PURGA_Y_MORDAZA_LA_NUEVA_SEÑA_DE_IDENTIDAD_DE_PODEM_CATALUNYA_5.pdf
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Este es el artículo que María Pozuelo ha censurado, y por algo será. No dejes que nadie decida por ti, que puedes leer y que no.
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Forwarded from TU VOZ ● Revista progresista en la Diáspora Española
UNIDAD O SIMULACRO en España
21 de febrero de 2026 TUVOZ
Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya
El dilema estratégico de la izquierda ante el “proyecto Rufián”La propuesta de coordinación electoral reabre un viejo debate: ¿es la fragmentación el problema central o lo es la ausencia de un relato común capaz de hacer deseable la unidad?
https://xn--tuvozdiasporaespaola-k7b.com/page/2/unidad-o-simulacro/
21 de febrero de 2026 TUVOZ
Por Fernando Ortega de El Berguedá, Catalunya
El dilema estratégico de la izquierda ante el “proyecto Rufián”La propuesta de coordinación electoral reabre un viejo debate: ¿es la fragmentación el problema central o lo es la ausencia de un relato común capaz de hacer deseable la unidad?
https://xn--tuvozdiasporaespaola-k7b.com/page/2/unidad-o-simulacro/
EL FUTURO NO SE DECRETA,
¡SE ORGANIZA!
Hay momentos en los que todo parece tambalearse. No porque el proyecto haya muerto, sino porque ha dejado de ilusionar. Y cuando la ilusión se enfría, lo fácil es refugiarse en consignas o en lealtades automáticas. Lo difícil es pensar.
Estamos en renovación de portavocías. Y eso no es un trámite interno: es una decisión estratégica. Porque el futuro no se proclama, se construye. Y se construye con criterios.
Hay quien vota con la cabeza. Analiza propuestas, trayectoria, capacidad política, solvencia en el conflicto. Es una forma madura de asumir que representar no es agradar, sino sostener posiciones con coherencia incluso cuando sopla el viento en contra.
Hay quien vota con el corazón. Confianza, afinidad, vínculo. También es legítimo. Sin identificación emocional no hay comunidad, y sin comunidad no hay proyecto.
El problema no es elegir entre cabeza o corazón. El problema es cuando uno sustituye al otro. La política solo racional es fría y desconectada. La política solo emocional es volátil y errática. La combinación de ambas es lo que convierte un voto en una decisión consciente.
La pregunta clave no es solo a quién votas. Es para qué lo votas.
Un portavoz no es un jefe. Es, literalmente, quien porta la voz. No necesita brillo propio; necesita capacidad de escucha, serenidad y firmeza. Alguien que entienda que, en ocasiones, defenderá posiciones que no son exactamente las suyas, sino las que la mayoría ha decidido. Eso exige carácter, no ego.
Confundir representación con liderazgo carismático es un error estratégico. Un liderazgo sólido no depende de un cargo. Pero una portavocía mal entendida puede convertir un espacio colectivo en un escenario personal.
Esto no es una serie de fantasía ni una disputa de poder simbólico. Es el rumbo de tu círculo, y por extensión, de tu proyecto político, el nuestro.
Si votas, hazlo con criterio. Con convicción. Con la tranquilidad de que no estás eligiendo a quien te dirija, sino a quien te represente.
Y si ninguna opción te convence, la abstención también es una posición política. Lo que no es neutro es votar por inercia, por presión o simplemente, porque no hay otra candidatura.
Nos jugamos más que un nombre. Nos jugamos la forma de hacer política.
Tu voto, es decisivo.
¡SE ORGANIZA!
Hay momentos en los que todo parece tambalearse. No porque el proyecto haya muerto, sino porque ha dejado de ilusionar. Y cuando la ilusión se enfría, lo fácil es refugiarse en consignas o en lealtades automáticas. Lo difícil es pensar.
Estamos en renovación de portavocías. Y eso no es un trámite interno: es una decisión estratégica. Porque el futuro no se proclama, se construye. Y se construye con criterios.
Hay quien vota con la cabeza. Analiza propuestas, trayectoria, capacidad política, solvencia en el conflicto. Es una forma madura de asumir que representar no es agradar, sino sostener posiciones con coherencia incluso cuando sopla el viento en contra.
Hay quien vota con el corazón. Confianza, afinidad, vínculo. También es legítimo. Sin identificación emocional no hay comunidad, y sin comunidad no hay proyecto.
El problema no es elegir entre cabeza o corazón. El problema es cuando uno sustituye al otro. La política solo racional es fría y desconectada. La política solo emocional es volátil y errática. La combinación de ambas es lo que convierte un voto en una decisión consciente.
La pregunta clave no es solo a quién votas. Es para qué lo votas.
Un portavoz no es un jefe. Es, literalmente, quien porta la voz. No necesita brillo propio; necesita capacidad de escucha, serenidad y firmeza. Alguien que entienda que, en ocasiones, defenderá posiciones que no son exactamente las suyas, sino las que la mayoría ha decidido. Eso exige carácter, no ego.
Confundir representación con liderazgo carismático es un error estratégico. Un liderazgo sólido no depende de un cargo. Pero una portavocía mal entendida puede convertir un espacio colectivo en un escenario personal.
Esto no es una serie de fantasía ni una disputa de poder simbólico. Es el rumbo de tu círculo, y por extensión, de tu proyecto político, el nuestro.
Si votas, hazlo con criterio. Con convicción. Con la tranquilidad de que no estás eligiendo a quien te dirija, sino a quien te represente.
Y si ninguna opción te convence, la abstención también es una posición política. Lo que no es neutro es votar por inercia, por presión o simplemente, porque no hay otra candidatura.
Nos jugamos más que un nombre. Nos jugamos la forma de hacer política.
Tu voto, es decisivo.
NO PIENSES IGUAL. NO CALLES IGUAL.
Hay dos ideas que incomodan porque obligan a mirarse sin excusas.
No puedes resolver un problema pensando igual que cuando lo generaste.
Y no puedes cambiar una organización si tú no cambias dentro de ella.
Si Podem Catalunya hoy te frustra, te angustia o te decepciona, hay algo que debes asumir: esa realidad no es ajena. No es un fenómeno meteorológico. Es el resultado de una forma de actuar que, de una u otra manera, hemos tolerado.
Cuando normalizamos el “mejor no decir nada”.
Cuando aceptamos que “ahora no toca debatir”.
Cuando sustituimos criterio por alineamiento automático.
Estamos pensando igual. Y obteniendo lo mismo.
El problema no es solo lo que hace la dirección. El problema es el ecosistema que permite que ciertas prácticas prosperen sin resistencia. Ninguna cultura política autorreferencial se consolida sin pasividad alrededor.
Y aquí aparece la pregunta incómoda:
¿Queremos ser militantes o espectadores?
¿Sujetos políticos o coro?
Cambiar la organización no empieza en un congreso ni en un relevo de nombres. Empieza en el momento en que alguien decide no comportarse como oveja. En el momento en que exige transparencia sin miedo a incomodar. En el momento en que ejerce su derecho a ser voz propia y no eco.
Pensar distinto implica actuar distinto.
Actuar distinto implica asumir coste.
No habrá proyecto más democrático si nosotros practicamos la obediencia cómoda.
No habrá dirección más abierta si no hay base exigente.
No habrá cultura crítica si la crítica se vive como traición.
La organización no cambiará por desgaste. Cambiará por carácter.
Si algo te duele, no te anestesies.
Si algo te parece injusto, no lo racionalices.
Si quieres otra organización, compórtate como si ya existiera.
Porque nadie nos va a conceder la voz.
