Padre Pio
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Conociendo la vida y obra de San Pío de Petrelcina
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*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
315 .*Profundo conocimiento de las conciencias*

He aquí un episodio que ocurrió públicamente, fuera de las cuatro paredes de un confesonario.

Después de haber tenido discusiones movidas y que no llevaban a ninguna parte, por fin el abogado César Festa, empleado en Génova, director del diario "Il Caffaro", que se alistó como voluntario en la primera guerra mundial llegando a ganar una medalla de oro, muy conocido del rey Víctor Manuel y de Benito Mussolini, se decidió a ir a ver con sus propios ojos a aquel fraile del que su primo el Doctor Festa le había hablado tantas veces.

Un día de marzo de 1921 salió de Génova. Llegado al convento de Santa María de las Gracias encuentra a algunos capuchinos a los que pide que le presenten al Padre Pío. Este, que se encuentra presente, da un paso adelante y, antes de que el abogado Festa tenga tiempo para hacer su propia presentación, se siente definido como lo que es:

-“Usted es un masón.”

El abogado Festa es noble: -“Sí, padre. “
El diálogo prosigue entre el fraile y el masón declarado:

- “¿Y cuál es su misión dentro de la masonería?”

-“El de combatir a la Iglesia desde el punto de vista político.”

El doctor Jorge Festa-informado en todo detalle por su primo- escribe:- "Hubo un momento de silencio, después del cual el piadoso sacerdote, más dócil que un cordero, le tomó la mano, le miró largamente a los ojos con una mirada de infinita piedad y de ternura; después, llevándole consigo, comenzó a contar la parábola del hijo pródigo, poniendo bajo una luz tan clara
la misericordia del Padre en contraste con la miseria moral del hijo, que aquel hombre culto e inteligente... quiso postrarse a sus pies, deseando únicamente oír de sus labios una palabra de aliento y de perdón".

Se había rendido -al verse descubierto desde el primer en cuentro- aquel masón que, desde hacía veinticinco años, "no conocía ni Iglesia, ni sacramentos, ni oración, imbuido totalmente en ideas contrarias a la fe".

El P. Pío no sólo conocía los secretos de las conciencias, leyendo en lo secreto de las almas, para sacar a la luz los pecados, sino también para aclarar dudas, aportando luz.
Sabía discernir el espíritu bueno del menos bueno. para resolverlas.


De: “Un crucificado sin cruz”
Autor: Fernando Da RiesePio X
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*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
326. *Testimonios de una hija espiritual: Cleonice Morcaldi*

Un día, después de la confesión, le pregunté al Padre cómo estaba. Me respondió:
- “Mal, mal, muy mal”.

- “¿Qué tiene, Padre?”.

- “Todo, todo, todo”.

En confesión le pregunté por qué lloraba tanto.

- “¿Y me lo preguntas? ¿No ves que el mundo va de mal en peor y la humanidad se está corrompiendo?”.

– “Sí, es verdad, Padre, además la radio anuncia todos los días desgracias, flagelos, y ruinas”.

En voz baja y como queriendo no hacerse oír por los demás, me respondió:

- “¡Y los que vengan después...!”. Y rompió a llorar.

Así fue cómo descubrí la única razón de su dolorosa tristeza.
Al día siguiente, en la sacristía, lo encontré sentado y con la cabeza gacha, como Jesús cuando, contristado, lloraba a la vista de Jerusalén. Le dije:

- “Padre, ¿cuál es la pena que más le hace sufrir?”.

- “¡La ingratitud de los hombres! ¡Qué más podía hacer este pobre Jesús, además de lo que ha hecho?”.

