10 de mayo Santidad quiere decir ser superiores a nosotros mismos, quiere decir victoria perfecta sobre todas nuestras pasiones, quiere decir despreciarnos verdadera y constantemente a nosotros mismos y a las cosas del mundo, hasta preferir la pobreza a la riqueza, la humillación a la gloria, el dolor al placer. La santidad es amar al prójimo como a nosotros mismos y por amor a Dios. La santidad, en este punto, es amar también a quien nos maldice, nos odia, nos persigue, incluso hasta hacerle el bien. La santidad es vivir humildes, desinteresados, prudentes, justos, pacientes, caritativos, castos, mansos, trabajadores, observantes de los propios deberes, no por otra finalidad que la de agradar a Dios, y para recibir sólo de Él la merecida recompensa.
En síntesis, según el lenguaje de los libros sagrados, la santidad, oh Raffaelina, posee en sí la virtud de transformar al hombre en Dios.
(30 de diciembre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 541)
En síntesis, según el lenguaje de los libros sagrados, la santidad, oh Raffaelina, posee en sí la virtud de transformar al hombre en Dios.
(30 de diciembre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 541)
13 de mayo
La primera y principal máxima que debes grabar en tu mente es esta:
obediencia y siempre obediencia, y a ella someterte enteramente.
Por tanto, en tus actuaciones tú no debes razonar; y, ante cualquier duda que te asalte, sigue adelante sin angustiarte, y aleja todo apoyándote en la santa obediencia. Jesús estará siempre contento de cualquier obra tuya.
Evita sólo aquello que tú sabes claramente que es pecado. Sólo esto no cae bajo la obediencia.
Y recuerda bien que yo he dicho que Jesús estará siempre contento de cualquier acción tuya porque, cuando tu voluntad habitual es la de agradar a Dios –y esta voluntad yo te he asegurado, y te aseguro ahora de nuevo que tú la tienes–, cada acción le será grata, y a ti no debe importarte si tú no lo ves con tu inteligencia.
Jesús mira tu voluntad, que es la de querer agradarle siempre. Por tanto, hijo mío, no te preocupes ante las dudas o los temores; que te sea suficiente saber, por la palabra de la autoridad, que Jesús está contento de tu acción.
Una de dos: ¡o se equivoca la autoridad o te equivocas tú! ¿La conclusión?... Ahora bien, es indudable que tú, queriéndote persuadir de lo contrario, estarás siempre equivocado. La verdad no está de tu parte, sino de parte del que te habla en nombre de Dios.
¿Qué más quieres, hijito mío, de un Dios que desciende hasta la broma ingenuamente santa? Entonces, ningún temor en tus relaciones con Dios; resignación, paciencia y un día verás la luz completa e indefectible.
(25 de noviembre de 1917, a Luigi Bozzuto, Ep. IV, 403)
La primera y principal máxima que debes grabar en tu mente es esta:
obediencia y siempre obediencia, y a ella someterte enteramente.
Por tanto, en tus actuaciones tú no debes razonar; y, ante cualquier duda que te asalte, sigue adelante sin angustiarte, y aleja todo apoyándote en la santa obediencia. Jesús estará siempre contento de cualquier obra tuya.
Evita sólo aquello que tú sabes claramente que es pecado. Sólo esto no cae bajo la obediencia.
Y recuerda bien que yo he dicho que Jesús estará siempre contento de cualquier acción tuya porque, cuando tu voluntad habitual es la de agradar a Dios –y esta voluntad yo te he asegurado, y te aseguro ahora de nuevo que tú la tienes–, cada acción le será grata, y a ti no debe importarte si tú no lo ves con tu inteligencia.
Jesús mira tu voluntad, que es la de querer agradarle siempre. Por tanto, hijo mío, no te preocupes ante las dudas o los temores; que te sea suficiente saber, por la palabra de la autoridad, que Jesús está contento de tu acción.
