*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
342. *PADRE PÍO : un regalo para el mundo*
A un siglo egoista, Dios ha entregado un corazón sacerdotal que se abre a las
almas, haciéndose su servidor en el secreto del confesionario.
A un mundo que ha perdido la noción de pecado, Dios ha entregado a Padre Pío
con la mano levantada para reconciliar a los hijos pródigos con su Padre.
A una época orgullosa, le ha hablado de silencio; a una época afanosa por tener
más, le ha mostrado la serenidad del pobre.
A una época alérgica a la Cruz, le ha mostrado a un hombre crucificado, a un
hombre que ha penetrado en cuerpo y alma en el torbellino de la Pasión.
A un mundo autosuficiente por sus seguridades, la Providencia le presenta un
místico que pide luz a sus directores espirituales, a los que obedece ciegamente, por reconocer en si mismo, los límites, la mediocridad, la inseguridad.
A una época lanzada al dinamismo, al apostolado con todos los medios, al
activismo exagerado que, por ser epidérmico, resulta estéril, Padre Pío ha propuesto la
elección de la mejor parte: dar testimonio del Evangelio con su vida.
A un mundo que ya no sabe encontrar la alegría de la oración, Dios le ha dado una
señal orante: el fraile del Gargano, organizador de los grupos de oración.
Al mundo progresista, que se ríe se las prácticas de devoción, Dios le ha dado al
Padre Pío, que desgrana las cuentas del rosario, una y otra vez, que practica el Via
Crucis, que se detiene ante una imagen sagrada, que se arrodilla delante de un altar.
A un mundo que niega la existencia del diablo, le ha dado Padre Pío una prueba
aterradora de su existencia y de su acción. Irrumpió contra él, intentando destruirlo, con
calumnias, sugestiones, persecuciones, dudas, tentaciones, no lo consiguió.
A los hombres que no saben mirar a la Iglesia, como a la mano del Cristo Maestro que quiere guiar a la verdad; la Providencia ha mostrado en el Padre Pío, al hombre
humilde, que mira a la Iglesia y la ama como a su madre, hasta en los períodos más
borrascosos de su vida, hasta cuando le restringe el poder sacerdotal, superando
mezquinos pareceres de hombres, de métodos, de estructuras.
342. *PADRE PÍO : un regalo para el mundo*
A un siglo egoista, Dios ha entregado un corazón sacerdotal que se abre a las
almas, haciéndose su servidor en el secreto del confesionario.
A un mundo que ha perdido la noción de pecado, Dios ha entregado a Padre Pío
con la mano levantada para reconciliar a los hijos pródigos con su Padre.
A una época orgullosa, le ha hablado de silencio; a una época afanosa por tener
más, le ha mostrado la serenidad del pobre.
A una época alérgica a la Cruz, le ha mostrado a un hombre crucificado, a un
hombre que ha penetrado en cuerpo y alma en el torbellino de la Pasión.
A un mundo autosuficiente por sus seguridades, la Providencia le presenta un
místico que pide luz a sus directores espirituales, a los que obedece ciegamente, por reconocer en si mismo, los límites, la mediocridad, la inseguridad.
A una época lanzada al dinamismo, al apostolado con todos los medios, al
activismo exagerado que, por ser epidérmico, resulta estéril, Padre Pío ha propuesto la
elección de la mejor parte: dar testimonio del Evangelio con su vida.
A un mundo que ya no sabe encontrar la alegría de la oración, Dios le ha dado una
señal orante: el fraile del Gargano, organizador de los grupos de oración.
Al mundo progresista, que se ríe se las prácticas de devoción, Dios le ha dado al
Padre Pío, que desgrana las cuentas del rosario, una y otra vez, que practica el Via
Crucis, que se detiene ante una imagen sagrada, que se arrodilla delante de un altar.
A un mundo que niega la existencia del diablo, le ha dado Padre Pío una prueba
aterradora de su existencia y de su acción. Irrumpió contra él, intentando destruirlo, con
calumnias, sugestiones, persecuciones, dudas, tentaciones, no lo consiguió.
A los hombres que no saben mirar a la Iglesia, como a la mano del Cristo Maestro que quiere guiar a la verdad; la Providencia ha mostrado en el Padre Pío, al hombre
humilde, que mira a la Iglesia y la ama como a su madre, hasta en los períodos más
borrascosos de su vida, hasta cuando le restringe el poder sacerdotal, superando
mezquinos pareceres de hombres, de métodos, de estructuras.
Anécdotas de la vida de Padre Pio
345. Un día como hoy ... hacia San Giovanni Rotondo.
Nos ubicamos a fines de julio de 1916. Habían transcurrido seis meses desde que el padre Pío vino a Foggia a asistir, para bien morir, a donña Raffaelina Cerase.
Continuaban haciendo presa de él las enfermedades misteriosas de siempre y aquellos sufrimientos especiales suyos, que lo dejaban totalmente extenuado.
Foggia está aproximadamente a una altitud de sesenta metros sobre el nivel del mar, y el verano allí, y más en aquel convento mal acondicionado, resultaba extremadamente caluroso y molesto.
El padre Paulino de Casacalenda, Superior del convento de San Giovanni Rotondo, vino a predicar la novena de Santa Ana en Foggia, y nos cuenta de la siguiente forma la situación apremiante en la que se encontró con el padre Pío:
“No encontraba sosiego en ninguna parte, ora estuviera en su habitación, ora saliera un momento a sentarse junto al balcón de aquel viejo palacio, adaptado para convento; después de comer, descansaba un poco sobre un diván que había en la celda del padre Provincial. Se apreciaba claramente que el padre era presa de grandes sufrimientos y no lograba proporcionar el más ligero alivio a aquel pobre cuerpo, demacrado, víctima de no se sabe cuántas calamidades”.
