Reflexión, del Padre Pío
11 de abril:
Ten por cierto que cuanto más crecen los asaltos del enemigo tanto más cerca del alma está Dios. Piensa y compenétrate bien de esta verdad reconfortante
(P. Pío – Ep. III, p. 414).
11 de abril:
Ten por cierto que cuanto más crecen los asaltos del enemigo tanto más cerca del alma está Dios. Piensa y compenétrate bien de esta verdad reconfortante
(P. Pío – Ep. III, p. 414).
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19 de abril.
La confesión, que es la purificación del alma, hay que hacerla a más tardar cada ocho días; yo no me puedo resignar a tener a las almas más de ocho días alejadas de la confesión
(P. Pío – AP).
La confesión, que es la purificación del alma, hay que hacerla a más tardar cada ocho días; yo no me puedo resignar a tener a las almas más de ocho días alejadas de la confesión
(P. Pío – AP).
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24 de abril.
Si conseguimos vencer la tentación, esta produce el efecto que la lejía en la ropa sucia.
(P. Pío – ADFA, 158)
Si conseguimos vencer la tentación, esta produce el efecto que la lejía en la ropa sucia.
(P. Pío – ADFA, 158)
29 de abril
Te ruego, pues, que te consueles también tú con este divino pensamiento: que tus penas espirituales y físicas son la prueba del querer divino, que desea por ese camino conformarte más al prototipo divino, a Jesucristo. (…) Para quien espera en el Señor sentirse tranquila de conciencia, no puede provenir más que del mismo Dios. Te sirva esto de respuesta a tu otra pregunta. No sentir atracción alguna por algún lugar de este mundo terrenal no puede tener como autor a otro fuera de Dios, que quiere separar al alma de todo lo que no sea Él.
(28 de septiembre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 500)
Te ruego, pues, que te consueles también tú con este divino pensamiento: que tus penas espirituales y físicas son la prueba del querer divino, que desea por ese camino conformarte más al prototipo divino, a Jesucristo. (…) Para quien espera en el Señor sentirse tranquila de conciencia, no puede provenir más que del mismo Dios. Te sirva esto de respuesta a tu otra pregunta. No sentir atracción alguna por algún lugar de este mundo terrenal no puede tener como autor a otro fuera de Dios, que quiere separar al alma de todo lo que no sea Él.
(28 de septiembre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 500)
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3 de mayo
Recuerda la bondad del Señor con la que te ha tratado hasta el presente. Él continuará su obra de perfeccionamiento para provecho tuyo; Él continuará derramando en ti a manos llenas el aceite, no sólo de su misericordia, que te alegrará, sino también de su virtud, que te hará fuerte para luchar con éxito: pues es sabido que los luchadores se ungen sus cuerpos con aceite para ser más ágiles, más flexibles y más robustos. Vive tranquila, pues la piedad divina no fallará, y mucho menos te fallará a ti, si te muestras dócil a sus divinas actuaciones. ¡Ea!, Raffaelina, no seas avara con este médico celestial; por caridad, no le hagas esperar todavía más. También a ti te va repitiendo: «Praebe cor tuum», dame tu corazón, hija mía, para derramar en él mi aceite. Por caridad, ¡que no caiga en el olvido semejante invitación de un padre tan tierno! Ábrele, pues, con confiado abandono la puerta de tu corazón; no quieras renunciar al manantial precioso de su aceite, para que no tengas que ir a buscar este aceite de su misericordia en el momento de la muerte, como las vírgenes necias del Evangelio, porque entonces no encontrarás a nadie que te lo dé.
(4 de agosto de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 470)
Recuerda la bondad del Señor con la que te ha tratado hasta el presente. Él continuará su obra de perfeccionamiento para provecho tuyo; Él continuará derramando en ti a manos llenas el aceite, no sólo de su misericordia, que te alegrará, sino también de su virtud, que te hará fuerte para luchar con éxito: pues es sabido que los luchadores se ungen sus cuerpos con aceite para ser más ágiles, más flexibles y más robustos. Vive tranquila, pues la piedad divina no fallará, y mucho menos te fallará a ti, si te muestras dócil a sus divinas actuaciones. ¡Ea!, Raffaelina, no seas avara con este médico celestial; por caridad, no le hagas esperar todavía más. También a ti te va repitiendo: «Praebe cor tuum», dame tu corazón, hija mía, para derramar en él mi aceite. Por caridad, ¡que no caiga en el olvido semejante invitación de un padre tan tierno! Ábrele, pues, con confiado abandono la puerta de tu corazón; no quieras renunciar al manantial precioso de su aceite, para que no tengas que ir a buscar este aceite de su misericordia en el momento de la muerte, como las vírgenes necias del Evangelio, porque entonces no encontrarás a nadie que te lo dé.