Una de dos: ¡o se equivoca la autoridad o te equivocas tú! ¿La conclusión?... Ahora bien, es indudable que tú, queriéndote persuadir de lo contrario, estarás siempre equivocado. La verdad no está de tu parte, sino de parte del que te habla en nombre de Dios.
¿Qué más quieres, hijito mío, de un Dios que desciende hasta la broma ingenuamente santa? Entonces, ningún temor en tus relaciones con Dios; resignación, paciencia y un día verás la luz completa e indefectible.
(25 de noviembre de 1917, a Luigi Bozzuto, Ep. IV, 403)
15 de mayo La virtud de la paciencia es la que nos asegura, más que ninguna otra, la perfección; y, si conviene practicarla con los demás, hay que tenerla no menos con uno mismo. El que aspira al puro amor de Dios no necesita tanto tener paciencia con los demás cuanto tenerla consigo mismo. Para conquistar la perfección, se necesita tolerar las propias imperfecciones. Digo tolerarlas con paciencia y no ya amarlas o acariciarlas. Con este sufrimiento crece la humildad. Para caminar siempre bien, es necesario, mi queridísimo hijo, aplicarse con diligencia a recorrer bien aquel trozo de camino que está más cerca y que es posible recorrer, hacer bien la primera jornada, y no perder el tiempo deseando hacer la última cuando todavía no se ha hecho la primera. Muchísimas veces nos detenemos tanto en el deseo de ser ángeles del paraíso que descuidamos ser buenos cristianos. Con esto no quiero decir o significar que no sea oportuno para el alma poner muy alto su deseo, pero sí que no se puede desear o pretender alcanzarlo en un día, porque esta pretensión y este deseo nos fatigarían demasiado y para nada. Nuestras imperfecciones, hijito mío, nos han de acompañar hasta la tumba. Es cierto que nosotros no podemos caminar sin tocar tierra; pero es verdad también que, si no nos tenemos que tumbar o mirar a otro lado, tampoco hay que pensar en volar, porque en las vías del espíritu somos como pequeños pollitos, a quienes todavía no les han salido las alas. (25 de noviembre de 1917, a Luigi Bozzuto, Ep. IV, 403)
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16 de mayo
Nuestra vida terrena se va muriendo poco a poco en nosotros; de igual modo es necesario hacer morir en nosotros nuestras imperfecciones. Imperfecciones, es cierto, que para las almas piadosas que las sufren, pueden ser también fuentes de mérito y motivos poderosos para adquirir virtudes; porque, a través de esas imperfecciones, conseguimos conocer cada vez mejor el abismo de miseria que somos; y ellas nos impulsan a ejercitarnos en la humildad, en el desprecio de nosotros mismos, en la paciencia y en el esfuerzo.
Hijo mío, yo no sé qué impresión producirá en tu alma esta pobre carta, pero todo lo he escrito al pie del crucifijo. He sentido muy fuerte en mi corazón el impulso de escribirte lo que te he escrito, porque he juzgado que una gran parte de tu mal pasado ha estado motivado por haber hecho grandes proyectos y, viendo después que los resultados eran pequeñísimos y que las fuerzas eran insuficientes para poner en práctica aquellos deseos, aquellos planes y aquellas ideas, fuiste atormentado por angustias e impaciencias, inquietudes y turbaciones de la mente y del corazón. De aquí nacieron en tu corazón todas aquellas desconfianzas, languideces, ruindades y faltas. Y si todo esto es verdad, como por desgracia lo es en realidad, sé más prudente de aquí en adelante, camina pisando tierra, porque el alto mar te produce vértigos y te provoca mareos.