- “Hoy día es ese horrible Satanás quien reina en el mundo”, le dije …como queriendo excusar a los hombres. Y él:

- “¡Reina porque le dejan reinar! ¿Puede acaso reinar un espíritu si no se une a la voluntad humana? *Vete, reza a la Madre celestial para que detenga el brazo de su Hijo”.* Y me bendijo. Todavía tenía los ojos llenos de lágrimas.
Foto de Amor Omnia Vincit
*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
326. *Testimonios de una hija espiritual: Cleonice Morcaldi*

Un día, después de la confesión, le pregunté al Padre cómo estaba. Me respondió:
- “Mal, mal, muy mal”.

- “¿Qué tiene, Padre?”.

- “Todo, todo, todo”.

En confesión le pregunté por qué lloraba tanto.

- “¿Y me lo preguntas? ¿No ves que el mundo va de mal en peor y la humanidad se está corrompiendo?”.

– “Sí, es verdad, Padre, además la radio anuncia todos los días desgracias, flagelos, y ruinas”.

En voz baja y como queriendo no hacerse oír por los demás, me respondió:

- “¡Y los que vengan después...!”. Y rompió a llorar.

Así fue cómo descubrí la única razón de su dolorosa tristeza.
Al día siguiente, en la sacristía, lo encontré sentado y con la cabeza gacha, como Jesús cuando, contristado, lloraba a la vista de Jerusalén. Le dije:

- “Padre, ¿cuál es la pena que más le hace sufrir?”.

- “¡La ingratitud de los hombres! ¡Qué más podía hacer este pobre Jesús, además de lo que ha hecho?”.

- “Hoy día es ese horrible Satanás quien reina en el mundo”, le dije …como queriendo excusar a los hombres. Y él:

- “¡Reina porque le dejan reinar! ¿Puede acaso reinar un espíritu si no se une a la voluntad humana? *Vete, reza a la Madre celestial para que detenga el brazo de su Hijo”.* Y me bendijo. Todavía tenía los ojos llenos de lágrimas.
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*Anécdotas de la vida de Padre Pio*

341. *CONVERSIONES EN EL CONFESIONARIO.*


Padre Pío no contaba nunca las conversiones que vivía en el confesionario o en sus
conversaciones con la gente.

Una de las pocas ocasiones en que lo hizo fue para contar
la conversión de su antiguo maestro Domingo Tizanni.

Recordemos que Tizanni, fue el
maestro que devolvió al niño Francesco a su mamá Pepa, diciéndole: *" Este niño es un burro, no servirá nunca para nada. Ponlo a guardar ovejas."* ( Este detalle aparece en una
de las biografías autorizadas de Padre Pío, en cambio en otras se desprende una relación
cordial entre ambos.)

Considerenos que
Domingo Tizanni, era un sacerdote apóstata que convivía con una mujer. Padre Pío
no se sentía bien en esa casa, por eso no estudiaba y quería salir de allí.

Recién ordenado sacerdote, supo de la grave enfermedad de Tizanni, se dirigió a su
casa, en la que no entraba ningún vecino de Pietrelcina. Quedaron los dos solos. Tizanni
se confesó, lloró sus pecados y lloró también por haber encontrado la misericordia de
Dios, en aquel sacerdote , a quien siendo niño había maltratado y expulsado de su casa.

Todo el pueblo de Pietrelcina, sintió una gran alegria porque Tizanni al final de sus
días encontró la paz. Pocos días después falleció.
*Anécdotas de la vida de Padre Pio*
342. *PADRE PÍO : un regalo para el mundo*


A un siglo egoista, Dios ha entregado un corazón sacerdotal que se abre a las
almas, haciéndose su servidor en el secreto del confesionario.

A un mundo que ha perdido la noción de pecado, Dios ha entregado a Padre Pío
con la mano levantada para reconciliar a los hijos pródigos con su Padre.

A una época orgullosa, le ha hablado de silencio; a una época afanosa por tener
más, le ha mostrado la serenidad del pobre.

A una época alérgica a la Cruz, le ha mostrado a un hombre crucificado, a un
hombre que ha penetrado en cuerpo y alma en el torbellino de la Pasión.

