Coaching & Tips * Ari Shemoth
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— Un Camino Hacia Tu Realización | Soporte, Guía y Sanación Emocional y Física.
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Ayudar a las Personas | El concepto del poder curador de las imágenes ya se conocía como válido mucho antes de que se demostrara su efectividad por medio de las técnicas de imagen cerebral. El poeta William Butler Yeats escribió hace más de cien años que «la sabiduría habla en primer lugar por medio de imágenes», y que nos basta con dejarnos guiar por la imagen que vive dentro de nosotros para que nuestras almas se vuelvan «sencillas como llamas», y nuestros cuerpos «tan serenos como una lámpara de ágata». Carl Jung acuñó en 1913 el término imaginación activa, que designa una técnica en la que se emplean imágenes (tomadas de un sueño, en muchos casos) para entablar un diálogo con la mente inconsciente, sacando a relucir lo que ha estado sumido en la oscuridad.
La idea de la Visualización | La ciencia confirma esta idea. Doidge revolucionó nuestro concepto del funcionamiento del cerebro humano introduciendo una nueva visión del cerebro como flexible y capaz de cambiar, en lugar de fijo e inamovible como se le consideraba hasta entonces. Sus trabajos muestran cómo las experiencias nuevas pueden crear nuevas vías neuronales. Estas nuevas vías neuronales se refuerzan con la repetición y se profundizan con la atención centrada. En esencia, cuanto más practicamos algo, más entrenamos a nuestro cerebro para el cambio. Este principio fundamental se recoge en una frase que resume los trabajos que presentó en 1949 el neuropsicólogo canadiense Donald Hebb: «Las neuronas que se activan juntas, se agrupan». En esencia, cuando las neuronas cerebrales se activan a la vez, se refuerza la conexión entre ellas. Dicho de manera sencilla, cada vez que repetimos una experiencia concreta, esta se nos arraiga más. Con las repeticiones suficientes, la experiencia puede volverse automática.
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Aplicando el Principio de Hebb | Puede tratarse de una experiencia de recibir consuelo o apoyo, o de sentir compasión o gratitud; en última instancia, puede ser cualquier cosa que nos permita sentir fuerza o paz dentro de nosotros. Cuando reproducimos repetidas veces los sentimientos y las sensaciones asociados a esta nueva experiencia, no solo pueden empezar a agruparse determinadas estructuras de nuestro cerebro, sino que podemos estimular la liberación de neurotransmisores del bienestar, como la serotonina y la dopamina, o de hormonas del bienestar, como la oxitocina. Hasta podemos afectar al modo en que se expresan nuestros genes. Los mismos genes que intervienen en la respuesta de estrés del cuerpo pueden empezar a funcionar de otra manera mejor. A nivel neurofisiológico, cada vez que practicamos la experiencia beneficiosa estamos apartando la intervención del centro de nuestro cerebro que se dedica a responder al trauma, y dirigiéndola hacia otras áreas del cerebro, más concretamente hacia el córtex prefrontal, donde podemos integrar la experiencia nueva y se pueden producir cambios neuroplásticos. Como Doidge, el neurocientífico Michael Merzenich, uno de los investigadores más destacados en el terreno de la neuroplasticidad, afirma que «cuando practicamos una habilidad nueva en condiciones adecuadas, pueden cambiarnos centenares o incluso miles de millones de conexiones entre las neuronas de nuestro mapa cerebral».
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Un Nuevo Mapa Cerebral | Cuando establecemos la relación con lo que está detrás de nuestros miedos y de nuestros síntomas, ya estamos abriendo nuevas posibilidades de resolución. En algunos casos, nos basta con haber alcanzado esta nueva comprensión para que dejemos de lado nuestras viejas imágenes dolorosas e iniciemos una liberación visceral que podremos sentir en el núcleo mismo de nuestro cuerpo. En otros casos, establecer la relación solo tiene el efecto de que comprendamos mejor, pero nos hace falta algo más para integrar plenamente lo que hemos descubierto. Necesitaremos frases, ritos, prácticas o ejercicios que nos ayuden a forjar una nueva imagen interior. La nueva imagen puede llenarnos de una provisión interior de calma, convirtiéndose en punto de referencia de paz interior al que podemos regresar una y otra vez. Cuando tenemos arraigado un nuevo mapa cerebral, pensamientos nuevos, sentimientos nuevos y sensaciones nuevas, inauguramos una nueva experiencia interior de bienestar que empieza a competir con nuestras viejas reacciones traumáticas y con el poder de estas para llevarnos por el mal camino. Cuanto más recorremos las vías neuronales y viscerales de nuestro nuevo mapa cerebral, más nos identificamos con los sentimientos buenos que acompañan a ese mapa. Con el tiempo, empezamos a familiarizarnos con los sentimientos buenos y a confiar en nuestra capacidad para volver al terreno sólido aunque nos hayan temblado los cimientos durante un tiempo.
