Coaching & Tips * Ari Shemoth
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— Un Camino Hacia Tu Realización | Soporte, Guía y Sanación Emocional y Física.
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Una Buena Parte del Libro | Podrás aprender, como aprendí yo, que muchas de estas pautas no son nuestras; solo las hemos tomado prestadas a otros miembros de nuestra historia familiar.

• ¿Por qué sucede esto? Yo creo firmemente que es para que pueda salir a la luz por fin una historia que se pueda contar (comprender, aceptar y transmutar).
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En Mi Actividad Profesional | Empleo preguntas concretas para ayudar a las personas a que descubran la causa raíz de los síntomas físicos y emocionales que los tienen empantanados.

• Al descubrir el lenguaje adecuado, no solo queda al descubierto el trauma, sino que se desvelan las herramientas y las imágenes necesarias para la curación.

• Aplicando este método, he sido testigo de cómo basta una comprensión iluminadora, que llega en un instante, para cambiar unas pautas muy arraigadas de depresión, de ansiedad y de vacío.
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El Vehículo que Emplearemos | Es posible que esté lenguaje pudo surgir con nuestros padres, o incluso hace más generaciones, por ejemplo con nuestros bisabuelos.

Nuestro lenguaje nuclear se empeña en hacerse oír. Cuando lo seguimos hasta donde nos quiere conducir y escuchamos su relato, tiene el poder de desactivar nuestros miedos más profundos.

• Es probable que a lo largo de ese camino nos encontremos con nuestros familiares. A unos los conoceremos y a otros no. Algunos habrán muerto hace años. Algunos ni siquiera son nuestros parientes, pero sus sufrimientos o su crueldad pueden haber cambiado el destino de nuestra familia.

• Hasta es posible que desvelemos algún que otro secreto oculto en relatos que se habían silenciado desde hacía mucho tiempo.

• Me ha mostrado mi experiencia, con independencia de hasta dónde nos lleve esta exploración, llegaremos a un lugar nuevo de nuestras vidas, con una sensación mayor de libertad en nuestro cuerpo y con la capacidad de estar más en paz con nosotros mismos.

• En este libro me he basado en los casos de personas con las que he trabajado en mis talleres, programas de formación y consultas individuales.

• Los hechos de cada caso son reales, pero he cambiado los nombres y otras características identificativas de los protagonistas para proteger su intimidad.

• Agradezco de todo corazón a estas personas que me hayan permitido dar a conocer el lenguaje secreto de sus miedos; les agradezco la confianza que han puesto en mí, y que me hayan dejado oír lo esencial, que permanecía oculto tras sus palabras.
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Los Traumas Tienen una Característica | En el transcurso de un incidente traumático, nuestros procesos de pensamiento se pueden dispersar y desorganizar tanto que al final dejamos de reconocer que los recuerdos pertenecen al hecho inicial.

• En vez de ello, en el inconsciente se nos quedan grabados fragmentos de recuerdo, dispersados en forma de imágenes, de sensaciones corporales y de palabras, que pueden activarse más tarde por cualquier cosa que nos recuerde la experiencia de partida, por remota que sea.

Cuando se desencadenan estos recuerdos, es como si hubiésemos pulsado un botón invisible de «rebobinar» que nos hace volver a repetir en nuestras vidas cotidianas aspectos del trauma original.
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Podemos Reaccionar inconscientemente | Sigmund Freud identificó esta pauta hace más de cien años.

• La repetición traumática o «compulsión de repetición», como la denominó, es un intento por parte del inconsciente de volver a vivir lo que ha quedado por resolver, para intentar «hacerlo bien».


Este impulso inconsciente de volver a vivir los hechos del pasado puede ser uno de los mecanismos que intervienen cuando las familias repiten en generaciones posteriores los traumas pendientes de resolver.

Carl Jung, contemporáneo de Freud, también creía que lo que queda inconsciente no se disuelve, sino que, más bien, vuelve a salir a relucir en nuestras vidas como si fuera nuestro destino o nuestra suerte.

