Coaching & Tips * Ari Shemoth
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— Un Camino Hacia Tu Realización | Soporte, Guía y Sanación Emocional y Física.
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Ya se Han Publicado | El doctor Eric Nestler ha escrito, en un artículo titulado «Mecanismos epigenéticos de depresión», publicado en la revista JAMA Psychiatry en febrero de 2014: «De hecho, se ha demostrado que los acontecimientos vitales estresantes modifican la susceptibilidad al estrés de las generaciones posteriores». Las madres embarazadas que desarrollaron TEPT después de los atentados del once de septiembre tuvieron hijos que no solo tenían niveles de cortisol problemáticos, sino que se sobresaltaban más con los ruidos fuertes y al ver a personas desconocidas. En un estudio realizado en Inglaterra se observó que los problemas emocionales y de conducta de los niños se duplicaban cuando sus madres habían sufrido ansiedad durante el embarazo.
Los Traumas son Capaces | «Los hijos de un padre que sufre un trastorno de estrés postraumático pueden desarrollar a veces su propio TEPT, al que llamamos TEPT secundario». El doctor Sack expone que cerca de un 30 por ciento de los niños cuyo padre o madre estuvieron destinados en el conflicto de Irak o de Afganistán y contrajeron TEPT sufren síntomas similares. «El trauma del padre se repite en el hijo, y los problemas conductuales y emocionales del hijo pueden ser un reflejo de los del padre». Los hijos de un padre o una madre que sufrió traumas durante el genocidio de Camboya, por ejemplo, tienden a padecer depresión y ansiedad. Del mismo modo, entre los hijos de australianos que combatieron en la guerra de Vietnam se da una tasa de suicidios superior a la de la población general. La tasa de suicidios más elevada de todo el hemisferio occidental se da entre los jóvenes indios americanos que viven en las reservas de los Estados Unidos. En algunas partes de este país, esta tasa es entre diez y diecinueve veces superior a la de la juventud estadounidense en general. Albert Bender, historiador y abogado cheroqui especializado en Derecho indioamericano, propone que «el trauma intergeneracional que sufren todos los pueblos nativos, pero más especialmente la juventud indioamericana, es consecuencia de la política histórica de genocidio que cristalizó en las masacres incontables, en los traslados de población forzosos y en las campañas militares que prosiguieron hasta finales del siglo XIX y culminaron en la masacre de Wounded Knee». Bender considera que estos suicidios están alimentados por el duelo generacional. Según dice, «todos estos recuerdos resuenan de una manera u otra en las mentes de nuestros jóvenes». Explica que los jóvenes se están ahorcando con una frecuencia tal, que «en muchas reservas se celebra que pase una semana entera sin que se haya producido ningún suicidio». El doctor LeManuel «Lee» Bitsoi, miembro de la nación navajo e investigador asociado de Genética en la Universidad de Harvard, corrobora la afirmación de Bender de que los jóvenes están volviendo a vivir el pasado en sus síntomas.