Podemos Cambiarnos el Cerebro | Las técnicas de imagen cerebral demuestran que muchas neuronas y regiones del cerebro se activan por igual cuando nos imaginamos un hecho y cuando lo vivimos en la realidad. Doidge afirma que la visualización es un proceso en el que se aplica tanto la imaginación como la memoria. Dice que «al visualizar, recordar o imaginar experiencias agradables se activan muchos de los mismos circuitos sensoriales, motores, emocionales y cognitivos que se activaban durante la experiencia agradable real». «La creación empieza por la imaginación», escribió en 1921 el dramaturgo George Bernard Shaw. Mucho antes de que se considerara posible siquiera la neuroplasticidad, Shaw ya había expuesto el principio de que «lo que imaginamos, lo hacemos posible».
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El Cambio Plástico | El doctor Dawson Church, en su exitoso libro El genio en sus genes: la medicina energética y la nueva medicina de la intención, en el que expone las investigaciones sobre la relación de las emociones con la expresión genética, explica cómo la visualización, la meditación y el enfoque sobre pensamientos, emociones y oraciones positivas (lo que él llama intervenciones epigenéticas internas) pueden activar genes y tener efectos positivos sobre nuestra salud. «Llenarnos las mentes de imágenes positivas de bienestar puede producirnos un entorno epigenético que refuerza el proceso de curación», afirma.
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Se Han investigado | Un estudio realizado en la Universidad de Wisconsin- Madison y publicado en la revista científica Psychoneuroendocrinology en 2013 reveló que los meditadores, al cabo de solo ocho horas de meditación, experimentaban cambios genéticos y moleculares apreciables, entre ellos la reducción de los niveles de genes proinflamatorios, que les permitiría recuperarse físicamente con mayor rapidez de las situaciones estresantes. Church afirma que, cuando meditamos, estamos «reforzando las partes de nuestros cerebros que producen felicidad». Estamos generando nuevas neuronas cerebrales constantemente a lo largo de nuestras vidas. Una buena parte de este nuevo crecimiento se produce en el hipocampo. «Cuando aprendemos, modificamos cuáles son los genes de nuestras neuronas que se expresan», afirma Doidge. «Cuando un gen se activa, produce una proteína nueva que altera la estructura y la función de la célula». Según explica Doidge, este proceso está influido por lo que hacemos y por lo que pensamos. «Podemos dar forma a nuestros genes, que, a su vez, dan forma a la anatomía microscópica de nuestro cerebro». Rachel Yehuda dice: «No puedes cambiarte el ADN; pero, si eres capaz de cambiar cómo funciona tu ADN, viene a ser lo mismo». Como estamos viendo, es muy poco probable que se dé una vida completamente libre de traumas.
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Los Traumas no Duermen | Por fortuna, los seres humanos tenemos resistencia y somos capaces de curarnos los traumas de casi todos los tipos. Esto puede suceder en cualquier momento de nuestras vidas. Lo único que necesitamos es disponer de las ideas y de las herramientas adecuadas. Expondré más adelante, en este libro, las prácticas que han resultado más valiosas en mi trabajo con mis pacientes, para que puedas saber de primera mano cómo se curan los traumas que podrían formar parte de tu herencia familiar.