• Jung dijo que todo lo que no es consciente lo viviremos como nuestro destino.


Expresado de otro modo, tenderemos a seguir repitiendo nuestras pautas inconscientes hasta que las saquemos a la luz de la consciencia.

Tanto Jung como Freud observaron que todo lo que es demasiado difícil de procesar no se desvanece por sí mismo, sino que se nos queda guardado en el inconsciente.
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Cada Uno por su Cuenta | En el transcurso de las décadas siguientes, los psicoterapeutas interpretarían los indicios tales como los lapsus lingüísticos, las tendencias a sufrir determinados accidentes o las imágenes de los sueños como mensajeros que iluminaban unas regiones de las vidas de sus pacientes en las que estos no podían pensar ni expresarlas con palabras.
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Gracias a los Últimos Avances Médicos | Bessel Van der Kolk, un psiquiatra holandés conocido por sus investigaciones sobre el estrés postraumático, ha explicado que en el transcurso de un trauma se cierran tanto el centro del habla como el córtex prefrontal medio, que es la parte del cerebro que se encarga de que seamos conscientes del momento presente.

Van der Kolk llama el terror mudo del trauma a la experiencia de quedarse sin palabras, que se da con frecuencia cuando las vías cerebrales del recuerdo quedan obstaculizadas en los períodos de amenaza o de peligro.

Afirma: «Cuando las personas reviven sus experiencias traumáticas, los lóbulos centrales quedan afectados y, en consecuencia, al individuo le cuesta pensar y hablar. Ya no es capaz de comunicar con exactitud, ni a los demás ni a sí mismo, lo que está pasando»

Pero no todo es silencio. Las palabras, las imágenes y los impulsos que se fragmentan tras un hecho traumático vuelven a surgir para formar un lenguaje secreto de nuestro sufrimiento, que llevamos encima.

• No se pierde nada. Sencillamente, se han redirigido los trozos.
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Las Nuevas Tendencias de la Psicoterapia | Empiezan a mirar más allá de los traumas del individuo, para tener en cuenta, en el cuadro general, los hechos traumáticos de la historia familiar y social.

Las tragedias de diversos tipos e intensidades (como el abandono, el suicidio y la guerra, o la muerte temprana de un hijo, de un padre o de un hermano) pueden producir unas ondas sísmicas de aflicción que se transmiten de generación en generación.

Los últimos avances en los campos de la biología celular, la neurociencia, la epigenética y la psicología del desarrollo recalcan la importancia de explorar la historia familiar remontándose a un mínimo de tres generaciones si queremos entender los mecanismos subyacentes a las pautas de traumas y sufrimientos que se repiten.
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El Caso que Expondré | Jesse me explicó que había sido deportista destacado y estudiante de sobresalientes, pero que con el insomnio pertinaz había caído en una espiral persistente de depresión y de desánimo.

• A consecuencia de ello, había tenido que dejar los estudios universitarios, lo cual a su vez le había hecho perder la beca deportiva como jugador de béisbol que tanto le había costado ganar.

• Buscaba desesperadamente a alguien que pudiera ayudarle a orientar su vida de nuevo.

En el último año había acudido a tres médicos, dos psicólogos, una clínica del sueño y un naturópata.

• Según me contó con voz monótona, ninguno de ellos había sido capaz de brindarle ninguna ayuda ni ninguna idea tangible. Jesse, que me relataba su caso sin apenas levantar la vista del suelo, me confesó que estaba al límite de sus fuerzas.
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Cuando le Pregunté | No solo tenía frío y estaba cansado, sino que lo dominaba un miedo extraño que no había sentido nunca hasta entonces, el miedo a que le sucediera algo horrible si se permitía quedarse dormido.
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Si Me Duermo | Esta pauta se le repitió a la noche siguiente y a la otra. El insomnio no tardó en convertírsele en un suplicio cotidiano. Aunque Jesse sabía que su miedo era irracional, se sentía incapaz de ponerle fin.
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Escuche a Jesse con Atención | Jesse me contó que su madre le había hablado hacía poco tiempo de la muerte trágica del hermano mayor del padre de Jesse, de un tío cuya existencia no había sabido él siquiera hasta entonces.