El Trauma intergeneracional | Los jóvenes indioamericanos, como los hijos de los veteranos de guerra, como los hijos de los supervivientes del Holocausto, como los hijos de los supervivientes del genocidio de Camboya y como los hijos de los supervivientes de los atentados contra las Torres Gemelas, se cuentan entre las últimas víctimas del trauma transgeneracional en el mundo actual. Es inquietante el hecho de que la lista se va alargando cada vez más. La violencia, la guerra y la opresión siguen esparciendo las semillas de la repetición generacional de las vivencias, a medida que los supervivientes, sin saberlo, van transmitiendo lo que han vivido a las generaciones siguientes. Veamos un caso notable. Muchos jóvenes que nacieron en Ruanda después de 1994, y por tanto no llegaron a presenciar de primera mano la matanza sin sentido de 800.000 personas, tienen los mismos síntomas de estrés postraumático que los que sí fueron testigos de aquella violencia y salieron vivos de ella. Los jóvenes ruandeses afirman que padecen sentimientos de ansiedad intensa y visiones obsesivas, semejantes a los horrores que tuvieron lugar aun antes de que nacieran ellos. «Es un fenómeno que cabía esperar (...) todo lo que no se dice, se transmite», afirma el psiquiatra Naasson Munyandamutsa. Incluso los hijos de familias que no sufrieron la violencia han quedado afectados de manera similar por lo que el psiquiatra Rutakayile Bizoza llama «un contagio del subconsciente colectivo». Yehuda afirma que los hijos de madres que sufren TEPT tienen el triple de probabilidades de que se les diagnostique, a su vez, un TEPT que los niños de los grupos de control. Ha observado también que los hijos de los supervivientes tienen entre el triple y el cuádruple de probabilidades de padecer depresión o ansiedad o de caer en el consumo de drogas cuando el padre o la madre han tenido TEPT. Yehuda y su equipo también han sido capaces de apreciar diferencias en los síntomas de los niños en función de si el TEPT les fue transmitido por la madre o por el padre. Ha descubierto que el TEPT paterno hace aumentar la probabilidad de que el hijo se sienta «disociado de sus recuerdos», mientras que el TEPT materno aumenta las probabilidades de que el hijo tenga dificultades para «calmarse».
Más Concretamente | Parece ser que en los hijos de madres que tuvieron TEPT se da el efecto contrario. Yehuda observa que las madres que sobrevivieron al Holocausto temían verse separadas de sus hijos, y que los hijos e hijas del Holocausto solían quejarse de que sus madres les tenían un apego excesivo. Yehuda cree que las modificaciones epigenéticas inducidas por el estrés que heredamos de nuestro padre se producen antes de la concepción y se transmiten por el esperma del padre. Cree también que estos cambios se pueden producir en nuestra madre tanto antes de la concepción como en el transcurso de la gestación. Yehuda observa también que la edad de la madre cuando se produce el trauma es un factor significativo que determina lo que esta transmite a sus hijos. Por ejemplo, los hijos de supervivientes del Holocausto heredaron variaciones de la enzima que convierte el cortisol activo en cortisol inactivo, variaciones que dependían de si sus madres eran muy jóvenes o personas adultas durante el Holocausto. El TEPT de un abuelo puede afectar también a las generaciones siguientes. Como vimos en el caso de Gretchen, los traumas asociados a la guerra pueden seguir escalando y afectar a los hijos de los que sufrieron el trauma de partida. Los traumas, no solo los de la guerra sino los de cualquier hecho lo bastante significativo como para perturbar el equilibrio emocional de nuestra familia (un delito, un suicidio, una muerte temprana o una pérdida repentina o inesperada), pueden llevarnos a revivir (en el sentido de volver a vivir) síntomas de traumas del pasado. Dice Sack: «El trauma se extiende por la sociedad, además de intrageneracionalmente».