A un mundo autosuficiente por sus seguridades, la Providencia le presenta un
místico que pide luz a sus directores espirituales, a los que obedece ciegamente, por reconocer en si mismo, los límites, la mediocridad, la inseguridad.

A una época lanzada al dinamismo, al apostolado con todos los medios, al
activismo exagerado que, por ser epidérmico, resulta estéril, Padre Pío ha propuesto la
elección de la mejor parte: dar testimonio del Evangelio con su vida.

A un mundo que ya no sabe encontrar la alegría de la oración, Dios le ha dado una
señal orante: el fraile del Gargano, organizador de los grupos de oración.

Al mundo progresista, que se ríe se las prácticas de devoción, Dios le ha dado al
Padre Pío, que desgrana las cuentas del rosario, una y otra vez, que practica el Via
Crucis, que se detiene ante una imagen sagrada, que se arrodilla delante de un altar.

A un mundo que niega la existencia del diablo, le ha dado Padre Pío una prueba
aterradora de su existencia y de su acción. Irrumpió contra él, intentando destruirlo, con
calumnias, sugestiones, persecuciones, dudas, tentaciones, no lo consiguió.

A los hombres que no saben mirar a la Iglesia, como a la mano del Cristo Maestro que quiere guiar a la verdad; la Providencia ha mostrado en el Padre Pío, al hombre
humilde, que mira a la Iglesia y la ama como a su madre, hasta en los períodos más
borrascosos de su vida, hasta cuando le restringe el poder sacerdotal, superando
mezquinos pareceres de hombres, de métodos, de estructuras.
Anécdotas de la vida de Padre Pio
345. Un día como hoy ... hacia San Giovanni Rotondo.

Nos ubicamos a fines de julio de 1916. Habían transcurrido seis meses desde que el padre Pío vino a Foggia a asistir, para bien morir, a donña Raffaelina Cerase.

Continuaban haciendo presa de él las enfermedades misteriosas de siempre y aquellos sufrimientos especiales suyos, que lo dejaban totalmente extenuado.
Foggia está aproximadamente a una altitud de sesenta metros sobre el nivel del mar, y el verano allí, y más en aquel convento mal acondicionado, resultaba extremadamente caluroso y molesto.

El padre Paulino de Casacalenda, Superior del convento de San Giovanni Rotondo, vino a predicar la novena de Santa Ana en Foggia, y nos cuenta de la siguiente forma la situación apremiante en la que se encontró con el padre Pío:

“No encontraba sosiego en ninguna parte, ora estuviera en su habitación, ora saliera un momento a sentarse junto al balcón de aquel viejo palacio, adaptado para convento; después de comer, descansaba un poco sobre un diván que había en la celda del padre Provincial. Se apreciaba claramente que el padre era presa de grandes sufrimientos y no lograba proporcionar el más ligero alivio a aquel pobre cuerpo, demacrado, víctima de no se sabe cuántas calamidades”.

-“¿Por qué no vienes conmigo, aunque sea nada más que algunos días, a San Giovanni Rotondo, para ver cómo te prueba aquello?”.

Y el padre Pío, meneando la cabeza, me respondió: - “¿Y el padre Provincial? ¿Qué diría el padre Provincial si voy sin obediencia con Ud.? ¿Qué quiere que diga?”.

- “Ya sabes tú, le respondí, que para unos pocos días en otro convento, y más si éste es limítrofe, no hace falta la obediencia del padre Provincial; basta con la del padre Guardián. ¡Anda! ¡Decídete de una vez y ven conmigo para unos pocos días! Yo te acompañaré a la ida y a la vuelta”.

Se dejó convencer y, al atardecer del día 28 de julio de 1916, llegaba por vez primera el padre Pío al convento de San Giovanni Rotondo. Los pocos días que allí pasó fueron provechosísimos para su salud.

