Comentario a Mateo 6, 7-15:
«El Reino de Dios es también como una semilla de mostaza, que es la más chiquita de todas las semillas de las hortalizas» –por lo menos de las conocidas en ese tiempo– y que no importa tanto; porque lo que quiere expresar esta parábola, que Jesús nos enseñaba el domingo, es mucho más profundo. De lo insignificante, de lo chiquito, de lo pequeño, de lo que nadie piensa que puede salir algo grande, de lo que para el mundo no cuenta; bueno, de ahí pueden salir cosas grandes, con el tiempo crecen cosas que antes no hubiésemos imaginado. «El grano de mostaza se convierte en la más grande de las hortalizas y en sus ramas pueden cobijarse muchos pájaros». Todo un signo de lo que hace el amor de Dios bien recibido en un corazón dispuesto.
Las cosas de Dios son insignificantes para este mundo, que le gusta lo que puede medirse, lo que puede cuantificarse. ¿Cuándo aprenderemos que las cosas de Dios no se miden con nuestra matemática? Parece un vicio incorporado hasta en la propia Iglesia, eso de preguntar después de cada actividad evangelizadora que hacemos: «¿Cuántos fueron? ¿Cuántos fueron?». ¿Los escuchaste alguna vez a esos comentarios? Nos encanta preguntar cuántos fueron, como si fuera que Dios mide las cosas por la cantidad o por el tamaño. ¿Vos crees que, si Jesús hubiese elegido por el tamaño o la cantidad, hubiera elegido a los apóstoles que eran los más sencillos y olvidados de su tiempo? ¿Vos crees que, si Dios eligiera por la grandeza exterior, por lo que el mundo dice que es grande, me hubiese elegido a mí y a vos para llevar la Palabra a tantos lugares del mundo que la necesitan? «El hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón»; y nuestros corazones son como granos de mostaza, muy chiquitos en comparación con otros tantos. Sin embargo, si somos fieles a Jesús, pueden transformarse en lugares en donde muchos otros corazones pueden cobijarse para encontrar paz. Así es el Reino de Dios. Mientras tanto podemos caer en ese error de estar mirando la cantidad. ¡Cuánto se escucha esto hoy!, ¿no? Parece que tener muchos seguidores es signo de éxito, como si el éxito estuviera en los números. Y el éxito es otra cosa; en realidad, lo que quiere Dios de nosotros es: fecundidad. En Algo del Evangelio de hoy, después de escuchar palabras tan difíciles, tan complicadas de aceptar y vivir en estos días, Jesús nos enseña a respirar, nos da un respiro. ¡Sí, a respirar! Porque la oración, el diálogo con Dios Padre, es el aire de nuestra vida interior, de nuestra vida de fe, el aire para los pulmones del alma. Pareciera como que a Jesús le gusta enseñar a tomar aire. Quiere que aprendamos como debe hablarle un Hijo a Dios, que es su Padre. No nos enseña una fórmula mágica para que podamos conseguir lo que queremos. ¡Cuidado! No nos enseña una oración para que aprendamos de memoria y la recemos todos los días para cumplir con nuestra obligación de cristianos. No nos enseña simplemente una serie de palabras que nos aseguran la salvación. Nos enseña algo mucho más grande, nos enseña a respirar, nos enseña lo esencial de la vida de los Hijos, de la vida sobrenatural. Nos enseña a desear lo fundamental, a pedir lo esencial, y por lo tanto, nos enseña abriéndonos su corazón lo más importante para vivir como Hijos de Dios: desear lo mejor para nuestro Padre y pedir lo necesario para ser Hijos de corazón y no solo de palabra.
El «Padrenuestro» es sencillo, simple, pero contiene todo. Todo está en estas palabras. Toda nuestra vida debería ser un desear y pedir lo que dice el Padrenuestro. «El Padre sabe todo»; él, «que ve en lo secreto», sabe el secreto de tu vida y de la mía, el secreto que ni siquiera nosotros podremos descubrir.
Hoy respiremos aliviados. Respiremos, en medio de la vorágine de este mundo, aire fresco. Respiremos con la mejor oración que podríamos imaginar, la oración que salió de los mismos labios de Jesús. Nada ni nadie puede superar la oración salida del corazón del Hijo de Dios.
«El Reino de Dios es también como una semilla de mostaza, que es la más chiquita de todas las semillas de las hortalizas» –por lo menos de las conocidas en ese tiempo– y que no importa tanto; porque lo que quiere expresar esta parábola, que Jesús nos enseñaba el domingo, es mucho más profundo. De lo insignificante, de lo chiquito, de lo pequeño, de lo que nadie piensa que puede salir algo grande, de lo que para el mundo no cuenta; bueno, de ahí pueden salir cosas grandes, con el tiempo crecen cosas que antes no hubiésemos imaginado. «El grano de mostaza se convierte en la más grande de las hortalizas y en sus ramas pueden cobijarse muchos pájaros». Todo un signo de lo que hace el amor de Dios bien recibido en un corazón dispuesto.