Solo en los Últimos Tiempos | Para profundizar en este conocimiento, los investigadores han recurrido a los estudios con animales. Teniendo en cuenta que los ratones tienen un mapa genético notablemente similar al humano (un 99 por ciento de los genes de los seres humanos tienen sus equivalentes en los ratones), estos estudios nos proporcionan una ventana por la que podemos asomarnos a los efectos que ejerce el estrés heredado sobre nuestras propias vidas. Estas investigaciones resultan valiosas por otro motivo. Dado que puede nacer una nueva generación de ratones al cabo de unas doce semanas, es posible obtener resultados en estudios multigeneracionales en relativamente poco tiempo. Para llevar a cabo un estudio similar con seres humanos podrían tener que pasar hasta sesenta años. Ya se están relacionando los cambios químicos de la sangre, el cerebro, los óvulos y los espermatozoides de los ratones con pautas conductuales tales como la ansiedad y la depresión en generaciones posteriores. Por ejemplo, en los estudios realizados sobre la descendencia se ha observado que el estrés de la separación materna provocaba traumas, tales como cambios de la expresión genética, que podían observarse a lo largo de tres generaciones. En uno de los estudios de este tipo, los investigadores impidieron a las hembras alimentar a sus crías en períodos de hasta tres horas cada día durante las dos primeras semanas de vida de estas. En su vida posterior, las crías manifestaban conductas semejantes a lo que se podría llamar «depresión» en los seres humanos. Parecía que los síntomas de los ratones se les iban agravando con la edad. Cosa sorprendente, algunos machos no manifestaban estas conductas en sí mismos, pero parecía que transmitían epigenéticamente los cambios de conducta a sus descendientes hembras. Los investigadores observaron también alteraciones de la metilación y cambios de la expresión genética en los ratones estresados. Entre los genes afectados se contaba el CRF2, que regula la ansiedad tanto en los ratones como en los seres humanos. Los investigadores observaron también que las células germinales (las células precursoras de los óvulos y de los espermatozoides) y los cerebros de las crías quedaban afectados por el estrés causado tras la separación de sus madres. En otro experimento realizado con ratas, las crías que recibieron niveles bajos de atención materna mostraban en su vida adulta más ansiedad y más reactividad al estrés que las ratas que habían recibido niveles altos de atención materna. Esta pauta de estrés se observó a lo largo de múltiples generaciones. Es bien sabido que los recién nacidos a los que se ha separado de sus madres pueden sufrir dificultades a consecuencia de ello. En estudios realizados con ratones macho, las crías a las que se separaba de sus madres reflejaban incrementos de la susceptibilidad al estrés que les perduraban toda la vida, y tenían, a su vez, descendientes en los que se manifestaban pautas de estrés similares, a lo largo de varias generaciones. En uno de estos estudios, realizado en 2014 en el Instituto de Investigaciones Cerebrales de la Universidad de Zúrich, los investigadores sometieron a ratones macho a períodos repetidos y prolongados de estrés intenso, separándolos de sus madres. Después, los ratones traumatizados manifestaban diversos síntomas propios de la depresión. A continuación, los investigadores hicieron que los ratones se reprodujeran, y descubrieron que las crías de la segunda y de la tercera generación manifestaban los mismos síntomas de trauma, a pesar de no haberlo sufrido por sí mismas.
Las investigaciones Observaron | Aunque los ratones de la tercera generación manifestaban los mismos síntomas de trauma que sus padres y abuelos, no se detectaron en ellos niveles elevados de microARN, por lo que los investigadores especularon que los cambios conductuales debidos a un hecho traumático pueden manifestarse a lo largo de tres generaciones, pero quizá no pasen de allí. «Con el desequilibrio de los microARN en el esperma, hemos descubierto un factor clave por el cual se puede transmitir el trauma», explica Isabelle Mansuy, coautora del estudio. Su equipo y ella están estudiando actualmente el papel de los microARN en la herencia del trauma en los seres humanos. Mansuy y sus compañeros han publicado después, en 2016, un estudio en el que pudieron demostrar que los síntomas del trauma podían invertirse en los ratones que habían vivido como adultos en un entorno positivo de bajo estrés. No solo mejoraba la conducta de los ratones, sino que también se producían en ellos cambios