“Respiraba a pleno pulmón el aire puro de las montañas próximas, y ni sentía ya la somnolencia y pesadez que tanto le abrumaban en el calor de Foggia”.
“Empezó a descansar bastante bien en las horas de retiro de la comunidad; le vino un poco de apetito, de manera que era patente a todos la recuperación de fuerzas del padre Pío”.

Continúa el padre Paolino:

“Pero el diablo no cesaba de hacerle sus acostumbradas visitas y de atormentarle atrozmente todas las noches. Me daba yo cuenta perfecta de ello, cuando le visitaba en aquellas horas fatales”.

“Lo encontraba bañado en un sudor tan abundante que dejaba empapada totalmente la camiseta, como lo podía observar cuando le ayudaba a cambiarse. Pero ante tan visible recuperación, estaba yo contentísimo de haberle inducido a venirse conmigo ”.

Sólo ocho días estuvo en San Giovanni Rotondo por no disponer de permiso para permanecer allí más tiempo; la experiencia fue magnífica. Pero debió volver a respirar otra vez el aire pesado de Foggia y a sentir de nuevo los efectos de una fiebre “que le iba extenuando poco a poco”. Ante esta situación, se decidió el padre Pío a escribir al padre Provincial:

“Vengo a pedirle una caridad, y tanto más se la pido cuanto Jesús me incita a ello. Me dice Él que es preciso aliviar un poco mi físico a fin de estar preparado para otras pruebas, a las cuales Él quiere someterme ”.

El padre Provincial condescendió; es notable que, durante este breve período de tiempo, en los meses de agosto y septiembre, se escribieran entre directores y dirigido nada menos que veinte cartas.

El alma del padre Pío estaba desorientada; pasaba por una crisis intensísima; estaba madurándose místicamente.

Para penetrar un poco en su estado de ánimo puede servir el párrafo de esta carta, escrita el 15 de agosto de 1916:
“¿Qué os voy a decir de mí? ¡Soy un misterio para mí mismo! Y si me sostengo en estos momentos en pie y no he perdido la cabeza, es porque Dios ha reservado la última y más segura palabra a la autoridad, y porque no hay norma en este mundo más segura y más fiel que el querer y el deseo del superior. A esta autoridad me confío como el niño a los brazos de su madre, y espero y confío en Dios de no caminar equivocado aun cuando mi propio sentimiento quiera hacerme creer que cualquier cosa es posible ”.

En carta del 11 de septiembre escribe:

“Sólo veo con claridad, si es que en algún caso puedo comprender qué significa en su viva realidad este término, sólo veo mi nulidad total de una parte, y, de la otra, la bondad y grandeza de Dios. Veo a Dios en mí mismo y esta visión, lejos de apagar el ansia que tengo de Él, aumenta más y más mi deseo de poseerlo. Veo a Dios envuelto en la más densa obscuridad, obscuridad que va creciendo sin límites a medida que van pasando los días. ¡Ay de mí! ¡Cuándo llegará el momento en el que mis ojos se sientan inundados de luz! ¡Cuándo brillará en mí este sol divino!”.



“¡Si pudiera, al menos, saber que todo esto ha de redundar para la gloria de Dios...! ¡Si lograra estar seguro de esto, hasta el mismo infierno que padeciera en la tierra, me habría de resultar dulce! ”.

Dios lo iba preparando, poco a poco, para realizar la Gran Obra que tenía proyectada sobre él; es significativa la breve nota que incluyera el padre Paolino en una de las cartas que el padre Pío dirigía al padre Agustín:

“Aquí todos estamos bien: imagínate de cuánta ayuda nos sirve la presencia del padre Pío. También él se siente contento con nosotros, del aire que respira, del convento, de la tranquilidad que nos rodea, de la soledad, de todo. Si exceptuáramos las tribulaciones internas con las que el Señor quiere probarle, podría decirse que se encuentra feliz; pero lo que más cuenta es que nosotros nos encontramos bien con él ”.


Fuente: Pio de Pietrelcina místico y apóstol
Autor: L Saez de Ocáriz
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