𝗔𝗻é𝗰𝗱𝗼𝘁𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗣𝗶𝗼
377. *Los ateos, su especialidad...*
El Doctor Francisco Ricciardi era un ateo militante y por algunos años había promovido una campaña difamatoria contra la religión y también contra el Capuchino estigmatizado.
El Padre Pío sabía todo: sufría y callaba. Finalmente llegó la hora de las represalias. Los amigos de Dios tienen su modo de vengarse y he aquí el ejemplo.El Doctor Ricciardi enferma. Sus colegas, los Doctores Giuva, Morcaldi, Mauricelli, Merla y Capuano diagnostican cáncer al estómago.
Demasiado tarde para una operación. Un día corre la noticia de que el Doctor Ricciardi estaba moribundo.
En el pueblo lo querían, aunque era ateo, porque trataba gratuitamente a los pobres y era de corazón generoso.
El arcipreste, Don José Préncipe, se armó de valor y fue a visitarlo. “No quiero sacerdotes” - gritó con rabia el enfermo. Y para hacer más elocuente la repulsa, le tiró una zapatilla a la cara.
Sin perder por esto el coraje, Don José insistió. “Déjeme en paz” - le gritaba el doctor. “Sólo el Padre Pío podría confesarme. Pero le he ofendido demasiado para que él venga. Por otra parte, no puede salir del convento. Por lo tanto, moriré como he vivido. ¡Basta!”.
El Doctor Angel María Merla, también ateo en un tiempo, corre a avisarle al Padre Pío. El Padre va enseguida a la iglesia, toma los Óleos Santos y el Viático, y, caminando con esfuerzo por sus pies heridos, corre junto al doctor.
Afuera, entre tanto, el viento rugía espantosamente y una espesa capa de nieve caía sobre el Padre Pío, que iba muy concentrado en su Dios, escondido en su corazón.
Apenas llegó junto al enfermo, el Padre abrió los brazos con un gran gesto y sonrió como él solo sabía sonreír, con una sonrisa infantil.
El viejo descreído le fijó su mirada en la cara, estupefacto. Su fisonomía se aclaró:
-“Perdóneme, Padre Pío”. El ateo estaba vencido; el ateo inclinó la frente, que antes nunca quiso inclinar, y, juntando las manos, se hizo la señal de la cruz.
Confesado, perdonado y habiendo recibido el Sacramento de la Santa Unción para los enfermos y la Comunión, podía morir tranquilo. Pero “la venganza de los santos” no hubiera sido bastante hermosa y, a ruegos del Padre Pío, Dios decidió otra cosa.
Después de tres días, el doctor se curó. El cáncer desapareció sin dejar el más mínimo rastro. Renovado por dentro y por fuera, el viejo opositor cambió de frente y se puso a combatir a los adversarios del Padre Pío.
Con respecto a las curaciones obtenidas por las oraciones del Padre Pío existe una muy amplia documentación.
377. *Los ateos, su especialidad...*
El Doctor Francisco Ricciardi era un ateo militante y por algunos años había promovido una campaña difamatoria contra la religión y también contra el Capuchino estigmatizado.
El Padre Pío sabía todo: sufría y callaba. Finalmente llegó la hora de las represalias. Los amigos de Dios tienen su modo de vengarse y he aquí el ejemplo.El Doctor Ricciardi enferma. Sus colegas, los Doctores Giuva, Morcaldi, Mauricelli, Merla y Capuano diagnostican cáncer al estómago.
Demasiado tarde para una operación. Un día corre la noticia de que el Doctor Ricciardi estaba moribundo.
En el pueblo lo querían, aunque era ateo, porque trataba gratuitamente a los pobres y era de corazón generoso.
El arcipreste, Don José Préncipe, se armó de valor y fue a visitarlo. “No quiero sacerdotes” - gritó con rabia el enfermo. Y para hacer más elocuente la repulsa, le tiró una zapatilla a la cara.
Sin perder por esto el coraje, Don José insistió. “Déjeme en paz” - le gritaba el doctor. “Sólo el Padre Pío podría confesarme. Pero le he ofendido demasiado para que él venga. Por otra parte, no puede salir del convento. Por lo tanto, moriré como he vivido. ¡Basta!”.
El Doctor Angel María Merla, también ateo en un tiempo, corre a avisarle al Padre Pío. El Padre va enseguida a la iglesia, toma los Óleos Santos y el Viático, y, caminando con esfuerzo por sus pies heridos, corre junto al doctor.
Afuera, entre tanto, el viento rugía espantosamente y una espesa capa de nieve caía sobre el Padre Pío, que iba muy concentrado en su Dios, escondido en su corazón.