(25 de noviembre de 1917, a Luigi Bozzuto, Ep. IV, 403)
Nuestra vida terrena se va muriendo poco a poco en nosotros; de igual modo es necesario hacer morir en nosotros nuestras imperfecciones. Imperfecciones, es cierto, que para las almas piadosas que las sufren, pueden ser también fuentes de mérito y motivos poderosos para adquirir virtudes; porque, a través de esas imperfecciones, conseguimos conocer cada vez mejor el abismo de miseria que somos; y ellas nos impulsan a ejercitarnos en la humildad, en el desprecio de nosotros mismos, en la paciencia y en el esfuerzo.
Hijo mío, yo no sé qué impresión producirá en tu alma esta pobre carta, pero todo lo he escrito al pie del crucifijo. He sentido muy fuerte en mi corazón el impulso de escribirte lo que te he escrito, porque he juzgado que una gran parte de tu mal pasado ha estado motivado por haber hecho grandes proyectos y, viendo después que los resultados eran pequeñísimos y que las fuerzas eran insuficientes para poner en práctica aquellos deseos, aquellos planes y aquellas ideas, fuiste atormentado por angustias e impaciencias, inquietudes y turbaciones de la mente y del corazón. De aquí nacieron en tu corazón todas aquellas desconfianzas, languideces, ruindades y faltas. Y si todo esto es verdad, como por desgracia lo es en realidad, sé más prudente de aquí en adelante, camina pisando tierra, porque el alto mar te produce vértigos y te provoca mareos.
(25 de noviembre de 1917, a Luigi Bozzuto, Ep. IV, 403)
20 de mayo
Yo no tengo palabras ni sentimientos apropiados para agradecer la bondad del Señor que tan amorosamente te trata y te protege. Veo con claridad, mi buena hijita, que Él te ha elegido para que estés muy cerca de Él, si bien es cierto que no tienes ningún mérito para ello. Ahora bien, puedes estar segura de que Él quiere poseer totalmente tu corazón, y de que lo desea traspasado de dolor y de amor como el suyo. La enfermedad, los sobresaltos del corazón, las caricias, los arrobamientos, las tentaciones, las arideces y las desolaciones son pruebas de su inefable caridad; y, cuando el maligno te quiere convencer de que eres víctima de sus asaltos o del abandono de Dios, no le creas, porque lo que te dice es mentira y quiere engañarte. No es verdad que tú peques; no es verdad que disgustas al Señor; y por eso no es verdad que el Señor no haya perdonado tus culpas y tus desvíos del pasado. La gracia divina está contigo y tú eres muy querida por el Señor. Como consecuencia, las sombras, los temores, las persuasiones contrarias a lo que te indico son artimañas diabólicas, que debes despreciar en nombre de la santa obediencia.
(15 de abril de 1918, a Girolama Longo, Ep. III, 1021)
Yo no tengo palabras ni sentimientos apropiados para agradecer la bondad del Señor que tan amorosamente te trata y te protege. Veo con claridad, mi buena hijita, que Él te ha elegido para que estés muy cerca de Él, si bien es cierto que no tienes ningún mérito para ello. Ahora bien, puedes estar segura de que Él quiere poseer totalmente tu corazón, y de que lo desea traspasado de dolor y de amor como el suyo. La enfermedad, los sobresaltos del corazón, las caricias, los arrobamientos, las tentaciones, las arideces y las desolaciones son pruebas de su inefable caridad; y, cuando el maligno te quiere convencer de que eres víctima de sus asaltos o del abandono de Dios, no le creas, porque lo que te dice es mentira y quiere engañarte. No es verdad que tú peques; no es verdad que disgustas al Señor; y por eso no es verdad que el Señor no haya perdonado tus culpas y tus desvíos del pasado. La gracia divina está contigo y tú eres muy querida por el Señor. Como consecuencia, las sombras, los temores, las persuasiones contrarias a lo que te indico son artimañas diabólicas, que debes despreciar en nombre de la santa obediencia.