La voz se ejerce.
Hay dos ideas que incomodan porque obligan a mirarse sin excusas.
No puedes resolver un problema pensando igual que cuando lo generaste.
Y no puedes cambiar una organización si tú no cambias dentro de ella.
Si Podem Catalunya hoy te frustra, te angustia o te decepciona, hay algo que debes asumir: esa realidad no es ajena. No es un fenómeno meteorológico. Es el resultado de una forma de actuar que, de una u otra manera, hemos tolerado.
Cuando normalizamos el “mejor no decir nada”.
Cuando aceptamos que “ahora no toca debatir”.
Cuando sustituimos criterio por alineamiento automático.
Estamos pensando igual. Y obteniendo lo mismo.
El problema no es solo lo que hace la dirección. El problema es el ecosistema que permite que ciertas prácticas prosperen sin resistencia. Ninguna cultura política autorreferencial se consolida sin pasividad alrededor.
Y aquí aparece la pregunta incómoda:
¿Queremos ser militantes o espectadores?
¿Sujetos políticos o coro?
Cambiar la organización no empieza en un congreso ni en un relevo de nombres. Empieza en el momento en que alguien decide no comportarse como oveja. En el momento en que exige transparencia sin miedo a incomodar. En el momento en que ejerce su derecho a ser voz propia y no eco.
Pensar distinto implica actuar distinto.
Actuar distinto implica asumir coste.
No habrá proyecto más democrático si nosotros practicamos la obediencia cómoda.
No habrá dirección más abierta si no hay base exigente.
No habrá cultura crítica si la crítica se vive como traición.
La organización no cambiará por desgaste. Cambiará por carácter.
Si algo te duele, no te anestesies.
Si algo te parece injusto, no lo racionalices.
Si quieres otra organización, compórtate como si ya existiera.
Porque nadie nos va a conceder la voz.
La voz se ejerce.
EL PODER NO TE CAMBIA, TE REVELA
Hay una frase que suena adulta, realista, casi madura: “Es la política”.
Se pronuncia con resignación, como quien acepta que así funcionan las cosas. Sirve para cerrar discusiones, para no remover lo incómodo, para justificar decisiones que antes habríamos cuestionado.
Pero esa frase no explica nada. Lo que hace es normalizar.
Cuando una organización empieza a repetir que “todo vale” porque el objetivo es ganar, deja de hablar de límites. Y sin límites, la política deja de ser una elección consciente para convertirse en pura inercia. Se hace lo que conviene. Se aparta lo que molesta. Se aplaza lo que incomoda.
Entonces aparece la promesa mágica:
“Ahora no podemos ser tan exigentes, pero cuando tengamos poder lo haremos mejor. Entonces sí seremos distintos”.
Ese es el autoengaño central.
El poder no corrige defectos. Los amplifica.
Si antes justificabas una mentira por necesidad, con poder la justificarás por estabilidad.
Si antes desplazabas a alguien por urgencia, después lo llamarás responsabilidad de gobierno.
Si antes te tragabas contradicciones para no romper, después las venderás como pragmatismo.
El riesgo empieza cuando se cruza una frontera muy sutil: creer que puedes hacer cualquier cosa para evitar un mal mayor. Porque llega un punto en que ya no lo estás evitando. Lo estás reproduciendo. Cambia la bandera, cambia el discurso, pero la lógica es la misma.
Y ahí ocurre algo más grave: el relato sustituye al criterio.
Ya no importa tanto lo que haces, sino cómo lo explicas. La narrativa se convierte en escudo. Todo tiene una razón estratégica. Todo es inevitable. Todo es “lo responsable”.
Cuando se llega al poder de esa manera, no se gobierna para transformar.
Se gobierna para conservar.
Para aguantar críticas.
Para aguantar tensiones internas.
Para aguantar el miedo constante a perderlo.
El poder deja de ser una herramienta y se convierte en un fin en sí mismo. Y en ese momento algo se enfría: la base pierde ilusión, la militancia baja la voz y la política se vacía de contenido.
Por eso la cuestión importante no es cómo se conquista el poder.
La cuestión es qué estás aprendiendo a ser mientras lo persigues.
Porque si para llegar te conviertes en aquello que decías combatir, cuando llegues ya no quedará nada que transformar.
Hay una frase que suena adulta, realista, casi madura: “Es la política”.
Se pronuncia con resignación, como quien acepta que así funcionan las cosas. Sirve para cerrar discusiones, para no remover lo incómodo, para justificar decisiones que antes habríamos cuestionado.
Pero esa frase no explica nada. Lo que hace es normalizar.
Cuando una organización empieza a repetir que “todo vale” porque el objetivo es ganar, deja de hablar de límites. Y sin límites, la política deja de ser una elección consciente para convertirse en pura inercia. Se hace lo que conviene. Se aparta lo que molesta. Se aplaza lo que incomoda.
Entonces aparece la promesa mágica:
“Ahora no podemos ser tan exigentes, pero cuando tengamos poder lo haremos mejor. Entonces sí seremos distintos”.
Ese es el autoengaño central.
El poder no corrige defectos. Los amplifica.
Si antes justificabas una mentira por necesidad, con poder la justificarás por estabilidad.
Si antes desplazabas a alguien por urgencia, después lo llamarás responsabilidad de gobierno.
Si antes te tragabas contradicciones para no romper, después las venderás como pragmatismo.
El riesgo empieza cuando se cruza una frontera muy sutil: creer que puedes hacer cualquier cosa para evitar un mal mayor. Porque llega un punto en que ya no lo estás evitando. Lo estás reproduciendo. Cambia la bandera, cambia el discurso, pero la lógica es la misma.
Y ahí ocurre algo más grave: el relato sustituye al criterio.
Ya no importa tanto lo que haces, sino cómo lo explicas. La narrativa se convierte en escudo. Todo tiene una razón estratégica. Todo es inevitable. Todo es “lo responsable”.
Cuando se llega al poder de esa manera, no se gobierna para transformar.
Se gobierna para conservar.
Para aguantar críticas.
Para aguantar tensiones internas.
Para aguantar el miedo constante a perderlo.
El poder deja de ser una herramienta y se convierte en un fin en sí mismo. Y en ese momento algo se enfría: la base pierde ilusión, la militancia baja la voz y la política se vacía de contenido.
Por eso la cuestión importante no es cómo se conquista el poder.
La cuestión es qué estás aprendiendo a ser mientras lo persigues.
Porque si para llegar te conviertes en aquello que decías combatir, cuando llegues ya no quedará nada que transformar.
COMUNICAT A LA MILITÀNCIA Guayarmina Saavedra Serrano.pdf
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Companyes,
Han estat mesos molt difícils.
Davant d’un procediment profundament irregular, impulsat des de la Coordinació i la Comissió de Garanties de Catalunya, i que ja està recorregut davant la Comissió de Garanties Democràtiques Estatal amb al·legacions sòlides i documentades, crec que ha arribat el moment de parlar.
He callat quan tocava callar. He actuat on tocava actuar. Sempre dins dels marcs interns i amb rigor.
No és només una qüestió personal. És una qüestió de democràcia interna, de respecte als estatuts i de dignitat política.
El futur del partit no es defensa en silenci, i jo no penso deixar de defensar els valors que sí que ens representen.
Us faig a mans aquest comunicat personal, i per a la militància, per informar-vos de la situació.
Estem en contacte.
Guayarmina Saavedra Serrano
g.saavedra.serrano@gmail.com
Han estat mesos molt difícils.
