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Al carecer de emisora cristiana en nuestro país queremos transmitir palabra de Dios hasta tu Hogar.
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Buenos días.
Cuando amamos la oración es porque somos personas de oración y el cielo siempre responderá a la gente de oración.
Hoy vamos a leer Proverbios capítulo 27 que nos da lecciones de humildad, ya que la humildad nos protege a nosotros y a todo lo que hacemos.
Es mejor una herida por la corrección la cual nos mantiene humildes, a la alabanza que nos puede llenar de orgullo.
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En medio del cansancio, de la espera y del silencio, mi alma reconoce su verdadera sed. No anhela lo pasajero ni lo superficial, sino Tu presencia que restaura, Tu voz que guía y Tu amor que da vida.🥺🙌

Así como el siervo busca las aguas para vivir, así mi corazón te busca a Ti.

Como el siervo brama por las corrientes de las aguas,así clama por Ti, oh Dios, el alma mía. Salmos 42:1
Esperanza con fe

Lee: Salmo 31:13-18

El hijo de Cristina murió de cáncer cuando tenía solo siete años. Tres años después, al hijo mayor le diagnosticaron una enfermedad terminal. Algunos de sus amigos que no creían en Jesús compartían su dolor, pero no entendían por qué seguía confiando en Cristo. «¿Cómo puede tu Dios permitir esto? ¿Por qué sigues creyendo en Él?», le preguntaron.

Pero para Cristina, esta era una razón aún más fuerte para seguir creyendo. «No entiendo por qué está sucediendo esto —dijo—, pero sé que Dios nos ayudará a atravesarlo. Solo Él puede darme esperanza para seguir adelante».

Esta misma confianza y esperanza sostuvo al rey David cuando enfrentó circunstancias abrumadoras. Rodeado de enemigos que buscaban destruirlo, quizá no comprendía por qué le estaba pasando todo eso. Pero sabía que seguía a un Dios en quien podía confiar para liberarlo y bendecirlo en su tiempo (Salmo 31:14-16). Esa certeza le permitió someterse a Dios y decir: «En tu mano están mis tiempos» (v. 15). Esto lo fortaleció tanto que también pudo declarar: «Esforzaos todos vosotros los que esperáis en el Señor, y tome aliento vuestro corazón» (v. 24).

Cuando nos sentimos agobiados y parece no haber mucho por delante, podemos aferrarnos aún más a Dios y a la esperanza que solo Él provee.

Leslie Koh

#NuestroPanDiario
*¿Quiénes sois vosotros?*

*Una reflexión profunda sobre la identidad cristiana en tiempos de superficialidad*

Hechos 19:15-16 (Reina Valera 1960)

Pero respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?
Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos y dominándolos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos.

Este pasaje del libro de los Hechos nos golpea con una crudeza que pocos versículos logran igualar. En Éfeso, siete hombres —los hijos de un sumo sacerdote judío llamado Esceva— intentan imitar lo que habían visto en Pablo y en los apóstoles: expulsar demonios invocando el nombre de Jesús. No eran discípulos genuinos, no tenían una relación viva con Cristo; solo usaban el nombre como fórmula mágica, como un atajo para obtener poder. El espíritu maligno los desenmascara de inmediato: «A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?». Y lo que sigue es humillante y terrorífico: el poseído los domina físicamente, los vence, los deja heridos y desnudos, huyendo despavoridos de la casa.

Esta escena no es solo un relato antiguo; es un espejo brutal para el cristianismo contemporáneo.

Imagina un hospital de alta complejidad en una gran ciudad latinoamericana, uno de esos donde llegan los casos más graves de la región. Allí trabaja —o trabajaba— un cirujano cardiovascular legendario: manos precisas como láser, diagnóstico infalible, calma en medio del caos quirúrgico, dedicación que rayaba en lo sobrenatural. Sus residentes lo idolatraban. Se jactaban en los pasillos: «Soy del equipo del doctor X, el mejor del país». Pero cuando el profesor no estaba, cuando llegaba la madrugada y un paciente entraba en paro cardiorrespiratorio o con una disección aórtica masiva, esos mismos residentes se paralizaban. No habían internalizado el conocimiento; solo repetían frases que habían oído en rondas, hojeaban protocolos sin haberlos vivido en carne propia. Un día llegó un joven de veintitantos años, politraumatizado grave tras un accidente de moto. Hemorragia interna masiva, shock hipovolémico. El equipo de residentes estaba solo. Intentaron intubar, pusieron accesos venosos, pero todo era torpe, dubitativo, sin la autoridad que nace de la experiencia real. El paciente falleció en la mesa. Al día siguiente, el hospital abrió una investigación interna. Los residentes fueron expulsados del programa, perdieron sus títulos en formación especializada y quedaron marcados profesionalmente de por vida. No era maldad; era falta de sustancia. Se habían conformado con el prestigio ajeno.