Las cosas de Dios son insignificantes para este mundo, que le gusta lo que puede medirse, lo que puede cuantificarse. ¿Cuándo aprenderemos que las cosas de Dios no se miden con nuestra matemática? Parece un vicio incorporado hasta en la propia Iglesia, eso de preguntar después de cada actividad evangelizadora que hacemos: «¿Cuántos fueron? ¿Cuántos fueron?». ¿Los escuchaste alguna vez a esos comentarios? Nos encanta preguntar cuántos fueron, como si fuera que Dios mide las cosas por la cantidad o por el tamaño. ¿Vos crees que, si Jesús hubiese elegido por el tamaño o la cantidad, hubiera elegido a los apóstoles que eran los más sencillos y olvidados de su tiempo? ¿Vos crees que, si Dios eligiera por la grandeza exterior, por lo que el mundo dice que es grande, me hubiese elegido a mí y a vos para llevar la Palabra a tantos lugares del mundo que la necesitan? «El hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón»; y nuestros corazones son como granos de mostaza, muy chiquitos en comparación con otros tantos. Sin embargo, si somos fieles a Jesús, pueden transformarse en lugares en donde muchos otros corazones pueden cobijarse para encontrar paz. Así es el Reino de Dios. Mientras tanto podemos caer en ese error de estar mirando la cantidad. ¡Cuánto se escucha esto hoy!, ¿no? Parece que tener muchos seguidores es signo de éxito, como si el éxito estuviera en los números. Y el éxito es otra cosa; en realidad, lo que quiere Dios de nosotros es: fecundidad. En Algo del Evangelio de hoy, después de escuchar palabras tan difíciles, tan complicadas de aceptar y vivir en estos días, Jesús nos enseña a respirar, nos da un respiro. ¡Sí, a respirar! Porque la oración, el diálogo con Dios Padre, es el aire de nuestra vida interior, de nuestra vida de fe, el aire para los pulmones del alma. Pareciera como que a Jesús le gusta enseñar a tomar aire. Quiere que aprendamos como debe hablarle un Hijo a Dios, que es su Padre. No nos enseña una fórmula mágica para que podamos conseguir lo que queremos. ¡Cuidado! No nos enseña una oración para que aprendamos de memoria y la recemos todos los días para cumplir con nuestra obligación de cristianos. No nos enseña simplemente una serie de palabras que nos aseguran la salvación. Nos enseña algo mucho más grande, nos enseña a respirar, nos enseña lo esencial de la vida de los Hijos, de la vida sobrenatural. Nos enseña a desear lo fundamental, a pedir lo esencial, y por lo tanto, nos enseña abriéndonos su corazón lo más importante para vivir como Hijos de Dios: desear lo mejor para nuestro Padre y pedir lo necesario para ser Hijos de corazón y no solo de palabra.
El «Padrenuestro» es sencillo, simple, pero contiene todo. Todo está en estas palabras. Toda nuestra vida debería ser un desear y pedir lo que dice el Padrenuestro. «El Padre sabe todo»; él, «que ve en lo secreto», sabe el secreto de tu vida y de la mía, el secreto que ni siquiera nosotros podremos descubrir.
Hoy respiremos aliviados. Respiremos, en medio de la vorágine de este mundo, aire fresco. Respiremos con la mejor oración que podríamos imaginar, la oración que salió de los mismos labios de Jesús. Nada ni nadie puede superar la oración salida del corazón del Hijo de Dios.
Padre nuestro, Padre de los que amamos y de los que nos cuesta amar, Padre de buenos y malos, Padre de todos, enséñanos a respirar con esta oración salida de los labios de tu Hijo Jesús. Enséñanos a que cada día aprendamos a rezar con el corazón, desde adentro, de verdad. ¡Basta de palabras vacías, basta de palabras repetitivas que no llegan al alma! ¡Basta de Hijos que le rezan a un Padre que no quieren conocer y que no conocen! ¡Nosotros queremos conocerte y darte gloria, con nuestra vida, con nuestras obras! Queremos que tu nombre sea santificado, conocido y amado. Queremos ser Hijos y vivir como Hijos. Queremos reconocer a todos como hermanos.
Padre, danos la paz del corazón, la paz de sabernos amados, a pesar de que a veces no experimentamos amor a nuestro alrededor, a pesar de que a veces como Hijos tuyos sufrimos el desprecio de los que te desprecian, de los que no te conocen, pero Vos amás igual. Enséñanos también a amarlos, con tu mismo corazón, a perdonarlos con tu mismo amor, con tu misma misericordia.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Padre, danos la paz del corazón, la paz de sabernos amados, a pesar de que a veces no experimentamos amor a nuestro alrededor, a pesar de que a veces como Hijos tuyos sufrimos el desprecio de los que te desprecian, de los que no te conocen, pero Vos amás igual. Enséñanos también a amarlos, con tu mismo corazón, a perdonarlos con tu mismo amor, con tu misma misericordia.
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Viernes 21 de junio + XI Viernes durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 6, 19-23
Jesús dijo a sus discípulos:
No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!
Palabra del Señor.