-“¿Por qué no vienes conmigo, aunque sea nada más que algunos días, a San Giovanni Rotondo, para ver cómo te prueba aquello?”.
Y el padre Pío, meneando la cabeza, me respondió: - “¿Y el padre Provincial? ¿Qué diría el padre Provincial si voy sin obediencia con Ud.? ¿Qué quiere que diga?”.
- “Ya sabes tú, le respondí, que para unos pocos días en otro convento, y más si éste es limítrofe, no hace falta la obediencia del padre Provincial; basta con la del padre Guardián. ¡Anda! ¡Decídete de una vez y ven conmigo para unos pocos días! Yo te acompañaré a la ida y a la vuelta”.
Se dejó convencer y, al atardecer del día 28 de julio de 1916, llegaba por vez primera el padre Pío al convento de San Giovanni Rotondo. Los pocos días que allí pasó fueron provechosísimos para su salud.
“Respiraba a pleno pulmón el aire puro de las montañas próximas, y ni sentía ya la somnolencia y pesadez que tanto le abrumaban en el calor de Foggia”.
“Empezó a descansar bastante bien en las horas de retiro de la comunidad; le vino un poco de apetito, de manera que era patente a todos la recuperación de fuerzas del padre Pío”.
Continúa el padre Paolino:
“Pero el diablo no cesaba de hacerle sus acostumbradas visitas y de atormentarle atrozmente todas las noches. Me daba yo cuenta perfecta de ello, cuando le visitaba en aquellas horas fatales”.
“Lo encontraba bañado en un sudor tan abundante que dejaba empapada totalmente la camiseta, como lo podía observar cuando le ayudaba a cambiarse. Pero ante tan visible recuperación, estaba yo contentísimo de haberle inducido a venirse conmigo ”.
Sólo ocho días estuvo en San Giovanni Rotondo por no disponer de permiso para permanecer allí más tiempo; la experiencia fue magnífica. Pero debió volver a respirar otra vez el aire pesado de Foggia y a sentir de nuevo los efectos de una fiebre “que le iba extenuando poco a poco”. Ante esta situación, se decidió el padre Pío a escribir al padre Provincial:
“Vengo a pedirle una caridad, y tanto más se la pido cuanto Jesús me incita a ello. Me dice Él que es preciso aliviar un poco mi físico a fin de estar preparado para otras pruebas, a las cuales Él quiere someterme ”.
El padre Provincial condescendió; es notable que, durante este breve período de tiempo, en los meses de agosto y septiembre, se escribieran entre directores y dirigido nada menos que veinte cartas.
El alma del padre Pío estaba desorientada; pasaba por una crisis intensísima; estaba madurándose místicamente.
Para penetrar un poco en su estado de ánimo puede servir el párrafo de esta carta, escrita el 15 de agosto de 1916:
345. Un día como hoy ... hacia San Giovanni Rotondo.
Nos ubicamos a fines de julio de 1916. Habían transcurrido seis meses desde que el padre Pío vino a Foggia a asistir, para bien morir, a donña Raffaelina Cerase.
Continuaban haciendo presa de él las enfermedades misteriosas de siempre y aquellos sufrimientos especiales suyos, que lo dejaban totalmente extenuado.
Foggia está aproximadamente a una altitud de sesenta metros sobre el nivel del mar, y el verano allí, y más en aquel convento mal acondicionado, resultaba extremadamente caluroso y molesto.
El padre Paulino de Casacalenda, Superior del convento de San Giovanni Rotondo, vino a predicar la novena de Santa Ana en Foggia, y nos cuenta de la siguiente forma la situación apremiante en la que se encontró con el padre Pío:
“No encontraba sosiego en ninguna parte, ora estuviera en su habitación, ora saliera un momento a sentarse junto al balcón de aquel viejo palacio, adaptado para convento; después de comer, descansaba un poco sobre un diván que había en la celda del padre Provincial. Se apreciaba claramente que el padre era presa de grandes sufrimientos y no lograba proporcionar el más ligero alivio a aquel pobre cuerpo, demacrado, víctima de no se sabe cuántas calamidades”.
-“¿Por qué no vienes conmigo, aunque sea nada más que algunos días, a San Giovanni Rotondo, para ver cómo te prueba aquello?”.
Y el padre Pío, meneando la cabeza, me respondió: - “¿Y el padre Provincial? ¿Qué diría el padre Provincial si voy sin obediencia con Ud.? ¿Qué quiere que diga?”.
- “Ya sabes tú, le respondí, que para unos pocos días en otro convento, y más si éste es limítrofe, no hace falta la obediencia del padre Provincial; basta con la del padre Guardián. ¡Anda! ¡Decídete de una vez y ven conmigo para unos pocos días! Yo te acompañaré a la ida y a la vuelta”.
Se dejó convencer y, al atardecer del día 28 de julio de 1916, llegaba por vez primera el padre Pío al convento de San Giovanni Rotondo. Los pocos días que allí pasó fueron provechosísimos para su salud.
“Respiraba a pleno pulmón el aire puro de las montañas próximas, y ni sentía ya la somnolencia y pesadez que tanto le abrumaban en el calor de Foggia”.
“Empezó a descansar bastante bien en las horas de retiro de la comunidad; le vino un poco de apetito, de manera que era patente a todos la recuperación de fuerzas del padre Pío”.
