Padre Pio
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Conociendo la vida y obra de San Pío de Petrelcina
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*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
369. Francesco Castelli cita algunos *lemas del Padre Pío* , tras la investigación del Santo Oficio.

• La religión es la única tabla de salvación para el náufrago en el mar tempestuoso de la vida.

• La razón soporta las desgracias, el coraje las combate, la paciencia y la religión las superan.

• Tened siempre un corazón de juez para vosotros mismos, un corazón de hijo para Dios y un corazón de
madre para el prójimo.

• No se escapa del amor propio más que con el amor sincero a Dios.

• Para despreciar el mundo basta con escuchar a la razón, para despreciarse a uno mismo es necesario escuchar a Dios.

• La sabiduría humana nos enseña a celar nuestro orgullo; solo la religión de Cristo lo destruye.

• Quien no se priva de algún placer permitido, se encuentra bien cerca de abandonarse a los prohibidos.

• Los escrúpulos son como los zapatos que impiden caminar cuando son muy estrechos. Despreciadlos.

• Si no mantenemos una verdadera paciencia entre las penas de esta vida, seremos mártires también sin la espada del verdugo.
*Anécdotas de la vida de Padre Pio *

370. *Padre Pio y el Arcàngel san Miguel*


Se trabó una batalla en el cielo:
Miguel y sus ángeles declararon guerra al dragón (Ap 12,7)



El 3 de julio de 1917, el Padre Pío peregrinó a la Gruta del Gárgano para venerar a san Miguel, de quien era devotísimo.

Con anterioridad a esta fecha había experimentado repetidas veces la protección del Arcángel en sus luchas contra Satanás, en Pietrelcina o en el convento de Santa Ana, en Foggia.

Muchas veces había deseado hacer la misma peregrinación que había llevado a cabo, siglos antes, su seráfico Padre san Francisco.

Manifestó este deseo a su superior, el padre Paulino de Casacalenda, y éste, apenas los seminaristas terminaron los exámenes, organizó el viaje al Monte Sant’Angelo en honor del Patrono de la provincia religiosa capuchina de Foggia, tanto para premiar a los colegiales como para complacer al Padre Pío.

La comitiva, formada por el venerado Padre, por Nicolás Perrotti, Vicente Gisolfi, Rachelina Russo y los 14 seminaristas, se dirigió desde San Giovanni Rotondo hacia el Monte Sant’Angelo, a las 3 de la mañana del día señalado.

El Padre Pío hizo a pie un buen trecho del recorrido, pero después, a causa de la enfermedad que padecía, fue obligado a subirse a una carreta.

Cuando despuntaba el sol, caminó algunos pasos a pie para desentumecer las piernas y entonó el santo Rosario, intercalando devotos cantos en honor de la Virgen y de san Miguel.

Al entrar en el santuario, se emocionó profundamente. De repente, al recordar lo que le había sucedido en aquel lugar al Poverello de Asís, que, juzgándose indigno de entrar en la Gruta, se detuvo a la puerta y pasó allí la noche entera ensimismado en oración, se arrodilló y, envuelto en lágrimas, besó con respeto y gran humildad el umbral de la Gruta. Después, y una vez escuchada la explicación del canónigo sacristán, que le mostró la TAU grabada por san Francisco, entró y se postró de rodillas a los pies del altar de san Miguel, en devota y profunda meditación.

Rezó por él, por la provincia religiosa capuchina, por la Iglesia, por la paz en el mundo, por todos sus hermanos de religión y por los soldados expuestos al peligro de la guerra. Todo y a todos encomendó a san Miguel.

De la roca de arriba caían de continuo, fruto de la gran humedad, gruesas gotas de agua. Con gran sorpresa de los seminaristas, que enseguida testimoniaron el singular suceso, el Padre Pío permaneció sin mojarse.

Uno de los colegiales, queriendo hacer una prueba, se colocó junto al venerado Padre, pero muy pronto quedó bañado por el agua.

El Padre Pío permaneció largo rato concentrado en la oración y totalmente ajeno a la realidad.