Jesús dijo a sus discípulos:
No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si el ojo está sano, todo el cuerpo estará iluminado. Pero si el ojo está enfermo, todo el cuerpo estará en tinieblas. Si la luz que hay en ti se oscurece, ¡cuánta oscuridad habrá!
Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 6, 19-23:
Lo pequeño puede transformarse en algo grande; parece imposible, pero realmente pasa. Abrí los ojos del corazón y te vas a dar cuenta. Pasa con las semillas y lo entendemos, y hasta no nos produce ningún inconveniente aceptarlo así. Sin embargo, eso que parece casi obvio en la naturaleza, pareciera ser que, en la vida espiritual, en aquello que tiene que ver con nuestra fe, no lo terminamos de digerir, de aceptar, no nos gusta tanto o, por lo menos, a veces nos gustaría que fuera distinto. Nos gusta como «saltar escalones», trepar de golpe a la cima; como si fuera que nos carcome la ansiedad. Muchas de nuestras frustraciones en la vida tienen que ver esto, con pretender frutos inmediatos, con medir las cosas con nuestras miradas y juicios limitados, con ser impacientes y olvidarnos que las cosas de Dios tienen su tiempo también como las cosas de la vida, aunque sepamos y digamos que «los tiempos de Dios no son nuestros tiempos».
Si un grano de mostaza bien chiquito puede transformarse en un lugar donde «los pájaros del cielo se cobijen a su sombra», ¿por qué nuestra vida no puede ser también un lugar donde otros puedan encontrar cobijo y sombra gracias a que el Reino de Dios creció en nuestro corazón? La Iglesia empezó como un grano de mostaza, insignificante, gracias a un aparente fracaso de Jesús al morir en la cruz, creció gracias al amor de unos pocos hombres y mujeres. Y, sin embargo, hoy podés ver lo que es o incluso no terminás de saber bien la maravilla de la Iglesia. La vida de los santos fue igual y nuestra vida puede serlo también.
Es lindo pensar que de algo muy chiquito como un sí al amor de Dios en este día, ahora concretamente, puede transformarse en un lindo lugar para que otros encuentren paz, aquellos que no terminan de encontrar su «lugar en el mundo». Por eso, no despreciemos nada de lo que parece chiquito, de lo que es pequeño para una mirada superficial y pasajera. Acordate que las cosas más grandes que vas a lograr en la vida surgirán de pequeñas decisiones que nadie ve o nadie tiene en cuenta. Las grandes transformaciones del mundo nacen de cosas pequeñas, de las aceptaciones difíciles y silenciosas de la voluntad de Dios en el día a día, en el tuyo y en el mío. «Los tiempos de Dios –acordate– no son nuestros tiempos», porque, en realidad, Dios no tiene tiempo. Simplemente es una forma de decir lo que no entendemos y no podemos explicar con nuestras palabras. Lo mejor que podemos hacer es darle nuestro tiempo y nuestro corazón a nuestro amado Jesús.
Por eso, en Algo del Evangelio de hoy, Jesús nos invita a que pensemos dónde tenemos puesto nuestro corazón, porque, en definitiva, donde esté nuestro corazón, estará nuestro tesoro, y al revés. Y el termómetro de nuestro corazón es en donde estamos poniendo nuestras fuerzas, nuestros deseos, metas, logros y proyectos. Es entendible que nos guste a veces acumular por el miedo que tenemos. Te diría que casi naturalmente tendemos a «acumular cosas», materiales y de todo tipo. Nos encanta, nos da cierta seguridad. Nuestro deseo de controlar el futuro y asegurarnos un lugar en este mundo nos lleva a que pongamos casi más fuerzas en planificar lo que viene que en disfrutar lo que tenemos. Es increíble, pero a veces vivimos así. Y por eso el hombre es capaz de «gastar» su vida, sus bienes, su corazón, en asegurarse un futuro que no conoce mientras se pierde la oportunidad de abrazar el presente que hoy ya tiene en sus manos. Padres que se desviven por dejarles algo a sus hijos, trabajando de sol a sol y, mientras tanto, los tienen a su lado y casi ni hablan o ni saben lo que les pasa. Padres que se desviven para que sus hijos sean «alguien» en este mundo competitivo que exige ciertas cosas y, mientras tanto, no se dan cuenta que ellos «ya son alguien». Son sus hijos y son Hijos de Dios. Y así podríamos seguir con miles y miles de ejemplos.
Lo pequeño puede transformarse en algo grande; parece imposible, pero realmente pasa. Abrí los ojos del corazón y te vas a dar cuenta. Pasa con las semillas y lo entendemos, y hasta no nos produce ningún inconveniente aceptarlo así. Sin embargo, eso que parece casi obvio en la naturaleza, pareciera ser que, en la vida espiritual, en aquello que tiene que ver con nuestra fe, no lo terminamos de digerir, de aceptar, no nos gusta tanto o, por lo menos, a veces nos gustaría que fuera distinto. Nos gusta como «saltar escalones», trepar de golpe a la cima; como si fuera que nos carcome la ansiedad. Muchas de nuestras frustraciones en la vida tienen que ver esto, con pretender frutos inmediatos, con medir las cosas con nuestras miradas y juicios limitados, con ser impacientes y olvidarnos que las cosas de Dios tienen su tiempo también como las cosas de la vida, aunque sepamos y digamos que «los tiempos de Dios no son nuestros tiempos».