Continúa el padre Paolino:
“Pero el diablo no cesaba de hacerle sus acostumbradas visitas y de atormentarle atrozmente todas las noches. Me daba yo cuenta perfecta de ello, cuando le visitaba en aquellas horas fatales”.
“Lo encontraba bañado en un sudor tan abundante que dejaba empapada totalmente la camiseta, como lo podía observar cuando le ayudaba a cambiarse. Pero ante tan visible recuperación, estaba yo contentísimo de haberle inducido a venirse conmigo ”.
Sólo ocho días estuvo en San Giovanni Rotondo por no disponer de permiso para permanecer allí más tiempo; la experiencia fue magnífica. Pero debió volver a respirar otra vez el aire pesado de Foggia y a sentir de nuevo los efectos de una fiebre “que le iba extenuando poco a poco”. Ante esta situación, se decidió el padre Pío a escribir al padre Provincial:
“Vengo a pedirle una caridad, y tanto más se la pido cuanto Jesús me incita a ello. Me dice Él que es preciso aliviar un poco mi físico a fin de estar preparado para otras pruebas, a las cuales Él quiere someterme ”.
El padre Provincial condescendió; es notable que, durante este breve período de tiempo, en los meses de agosto y septiembre, se escribieran entre directores y dirigido nada menos que veinte cartas.
El alma del padre Pío estaba desorientada; pasaba por una crisis intensísima; estaba madurándose místicamente.
Para penetrar un poco en su estado de ánimo puede servir el párrafo de esta carta, escrita el 15 de agosto de 1916:
“¿Qué os voy a decir de mí? ¡Soy un misterio para mí mismo! Y si me sostengo en estos momentos en pie y no he perdido la cabeza, es porque Dios ha reservado la última y más segura palabra a la autoridad, y porque no hay norma en este mundo más segura y más fiel que el querer y el deseo del superior. A esta autoridad me confío como el niño a los brazos de su madre, y espero y confío en Dios de no caminar equivocado aun cuando mi propio sentimiento quiera hacerme creer que cualquier cosa es posible ”.
En carta del 11 de septiembre escribe:
“Sólo veo con claridad, si es que en algún caso puedo comprender qué significa en su viva realidad este término, sólo veo mi nulidad total de una parte, y, de la otra, la bondad y grandeza de Dios. Veo a Dios en mí mismo y esta visión, lejos de apagar el ansia que tengo de Él, aumenta más y más mi deseo de poseerlo. Veo a Dios envuelto en la más densa obscuridad, obscuridad que va creciendo sin límites a medida que van pasando los días. ¡Ay de mí! ¡Cuándo llegará el momento en el que mis ojos se sientan inundados de luz! ¡Cuándo brillará en mí este sol divino!”.
“¡Si pudiera, al menos, saber que todo esto ha de redundar para la gloria de Dios...! ¡Si lograra estar seguro de esto, hasta el mismo infierno que padeciera en la tierra, me habría de resultar dulce! ”.
Dios lo iba preparando, poco a poco, para realizar la Gran Obra que tenía proyectada sobre él; es significativa la breve nota que incluyera el padre Paolino en una de las cartas que el padre Pío dirigía al padre Agustín:
“Aquí todos estamos bien: imagínate de cuánta ayuda nos sirve la presencia del padre Pío. También él se siente contento con nosotros, del aire que respira, del convento, de la tranquilidad que nos rodea, de la soledad, de todo. Si exceptuáramos las tribulaciones internas con las que el Señor quiere probarle, podría decirse que se encuentra feliz; pero lo que más cuenta es que nosotros nos encontramos bien con él ”.
Fuente: Pio de Pietrelcina místico y apóstol
Autor: L Saez de Ocáriz
En carta del 11 de septiembre escribe:
“Sólo veo con claridad, si es que en algún caso puedo comprender qué significa en su viva realidad este término, sólo veo mi nulidad total de una parte, y, de la otra, la bondad y grandeza de Dios. Veo a Dios en mí mismo y esta visión, lejos de apagar el ansia que tengo de Él, aumenta más y más mi deseo de poseerlo. Veo a Dios envuelto en la más densa obscuridad, obscuridad que va creciendo sin límites a medida que van pasando los días. ¡Ay de mí! ¡Cuándo llegará el momento en el que mis ojos se sientan inundados de luz! ¡Cuándo brillará en mí este sol divino!”.
“¡Si pudiera, al menos, saber que todo esto ha de redundar para la gloria de Dios...! ¡Si lograra estar seguro de esto, hasta el mismo infierno que padeciera en la tierra, me habría de resultar dulce! ”.
Dios lo iba preparando, poco a poco, para realizar la Gran Obra que tenía proyectada sobre él; es significativa la breve nota que incluyera el padre Paolino en una de las cartas que el padre Pío dirigía al padre Agustín:
“Aquí todos estamos bien: imagínate de cuánta ayuda nos sirve la presencia del padre Pío. También él se siente contento con nosotros, del aire que respira, del convento, de la tranquilidad que nos rodea, de la soledad, de todo. Si exceptuáramos las tribulaciones internas con las que el Señor quiere probarle, podría decirse que se encuentra feliz; pero lo que más cuenta es que nosotros nos encontramos bien con él ”.
Fuente: Pio de Pietrelcina místico y apóstol
Autor: L Saez de Ocáriz
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*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
346. Cómo veía el padre Pío su propia vida de oración.
Las cartas de dirección espiritual de la primera época de su vida son interesantísimas a este respecto, e indican todas ellas que el padre Pío vivía endiosado, dominado totalmente al pensar en el Padre Celestial y en Cristo Jesús, sobre todo bajo el aspecto de “El Varón de dolores”, del Sumo Sacerdote, del gran Expiador, del Mediador entre el Padre y los hombres; también se sentía fuertemente apremiado por la cercanía de sus prójimos, hijos de Dios y hermanos en Cristo.
