Señor, increpá hoy el vendaval de mi corazón y el de tantos cristianos que todavía dudan y no pueden creer que vos sos el dueño de la historia, que vos con tu Palabra podés frenar cualquier mal que nos sobrevenga, que vos con tu Palabra nos mostrás que siempre estás y estarás hasta el final y aunque parezca una paradoja a veces el Señor se tiene que dormir para que volvamos a escuchar su voz y nos demos cuenta que él es el único salvador de nuestras vidas.
Que este domingo, día tuyo, Señor, día en el que le dedicamos especialmente a escucharte con más atención, nos ayudes a afirmar una vez más nuestra fe en tu presencia inconmovible.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Que este domingo, día tuyo, Señor, día en el que le dedicamos especialmente a escucharte con más atención, nos ayudes a afirmar una vez más nuestra fe en tu presencia inconmovible.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Lunes 24 de junio + Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 57-66. 80
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»
Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»
Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.
Palabra del Señor.
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»
Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»
Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.
Palabra del Señor.
Comentario a Lucas 1, 57-66. 80:
“El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre” dice la primera lectura del profeta Isaías de la misa de hoy. Algo así también podemos repetir nosotros, intentando experimentar lo mismo, sentirnos amados y llamados desde el vientre de nuestras madres. El salmo también dice algo muy lindo: “Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre. Te doy gracias, porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras!” Qué lindo empezar este día pensando que cada uno de nosotros fue pensado por un Dios que es Padre. Alegrarse con saber que cada vida es sagrada desde el vientre de nuestras madres porque fuimos creados y formados de manera admirable. Porque somos amados y llamados a una misión especial, a ser de alguna manera profetas y precursores de Jesús para los otros.
Hoy la Iglesia celebra el llamado a la vida de Juan el Bautista, su nacimiento. ¿Por qué?, te podrías preguntar. Porque según Jesús, san Juan Bautista fue el hombre más grande nacido de mujer. Así salió de su propia boca.
Su nacimiento fue anunciado, como el de Jesús. Llamado a "prepararle" el camino, a predicar y a allanar los senderos para la llegada del Salvador.
Es al mismo tiempo el último de los profetas y es, de alguna manera, la "bisagra" entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el que permitió la “novedad” en lo antiguo.
Y por eso Jesús llegó a decir que "el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan Bautista". ¿Por qué? Porque los que vivimos en la etapa del Reino de los hijos de Dios somos de algún modo más grandes ya que podemos vivir desde la gracia. Vivimos con la gracia que nos regaló Jesús, el Espíritu Santo. Vivimos el ser hijos adoptivos de Dios Padre, algo que San Juan Bautista no pudo experimentar, aunque, por supuesto, dando su vida, preparando el camino para el Señor, es de los grandes santos de nuestra Iglesia.
De este santo podríamos decir y aprender muchísimas cosas y, aunque no aparece en Algo del evangelio de hoy, me gusta imaginar el momento en el que Juan desde el vientre de su madre pudo percibir la presencia de Jesús cuando María visitó a Isabel, saltando de alegría. Quiere decir que fue profeta desde antes de nacer. Fue útil a la historia de la humanidad, a cada uno de nosotros, sin haber visto la luz del sol, aun sin haber nacido. Desde el vientre de su madre pataleó y le avisó a su madre que ahí estaba Jesús, en el otro vientre. Es una maravilla pensar esto, en el valor y la significancia que tiene cada vida, incluso antes de nacer, sabiendo que Dios tiene un propósito para cada uno que no podemos truncar por nada de este mundo. San Juan Bautista es el gran profeta, porque señaló siempre a Jesús y nunca quiso ser el centro, jamás pretendió que los demás lo siguieran a él, jamás se le ocurrió anunciar algo falso; siempre anunció la verdad, se la jugó por la verdad y finalmente terminó, dando la vida, muriendo por la verdad.
También es el humilde que no se sintió digno de desatarle la correa de las sandalias a Jesús. No se sintió digno de bautizarlo. No se sintió digno casi de "estar con él"; porque reconoció a Jesús como su gran Salvador, el Salvador de todos.
La humildad es la condición necesaria para ser un verdadero hijo de Dios, para ser cristiano. Vos y yo podemos ser humildes. Tenemos que aprender a no ser el centro de nada. La humildad es la virtud del cristiano que necesitamos todos para que lo que reluzca en nosotros, no seamos nosotros mismos, sino la obra de Dios en nuestra vida.
