué se refiere Jesús con esta comparación, con esta parábola y con la del vestido viejo remendado? Ayuda a entender el por qué Él contesta de ésta manera, recordar la pregunta que le hacen anteriormente… «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?» ¿Por qué no hacen lo que hacemos nosotros? ¿Por qué no hacen lo que deben hacer? ¿Por qué no cumplen con la norma del ayuno? ¿Por qué se comportan de esa manera desobedeciendo a Dios? Sumé estas preguntas, a la de los discípulos de Juan, para ayudarnos a comprender el fondo del cuestionamiento, el por qué les molesta ver a los discípulos no haciendo lo que ellos creían que tenían que hacer. En el fondo, estaban convencidos de que no hacer ayuno, era no agradar a Dios, en el fondo pensaban que por “hacer cosas”, por “ofrecerle cosas” a Dios, estaban siendo agradables a sus ojos, algo muy normal también para nosotros, algo que nos pasó, nos pasa y nos puede pasar a todos, no es muy descabellado, es el gran error en el cuál todos los hombres de fe podemos caer. Es entendible y natural, por decirlo así, pensar de ese modo, un poco por lo que nos enseñaron, un poco también porque de alguna manera sentimos y pensamos que Dios estará “más contento” o nos amará más, si hacemos cosas que nosotros consideramos que le agradan. Sé que es un tema delicado el que estamos tocando, es peligroso siempre el caer en los extremos, sin embargo, hay que “andar” por la cornisa y animarse a pensar en esto. Por eso la respuesta de Jesús es iluminadora, como siempre, esclarece y muestra el camino: “A vino nuevo, odres nuevos” “Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo” Para entender el mensaje de Jesús, que es nuevo, como el vino y el pedazo de género, en este caso que el ayuno es una práctica lícita y hasta incluso necesaria, pero de un modo distinto, y no estando Él presente, es indispensable un corazón nuevo, un odre nuevo, y no un vestido viejo, un corazón que se puede romper por no soportar lo nuevo. Espero no estar confundiéndote, pero es algo en lo que debemos pensar. El que no cambia el corazón no puede comprender el mensaje del vino nuevo de Jesús, y hasta incluso se le hace insoportable llevándolo a que le pueda “estallar” el corazón de la incomprensión.
Por eso debemos pedir un corazón nuevo, un corazón capaz de aceptar la tensión entre lo que parece que no es y lo que es… la tensión de que es bueno y necesario ayunar, pero de un modo distinto, por amor, y con amor, para encontrarnos con el verdadero Amor que es el mismo Jesús.
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p. Rodrigo Aguilar
El milagro de poder despertar, levantarnos y ver todo lo que Dios Padre nos regala; nuestra familia, nuestros hijos, nuestros seres queridos; el milagro de haber recibido tantos dones espirituales y materiales, que nos hacen posible estar ahora escuchando la Palabra de Dios, por ejemplo.
Hoy podemos pedir fe para ser un poco más felices, antes que cosas; fe para ver todo lo que Dios hace en cada instante, por vos y por mí, eso también es creer. Miremos nuestra vida, el mundo en el que vivimos, podríamos ver milagros siempre y ser mucho más felices de lo que somos, ver que vale la pena creer y hace tanto bien.
Por eso hoy, en este domingo, pidamos fe, para que no se transforme en motivo de tropiezo la fe, los errores humanos que hay en la Iglesia, los tuyos y los míos, los pecados de nosotros los sacerdotes, de los laicos, porque nuestros pecados son un obstáculo para que otros crean y por eso tenemos que evitarlos, para evitar que otros dejen de creer; sin embargo, no siempre es culpa nuestra, sino que tiene que ver con esta actitud propia de la fe, esto de tener que confiar, que por medio de lo humano conocemos lo divino.
Pidamos fe para ser cada día más felices, amando y dejándonos amar, para descubrir más y más milagros a nuestro alrededor. Pidamos fe para los que no creen y se burlan de nosotros. Pidamos por los que dejaron de creer por culpa de nosotros, los miembros de la iglesia. Pidamos para que los que no confían en nosotros, porque somos demasiados «humanos», empiecen a confiar, como le pasó a Jesús. Pidamos fe para seguir aprendiendo que Jesús es mucho más accesible de lo que pensamos y que nos habla por medio de los nuestros, y no de cosas muy lejanas.
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p. Rodrigo Aguilar
Hoy podemos pedir fe para ser un poco más felices, antes que cosas; fe para ver todo lo que Dios hace en cada instante, por vos y por mí, eso también es creer. Miremos nuestra vida, el mundo en el que vivimos, podríamos ver milagros siempre y ser mucho más felices de lo que somos, ver que vale la pena creer y hace tanto bien.
