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Hay esperanza.🙏🏼
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Una gratitud humilde
Lee: Proverbios 22:1-6
Un Día de Acción de Gracias, llamé a casa para saludar a mis padres. Mientras hablábamos, le pregunté a mi madre por qué cosa estaba más agradecida. Ella exclamó: «Porque mis tres hijos saben cómo invocar el nombre del Señor». Para mi madre, que siempre había enfatizado la importancia de la educación, había algo más valioso que el que a sus hijos les fuera bien en la escuela y se cuidaran solos.
Su sentir me recuerda Proverbios 22:6: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él». Si bien es más un principio sabio que una promesa, y muchos hijos se alejan de Dios al menos por un tiempo, ella y mi padre se habían esforzado para que amáramos a Dios con humildad y reverencia (v. 4); primordialmente mediante el ejemplo. Ahora podían vernos crecer y disfrutar de una relación personal con Él. Aunque algunos hijos responden a la instrucción amorosa de Cristo, a otros les lleva quizá más tiempo oír su voz. Es por estos preciosos hijos que seguimos orando y descansando en el tiempo de Dios.
El amor reverente a Dios trae riquezas espirituales para esta vida y el más allá (v. 4). Y aunque no podamos controlar lo que decidan hacer los hijos, sí podemos descansar en la esperanza de que Dios seguirá obrando en sus corazones.
Katara Patton
#NuestroPanDiario
Lee: Proverbios 22:1-6
Un Día de Acción de Gracias, llamé a casa para saludar a mis padres. Mientras hablábamos, le pregunté a mi madre por qué cosa estaba más agradecida. Ella exclamó: «Porque mis tres hijos saben cómo invocar el nombre del Señor». Para mi madre, que siempre había enfatizado la importancia de la educación, había algo más valioso que el que a sus hijos les fuera bien en la escuela y se cuidaran solos.
Su sentir me recuerda Proverbios 22:6: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él». Si bien es más un principio sabio que una promesa, y muchos hijos se alejan de Dios al menos por un tiempo, ella y mi padre se habían esforzado para que amáramos a Dios con humildad y reverencia (v. 4); primordialmente mediante el ejemplo. Ahora podían vernos crecer y disfrutar de una relación personal con Él. Aunque algunos hijos responden a la instrucción amorosa de Cristo, a otros les lleva quizá más tiempo oír su voz. Es por estos preciosos hijos que seguimos orando y descansando en el tiempo de Dios.
El amor reverente a Dios trae riquezas espirituales para esta vida y el más allá (v. 4). Y aunque no podamos controlar lo que decidan hacer los hijos, sí podemos descansar en la esperanza de que Dios seguirá obrando en sus corazones.
Katara Patton
#NuestroPanDiario
🌿 Un pacto de amor que refleja a Cristo
Hablar de matrimonio es hablar de uno de los dones más preciosos que Dios ha entregado a la humanidad. No se trata solamente de dos personas que deciden caminar juntas, sino de un pacto sagrado que refleja en la tierra el amor eterno de Cristo por su iglesia.
El matrimonio no puede reducirse a una ceremonia, a una fiesta o a un contrato firmado. Es, más bien, un camino. Y como todo camino, tiene momentos de flores y sol, pero también piedras, tormentas y noches frías. Lo hermoso es que, cuando Cristo es el centro, ese camino siempre conduce hacia adelante.
La Biblia lo expresa con claridad: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Génesis 2:24). Esa expresión, una sola carne, va mucho más allá de la unión física. Habla de dos vidas, dos corazones y dos historias que ahora laten bajo un mismo propósito.
Matrimonio: pacto, no contrato
En la sociedad actual, el matrimonio muchas veces es visto como un contrato. Algo que se firma mientras funcione, pero que se rompe fácilmente cuando aparecen las dificultades. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica, el matrimonio nunca fue diseñado como un contrato, sino como un pacto.
Un contrato se basa en conveniencias; un pacto, en compromiso. En un contrato, si una de las partes falla, el acuerdo se rompe. En un pacto, incluso en medio de debilidades, la fidelidad permanece porque está sostenida por Dios.
El apóstol Pablo lo explica de una manera profunda: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). El matrimonio, entonces, se convierte en un reflejo del amor sacrificial de Cristo.
El arte de amar en lo cotidiano
El amor en el matrimonio no siempre se manifiesta en grandes gestos, sino en las pequeñas cosas de cada día. Amar puede significar preparar un café sin que nadie lo pida, escuchar con atención después de un día difícil, abrazar en silencio para transmitir paz o simplemente orar juntos antes de dormir.
El amor verdadero se alimenta en lo cotidiano, como una planta que no crece porque un día recibe un balde de agua, sino porque se riega con constancia todos los días.
