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Reflexión del padre Pío,
19 de diciembre:
Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor, y que tu fuego me consuma, me abrase, me convierta en cenizas aquí a tus pies y permanezca derretido por amor y glorifique tu bondad y tu caridad (P. Pío – Ep. IV, p. 871 s).
19 de diciembre:
Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor, y que tu fuego me consuma, me abrase, me convierta en cenizas aquí a tus pies y permanezca derretido por amor y glorifique tu bondad y tu caridad (P. Pío – Ep. IV, p. 871 s).
20 de diciembre
Mi queridísimo padre, aproximándose la santa Navidad, me parece que un deber de conciencia me urge a no dejarla pasar sin deseársela llena de todos aquellos consuelos celestiales que usted desea en su corazón. Aunque yo siempre he orado por usted, que fue y será persona muy amada por mí, en estos días no dejaré de redoblar mis oraciones al Niño celestial, para que se digne preservarle de toda desgracia en este mundo, sobre todo de la desgracia de perder a Jesús Niño.
Mi mala salud continúa su curso con sus momentos mejores y peores. Sufro, es cierto, y sufro mucho; pero estoy contentísimo porque, también en medio del sufrimiento, el Señor no cesa de hacerme experimentar una alegría indescriptible.
(20 de diciembre de 1910, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 208)
Mi queridísimo padre, aproximándose la santa Navidad, me parece que un deber de conciencia me urge a no dejarla pasar sin deseársela llena de todos aquellos consuelos celestiales que usted desea en su corazón. Aunque yo siempre he orado por usted, que fue y será persona muy amada por mí, en estos días no dejaré de redoblar mis oraciones al Niño celestial, para que se digne preservarle de toda desgracia en este mundo, sobre todo de la desgracia de perder a Jesús Niño.
Mi mala salud continúa su curso con sus momentos mejores y peores. Sufro, es cierto, y sufro mucho; pero estoy contentísimo porque, también en medio del sufrimiento, el Señor no cesa de hacerme experimentar una alegría indescriptible.
(20 de diciembre de 1910, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 208)
21 de diciembre:
Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y concédeme abismarme en la contemplación de lo que, tan grande y sublime, va a acontecer en el silencio de esta grande y bella noche
(P. Pío – Ep. IV, p. 886).
Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y concédeme abismarme en la contemplación de lo que, tan grande y sublime, va a acontecer en el silencio de esta grande y bella noche
(P. Pío – Ep. IV, p. 886).
30 de diciembre Confianza ilimitada en Dios también cuando la desdicha y las insidias del enemigo lleguen a molestarte. Quien se abandona en Dios, quien confía en Él, no será nunca defraudado. Que tu vida entera se gaste en acciones de gracias al Esposo divino, a Él vayan orientadas todas tus acciones, todas tus palpitaciones, todos tus suspiros; permanece siempre con Él durante el tiempo de la desdicha y de la prueba; permanece también con Él en las consolaciones espirituales; en fin, vive para Él, gasta toda tu vida por Él, entrégale a Él tu partida de esta tierra y la de los demás, cuando, donde y como Él lo quiera. Muéstrate siempre y en todo cada vez más digna de tu vocación cristiana. Vive de tal modo que el Padre del cielo pueda gloriarse de ti, como lo hace y lo es con tantas almas, que ha elegido de la misma forma que la tuya.
Vive de tal forma que en cada instante puedas repetir con el apóstol san Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo Jesús». Vive de tal modo, te lo repito, que incluso el mundo pueda por fuerza decir de ti: «Ahí está Cristo». ¡Oh!, por caridad, ¡no encuentres exagerada esta expresión! Todo cristiano, verdadero imitador y seguidor del rubio Nazareno, puede y debe llamarse un segundo Cristo, del que lleva de modo muy eminente toda la impronta. ¡Oh!, si todos los cristianos vivieran de acuerdo a su vocación, esta tierra de destierro se transformaría en un paraíso.
(30 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 382)
Vive de tal forma que en cada instante puedas repetir con el apóstol san Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo Jesús». Vive de tal modo, te lo repito, que incluso el mundo pueda por fuerza decir de ti: «Ahí está Cristo». ¡Oh!, por caridad, ¡no encuentres exagerada esta expresión! Todo cristiano, verdadero imitador y seguidor del rubio Nazareno, puede y debe llamarse un segundo Cristo, del que lleva de modo muy eminente toda la impronta. ¡Oh!, si todos los cristianos vivieran de acuerdo a su vocación, esta tierra de destierro se transformaría en un paraíso.