Desde aquel día su devoción al Príncipe de los ejércitos celestiales experimentó un sensible y fuerte impulso. Cada año hacía una cuaresma de preparación para la fiesta del Arcángel. A las almas que se acercaban a él, el Padre Pío les hablaba siempre del poder de san Miguel. Eran continuas sus invitaciones a dirigirse con confianza a este glorioso Arcángel, sobre todo en las tentaciones.

A los fieles que se acercaban a San Giovanni Rotondo el venerado Padre les animaba a continuar la peregrinación hasta el Monte Sant’Angelo, para venerar a san Miguel en su santuario. Con frecuencia esta invitación era la «penitencia sacramental» que imponía al final de la confesión. Además, si sabía de alguien que iba a marchar al Monte Sant’Angelo, le pedía para sí una oración a san Miguel.


Tomado de *“LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO” * de Gerardo di Flumeri
𝗔𝗻é𝗰𝗱𝗼𝘁𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗣𝗶𝗼
371. *De las gentilezas capuchinas*

Padre Pellegrino estaba sentado en la mesita de su celda, dedicado a escribir el diario evangélico. Nosotros, hoy, diríamos lectio divina personal. Un método enseñado a nosotros por un gran hombre de Dios y discípulo de Padre Pío: padre Federico Carozza (De éste fraile tendremos forma de hablar más difusamente también nosotros, sus estudiantes, sufrimos mucho a causa de su enseñanza, que le valió severas disposiciones por parte de sus autoridades superiores) La reflexión de padre Pellegrino sobre el Evangelio fue interrumpida por un hermano que golpeó la puerta de su celdilla. Debería haber respondido rápidamente: “Ave María”, para decir “adelante”, como se usa entre los Capuchinos, en cambio con tono fuerte y poco cortés, gritó: “No me molesten”.

La puerta se abrió igualmente y apareció Padre Pío con un libro entre las manos. Estaba algo sorprendido por el inesperado recibimiento pero después, sonriente, dijo:

-“Tú eres el monumento a la gentileza franciscana”.

-“Padre, creía fuera otro hermano a golpear la puerta”.

-“He entendido, tú con los hermanos exageras en gentileza, hijo mío”.

En tanto, padre Pellegrino se había puesto de pie, como dictaba la costumbre conventual cuando entraba un hermano en la habitación de otro fraile. Dado, pues, que había solo una silla, no sólo por motivo de la pobreza sino también por el estrecho espacio, Padre Pío se sentó detrás de la mesa, en el lugar de padre Pellegrino. Le presentó, luego, el libro que había elegido en la biblioteca para una buena actualización. La reacción del joven fraile estuvo en sintonía con su carácter decisivo y expeditivo. ¡Rechazó el libro, porque lo consideraba perder tiempo! El Padre lo miró con dulzura y después sentenció:

“Cabezón, tu vas de un exceso al otro: hace cinco minutos querías devorar una montaña de papel y ahora rechazas meditar con calma el pensamiento de los santos”.

Pero, ¿para qué sirve?

“¿Cómo para qué sirve?”, lo regañó con severidad. Después, con una dulzura que envolvía también a padre Pellegrino hasta la sonrisa, dijo:

“Muchacho, cuando te pones en cabeza dura, entre ti y el caballo de fray Corrado no hay ninguna diferencia, y, si hay alguna diferencia, va siempre en ventaja de aquel lindo caballito” (Cf. Pellegrino Funicelli, in Voce di Padre Pio, 1975, aprile, p. 14)


Autor: Fray Marciano Morra
🔴*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
372. *Padre Pio y el ángel custodio*

Nos relata Fray Alessio Parente, capuchino compañero y amigo de Padre Pio:

Es dogma establecido en la Iglesia que cada uno de nosotros reciba en el Bautismo a un ángel que lo acompañe, lo inspire y lo guíe durante toda su vida.
Los ángeles son seres fieles, silenciosos pero elocuentes; son compañeros que nos recuerdan nuestros deberes cristianos con Dios y con el prójimo, son el espejo en el que todos tenemos que reflejar nuestro comportamiento diario, son y seguirán siendo compañeros inseparables de nuestros viajes y testigos mudos de nuestra vida.

