Padre Pio
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Conociendo la vida y obra de San Pío de Petrelcina
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365 DÍAS CON EL PADRE PÍO

7 octubre

El alma que no ama a Dios no se preocupa de Dios, no experimenta en absoluto el temor de no amar a Dios, no se angustia pensando en Dios con el deseo sincero de amarlo; y si por casualidad alguna vez le viene a su mente el pensamiento, la idea de Dios, verás que enseguida, o casi enseguida, aleja la idea de su pensamiento.

Consuélate, te repito, porque, mientras tú temas no amar a Dios, y temas incluso ofenderlo, tú ya lo amas, tú ya no le ofendes de ningún modo. ¡Oh!, ¡quisiera el cielo que todas las almas sintieran el temor que tú sientes, desaparecería de la faz de la tierra la ofensa al Señor! ¡No se vería ya a tantas almas que caminan privadas del amor a Dios! Si fuera así para todas las almas, ¿me creerías?, nosotros perderíamos el concepto de almas privadas del amor a Dios, perderíamos hasta el concepto del pecado en la criatura humana, y todo esto lo contemplaríamos sólo en aquellos espíritus angélicos desgraciados que cayeron y fueron privados de su dignidad.
𝗔𝗻é𝗰𝗱𝗼𝘁𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗣𝗶𝗼   
374. *Experiencia militar*

Al Padre Pío, vistiendo el uniforme militar, se le veía mal vestido y cohibido.Sus superiores militares, viendo su falta de competencia y de entrenamiento, lo destinaron a los trabajos más ingratos y menos deseados.

Fue - como escribe la Sra.  Winowska - centinela, barrendero, tapa agujeros..., el hazmerreír de todos.Pero no era esto lo que le resultaba penoso al Padre, sino la promiscuidad del cuartel y el lenguaje florido de palabrotas, imprecaciones y blasfemias de sus compañeros.

Este lado triste y deplorable de la vida militar, al que quedan sujetas las tropas de reserva, le hacía sufrir atrozmente.Pero Dios tenía sus proyectos, como siempre desconcertantes y saludables.

Consagrados a los pecadores, el Padre Pío debía aprender qué es el pecado, no por medio de los libros sino viéndolo de cerca, monstruosamente desvergonzado, casi un desafío a la justicia infinita. Y en el cuartel no conoce solamente el pecado sino que aprende a amar a los pecadores.

A través del fango que las desfigura,su mirada, afinada por la gracia,descubre las almas inmortales, ligadas al pecado con cadenas tenaces pero hijas de Dios.

En el fuego de la prueba este contemplativo, poco a poco, se hace apóstol. Sus compañeros de armas y sobre todo los oficiales, viendo su dulzura, su extrema humildad y su prodigarse por los heridos y los enfermos, comenzaron a quererlo y también a ser más condescendientes al concederle licencias, persuadidos deque el soldado Forgione, con su delicada salud, no podía vestir más el uniforme militar.

Lo que más impresionaba a los médicos del Hospital Militar era la fiebre alta que tenía, ya que la temperatura casi siempre llegaba, y pasaba a veces, a los 48ºc.

El Padre Dámaso de S. Elia en Pianisi, compañero de estudios del Padre Pío,en sus “Recuerdos sobre Padre Pío”, cuenta:

- “Cuando era soltado en Nápoles decía a los enfermeros: no me pongan el termómetro porque explotará y lo pagarán ustedes pero yo no”.

Y por este motivo los médicos se vieron obligados a usar un termómetro de baño para tomarla temperatura de la fiebre.

Autor: P. Francesco Napolitano 
8 de octubre

Sufrir una prueba no depende en absoluto del alma, y nada se podrá hacer directamente para entrar en ella. Depende exclusivamente de la voluntad de Dios. Lo que te aconsejo es que estés tranquila y que no te preocupes por lo que sucederá. Todo concluirá en gloria de Dios y en santificación del alma.