Hoy, en muchas congregaciones, pasa algo dolorosamente parecido. Miles se llaman cristianos porque asisten los domingos, cantan con fervor en los conciertos de alabanza, comparten versículos motivacionales en redes sociales y llevan camisetas con frases cristianas. Pero cuando la pregunta del espíritu maligno resuena —«¿Y vosotros, quiénes sois?»—, el silencio es ensordecedor.

En la iglesia del primer siglo, los demonios gritaban al ver a los discípulos genuinos; reconocían la autoridad de Cristo operando en ellos (Marcos 1:24; Hechos 16:17). Hoy, en no pocas iglesias, los espíritus inmundos parecen sentarse cómodamente en las bancas. No necesitan hacer alboroto porque nadie los confronta con poder real. Hay mucho show: luces, humo, coreografías, predicaciones motivacionales que hablan de prosperidad, autoestima y «romper maldiciones generacionales» sin mencionar arrepentimiento profundo, santidad ni cruz. Pero cuando aparece una persona verdaderamente atormentada —alguien que llega desesperado porque oye voces, siente opresión constante, tiene adicciones que no puede romper, o vive en tinieblas emocionales y espirituales que ningún psicólogo explica—, ¿qué pasa? Muchos líderes oran fórmulas, imponen manos sin fe ni autoridad, y al final la persona se va igual o peor. Algunos huyen, como aquellos hijos de Esceva, avergonzados y heridos en su orgullo espiritual.
La identidad cristiana no se hereda de un pastor famoso, no se compra con membresía ni se finge con buena retórica. Se forja en el secreto: en horas de oración solitaria donde el Espíritu Santo te confronta, en obediencia costosa cuando nadie te ve, en el estudio profundo de la Palabra que transforma el carácter, en el ayuno que rompe ataduras, en la entrega total a Cristo como Señor y no solo como Salvador de emergencias.

Hoy los demonios no siempre necesitan manifestarse con convulsiones o voces roncas; a veces su mayor victoria es la tibieza, la religiosidad vacía, la falta de discernimiento. Se sientan al lado nuestro en el banco, susurran dudas mientras cantamos, y muchos ni se dan cuenta. La sal ha perdido su sabor (Mateo 5:13). Cantamos himnos de victoria, pero predicamos poco la cruz. Decimos «soy cristiano», pero temblamos ante la sola mención de confrontar lo oculto o lo demoníaco.

La pregunta que retumba no es solo para aquellos siete desgraciados en Éfeso. Es para ti y para mí, aquí y ahora, en este 2026:

*¿Qué tipo de cristianismo estás viviendo?*
¿Uno de domingo, de apariencias y emociones pasajeras?
¿O uno con sustancia, con identidad en Cristo, con autoridad delegada por Aquel a quien hasta los demonios reconocen?

Porque si un día llega alguien endemoniado —o simplemente alguien profundamente herido y oprimido— a tu iglesia, a tu grupo pequeño, a tu vida… ¿podrás ayudarlo con el poder real de Jesús? ¿O el enfermo «morirá» espiritualmente mientras tú huyes desnudo de autoridad y herido de orgullo?