Es el santo de la humildad, el santo que aprendió a hacerse pequeño para que Jesús fuera quien se hiciera grande. Fue él, el que aprendió a ir desapareciendo para que el que vaya apareciendo fuera Jesús.
Y por eso su gran frase ha quedado para siempre en la liturgia de la Misa, que celebramos todos los días: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
Que san Juan Bautista en este día nos ayude, llenos de alegría, a mostrarle a los demás dónde está el Cordero de Dios.
“El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre” dice la primera lectura del profeta Isaías de la misa de hoy. Algo así también podemos repetir nosotros, intentando experimentar lo mismo, sentirnos amados y llamados desde el vientre de nuestras madres. El salmo también dice algo muy lindo: “Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre. Te doy gracias, porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras!” Qué lindo empezar este día pensando que cada uno de nosotros fue pensado por un Dios que es Padre. Alegrarse con saber que cada vida es sagrada desde el vientre de nuestras madres porque fuimos creados y formados de manera admirable. Porque somos amados y llamados a una misión especial, a ser de alguna manera profetas y precursores de Jesús para los otros.
Hoy la Iglesia celebra el llamado a la vida de Juan el Bautista, su nacimiento. ¿Por qué?, te podrías preguntar. Porque según Jesús, san Juan Bautista fue el hombre más grande nacido de mujer. Así salió de su propia boca.
Su nacimiento fue anunciado, como el de Jesús. Llamado a "prepararle" el camino, a predicar y a allanar los senderos para la llegada del Salvador.
Es al mismo tiempo el último de los profetas y es, de alguna manera, la "bisagra" entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el que permitió la “novedad” en lo antiguo.
Y por eso Jesús llegó a decir que "el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan Bautista". ¿Por qué? Porque los que vivimos en la etapa del Reino de los hijos de Dios somos de algún modo más grandes ya que podemos vivir desde la gracia. Vivimos con la gracia que nos regaló Jesús, el Espíritu Santo. Vivimos el ser hijos adoptivos de Dios Padre, algo que San Juan Bautista no pudo experimentar, aunque, por supuesto, dando su vida, preparando el camino para el Señor, es de los grandes santos de nuestra Iglesia.
De este santo podríamos decir y aprender muchísimas cosas y, aunque no aparece en Algo del evangelio de hoy, me gusta imaginar el momento en el que Juan desde el vientre de su madre pudo percibir la presencia de Jesús cuando María visitó a Isabel, saltando de alegría. Quiere decir que fue profeta desde antes de nacer. Fue útil a la historia de la humanidad, a cada uno de nosotros, sin haber visto la luz del sol, aun sin haber nacido. Desde el vientre de su madre pataleó y le avisó a su madre que ahí estaba Jesús, en el otro vientre. Es una maravilla pensar esto, en el valor y la significancia que tiene cada vida, incluso antes de nacer, sabiendo que Dios tiene un propósito para cada uno que no podemos truncar por nada de este mundo. San Juan Bautista es el gran profeta, porque señaló siempre a Jesús y nunca quiso ser el centro, jamás pretendió que los demás lo siguieran a él, jamás se le ocurrió anunciar algo falso; siempre anunció la verdad, se la jugó por la verdad y finalmente terminó, dando la vida, muriendo por la verdad.
También es el humilde que no se sintió digno de desatarle la correa de las sandalias a Jesús. No se sintió digno de bautizarlo. No se sintió digno casi de "estar con él"; porque reconoció a Jesús como su gran Salvador, el Salvador de todos.
La humildad es la condición necesaria para ser un verdadero hijo de Dios, para ser cristiano. Vos y yo podemos ser humildes. Tenemos que aprender a no ser el centro de nada. La humildad es la virtud del cristiano que necesitamos todos para que lo que reluzca en nosotros, no seamos nosotros mismos, sino la obra de Dios en nuestra vida.
Es el santo de la humildad, el santo que aprendió a hacerse pequeño para que Jesús fuera quien se hiciera grande. Fue él, el que aprendió a ir desapareciendo para que el que vaya apareciendo fuera Jesús.