Por eso hoy, en este domingo, pidamos fe, para que no se transforme en motivo de tropiezo la fe, los errores humanos que hay en la Iglesia, los tuyos y los míos, los pecados de nosotros los sacerdotes, de los laicos, porque nuestros pecados son un obstáculo para que otros crean y por eso tenemos que evitarlos, para evitar que otros dejen de creer; sin embargo, no siempre es culpa nuestra, sino que tiene que ver con esta actitud propia de la fe, esto de tener que confiar, que por medio de lo humano conocemos lo divino.
Pidamos fe para ser cada día más felices, amando y dejándonos amar, para descubrir más y más milagros a nuestro alrededor. Pidamos fe para los que no creen y se burlan de nosotros. Pidamos por los que dejaron de creer por culpa de nosotros, los miembros de la iglesia. Pidamos para que los que no confían en nosotros, porque somos demasiados «humanos», empiecen a confiar, como le pasó a Jesús. Pidamos fe para seguir aprendiendo que Jesús es mucho más accesible de lo que pensamos y que nos habla por medio de los nuestros, y no de cosas muy lejanas.
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Domingo 7 de julio + XIV Domingo durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 6,1-6
Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?
¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.
Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa".
Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.
Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.
Palabra del Señor
Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?
¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.
Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa".
Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.
Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.
Palabra del Señor
Comentario a Marcos 6,1-6:
En este domingo, al contemplar esta escena en la que el mismo Jesús fue rechazado en su propia tierra, por su propia familia, aun cuando había hecho milagros –cosa que nos puede sorprender–, me parece una buena oportunidad para que vos y yo, cada cristiano, cada discípulo, los que creemos, reconozcamos con humildad que la fe tiene en sí misma una gran dificultad, aunque parezca duro decirlo. Podríamos preguntarnos entonces qué significa tener fe o decir, por lo menos, que la tenemos. A veces simplificamos mucho la cuestión de la fe, decir que tenemos fe, porque estamos acostumbrados a vivirlo y a expresarlo. Aseguramos tener fe sin ahondar muchas veces en lo que significa, lo que implica, o incluso podemos no entender a aquellos que dicen no tener fe, y decir ante ciertas situaciones: ¿Cómo no pueden creer? ¿Cómo puede ser que aun viendo milagros algunos todavía no puedan creer? ¿Cómo es posible que tanta gente que decía incluso tener fe, cercanos nuestros, ahora ya no la tengan o la hayan perdido? ¿Cómo es posible que haya tantos cristianos que habiendo estado en la Iglesia ahora no la quieran, la rechazan, son indiferentes, o incluso la desprecian o la odian?
Como creyentes, y creyentes que pensamos porque usamos la inteligencia que Dios nos dio, tenemos que reconocer que nuestra fe, este don tan grande, esencialmente tiene una gran dificultad. No es fácil confiar en lo que no vemos o, dicho de otro modo, confiar que por medio de lo que vemos, de lo poco que podemos ver, se nos puede manifestar lo que no vemos, lo invisible, lo espiritual, la presencia divina. Si no reconocemos esta verdad, estamos simplificando mucho la fe y, en el fondo, estamos menospreciando un don que es de Dios. Creer y responderle a Dios es un don que recibimos. La posibilidad de creer en alguien que está más allá de lo que vemos; la posibilidad de creer que en la sencillez de las cosas cotidianas podemos escuchar o encontrar a Dios, nuestro Padre; la posibilidad de creer que esa persona que caminó por Galilea hace dos mil años, ese hombre llamado Jesús, era al mismo tiempo Dios que vino a estar presente entre nosotros; es un don, y no podemos olvidarlo. Es por eso que a muchos les cuesta creer. A vos y a mí nos cuesta creer, tenemos momentos, porque no se llega a la fe por evidencias o certezas científicas, aunque haya momentos que nos pueden ayudar el razonar y el pensar, porque lo humano se puede transformar finalmente en obstáculo para lo divino, para aquel que no tiene fe o la tiene debilitada.
Jesús vino a enseñarnos con su propia vida que Dios eligió un modo muy sencillo de hacerse presente en este mundo y lo sigue haciendo por medio de la Iglesia, a través de cada ser humano, especialmente de aquellos que se abren a su gracia y amor. Algo del Evangelio de hoy dice que «Jesús no pudo hacer ningún milagro allí». ¿Por qué no pudo, si él podría haberlo hecho igual, a pesar de todo? Si él hubiese querido, los hubiese realizado a los milagros. ¿Sabes por qué no pudo? No pudo porque no había fe, así dice la Palabra: «Se asombraba de su falta de fe». No vale la pena hacer milagros cuando no hay fe, porque Jesús no hacía milagros para despertar la fe –aunque te parezca raro–, para que crean, no era un milagrero, para que lo miren a él, sino que en realidad solo veían los milagros aquellos que ya tenían en su corazón la semilla, de algún modo, de la fe, aquellos que se abrían a la confianza en él. La ecuación es muy distinta, es al revés de lo que generalmente pensamos. Necesitamos tener fe para ver los milagros, necesitamos fe para darnos cuenta que Dios está presente, y no milagros para tener fe, aunque a veces podría pasar que nos afirman la fe los milagros. Por eso lo más grande que podemos pedir en la vida es la fe, no milagros. Si tenemos fe, veremos milagros continuamente en lo sencillo de cada día, porque los milagros no son solamente las cosas extraordinarias que pueden pasar, sino aquellos que son cotidianos y ocultos.