Si un grano de mostaza bien chiquito puede transformarse en un lugar donde «los pájaros del cielo se cobijen a su sombra», ¿por qué nuestra vida no puede ser también un lugar donde otros puedan encontrar cobijo y sombra gracias a que el Reino de Dios creció en nuestro corazón? La Iglesia empezó como un grano de mostaza, insignificante, gracias a un aparente fracaso de Jesús al morir en la cruz, creció gracias al amor de unos pocos hombres y mujeres. Y, sin embargo, hoy podés ver lo que es o incluso no terminás de saber bien la maravilla de la Iglesia. La vida de los santos fue igual y nuestra vida puede serlo también.
Es lindo pensar que de algo muy chiquito como un sí al amor de Dios en este día, ahora concretamente, puede transformarse en un lindo lugar para que otros encuentren paz, aquellos que no terminan de encontrar su «lugar en el mundo». Por eso, no despreciemos nada de lo que parece chiquito, de lo que es pequeño para una mirada superficial y pasajera. Acordate que las cosas más grandes que vas a lograr en la vida surgirán de pequeñas decisiones que nadie ve o nadie tiene en cuenta. Las grandes transformaciones del mundo nacen de cosas pequeñas, de las aceptaciones difíciles y silenciosas de la voluntad de Dios en el día a día, en el tuyo y en el mío. «Los tiempos de Dios –acordate– no son nuestros tiempos», porque, en realidad, Dios no tiene tiempo. Simplemente es una forma de decir lo que no entendemos y no podemos explicar con nuestras palabras. Lo mejor que podemos hacer es darle nuestro tiempo y nuestro corazón a nuestro amado Jesús.
Por eso, en Algo del Evangelio de hoy, Jesús nos invita a que pensemos dónde tenemos puesto nuestro corazón, porque, en definitiva, donde esté nuestro corazón, estará nuestro tesoro, y al revés. Y el termómetro de nuestro corazón es en donde estamos poniendo nuestras fuerzas, nuestros deseos, metas, logros y proyectos. Es entendible que nos guste a veces acumular por el miedo que tenemos. Te diría que casi naturalmente tendemos a «acumular cosas», materiales y de todo tipo. Nos encanta, nos da cierta seguridad. Nuestro deseo de controlar el futuro y asegurarnos un lugar en este mundo nos lleva a que pongamos casi más fuerzas en planificar lo que viene que en disfrutar lo que tenemos. Es increíble, pero a veces vivimos así. Y por eso el hombre es capaz de «gastar» su vida, sus bienes, su corazón, en asegurarse un futuro que no conoce mientras se pierde la oportunidad de abrazar el presente que hoy ya tiene en sus manos. Padres que se desviven por dejarles algo a sus hijos, trabajando de sol a sol y, mientras tanto, los tienen a su lado y casi ni hablan o ni saben lo que les pasa. Padres que se desviven para que sus hijos sean «alguien» en este mundo competitivo que exige ciertas cosas y, mientras tanto, no se dan cuenta que ellos «ya son alguien». Son sus hijos y son Hijos de Dios. Y así podríamos seguir con miles y miles de ejemplos.
Y por eso Jesús hoy nos dice: «¿Qué sentido tiene que acumulen cosas: casas, autos, ropa o títulos, fama, "palmadas en la espalda", aplausos, elogios, prestigio, poder? ¿Qué sentido tiene, si en definitiva todo eso pasa, si en definitiva en este mundo nos pueden robar todo, menos el corazón?». Jesús nos quiere llevar a la sensatez, si en definitiva no sabemos qué será de nosotros mañana. Este mundo consumista nos nubló el pensamiento y nos atrofió el corazón, haciéndonos creer miles de mentiras que ya damos por verdad. ¿Qué sentido tiene, si en definitiva para un Hijo de Dios lo que importa es lo que su Padre ve en lo secreto, es sentirse amado por él?
¡Qué lindo es que tengamos la lámpara del cuerpo –que es el ojo– puro, para ver lo que realmente importa en nuestra vida, puro para descubrir en dónde tenemos que poner nuestro tesoro, puro para poder ver cómo somos Hijos de Dios y que, en realidad, eso es lo más importante. Lo único importante en nuestra vida es que vivamos como Hijos, que sintamos la alegría del Padre hacia nosotros, porque vivimos y nos comportamos como Hijos.
El Sermón de la Montaña es un pequeño caminito para que descubramos lo esencial de nuestra vida y que no acumulemos cosas que acá, en la tierra, son pasajeras. Todo es pasajero, lo único que no pasa es que somos Hijos de Dios y que tenemos que imitar al Hijo del Padre que es Jesús y que tenemos que llegar a nuestro Padre del cielo para darnos un abrazo que dure toda la eternidad.