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15 de mayo
La virtud de la paciencia es la que nos asegura, más que ninguna otra, la perfección; y, si conviene practicarla con los demás, hay que tenerla no menos con uno mismo. El que aspira al puro amor de Dios no necesita tanto tener paciencia con los demás cuanto tenerla consigo mismo. Para conquistar la perfección, se necesita tolerar las propias imperfecciones. Digo tolerarlas con paciencia y no ya amarlas o acariciarlas. Con este sufrimiento crece la humildad. Para caminar siempre bien, es necesario, mi queridísimo hijo, aplicarse con diligencia a recorrer bien aquel trozo de camino que está más cerca y que es posible recorrer, hacer bien la primera jornada, y no perder el tiempo deseando hacer la última cuando todavía no se ha hecho la primera.
Muchísimas veces nos detenemos tanto en el deseo de ser ángeles del paraíso que descuidamos ser buenos cristianos. Con esto no quiero decir o significar que no sea oportuno para el alma poner muy alto su deseo, pero sí que no se puede desear o pretender alcanzarlo en un día, porque esta pretensión y este deseo nos fatigarían demasiado y para nada. Nuestras imperfecciones, hijito mío, nos han de acompañar hasta la tumba. Es cierto que nosotros no podemos caminar sin tocar tierra; pero es verdad también que, si no nos tenemos que tumbar o mirar a otro lado, tampoco hay que pensar en volar, porque en las vías del espíritu somos como pequeños pollitos, a quienes todavía no les han salido las alas.
(25 de noviembre de 1917, a Luigi Bozzuto, Ep. IV, 403)
La virtud de la paciencia es la que nos asegura, más que ninguna otra, la perfección; y, si conviene practicarla con los demás, hay que tenerla no menos con uno mismo. El que aspira al puro amor de Dios no necesita tanto tener paciencia con los demás cuanto tenerla consigo mismo. Para conquistar la perfección, se necesita tolerar las propias imperfecciones. Digo tolerarlas con paciencia y no ya amarlas o acariciarlas. Con este sufrimiento crece la humildad. Para caminar siempre bien, es necesario, mi queridísimo hijo, aplicarse con diligencia a recorrer bien aquel trozo de camino que está más cerca y que es posible recorrer, hacer bien la primera jornada, y no perder el tiempo deseando hacer la última cuando todavía no se ha hecho la primera.
Muchísimas veces nos detenemos tanto en el deseo de ser ángeles del paraíso que descuidamos ser buenos cristianos. Con esto no quiero decir o significar que no sea oportuno para el alma poner muy alto su deseo, pero sí que no se puede desear o pretender alcanzarlo en un día, porque esta pretensión y este deseo nos fatigarían demasiado y para nada. Nuestras imperfecciones, hijito mío, nos han de acompañar hasta la tumba. Es cierto que nosotros no podemos caminar sin tocar tierra; pero es verdad también que, si no nos tenemos que tumbar o mirar a otro lado, tampoco hay que pensar en volar, porque en las vías del espíritu somos como pequeños pollitos, a quienes todavía no les han salido las alas.
(25 de noviembre de 1917, a Luigi Bozzuto, Ep. IV, 403)
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24 de mayo
En estos días el diablo me las hace de todos los colores y clases, me las va haciendo todo lo que puede y más. Este desgraciado redoblará sus esfuerzos para hacerme daño. Pero a nada tengo miedo, sólo a ofender a Dios. Me parece que ese infeliz la tiene tomada más con usted que conmigo, porque querría privarme de su orientación. De hecho, quién sabe la violencia que debo hacerme para comunicarle a usted mis cosas. Dolores fortísimos de cabeza, hasta el punto de casi no poder ver dónde pongo la pluma. Todos los espantosos fantasmas que el demonio me va poniendo en la mente desaparecen cuando con confianza me abandono en los brazos de Jesús. Y si estoy con Jesús crucificado, es decir, si medito en sus dolores, sufro inmensamente, pero es un dolor que me hace mucho bien. Gozo de una paz y de una tranquilidad que no se pueden explicar.
(29 de marzo de 1911, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 216)
En estos días el diablo me las hace de todos los colores y clases, me las va haciendo todo lo que puede y más. Este desgraciado redoblará sus esfuerzos para hacerme daño. Pero a nada tengo miedo, sólo a ofender a Dios. Me parece que ese infeliz la tiene tomada más con usted que conmigo, porque querría privarme de su orientación. De hecho, quién sabe la violencia que debo hacerme para comunicarle a usted mis cosas. Dolores fortísimos de cabeza, hasta el punto de casi no poder ver dónde pongo la pluma. Todos los espantosos fantasmas que el demonio me va poniendo en la mente desaparecen cuando con confianza me abandono en los brazos de Jesús. Y si estoy con Jesús crucificado, es decir, si medito en sus dolores, sufro inmensamente, pero es un dolor que me hace mucho bien. Gozo de una paz y de una tranquilidad que no se pueden explicar.
(29 de marzo de 1911, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 216)