En este domingo, al contemplar esta escena en la que el mismo Jesús fue rechazado en su propia tierra, por su propia familia, aun cuando había hecho milagros –cosa que nos puede sorprender–, me parece una buena oportunidad para que vos y yo, cada cristiano, cada discípulo, los que creemos, reconozcamos con humildad que la fe tiene en sí misma una gran dificultad, aunque parezca duro decirlo. Podríamos preguntarnos entonces qué significa tener fe o decir, por lo menos, que la tenemos. A veces simplificamos mucho la cuestión de la fe, decir que tenemos fe, porque estamos acostumbrados a vivirlo y a expresarlo. Aseguramos tener fe sin ahondar muchas veces en lo que significa, lo que implica, o incluso podemos no entender a aquellos que dicen no tener fe, y decir ante ciertas situaciones: ¿Cómo no pueden creer? ¿Cómo puede ser que aun viendo milagros algunos todavía no puedan creer? ¿Cómo es posible que tanta gente que decía incluso tener fe, cercanos nuestros, ahora ya no la tengan o la hayan perdido? ¿Cómo es posible que haya tantos cristianos que habiendo estado en la Iglesia ahora no la quieran, la rechazan, son indiferentes, o incluso la desprecian o la odian?
Como creyentes, y creyentes que pensamos porque usamos la inteligencia que Dios nos dio, tenemos que reconocer que nuestra fe, este don tan grande, esencialmente tiene una gran dificultad. No es fácil confiar en lo que no vemos o, dicho de otro modo, confiar que por medio de lo que vemos, de lo poco que podemos ver, se nos puede manifestar lo que no vemos, lo invisible, lo espiritual, la presencia divina. Si no reconocemos esta verdad, estamos simplificando mucho la fe y, en el fondo, estamos menospreciando un don que es de Dios. Creer y responderle a Dios es un don que recibimos. La posibilidad de creer en alguien que está más allá de lo que vemos; la posibilidad de creer que en la sencillez de las cosas cotidianas podemos escuchar o encontrar a Dios, nuestro Padre; la posibilidad de creer que esa persona que caminó por Galilea hace dos mil años, ese hombre llamado Jesús, era al mismo tiempo Dios que vino a estar presente entre nosotros; es un don, y no podemos olvidarlo. Es por eso que a muchos les cuesta creer. A vos y a mí nos cuesta creer, tenemos momentos, porque no se llega a la fe por evidencias o certezas científicas, aunque haya momentos que nos pueden ayudar el razonar y el pensar, porque lo humano se puede transformar finalmente en obstáculo para lo divino, para aquel que no tiene fe o la tiene debilitada.
Jesús vino a enseñarnos con su propia vida que Dios eligió un modo muy sencillo de hacerse presente en este mundo y lo sigue haciendo por medio de la Iglesia, a través de cada ser humano, especialmente de aquellos que se abren a su gracia y amor. Algo del Evangelio de hoy dice que «Jesús no pudo hacer ningún milagro allí». ¿Por qué no pudo, si él podría haberlo hecho igual, a pesar de todo? Si él hubiese querido, los hubiese realizado a los milagros. ¿Sabes por qué no pudo? No pudo porque no había fe, así dice la Palabra: «Se asombraba de su falta de fe». No vale la pena hacer milagros cuando no hay fe, porque Jesús no hacía milagros para despertar la fe –aunque te parezca raro–, para que crean, no era un milagrero, para que lo miren a él, sino que en realidad solo veían los milagros aquellos que ya tenían en su corazón la semilla, de algún modo, de la fe, aquellos que se abrían a la confianza en él. La ecuación es muy distinta, es al revés de lo que generalmente pensamos. Necesitamos tener fe para ver los milagros, necesitamos fe para darnos cuenta que Dios está presente, y no milagros para tener fe, aunque a veces podría pasar que nos afirman la fe los milagros. Por eso lo más grande que podemos pedir en la vida es la fe, no milagros. Si tenemos fe, veremos milagros continuamente en lo sencillo de cada día, porque los milagros no son solamente las cosas extraordinarias que pueden pasar, sino aquellos que son cotidianos y ocultos.