Además, mantente siempre humilde ante la voluntad infinita del Señor, ensancha siempre tu corazón, agradece sin interrupción al buen Dios los favores que continuamente te otorga, porque no es digno de recibir nuevas gracias el que no sabe agradecer las que ya ha recibido. Y deja libre actuación a la gracia de Dios, buscando siempre su gloria, tu salvación y la de todas las almas; y no te olvides nunca que los favores celestiales se conceden no sólo para la propia santificación, sino también para la santificación de los demás.

(23 de febrero de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 340)
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11 de octubre

A vosotras, mis queridísimas hijas, os digo: vuestra buena voluntad es vuestra viña; la cisterna son las santas inspiraciones de perfección que Dios hace llover desde el cielo; la torre es la santa castidad, que, como se dice de la torre de David, debe ser de marfil; la prensa es la obediencia, que aporta muchos méritos a las acciones que ella exprime; la cerca son vuestros compromisos y vuestras aspiraciones.

Dios, pues, hijas, conserve esta viña que Él ha plantado con su propia mano. Dios

haga que sean cada vez más abundantes las aguas saludables de su gracia en su cisterna. Dios sea siempre el protector de su torre. Dios sea siempre el que hace dar vueltas a la prensa para exprimir el buen vino, y el que tiene cerrada y vigilada esta bella cerca con la que Él ha rodeado esta viña. Él haga que en ella los ángeles sean los viñadores inmortales.
12 de octubre

(1 de mayo de 1918, a las hermanas Ventrella, Ep. III, 585)

Me horroriza, hermana mía, el daño que causa a las almas la privación de la lectura de los libros santos.

Mira cómo se expresan los santos padres cuando exhortan al alma a semejante lectura. San Bernardo, en su escalera claustral, indica que son cuatro los peldaños o los medios por los que se sube a Dios y a la perfección; y dice que son la lectura y la meditación, la oración y la contemplación. Y para probar lo que dice recurre a las palabras del Maestro divino: «Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá»; y, aplicándolas a los cuatro medios o grados de la perfección, dice que con la lectura de la Sagrada Escritura y de los otros libros santos y devotos se busca a Dios, con la meditación se le encuentra; con la oración se llama a su corazón y con la contemplación se entra en el teatro de las bellezas divinas, abierto a la mirada de nuestra mente por la lectura, la meditación y la oración.

La lectura, sigue diciendo en otro lugar el Santo, es como el alimento espiritual dado al paladar del alma; la meditación lo mastica con sus discursos; la oración prueba su sabor; y la contemplación es la misma dulzura de este alimento del espíritu, que conforta plenamente al alma y la consuela. La lectura se detiene en la corteza de lo que se lee; la meditación penetra hasta el meollo; la oración va en su busca con sus preguntas; la contemplación se deleita como en algo que ya se posee.
𝗔𝗻é𝗰𝗱𝗼𝘁𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗣𝗶𝗼   
375. *Sucedió al Padre Pío durante el servicio militar.*

El 30 de noviembre de 1916 lo envían a su casa con “licencia ilimitada”, mientras que de su “hoja de servicio” resultaba solamente una licencia por seis meses.

Pasado este tiempo, el soldado Francisco Forgione faltaba al pasar la lista y fue declarado desertor.

El Brigadier de Carabineros de Pietrelcina - como escribe María Winowska en su libro - recibió la orden de buscar y de enviar a toda costa, con escolta, al individuo llamado Francisco Forgione.

Con la orden en la mano, el Brigadier dio la vuelta al barrio, pero nadie sabía decirle dónde vivía este soldado de la infantería real y desertor; sus investigaciones dieron resultado negativo.

Poco tiempo después, él comunicó al Alto Comando de Nápoles que, a pesar de todos sus esfuerzos, no había encontrado el mínimo rastro de Francisco Forgione.

Pasó el tiempo. El Brigadier creía haberse librado de este desagradable asunto cuando, un buen día, recibe una nueva orden: “¡Intensificar la búsqueda!”.

Lanzando entre dientes adjetivos poco lisonjeros contra sus superiores de Nápoles, partió para efectuar nuevas investigaciones, que hubieran resultado infructuosas si, por casualidad, no hubiese encontrado a la hermana. del Padre Pío.

– “Señora Felícitas   le dice, extrayendo la orden del bolsillo   ¿conoce usted, por casualidad, a este señor, llamado Francisco Forgione?”.