de la metilación del ADN, lo que impedía que se transmitieran los síntomas a la generación siguiente. Este estudio tiene unas consecuencias especialmente importantes. Veremos en capítulos posteriores el modo de crear imágenes positivas y experiencias enriquecedoras que contribuyen a invertir las pautas de estrés que pueden haber afectado a nuestra familia durante varias generaciones. Los estudios realizados con ratones son interesantes, sobre todo, porque brindan a la ciencia pruebas tangibles de cómo los desafíos que vive una generación se pueden convertir en la herencia que se transmite a la siguiente. En un estudio realizado en 2013 en la Facultad de Medicina de la Universidad Emory sobre los descendientes de ratones macho estresados, los investigadores descubrieron que los recuerdos traumáticos se podían transmitir a las generaciones sucesivas a través de cambios epigenéticos que se producen en el ADN. Se enseñó a los ratones de una generación a que temieran el aroma de la acetofenona, semejante al de las flores de cerezo. Cada vez que se les sometía a este olor, recibían al mismo tiempo una descarga eléctrica. Al cabo de un tiempo, los ratones que habían sufrido las descargas tenían un número mayor de receptores olfativos asociados a ese aroma concreto, que les permitían detectarlo en concentraciones menores. También tenían dilatadas las regiones cerebrales dedicadas a dichos receptores. Los investigadores también pudieron identificar cambios en los espermatozoides de los ratones. Pero lo más interesante de este estudio fue lo que sucedió en las dos generaciones sucesivas. Cuando se sometía a este olor floral a los hijos de los ratones que habían sufrido las descargas, así como a las crías de estos hijos, se sobresaltaban y lo evitaban, a pesar de no haberlo percibido nunca hasta entonces. También se apreciaban en ellos los mismos cambios cerebrales. Parecía ser que los ratones no solo heredaban la sensibilidad al olor, sino también la respuesta de miedo asociada al mismo. Brian Dias, uno de los investigadores que participaron en este estudio, sugiere que «en el esperma hay algo que informa o que permite que se herede esa información». Su equipo y él observaron una metilación del ADN anormalmente baja, tanto en el esperma de los ratones padres como en el de los hijos de estos.
El Mecanismo Preciso | Los investigadores se centraron en el gen CRF1, que codifica una molécula que interviene en la respuesta del cuerpo al estrés, y detectaron cantidades elevadas del producto molecular de este gen en el cerebro de las ratas hembra estresadas. Descubrieron también concentraciones elevadas hasta un nivel significativo de este mismo producto molecular en los óvulos de las hembras estresadas, así como en el cerebro de sus crías, lo que demostraba que la información sobre la experiencia estresante se estaba transmitiendo a través de los óvulos. Los investigadores recalcan que la conducta alterada de las ratas recién nacidas no guarda ninguna relación con el tipo de atención y cuidados que recibían las crías de sus madres. Este estudio concreto da a entender que, aunque los seres humanos recibamos buen trato y apoyo en nuestros primeros años, no dejamos de recibir el estrés que sufrieron nuestros padres antes de que nos concibieran.
Aunque los Seres Humanos | En el capítulo siguiente veremos cómo los hermanos, hijos de los mismos padres, pueden heredar traumas distintos y hacer vidas diferentes a pesar de haber compartido una misma crianza. En un estudio sobre ratas realizado en 2014 en la Universidad de Lethbridge, en Canadá, los investigadores observaron los efectos del estrés sobre las madres preñadas y su influencia sobre los partos precoces. Los resultados indicaron que las madres estresadas tenían crías prematuras, y que sus hijas también tenían partos prematuros. Las nietas tenían incluso más partos prematuros que sus madres. Pero lo que más sorprendió a los investigadores fue lo que se produjo en la tercera generación. Las nietas de abuelas estresadas tenían partos prematuros aunque sus madres no hubieran estado estresadas. Gerlinde Metz, autora principal del artículo, dice: «Fue sorprendente el hallazgo de que el estrés suave a moderado durante el embarazo tenía un efecto acumulativo a lo largo de las generaciones. Así, los efectos del estrés iban en aumento en cada generación». Metz cree que los cambios epigenéticos se deben a moléculas de microARN no codificante79. Estos resultados podrían tener consecuencias para las madres humanas que corren riesgo de complicaciones debidas al estrés en el embarazo o en el parto.