Davant d’un procediment profundament irregular, impulsat des de la Coordinació i la Comissió de Garanties de Catalunya, i que ja està recorregut davant la Comissió de Garanties Democràtiques Estatal amb al·legacions sòlides i documentades, crec que ha arribat el moment de parlar.
He callat quan tocava callar. He actuat on tocava actuar. Sempre dins dels marcs interns i amb rigor.
No és només una qüestió personal. És una qüestió de democràcia interna, de respecte als estatuts i de dignitat política.
El futur del partit no es defensa en silenci, i jo no penso deixar de defensar els valors que sí que ens representen.
Us faig a mans aquest comunicat personal, i per a la militància, per informar-vos de la situació.
Estem en contacte.
Guayarmina Saavedra Serrano
g.saavedra.serrano@gmail.com
RAICES DE VIDA.
Silencio. Es lo que han aprendido. Trabajar sin descanso, sostener la vida sin pedir nada a cambio, aceptar que la historia apenas las nombra. Son las mujeres del campo, las que se levantan antes que salga el sol y se acuestan mucho después de que el día muera. Cargan sobre sus espaldas el peso de la tierra y el de un mundo que no las mira.
Se saben imprescindibles, pero no reconocidas. Sus manos siembran, cosechan, crían, curan. Sostienen hogares, familias, pueblos enteros. Y aun así, cuando buscan apoyo, encuentran puertas cerradas. Cuando alzan la voz, el eco se pierde en el viento. La impotencia las abraza cada vez que ven partir a las más jóvenes, cada vez que el futuro parece escribirse lejos de su tierra.
Pero ellas resisten. Porque el campo es su hogar y su legado. Porque sus raíces son profundas, porque saben que cada semilla enterrada es un acto de esperanza. No esperan aplausos, pero sí justicia. No buscan compasión, sino oportunidades. Y aunque el camino sea áspero, siguen adelante. Porque rendirse nunca ha sido una opción.
Mujeres del campo, raíces de vida,
de fuerza callada, de alma encendida.
Guardianas del trigo, del agua y la tierra,
tejiendo un futuro de sombras que aterran.
Son manos que siembran con amor callado,
son voces que el viento aún no ha silenciado
son risas y llantos sobre el delantar
Son besos y abrazos, son calor de hogar.
Mujeres del campo, guardianas del día,
su legado, flores, su esencia, poesía.
Clamemos sus nombres, que el viento los lleve,
respeto y aliento, que nunca se quiebre.
Silencio. Es lo que han aprendido. Trabajar sin descanso, sostener la vida sin pedir nada a cambio, aceptar que la historia apenas las nombra. Son las mujeres del campo, las que se levantan antes que salga el sol y se acuestan mucho después de que el día muera. Cargan sobre sus espaldas el peso de la tierra y el de un mundo que no las mira.
Se saben imprescindibles, pero no reconocidas. Sus manos siembran, cosechan, crían, curan. Sostienen hogares, familias, pueblos enteros. Y aun así, cuando buscan apoyo, encuentran puertas cerradas. Cuando alzan la voz, el eco se pierde en el viento. La impotencia las abraza cada vez que ven partir a las más jóvenes, cada vez que el futuro parece escribirse lejos de su tierra.
Pero ellas resisten. Porque el campo es su hogar y su legado. Porque sus raíces son profundas, porque saben que cada semilla enterrada es un acto de esperanza. No esperan aplausos, pero sí justicia. No buscan compasión, sino oportunidades. Y aunque el camino sea áspero, siguen adelante. Porque rendirse nunca ha sido una opción.
Mujeres del campo, raíces de vida,
de fuerza callada, de alma encendida.
Guardianas del trigo, del agua y la tierra,
tejiendo un futuro de sombras que aterran.
Son manos que siembran con amor callado,
son voces que el viento aún no ha silenciado
son risas y llantos sobre el delantar
Son besos y abrazos, son calor de hogar.
Mujeres del campo, guardianas del día,
su legado, flores, su esencia, poesía.
Clamemos sus nombres, que el viento los lleve,
respeto y aliento, que nunca se quiebre.
CUANDO LA ARITMÉTICA SUSTITUYE AL MANDATO
Ayer un amigo me preguntó qué tal me va en Podem.
Le respondí: “No me puedo quejar”.
Sonrió y dijo: “Entonces bien, ¿no?”
Y ahí está el matiz.
No me puedo quejar… literalmente.
No porque todo vaya bien.
No porque estemos viviendo un momento de cohesión y madurez política.
Sino porque estamos en una situación tan enrarecida que disentir empieza a tener más costes que beneficios.
Eso por no hablar que están censurando todos los espacios de debate. Hasta "Un debat amb tú" ha sido capado.
Estamos en un punto extraño. Uno de esos momentos que no salen en los estatutos porque nadie imaginó que haría falta regularlos.
Y cuando una organización entra en terrenos no previstos, lo que la sostiene ya no son las normas escritas, sino la cultura política de quienes la dirigen.
Ahí es donde empieza el problema.
La militancia votó. El resultado fue 75% frente a 25%. No era ambiguo. Había una mayoría clara y una minoría con representación legítima.
Lo que ha sucedido después no es integración. Es una reconfiguración del poder.
El sector que quedó en minoría, el que defendía la diversidad y la libre elección, ha pactado con una parte de la lista más votada para construir una nueva mayoría interna. Con ese acuerdo han desplazado a otra parte de la lista que quedó por delante en votos.
No cambiaron el resultado. Cambiaron su efecto.
Quienes rechazaban una candidatura unificada por “posturas irreconciliables”, hoy se reconcilian sin problema cuando el acuerdo les garantiza posición y control.
Lo que era inasumible políticamente, ahora es perfectamente compatible si consolida poder.
Además, las dimisiones producidas en un contexto de presión han sido utilizadas para reordenar equilibrios internos. Y los espacios de debate se han cerrado o intervenido cuando empezaron a incomodar.
Nada de esto vulnera formalmente los estatutos.
Pero sí altera el sentido político del mandato que expresó la militancia.
La pregunta es sencilla:
¿Este es el modelo de cultura política que queremos normalizar?
Porque si aceptamos que un 75% puede ser reinterpretado hasta diluirse en pactos posteriores, mañana cualquier resultado podrá ser moldeado según convenga.
No es una cuestión personal.
Es una cuestión de coherencia democrática.
Y ante eso, cada cual tendrá que decidir si mira hacia otro lado o si exige explicaciones.
Fernando Ortega.
https://youtu.be/nBPNVXpyT3o?si=p9kXAJ_CNpnyQ-LJ
Ayer un amigo me preguntó qué tal me va en Podem.
Le respondí: “No me puedo quejar”.
Sonrió y dijo: “Entonces bien, ¿no?”
Y ahí está el matiz.
No me puedo quejar… literalmente.
No porque todo vaya bien.
No porque estemos viviendo un momento de cohesión y madurez política.
Sino porque estamos en una situación tan enrarecida que disentir empieza a tener más costes que beneficios.
Eso por no hablar que están censurando todos los espacios de debate. Hasta "Un debat amb tú" ha sido capado.
Estamos en un punto extraño. Uno de esos momentos que no salen en los estatutos porque nadie imaginó que haría falta regularlos.
Y cuando una organización entra en terrenos no previstos, lo que la sostiene ya no son las normas escritas, sino la cultura política de quienes la dirigen.
Ahí es donde empieza el problema.
La militancia votó. El resultado fue 75% frente a 25%. No era ambiguo. Había una mayoría clara y una minoría con representación legítima.
Lo que ha sucedido después no es integración. Es una reconfiguración del poder.