Oigamos algunas de estas expresiones espontáneas del corazón del padre Pío:
- “Vengamos ahora a lo que a mí se refiere.
Confieso ante todo que es para mí una gran desgracia no saber expresar o no poder sacar fuera de mí todo ese volcán que me abrasa y que Jesús ha encendido en mi corazón, tan ruin y tan pequeño”.
”Todo se compendia en esto: me siento devorado por el amor a Dios y por el amor a mis prójimos. Dios está, para mí, fijo en mi mente e impreso en mi corazón. Nunca lo pierdo de vista; admiro su belleza, sus sonrisas, sus enturbamientos, sus misericordias, sus venganzas, o mejor, los rigores de su justicia”.
- ¿Y de los hermanos qué? ¡Ay de mí! ¡Cuántas veces, por no decir siempre, me toca exclamar ante Dios, juez inapelable, como lo hacía Moisés: ‘¡O perdonas a tu pueblo o bórrame del libro de la vida! ’.
- “¡Cuántas ofensas recibe Jesús de los hombres! ¡Siento como si se me congelara la sangre, al considerar tanto amor de parte de Jesús y tan mal correspondido como es por parte de los hombres!”
“Se diría que Jesús no toma en consideración para nada el odio que los hombres sienten contra Él. ¡Cuántas veces levanto mi voz al Padre Celestial, recordándole que, por la mansedumbre de Jesús y por la reverencia que siento hacia tan adorable persona, o ponga término al mundo o acabe de una vez con tanta iniquidad! ¡Él es omnipotente y puede hacerlo! ”.
- “Apenas me pongo a orar, al momento siento el corazón como encendido de una llama del más vivo amor; esta llama nada tiene que ver con los ardores y llamas de este bajo mundo; es una llama tan delicada, tan dulce y tan deliciosa, que el espíritu encuentra en ella toda complacencia; encuentra una saciedad tan plena que hace olvidar toda apetencia terrenal”.
”¡Oh Dios! ¡Todo esto es para mí cosa tan maravillosa que no acabaré de comprenderlo si no es en la Patria Celestial! ”.
Las formas de oración del padre Pío variaban extraordinariamente según los estados psicológicos o místicos por los que pasaba: en unas ocasiones lo encontramos sumido en ardores y elevaciones místicas sublimes, incomprensibles; en otras, y era lo ordinario, lo vemos envuelto en perplejidades, oscuridades, temores, tales que, como dice el mismo padre Pío, “le resecan la garganta” (“Mi fa disseccare la gola”).
Solía exclamar espantado:
- “El cielo se ha cerrado para mí. ¡Oh, qué amarguras aporta todo esto para la voluntad, para la memoria, para el entendimiento! Pero, diciendo la simple y pura verdad, el alma rodeada de estas penas, más terribles que la misma muerte, no quiere que cesen ni un momento. Es un misterio que no puedo comprender y mucho menos dar a conocer. Estoy en la plena y máxima certeza de que mi voluntad ama a este tiernísimo Esposo y que, después de la Sagrada Escritura, no tengo ninguna otra cosa tan cierta y tan segura como ésta ”.
En cierta ocasión, un dirigido suyo hizo al padre Pío esta pregunta:
- “¡Padre! ¿Agradarán más a Dios las oraciones de los santos que están en el cielo, o las de los hombres que peregrinamos en la tierra?”.
- “Yo creo, responde el padre Pío, que la oración del hombre peregrino puede agradar tanto o más a Dios como la de los bienaventurados en el cielo; porque los hombres, al impulso de sus oraciones ordinarias, pueden añadir ‘el gemido’ (‘il gemito’), el ansia, el sufrimiento que no pueden tener los santos del cielo ”.
¡Qué duda cabe de que esta respuesta la dio pensando muy de cerca en lo que le ocurría a él mismo en su duro peregrinar sobre la tierra!
346. Cómo veía el padre Pío su propia vida de oración.
Las cartas de dirección espiritual de la primera época de su vida son interesantísimas a este respecto, e indican todas ellas que el padre Pío vivía endiosado, dominado totalmente al pensar en el Padre Celestial y en Cristo Jesús, sobre todo bajo el aspecto de “El Varón de dolores”, del Sumo Sacerdote, del gran Expiador, del Mediador entre el Padre y los hombres; también se sentía fuertemente apremiado por la cercanía de sus prójimos, hijos de Dios y hermanos en Cristo.
Oigamos algunas de estas expresiones espontáneas del corazón del padre Pío:
- “Vengamos ahora a lo que a mí se refiere.
Confieso ante todo que es para mí una gran desgracia no saber expresar o no poder sacar fuera de mí todo ese volcán que me abrasa y que Jesús ha encendido en mi corazón, tan ruin y tan pequeño”.
”Todo se compendia en esto: me siento devorado por el amor a Dios y por el amor a mis prójimos. Dios está, para mí, fijo en mi mente e impreso en mi corazón. Nunca lo pierdo de vista; admiro su belleza, sus sonrisas, sus enturbamientos, sus misericordias, sus venganzas, o mejor, los rigores de su justicia”.
- ¿Y de los hermanos qué? ¡Ay de mí! ¡Cuántas veces, por no decir siempre, me toca exclamar ante Dios, juez inapelable, como lo hacía Moisés: ‘¡O perdonas a tu pueblo o bórrame del libro de la vida! ’.