Una Generación Humana | No obstante, a la luz de las investigaciones que demuestran que el estrés se puede transmitir a lo largo de tres generaciones de ratones, como mínimo, los investigadores suponen que es probable que los hijos de padres humanos que han sufrido un hecho traumático o estresante no solo transmitirán esta pauta a su hijos, sino también a sus nietos. Resulta inquietante observar que la Biblia (en el libro de los Números, 14, 18) corrobora las afirmaciones de la ciencia moderna (o a la inversa), pues afirma que los pecados, las iniquidades o las consecuencias de los padres (el término concreto depende de la traducción consultada) pueden afectar a los hijos hasta la tercera y la cuarta generación. Más concretamente, en la Nueva Traducción Viviente se lee: «El Señor es lento para enojarse y está lleno de amor inagotable y perdona toda clase de pecado y rebelión; pero no absuelve al culpable. Él extiende los pecados de los padres sobre sus hijos; toda la familia se ve afectada, hasta los hijos de la tercera y la cuarta generación». Cuando se vayan publicando nuevos descubrimientos en el campo de la epigenética, es posible que las nuevas informaciones sobre el modo de mitigar los efectos transgeneracionales de los traumas se apliquen de manera generalizada.
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La Mente de la Familia | Por decirlo de una manera sencilla, recibimos a través de nuestra madre diversos aspectos de la vida de nuestra abuela y de los cuidados que esta dedicó a nuestra madre. Los traumas que sufrió nuestra abuela, sus penas y sus sufrimientos, las dificultades que pasó en la infancia o con nuestro abuelo, las pérdidas tempranas de seres queridos... todo ello se filtró hasta cierto punto en los cuidados maternales que dedicó a nuestra madre. Si nos remontásemos una generación más, lo más probable es que viésemos lo mismo en cuanto a los cuidados maternales que recibió nuestra abuela. Es posible que no podamos ver con claridad los detalles de los hechos que dieron forma a la vida de esas personas; sin embargo, podemos sentir hondamente las repercusiones de estos detalles.
🔻 Resumen Temático del Capítulo
Por Decirlo de Una Manera
— Lo que Heredamos
El Desarrollo Neuronal
Yo Conocí ese Sentimiento
05 Mi Madre Fue Criada
Para Poner Fin al Ciclo
Tal Como se Aprecia
El Destacado Psicoterapeuta
Las Personas que No Son Capaces
10 Hellinger ha Observado
Un Destino Entrelazado
Cuando Estás Enredado
Hasta los Hijos
Cuando se Produce una Ruptura
15 La Herencia de Traumas
Reviviendo y Transmutando los Traumas
Nuestras Mentes Tienen
Ayudar a las Personas
La idea de la Visualización
20 En Esencia
Aplicando el Principio de Hebb
Un Nuevo Mapa Cerebral
Podemos Cambiarnos el Cerebro
Se Han investigado
25 Los Traumas no Duermen
🔻Repaso Temático del Capitulo 3
Los Padres
Desde el Momento de la Concepción
En Función de las Vivencias
Cuando la Madre Porta
30 La Madre y el Hijo Viven
Yo Conocí ese Sentimiento
Aunque mi Abuela
Quedarse sin Madre
Para Poner Fin al Ciclo
35 Ahora Me Doy Cuenta
Tal Como se Aprecia
Movidos por Nuestro Miedo
Compartimos una Conciencia Familiar
Hellinger ha Observado
40 Un Destino Entrelazado
Cuando Estás Enredado
🔜 El Planteamiento del Lenguaje Nuclear
Extras:
Lo que Busco es la Verdad
Las Emociones de Tu Linaje
Constelaciones Familiares
Ay Mis Ancestros
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Por Decirlo de Una Manera | Los traumas que sufrió nuestra abuela, sus penas y sus sufrimientos, las dificultades que pasó en la infancia o con nuestro abuelo, las pérdidas tempranas de seres queridos... todo ello se filtró hasta cierto punto en los cuidados maternales que dedicó a nuestra madre. Si nos remontásemos una generación más, lo más probable es que viésemos lo mismo en cuanto a los cuidados maternales que recibió nuestra abuela. Es posible que no podamos ver con claridad los detalles de los hechos que dieron forma a la vida de esas personas; sin embargo, podemos sentir hondamente las repercusiones de estos detalles.