El sector que quedó en minoría, el que defendía la diversidad y la libre elección, ha pactado con una parte de la lista más votada para construir una nueva mayoría interna. Con ese acuerdo han desplazado a otra parte de la lista que quedó por delante en votos.
No cambiaron el resultado. Cambiaron su efecto.
Quienes rechazaban una candidatura unificada por “posturas irreconciliables”, hoy se reconcilian sin problema cuando el acuerdo les garantiza posición y control.
Lo que era inasumible políticamente, ahora es perfectamente compatible si consolida poder.
Además, las dimisiones producidas en un contexto de presión han sido utilizadas para reordenar equilibrios internos. Y los espacios de debate se han cerrado o intervenido cuando empezaron a incomodar.
Nada de esto vulnera formalmente los estatutos.
Pero sí altera el sentido político del mandato que expresó la militancia.
La pregunta es sencilla:
¿Este es el modelo de cultura política que queremos normalizar?
Porque si aceptamos que un 75% puede ser reinterpretado hasta diluirse en pactos posteriores, mañana cualquier resultado podrá ser moldeado según convenga.
No es una cuestión personal.
Es una cuestión de coherencia democrática.
Y ante eso, cada cual tendrá que decidir si mira hacia otro lado o si exige explicaciones.
Fernando Ortega.
https://youtu.be/nBPNVXpyT3o?si=p9kXAJ_CNpnyQ-LJ
YouTube
Lluis Llach L'estaca Letra en Catalán y en Castellano.wmv
Descripción
LA AUTENTICIDAD TAMBIÉN TIENE PRECIO
Se suele decir que ser fiel a uno mismo tiene un coste. Y es verdad. Pero lo que casi nunca se dice es que no serlo también lo tiene. Solo que ese precio se paga en silencio.
En una organización política, la autenticidad no es un asunto sentimental. Es estructural. No hablamos de orgullo personal, hablamos de coherencia colectiva. Cuando un proyecto nace con ideales claros —democracia interna, transparencia, participación real— esos principios generan tensión inevitable con la lógica del poder, que siempre empuja hacia la simplificación, el control y la eficacia rápida.
Ahí aparece el dilema.
Ser fiel a lo que decimos que somos implica asumir pérdidas: menos comodidad, más debate, más lentitud, más conflictos internos. Implica renunciar a atajos. Implica aceptar que no todo vale para sobrevivir. Ese es el coste visible.
Pero cuando evitamos ese precio, aparece otro más profundo: la desafección silenciosa, la militancia que ya no cree, el cinismo que se instala, la identidad que se difumina. Una organización que no paga el precio de su coherencia termina pagando el precio de su irrelevancia.
No se trata de romantizar el sacrificio. No todo coste es virtud. Hay errores que no son coherencia, sino mala estrategia. Por eso la cuestión no es resistir por resistir. La cuestión es decidir conscientemente qué estamos dispuestos a sostener y por qué.
Toda organización paga algo. Siempre.
O paga el precio de ser fiel a sus principios.
O paga el precio de adaptarse hasta dejar de reconocerse.
La diferencia está en el largo plazo. La coherencia genera identidad. La identidad genera confianza. Y la confianza es el único capital político que no se puede fabricar a última hora.
La pregunta, entonces, no es si cuesta.
La pregunta es: ¿qué precio estamos pagando ya sin querer mirarlo?
Porque evitar el conflicto hoy puede significar perder el proyecto mañana.
Si queremos reconstruir conversación, confianza y participación, el punto de partida no es ganar más poder. Es recuperar la coherencia que lo hace legítimo.
La autenticidad no es un lujo moral. Es una decisión estratégica.
Y toda decisión estratégica exige asumir su precio.
Se suele decir que ser fiel a uno mismo tiene un coste. Y es verdad. Pero lo que casi nunca se dice es que no serlo también lo tiene. Solo que ese precio se paga en silencio.
En una organización política, la autenticidad no es un asunto sentimental. Es estructural. No hablamos de orgullo personal, hablamos de coherencia colectiva. Cuando un proyecto nace con ideales claros —democracia interna, transparencia, participación real— esos principios generan tensión inevitable con la lógica del poder, que siempre empuja hacia la simplificación, el control y la eficacia rápida.
Ahí aparece el dilema.
Ser fiel a lo que decimos que somos implica asumir pérdidas: menos comodidad, más debate, más lentitud, más conflictos internos. Implica renunciar a atajos. Implica aceptar que no todo vale para sobrevivir. Ese es el coste visible.
Pero cuando evitamos ese precio, aparece otro más profundo: la desafección silenciosa, la militancia que ya no cree, el cinismo que se instala, la identidad que se difumina. Una organización que no paga el precio de su coherencia termina pagando el precio de su irrelevancia.
No se trata de romantizar el sacrificio. No todo coste es virtud. Hay errores que no son coherencia, sino mala estrategia. Por eso la cuestión no es resistir por resistir. La cuestión es decidir conscientemente qué estamos dispuestos a sostener y por qué.
Toda organización paga algo. Siempre.
O paga el precio de ser fiel a sus principios.
O paga el precio de adaptarse hasta dejar de reconocerse.
La diferencia está en el largo plazo. La coherencia genera identidad. La identidad genera confianza. Y la confianza es el único capital político que no se puede fabricar a última hora.
La pregunta, entonces, no es si cuesta.
La pregunta es: ¿qué precio estamos pagando ya sin querer mirarlo?
Porque evitar el conflicto hoy puede significar perder el proyecto mañana.
Si queremos reconstruir conversación, confianza y participación, el punto de partida no es ganar más poder. Es recuperar la coherencia que lo hace legítimo.
La autenticidad no es un lujo moral. Es una decisión estratégica.
Y toda decisión estratégica exige asumir su precio.
COHERENCIA PÚBLICA
A pocos días del Día Internacional de la Mujer hay una pregunta incómoda que vuelve a aparecer.
Una pregunta sencilla.
Si una democracia reconoce derechos —igualdad, autonomía, protección frente a la violencia machista—, ¿tiene sentido que al mismo tiempo financie con dinero público a organizaciones que trabajan contra esos mismos derechos?
Porque una cosa es la libertad de expresión.
Y otra muy distinta es el dinero público.
En democracia nadie debería ser silenciado por sus ideas. Incluso cuando esas ideas nos resultan profundamente incómodas. La libertad de expresión existe precisamente para eso.
Pero el dinero público no es neutral.
Cada subvención, cada convenio, cada línea de financiación dice algo muy claro: esto es lo que el Estado decide sostener con recursos de todos.
Por eso el debate no es si ciertas ideas pueden existir.
La cuestión es otra.
¿Debe una democracia pagar para que se difundan?
Pensemos en algo simple.
Nadie está obligado a abortar.
Nadie está obligado a vivir su identidad de una forma determinada.
Nadie está obligado a amar de una manera concreta.
Cada persona puede vivir según sus creencias, sus valores o su religión.
Pero una cosa es vivir según tus convicciones.
Y otra muy distinta es pretender que esas convicciones limiten los derechos de los demás.
Porque los derechos humanos funcionan en una sola dirección: amplían la libertad, no la recortan.
Y aquí es donde el debate se vuelve especialmente relevante a las puertas del 8 de marzo.
Porque esta fecha no es un gesto simbólico en el calendario. Es el recuerdo de una lucha histórica que permitió conquistar derechos que durante siglos fueron negados a las mujeres: votar, decidir sobre su propio cuerpo, vivir con autonomía, vivir sin violencia.
Derechos que no aparecieron solos.
Se conquistaron.
Con movilización.
Con conflicto social.
Con presión política.
Por eso la pregunta vuelve a aparecer cada año.