Apenas llegó junto al enfermo, el Padre abrió los brazos con un gran gesto y sonrió como él solo sabía sonreír, con una sonrisa infantil.
El viejo descreído le fijó su mirada en la cara, estupefacto. Su fisonomía se aclaró:
-“Perdóneme, Padre Pío”. El ateo estaba vencido; el ateo inclinó la frente, que antes nunca quiso inclinar, y, juntando las manos, se hizo la señal de la cruz.
Confesado, perdonado y habiendo recibido el Sacramento de la Santa Unción para los enfermos y la Comunión, podía morir tranquilo. Pero “la venganza de los santos” no hubiera sido bastante hermosa y, a ruegos del Padre Pío, Dios decidió otra cosa.
Después de tres días, el doctor se curó. El cáncer desapareció sin dejar el más mínimo rastro. Renovado por dentro y por fuera, el viejo opositor cambió de frente y se puso a combatir a los adversarios del Padre Pío.
Con respecto a las curaciones obtenidas por las oraciones del Padre Pío existe una muy amplia documentación.
“Las tentaciones, el bullicio, las preocupaciones, son las armas de nuestro enemigo. No lo olviden: si hace tanto ruido, es señal de que está afuera y no dentro.“
(San Pio de Pietrelcina)
(San Pio de Pietrelcina)
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Un hecho imposible! -Octavio Octaviano nos cuenta:
En el año 1966 mi primera hija María Raffaella,tenía un año,de repente comenzó a hincharse el lado derecho de su cara de forma tan preocupante que tuvimos que correr al hospital. Durante dos meses le hicieron exámenes y finalmente diagnosticaron un tumor de parótida.
Había que operar,pero sería muy difícil. Para la ocasión también llegaron cirujanos del extranjero. El riesgo era muy alto y de cualquier forma si sobrevivía, quedaría desfigurada para siempre.
Me sumergí en oración desesperada al Padre Pío que aún estaba vivo y que había conocido bien años antes.
Le mandé el ángel de la guarda,como siempre decía que lo hiciera. El día de la cirugía ocurrió lo imposible.
En el transcurso de la operación los cirujanos encontraron en lugar del tumor,un lipoma es decir,una bola de tejido adiposo,y lo sacaron. Los médicos salieron y tenían lágrimas en los ojos desde la conmoción. No entendían como pudo haber sido posible que un tumor se transformará en un lipoma....pero así fue.
Nada es imposible para Dios.... amén
En el año 1966 mi primera hija María Raffaella,tenía un año,de repente comenzó a hincharse el lado derecho de su cara de forma tan preocupante que tuvimos que correr al hospital. Durante dos meses le hicieron exámenes y finalmente diagnosticaron un tumor de parótida.
Había que operar,pero sería muy difícil. Para la ocasión también llegaron cirujanos del extranjero. El riesgo era muy alto y de cualquier forma si sobrevivía, quedaría desfigurada para siempre.
Me sumergí en oración desesperada al Padre Pío que aún estaba vivo y que había conocido bien años antes.
Le mandé el ángel de la guarda,como siempre decía que lo hiciera. El día de la cirugía ocurrió lo imposible.
En el transcurso de la operación los cirujanos encontraron en lugar del tumor,un lipoma es decir,una bola de tejido adiposo,y lo sacaron. Los médicos salieron y tenían lágrimas en los ojos desde la conmoción. No entendían como pudo haber sido posible que un tumor se transformará en un lipoma....pero así fue.
Nada es imposible para Dios.... amén
"Amar a Dios es complacerle, y no vale la pena preocuparse por el resto, sabiendo que Dios tendrá cuidado de nosotros más de lo que se puede decir o imaginar". Padre Pío
Mil años de disfrutar de la gloria humana no valen ni una hora en dulce comunión con Jesús en el Santísimo Sacramento.
Padre Pío
Padre Pío
La Santa Misa explicada por San Pío de Pietrelcina
TESTIMONIO DEL P. DE ROBERT, HIJO ESPIRITUAL DEL PADRE PÍO
Él [el P. Pío] me había explicado poco después de mi ordenación sacerdotal que celebrando la Eucaristía había que poner en paralelo la cronología de la Misa y la de la Pasión. Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el sacerdote en el Altar es Jesucristo. Desde ese momento Jesús en su Sacerdote, revive indefinidamente la Pasión.
Desde la señal de la cruz inicial hasta el ofertorio es necesario reunirse con Jesús en Getsemaní, hay que seguir a Jesús en su agonía, sufriendo ante esta “marea negra” de pecado. Hay que unirse a él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica había que escuchar las lecturas de la misa como estando dirigidas personalmente a nosotros.