- “¡Cuántas ofensas recibe Jesús de los hombres! ¡Siento como si se me congelara la sangre, al considerar tanto amor de parte de Jesús y tan mal correspondido como es por parte de los hombres!”
“Se diría que Jesús no toma en consideración para nada el odio que los hombres sienten contra Él. ¡Cuántas veces levanto mi voz al Padre Celestial, recordándole que, por la mansedumbre de Jesús y por la reverencia que siento hacia tan adorable persona, o ponga término al mundo o acabe de una vez con tanta iniquidad! ¡Él es omnipotente y puede hacerlo! ”.
- “Apenas me pongo a orar, al momento siento el corazón como encendido de una llama del más vivo amor; esta llama nada tiene que ver con los ardores y llamas de este bajo mundo; es una llama tan delicada, tan dulce y tan deliciosa, que el espíritu encuentra en ella toda complacencia; encuentra una saciedad tan plena que hace olvidar toda apetencia terrenal”.
”¡Oh Dios! ¡Todo esto es para mí cosa tan maravillosa que no acabaré de comprenderlo si no es en la Patria Celestial! ”.
Las formas de oración del padre Pío variaban extraordinariamente según los estados psicológicos o místicos por los que pasaba: en unas ocasiones lo encontramos sumido en ardores y elevaciones místicas sublimes, incomprensibles; en otras, y era lo ordinario, lo vemos envuelto en perplejidades, oscuridades, temores, tales que, como dice el mismo padre Pío, “le resecan la garganta” (“Mi fa disseccare la gola”).
Solía exclamar espantado:
- “El cielo se ha cerrado para mí. ¡Oh, qué amarguras aporta todo esto para la voluntad, para la memoria, para el entendimiento! Pero, diciendo la simple y pura verdad, el alma rodeada de estas penas, más terribles que la misma muerte, no quiere que cesen ni un momento. Es un misterio que no puedo comprender y mucho menos dar a conocer. Estoy en la plena y máxima certeza de que mi voluntad ama a este tiernísimo Esposo y que, después de la Sagrada Escritura, no tengo ninguna otra cosa tan cierta y tan segura como ésta ”.
En cierta ocasión, un dirigido suyo hizo al padre Pío esta pregunta:
- “¡Padre! ¿Agradarán más a Dios las oraciones de los santos que están en el cielo, o las de los hombres que peregrinamos en la tierra?”.
- “Yo creo, responde el padre Pío, que la oración del hombre peregrino puede agradar tanto o más a Dios como la de los bienaventurados en el cielo; porque los hombres, al impulso de sus oraciones ordinarias, pueden añadir ‘el gemido’ (‘il gemito’), el ansia, el sufrimiento que no pueden tener los santos del cielo ”.
¡Qué duda cabe de que esta respuesta la dio pensando muy de cerca en lo que le ocurría a él mismo en su duro peregrinar sobre la tierra!
*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
352. *Los secretos del Rey*
Por Luciano Lotti
Poco después de la estigmatización tuvo lugar una situación entre el Padre Pío y uno de sus hermanos frailes, es él mismo quien lo cuenta.
El padre Nazareno, como lo llamaban, había sido el guardián de Foggia durante los meses de la estancia del padre Pío, por lo que, al enterarse de la estigmatización, fue a San Giovanni Rotondo y pidió ver los estigmas.
El Padre Pío respondió inmediatamente con el texto de Tobías: "Bonum est donum Regis abscgere", ("Es apropiado ocultar los dones del Rey").
Pero no se rindió: “Deja la Escritura”. le dijo. ¿Dónde estudiaste las Escrituras? ¿No sabéis que San Francisco, premiado con los sagrados estigmas, los mostró a los discípulos para dar gloria a Dios ?».
Piuccio - continúa la historia - se convenció, abrió el vestido y reveló el pecho desgarrado. A la izquierda una herida vertical de unos 6 cm. Las dos partes se desprendieron una de la otra, en el fondo de la herida emanaba sangre y agua, que eran absorbidas por la gasa y los lienzos .
«<Haber visto lo que vi - concluye - me afectó tanto que durante 15 días no
pude volver >>.
La modestia y la humildad del Padre Pío tuvieron que dar paso a la sencillez del hermano. El padre Nazareno - hay que decirlo también - hizo ver a Fray Pio por dos especialistas médicos diferentes que finalmente y perentoriamente declararon que no tenía tuberculosis y que, por tanto, no había peligro de contagio.
Creo que precisamente por eso, así como por el gran cariño que le tenía, el Padre Pío nunca lo olvidó.
352. *Los secretos del Rey*
Por Luciano Lotti
Poco después de la estigmatización tuvo lugar una situación entre el Padre Pío y uno de sus hermanos frailes, es él mismo quien lo cuenta.
El padre Nazareno, como lo llamaban, había sido el guardián de Foggia durante los meses de la estancia del padre Pío, por lo que, al enterarse de la estigmatización, fue a San Giovanni Rotondo y pidió ver los estigmas.
El Padre Pío respondió inmediatamente con el texto de Tobías: "Bonum est donum Regis abscgere", ("Es apropiado ocultar los dones del Rey").
Pero no se rindió: “Deja la Escritura”. le dijo. ¿Dónde estudiaste las Escrituras? ¿No sabéis que San Francisco, premiado con los sagrados estigmas, los mostró a los discípulos para dar gloria a Dios ?».