-“¡Claro que lo conozco   replicó Felícitas - es mi hermano!”.

-“¡Cómo!, ¿vuestro hermano? ¿Es, entonces, el Padre Pío?”   exclamó el pobre Brigadier pasmado de asombro. Porque, naturalmente él conocía muy bien al joven capuchino, pero jamás lo habría identificado con el fugitivo y bandido que le habían ordenado buscar.

Informándose del lugar donde vivía, escribió enseguida a los Carabineros de S. Giovanni Rotondo y pidió a su colega que enviara lo antes posible a Nápoles al soldado Francisco Forgione. Entretanto, por un olvido providencial, no precisó su nombre de religioso.

Así, después de que pasaron más de quince días, recibió la respuesta de que el tal Francisco Forgione era desconocido en S. Giovanni Rotondo.

-“¿Cómo desconocido?   exclamó el Brigadier de Pietrelcina  - ¡si me lo ha dicho su propia hermana!”.

Nuevas búsquedas, nuevas investigaciones, nuevos interrogatorios, todo absolutamente infructuoso.

En S. Giovanni Rotondo, ¡ni siquiera se conocía a la familia Forgione!
El Alto Comando de Nápoles comenzaba a impacientarse. Los Carabineros, que sufrían por esto vivos reproches, no sabían dónde meter la cabeza. Al desertor Francisco Forgione era imposible encontrarlo.

Finalmente, un buen día, el Brigadier de S. Giovanni Rotondo golpeó a la puerta del convento de los Capuchinos y confió su problema al fraile portero.

-“¿Cómo? ¿Usted busca a Francisco Forgione? ¡Sí, está aquí, con nosotros! ¡Es el Padre Pío! ...”.
Faltó poco para que el Brigadier cayese desmayado.

-“¿El Padre Pío? ¡Caramba!...”.
Todos lo conocían en el pueblo y lo querían. ¡El Padre Pío, desertor!...

Pero no se podía andar por las ramas. La orden era clara y llena de amenazas.
El Padre Pío, informado de cuanto sucedía, tomó inmediatamente el tren. Apenas llegó a Nápoles se presentó al Capitán, quien arrugó severamente el entrecejo:

-“Soldado Forgione, ¿sabéis que habéis sido declarado desertor?”.
Pero el Padre Pío no se turbó para nada.

 -“¡Pero no, Capitán!, ¡no soy un desertor! Aquí tiene mi permiso que me da de baja; lea: “En licencia por seis meses; después esperar órdenes".

He obedecido, he esperado... La orden no me ha llegado hasta ayer y he venido inmediatamente”.

El Capitán le clavó su mirada en el rostro, estupefacto. “¡Este diablo de hombre tenía razón!”. ¡Y pensar que desde hacía dos meses tantos se habían amargado por culpa suya!

La correspondencia de su caso había terminado por formar un imponente expediente.

-“¡Está bien, está bien!   murmuró el Capitán - puede retirarse!”.
Y así el soldado Francisco Forgione salió del lío con cara de inocente.
Si su buen Ángel Custodio se había divertido en prolongar este... qui pro quo, por razones profundas e inescrutables, no era asunto suyo: él había obedecido!

Terminada la vida militar, hacia mitad de abril de 1918, el Padre Pío va a S. Marcos la Catola y se queda allí un mes, para hablar con su Director Espiritual, Padre Benito, y aclarar algunas dudas que lo atormentaban respecto a la dirección de las almas. Después lo enviaron a S. Giovanni Rotondo, donde permaneció hasta su muerte: cincuenta y dos años seguidos.
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376. *Milagro precedido de su fragancia...*

La señora Josefina Marchetti, de Bolonia, de 24 años de edad, se había fracturado el brazo derecho que, tres años antes, había sido operado a causa de un grave accidente.

Después de una nueva operación, seguida de un largo y penoso tratamiento, el médico cirujano declaró al padre de la joven que ella no recuperaría el uso del brazo, completamente anquilosado a causa de un corte en una parte del omóplato, porque por desgracia un injerto óseo no había dado resultado positivo.