TESTIMONIO DEL P. DE ROBERT, HIJO ESPIRITUAL DEL PADRE PÍO
Él [el P. Pío] me había explicado poco después de mi ordenación sacerdotal que celebrando la Eucaristía había que poner en paralelo la cronología de la Misa y la de la Pasión. Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el sacerdote en el Altar es Jesucristo. Desde ese momento Jesús en su Sacerdote, revive indefinidamente la Pasión.
Desde la señal de la cruz inicial hasta el ofertorio es necesario reunirse con Jesús en Getsemaní, hay que seguir a Jesús en su agonía, sufriendo ante esta “marea negra” de pecado. Hay que unirse a él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica había que escuchar las lecturas de la misa como estando dirigidas personalmente a nosotros.
La Santa Misa explicada por San Pío de Pietrelcina
TESTIMONIO DEL P. DE ROBERT, HIJO ESPIRITUAL DEL PADRE PÍO
Él [el P. Pío] me había explicado poco después de mi ordenación sacerdotal que celebrando la Eucaristía había que poner en paralelo la cronología de la Misa y la de la Pasión. Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el sacerdote en el Altar es Jesucristo. Desde ese momento Jesús en su Sacerdote, revive indefinidamente la Pasión.
Desde la señal de la cruz inicial hasta el ofertorio es necesario reunirse con Jesús en Getsemaní, hay que seguir a Jesús en su agonía, sufriendo ante esta “marea negra” de pecado. Hay que unirse a él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica había que escuchar las lecturas de la misa como estando dirigidas personalmente a nosotros.
El Ofertorio, es el arresto. La Hora ha llegado…
El Prefacio, es el canto de alabanza y de agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar por fin a esta “Hora”.
Desde el comienzo de la Plegaria Eucarística hasta la Consagración nos encontramos ¡rápidamente! con Jesús en la prisión, en su atroz flagelación, su coronación de espinas y su camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén teniendo presento en el “momento” a todos los que están allí y a todos aquellos por los que pedimos especialmente.
La Consagración nos da el Cuerpo entregado ahora, la Sangre derramada ahora. Es místicamente, la crucifixión del Señor. Y por eso el San Pío de Pietrelcina sufría atrozmente en este momento de la Misa. Nos reunimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante, al Padre, el Sacrificio Redentor. Es el sentido de la oración litúrgica que sigue inmediatamente a la Consagración. El “Por él, con él y en él” corresponde al grito de Jesús: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Desde ese momento el Sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres en adelante ya no están separados de Dios y se vuelven a encontrar unidos. Es la razón por la que, en este momento, se recita la oración de todos los hijos: “Padre Nuestro…..”
La fracción del Pan marca la muerte de Jesús…..
La intinción, el instante en el que el Padre, habiendo quebrado la Hostia (símbolo de la muerte…) deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el Cáliz de la preciosa Sangre, marca el momento de la Resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y es a Cristo vivo a quien vamos a recibir en la comunión.
TESTIMONIO DEL P. DE ROBERT, HIJO ESPIRITUAL DEL PADRE PÍO
Él [el P. Pío] me había explicado poco después de mi ordenación sacerdotal que celebrando la Eucaristía había que poner en paralelo la cronología de la Misa y la de la Pasión. Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el sacerdote en el Altar es Jesucristo. Desde ese momento Jesús en su Sacerdote, revive indefinidamente la Pasión.
Desde la señal de la cruz inicial hasta el ofertorio es necesario reunirse con Jesús en Getsemaní, hay que seguir a Jesús en su agonía, sufriendo ante esta “marea negra” de pecado. Hay que unirse a él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica había que escuchar las lecturas de la misa como estando dirigidas personalmente a nosotros.
El Ofertorio, es el arresto. La Hora ha llegado…
El Prefacio, es el canto de alabanza y de agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar por fin a esta “Hora”.
Desde el comienzo de la Plegaria Eucarística hasta la Consagración nos encontramos ¡rápidamente! con Jesús en la prisión, en su atroz flagelación, su coronación de espinas y su camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén teniendo presento en el “momento” a todos los que están allí y a todos aquellos por los que pedimos especialmente.
La Consagración nos da el Cuerpo entregado ahora, la Sangre derramada ahora. Es místicamente, la crucifixión del Señor. Y por eso el San Pío de Pietrelcina sufría atrozmente en este momento de la Misa. Nos reunimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante, al Padre, el Sacrificio Redentor. Es el sentido de la oración litúrgica que sigue inmediatamente a la Consagración. El “Por él, con él y en él” corresponde al grito de Jesús: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Desde ese momento el Sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres en adelante ya no están separados de Dios y se vuelven a encontrar unidos. Es la razón por la que, en este momento, se recita la oración de todos los hijos: “Padre Nuestro…..”