(15 de abril de 1918, a Girolama Longo, Ep. III, 1021)
24 de mayo
En estos días el diablo me las hace de todos los colores y clases, me las va haciendo todo lo que puede y más. Este desgraciado redoblará sus esfuerzos para hacerme daño. Pero a nada tengo miedo, sólo a ofender a Dios. Me parece que ese infeliz la tiene tomada más con usted que conmigo, porque querría privarme de su orientación. De hecho, quién sabe la violencia que debo hacerme para comunicarle a usted mis cosas. Dolores fortísimos de cabeza, hasta el punto de casi no poder ver dónde pongo la pluma. Todos los espantosos fantasmas que el demonio me va poniendo en la mente desaparecen cuando con confianza me abandono en los brazos de Jesús. Y si estoy con Jesús crucificado, es decir, si medito en sus dolores, sufro inmensamente, pero es un dolor que me hace mucho bien. Gozo de una paz y de una tranquilidad que no se pueden explicar.
(29 de marzo de 1911, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 216)
En estos días el diablo me las hace de todos los colores y clases, me las va haciendo todo lo que puede y más. Este desgraciado redoblará sus esfuerzos para hacerme daño. Pero a nada tengo miedo, sólo a ofender a Dios. Me parece que ese infeliz la tiene tomada más con usted que conmigo, porque querría privarme de su orientación. De hecho, quién sabe la violencia que debo hacerme para comunicarle a usted mis cosas. Dolores fortísimos de cabeza, hasta el punto de casi no poder ver dónde pongo la pluma. Todos los espantosos fantasmas que el demonio me va poniendo en la mente desaparecen cuando con confianza me abandono en los brazos de Jesús. Y si estoy con Jesús crucificado, es decir, si medito en sus dolores, sufro inmensamente, pero es un dolor que me hace mucho bien. Gozo de una paz y de una tranquilidad que no se pueden explicar.
(29 de marzo de 1911, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 216)
30 de mayo
Dime esto: ¿iluminar y descubrir los objetos es propio del sol o es propio de las tinieblas? Te dejo a ti que saques la aplicación correcta. Dios solo es su gracia; Dios solo es el supremo sol, y todos los demás o no son nada o, si lo son, lo son por Él; Dios solo, digo, con su gracia puede iluminar el alma y mostrarle lo que ella es. Y cuanto más conoce el alma su miseria y su indignidad ante Dios, tanto más insigne es la gracia que la ilumina para conocerse.
Comprendo que el descubrimiento de la propia miseria por obra de este sol divino en el primer momento es motivo de tristeza y de aflicción, de pena y de terror, para la pobre alma que es iluminada de modo semejante; pero, consuélate en el dulce Señor, porque, cuando este sol divino haya calentado con sus ardientes rayos el terreno de tu espíritu, hará despuntar nuevas plantas, que a su tiempo darán frutos exquisitos, manzanas jamás vistas.
(4 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 368)
Dime esto: ¿iluminar y descubrir los objetos es propio del sol o es propio de las tinieblas? Te dejo a ti que saques la aplicación correcta. Dios solo es su gracia; Dios solo es el supremo sol, y todos los demás o no son nada o, si lo son, lo son por Él; Dios solo, digo, con su gracia puede iluminar el alma y mostrarle lo que ella es. Y cuanto más conoce el alma su miseria y su indignidad ante Dios, tanto más insigne es la gracia que la ilumina para conocerse.
Comprendo que el descubrimiento de la propia miseria por obra de este sol divino en el primer momento es motivo de tristeza y de aflicción, de pena y de terror, para la pobre alma que es iluminada de modo semejante; pero, consuélate en el dulce Señor, porque, cuando este sol divino haya calentado con sus ardientes rayos el terreno de tu espíritu, hará despuntar nuevas plantas, que a su tiempo darán frutos exquisitos, manzanas jamás vistas.