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Media is too big
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El Planteamiento del Lenguaje Nuclear
Cuando se están representando dentro de nosotros fragmentos de los traumas pasados, estos traumas dejan pistas en forma de palabras y de frases con carga emocional, que suelen conducirnos de nuevo hacia los traumas no resueltos. Como ya hemos visto, es posible que estos traumas ni siquiera sean nuestros. Yo llamo lenguaje nuclear a las expresiones verbales de estos traumas. El lenguaje nuclear también se puede expresar de modos no verbales, entre ellos sensaciones físicas, conductas, emociones, impulsos e incluso los síntomas de una enfermedad. Dentro del lenguaje nuclear de Jesse se contaba su modo de despertarse sobresaltado a las tres y media de la madrugada y de tiritar de frío sin saber por qué, y su terror a volver a quedarse dormido. En el lenguaje nuclear de Gretchen figuraban la depresión, la desesperación, la ansiedad y el ansia de «evaporarse». Tanto Gretchen como Jesse llevaban consigo piezas del rompecabezas que los relacionaba con algún hecho de su historia familiar que había quedado por resolver. Todos conocemos el cuento de Hansel y Gretel, a los que engañan para que se pierdan en el bosque oscuro. Hansel teme que no encontrarán el camino de vuelta a su casa, y va dejando un rastro de miguitas de pan para poder volver. La analogía es oportuna: ya estemos sumidos en las profundidades del bosque de nuestros miedos, o solo un poco alterados por habernos desviado del camino, nosotros también dejamos un rastro que puede servirnos para orientarnos. Pero en vez de migas de pan, dejamos un rastro de palabras, de palabras que tienen el poder de guiarnos de nuevo hasta el camino. Estas palabras pueden parecer aleatorias, pero no lo son. Lo cierto es que son pistas que nos da nuestro inconsciente. Cuando sabemos el modo de recopilarlas y de conectarlas, componen un rastro que podemos seguir para llegar a entendernos mejor a nosotros mismos. Como los niños del cuento, podemos aventurarnos tanto en el bosque de nuestros miedos que incluso nos olvidamos de dónde está nuestra casa. En vez de seguir el rastro de las palabras, quizá recurramos a las medicaciones, a consolarnos con la comida, el tabaco, el sexo o el alcohol, o a distraernos con actividades inanes. Como ya sabemos por nuestra experiencia personal, estos caminos no tienen salida. Jamás nos conducen donde tenemos que ir. No nos damos cuenta de que estamos rodeados por todas partes de las migas de pan de nuestro lenguaje nuclear. Viven en las palabras que pronunciamos en voz alta y en las que decimos en silencio. Viven en las palabras que nos saltan continuamente en la cabeza como la alarma de un despertador. Pero, en vez de seguirlas para descubrir adónde nos conducen, podemos quedarnos paralizados por el trance interior que nos provocan estas palabras.
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Los Padres | Parece que tenemos programadas en el cerebro estas pautas, y que empiezan a formarse incluso antes de que nazcamos. Nuestra vinculación con nuestra madre cuando estamos en el seno materno es fundamental para el desarrollo de nuestros circuitos neuronales.
Desde el Momento de la Concepción | Estas pautas son como un modelo; más que aprenderse, se transmiten. El desarrollo neuronal que se produce en el seno materno prosigue durante los primeros nueve meses después del nacimiento.
En Función de las Vivencias | A través de estas primeras interacciones, el niño sigue estableciendo el modelo por el que gestionará sus emociones, sus pensamientos y sus conductas.
Cuando la Madre Porta | Las repercusiones de una ruptura temprana del vínculo madre-hijo (una estancia larga en el hospital, unas vacaciones inoportunas, una separación larga) pueden ser devastadoras para el niño. Este pierde de pronto la familiaridad profunda y asimilada del olor de la madre, de su tacto, sonido y gusto, todo lo que ha llegado a conocer y en lo que confía.
La Madre y el Hijo Viven | «Cuando se separan, el recién nacido no solo echa de menos a la madre, sino que sufre una abstinencia física y psicológica (...) que no es muy distinta de la que padece el heroinómano al que se priva de la droga bruscamente».
Ahora Me Doy Cuenta | Recuerdo que cuando yo era un niño pequeño, de unos cinco o seis años, y mi madre salía de casa, sentía tal terror que iba a su dormitorio, abría el cajón donde guardaba los pañuelos y los camisones y hundía la cabeza entre las prendas para percibir el olor de ella. Recuerdo vivamente aquella sensación de que no volvería a verla, de que solo me quedaría de ella su olor. Cuando fui adulto, conté a mi madre esos recuerdos, y entonces supe que ella hacía lo mismo: hundía la cara entre las ropas de su madre cuando esta salía de casa.
Movidos por Nuestro Miedo y por nuestra ansiedad, solemos intentar controlar el entorno para sentirnos seguros. Esto se debe a que cuando éramos pequeños teníamos muy poco control, y seguramente no disponíamos de un lugar seguro para refugiarnos de las emociones intensas que sentíamos. Las lesiones del vínculo pueden reproducirse a lo largo de las generaciones si no cambiamos conscientemente la pauta.
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Compartimos una Conciencia Familiar | Estas huellas, a su vez, se convierten en un modelo familiar, a medida que los miembros de la familia repiten de manera inconsciente los sufrimientos del pasado. La repetición de un trauma no siempre es una réplica exacta del hecho primitivo.