La fracción del Pan marca la muerte de Jesús…..
La intinción, el instante en el que el Padre, habiendo quebrado la Hostia (símbolo de la muerte…) deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el Cáliz de la preciosa Sangre, marca el momento de la Resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y es a Cristo vivo a quien vamos a recibir en la comunión.
"La Misa es Cristo en la Cruz, con María y Juan a los pies de la misma y los ángeles en adoración. Lloremos de amor y adoración en esta contemplación" (Padre Pio de Pietrelcina)
30 de marzo
Hijo mio, convéncete de esto: Dios puede rechazar todo en una criatura concebida en pecado y que lleva en sí la impronta indeleble heredada de Adán; pero no puede rechazar de ningún modo el deseo sincero de amarle. Por tanto, si por otros motivos no puedes: estar seguro de su celestial predilección, y si la acogida que prestas a quien te habla en nombre del mismo Dios no te alivia y conforta, lo debes creer al menos por este deseo sincero que tú tienes de amarle.
Te ruego, pues, en nombre de Dios, que no te dejes vencer por ese temor que me manifiestas en tus cartas: es decir, el temor de no amar y no temer a Dios; porque me parece que el enemigo te quiere llevar a engaño. Sé, hijo mío, que nadie puede amar dignamente a su Dios. Pero cuando un alma pone todo lo que está de su parte, y lo hace todo con recta intención, y confia en la divina misericordia, ¿por qué la va a rechazar Jesús? ¿Acaso no es él el que nos ha mandado que amemos a Dios con nuestras fuerzas? Por tanto, si tú has dado y consagrado todo a Dios; si, como consecuencia, buscas llenar tu corazón de sólo Dios; y con una reflexión sincera e incansable vas descubriendo el modo mejor de servirle y amarle, ¿qué motivos tienes para temer? ¿Quizá porque no puedes hacer más? Pero Jesús no te lo pide todavía y, por tanto, no podrá condenarte. El Espíritu de Dios sopla cuando quiere, donde quiere y como quiere. Por otra parte, tú pide a nuestro buen Dios que realice Él mismo aquello que tú no puedes hacer. Di a Jesús: ¿Quieres un amor mayor de mi parte? ¡Yo no tengo más! ¡Dámelo, pues, tu y yo te lo ofreceré! No dudes, Jesús aceptará la ofrenda y tú queda tranquilo.
(29 de marzo de 1918, a fray Emmanuele da San Marco la Catola, Ep IV 424)
Hijo mio, convéncete de esto: Dios puede rechazar todo en una criatura concebida en pecado y que lleva en sí la impronta indeleble heredada de Adán; pero no puede rechazar de ningún modo el deseo sincero de amarle. Por tanto, si por otros motivos no puedes: estar seguro de su celestial predilección, y si la acogida que prestas a quien te habla en nombre del mismo Dios no te alivia y conforta, lo debes creer al menos por este deseo sincero que tú tienes de amarle.
Te ruego, pues, en nombre de Dios, que no te dejes vencer por ese temor que me manifiestas en tus cartas: es decir, el temor de no amar y no temer a Dios; porque me parece que el enemigo te quiere llevar a engaño. Sé, hijo mío, que nadie puede amar dignamente a su Dios. Pero cuando un alma pone todo lo que está de su parte, y lo hace todo con recta intención, y confia en la divina misericordia, ¿por qué la va a rechazar Jesús? ¿Acaso no es él el que nos ha mandado que amemos a Dios con nuestras fuerzas? Por tanto, si tú has dado y consagrado todo a Dios; si, como consecuencia, buscas llenar tu corazón de sólo Dios; y con una reflexión sincera e incansable vas descubriendo el modo mejor de servirle y amarle, ¿qué motivos tienes para temer? ¿Quizá porque no puedes hacer más? Pero Jesús no te lo pide todavía y, por tanto, no podrá condenarte. El Espíritu de Dios sopla cuando quiere, donde quiere y como quiere. Por otra parte, tú pide a nuestro buen Dios que realice Él mismo aquello que tú no puedes hacer. Di a Jesús: ¿Quieres un amor mayor de mi parte? ¡Yo no tengo más! ¡Dámelo, pues, tu y yo te lo ofreceré! No dudes, Jesús aceptará la ofrenda y tú queda tranquilo.
(29 de marzo de 1918, a fray Emmanuele da San Marco la Catola, Ep IV 424)
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