Esto me hizo acordar a algo que me pasó en estos días. Tuve la gracia de tener que llevar la comunión a Pablo, un viejo amigo que estaba por partir. Se ve que me estaba esperando; en realidad, a mí no, estaba esperando a Jesús, para poder recibirlo y entregar su vida. Apenas le di la comunión en el hospital, cerró la boca, sonrió y suspiró…suspiró y, finalmente, expiró y entregó su vida. Murió con Jesús en la boca, pero fundamentalmente en el corazón. ¡Qué bien me hizo experimentar la partida de alguien que sólo esperaba tener a Jesús para poder entregarse! La muerte muchas veces nos ayuda a darnos cuenta qué es lo importante de la vida. Que Jesús hoy nos dé esa gracia a todos.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
¡Qué lindo es que tengamos la lámpara del cuerpo –que es el ojo– puro, para ver lo que realmente importa en nuestra vida, puro para descubrir en dónde tenemos que poner nuestro tesoro, puro para poder ver cómo somos Hijos de Dios y que, en realidad, eso es lo más importante. Lo único importante en nuestra vida es que vivamos como Hijos, que sintamos la alegría del Padre hacia nosotros, porque vivimos y nos comportamos como Hijos.
El Sermón de la Montaña es un pequeño caminito para que descubramos lo esencial de nuestra vida y que no acumulemos cosas que acá, en la tierra, son pasajeras. Todo es pasajero, lo único que no pasa es que somos Hijos de Dios y que tenemos que imitar al Hijo del Padre que es Jesús y que tenemos que llegar a nuestro Padre del cielo para darnos un abrazo que dure toda la eternidad.
Esto me hizo acordar a algo que me pasó en estos días. Tuve la gracia de tener que llevar la comunión a Pablo, un viejo amigo que estaba por partir. Se ve que me estaba esperando; en realidad, a mí no, estaba esperando a Jesús, para poder recibirlo y entregar su vida. Apenas le di la comunión en el hospital, cerró la boca, sonrió y suspiró…suspiró y, finalmente, expiró y entregó su vida. Murió con Jesús en la boca, pero fundamentalmente en el corazón. ¡Qué bien me hizo experimentar la partida de alguien que sólo esperaba tener a Jesús para poder entregarse! La muerte muchas veces nos ayuda a darnos cuenta qué es lo importante de la vida. Que Jesús hoy nos dé esa gracia a todos.
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Sábado 22 de junio + XI Sábado durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 6, 24-34
Jesús dijo a sus discípulos:
Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?
¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos.
Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!
No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?» Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.
Palabra del Señor.
Jesús dijo a sus discípulos:
Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?
¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos.
Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!
No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?» Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.
Palabra del Señor.
Comentario a Mateo 6, 24-34:
Los sábados acostumbro a hacer algo así como una síntesis de la semana, porque los evangelios, los del tiempo ordinario especialmente están conectados unos con otros, se leen de modo continuado; y ver el contexto de cada uno y como uno se entrelaza con el otro, nos ayuda a comprender mucho mejor lo que se quiso transmitir, de una manera más amplia, más profunda; porque a veces, puede ser que ayude quedarnos con frases, pero ayuda mucho más entender todo lo que el Señor nos quiso decir y en este sermón de la montaña más que nunca, porque es una maravilla.
Hoy sin embargo, me gustaría que reflexionemos sobre algo del evangelio de hoy que de alguna manera es una síntesis de lo que reflexionamos en estos días, en esta semana; días muy cargados de palabras muy lindas, pero muy densas al mismo tiempo; en esta semana en la que quisimos subir a la montaña con Jesús, subir a la montaña con el corazón, subir a la montaña para recibir la Ley de los hijos de Dios; la nueva Ley, la Ley de la Nueva Alianza, que Jesús, nos vino a proponer, y que es superior, es más profunda, que le da sentido a la ley antigua y es superior a la de los escribas y fariseos; es superior a la de los cristianos que creen que ser cristianos es "cumplir una norma", que es cumplir cosas y así tranquilizar la conciencia. ¡No!, el ser hijos de Dios es mucho más grande, ser hijos de Dios es sentirnos hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, hermanos de todos, hermanos que desean amarse y no se preocupan por lo que vendrá.
Y hoy reflexionamos estas palabras difíciles y duras con las que empieza Jesús: "No se puede servir a Dios y al Dinero", y la palabra Dinero está con mayúsculas; como comparándolo con el anticristo, lo diferente a Él, lo opuesto. El dinero se puede transformar en un dios en nuestra vida, se puede transformar si le damos el corazón. El dinero y todo lo que viene con él, el poder y deseo de tener por tener. A veces no nos damos cuenta; no hay que ser muy ambiciosos para tener a veces a las cosas materiales de este mundo como primera medida y valor de lo que hacemos. Por eso Jesús nos dice al corazón: "No se inquieten...", busquen en realidad el Reino y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura; Me parece que es lindo pensar que en estas palabras, se puede resumir la semana: busquemos el Reino de Dios, busquemos ser hijos de Dios, vivir como hijos de Dios y amar a nuestro Padre y a nuestros hermanos; busquemos la santidad, no la santidad que espera ser vista por los demás, sino la santidad oculta, silenciosa, sencilla, la santidad de “la puerta de al lado” como decía el Papa Francisco, la que no se inquieta por las cosas de esta vida, la que le da a cada cosa su nombre y pone a cada cosa en su lugar.