Desolados, padre e hija partieron para S. Giovanni Rotondo. El Padre Pío los recibe, los bendice y declara:
-“Sobre todo, a no desesperarse. Confiad en el Señor. El brazo se curará”.

Estamos a fines de julio de 1930; la enferma regresa a Bolonia sin que se compruebe la más mínima mejoría. Por lo tanto, el Padre Pío se ha equivocado. No se piensa más en el tema y los meses pasan.

El 17 de septiembre, día de la impresión de las Llagas de San Francisco, “de improviso, el departamento de la familia Marchetti es invadido por un delicioso perfume de junquillos y de rosas”.

Esto dura “cerca de un cuarto de hora”, más o menos, con gran estupor de los habitantes de la casa, que en vano buscan el origen de estos efluvios.

Desde aquel día la joven recuperó el uso del brazo. Una radiografía, que ella conserva celosamente, muestra como “hechos de nuevo” el hueso y los cartílagos.
"Huye de la tristeza, porque esta entra en los corazones que están apegados a las cosas del mundo". San Pío de Pietrelcina
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377. *Los ateos, su especialidad...*
El Doctor Francisco Ricciardi era un ateo militante y por algunos años había promovido una campaña difamatoria contra la religión y también contra el Capuchino estigmatizado.

El Padre Pío sabía todo: sufría y callaba. Finalmente llegó la hora de las represalias. Los amigos de Dios tienen su modo de vengarse y he aquí el ejemplo.El Doctor Ricciardi enferma. Sus colegas, los Doctores Giuva, Morcaldi, Mauricelli, Merla y Capuano diagnostican cáncer al estómago.

Demasiado tarde para una operación. Un día corre la noticia de que el Doctor Ricciardi estaba moribundo.
En el pueblo lo querían, aunque era ateo, porque trataba gratuitamente a los pobres y era de corazón generoso.

El arcipreste, Don José Préncipe, se armó de valor y fue a visitarlo. “No quiero sacerdotes” - gritó con rabia el enfermo. Y para hacer más elocuente la repulsa, le tiró una zapatilla a la cara.

Sin perder por esto el coraje, Don José insistió. “Déjeme en paz” - le gritaba el doctor. “Sólo el Padre Pío podría confesarme. Pero le he ofendido demasiado para que él venga. Por otra parte, no puede salir del convento. Por lo tanto, moriré como he vivido. ¡Basta!”.

El Doctor Angel María Merla, también ateo en un tiempo, corre a avisarle al Padre Pío. El Padre va enseguida a la iglesia, toma los Óleos Santos y el Viático, y, caminando con esfuerzo por sus pies heridos, corre junto al doctor.

Afuera, entre tanto, el viento rugía espantosamente y una espesa capa de nieve caía sobre el Padre Pío, que iba muy concentrado en su Dios, escondido en su corazón.

Apenas llegó junto al enfermo, el Padre abrió los brazos con un gran gesto y sonrió como él solo sabía sonreír, con una sonrisa infantil.
El viejo descreído le fijó su mirada en la cara, estupefacto. Su fisonomía se aclaró:

-“Perdóneme, Padre Pío”. El ateo estaba vencido; el ateo inclinó la frente, que antes nunca quiso inclinar, y, juntando las manos, se hizo la señal de la cruz.
Confesado, perdonado y habiendo recibido el Sacramento de la Santa Unción para los enfermos y la Comunión, podía morir tranquilo. Pero “la venganza de los santos” no hubiera sido bastante hermosa y, a ruegos del Padre Pío, Dios decidió otra cosa.

Después de tres días, el doctor se curó. El cáncer desapareció sin dejar el más mínimo rastro. Renovado por dentro y por fuera, el viejo opositor cambió de frente y se puso a combatir a los adversarios del Padre Pío.

Con respecto a las curaciones obtenidas por las oraciones del Padre Pío existe una muy amplia documentación.
“Las tentaciones, el bullicio, las preocupaciones, son las armas de nuestro enemigo. No lo olviden: si hace tanto ruido, es señal de que está afuera y no dentro.“
(San Pio de Pietrelcina)
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