Cuando el tío Colin tenía solo diecinueve años, había muerto congelado en una tormenta, cuando inspeccionaba el tendido eléctrico al norte de Yellowknife, en los Territorios del Noroeste, en Canadá. Su lucha por seguir adelante había quedado reproducida en las huellas que había dejado en la nieve.

Lo habían encontrado por fin tendido boca abajo, en una ventisca, inconsciente por la hipotermia. Su muerte había sido una tragedia tan grande que en la familia no habían vuelto a pronunciar su nombre.

Ahora, tres décadas más tarde, Jesse estaba volviendo a vivir, de manera inconsciente, aspectos de la muerte de Colin; más concretamente, el terror a dejarse caer en la inconsciencia.

Para Colin, aquel dejarse caer había significado su muerte. Jesse debía de sentir lo mismo respecto de quedarse dormido.
Entender esta relación fue un hito para Jesse.

Cuando comprendió que su insomnio procedía de un hecho que había tenido lugar treinta años antes, su miedo a quedarse dormido tuvo por fin una explicación.


Ya podía emprender el proceso de la curación. Jesse aplicó unas herramientas que aprendió trabajando conmigo y que explicaré con detalle en este libro, y pudo desembarazarse del trauma que había sufrido un tío suyo al que no había llegado a conocer, pero cuyo terror había asumido él inconscientemente como propio.

Jesse no solo se sintió liberado de la niebla espesa del insomnio, sino que alcanzó un sentimiento más profundo de conexión con su familia actual y pasada.
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Los Científicos que intentan | Yehuda ha examinado en múltiples estudios la neurobiología del TEPT en los supervivientes del Holocausto y en sus hijos.

En concreto, sus investigaciones sobre el cortisol (la hormona del estrés que ayuda a nuestro cuerpo a volver a la normalidad después de haber sufrido un trauma) y sobre sus efectos sobre la función cerebral han revolucionado a nivel mundial el entendimiento del TEPT y su tratamiento.

Las personas con TEPT vuelven a vivir sensaciones y sentimientos asociados a un trauma a pesar de que el trauma se produjo en el pasado.

Entre sus síntomas se cuentan la depresión, la ansiedad, la insensibilidad, el insomnio, las pesadillas, los pensamientos aterradores y la tendencia a sobresaltarse o a estar «con los nervios de punta».

Yehuda y su equipo observaron que los hijos de supervivientes del Holocausto que tenían TEPT nacían con niveles de cortisol bajos, semejantes a los de sus padres, con lo que estaban predispuestos a volver a vivir los síntomas de TEPT de la generación anterior.

El descubrimiento de que las personas que han sufrido un hecho traumático agudo tienen niveles de cortisol bajos ha sido polémico, pues se opone al concepto establecido de que el estrés está asociado a niveles elevados de cortisol.

Más concretamente, en casos de TEPT crónico se puede reprimir la producción de cortisol, lo que contribuye a la presencia de los bajos niveles observados tanto en los supervivientes como en sus hijos.

Yehuda detectó niveles de cortisol igualmente bajos en los veteranos de guerra, así como en las madres embarazadas que sufrieron TEPT tras los atentados contra las Torres Gemelas, y en sus hijos.

No solo observó que los supervivientes que participaban en su estudio producían menos cortisol, característica que podían transmitir también a sus hijos, sino que añade que varios trastornos psiquiátricos relacionados con el estrés, entre ellos el TEPT, el síndrome del dolor crónico y el síndrome de la fatiga crónica, están asociados a niveles bajos de cortisol en sangre.