Porque en realidad, el que es hijo de Dios quiere servir solamente a su Padre, quiere amarlo solamente a Él; y por eso no puede servir al dinero al mismo tiempo que a Dios, porque, en definitiva, aunque seamos cristianos, terminaremos como dice Jesús: interesándonos más por uno y menospreciando al otro. Interesándonos más por las cosas de nuestra vida, por lo que queremos alcanzar, por querer dejar algo, por querer acumular y no por el amor de Jesús. ¿Cuántas cosas acumulamos en la vida sin sentido, pensando en construir un mañana que al final no sabemos si nos tocará vivir o no? ¡Qué necios que somos a veces! Cómo nos cuesta darnos cuenta, cómo nos cuesta tener fe y confiar en que somos hijos de un Padre, que jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; sin su Amor, y por supuesto, con lo necesario para nuestro alimento y vestido.
Ojalá que hoy no nos "inquietemos", ojalá que hoy comprendamos estas palabras de Jesús y realmente busquemos el Reino y su justicia. Si nos afligimos, si nos inquietamos por el mañana es porque no estamos viviendo como hijos; no estamos comprendiendo estas palabras de Jesús.
Los sábados acostumbro a hacer algo así como una síntesis de la semana, porque los evangelios, los del tiempo ordinario especialmente están conectados unos con otros, se leen de modo continuado; y ver el contexto de cada uno y como uno se entrelaza con el otro, nos ayuda a comprender mucho mejor lo que se quiso transmitir, de una manera más amplia, más profunda; porque a veces, puede ser que ayude quedarnos con frases, pero ayuda mucho más entender todo lo que el Señor nos quiso decir y en este sermón de la montaña más que nunca, porque es una maravilla.
Hoy sin embargo, me gustaría que reflexionemos sobre algo del evangelio de hoy que de alguna manera es una síntesis de lo que reflexionamos en estos días, en esta semana; días muy cargados de palabras muy lindas, pero muy densas al mismo tiempo; en esta semana en la que quisimos subir a la montaña con Jesús, subir a la montaña con el corazón, subir a la montaña para recibir la Ley de los hijos de Dios; la nueva Ley, la Ley de la Nueva Alianza, que Jesús, nos vino a proponer, y que es superior, es más profunda, que le da sentido a la ley antigua y es superior a la de los escribas y fariseos; es superior a la de los cristianos que creen que ser cristianos es "cumplir una norma", que es cumplir cosas y así tranquilizar la conciencia. ¡No!, el ser hijos de Dios es mucho más grande, ser hijos de Dios es sentirnos hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, hermanos de todos, hermanos que desean amarse y no se preocupan por lo que vendrá.
Y hoy reflexionamos estas palabras difíciles y duras con las que empieza Jesús: "No se puede servir a Dios y al Dinero", y la palabra Dinero está con mayúsculas; como comparándolo con el anticristo, lo diferente a Él, lo opuesto. El dinero se puede transformar en un dios en nuestra vida, se puede transformar si le damos el corazón. El dinero y todo lo que viene con él, el poder y deseo de tener por tener. A veces no nos damos cuenta; no hay que ser muy ambiciosos para tener a veces a las cosas materiales de este mundo como primera medida y valor de lo que hacemos. Por eso Jesús nos dice al corazón: "No se inquieten...", busquen en realidad el Reino y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura; Me parece que es lindo pensar que en estas palabras, se puede resumir la semana: busquemos el Reino de Dios, busquemos ser hijos de Dios, vivir como hijos de Dios y amar a nuestro Padre y a nuestros hermanos; busquemos la santidad, no la santidad que espera ser vista por los demás, sino la santidad oculta, silenciosa, sencilla, la santidad de “la puerta de al lado” como decía el Papa Francisco, la que no se inquieta por las cosas de esta vida, la que le da a cada cosa su nombre y pone a cada cosa en su lugar.
Porque en realidad, el que es hijo de Dios quiere servir solamente a su Padre, quiere amarlo solamente a Él; y por eso no puede servir al dinero al mismo tiempo que a Dios, porque, en definitiva, aunque seamos cristianos, terminaremos como dice Jesús: interesándonos más por uno y menospreciando al otro. Interesándonos más por las cosas de nuestra vida, por lo que queremos alcanzar, por querer dejar algo, por querer acumular y no por el amor de Jesús. ¿Cuántas cosas acumulamos en la vida sin sentido, pensando en construir un mañana que al final no sabemos si nos tocará vivir o no? ¡Qué necios que somos a veces! Cómo nos cuesta darnos cuenta, cómo nos cuesta tener fe y confiar en que somos hijos de un Padre, que jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; sin su Amor, y por supuesto, con lo necesario para nuestro alimento y vestido.