Si una democracia afirma que la igualdad entre hombres y mujeres es un principio fundamental, ¿por qué debería financiar con dinero público proyectos que trabajan para limitar esa igualdad?
Las ideas pueden discutirse.
Las creencias pueden defenderse.
Pero cuando las instituciones empiezan a sostener económicamente a quienes combaten derechos conquistados, el problema deja de ser un simple debate de ideas.
Empieza a ser algo mucho más serio.
Un problema de coherencia democrática.
Porque una democracia puede permitir que existan ideas contra la igualdad. Lo que no puede hacer sin contradecirse es financiarlas.
A pocos días del Día Internacional de la Mujer hay una pregunta incómoda que vuelve a aparecer.
Una pregunta sencilla.
Si una democracia reconoce derechos —igualdad, autonomía, protección frente a la violencia machista—, ¿tiene sentido que al mismo tiempo financie con dinero público a organizaciones que trabajan contra esos mismos derechos?
Porque una cosa es la libertad de expresión.
Y otra muy distinta es el dinero público.
En democracia nadie debería ser silenciado por sus ideas. Incluso cuando esas ideas nos resultan profundamente incómodas. La libertad de expresión existe precisamente para eso.
Pero el dinero público no es neutral.
Cada subvención, cada convenio, cada línea de financiación dice algo muy claro: esto es lo que el Estado decide sostener con recursos de todos.
Por eso el debate no es si ciertas ideas pueden existir.
La cuestión es otra.
¿Debe una democracia pagar para que se difundan?
Pensemos en algo simple.
Nadie está obligado a abortar.
Nadie está obligado a vivir su identidad de una forma determinada.
Nadie está obligado a amar de una manera concreta.
Cada persona puede vivir según sus creencias, sus valores o su religión.
Pero una cosa es vivir según tus convicciones.
Y otra muy distinta es pretender que esas convicciones limiten los derechos de los demás.
Porque los derechos humanos funcionan en una sola dirección: amplían la libertad, no la recortan.
Y aquí es donde el debate se vuelve especialmente relevante a las puertas del 8 de marzo.
Porque esta fecha no es un gesto simbólico en el calendario. Es el recuerdo de una lucha histórica que permitió conquistar derechos que durante siglos fueron negados a las mujeres: votar, decidir sobre su propio cuerpo, vivir con autonomía, vivir sin violencia.
Derechos que no aparecieron solos.
Se conquistaron.
Con movilización.
Con conflicto social.
Con presión política.
Por eso la pregunta vuelve a aparecer cada año.
Si una democracia afirma que la igualdad entre hombres y mujeres es un principio fundamental, ¿por qué debería financiar con dinero público proyectos que trabajan para limitar esa igualdad?
Las ideas pueden discutirse.
Las creencias pueden defenderse.
Pero cuando las instituciones empiezan a sostener económicamente a quienes combaten derechos conquistados, el problema deja de ser un simple debate de ideas.
Empieza a ser algo mucho más serio.
Un problema de coherencia democrática.
Porque una democracia puede permitir que existan ideas contra la igualdad. Lo que no puede hacer sin contradecirse es financiarlas.
TODOS DEBERÍAMOS SER FEMINISTAS.
No es una consigna. Ni una etiqueta identitaria. Es, si lo pensamos un momento, una conclusión bastante lógica.
Porque si alguien cree de verdad que ninguna persona debería tener menos derechos, menos oportunidades o menos libertad por razón de su sexo, entonces ya está defendiendo exactamente eso. Aunque no utilice la palabra.
A veces el debate se pierde en el ruido. En los eslóganes. En las etiquetas que se arrojan unas personas a otras como si fueran piedras. Y en medio de ese ruido olvidamos algo muy sencillo: las palabras tienen significado.
Según la Real Academia Española, el machismo es la actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres. El hembrismo presupone la superioridad de las mujeres sobre los varones. Y el feminismo se define como el principio de igualdad de derechos entre mujeres y hombres.
Tres palabras. Tres ideas distintas. No deberían confundirse. Pero se confunden constantemente.
Se llama feminismo a cualquier postura que incomoda. Se grita “hembrismo” para desacreditar reivindicaciones. Y, al mismo tiempo, se intenta diluir el machismo como si fuera solo una exageración o un problema del pasado.
Y así, poco a poco, el debate se llena de ruido… y pierde claridad.
Curiosamente ocurre algo llamativo.
Hay personas que defienden la igualdad pero se resisten a llamarse feministas. Y también hay personas que se declaran feministas mientras otras perciben que ese concepto se está estirando en direcciones distintas.
Cuando eso ocurre, el debate deja de girar alrededor de la igualdad y empieza a girar alrededor de la palabra.
Y sin embargo, lo importante sigue siendo lo mismo.
No se trata de bandos. Ni de quién tiene razón en una discusión. Se trata de algo mucho más simple y mucho más profundo: si creemos que la dignidad pertenece a todas las personas por igual.
Porque cuando hablamos de igualdad no hablamos solo de mujeres y hombres. Hablamos de cómo entendemos la justicia. De si aceptamos que nadie debería ocupar un lugar inferior por el simple hecho de ser quien es.
El feminismo, entendido como igualdad de derechos y dignidad, no debería ser patrimonio de nadie. Ni de un partido, ni de una generación, ni de una identidad concreta.
Debería ser simplemente el punto de partida de cualquier sociedad que aspire a llamarse justa.
Y si creemos de verdad que ninguna persona nace para estar por encima de otra, entonces la conclusión es difícil de esquivar:
Todos deberíamos ser feministas.
¡Feliz y combativo 8 de Marzo 💜✊!
No es una consigna. Ni una etiqueta identitaria. Es, si lo pensamos un momento, una conclusión bastante lógica.
Porque si alguien cree de verdad que ninguna persona debería tener menos derechos, menos oportunidades o menos libertad por razón de su sexo, entonces ya está defendiendo exactamente eso. Aunque no utilice la palabra.
A veces el debate se pierde en el ruido. En los eslóganes. En las etiquetas que se arrojan unas personas a otras como si fueran piedras. Y en medio de ese ruido olvidamos algo muy sencillo: las palabras tienen significado.
Según la Real Academia Española, el machismo es la actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres. El hembrismo presupone la superioridad de las mujeres sobre los varones. Y el feminismo se define como el principio de igualdad de derechos entre mujeres y hombres.
Tres palabras. Tres ideas distintas. No deberían confundirse. Pero se confunden constantemente.
Se llama feminismo a cualquier postura que incomoda. Se grita “hembrismo” para desacreditar reivindicaciones. Y, al mismo tiempo, se intenta diluir el machismo como si fuera solo una exageración o un problema del pasado.
Y así, poco a poco, el debate se llena de ruido… y pierde claridad.
Curiosamente ocurre algo llamativo.
Hay personas que defienden la igualdad pero se resisten a llamarse feministas. Y también hay personas que se declaran feministas mientras otras perciben que ese concepto se está estirando en direcciones distintas.
Cuando eso ocurre, el debate deja de girar alrededor de la igualdad y empieza a girar alrededor de la palabra.
Y sin embargo, lo importante sigue siendo lo mismo.
No se trata de bandos. Ni de quién tiene razón en una discusión. Se trata de algo mucho más simple y mucho más profundo: si creemos que la dignidad pertenece a todas las personas por igual.
Porque cuando hablamos de igualdad no hablamos solo de mujeres y hombres. Hablamos de cómo entendemos la justicia. De si aceptamos que nadie debería ocupar un lugar inferior por el simple hecho de ser quien es.
El feminismo, entendido como igualdad de derechos y dignidad, no debería ser patrimonio de nadie. Ni de un partido, ni de una generación, ni de una identidad concreta.