Es interesante que de un 50 a un 70 por ciento de los pacientes con TEPT cumplan también los criterios que permitirían diagnosticarles una depresión aguda u otro trastorno del estado de ánimo o de ansiedad.
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Primeras Personas en Demostrar | Así sucedió en el caso de Gretchen, quien pasó años tomando antidepresivos, asistiendo a sesiones de psicoterapia personal y de grupo y probando diversos enfoques cognitivos para mitigar los efectos del estrés.

A pesar de todo ello, sus síntomas de depresión y de ansiedad seguían igual. Gretchen me dijo que ya no tenía ganas de vivir.

Llevaba padeciendo desde siempre, que ella recordase, unas emociones que eran tan intensas que apenas era capaz de soportar sus embates cuando le invadían el cuerpo.

Gretchen había ingresado varias veces en un hospital psiquiátrico, donde le diagnosticaron un trastorno bipolar con ansiedad aguda.

La medicación le aportaba algún alivio, pero sin llegar a mitigar los potentes impulsos suicidas que vivían dentro de ella.


De adolescente se autolesionaba quemándose con la punta de un cigarrillo. Gretchen tenía ya treinta y nueve años, y estaba harta. Me dijo que su depresión y su ansiedad le habían impedido casarse y tener hijos.

Me explicó, con voz sorprendentemente tranquila, que pensaba suicidarse antes de su próximo cumpleaños.

Escuchando a Gretchen, tuve una fuerte impresión de que en su historia familiar debía de existir un trauma importante.


He observado que en estos casos es esencial prestar gran atención a las palabras que se pronuncian, para encontrar en ellas pistas que apunten al hecho traumático que está detrás de los síntomas del paciente.
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Cuando Pregunté | Aunque esto puede resultar incomprensible a primera vista, lo que pensaba era, literalmente, arrojarse a una cuba de acero fundido, en los altos hornos donde trabajaba su hermano.

—Mi cuerpo se incinerará en cuestión de segundos, aun antes de haber llegado al fondo —me dijo, mirándome fijamente a los ojos.

La falta de emoción con que me dijo estas palabras me impresionó. Parecía que sus sentimientos subyacentes habían quedado enterrados muy hondos.

Al mismo tiempo, me llamaron la atención las palabras evaporarse e incinerarse.


Como he trabajado con muchos hijos y nietos de familias que sufrieron las consecuencias del Holocausto, he aprendido a dejarme guiar por sus palabras.

Le pregunté si tenía familiares judíos o que hubieran participado en el Holocausto. Gretchen me dijo que no en un primer momento; pero después se desdijo y recordó la historia de su abuela.

Esta había nacido en Polonia en el seno de una familia judía, pero se había convertido al catolicismo cuando emigró a los Estados Unidos y se casó con el abuelo de Gretchen, en 1946. Dos años antes, toda la familia de la abuela había perecido en los hornos de Auschwitz. Literalmente, los habían gaseado (inundado de vapores venenosos) y los habían incinerado.

Ningún familiar próximo de Gretchen hablaba nunca con su abuela de la guerra ni de la suerte que habían corrido sus hermanos y sus padres. En vez de ello, como suele suceder en casos de traumas tan extremos, el tema se evitaba por completo.
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Expliqué esta Relación a Gretchen, que me escuchó con gran atención. Abría mucho los ojos y le asomaba el color a las mejillas. Me daba cuenta de que lo que le decía le llegaba hondo. Gretchen tenía por fin una explicación de sus sufrimientos que le parecía comprensible.
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Para Ayudarla a que Entendiera | Le pedí que se imaginará lo que podría haber sentido su abuela después de haber perdido a todos sus seres queridos.

Para ir un poco más allá, le pregunté si sería capaz de ponerse literalmente sobre las plantillas en la piel de su abuela y de sentir los sentimientos de su abuela en su propio cuerpo.

Gretchen dijo que tenía sensaciones abrumadoras de pérdida y de duelo, de soledad y de aislamiento.

También tenía el sentimiento profundo de culpabilidad que se da en muchos supervivientes, la culpabilidad de haber salido con vida después de que tantos seres queridos perdieran la vida.
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