(4 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 368)
2 de junio
Oremos al Señor, para que no permita nunca más que cerremos el oído de nuestro corazón a su voz que hoy nos habla de este modo. Supliquemos también al Padre celestial que no se calle nunca ante nuestra hermosa Italia. Cargue también con rayos su diestra; grite siempre, grite fuerte, en el interior íntimo del corazón de nosotros, italianos, con sus inspiraciones; en el exterior, con toda clase de peripecias. Nos asuste también, nos inquiete y nos oprima bajo el peso de su diestra divina. Nos humille, nos envilezca, nos atribule como más le plazca. Estos castigos, por muy severos que sean, serán siempre castigos de un padre muy tierno que alza su voz, que empuña el flagelo para corrección y salvación de su hijo.
Nos evite, por su inmensa bondad, el tremendo castigo de su silencio, que es el signo terrible, el funesto preludio de su abandono. Nos ahorre este funesto castigo por amor de quien «no conoció el pecado» y para nuestra salvación «por nosotros se hizo pecado».
¡Viva Dios! ¡Y quiera Él que nosotros, italianos, no abandonemos los designios de su sabiduría: que Él nos encuentre a todos en actitud de poder convertir en bien de nuestras almas, de nuestra patria, en la grave y solemne hora que atravesamos, la prueba a la que hoy todos nosotros estamos sometidos!
(8 de junio de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 440)
Oremos al Señor, para que no permita nunca más que cerremos el oído de nuestro corazón a su voz que hoy nos habla de este modo. Supliquemos también al Padre celestial que no se calle nunca ante nuestra hermosa Italia. Cargue también con rayos su diestra; grite siempre, grite fuerte, en el interior íntimo del corazón de nosotros, italianos, con sus inspiraciones; en el exterior, con toda clase de peripecias. Nos asuste también, nos inquiete y nos oprima bajo el peso de su diestra divina. Nos humille, nos envilezca, nos atribule como más le plazca. Estos castigos, por muy severos que sean, serán siempre castigos de un padre muy tierno que alza su voz, que empuña el flagelo para corrección y salvación de su hijo.
Nos evite, por su inmensa bondad, el tremendo castigo de su silencio, que es el signo terrible, el funesto preludio de su abandono. Nos ahorre este funesto castigo por amor de quien «no conoció el pecado» y para nuestra salvación «por nosotros se hizo pecado».
¡Viva Dios! ¡Y quiera Él que nosotros, italianos, no abandonemos los designios de su sabiduría: que Él nos encuentre a todos en actitud de poder convertir en bien de nuestras almas, de nuestra patria, en la grave y solemne hora que atravesamos, la prueba a la que hoy todos nosotros estamos sometidos!
(8 de junio de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 440)
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20 de junio
Sí, padre mío, estoy privado de todo, incluso de la apariencia de virtud, hasta el punto de parecerme que es un estado de tibieza fatal, por el que Dios justamente me va rechazando de su corazón cada día más. Y presiento que mi ruina es irreparable, ya que no encuentro modo de salir de esto. ¡Ay de mí!, he perdido los caminos, los medios, los apoyos, las normas; y, si trato de despertar mi memoria apagada, se me hace presente una misteriosa dispersión; y me encuentro más perdido que antes, más incapaz de levantarme, y la misteriosa oscuridad se hace más densa. Dios mío, ¿y por qué agitas y remuerdes y vuelves a agitar de nuevo y desconciertas con tanta violencia a esta alma turbada, a esta alma destruida desde hace tiempo y cuya destrucción diría que está movida, causada y querida por tu mismo mandato y permisión?
(19 de junio de 1918, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 1033)
Sí, padre mío, estoy privado de todo, incluso de la apariencia de virtud, hasta el punto de parecerme que es un estado de tibieza fatal, por el que Dios justamente me va rechazando de su corazón cada día más. Y presiento que mi ruina es irreparable, ya que no encuentro modo de salir de esto. ¡Ay de mí!, he perdido los caminos, los medios, los apoyos, las normas; y, si trato de despertar mi memoria apagada, se me hace presente una misteriosa dispersión; y me encuentro más perdido que antes, más incapaz de levantarme, y la misteriosa oscuridad se hace más densa. Dios mío, ¿y por qué agitas y remuerdes y vuelves a agitar de nuevo y desconciertas con tanta violencia a esta alma turbada, a esta alma destruida desde hace tiempo y cuya destrucción diría que está movida, causada y querida por tu mismo mandato y permisión?