Piuccio - continúa la historia - se convenció, abrió el vestido y reveló el pecho desgarrado. A la izquierda una herida vertical de unos 6 cm. Las dos partes se desprendieron una de la otra, en el fondo de la herida emanaba sangre y agua, que eran absorbidas por la gasa y los lienzos .
«<Haber visto lo que vi - concluye - me afectó tanto que durante 15 días no
pude volver >>.
La modestia y la humildad del Padre Pío tuvieron que dar paso a la sencillez del hermano. El padre Nazareno - hay que decirlo también - hizo ver a Fray Pio por dos especialistas médicos diferentes que finalmente y perentoriamente declararon que no tenía tuberculosis y que, por tanto, no había peligro de contagio.
Creo que precisamente por eso, así como por el gran cariño que le tenía, el Padre Pío nunca lo olvidó.
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*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
353. De lo imposible para la ciencia.
El caso de Giuseppe Canaponi de Sarteano (en la provincia de Siena), obrero de los ferrocarriles estatales, es ejemplar.
Tiene treinta y dos años cuando, el 21 de mayo de 1945, mientras está yendo en moto al trabajo, es
embestido por un camión. Llega al hospital medio muerto: con fracturas en el cráneo, en las costillas y nada menos que cinco en la pierna izquierda. Da
comienzo un larguísimo calvario entre los hospitales de Sarteano, Chiusi,
Montepulciano, Siena y, por último, Bolonia.
A pesar de todo, sale vivo, pero su pierna izquierda parece irremediablemente perdida: se le ha
quedado completamente rígida.
El profesor Leopoldo Giuntini, del hospital Santa María della Scala de Siena, efectuó una declaración años después en la que atestigua que para el
señor Canaponi, que había sido hospitalizado en 1948 «por anquilosis
fibrosa de la rodilla izquierda», toda terapia resultaba inútil.
Las distintas
tentativas se habían revelado incluso desastrosamente dañosas, dado que
cuando «se intentó la movilidad forzada de la articulación rígida con anestesia general» no se resolvió nada y, por el contrario, «se produjo
nuevamente la fractura femoral. Por ello, le fue dada el alta con la rodilla
izquierda tan rígida como en el momento de la hospitalización».
Después de años de semejante sufrimiento, Canaponi debía resignarse a
conservar para siempre esa lesión de aguda invalidez que le hacía penoso y
difícil incluso el mero acto de caminar. El dolor y la rabia se transformaban
con frecuencia en blasfemias contra Dios y contra el mundo entero. Y cuando su mujer, aconsejada por un predicador de visita en su parroquia, le
propuso ir a San Giovanni Rotondo, la respuesta fue terrible. Con todo, la
desesperación pudo más que la rabia.
Fue un viaje durísimo, con camilla en el tren. Después en autobús. El pobre hombre resbalaba con sus muletas y llegó a caerse en un charco. Por fin, al día siguiente, con sus familiares, consiguió llegar fatigosamente al
convento de San Giovanni Rotondo y allí, una vez alcanzada la pequeña iglesia, se derrumbó en un banco, hecho trizas.
Casualmente, se hallaba justo delante del confesionario donde estaba un
fraile con mitones, a quien no conocía.
Aquel fraile levantó la vista y le miró fijamente durante un par de segundos. Y entonces ocurrió algo
imprevisto e inexplicable. «Bajo aquella mirada —contaría más tarde
Canaponi— mi cuerpo empezó a temblar como si hubiera sido alcanzado por una violenta descarga eléctrica». A continuación, el fraile se levantó y se marchó.
Por la tarde, el hombre se puso en fila para la confesión, apoyándose en
sus muletas. Cuando se encontró cara a cara con el fraile de antes, que era el
padre Pío, ni siquiera fue capaz de abrir la boca. Él le ilustró a la perfección su vida.
Canaponi estuvo escuchándolo hechizado y cuando el fraile alzó la mano para la absolución, el hombre sintió por segunda vez aquella intensa sacudida.
Sin darse cuenta siquiera, se arrodilló para recibir la absolución
y se persignó.
Como si todo fuera normal, tomó las muletas y se volvió hacia la iglesia caminando normalmente.
Sólo al salir se dio cuenta su mujer:
«Giuseppe, pero ¡si estás andando!».
Fue como si despertara de una pesadilla. De repente, el hombre se dio cuenta de que estaba completamente
sano y de que incluso sus heridas —que le sangraban hasta poco antes— habían desaparecido. Estalló en un llanto incontenible. Iba gritándole a todo
el mundo su alegría, su asombro y su gratitud.
En el viaje de regreso armó un barullo memorable, reuniendo en cada estación a una multitud a su alrededor. Al llegar a Siena, fue visitado por los médicos y más tarde por toda una serie de especialistas, sin que nadie
353. De lo imposible para la ciencia.
El caso de Giuseppe Canaponi de Sarteano (en la provincia de Siena), obrero de los ferrocarriles estatales, es ejemplar.
Tiene treinta y dos años cuando, el 21 de mayo de 1945, mientras está yendo en moto al trabajo, es
embestido por un camión. Llega al hospital medio muerto: con fracturas en el cráneo, en las costillas y nada menos que cinco en la pierna izquierda. Da
comienzo un larguísimo calvario entre los hospitales de Sarteano, Chiusi,
Montepulciano, Siena y, por último, Bolonia.
A pesar de todo, sale vivo, pero su pierna izquierda parece irremediablemente perdida: se le ha
quedado completamente rígida.
El profesor Leopoldo Giuntini, del hospital Santa María della Scala de Siena, efectuó una declaración años después en la que atestigua que para el
señor Canaponi, que había sido hospitalizado en 1948 «por anquilosis
fibrosa de la rodilla izquierda», toda terapia resultaba inútil.