— Lo que Heredamos | Los padres, para bien o para mal, tienden a transmitir el tipo de atención paterna que recibieron. Parece que tenemos programadas en el cerebro estas pautas, y que empiezan a formarse incluso antes de que nazcamos. Nuestra vinculación con nuestra madre cuando estamos en el seno materno es fundamental para el desarrollo de nuestros circuitos neuronales. Thomas Verny ha dicho: «Desde el momento mismo de la concepción, la experiencia que se vive en el vientre materno da forma al cerebro y sienta las bases de la personalidad, del temperamento emocional y de la capacidad del pensamiento superior». Estas pautas son como un modelo; más que aprenderse, se transmiten. El desarrollo neuronal que se produce en el seno materno prosigue durante los primeros nueve meses después del nacimiento.
El Desarrollo Neuronal | En función de las vivencias del recién nacido y de sus relaciones con la madre o con la persona que lo cuida, conserva unos circuitos neuronales, descarta otros y organiza los restantes. A través de estas primeras interacciones, el niño sigue estableciendo el modelo por el que gestionará sus emociones, sus pensamientos y sus conductas. Cuando la madre porta consigo un trauma heredado, o cuando ha vivido una ruptura del vínculo con su madre, esto puede afectar a su vez al vínculo reciente que está formando con su recién nacido, y habrá más probabilidades de que se corte este vínculo. Las repercusiones de una ruptura temprana del vínculo madre-hijo (una estancia larga en el hospital, unas vacaciones inoportunas, una separación larga) pueden ser devastadoras para el niño. Este pierde de pronto la familiaridad profunda y asimilada del olor de la madre, de su tacto, sonido y gusto, todo lo que ha llegado a conocer y en lo que confía. «La madre y el hijo viven en un estado biológico que tiene mucho en común con las adicciones», dice Winifred Gallagher, autora especializada en ciencias del comportamiento. «Cuando se separan, el recién nacido no solo echa de menos a la madre, sino que sufre una abstinencia física y psicológica (...) que no es muy distinta de la que padece el heroinómano al que se priva de la droga bruscamente». Esta analogía sirve para explicarnos mejor por qué protestan con tanta energía todos los mamíferos recién nacidos, incluidos los humanos, cuando se les separa de sus madres. El recién nacido que se ve separado de la madre puede sentirse en una situación de «peligro para la vida», dice la doctora Raylene Phillips, neonatóloga en el hospital infantil de la Universidad Loma Linda. «Si la separación prosigue durante un período prolongado, la respuesta es la desesperación», añade la doctora Phillips. «El niño se rinde». La doctora Phillips comparte esta idea con el doctor Nils Bergman y con otros expertos en la neurociencia del vínculo madre-hijo.
Yo Conocí ese Sentimiento | Aunque yo sentía siempre la presencia de su amor en el fondo, una buena parte del ejercicio de su maternidad estaba afectada por los traumas de nuestra historia familiar; más concretamente, por el hecho de que su madre, Ida, había perdido a sus dos progenitores cuando tenía dos años. Según la tradición familiar, los hechos fueron los siguientes. Cuando mi bisabuela Lora murió de pulmonía, en 1904, sus padres culparon de ello a su marido, Andrew, que era, según ellos, un inútil y un jugador. Lo que se cuenta en la familia es que Sora contrajo una pulmonía por haber estado asomada a la ventana en pleno invierno, suplicando a su marido que volviera a casa. Contaron a mi abuela Ida que su padre «se gastaba en el juego el dinero del alquiler»; y esta frase se ha repetido en nuestra familia, como un eco, a lo largo de las generaciones. Tras la muerte de Sora, expulsaron de la familia a mi bisabuelo Andrew, y nunca se supo más de él. Cuando yo era niño, ya percibía la amargura de mi abuela cuando contaba esta historia (y la contaba muchas veces), y me entristecía que ella no hubiera llegado a conocer a su padre. Mi abuela, huérfana a los dos años, fue criada por sus abuelos, de edad avanzada, que se ganaban la vida vendiendo ropa usada en un carro, en el distrito Hill de Pittsburgh. Mi abuela adoraba a sus abuelos y solía animarse cuando contaba sus recuerdos de cuánto la querían. Pero aquello no era más que una parte de la historia; era la parte que ella era capaz de recordar conscientemente. Había una historia más profunda que a ella se le escapaba. En los primeros meses de vida de Ida, o quizá incluso cuando estaba en el seno materno, habría absorbido las sensaciones de la aflicción que producía a su madre las riñas constantes, las lágrimas y los disgustos. Todo aquello tendría un efecto profundo sobre el desarrollo neuronal crucial que se estaba produciendo en el cerebro de Ida. Después, la pérdida de su madre a los dos años de edad la dejaría destrozada emocionalmente.