(19 de junio de 1918, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 1033)
21 de junio
¡Ay!, padre mío, usted que sabe de Él, dígame, se lo suplico, no me eche en cara mi dispersión, mi ansia, mi errar en busca de Él; no me eche en cara la falta de abandono de este espíritu, que también desea con vehemencia su descanso más ciego y humilde en el divino beneplácito; dígame, por caridad, ¿dónde está mi Dios? ¿Dónde podré encontrarlo? ¿Qué puedo hacer para dedicarme a buscarlo? Dígame, ¿lo encontraré? Dígame, ¿dónde debo posar este corazón mío, que se va enfermando de muerte y que instintivamente lo siento en una afanosa y penosa búsqueda? Oh Dios, oh Dios, no puedo decir otra cosa: ¿por qué me has abandonado? Este espíritu, justamente golpeado por tu justicia divina, yace en una vehemente contradicción, sin ningún recurso ni conocimiento, fuera de los fugaces relámpagos, puestos para agudizar el sufrimiento y el martirio.
Me siento morir, me abraso de ardor, desfallezco de hambre, oh padre; pero me parece que ahora el hambre se va reduciendo al solo deseo de uniformarme a la voluntad divina y del modo que Él quiera.
(19 de junio de 1918, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 1033)
¡Ay!, padre mío, usted que sabe de Él, dígame, se lo suplico, no me eche en cara mi dispersión, mi ansia, mi errar en busca de Él; no me eche en cara la falta de abandono de este espíritu, que también desea con vehemencia su descanso más ciego y humilde en el divino beneplácito; dígame, por caridad, ¿dónde está mi Dios? ¿Dónde podré encontrarlo? ¿Qué puedo hacer para dedicarme a buscarlo? Dígame, ¿lo encontraré? Dígame, ¿dónde debo posar este corazón mío, que se va enfermando de muerte y que instintivamente lo siento en una afanosa y penosa búsqueda? Oh Dios, oh Dios, no puedo decir otra cosa: ¿por qué me has abandonado? Este espíritu, justamente golpeado por tu justicia divina, yace en una vehemente contradicción, sin ningún recurso ni conocimiento, fuera de los fugaces relámpagos, puestos para agudizar el sufrimiento y el martirio.
Me siento morir, me abraso de ardor, desfallezco de hambre, oh padre; pero me parece que ahora el hambre se va reduciendo al solo deseo de uniformarme a la voluntad divina y del modo que Él quiera.
(19 de junio de 1918, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 1033)
22 de junio
Ten paciencia todavía un poco más al soportar el estado de desolación espiritual; ten paciencia al soportar las pruebas amorosas a las que Jesús, con admirable providencia, para asemejarte a él, te va sometiendo; y verás que el Señor un día atenderá del todo tus deseos, que son también los míos. No te impacientes si en ti la noche se va haciendo más obscura y más lúgubre; no te asustes si no ves con los ojos materiales el cielo sereno que envuelve tu alma; mira a lo alto, elevándote sobre ti misma, y verás resplandecer una luz que participa de la luz del sol eterno.
La fe viva, la confianza ciega y la completa adhesión a la autoridad constituida por Dios para ti, esta es la luz que iluminó los pasos del pueblo de Dios en el desierto; esta es la luz que resplandece siempre en la parte más alta de los espíritus gratos al Padre; esta es la luz que condujo a los magos a adorar al Mesías en su nacimiento; esta es la estrella profetizada por Balaam; esta es la antorcha que dirige los pasos de los espíritus desolados. Y esta luz y esta estrella y esta antorcha son también las que iluminan tu alma, dirigen tus pasos para que no vaciles, fortifican tu espíritu en el amor divino; y, sin que el alma se dé cuenta, se avanza siempre hacia el destino eterno. Tú no lo ves y no lo comprendes, pero no es necesario. Tú no verás más que tinieblas, pero estas no son las que envuelven al eterno sol. Mantente firme y cree que este sol resplandece en tu alma; y que este sol es precisamente aquel del que el profeta de Dios dijo: «Y en tu luz, yo veré la luz».