Debería ser simplemente el punto de partida de cualquier sociedad que aspire a llamarse justa.
Y si creemos de verdad que ninguna persona nace para estar por encima de otra, entonces la conclusión es difícil de esquivar:
Todos deberíamos ser feministas.
¡Feliz y combativo 8 de Marzo 💜✊!
GAZA HOY:
Lo que no podemos olvidar
Mientras todos los ojos están puestos en Irán, la gente de Gaza sigue sufriendo. No es algo nuevo, pero sí algo que no podemos dejar de mirar. La situación no se ha detenido, ni se ha calmado: sigue siendo grave, diaria y estructural.
La vida en Gaza hoy
Gaza sigue bloqueada. Entrar o salir sigue siendo casi imposible. Esto no es un accidente, es parte del control que ejerce Israel, con apoyo tácito de Egipto en Rafah. La consecuencia: falta de alimentos, medicinas, combustible, agua potable y electricidad.
Los hospitales funcionan a duras penas. La gente se desplaza constantemente buscando seguridad. La violencia sigue ahí, aunque el foco mediático se haya ido a otros conflictos. La Franja no tiene “pausas” reales: es una crisis permanente, que la comunidad internacional sigue mirando de reojo.
Por qué no podemos olvidarnos
La atención en Irán no mejora Gaza. Que los gobiernos se preocupen por “equilibrios estratégicos” no cambia el hecho de que millones de personas viven con restricciones que nadie justifica. Cada día sin alimentos, medicinas o energía es un día de violencia institucionalizada.
No podemos caer en la lógica de que mientras haya conflictos más “importantes” el sufrimiento de Gaza queda relegado. Eso es lo que siempre ha permitido que la ocupación se mantenga sin cambio.
Qué podemos hacer
No estamos hablando de un gesto simbólico, sino de acciones concretas. Algunas ideas:
(A) Presión política directa
Hablar con nuestros representantes y exigir que cuestionen la política de bloqueo.
Reclamar que la ayuda humanitaria no dependa de la política de Israel o de sus aliados.
(B) Movilización social y solidaridad organizada
Campañas en redes, manifestaciones pacíficas, información constante para que la situación no desaparezca de la agenda.
Apoyar organizaciones y movimientos que trabajan sobre el terreno.
(C) Exigir acceso humanitario real
Que los alimentos, medicinas y combustible lleguen sin trabas políticas.
Que organismos independientes supervisen la distribución.
(D) Conectar Gaza con otras luchas
Derechos humanos, justicia social, derechos laborales, derechos de mujeres y migrantes: todo está conectado. La presión se multiplica cuando hablamos con una sola voz, no en compartimentos estancos.
Conclusión:
Gaza no se salva con parches ni discursos. Solo se salva cuando la presión popular se transforma en cambios políticos reales. Mantener el tema vivo, denunciar lo que pasa, organizar, movilizar: eso es lo que funciona.
Mientras Irán acapara titulares, Gaza no puede desaparecer de nuestra mirada. No por pena, sino por justicia y responsabilidad política.
Lo que no podemos olvidar
Mientras todos los ojos están puestos en Irán, la gente de Gaza sigue sufriendo. No es algo nuevo, pero sí algo que no podemos dejar de mirar. La situación no se ha detenido, ni se ha calmado: sigue siendo grave, diaria y estructural.
La vida en Gaza hoy
Gaza sigue bloqueada. Entrar o salir sigue siendo casi imposible. Esto no es un accidente, es parte del control que ejerce Israel, con apoyo tácito de Egipto en Rafah. La consecuencia: falta de alimentos, medicinas, combustible, agua potable y electricidad.
Los hospitales funcionan a duras penas. La gente se desplaza constantemente buscando seguridad. La violencia sigue ahí, aunque el foco mediático se haya ido a otros conflictos. La Franja no tiene “pausas” reales: es una crisis permanente, que la comunidad internacional sigue mirando de reojo.
Por qué no podemos olvidarnos
La atención en Irán no mejora Gaza. Que los gobiernos se preocupen por “equilibrios estratégicos” no cambia el hecho de que millones de personas viven con restricciones que nadie justifica. Cada día sin alimentos, medicinas o energía es un día de violencia institucionalizada.
No podemos caer en la lógica de que mientras haya conflictos más “importantes” el sufrimiento de Gaza queda relegado. Eso es lo que siempre ha permitido que la ocupación se mantenga sin cambio.
Qué podemos hacer
No estamos hablando de un gesto simbólico, sino de acciones concretas. Algunas ideas:
(A) Presión política directa
Hablar con nuestros representantes y exigir que cuestionen la política de bloqueo.
Reclamar que la ayuda humanitaria no dependa de la política de Israel o de sus aliados.
(B) Movilización social y solidaridad organizada
Campañas en redes, manifestaciones pacíficas, información constante para que la situación no desaparezca de la agenda.
Apoyar organizaciones y movimientos que trabajan sobre el terreno.
(C) Exigir acceso humanitario real
Que los alimentos, medicinas y combustible lleguen sin trabas políticas.
Que organismos independientes supervisen la distribución.
(D) Conectar Gaza con otras luchas
Derechos humanos, justicia social, derechos laborales, derechos de mujeres y migrantes: todo está conectado. La presión se multiplica cuando hablamos con una sola voz, no en compartimentos estancos.
Conclusión:
Gaza no se salva con parches ni discursos. Solo se salva cuando la presión popular se transforma en cambios políticos reales. Mantener el tema vivo, denunciar lo que pasa, organizar, movilizar: eso es lo que funciona.
Mientras Irán acapara titulares, Gaza no puede desaparecer de nuestra mirada. No por pena, sino por justicia y responsabilidad política.
NO DEJEMOS DE HABLAR DE PALESTINA…
El foco del mundo se ha movido hacia Irán.
Es lógico.
Cuando la tensión crece entre Irán y Israel, el miedo a una guerra regional aparece de inmediato. Los gobiernos miran ahí. Los medios miran ahí. El debate político también.
Pero mientras el foco se mueve, la realidad no se detiene.
En Gaza la vida sigue rompiéndose cada día.
Sigue faltando agua.
Sigue faltando comida.
Siguen muriendo civiles.
Siguen muriendo niños.
La guerra puede desaparecer de los titulares, pero no desaparece para quien la vive.
Y este es un fenómeno conocido.
Cuando aparece una crisis nueva, el mundo cambia de tema.
La agenda se desplaza.
La conversación también.
Lo que ayer nos parecía insoportable, hoy queda enterrado bajo otro conflicto más urgente, más peligroso o más espectacular.
Pero Gaza no ha desaparecido.
Sigue ahí.
Con hospitales al límite.
Con barrios enteros reducidos a escombros.
Con una población atrapada entre el hambre, el miedo y la incertidumbre.
Mirar hacia Irán es necesario. Nadie lo discute.
Lo que sería un error es dejar de mirar hacia Palestina.
Porque cuando un conflicto desaparece del debate público, también desaparece parte de la presión internacional.
Y cuando desaparece la presión, la tragedia continúa… pero en silencio.
Por eso conviene recordarlo.
No se trata de elegir entre una crisis u otra.
Se trata de no olvidar a quienes siguen pagando el precio de la guerra cada día.
Hablemos de Irán, sí.
Pero no dejemos de hablar de Gaza.
Porque a veces las tragedias no terminan cuando acaba la guerra.
A veces terminan cuando el mundo deja de mirar.
El foco del mundo se ha movido hacia Irán.
Es lógico.