Las distintas
tentativas se habían revelado incluso desastrosamente dañosas, dado que
cuando «se intentó la movilidad forzada de la articulación rígida con anestesia general» no se resolvió nada y, por el contrario, «se produjo
nuevamente la fractura femoral. Por ello, le fue dada el alta con la rodilla
izquierda tan rígida como en el momento de la hospitalización».
Después de años de semejante sufrimiento, Canaponi debía resignarse a
conservar para siempre esa lesión de aguda invalidez que le hacía penoso y
difícil incluso el mero acto de caminar. El dolor y la rabia se transformaban
con frecuencia en blasfemias contra Dios y contra el mundo entero. Y cuando su mujer, aconsejada por un predicador de visita en su parroquia, le
propuso ir a San Giovanni Rotondo, la respuesta fue terrible. Con todo, la
desesperación pudo más que la rabia.
Fue un viaje durísimo, con camilla en el tren. Después en autobús. El pobre hombre resbalaba con sus muletas y llegó a caerse en un charco. Por fin, al día siguiente, con sus familiares, consiguió llegar fatigosamente al
convento de San Giovanni Rotondo y allí, una vez alcanzada la pequeña iglesia, se derrumbó en un banco, hecho trizas.
Casualmente, se hallaba justo delante del confesionario donde estaba un
fraile con mitones, a quien no conocía.
Aquel fraile levantó la vista y le miró fijamente durante un par de segundos. Y entonces ocurrió algo
imprevisto e inexplicable. «Bajo aquella mirada —contaría más tarde
Canaponi— mi cuerpo empezó a temblar como si hubiera sido alcanzado por una violenta descarga eléctrica». A continuación, el fraile se levantó y se marchó.
Por la tarde, el hombre se puso en fila para la confesión, apoyándose en
sus muletas. Cuando se encontró cara a cara con el fraile de antes, que era el
padre Pío, ni siquiera fue capaz de abrir la boca. Él le ilustró a la perfección su vida.
Canaponi estuvo escuchándolo hechizado y cuando el fraile alzó la mano para la absolución, el hombre sintió por segunda vez aquella intensa sacudida.
Sin darse cuenta siquiera, se arrodilló para recibir la absolución
y se persignó.
Como si todo fuera normal, tomó las muletas y se volvió hacia la iglesia caminando normalmente.
Sólo al salir se dio cuenta su mujer:
«Giuseppe, pero ¡si estás andando!».
Fue como si despertara de una pesadilla. De repente, el hombre se dio cuenta de que estaba completamente
sano y de que incluso sus heridas —que le sangraban hasta poco antes— habían desaparecido. Estalló en un llanto incontenible. Iba gritándole a todo
el mundo su alegría, su asombro y su gratitud.
En el viaje de regreso armó un barullo memorable, reuniendo en cada estación a una multitud a su alrededor. Al llegar a Siena, fue visitado por los médicos y más tarde por toda una serie de especialistas, sin que nadie
consiguiera entender cómo era capaz de caminar, porque las radiografías no
mostraban cambio alguno. Todos quedaron asombrados y el señor Canaponi, (que murió en 1983), al relatar su
historia en años sucesivos, repetirá triunfalmente muchas veces: «Soy un
desafío viviente a las leyes físicas».
Fuente: *El secreto de Padre Pio*
Autor Antonio Socci
mostraban cambio alguno. Todos quedaron asombrados y el señor Canaponi, (que murió en 1983), al relatar su
historia en años sucesivos, repetirá triunfalmente muchas veces: «Soy un
desafío viviente a las leyes físicas».
Fuente: *El secreto de Padre Pio*
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*Anecdotas de la vida de Padre Pio*
356. *Amor desbordado*
Había quienes llegaban a San Giovanni Rotondo por otros inesperados motivos.
Las multitudes rodeaban al Padre Pio, dando signos de paganismo e idolatría que lo llenaban de amargura y turbaban su corazón. Todos querían ver, todos querían tocar. Le hacían trizas el hábito al pasar. Le apretaban las manos como con una morsa, le tiraban de los brazos, todo lo cual hacía más doloroso su caminar sobre los pies traspasados.
Lo apretujaban por todas partes. Todos querían que les fuera quitada la cruz de sus espaldas. Pero ninguno le preguntaba cómo llevarla. Pedían el milagro sin saber que solo Dios hace milagros.
El Padre ponía su rostro hosco y a propósito, como modo para defenderse, se mostraba huraño y esquivo. Esta era una manera de comportarse momentáneamente, un comportamiento necesario.m
- "Si no hago de este modo, la gente me come. ¡Mira lo que hacen!" le explicaba a un hermano de comunidad mostrándole el cíngulo cortado y el hábito tajeado.
-"¡Esto es paganismo! ¡Estamos en pleno paganismo! Yo me veo perdido y debo comportarme duramente. ¡A mí me desagrada, pero si no reacciono de ese modo, me matan!".
Las "peregrinaciones" a San Giovanni Rotondo a veces se transformaban en campamentos que ofrecían escenas desagradables. Y las autoridades eclesiásticas sintieron la necesidad de tener que intervenir.
Texto de Genaro Preziuso
356. *Amor desbordado*
Había quienes llegaban a San Giovanni Rotondo por otros inesperados motivos.
Las multitudes rodeaban al Padre Pio, dando signos de paganismo e idolatría que lo llenaban de amargura y turbaban su corazón. Todos querían ver, todos querían tocar. Le hacían trizas el hábito al pasar. Le apretaban las manos como con una morsa, le tiraban de los brazos, todo lo cual hacía más doloroso su caminar sobre los pies traspasados.
