Padre Pio
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Conociendo la vida y obra de San Pío de Petrelcina
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28 de Noviembre

En los asaltos del enemigo, en la prueba de la vida, levantémonos y supliquemos al Señor que quite y aleje siempre de nosotros el reino del enemigo y que nos conceda la gracia de ser acogidos en su reino cuando le plazca, y que le plazca que sea muy pronto. No nos desviemos, mi Raffaelina, en las horas de la prueba; por la constancia al obrar el bien, por la paciencia al combatir la buena batalla, venceremos la desfachatez de todos nuestros enemigos y, como dijo el maestro divino, con la paciencia salvaremos nuestras almas, ya que la «tribulación obra la paciencia, la paciencia genera la prueba y la prueba hace brotar la esperanza». Sigamos a Jesús por el camino del dolor: mantengamos siempre fija nuestra mirada en la Jerusalén celestial y superaremos felizmente todas las dificultades que obstaculizan nuestro viaje para llegar a ella.

(14 de octubre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 514)
2 de diciembre

Tú te ves abandonada, y yo te garantizo que Jesús te tiene más cerca que nunca de su divino Corazón.

También nuestro Señor se lamentó en la cruz del abandono del Padre; pero el Padre, ¿abandonó alguna vez o puede abandonar a su Hijo? Son las pruebas supremas del espíritu; Jesús las quiere: ¡hágase! Tú pronuncia resignada este hágase cuando te encuentres en tales pruebas, y no temas.

No dejes de lamentarte ante Jesús como te parezca y como te agrade; invócalo como quieras; pero cree lo que te asegura quien te habla en su nombre.

Escríbeme con frecuencia sobre el estado de tu alma y no tengas miedo de nada; usaré contigo toda la caridad de la que está lleno el corazón de un padre; Yo –aunque indigno– oro y hago orar por ti; tú estate contenta de que Jesús te trate como quiere: ¡es siempre un padre y muy bueno!

(28 de junio de 1918, a Antonietta Vona, Ep. III, 865)
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Reflexión del padre Pío 9 de diciembre: En resumen, no filosoféis sobre vuestros defectos y tampoco repliquéis; continuad vuestro camino sin rodeos. No. Dios no puede abandonaros cuando vosotros, por no perderlo, permanecéis firmes en vuestras decisiones. Que el mundo se destruya, que todo esté en tinieblas, en humo, en confusión..., pero Dios está con nosotros. ¿De qué, pues, vamos a tener miedo? Si Dios habita en las tinieblas y sobre el monte Sinaí, entre relámpagos y truenos, ¿no debemos estar contentos sabiendo que estamos cerca de Él? (P. Pío – Ep. III, p. 580).
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Reflexión del Padre Pío,

12 de diciembre:

El dudar es el mayor insulto a la divinidad (P. Pío CE, 35).
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Reflexión del padre Pío,

19 de diciembre:

Tus ternuras conquistan mi corazón y quedo aprisionado por tu amor, Niño celestial. Deja que al contacto con tu fuego, mi alma se derrita por amor, y que tu fuego me consuma, me abrase, me convierta en cenizas aquí a tus pies y permanezca derretido por amor y glorifique tu bondad y tu caridad (P. Pío – Ep. IV, p. 871 s).
20 de diciembre

Mi queridísimo padre, aproximándose la santa Navidad, me parece que un deber de conciencia me urge a no dejarla pasar sin deseársela llena de todos aquellos consuelos celestiales que usted desea en su corazón. Aunque yo siempre he orado por usted, que fue y será persona muy amada por mí, en estos días no dejaré de redoblar mis oraciones al Niño celestial, para que se digne preservarle de toda desgracia en este mundo, sobre todo de la desgracia de perder a Jesús Niño.

Mi mala salud continúa su curso con sus momentos mejores y peores. Sufro, es cierto, y sufro mucho; pero estoy contentísimo porque, también en medio del sufrimiento, el Señor no cesa de hacerme experimentar una alegría indescriptible.

(20 de diciembre de 1910, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 208)
21 de diciembre:

Madre mía María, condúceme contigo a la gruta de Belén y concédeme abismarme en la contemplación de lo que, tan grande y sublime, va a acontecer en el silencio de esta grande y bella noche

(P. Pío – Ep. IV, p. 886).
30 de diciembre Confianza ilimitada en Dios también cuando la desdicha y las insidias del enemigo lleguen a molestarte. Quien se abandona en Dios, quien confía en Él, no será nunca defraudado. Que tu vida entera se gaste en acciones de gracias al Esposo divino, a Él vayan orientadas todas tus acciones, todas tus palpitaciones, todos tus suspiros; permanece siempre con Él durante el tiempo de la desdicha y de la prueba; permanece también con Él en las consolaciones espirituales; en fin, vive para Él, gasta toda tu vida por Él, entrégale a Él tu partida de esta tierra y la de los demás, cuando, donde y como Él lo quiera. Muéstrate siempre y en todo cada vez más digna de tu vocación cristiana. Vive de tal modo que el Padre del cielo pueda gloriarse de ti, como lo hace y lo es con tantas almas, que ha elegido de la misma forma que la tuya.

Vive de tal forma que en cada instante puedas repetir con el apóstol san Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo Jesús». Vive de tal modo, te lo repito, que incluso el mundo pueda por fuerza decir de ti: «Ahí está Cristo». ¡Oh!, por caridad, ¡no encuentres exagerada esta expresión! Todo cristiano, verdadero imitador y seguidor del rubio Nazareno, puede y debe llamarse un segundo Cristo, del que lleva de modo muy eminente toda la impronta. ¡Oh!, si todos los cristianos vivieran de acuerdo a su vocación, esta tierra de destierro se transformaría en un paraíso.

(30 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 382)