Cuando la tensión crece entre Irán y Israel, el miedo a una guerra regional aparece de inmediato. Los gobiernos miran ahí. Los medios miran ahí. El debate político también.
Pero mientras el foco se mueve, la realidad no se detiene.
En Gaza la vida sigue rompiéndose cada día.
Sigue faltando agua.
Sigue faltando comida.
Siguen muriendo civiles.
Siguen muriendo niños.
La guerra puede desaparecer de los titulares, pero no desaparece para quien la vive.
Y este es un fenómeno conocido.
Cuando aparece una crisis nueva, el mundo cambia de tema.
La agenda se desplaza.
La conversación también.
Lo que ayer nos parecía insoportable, hoy queda enterrado bajo otro conflicto más urgente, más peligroso o más espectacular.
Pero Gaza no ha desaparecido.
Sigue ahí.
Con hospitales al límite.
Con barrios enteros reducidos a escombros.
Con una población atrapada entre el hambre, el miedo y la incertidumbre.
Mirar hacia Irán es necesario. Nadie lo discute.
Lo que sería un error es dejar de mirar hacia Palestina.
Porque cuando un conflicto desaparece del debate público, también desaparece parte de la presión internacional.
Y cuando desaparece la presión, la tragedia continúa… pero en silencio.
Por eso conviene recordarlo.
No se trata de elegir entre una crisis u otra.
Se trata de no olvidar a quienes siguen pagando el precio de la guerra cada día.
Hablemos de Irán, sí.
Pero no dejemos de hablar de Gaza.
Porque a veces las tragedias no terminan cuando acaba la guerra.
A veces terminan cuando el mundo deja de mirar.
REFLEXIONES SOBRE LA LUCHA Y EL DESCONTENTO
No soy de los que arrojan la toalla, jamás lo he sido y ahora, tampoco pretendo hacerlo. Pero sí que llevo días planteándome un cambio de pantalla: misma guerra, distinto escenario…
Llevo tiempo peleando por mi verdad. No quiero llamarlo "la verdad", porque puede que esté equivocado, pero es 'mi' verdad y hasta ahora, nadie me ha demostrado el error en el caso de que realmente lo haya. Este compromiso ha generado un desgaste y un precio, que hay que estar dispuesto a pagar. Quienes me conocen, me llaman incombustible, algunos incluso cabezón. Así que puedo dar por pagado ese precio.
Hoy, estamos en las peores manos que podríamos estar: manos de soberbia, arrogancia e intolerancia, sumadas a una total y completamente falta de escrúpulos. Se ha perdido el norte que guiaba nuestra formación, retorciendo el resultado de las urnas para adaptarlo a la comodidad y el deseo de unos pocos. Nos encontramos gobernados por una dirección que ha justificado un golpe de estado. El control ha sido tomado por gente sin contemplaciones, que ha decidido que no podemos debatir. Han cerrado o capado todos los canales de discusión, incluso algunos que habían perdido la oficialidad.
Han modificado la democracia que nos dimos, priorizando portavoces a conveniencia y capturando el consejo autonómico de garantías, convirtiéndolo de un organismo independiente a una herramienta de poder usada para proteger a afines, expulsar disidentes y disuadir cualquier oposición. Estamos, sin lugar a dudas, en manos de un proyecto absolutista que se está imponiendo a toda costa.
Pero tengo fe en que esto concluirá. Tarde o temprano, alguien acabará aceptando que se han traspasado todas las líneas rojas y pondrá orden. Sin embargo, mientras esa espera se extiende, el desgaste al que estoy sometido está haciendo mella en mí. Soy consciente del goteo incesante de compañeras y compañeros que, con menos paciencia que yo, han decidido abandonar nuestras filas, aunque no nuestro corazón; yo, al menos, siempre los tendré presentes.
Por más que me empeñe en resistir —y lo haré hasta el final— hay una pregunta que me empieza a rondar por la cabeza: pase lo que pase, al final, ¿estaré cómodo compartiendo formación con esta gente? La respuesta está rotundamente clara.
Ya lo sé: nadie nos dijo que iba a ser fácil. Aun así, seguiré luchando porque creo en el poder de la verdad que defendemos, y en algún rincón del futuro, espero encontrar el escenario donde poder compartir nuestra lucha con quienes valorais la dignidad y el respeto.
No soy de los que arrojan la toalla, jamás lo he sido y ahora, tampoco pretendo hacerlo. Pero sí que llevo días planteándome un cambio de pantalla: misma guerra, distinto escenario…
Llevo tiempo peleando por mi verdad. No quiero llamarlo "la verdad", porque puede que esté equivocado, pero es 'mi' verdad y hasta ahora, nadie me ha demostrado el error en el caso de que realmente lo haya. Este compromiso ha generado un desgaste y un precio, que hay que estar dispuesto a pagar. Quienes me conocen, me llaman incombustible, algunos incluso cabezón. Así que puedo dar por pagado ese precio.
Hoy, estamos en las peores manos que podríamos estar: manos de soberbia, arrogancia e intolerancia, sumadas a una total y completamente falta de escrúpulos. Se ha perdido el norte que guiaba nuestra formación, retorciendo el resultado de las urnas para adaptarlo a la comodidad y el deseo de unos pocos. Nos encontramos gobernados por una dirección que ha justificado un golpe de estado. El control ha sido tomado por gente sin contemplaciones, que ha decidido que no podemos debatir. Han cerrado o capado todos los canales de discusión, incluso algunos que habían perdido la oficialidad.
Han modificado la democracia que nos dimos, priorizando portavoces a conveniencia y capturando el consejo autonómico de garantías, convirtiéndolo de un organismo independiente a una herramienta de poder usada para proteger a afines, expulsar disidentes y disuadir cualquier oposición. Estamos, sin lugar a dudas, en manos de un proyecto absolutista que se está imponiendo a toda costa.
Pero tengo fe en que esto concluirá. Tarde o temprano, alguien acabará aceptando que se han traspasado todas las líneas rojas y pondrá orden. Sin embargo, mientras esa espera se extiende, el desgaste al que estoy sometido está haciendo mella en mí. Soy consciente del goteo incesante de compañeras y compañeros que, con menos paciencia que yo, han decidido abandonar nuestras filas, aunque no nuestro corazón; yo, al menos, siempre los tendré presentes.
Por más que me empeñe en resistir —y lo haré hasta el final— hay una pregunta que me empieza a rondar por la cabeza: pase lo que pase, al final, ¿estaré cómodo compartiendo formación con esta gente? La respuesta está rotundamente clara.
Ya lo sé: nadie nos dijo que iba a ser fácil. Aun así, seguiré luchando porque creo en el poder de la verdad que defendemos, y en algún rincón del futuro, espero encontrar el escenario donde poder compartir nuestra lucha con quienes valorais la dignidad y el respeto.
📢 INFORMACIÓ IMPORTANT: REGULARITZACIÓ
Fa unes setmanes vam assistir a una xerrada de @RegularizaciónYa, per informar-nos bé i protegir les nostres veïnes i companyes davant la desinformació i les estafes.