Lo apretujaban por todas partes. Todos querían que les fuera quitada la cruz de sus espaldas. Pero ninguno le preguntaba cómo llevarla. Pedían el milagro sin saber que solo Dios hace milagros.
El Padre ponía su rostro hosco y a propósito, como modo para defenderse, se mostraba huraño y esquivo. Esta era una manera de comportarse momentáneamente, un comportamiento necesario.m
- "Si no hago de este modo, la gente me come. ¡Mira lo que hacen!" le explicaba a un hermano de comunidad mostrándole el cíngulo cortado y el hábito tajeado.
-"¡Esto es paganismo! ¡Estamos en pleno paganismo! Yo me veo perdido y debo comportarme duramente. ¡A mí me desagrada, pero si no reacciono de ese modo, me matan!".
Las "peregrinaciones" a San Giovanni Rotondo a veces se transformaban en campamentos que ofrecían escenas desagradables. Y las autoridades eclesiásticas sintieron la necesidad de tener que intervenir.
Texto de Genaro Preziuso
*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
359. *Año 1960…*
La visita de Monseñor Maccari terminó el 17 de setiembre. Al día siguiente llegó un nuevo superior al convento. Se trataba del Padre Rosario de Aliminusa, ex provincial de los capuchinos en Palermo, enviado como autoridad a San Giovanni Rotondo.
Una tarea ingrata lo esperaba. Debía poner en acto y hacer cumplir las disposiciones emitidas luego de la relación del visitador, según las cuales debería: llevar al Padre Pío a la regular observancia del convento; prohibir a sacerdotes y, más aún, a obispos que ayudaran en la misa del Padre; variar diariamente los horarios de la misa del Padre Pío; respetar la distancia entre el confesionario del Padre y los fieles; evitar que los devotos del lugar tuvieran una asidua frecuencia a su confesionario; prohibir al Padre Pio recibir solo a mujeres en la sala del convento o en otros lugares; sugerirle al Padre que cele brara la misa en 30 o al máximo en 40 minutos; impedir todo acto que pudiera tener carácter de culto hacia la persona del Padre Pío.
El Padre aceptó todo con "heroica resignación a la voluntad de Dios" sufriendo y ofreciendo por amor. Amargado, despreciado y angustiado, como manso cordero, llevado a la fuerza, agredido, sofocado, entre aturdimiento y confusión decía:
-"¡Qué puedo hacer? Pido solamente que Dios me llame pronto y me libere de esta desgracia".
Condicionado por órdenes y prohibiciones, con el máximo respeto y con profunda humildad cumplía las disposiciones que le eran impartidas.
Una tarde descubrió que habían instalado micrófonos en los lugares donde habitualmente se detenía para hablar. Estaban conectados a un grabador. Trató de cortar con un cortaplumas aquellos cables "extraños" y por poco no queda electrocutado por la descarga eléctrica. Hizo solamente un comentario: "¿Hasta este punto?".
Lo habían privado de todo, incluso de la compañía de un amigo. No le quedaban más que los brazos y el corazón de la Virgen. De aquellos brazos, de aquel corazón, tomó la fuerza para superar también esta prueba y continuar hacia las últimas estaciones de su largo Via Crucis.
Fuente: Gennaro Preziuso
359. *Año 1960…*
La visita de Monseñor Maccari terminó el 17 de setiembre. Al día siguiente llegó un nuevo superior al convento. Se trataba del Padre Rosario de Aliminusa, ex provincial de los capuchinos en Palermo, enviado como autoridad a San Giovanni Rotondo.
Una tarea ingrata lo esperaba. Debía poner en acto y hacer cumplir las disposiciones emitidas luego de la relación del visitador, según las cuales debería: llevar al Padre Pío a la regular observancia del convento; prohibir a sacerdotes y, más aún, a obispos que ayudaran en la misa del Padre; variar diariamente los horarios de la misa del Padre Pío; respetar la distancia entre el confesionario del Padre y los fieles; evitar que los devotos del lugar tuvieran una asidua frecuencia a su confesionario; prohibir al Padre Pio recibir solo a mujeres en la sala del convento o en otros lugares; sugerirle al Padre que cele brara la misa en 30 o al máximo en 40 minutos; impedir todo acto que pudiera tener carácter de culto hacia la persona del Padre Pío.
El Padre aceptó todo con "heroica resignación a la voluntad de Dios" sufriendo y ofreciendo por amor. Amargado, despreciado y angustiado, como manso cordero, llevado a la fuerza, agredido, sofocado, entre aturdimiento y confusión decía:
-"¡Qué puedo hacer? Pido solamente que Dios me llame pronto y me libere de esta desgracia".
Condicionado por órdenes y prohibiciones, con el máximo respeto y con profunda humildad cumplía las disposiciones que le eran impartidas.
Una tarde descubrió que habían instalado micrófonos en los lugares donde habitualmente se detenía para hablar. Estaban conectados a un grabador. Trató de cortar con un cortaplumas aquellos cables "extraños" y por poco no queda electrocutado por la descarga eléctrica. Hizo solamente un comentario: "¿Hasta este punto?".
Lo habían privado de todo, incluso de la compañía de un amigo. No le quedaban más que los brazos y el corazón de la Virgen. De aquellos brazos, de aquel corazón, tomó la fuerza para superar también esta prueba y continuar hacia las últimas estaciones de su largo Via Crucis.
Fuente: Gennaro Preziuso