(22 de octubre de 1916, a Assunta di Tomaso, Ep. III, 399)
Ten paciencia todavía un poco más al soportar el estado de desolación espiritual; ten paciencia al soportar las pruebas amorosas a las que Jesús, con admirable providencia, para asemejarte a él, te va sometiendo; y verás que el Señor un día atenderá del todo tus deseos, que son también los míos. No te impacientes si en ti la noche se va haciendo más obscura y más lúgubre; no te asustes si no ves con los ojos materiales el cielo sereno que envuelve tu alma; mira a lo alto, elevándote sobre ti misma, y verás resplandecer una luz que participa de la luz del sol eterno.
La fe viva, la confianza ciega y la completa adhesión a la autoridad constituida por Dios para ti, esta es la luz que iluminó los pasos del pueblo de Dios en el desierto; esta es la luz que resplandece siempre en la parte más alta de los espíritus gratos al Padre; esta es la luz que condujo a los magos a adorar al Mesías en su nacimiento; esta es la estrella profetizada por Balaam; esta es la antorcha que dirige los pasos de los espíritus desolados. Y esta luz y esta estrella y esta antorcha son también las que iluminan tu alma, dirigen tus pasos para que no vaciles, fortifican tu espíritu en el amor divino; y, sin que el alma se dé cuenta, se avanza siempre hacia el destino eterno. Tú no lo ves y no lo comprendes, pero no es necesario. Tú no verás más que tinieblas, pero estas no son las que envuelven al eterno sol. Mantente firme y cree que este sol resplandece en tu alma; y que este sol es precisamente aquel del que el profeta de Dios dijo: «Y en tu luz, yo veré la luz».
(22 de octubre de 1916, a Assunta di Tomaso, Ep. III, 399)
24 de junio
Las angustias y los momentos de calma que se van alternando, y que tú sientes en lo más alto de tu espíritu, nacen del amor que impulsa y del amor que atrae. Por tanto, vive en calma; y esa misma alternancia de sentimientos diversos en tu espíritu, a causa de la no completa posesión del objeto y que causa el martirio interior que lacera al alma, hace que sea soportado en paz, hasta poder decir con el profeta: «En paz mi amargura amarguísima». Y abre también tu alma al eterno sol, y no temas sus rayos ardientes y abrasadores. Te repito, queridísima hijita de mi corazón, que abras también tu alma a este sol de infinita belleza, tú que tan ardientemente deseas abrir el capullo para dejar salir de tan dura y oscura prisión la hermosísima mariposa.
(25 de mayo de 1918, a las hermanas Campanile, Ep. III, 956)
Las angustias y los momentos de calma que se van alternando, y que tú sientes en lo más alto de tu espíritu, nacen del amor que impulsa y del amor que atrae. Por tanto, vive en calma; y esa misma alternancia de sentimientos diversos en tu espíritu, a causa de la no completa posesión del objeto y que causa el martirio interior que lacera al alma, hace que sea soportado en paz, hasta poder decir con el profeta: «En paz mi amargura amarguísima». Y abre también tu alma al eterno sol, y no temas sus rayos ardientes y abrasadores. Te repito, queridísima hijita de mi corazón, que abras también tu alma a este sol de infinita belleza, tú que tan ardientemente deseas abrir el capullo para dejar salir de tan dura y oscura prisión la hermosísima mariposa.
(25 de mayo de 1918, a las hermanas Campanile, Ep. III, 956)