Després de molta lluita, el procés avança:
✔️ S’ha treballat el borrador
✔️ S’ha passat per fase d’al·legacions
✔️ I es continua fins al text final
Però cal dir-ho clar:
❗ ENCARA NO ES POT PRESENTAR CAP SOL·LICITUD
❗ Fins que es publiqui al BOE, ningú pot iniciar el tràmit
📅 El que sí sabem:
👉 Es preveu que les sol·licituds es puguin presentar entre abril i juny de 2026
📂 📝 QUÈ POTS ANAR PREPARANT
✔️ Certificat d’antecedents penals dels països on has viscut els últims 5 anys
⚠️ Té una vigència de 3 mesos
👉 Si portes més de 5 anys a Espanya, no caldrà presentar-lo
✔️ Documents que acreditin que eres a Espanya abans del 31/12/2025
✔️ Proves de permanència mínima de 5 mesos seguits a Espanya en el moment de presentar la sol·licitud
👉 Exemple:
Si presentes la sol·licitud el 1 d’abril de 2026, has d’acreditar estada des de l’1 de novembre de 2025
📄 Documents que poden servir:
• Empadronament
• Cites mèdiques
• Contractes o rebuts de subministraments
• Enviaments de diners
• Altres documents oficials o verificables
🚨 ALERTA ESTAFES
⚠️ Molt important:
🚫 Gent que cobra per “fer papers”
🚫 Falsos gestors o advocats
🚫 Promeses de tràmits immediats
👉 Si et demanen diners ara, t’estan enganyant
🤝 ON INFORMAR-TE AMB SEGURETAT
✔️ Entitats socials amb assessorament jurídic gratuït
✔️ Col·lectius migrants i espais comunitaris
✔️ Ajuntaments
👉 Assegura’t sempre que siguin especialistes en estrangeria
🔗 Més informació: regularizacionya.com
✊ ORGANITZAR-NOS ÉS PROTEGIR-NOS
Des del cercle de Begues:
💜 Seguim al costat de les organitzacions migrants
💜 Compartim informació rigorosa
💜 Defensem drets i dignitat
👉 No pagueu per tràmits inexistents
👉 Informeu-vos en espais segurs
👉 Compartiu aquesta informació
💥 Cap persona és il·legal.
Contra les estafes: informació, xarxa i comunitat.
Seguiu i pregunteu a Regularizacion Ya i a les organtizacions que sempre hem lluitat pels drets de totes https://www.instagram.com/p/DUaOsR3DbGF/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=MzRlODBiNWFlZA==
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Després de molta lluita, el procés avança:
✔️ S’ha treballat el borrador
✔️ S’ha passat per fase d’al·legacions
✔️ I es continua fins al text final
Però cal dir-ho clar:
❗ ENCARA NO ES POT PRESENTAR CAP SOL·LICITUD
❗ Fins que es publiqui al BOE, ningú pot iniciar el tràmit
📅 El que sí sabem:
👉 Es preveu que les sol·licituds es puguin presentar entre abril i juny de 2026
📂 📝 QUÈ POTS ANAR PREPARANT
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⚠️ Té una vigència de 3 mesos
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📄 Documents que poden servir:
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Contra les estafes: informació, xarxa i comunitat.
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LOS HECHOS YA NO ADMITEN RELATO
Durante mucho tiempo, hemos optado por la prudencia. Por esperar. Por confiar en que lo que parecía una deriva puntual se corregiría desde dentro. Ese margen se ha dado. Ese tiempo ha existido.
Hoy, ya no.
No estamos ante un desacuerdo político ni ante una diferencia estratégica. Estamos ante decisiones concretas que han alterado las reglas del juego, han vulnerado procedimientos básicos y han colocado intereses particulares por encima del proyecto colectivo. Esto ya no admite matices ni reinterpretaciones.
Y lo que ha venido después agrava aún más la situación.
Lejos de corregir, se ha optado por el silencio, por dejar pasar el tiempo, por actuar como si nada hubiera ocurrido. No hay explicaciones. No hay rectificación. Hay una normalización consciente de lo que, en cualquier otra circunstancia, habría sido inaceptable.
Aquí es donde la contradicción deja de ser puntual y pasa a ser estructural.
Se sigue hablando de democracia interna mientras se actúa al margen de ella. Se sigue invocando la legalidad mientras se utiliza de forma interesada. Se sigue apelando al bien del partido mientras se toman decisiones que lo debilitan y lo fracturan. A estas alturas, ya no es una incoherencia: es una forma de operar.
Y eso tiene consecuencias.
No solo para quienes están siendo directamente afectados, sino para toda la organización. Porque cuando esto se consolida, lo que desaparece no es una posición concreta, es el marco común. Y sin ese marco, lo que queda no es un proyecto político: es una estructura vacía sostenida por el control.
Por eso este momento es distinto a los anteriores.
Porque ya no estamos ante algo que pueda resolverse solo con el paso del tiempo. Lo que no se corrige, se consolida. Y lo que se consolida, define lo que viene después.
Aquí es donde entra la responsabilidad.
Cada decisión que se toma, cada silencio que se mantiene y cada intento de justificar lo injustificable deja de ser neutro. Pasa a formar parte del problema. No por intención, sino por efecto.
Aún existe una opción: corregir.
Pero corregir ya no es solo una cuestión de voluntad. Es una cuestión de asumir responsabilidades y actuar en consecuencia. No hacerlo también es una decisión, y tendrá sus consecuencias políticas y organizativas.
Porque al final, esto no va de relatos ni de posiciones.
Va de límites.
Y los límites, cuando se cruzan y no pasa nada, dejan de existir.
Por eso la pregunta ya no es si esto es aceptable.
La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer cuando sabemos que no lo es.
Porque esta vez, no va a quedar en nada.
Durante mucho tiempo, hemos optado por la prudencia. Por esperar. Por confiar en que lo que parecía una deriva puntual se corregiría desde dentro. Ese margen se ha dado. Ese tiempo ha existido.
Hoy, ya no.
No estamos ante un desacuerdo político ni ante una diferencia estratégica. Estamos ante decisiones concretas que han alterado las reglas del juego, han vulnerado procedimientos básicos y han colocado intereses particulares por encima del proyecto colectivo. Esto ya no admite matices ni reinterpretaciones.
Y lo que ha venido después agrava aún más la situación.
Lejos de corregir, se ha optado por el silencio, por dejar pasar el tiempo, por actuar como si nada hubiera ocurrido. No hay explicaciones. No hay rectificación. Hay una normalización consciente de lo que, en cualquier otra circunstancia, habría sido inaceptable.
Aquí es donde la contradicción deja de ser puntual y pasa a ser estructural.
Se sigue hablando de democracia interna mientras se actúa al margen de ella. Se sigue invocando la legalidad mientras se utiliza de forma interesada. Se sigue apelando al bien del partido mientras se toman decisiones que lo debilitan y lo fracturan. A estas alturas, ya no es una incoherencia: es una forma de operar.
Y eso tiene consecuencias.
No solo para quienes están siendo directamente afectados, sino para toda la organización. Porque cuando esto se consolida, lo que desaparece no es una posición concreta, es el marco común. Y sin ese marco, lo que queda no es un proyecto político: es una estructura vacía sostenida por el control.
Por eso este momento es distinto a los anteriores.
Porque ya no estamos ante algo que pueda resolverse solo con el paso del tiempo. Lo que no se corrige, se consolida. Y lo que se consolida, define lo que viene después.
Aquí es donde entra la responsabilidad.
Cada decisión que se toma, cada silencio que se mantiene y cada intento de justificar lo injustificable deja de ser neutro. Pasa a formar parte del problema. No por intención, sino por efecto.
Aún existe una opción: corregir.
Pero corregir ya no es solo una cuestión de voluntad. Es una cuestión de asumir responsabilidades y actuar en consecuencia. No hacerlo también es una decisión, y tendrá sus consecuencias políticas y organizativas.
Porque al final, esto no va de relatos ni de posiciones.
Va de límites.
Y los límites, cuando se cruzan y no pasa nada, dejan de existir.
Por eso la pregunta ya no es si esto es aceptable.
La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer cuando sabemos que no lo es.
Porque esta vez, no va a quedar en nada.