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Ansiando llegar a casa

Lee: Salmo 137:1-6

Ethel y Ed viven en la zona desértica de las Montañas Rocosas. En nuestra visita a su rancho lleno de recuerdos, la conversación giró hacia historias de la infancia: montar a caballo en las praderas y arrear ganado. Ahora son mayores, y sus voces transmitían un anhelo por el hogar celestial.

El Salmo 137 refleja una emoción similar. Los israelitas llevados en cautiverio anhelaban volver a casa. «Junto a los ríos de Babilonia, […] los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos», dijeron (vv. 1, 3); lo que llevó a preguntar: «¿Cómo cantaremos cántico del Señor en tierra de extraños?» (v. 4).

El anhelo de regresar del exilio es un tema repetido en los profetas del Antiguo Testamento. Por fin, los israelitas regresaron. Reedificaron Jerusalén y volvieron a asentarse en la tierra, pero nunca fue igual. Cuando se reconstruyó el templo, quienes recordaban su antigua gloria lloraron porque era solo una sombra del primero (Esdras 3:12).

El tiempo afecta la mente y el cuerpo, y la vejez puede sentirse como un exilio, pero para los que conocen a Jesús, ese anhelo no apunta al pasado sino al futuro. Así se transformó mi conversación con Ethel y Ed: un anhelo por nuestro hogar eterno, donde todo será mucho mejor de lo que jamás podamos imaginar.

Matt Lucas

#NuestroPanDiario
¿Cuándo fue la última vez que alguien llenó tu vaso?
A mi amada hija, la que sigue sirviendo aunque hace mucho que su vaso está vacío.

Veo cómo das. Veo la forma en que abres tu casa, tu tiempo, tus brazos — incluso cuando por dentro ya no tienes más. Tu cuerpo lo sabe: ese cansancio que no se va con dormir, esa sensación extraña de estar en medio de todo y sentirte hueca.

¿Sabes cómo se llama eso?

No es ingratitud. No es debilidad. Es que llevas demasiado tiempo siendo el río de todos — y nadie se ha detenido a preguntarte quién te llena a ti.

Te han enseñado que dar es lo más noble. Que el que sirve no pide. Que si sientes el vacío, es porque te falta fe.
Mentira. Todo mentira.

Yo no te diseñé para vaciarte hasta romperte. Te hice para recibir primero — de Mí — y desde esa plenitud, dar. No al revés.

Porque está escrito:
"El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna." (Juan 4:14).

No te estoy pidiendo que dejes de dar. Te estoy invitando a venir primero a Mí, con tu vaso en la mano — vacío, roto si es necesario — y dejarte llenar.

Extiende las manos ahora mismo. Suelta el esfuerzo. Para de fingir que no necesitas nada.

Yo soy tu fuente.
Tu padre que te ama.

#Reflexiones