Ojalá que hoy no nos "inquietemos", ojalá que hoy comprendamos estas palabras de Jesús y realmente busquemos el Reino y su justicia. Si nos afligimos, si nos inquietamos por el mañana es porque no estamos viviendo como hijos; no estamos comprendiendo estas palabras de Jesús.
Si vivimos tras las cosas mundanas, si vivimos estresados sin sentido, si vivimos preocupándonos por cómo llegaremos a fin de mes, a dónde nos iremos, es porque no estamos todavía viviendo como hijos del Padre. Lo que nos debería inquietar es amar al Padre sobre todas las cosas, y a sus demás hijos, y todo lo demás vendrá por añadidura.
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p. Rodrigo Aguilar
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Domingo 23 de junio + XII Domingo durante el año(B) + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 4, 35-41
Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?». Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».
Palabra del Señor
Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?». Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».
Palabra del Señor
Comentario a Marcos 4, 35-41:
Un domingo más, un día más del Señor, como se llama este día en el que tratamos de experimentar una vez más el poder de la Palabra de Jesús, el poder de su presencia en nuestras vidas, el poder también que tiene él en la Eucaristía, porque él sigue estando con nosotros hasta el fin de los tiempos, como nos lo prometió antes de partir. Por eso cada Evangelio, cada escena que escuchamos, debe ser para nosotros un experimentar que eso sigue pasando; que esta escena, por ejemplo, de hoy que escuchamos con tanta simbología, con tantas cosas para decirnos, no es algo del pasado, no es algo que solamente les pasó a los discípulos, sino que es algo que nos está pasando a nosotros, es algo que le está pasando a la Iglesia, es algo que le sigue pasando a la humanidad.
La Iglesia está simbolizada especialmente hoy en este Evangelio en la barca, que anda así por el mundo, donde también se desatan fuertes vendavales y las olas entran en la barca y nos hacen pensar que se va a hundir. ¿Cuántas veces nos pasó esto? ¿Cuántas veces pensamos que la barca de la Iglesia se va a hundir cuando vemos tantos problemas, tantas voces disonantes, tantas divisiones, dificultades que tiene hasta el mismo sucesor de Pedro para llevarla adelante, con tantos que se le ponen en contra? Bueno, ¿cuántas veces pensamos que el vendaval de este mundo puede hundir la barca? Sin embargo, una vez más y como siempre, y como será hasta el fin de los tiempos, Jesús está en la popa, Jesús va en ella. Sí, es verdad, a veces «durmiendo sobre el cabezal», como dice Algo del Evangelio de hoy. Pero por eso esta escena nos quiere enseñar que la barca de la Iglesia cuando está con Jesús –y no puede ser de otra manera–, nunca se va a hundir, jamás va a perecer.
Pueden sobrepasarnos las olas, nos podemos mojar, podemos gritar de miedo, podemos asustarnos, podemos decirle al Señor: «¿No te importa que nos ahoguemos? ¿No te das cuenta todo lo malo que está pasando? ¡Hace algo!». Bueno, puede pasar todo eso, pero sin embargo tenemos que confiar que nunca se va a hundir. Nuestra fe en realidad es eso, es confiar en la presencia del Señor, aunque parezca que no está. Nuestra fe también debe convivir y convive con la duda. ¿Cuántas veces vos y yo dudamos? ¿No pensás que es parte de la fe también el dudar? La duda finalmente es la que nos permite afirmarnos una vez más en la gran certeza que sostiene a nuestra fe, que es la presencia de Jesús pase lo que pase. Por eso, si en este momento estás con esa actitud de duda, de tristeza, incluso de enojo ante Dios porque parece ser que no hace lo que vos crees que tiene que hacer, volvé a afirmarte en esta verdad. Él está, está en la popa. Es verdad, a veces está durmiendo, y podríamos pensar que duerme para probarnos, para que no dudemos o para que, si estamos dudando, nos demos cuenta otra vez, una y mil veces más, que él está y que cuando él se despierta, cuando él con su palabra increpe al viento y al mar como símbolo de las fuerzas de este mundo que quiere arrollar la bondad y el amor, cuando él se despierta y dice «silencio y callate», todo vuelve a una gran calma. Bueno, vos y yo también necesitamos en este domingo que las palabras de Jesús nos den calma y paz. Señor, hablale, hablale a mi corazón, hablale al corazón de tantos que están dudando y no se dan cuenta que vos estás y que nos decís al corazón: «¿Por qué tienen miedo? ¿Por qué tenés miedo? ¿Cómo no tienen fe? ¿No tenés fe todavía, después de todo lo que viviste al lado mío, después de ver tantos milagros, después de experimentar mi presencia? ¿Por qué? ¿Por qué todavía dudas». Lo mismo le pasó a los discípulos. Después de ver tantos milagros, tantas situaciones donde el Maestro mostró su poder, todavía dudaban. Bueno, nosotros a veces también dudamos y estamos como quietos, paralizados, atemorizados, porque no terminamos de creer.