Que el Señor nos despierte. Que nos quite las máscaras. Que nos devuelva la identidad que nace solo de estar con Él, de conocerlo realmente, no de oídas. Porque al final, lo único que el reino de las tinieblas respeta es a Jesús en nosotros… no nuestras canciones, no nuestros títulos, no nuestro carisma. Solo a Jesús.
¿Por qué me cuesta orar? — La estrategia más silenciosa contra el Cristiano
Déjame empezar con una pregunta que incomoda:
👉 Si la oración es hablar con Dios… por qué al Cristiano moderno se le hace tan difícil?
No es falta de tiempo.
No es cansancio.
No es distracción solamente.
📌 Es una guerra.
Desde Génesis hasta Apocalipsis, satanás no tiene como meta principal que peques primero.
Su meta es cortar la comunicación entre tú y Dios.
Porque un Cristiano que ora:
— Discierne.
— Resiste.
— Permanece firme.
Pero un Cristiano que no ora:
— Se enfría.
— Se confunde.
— Se debilita.
— Y eventualmente… cae.
**La primera gran mentira del enemigo**no empieza diciéndote *“no ores”*.
Empieza diciéndote:
> “Ora después.”
> “Ahora no es el momento.”
> “Mañana con calma.”
Y así, lo urgente mata lo eterno.
La Biblia nunca presenta a la oración como una actividad secundaria.
Jesús oraba antes de decisiones, después de milagros, en la madrugada, de noche y en medio del dolor.
Si el Hijo de Dios no vivía sin oración,
¿por qué creemos que nosotros sí podemos?
La estrategia central del enemigo: desgaste espiritual
La Escritura dice que el enemigo busca cansar a los santos.
No siempre con pecado escandaloso…
sino con agotamiento del alma.
👉 Cuando dejas de orar, no te vuelves neutral. Te vuelves vulnerable.
Por eso ataca:
— Tu mente con ruido constante.
— Tu agenda con exceso.
— Tu corazón con culpa.
Y aquí viene una de sus armas más efectivas:
La acusación
Cuando pecas, el enemigo te acusa.
Cuando fallas, te recuerda tu error.
Cuando caes, te dice:
> “¿Tú vas a orar así?”
> “Dios no quiere escucharte ahora.”
> “Arregla tu vida primero.”
Y el cristiano cae en la trampa:
👉 Se aleja de la oración justo cuando más la necesita.
Pero la Biblia enseña lo contrario:
La oración no es para los perfectos.
Es para los quebrantados.
Un cristiano que ora arrepentido es más peligroso, que uno que se siente “digno” pero no ora.
Otra estrategia: sustituir la intimidad por actividad
Muchos hoy:
— Sirven.
— Cantan.
— Predican.
— Publican versículos.
Pero no oran en secreto.
El enemigo no te dice:
> “Deja la iglesia.”
Te dice:> “Haz mucho… pero no te conectes.”
Porque actividad sin oración produce:
— Ministerio sin poder.
— Conocimiento sin transformación.
— Religión sin presencia.
Jesús fue claro:
La fuerza espiritual nace en lo secreto.
La raíz profunda: la carne
Orar mata el ego.
Orar humilla.
Orar expone.
Orar confronta.
Por eso la carne resiste la oración más que cualquier otra disciplina.
Leer la Biblia informa.
Cantar emociona.
Pero orar te desnuda delante de Dios.
Y la carne odia eso.
El objetivo final de satanás
No es que dejes de creer en Dios.
Es que vivas sin comunión con Él.
Porque un Cristiano sin oración:
— Sobrevive, pero no vence.
— Cree, pero no arde.
— Conoce, pero no camina en autoridad.
📌 La oración no es un ritual. Es un campo de batalla.
👉 ¿Piensa si te cuesta orar porque estás ocupado…o porque hay una guerra por tu alma que estás ignorando?
👉 ¿Cuándo fue la última vez que oraste sin prisa, sin celular, sin reloj?
👉 ¿Qué pasaría si oras tanto como te preocupas?
Y si hoy decides recuperar tu vida de oración, no lo postergues
El enemigo no le teme a Cristianos ocupados.
Le teme a Cristianos de rodillas.
Buenos días.
Hoy vamos a leer Proverbios capítulo 28 que nos enseña, que los que confían en Dios prosperarán.
La confianza en Dios se evidencia al creer en sus enseñanzas para vivirlas, en confesarle nuestros errores y en vivir obedeciendo sus mandatos.
Los que confiamos en Dios tendremos una plenitud de vida.
De la angustia a la alabanza

Lee: 2 Timoteo 4:9-18

En una campaña de donación de ropa para niños, los chicos buscaban entusiasmados y agradecidos los abrigos de su talla y sus colores favoritos. Uno de los organizadores dijo que eso también los ayudaba en su autoestima, alentándolos a asistir a la escuela en el invierno y ser aceptados por sus pares.

Al parecer, el apóstol Pablo también necesitaba un abrigo, ya que le escribió a Timoteo: «Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo» (2 Timoteo 4:13). Detenido en una cárcel romana, no solo necesitaba abrigo, sino también compañía. Respecto a su defensa ante el juez romano, declaró: «ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon» (v. 16). Su sinceridad al expresar su dolor nos traspasa el corazón.

Sin embargo, las palabras finales de Pablo en esta última carta registrada nos llevan de la compasión a la alabanza: «Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león» (v. 17).

Si estás enfrentando una crisis —incluso si te falta la ropa adecuada o un amigo cercano que te ayude—, recuerda a Dios. Él es fiel para restaurar, proveer y liberar. ¿Para qué? Para su gloria y para nuestro propósito en su obra.

Patricia Raybon

#NuestroPanDiario