(30 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 382)
Reflexión de hoy día 31 de diciembre del padre Pío: La palma de la gloria está reservada para el que combate con valentía hasta el fin. Comencemos, pues, este año, nuestro santo combate. Dios nos asistirá y nos coronará con el triunfo eterno (P. Pío – Ep. IV, p. 879).
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2 de enero
Para vivir continuamente en una vida devota, no te hace falta más que aceptar en tu espíritu algunas máximas excelentes y generosas. La primera que yo deseo que tengas es esta de san Pablo: «Todo redunda en bien de los que aman a Dios». Y, por cierto, ya que Dios puede y sabe sacar el bien incluso del mal, ¿con quién hará esto sino con aquellos que, sin reserva alguna, se entregan a Él? Incluso los mismos pecados, de los que Dios, por su bondad, nos tiene alejados, son ordenados por su divina providencia al bien de los que le sirven.
Si el santo rey David no hubiera pecado, nunca habría adquirido una humildad tan profunda; ni la Magdalena habría amado tan ardientemente a Jesús si él no le hubiera perdonado tantos pecados; y Jesús no habría podido perdonárselos si ella no los hubiera cometido. Considera, mi queridísima hijita, esta gran obra de la misericordia divina: él convierte nuestras miserias en favores y, con el veneno de nuestras iniquidades, realiza cambios saludables en nuestras almas.
Dime, pues, ¿qué no hará con su gracia de nuestras aflicciones, nuestros sufrimientos y las persecuciones que nos angustian? Y, por eso, aunque te sucediera no sufrir aflicciones de ninguna clase, cree que, si amas a Dios con todo tu corazón, todo se convertirá en bien; y, aunque no logres comprender por dónde vendrá este bien, ten la certeza de que llegará. Si Dios pone ante tus ojos el lodo de la ignominia, no es sino para devolverte una mirada más clara y para hacerte admirable ante sus ángeles, como un espectáculo digno y amable. Y si Dios te hace caer, es para conseguir en ti lo que realizó en san Pablo al hacerle caer del caballo.
Por tanto, que las caídas no te hagan perder el valor; anímate a una confianza renovada y a una humildad más profunda. Descorazonarse e impacientarse después de que se ha caído en el error es una estratagema del enemigo, es cederle las armas, es darse por vencido. Por tanto, no debes hacerlo, ya que la gracia del Señor está siempre atenta para socorrerte.
(15 de noviembre de 1917, a Antonietta Vona, Ep. III, 822)
Para vivir continuamente en una vida devota, no te hace falta más que aceptar en tu espíritu algunas máximas excelentes y generosas. La primera que yo deseo que tengas es esta de san Pablo: «Todo redunda en bien de los que aman a Dios». Y, por cierto, ya que Dios puede y sabe sacar el bien incluso del mal, ¿con quién hará esto sino con aquellos que, sin reserva alguna, se entregan a Él? Incluso los mismos pecados, de los que Dios, por su bondad, nos tiene alejados, son ordenados por su divina providencia al bien de los que le sirven.
Si el santo rey David no hubiera pecado, nunca habría adquirido una humildad tan profunda; ni la Magdalena habría amado tan ardientemente a Jesús si él no le hubiera perdonado tantos pecados; y Jesús no habría podido perdonárselos si ella no los hubiera cometido. Considera, mi queridísima hijita, esta gran obra de la misericordia divina: él convierte nuestras miserias en favores y, con el veneno de nuestras iniquidades, realiza cambios saludables en nuestras almas.
Dime, pues, ¿qué no hará con su gracia de nuestras aflicciones, nuestros sufrimientos y las persecuciones que nos angustian? Y, por eso, aunque te sucediera no sufrir aflicciones de ninguna clase, cree que, si amas a Dios con todo tu corazón, todo se convertirá en bien; y, aunque no logres comprender por dónde vendrá este bien, ten la certeza de que llegará. Si Dios pone ante tus ojos el lodo de la ignominia, no es sino para devolverte una mirada más clara y para hacerte admirable ante sus ángeles, como un espectáculo digno y amable. Y si Dios te hace caer, es para conseguir en ti lo que realizó en san Pablo al hacerle caer del caballo.