La Santa Madre Iglesia ha favorecido su veneración y nos ha preparado para vivir dignificando su presencia. Nos ha enseñado a recurrir a nuestros ángeles de la guarda en las horas tristes de nuestra vida y a abandonarnos en sus brazos, depositando en ellos todo nuestro amor, nuestro afecto, nuestra confianza.

Los ángeles, un don de Dios a los hombres, son también la manifestación tangible de su bondad que, con amor, observa a través de ellos a cada hombre en su camino hacia la eternidad.

Padre Pío hablaba siempre de los ángeles, sobre todo del ángel de la guarda. Al principio yo no lo entendía (todavía no había leído sus escritos). Pero después de constatar que muchas de sus cartas entre él y sus hijos espirituales llegaban y eran enviadas por medio de los ángeles de la guarda, he abierto los ojos y he descubierto a mi lado a mi ángel protector.

Desde entonces siento que me muevo con más seguridad sobre esta tierra. Es verdad, mi ángel y yo no formamos aquella fantástica pareja que constituían Padre Pío y su ángel de la guarda: yo no tengo una misión concreta dentro de la iglesia y mi ángel se adapta a mis humildes funciones de servicio.

Quizás él, mi ángel, no es tan importante como lo era el de Padre Pío, pero nos queremos mucho igualmente. Yo, cada vez que necesito algo, lo envió junto a Padre Pío como me había enseñado a hacer él cuando estaba con vida.
De hecho, él solía decirle a quien no podía venir personalmente a pedirle que rezase por él: «Mándame a tu ángel de la guarda».
Al caer la tarde recordamos el tránsito de Francisco de Asis con esta canción que es su oración:


“Oh Alto y glorioso Dios !
Ilumina las tinieblas de mi corazón, dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta. Sentido (sabiduría) y conocimiento Señor para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.
Amén

https://youtu.be/ABbrXiYkKsQ
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373. Escribe la Sra. María Winowska

“He asistido a muchas Misas del Padre Pío - -, pero no se parecían una a otra. Es cierto que el Padre era rigurosamente fiel a las rúbricas litúrgicas y que sus gestos eran de una sobriedad maravillosa. Pero no menos se notaba que no actuaba solo. Presencias invisibles lo envolvían, lo acompañaban y lo estorbaban. Un viernes lo he visto jadeante, oprimido, como un luchador, tratando en vano, con bruscos movimientos de la cabeza, de alejar un obstáculo que le impedía pronunciar las palabras de la consagración. En resumen, fue como una lucha cuerpo a cuerpo, de la cual salió vencedor pero cansado. Otras veces, desde el “Santo” en adelante, gruesas gotas de sudor le caían de la frente y le inundaban el rostro contraído por los sollozos”.

Del texto del Padre Francesco Napolitano
365 DÍAS CON EL PADRE PÍO

7 octubre

El alma que no ama a Dios no se preocupa de Dios, no experimenta en absoluto el temor de no amar a Dios, no se angustia pensando en Dios con el deseo sincero de amarlo; y si por casualidad alguna vez le viene a su mente el pensamiento, la idea de Dios, verás que enseguida, o casi enseguida, aleja la idea de su pensamiento.

Consuélate, te repito, porque, mientras tú temas no amar a Dios, y temas incluso ofenderlo, tú ya lo amas, tú ya no le ofendes de ningún modo. ¡Oh!, ¡quisiera el cielo que todas las almas sintieran el temor que tú sientes, desaparecería de la faz de la tierra la ofensa al Señor! ¡No se vería ya a tantas almas que caminan privadas del amor a Dios! Si fuera así para todas las almas, ¿me creerías?, nosotros perderíamos el concepto de almas privadas del amor a Dios, perderíamos hasta el concepto del pecado en la criatura humana, y todo esto lo contemplaríamos sólo en aquellos espíritus angélicos desgraciados que cayeron y fueron privados de su dignidad.
𝗔𝗻é𝗰𝗱𝗼𝘁𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗣𝗶𝗼   
374. *Experiencia militar*

Al Padre Pío, vistiendo el uniforme militar, se le veía mal vestido y cohibido.Sus superiores militares, viendo su falta de competencia y de entrenamiento, lo destinaron a los trabajos más ingratos y menos deseados.