Y por eso su gran frase ha quedado para siempre en la liturgia de la Misa, que celebramos todos los días: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
Que san Juan Bautista en este día nos ayude, llenos de alegría, a mostrarle a los demás dónde está el Cordero de Dios.
Dónde está ese Cordero que quita nuestros pecados, que sana nuestro corazón, que nos libera de las cosas que nos atan, que nos da paz, que recibe nuestros agobios.
Que, al mirar la Hostia hoy en la Misa, en alguna Misa, nos ayude a reconocer dónde está el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo, que sigue haciéndose pequeño, que sigue haciéndose humilde, que sigue mostrándose vulnerable para que nosotros nos enternezcamos y nos animemos a amarlo cada día más, y seamos verdaderos hijos de Dios.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Que, al mirar la Hostia hoy en la Misa, en alguna Misa, nos ayude a reconocer dónde está el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo, que sigue haciéndose pequeño, que sigue haciéndose humilde, que sigue mostrándose vulnerable para que nosotros nos enternezcamos y nos animemos a amarlo cada día más, y seamos verdaderos hijos de Dios.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Martes 25 de junio + XII Martes durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 7, 6. 12-14
Jesús dijo a sus discípulos:
No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos.
Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.
Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.
Palabra del Señor.
Jesús dijo a sus discípulos:
No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos.
Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.
Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.
Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 7, 6. 12-14:
No podemos olvidarnos que la fe, o sea, la certeza de la presencia del obrar de Dios en nuestras vidas, no nos exime de la duda. ¿Te acordás el Evangelio del domingo? Los discípulos aun estando con Jesús dudaban: «¿Por qué no tienen fe?». Obviamente que en la medida que crecemos en la fe, que vamos madurando, esas dudas pierden fuerza, pero, al mismo tiempo, tenemos que decir que siempre de algún modo están; y, dicho de otro modo, también tenemos que alegrarnos de que a veces las dudas nos ayudan a afirmar la fe. La fe finalmente es volver a decidir que queremos creer, que deseamos creer, que nos hace bien creer, que creer nos pone en un lugar en esta vida distinto al de los demás y que, finalmente, la fe es la aceptación de esa invitación de Jesús a no dudar, a seguir caminando con él, a confiar plenamente en él. Volvamos a afirmar nuestra fe, aun cuando las olas y los vientos de este mundo nos golpean la barca de nuestro corazón.
Hoy volvamos también a elegir ser Hijos, elijamos otra vez vivir como hermanos, aborreciendo el mal y el pecado, pero amando y abrazando al que lo hace, al que se equivoca, al que tropieza. Ayer decíamos: «Fue tu prójimo el que cayó y se equivocó, hoy puedo ser yo, pero mañana podés ser vos». Nadie está exento de caer, nadie puede creerse tan inmaculado como para andar juzgando todo y a todos. Sin embargo, a veces podemos andar así, podemos andar por la vida así, con una tremenda ceguera de corazón que no nos permite vivir en paz, como Hijos de Dios y, lo que es peor, hace que molestemos a otros. Una cosa es equivocarse y otra cosa es persistir en el mal y no arrepentirse. Jesús siempre perdona al que reconoce su mal e intenta día a día cambiar y ser santo. De eso nunca tenemos que dudar, porque el maligno desea que nos olvidemos de la misericordia divina para con nosotros y los demás, y por eso incluso podemos juzgarnos a nosotros mismos y ser lapidarios con nuestro débil corazón, y lo mismo con el del prójimo. Podemos ver una foto de la vida de los demás y olvidarnos que el único que conoce el corazón es Jesús, el único que sabe lo que hay verdaderamente en nuestro interior es él, y eso es realmente un alivio para vos y para mí.