El apóstol Pablo nos recuerda en 1 Corintios 13:4-7: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Ese amor, paciente y constante, es el que sostiene un matrimonio a lo largo de los años.
El matrimonio frente a las tormentas
Ninguna pareja llega al matrimonio con un manual bajo el brazo. Las tormentas llegan: dificultades económicas, heridas del pasado, diferencias de carácter o rutinas que enfrían la relación. Pero es en medio de esas pruebas donde los esposos deben recordar quién es el tercer hilo del cordón.
El libro de Eclesiastés 4:12 lo expresa de forma poética: “Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto”. Cuando Cristo es ese tercer hilo, el matrimonio se vuelve mucho más fuerte, porque no depende únicamente de la voluntad o las fuerzas humanas, sino de la gracia de Dios.
Las tormentas no definen al matrimonio; lo define la fe con la que se enfrentan.
El matrimonio como testimonio
Un matrimonio en Cristo no solo es una bendición para quienes lo viven, también se convierte en un testimonio poderoso para otros. En un mundo donde el amor parece desgastarse con rapidez, ver una pareja que lucha, que perdona y que permanece unida en medio de las pruebas se convierte en una luz de esperanza para las familias que los rodean.
Un hogar en Cristo predica sin necesidad de palabras. Predica con gestos, con unidad y con perseverancia.
La oración en pareja: un secreto poderoso
Hablar de matrimonio es hablar de uno de los dones más preciosos que Dios ha entregado a la humanidad. No se trata solamente de dos personas que deciden caminar juntas, sino de un pacto sagrado que refleja en la tierra el amor eterno de Cristo por su iglesia.
El matrimonio no puede reducirse a una ceremonia, a una fiesta o a un contrato firmado. Es, más bien, un camino. Y como todo camino, tiene momentos de flores y sol, pero también piedras, tormentas y noches frías. Lo hermoso es que, cuando Cristo es el centro, ese camino siempre conduce hacia adelante.
La Biblia lo expresa con claridad: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Génesis 2:24). Esa expresión, una sola carne, va mucho más allá de la unión física. Habla de dos vidas, dos corazones y dos historias que ahora laten bajo un mismo propósito.
Matrimonio: pacto, no contrato
En la sociedad actual, el matrimonio muchas veces es visto como un contrato. Algo que se firma mientras funcione, pero que se rompe fácilmente cuando aparecen las dificultades. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica, el matrimonio nunca fue diseñado como un contrato, sino como un pacto.
Un contrato se basa en conveniencias; un pacto, en compromiso. En un contrato, si una de las partes falla, el acuerdo se rompe. En un pacto, incluso en medio de debilidades, la fidelidad permanece porque está sostenida por Dios.
El apóstol Pablo lo explica de una manera profunda: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). El matrimonio, entonces, se convierte en un reflejo del amor sacrificial de Cristo.
El arte de amar en lo cotidiano
El amor en el matrimonio no siempre se manifiesta en grandes gestos, sino en las pequeñas cosas de cada día. Amar puede significar preparar un café sin que nadie lo pida, escuchar con atención después de un día difícil, abrazar en silencio para transmitir paz o simplemente orar juntos antes de dormir.
El amor verdadero se alimenta en lo cotidiano, como una planta que no crece porque un día recibe un balde de agua, sino porque se riega con constancia todos los días.
El apóstol Pablo nos recuerda en 1 Corintios 13:4-7: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Ese amor, paciente y constante, es el que sostiene un matrimonio a lo largo de los años.
El matrimonio frente a las tormentas
Ninguna pareja llega al matrimonio con un manual bajo el brazo. Las tormentas llegan: dificultades económicas, heridas del pasado, diferencias de carácter o rutinas que enfrían la relación. Pero es en medio de esas pruebas donde los esposos deben recordar quién es el tercer hilo del cordón.
El libro de Eclesiastés 4:12 lo expresa de forma poética: “Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto”. Cuando Cristo es ese tercer hilo, el matrimonio se vuelve mucho más fuerte, porque no depende únicamente de la voluntad o las fuerzas humanas, sino de la gracia de Dios.
Las tormentas no definen al matrimonio; lo define la fe con la que se enfrentan.
El matrimonio como testimonio
Un matrimonio en Cristo no solo es una bendición para quienes lo viven, también se convierte en un testimonio poderoso para otros. En un mundo donde el amor parece desgastarse con rapidez, ver una pareja que lucha, que perdona y que permanece unida en medio de las pruebas se convierte en una luz de esperanza para las familias que los rodean.
Un hogar en Cristo predica sin necesidad de palabras. Predica con gestos, con unidad y con perseverancia.
La oración en pareja: un secreto poderoso