Fue - como escribe la Sra.  Winowska - centinela, barrendero, tapa agujeros..., el hazmerreír de todos.Pero no era esto lo que le resultaba penoso al Padre, sino la promiscuidad del cuartel y el lenguaje florido de palabrotas, imprecaciones y blasfemias de sus compañeros.

Este lado triste y deplorable de la vida militar, al que quedan sujetas las tropas de reserva, le hacía sufrir atrozmente.Pero Dios tenía sus proyectos, como siempre desconcertantes y saludables.

Consagrados a los pecadores, el Padre Pío debía aprender qué es el pecado, no por medio de los libros sino viéndolo de cerca, monstruosamente desvergonzado, casi un desafío a la justicia infinita. Y en el cuartel no conoce solamente el pecado sino que aprende a amar a los pecadores.

A través del fango que las desfigura,su mirada, afinada por la gracia,descubre las almas inmortales, ligadas al pecado con cadenas tenaces pero hijas de Dios.

En el fuego de la prueba este contemplativo, poco a poco, se hace apóstol. Sus compañeros de armas y sobre todo los oficiales, viendo su dulzura, su extrema humildad y su prodigarse por los heridos y los enfermos, comenzaron a quererlo y también a ser más condescendientes al concederle licencias, persuadidos deque el soldado Forgione, con su delicada salud, no podía vestir más el uniforme militar.

Lo que más impresionaba a los médicos del Hospital Militar era la fiebre alta que tenía, ya que la temperatura casi siempre llegaba, y pasaba a veces, a los 48ºc.

El Padre Dámaso de S. Elia en Pianisi, compañero de estudios del Padre Pío,en sus “Recuerdos sobre Padre Pío”, cuenta:

- “Cuando era soltado en Nápoles decía a los enfermeros: no me pongan el termómetro porque explotará y lo pagarán ustedes pero yo no”.

Y por este motivo los médicos se vieron obligados a usar un termómetro de baño para tomarla temperatura de la fiebre.

Autor: P. Francesco Napolitano 
8 de octubre

Sufrir una prueba no depende en absoluto del alma, y nada se podrá hacer directamente para entrar en ella. Depende exclusivamente de la voluntad de Dios. Lo que te aconsejo es que estés tranquila y que no te preocupes por lo que sucederá. Todo concluirá en gloria de Dios y en santificación del alma.


Además, mantente siempre humilde ante la voluntad infinita del Señor, ensancha siempre tu corazón, agradece sin interrupción al buen Dios los favores que continuamente te otorga, porque no es digno de recibir nuevas gracias el que no sabe agradecer las que ya ha recibido. Y deja libre actuación a la gracia de Dios, buscando siempre su gloria, tu salvación y la de todas las almas; y no te olvides nunca que los favores celestiales se conceden no sólo para la propia santificación, sino también para la santificación de los demás.

(23 de febrero de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 340)
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11 de octubre

A vosotras, mis queridísimas hijas, os digo: vuestra buena voluntad es vuestra viña; la cisterna son las santas inspiraciones de perfección que Dios hace llover desde el cielo; la torre es la santa castidad, que, como se dice de la torre de David, debe ser de marfil; la prensa es la obediencia, que aporta muchos méritos a las acciones que ella exprime; la cerca son vuestros compromisos y vuestras aspiraciones.

Dios, pues, hijas, conserve esta viña que Él ha plantado con su propia mano. Dios

haga que sean cada vez más abundantes las aguas saludables de su gracia en su cisterna. Dios sea siempre el protector de su torre. Dios sea siempre el que hace dar vueltas a la prensa para exprimir el buen vino, y el que tiene cerrada y vigilada esta bella cerca con la que Él ha rodeado esta viña. Él haga que en ella los ángeles sean los viñadores inmortales.
12 de octubre

(1 de mayo de 1918, a las hermanas Ventrella, Ep. III, 585)

Me horroriza, hermana mía, el daño que causa a las almas la privación de la lectura de los libros santos.