Esta es la montaña que tenemos que subir día a día, la montaña de la santidad, la montaña de los que se sienten Hijos y desean todos los días hacer un esfuerzo más para dar pasos de humildad, que son los que más cuestan pero los que dan más alegría. La santidad de los Hijos de Dios es la que se va recibiendo en la medida que se confía en el amor de Dios y la que se va construyendo con los pasos diarios por amar y renunciar una y mil veces a nuestros caprichos. ¿Alguna vez te subiste a una montaña? ¿No te pasó que al principio te parecía imposible, te parecía algo inalcanzable, pero en la medida que fuiste avanzando y llegaste a la meta, de golpe miraste para atrás y no podés entender cómo hiciste para subir tanto? ¿Y algo mucho mejor, cuando llegás y contemplás el paisaje, te das cuenta y te dan ganas de abrazar con el corazón todo lo que Dios creó? Son pocos los que quieren subir la montaña de la santidad, la montaña de la felicidad que llueve como gracia cuando somos humildes, mansos, misericordiosos, pacientes, pacíficos o incluso perseguidos. Hoy Jesús lo dice, él lo sabe. No todos eligen la montaña, muchos prefieren vivir en el llano, muchos prefieren vivir en la mediocridad, prefieren perderse la inmensidad del paisaje de la creación que solo se disfruta mejor desde arriba, estando en la montaña. ¡El que no quiere subir una montaña, se lo pierde, se pierde lo más lindo, se pierde vivir como Hijo de Dios! ¡No nos perdamos semejante oportunidad! Ser Hijos de Dios y vivir así es lo mejor que nos puede pasar. La regla de oro para los que quieren andar por la vida siendo Hijos, buscando la santidad, buscando agradar solo al Tata Dios y no a los hombres, es la de Algo del Evangelio de hoy: «Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos».
No podemos olvidarnos que la fe, o sea, la certeza de la presencia del obrar de Dios en nuestras vidas, no nos exime de la duda. ¿Te acordás el Evangelio del domingo? Los discípulos aun estando con Jesús dudaban: «¿Por qué no tienen fe?». Obviamente que en la medida que crecemos en la fe, que vamos madurando, esas dudas pierden fuerza, pero, al mismo tiempo, tenemos que decir que siempre de algún modo están; y, dicho de otro modo, también tenemos que alegrarnos de que a veces las dudas nos ayudan a afirmar la fe. La fe finalmente es volver a decidir que queremos creer, que deseamos creer, que nos hace bien creer, que creer nos pone en un lugar en esta vida distinto al de los demás y que, finalmente, la fe es la aceptación de esa invitación de Jesús a no dudar, a seguir caminando con él, a confiar plenamente en él. Volvamos a afirmar nuestra fe, aun cuando las olas y los vientos de este mundo nos golpean la barca de nuestro corazón.
Hoy volvamos también a elegir ser Hijos, elijamos otra vez vivir como hermanos, aborreciendo el mal y el pecado, pero amando y abrazando al que lo hace, al que se equivoca, al que tropieza. Ayer decíamos: «Fue tu prójimo el que cayó y se equivocó, hoy puedo ser yo, pero mañana podés ser vos». Nadie está exento de caer, nadie puede creerse tan inmaculado como para andar juzgando todo y a todos. Sin embargo, a veces podemos andar así, podemos andar por la vida así, con una tremenda ceguera de corazón que no nos permite vivir en paz, como Hijos de Dios y, lo que es peor, hace que molestemos a otros. Una cosa es equivocarse y otra cosa es persistir en el mal y no arrepentirse. Jesús siempre perdona al que reconoce su mal e intenta día a día cambiar y ser santo. De eso nunca tenemos que dudar, porque el maligno desea que nos olvidemos de la misericordia divina para con nosotros y los demás, y por eso incluso podemos juzgarnos a nosotros mismos y ser lapidarios con nuestro débil corazón, y lo mismo con el del prójimo. Podemos ver una foto de la vida de los demás y olvidarnos que el único que conoce el corazón es Jesús, el único que sabe lo que hay verdaderamente en nuestro interior es él, y eso es realmente un alivio para vos y para mí.
