Padre Pio
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Conociendo la vida y obra de San Pío de Petrelcina
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24 de abril.

Si conseguimos vencer la tentación, esta produce el efecto que la lejía en la ropa sucia.

(P. Pío – ADFA, 158)
29 de abril

Te ruego, pues, que te consueles también tú con este divino pensamiento: que tus penas espirituales y físicas son la prueba del querer divino, que desea por ese camino conformarte más al prototipo divino, a Jesucristo. (…) Para quien espera en el Señor sentirse tranquila de conciencia, no puede provenir más que del mismo Dios. Te sirva esto de respuesta a tu otra pregunta. No sentir atracción alguna por algún lugar de este mundo terrenal no puede tener como autor a otro fuera de Dios, que quiere separar al alma de todo lo que no sea Él.

(28 de septiembre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 500)
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3 de mayo

Recuerda la bondad del Señor con la que te ha tratado hasta el presente. Él continuará su obra de perfeccionamiento para provecho tuyo; Él continuará derramando en ti a manos llenas el aceite, no sólo de su misericordia, que te alegrará, sino también de su virtud, que te hará fuerte para luchar con éxito: pues es sabido que los luchadores se ungen sus cuerpos con aceite para ser más ágiles, más flexibles y más robustos. Vive tranquila, pues la piedad divina no fallará, y mucho menos te fallará a ti, si te muestras dócil a sus divinas actuaciones. ¡Ea!, Raffaelina, no seas avara con este médico celestial; por caridad, no le hagas esperar todavía más. También a ti te va repitiendo: «Praebe cor tuum», dame tu corazón, hija mía, para derramar en él mi aceite. Por caridad, ¡que no caiga en el olvido semejante invitación de un padre tan tierno! Ábrele, pues, con confiado abandono la puerta de tu corazón; no quieras renunciar al manantial precioso de su aceite, para que no tengas que ir a buscar este aceite de su misericordia en el momento de la muerte, como las vírgenes necias del Evangelio, porque entonces no encontrarás a nadie que te lo dé.

(4 de agosto de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 470)
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15 de mayo

La virtud de la paciencia es la que nos asegura, más que ninguna otra, la perfección; y, si conviene practicarla con los demás, hay que tenerla no menos con uno mismo. El que aspira al puro amor de Dios no necesita tanto tener paciencia con los demás cuanto tenerla consigo mismo. Para conquistar la perfección, se necesita tolerar las propias imperfecciones. Digo tolerarlas con paciencia y no ya amarlas o acariciarlas. Con este sufrimiento crece la humildad. Para caminar siempre bien, es necesario, mi queridísimo hijo, aplicarse con diligencia a recorrer bien aquel trozo de camino que está más cerca y que es posible recorrer, hacer bien la primera jornada, y no perder el tiempo deseando hacer la última cuando todavía no se ha hecho la primera.

Muchísimas veces nos detenemos tanto en el deseo de ser ángeles del paraíso que descuidamos ser buenos cristianos. Con esto no quiero decir o significar que no sea oportuno para el alma poner muy alto su deseo, pero sí que no se puede desear o pretender alcanzarlo en un día, porque esta pretensión y este deseo nos fatigarían demasiado y para nada. Nuestras imperfecciones, hijito mío, nos han de acompañar hasta la tumba. Es cierto que nosotros no podemos caminar sin tocar tierra; pero es verdad también que, si no nos tenemos que tumbar o mirar a otro lado, tampoco hay que pensar en volar, porque en las vías del espíritu somos como pequeños pollitos, a quienes todavía no les han salido las alas.

(25 de noviembre de 1917, a Luigi Bozzuto, Ep. IV, 403)
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24 de mayo

En estos días el diablo me las hace de todos los colores y clases, me las va haciendo todo lo que puede y más. Este desgraciado redoblará sus esfuerzos para hacerme daño. Pero a nada tengo miedo, sólo a ofender a Dios. Me parece que ese infeliz la tiene tomada más con usted que conmigo, porque querría privarme de su orientación. De hecho, quién sabe la violencia que debo hacerme para comunicarle a usted mis cosas. Dolores fortísimos de cabeza, hasta el punto de casi no poder ver dónde pongo la pluma. Todos los espantosos fantasmas que el demonio me va poniendo en la mente desaparecen cuando con confianza me abandono en los brazos de Jesús. Y si estoy con Jesús crucificado, es decir, si medito en sus dolores, sufro inmensamente, pero es un dolor que me hace mucho bien. Gozo de una paz y de una tranquilidad que no se pueden explicar.

(29 de marzo de 1911, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 216)
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8 de junio

Estoy perdido, sí, perdido en lo desconocido. Estoy privado de todo. Pero estoy decidido, aunque no encuentro consuelo, a seguir sólo la voz de quien hace las veces de Dios. Tengo hambre, padre mío, del retorno de mi Dios a mi alma; démelo, satisfágame de Él, mi vida y mi todo. Las condiciones actuales de mi espíritu no presentan otra realidad que una ruina completa, unas luces siniestras, que no sirven más que para descubrir la podredumbre y atormentar a la víctima, presa de su desconocido destino. ¡Dios mío!, es necesario, padre mío, este grito; sólo me queda esto en tanto penar. Ya no entiendo nada; mucho me temo estar abandonado para siempre a mí mismo; y, ante este temor, me aferro o me arriesgo a aferrarme a la obediencia, que, sin saber cómo, también me parece que se aleja de mí. Termino, porque la intensidad del dolor que me oprime priva a mi mente de la necesaria lucidez. Bendígame siempre y yo, a cambio, no desistiré de inmolarme siempre por usted a ese Dios que he perdido.

(4 de junio de 1918, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 1026)
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12 de junio

Debes saber, hijita, que la caridad tiene tres elementos: el amor a Dios, el afecto a sí mismo y la caridad hacia el prójimo; y mis pobres enseñanzas te ponen en el camino de practicar todo esto.

a) Durante el día, pon con frecuencia todo tu corazón, tu espíritu y tu pensamiento en Dios con una gran confianza; y dile con el profeta real: «Señor, yo soy tuya, sálvame». No te detengas mucho a considerar qué tipo de oración te da Dios, sino que sigue sencilla y humildemente su gracia en el afecto que debes tenerte a ti misma.

b) Aunque sin detenerte con soberbia, ten bien abiertos los ojos sobre tus malas inclinaciones para erradicarlas. No te asustes nunca al verte miserable y llena de malos estados de ánimo; céntrate en tu corazón con un gran deseo de perfeccionarlo.

Procura enderezarlo dulce y caritativamente cuando tropiece. Sobre todo, esfuérzate con todas tus fuerzas por fortalecer la parte superior del alma, no entreteniéndote en sentimientos y consuelos, pero sí en las decisiones, propósitos y aspiraciones que la fe, el guía y la razón te inspiren.

(11 de junio de 1918, a Erminia Gargani, Ep. III, 735) 1