Mira cómo se expresan los santos padres cuando exhortan al alma a semejante lectura. San Bernardo, en su escalera claustral, indica que son cuatro los peldaños o los medios por los que se sube a Dios y a la perfección; y dice que son la lectura y la meditación, la oración y la contemplación. Y para probar lo que dice recurre a las palabras del Maestro divino: «Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá»; y, aplicándolas a los cuatro medios o grados de la perfección, dice que con la lectura de la Sagrada Escritura y de los otros libros santos y devotos se busca a Dios, con la meditación se le encuentra; con la oración se llama a su corazón y con la contemplación se entra en el teatro de las bellezas divinas, abierto a la mirada de nuestra mente por la lectura, la meditación y la oración.

La lectura, sigue diciendo en otro lugar el Santo, es como el alimento espiritual dado al paladar del alma; la meditación lo mastica con sus discursos; la oración prueba su sabor; y la contemplación es la misma dulzura de este alimento del espíritu, que conforta plenamente al alma y la consuela. La lectura se detiene en la corteza de lo que se lee; la meditación penetra hasta el meollo; la oración va en su busca con sus preguntas; la contemplación se deleita como en algo que ya se posee.
𝗔𝗻é𝗰𝗱𝗼𝘁𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗣𝗶𝗼   
375. *Sucedió al Padre Pío durante el servicio militar.*

El 30 de noviembre de 1916 lo envían a su casa con “licencia ilimitada”, mientras que de su “hoja de servicio” resultaba solamente una licencia por seis meses.

Pasado este tiempo, el soldado Francisco Forgione faltaba al pasar la lista y fue declarado desertor.

El Brigadier de Carabineros de Pietrelcina - como escribe María Winowska en su libro - recibió la orden de buscar y de enviar a toda costa, con escolta, al individuo llamado Francisco Forgione.

Con la orden en la mano, el Brigadier dio la vuelta al barrio, pero nadie sabía decirle dónde vivía este soldado de la infantería real y desertor; sus investigaciones dieron resultado negativo.

Poco tiempo después, él comunicó al Alto Comando de Nápoles que, a pesar de todos sus esfuerzos, no había encontrado el mínimo rastro de Francisco Forgione.

Pasó el tiempo. El Brigadier creía haberse librado de este desagradable asunto cuando, un buen día, recibe una nueva orden: “¡Intensificar la búsqueda!”.

Lanzando entre dientes adjetivos poco lisonjeros contra sus superiores de Nápoles, partió para efectuar nuevas investigaciones, que hubieran resultado infructuosas si, por casualidad, no hubiese encontrado a la hermana. del Padre Pío.

– “Señora Felícitas   le dice, extrayendo la orden del bolsillo   ¿conoce usted, por casualidad, a este señor, llamado Francisco Forgione?”.

-“¡Claro que lo conozco   replicó Felícitas - es mi hermano!”.

-“¡Cómo!, ¿vuestro hermano? ¿Es, entonces, el Padre Pío?”   exclamó el pobre Brigadier pasmado de asombro. Porque, naturalmente él conocía muy bien al joven capuchino, pero jamás lo habría identificado con el fugitivo y bandido que le habían ordenado buscar.

Informándose del lugar donde vivía, escribió enseguida a los Carabineros de S. Giovanni Rotondo y pidió a su colega que enviara lo antes posible a Nápoles al soldado Francisco Forgione. Entretanto, por un olvido providencial, no precisó su nombre de religioso.

Así, después de que pasaron más de quince días, recibió la respuesta de que el tal Francisco Forgione era desconocido en S. Giovanni Rotondo.

-“¿Cómo desconocido?   exclamó el Brigadier de Pietrelcina  - ¡si me lo ha dicho su propia hermana!”.

Nuevas búsquedas, nuevas investigaciones, nuevos interrogatorios, todo absolutamente infructuoso.