Esta es la montaña que tenemos que subir día a día, la montaña de la santidad, la montaña de los que se sienten Hijos y desean todos los días hacer un esfuerzo más para dar pasos de humildad, que son los que más cuestan pero los que dan más alegría. La santidad de los Hijos de Dios es la que se va recibiendo en la medida que se confía en el amor de Dios y la que se va construyendo con los pasos diarios por amar y renunciar una y mil veces a nuestros caprichos. ¿Alguna vez te subiste a una montaña? ¿No te pasó que al principio te parecía imposible, te parecía algo inalcanzable, pero en la medida que fuiste avanzando y llegaste a la meta, de golpe miraste para atrás y no podés entender cómo hiciste para subir tanto? ¿Y algo mucho mejor, cuando llegás y contemplás el paisaje, te das cuenta y te dan ganas de abrazar con el corazón todo lo que Dios creó? Son pocos los que quieren subir la montaña de la santidad, la montaña de la felicidad que llueve como gracia cuando somos humildes, mansos, misericordiosos, pacientes, pacíficos o incluso perseguidos. Hoy Jesús lo dice, él lo sabe. No todos eligen la montaña, muchos prefieren vivir en el llano, muchos prefieren vivir en la mediocridad, prefieren perderse la inmensidad del paisaje de la creación que solo se disfruta mejor desde arriba, estando en la montaña. ¡El que no quiere subir una montaña, se lo pierde, se pierde lo más lindo, se pierde vivir como Hijo de Dios! ¡No nos perdamos semejante oportunidad! Ser Hijos de Dios y vivir así es lo mejor que nos puede pasar. La regla de oro para los que quieren andar por la vida siendo Hijos, buscando la santidad, buscando agradar solo al Tata Dios y no a los hombres, es la de Algo del Evangelio de hoy: «Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos».
Esa es la clave, esta es la regla que debe quedar guardada en nuestros corazones. Esta es la regla de los que queremos andar por el camino angosto, subiendo las montañas de la vida, y no por hacernos los heroicos, sino porque es lo mejor, es el camino de la Vida. En cambio, el llano, el camino fácil, es el camino de la mezquindad, del cálculo, de los que quieren cumplir para estar bien con Dios y ellos mismos pero que no aman de verdad, que no se quieren esforzar, de los que no piensan en el bien de los demás.
Si ante cada situación de la vida, cada decisión, cada mirada, cada juicio, cada obra que realizamos nos preguntáramos: «¿Qué me gustaría que me hagan o digan a mí?», ¿no crees que todo sería muy distinto? La mayoría de nuestras equivocaciones tienen que ver con esta incapacidad de preguntarnos a nosotros mismos: «¿Qué es lo que nos gustaría para nosotros?», o incluso, al contrario, por una sobrevaloración de lo que nosotros consideramos que necesitamos. Nuestras reacciones egoístas tienen que ver con esto, con pensar excesivamente en nosotros y en no darnos cuenta lo que los otros realmente necesitan. Ante la posibilidad de hacerle el bien a los demás, deberíamos preguntarnos lo contrario: «¿Qué necesita el otro? ¿Cuál es realmente su necesidad?», y no tanto lo que nosotros creemos que necesitamos.
¿Querés subir la montaña de la santidad? ¿Querés andar por el camino que andan pocos pero que, en definitiva, es el más lindo? Vamos. Si te sumás, ya somos dos, tres o tal vez miles. Seguro que no nos vamos a arrepentir. No tengamos miedo.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Si ante cada situación de la vida, cada decisión, cada mirada, cada juicio, cada obra que realizamos nos preguntáramos: «¿Qué me gustaría que me hagan o digan a mí?», ¿no crees que todo sería muy distinto? La mayoría de nuestras equivocaciones tienen que ver con esta incapacidad de preguntarnos a nosotros mismos: «¿Qué es lo que nos gustaría para nosotros?», o incluso, al contrario, por una sobrevaloración de lo que nosotros consideramos que necesitamos. Nuestras reacciones egoístas tienen que ver con esto, con pensar excesivamente en nosotros y en no darnos cuenta lo que los otros realmente necesitan. Ante la posibilidad de hacerle el bien a los demás, deberíamos preguntarnos lo contrario: «¿Qué necesita el otro? ¿Cuál es realmente su necesidad?», y no tanto lo que nosotros creemos que necesitamos.
¿Querés subir la montaña de la santidad? ¿Querés andar por el camino que andan pocos pero que, en definitiva, es el más lindo? Vamos. Si te sumás, ya somos dos, tres o tal vez miles. Seguro que no nos vamos a arrepentir. No tengamos miedo.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Miércoles 26 de junio + XII Miércoles durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 7, 15-20
Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.
Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.
Palabra del Señor.
Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.
Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.
Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 7, 15-20:
Retomando Algo del Evangelio del domingo podríamos decir que es lógico dudar en medio de la tempestad, es lógico tener un poco de miedo como les pasó a los discípulos. Lo que nos quiere enseñar Jesús que no es lógico, teniendo en cuenta la certeza de su presencia, es que incluso nos enojemos con Dios, con él, como cuando los discípulos le dicen: «¿No te importa que nos hundamos?», como reprochándole. En el fondo, ese es el gran pecado que podemos cometer: no darnos cuenta que él siempre está y que no nos vamos a hundir estando con él. Ese fue el error de los discípulos. Por eso, como te decía ayer, no está mal dudar, es parte de nuestra vida, es parte de la fe. Lo que está mal, en definitiva, es no confiar en que Jesús está, aunque está dormido o parece que lo está.
Creo que, si en alguna época desde la Iglesia nos excedimos en presentar una imagen de Jesús casi exclusivamente desde el sufrimiento, la renuncia, hoy casi que nos fuimos para el otro lado, parece que nos da miedo hablar de las dificultades, de lo que implica seguirlo, del sacrificio, del no, de la renuncia, de la entrega para poder alcanzar algo más grande. Es común que pase eso, pasa en todos los ámbitos de la vida, y es así que como que el mundo digamos que es, de algún modo, como un péndulo, va de un lado para el otro. Solo el Evangelio y su interpretación correcta nos enseñan el verdadero equilibrio de la fe y de la vida, que no pasa por no jugarse por nada, por ser neutral como algunos piensan y pregonan, con quedar bien con todos, sino con la verdad, con la verdad que implica la tensión entre los dos extremos, la unión de los opuestos, la primacía del amor, pero de un amor verdadero.
Hoy podríamos preguntarnos: «¿Quiénes son los falsos profetas que menciona Algo del Evangelio de hoy?». Porque hoy escuchamos de todo y por todos lados. La globalización y la tecnología nos ayudó a tener acceso a cientos de miles de cosas que hasta hace unos años ni imaginábamos, con todo lo bueno, pero no olvidemos lo malo que eso puede tener, y, al mismo tiempo, permitió que cualquier persona pueda acceder a difundir sus ideas, sus pensamientos, y eso en principio no es malo. Ahora, el problema es que cuando esas ideas o enseñanzas no son verdaderas, hacen mucho mal. Vivimos en el supuesto mundo de la libertad y de la no discriminación, de la aceptación de todo casi sin discernimiento, en todos los sentidos, y eso también pasa en el mundo de la fe. Y es así como algunos transformaron la fe o quieren transformarla en una oferta más de las tantas que hay. «Al final todo es lo mismo», «si en definitiva es el mismo Dios», dicen por ahí; «mientras le haga bien… está bien». Son unas de las tantas frases que podemos escuchar hoy en nuestra vida. Ahora, ¿esto es verdad? ¿Esto puede ser siempre verdad? Bueno, ¿pero quiénes son los falsos profetas de hoy? Sencillamente los que no predican a Jesús tal como es, tal como él quiso presentarse, tanto para un lado como para el otro, como decíamos al principio. Los que se predican a sí mismos y, más que lograr que sigan a Jesús, logran que los sigan a ellos, y por eso la gente puede fanatizarse y juzga al que habla de Dios, por su afecto, lo juzga por si le gustó lo que dijo o no, y no por si es fiel o no al Evangelio de Jesús. ¿Quiénes son los falsos profetas? Los que anuncian cosas falsas, pero que al oído suenan lindas y que son atractivas no por su verdad, sino por sus «aderezos». Tan sencillo como eso. No es para escandalizarse y asustarse, ni tampoco para juzgar a nadie. Los hubo siempre y los habrá, así lo dijo Jesús y lo anticipó. Dentro de nuestra Iglesia y fuera de la Iglesia, incluso hay falsos profetas llenos de buenas intenciones.
Te cuento que se puede anunciar el Evangelio con muy buenas intenciones, pero anunciarlo mal. No pasa siempre la cosa por la intención, sino por la fidelidad al mensaje. Puedo ser muy bueno, muy buena persona, muy querida, muy amada pero no predicar la verdad.