Por tanto, que las caídas no te hagan perder el valor; anímate a una confianza renovada y a una humildad más profunda. Descorazonarse e impacientarse después de que se ha caído en el error es una estratagema del enemigo, es cederle las armas, es darse por vencido. Por tanto, no debes hacerlo, ya que la gracia del Señor está siempre atenta para socorrerte.
(15 de noviembre de 1917, a Antonietta Vona, Ep. III, 822)
4 de enero
La tercera máxima es que debes observar lo que el divino Maestro enseñó a sus discípulos: «¿Qué os ha faltado?».
Considera atentamente, mi buena hijita, este pasaje. Jesús había mandado a los apóstoles a todo el mundo, sin dinero, sin bastón, sin sandalias, sin alforjas, vestidos sólo con una túnica; y después les dijo: «Cuándo os mandé de este modo, ¿acaso os faltó algo?». Y ellos respondieron que nada les había faltado.
Ahora, yo te digo, hijita: cuando estuviste atormentada, aun en el tiempo en que, por desgracia, no sentías mucha confianza en Dios, dime: ¿en algún momento te encontraste oprimida por el sufrimiento? Me responderás que no. ¿Y por qué, pues –agregaré yo–, no tener confianza en superar todas las demás adversidades? Si Dios no te ha abandonado en el pasado, ¿cómo podrá abandonarte en el futuro, cuando ahora, más que en el pasado, quieres ser suya de aquí en adelante? No temas que te pueda ocurrir algo malo de este mundo, porque quizá no te sucederá nunca. Pero, en todo caso, si te sobreviniera, Dios te dará la fuerza para sobrellevarlo. El divino Maestro mandó a S. Pedro que caminara sobre las aguas. S. Pedro, al soplar el viento y ante el peligro de la tempestad, tuvo miedo y esto le hizo casi sumergirse; pidió ayuda al Maestro y este le reprendió, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»; y, extendiéndole la mano, lo agarró. Si Dios te hace caminar sobre las aguas tempestuosas de la adversidad, no dudes, hijita mía, no temas; Dios está contigo; ten valor y serás liberada.
(15 de noviembre de 1917, a Antonietta Vona, Ep. III, 822)
La tercera máxima es que debes observar lo que el divino Maestro enseñó a sus discípulos: «¿Qué os ha faltado?».
Considera atentamente, mi buena hijita, este pasaje. Jesús había mandado a los apóstoles a todo el mundo, sin dinero, sin bastón, sin sandalias, sin alforjas, vestidos sólo con una túnica; y después les dijo: «Cuándo os mandé de este modo, ¿acaso os faltó algo?». Y ellos respondieron que nada les había faltado.
Ahora, yo te digo, hijita: cuando estuviste atormentada, aun en el tiempo en que, por desgracia, no sentías mucha confianza en Dios, dime: ¿en algún momento te encontraste oprimida por el sufrimiento? Me responderás que no. ¿Y por qué, pues –agregaré yo–, no tener confianza en superar todas las demás adversidades? Si Dios no te ha abandonado en el pasado, ¿cómo podrá abandonarte en el futuro, cuando ahora, más que en el pasado, quieres ser suya de aquí en adelante? No temas que te pueda ocurrir algo malo de este mundo, porque quizá no te sucederá nunca. Pero, en todo caso, si te sobreviniera, Dios te dará la fuerza para sobrellevarlo. El divino Maestro mandó a S. Pedro que caminara sobre las aguas. S. Pedro, al soplar el viento y ante el peligro de la tempestad, tuvo miedo y esto le hizo casi sumergirse; pidió ayuda al Maestro y este le reprendió, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»; y, extendiéndole la mano, lo agarró. Si Dios te hace caminar sobre las aguas tempestuosas de la adversidad, no dudes, hijita mía, no temas; Dios está contigo; ten valor y serás liberada.
(15 de noviembre de 1917, a Antonietta Vona, Ep. III, 822)
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Reflexión del padre Pío, día 11 de enero:
No te detengas en la búsqueda de la verdad y en la conquista del sumo Bien. Sé dócil a los impulsos de la gracia, secundando sus inspiraciones y sus llamadas. No te avergüences de Cristo y de su doctrina (P. Pío Ep. IV, p. 618).
No te detengas en la búsqueda de la verdad y en la conquista del sumo Bien. Sé dócil a los impulsos de la gracia, secundando sus inspiraciones y sus llamadas. No te avergüences de Cristo y de su doctrina (P. Pío Ep. IV, p. 618).
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