En S. Giovanni Rotondo, ¡ni siquiera se conocía a la familia Forgione!
El Alto Comando de Nápoles comenzaba a impacientarse. Los Carabineros, que sufrían por esto vivos reproches, no sabían dónde meter la cabeza. Al desertor Francisco Forgione era imposible encontrarlo.

Finalmente, un buen día, el Brigadier de S. Giovanni Rotondo golpeó a la puerta del convento de los Capuchinos y confió su problema al fraile portero.

-“¿Cómo? ¿Usted busca a Francisco Forgione? ¡Sí, está aquí, con nosotros! ¡Es el Padre Pío! ...”.
Faltó poco para que el Brigadier cayese desmayado.

-“¿El Padre Pío? ¡Caramba!...”.
Todos lo conocían en el pueblo y lo querían. ¡El Padre Pío, desertor!...

Pero no se podía andar por las ramas. La orden era clara y llena de amenazas.
El Padre Pío, informado de cuanto sucedía, tomó inmediatamente el tren. Apenas llegó a Nápoles se presentó al Capitán, quien arrugó severamente el entrecejo:

-“Soldado Forgione, ¿sabéis que habéis sido declarado desertor?”.
Pero el Padre Pío no se turbó para nada.

 -“¡Pero no, Capitán!, ¡no soy un desertor! Aquí tiene mi permiso que me da de baja; lea: “En licencia por seis meses; después esperar órdenes".

He obedecido, he esperado... La orden no me ha llegado hasta ayer y he venido inmediatamente”.

El Capitán le clavó su mirada en el rostro, estupefacto. “¡Este diablo de hombre tenía razón!”. ¡Y pensar que desde hacía dos meses tantos se habían amargado por culpa suya!

La correspondencia de su caso había terminado por formar un imponente expediente.

-“¡Está bien, está bien!   murmuró el Capitán - puede retirarse!”.
Y así el soldado Francisco Forgione salió del lío con cara de inocente.
Si su buen Ángel Custodio se había divertido en prolongar este... qui pro quo, por razones profundas e inescrutables, no era asunto suyo: él había obedecido!

Terminada la vida militar, hacia mitad de abril de 1918, el Padre Pío va a S. Marcos la Catola y se queda allí un mes, para hablar con su Director Espiritual, Padre Benito, y aclarar algunas dudas que lo atormentaban respecto a la dirección de las almas. Después lo enviaron a S. Giovanni Rotondo, donde permaneció hasta su muerte: cincuenta y dos años seguidos.
𝗔𝗻é𝗰𝗱𝗼𝘁𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗣𝗮𝗱𝗿𝗲 𝗣𝗶𝗼   
376. *Milagro precedido de su fragancia...*

La señora Josefina Marchetti, de Bolonia, de 24 años de edad, se había fracturado el brazo derecho que, tres años antes, había sido operado a causa de un grave accidente.

Después de una nueva operación, seguida de un largo y penoso tratamiento, el médico cirujano declaró al padre de la joven que ella no recuperaría el uso del brazo, completamente anquilosado a causa de un corte en una parte del omóplato, porque por desgracia un injerto óseo no había dado resultado positivo.

Desolados, padre e hija partieron para S. Giovanni Rotondo. El Padre Pío los recibe, los bendice y declara:
-“Sobre todo, a no desesperarse. Confiad en el Señor. El brazo se curará”.

Estamos a fines de julio de 1930; la enferma regresa a Bolonia sin que se compruebe la más mínima mejoría. Por lo tanto, el Padre Pío se ha equivocado. No se piensa más en el tema y los meses pasan.

El 17 de septiembre, día de la impresión de las Llagas de San Francisco, “de improviso, el departamento de la familia Marchetti es invadido por un delicioso perfume de junquillos y de rosas”.

Esto dura “cerca de un cuarto de hora”, más o menos, con gran estupor de los habitantes de la casa, que en vano buscan el origen de estos efluvios.

Desde aquel día la joven recuperó el uso del brazo. Una radiografía, que ella conserva celosamente, muestra como “hechos de nuevo” el hueso y los cartílagos.
"Huye de la tristeza, porque esta entra en los corazones que están apegados a las cosas del mundo". San Pío de Pietrelcina