Retomando Algo del Evangelio del domingo podríamos decir que es lógico dudar en medio de la tempestad, es lógico tener un poco de miedo como les pasó a los discípulos. Lo que nos quiere enseñar Jesús que no es lógico, teniendo en cuenta la certeza de su presencia, es que incluso nos enojemos con Dios, con él, como cuando los discípulos le dicen: «¿No te importa que nos hundamos?», como reprochándole. En el fondo, ese es el gran pecado que podemos cometer: no darnos cuenta que él siempre está y que no nos vamos a hundir estando con él. Ese fue el error de los discípulos. Por eso, como te decía ayer, no está mal dudar, es parte de nuestra vida, es parte de la fe. Lo que está mal, en definitiva, es no confiar en que Jesús está, aunque está dormido o parece que lo está.
Creo que, si en alguna época desde la Iglesia nos excedimos en presentar una imagen de Jesús casi exclusivamente desde el sufrimiento, la renuncia, hoy casi que nos fuimos para el otro lado, parece que nos da miedo hablar de las dificultades, de lo que implica seguirlo, del sacrificio, del no, de la renuncia, de la entrega para poder alcanzar algo más grande. Es común que pase eso, pasa en todos los ámbitos de la vida, y es así que como que el mundo digamos que es, de algún modo, como un péndulo, va de un lado para el otro. Solo el Evangelio y su interpretación correcta nos enseñan el verdadero equilibrio de la fe y de la vida, que no pasa por no jugarse por nada, por ser neutral como algunos piensan y pregonan, con quedar bien con todos, sino con la verdad, con la verdad que implica la tensión entre los dos extremos, la unión de los opuestos, la primacía del amor, pero de un amor verdadero.
Hoy podríamos preguntarnos: «¿Quiénes son los falsos profetas que menciona Algo del Evangelio de hoy?». Porque hoy escuchamos de todo y por todos lados. La globalización y la tecnología nos ayudó a tener acceso a cientos de miles de cosas que hasta hace unos años ni imaginábamos, con todo lo bueno, pero no olvidemos lo malo que eso puede tener, y, al mismo tiempo, permitió que cualquier persona pueda acceder a difundir sus ideas, sus pensamientos, y eso en principio no es malo. Ahora, el problema es que cuando esas ideas o enseñanzas no son verdaderas, hacen mucho mal. Vivimos en el supuesto mundo de la libertad y de la no discriminación, de la aceptación de todo casi sin discernimiento, en todos los sentidos, y eso también pasa en el mundo de la fe. Y es así como algunos transformaron la fe o quieren transformarla en una oferta más de las tantas que hay. «Al final todo es lo mismo», «si en definitiva es el mismo Dios», dicen por ahí; «mientras le haga bien… está bien». Son unas de las tantas frases que podemos escuchar hoy en nuestra vida. Ahora, ¿esto es verdad? ¿Esto puede ser siempre verdad? Bueno, ¿pero quiénes son los falsos profetas de hoy? Sencillamente los que no predican a Jesús tal como es, tal como él quiso presentarse, tanto para un lado como para el otro, como decíamos al principio. Los que se predican a sí mismos y, más que lograr que sigan a Jesús, logran que los sigan a ellos, y por eso la gente puede fanatizarse y juzga al que habla de Dios, por su afecto, lo juzga por si le gustó lo que dijo o no, y no por si es fiel o no al Evangelio de Jesús. ¿Quiénes son los falsos profetas? Los que anuncian cosas falsas, pero que al oído suenan lindas y que son atractivas no por su verdad, sino por sus «aderezos». Tan sencillo como eso. No es para escandalizarse y asustarse, ni tampoco para juzgar a nadie. Los hubo siempre y los habrá, así lo dijo Jesús y lo anticipó. Dentro de nuestra Iglesia y fuera de la Iglesia, incluso hay falsos profetas llenos de buenas intenciones.
Te cuento que se puede anunciar el Evangelio con muy buenas intenciones, pero anunciarlo mal. No pasa siempre la cosa por la intención, sino por la fidelidad al mensaje. Puedo ser muy bueno, muy buena persona, muy querida, muy amada pero no predicar la verdad.