Un domingo más, un día más del Señor, como se llama este día en el que tratamos de experimentar una vez más el poder de la Palabra de Jesús, el poder de su presencia en nuestras vidas, el poder también que tiene él en la Eucaristía, porque él sigue estando con nosotros hasta el fin de los tiempos, como nos lo prometió antes de partir. Por eso cada Evangelio, cada escena que escuchamos, debe ser para nosotros un experimentar que eso sigue pasando; que esta escena, por ejemplo, de hoy que escuchamos con tanta simbología, con tantas cosas para decirnos, no es algo del pasado, no es algo que solamente les pasó a los discípulos, sino que es algo que nos está pasando a nosotros, es algo que le está pasando a la Iglesia, es algo que le sigue pasando a la humanidad.
La Iglesia está simbolizada especialmente hoy en este Evangelio en la barca, que anda así por el mundo, donde también se desatan fuertes vendavales y las olas entran en la barca y nos hacen pensar que se va a hundir. ¿Cuántas veces nos pasó esto? ¿Cuántas veces pensamos que la barca de la Iglesia se va a hundir cuando vemos tantos problemas, tantas voces disonantes, tantas divisiones, dificultades que tiene hasta el mismo sucesor de Pedro para llevarla adelante, con tantos que se le ponen en contra? Bueno, ¿cuántas veces pensamos que el vendaval de este mundo puede hundir la barca? Sin embargo, una vez más y como siempre, y como será hasta el fin de los tiempos, Jesús está en la popa, Jesús va en ella. Sí, es verdad, a veces «durmiendo sobre el cabezal», como dice Algo del Evangelio de hoy. Pero por eso esta escena nos quiere enseñar que la barca de la Iglesia cuando está con Jesús –y no puede ser de otra manera–, nunca se va a hundir, jamás va a perecer.
Pueden sobrepasarnos las olas, nos podemos mojar, podemos gritar de miedo, podemos asustarnos, podemos decirle al Señor: «¿No te importa que nos ahoguemos? ¿No te das cuenta todo lo malo que está pasando? ¡Hace algo!». Bueno, puede pasar todo eso, pero sin embargo tenemos que confiar que nunca se va a hundir. Nuestra fe en realidad es eso, es confiar en la presencia del Señor, aunque parezca que no está. Nuestra fe también debe convivir y convive con la duda. ¿Cuántas veces vos y yo dudamos? ¿No pensás que es parte de la fe también el dudar? La duda finalmente es la que nos permite afirmarnos una vez más en la gran certeza que sostiene a nuestra fe, que es la presencia de Jesús pase lo que pase. Por eso, si en este momento estás con esa actitud de duda, de tristeza, incluso de enojo ante Dios porque parece ser que no hace lo que vos crees que tiene que hacer, volvé a afirmarte en esta verdad. Él está, está en la popa. Es verdad, a veces está durmiendo, y podríamos pensar que duerme para probarnos, para que no dudemos o para que, si estamos dudando, nos demos cuenta otra vez, una y mil veces más, que él está y que cuando él se despierta, cuando él con su palabra increpe al viento y al mar como símbolo de las fuerzas de este mundo que quiere arrollar la bondad y el amor, cuando él se despierta y dice «silencio y callate», todo vuelve a una gran calma. Bueno, vos y yo también necesitamos en este domingo que las palabras de Jesús nos den calma y paz. Señor, hablale, hablale a mi corazón, hablale al corazón de tantos que están dudando y no se dan cuenta que vos estás y que nos decís al corazón: «¿Por qué tienen miedo? ¿Por qué tenés miedo? ¿Cómo no tienen fe? ¿No tenés fe todavía, después de todo lo que viviste al lado mío, después de ver tantos milagros, después de experimentar mi presencia? ¿Por qué? ¿Por qué todavía dudas». Lo mismo le pasó a los discípulos. Después de ver tantos milagros, tantas situaciones donde el Maestro mostró su poder, todavía dudaban. Bueno, nosotros a veces también dudamos y estamos como quietos, paralizados, atemorizados, porque no terminamos de creer.
Señor, increpá hoy el vendaval de mi corazón y el de tantos cristianos que todavía dudan y no pueden creer que vos sos el dueño de la historia, que vos con tu Palabra podés frenar cualquier mal que nos sobrevenga, que vos con tu Palabra nos mostrás que siempre estás y estarás hasta el final y aunque parezca una paradoja a veces el Señor se tiene que dormir para que volvamos a escuchar su voz y nos demos cuenta que él es el único salvador de nuestras vidas.
Que este domingo, día tuyo, Señor, día en el que le dedicamos especialmente a escucharte con más atención, nos ayudes a afirmar una vez más nuestra fe en tu presencia inconmovible.
www.algodelevangelio.org
algodelevangelio@gmail.com
p. Rodrigo Aguilar
Que este domingo, día tuyo, Señor, día en el que le dedicamos especialmente a escucharte con más atención, nos ayudes a afirmar una vez más nuestra fe en tu presencia inconmovible.
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p. Rodrigo Aguilar