Por supuesto que es bueno tener buenas intenciones, pero nuestro discernimiento al contemplar la veracidad o no de un profeta no pasa por ahí. La intención del corazón de cada predicador no podemos conocerla. ¿Entones cómo lo conocemos? «Por sus frutos los reconocerán», dice. ¿Cuáles frutos? ¿Qué lo sigan muchos? ¿Qué todos lo quieran? ¿Qué no lo critiquen? No, frutos de santidad; no de marketing o de números y cantidades. Hubo y habrá muchos hombres malos en la historia que fueron aclamados por miles, por eso la cantidad no es el criterio del Evangelio. No son frutos mundanos, con criterios y lógica del mundo, por eso mejor dejemos a las «agencias de publicidad y a las encuestadoras», porque esto no es democracia, no es por la mayoría, sino es por los frutos de santidad. Nosotros no debemos medir las cosas por la cantidad, sino por sus frutos de santidad, por frutos de fidelidad a la voluntad del Padre, y eso puede ser de pocos, porque la puerta es estrecha.
¿Entonces quién mide los frutos? Bueno, algo podemos vislumbrar, algo, pero no todo. El que los mide es el Padre que está en los cielos y ve en lo secreto. Un profeta, un cristiano, es un profeta en serio si su vida es para gloria del Padre –¿te acordás lo de los evangelios pasados?– y si logra que los que lo escuchan y vean den gloria al Padre y no a él mismo. No importa cuántos seguidores tenga, cuántos lo quieran, sino cuántos corazones gracias a su vida amarán más a Jesús y al Padre. No importa si hace o no lo que le gusta a la gente, aunque jamás debe despreciar a la gente, sino si hace lo que le gusta al Padre. ¿Vos y yo sabías que somos profetas? Todo cristiano es profeta verdadero o falso, eso depende de nosotros, ir haciéndonos cada vez más verdaderos.
Bueno, cuidémonos de los falsos profetas, cuidémonos que hay muchos. No nos fanaticemos con nadie, no es sano. Los hay, acordate, dentro y fuera de la Iglesia. Pero tampoco critiquemos a nadie, solo Dios juzga. Pero no seamos ingenuos, no juzguemos por apariencias, sino por los frutos de santidad que solo una vida de oración profunda puede ayudarnos a tener. Mirá los santos y discerní lo que hicieron. Nuestro único desvelo y sana obsesión de nuestra vida debería ser solo por Jesús, por su Palabra, por él en la Eucaristía y por amar a los más débiles. Todo lo demás… Todo lo demás está de más.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
¿Entonces quién mide los frutos? Bueno, algo podemos vislumbrar, algo, pero no todo. El que los mide es el Padre que está en los cielos y ve en lo secreto. Un profeta, un cristiano, es un profeta en serio si su vida es para gloria del Padre –¿te acordás lo de los evangelios pasados?– y si logra que los que lo escuchan y vean den gloria al Padre y no a él mismo. No importa cuántos seguidores tenga, cuántos lo quieran, sino cuántos corazones gracias a su vida amarán más a Jesús y al Padre. No importa si hace o no lo que le gusta a la gente, aunque jamás debe despreciar a la gente, sino si hace lo que le gusta al Padre. ¿Vos y yo sabías que somos profetas? Todo cristiano es profeta verdadero o falso, eso depende de nosotros, ir haciéndonos cada vez más verdaderos.
Bueno, cuidémonos de los falsos profetas, cuidémonos que hay muchos. No nos fanaticemos con nadie, no es sano. Los hay, acordate, dentro y fuera de la Iglesia. Pero tampoco critiquemos a nadie, solo Dios juzga. Pero no seamos ingenuos, no juzguemos por apariencias, sino por los frutos de santidad que solo una vida de oración profunda puede ayudarnos a tener. Mirá los santos y discerní lo que hicieron. Nuestro único desvelo y sana obsesión de nuestra vida debería ser solo por Jesús, por su Palabra, por él en la Eucaristía y por amar a los más débiles. Todo lo demás… Todo lo demás está de más.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Jueves 27 de junio + XII Jueves durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 7, 21-29
Jesús dijo a sus discípulos:
«No son los que me dicen: "Señor, Señor", los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Muchos me dirán en aquel día: "Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?". Entonces yo les manifestaré: "Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal".
Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.
Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande».
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, la multitud estaba asombrada de su enseñanza, porque él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.
Palabra del Señor.
Jesús dijo a sus discípulos:
«No son los que me dicen: "Señor, Señor", los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Muchos me dirán en aquel día: "Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?". Entonces yo les manifestaré: "Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal".
Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.
Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande».
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, la multitud estaba asombrada de su enseñanza, porque él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.
Palabra del Señor.