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Mi Madre Fue Criada | Aunque Ida estuvo presente físicamente en la vida de mi madre, era incapaz de expresar las emociones profundas necesarias para apoyar el desarrollo de mi madre. Esa falta de conexión emocional también pasó a formar parte de la herencia de mi madre. La historia del padre de mi madre también fue azarosa. La madre de él, Rachel, murió de sobreparto cuando mi abuelo, Harry, tenía solo cinco años. El padre de Harry, Samuel, portó una carga pesada de culpabilidad, pues se consideraba responsable de la muerte de Rachel por haberla dejado embarazada. Samuel no tardó en casarse con una mujer que, según se cuenta en la familia, se ocupaba más de un hijo propio que tenía que de Harry, al que trataba con una indiferencia rayana en la crueldad. Mi abuelo no solía hablar de su infancia. Esto lo sé por mi madre, que contaba que Harry había estado a punto de morirse de hambre en su infancia. Para sobrevivir, buscaba alimentos entre la basura y comía hojas de diente de león. Cuando yo era niño me imaginaba a mi abuelo, también niño, sentado solo en un bordillo, mordiendo un pedazo de pan duro o royendo un hueso de pollo rancio.
Quedarse sin Madre | Si estas perturbaciones no se hubieran producido antes de que naciera mi madre, es posible que mis hermanos y yo hubiésemos recibido unos cuidados maternales distintos. Pero, al haber sido así, la necesidad que tenía mi madre del amor que sus padres no le pudieron dar solía dejarla con sentimientos de ansiedad y de agobio. Comprendí que, para poner fin al ciclo de traumas heredados en mi familia y, en última instancia, para curarme yo mismo, tenía que curar mi relación con mi madre. Sabía que no podía cambiar lo que había sucedido en el pasado, pero sí podía cambiar, sin duda, la relación que manteníamos en el presente.
Para Poner Fin al Ciclo | Sabía que no podía cambiar lo que había sucedido en el pasado, pero sí podía cambiar, sin duda, la relación que manteníamos en el presente. Mi madre había heredado las pautas de estrés de su madre, y yo las había heredado también. Ella solía llevarse las manos al pecho y quejarse de la sensación de agitación que tenía en el cuerpo. Ahora me doy cuenta de que estaba reviviendo inconscientemente el miedo y la soledad que se reproducían en nuestra familia, el terror a quedar separada de la persona a la que más necesitaba: su madre. Recuerdo que cuando yo era un niño pequeño, de unos cinco o seis años, y mi madre salía de casa, sentía tal terror que iba a su dormitorio, abría el cajón donde guardaba los pañuelos y los camisones y hundía la cabeza entre las prendas para percibir el olor de ella. Recuerdo vivamente aquella sensación de que no volvería a verla, de que solo me quedaría de ella su olor. Cuando fui adulto, conté a mi madre esos recuerdos, y entonces supe que ella hacía lo mismo: hundía la cara entre las ropas de su madre cuando esta salía de casa.
Tal Como se Aprecia | Los efectos pueden quedársenos en el inconsciente y vivir en nuestro cuerpo en forma de recuerdos somáticos que se desencadenan cuando se dan hechos que evocan el rechazo o el abandono. Cuando pasa esto, podemos sentirnos completamente desfasados respecto de nosotros mismos. Podemos sentirnos dominados por nuestros pensamientos y abrumados, incluso asustados, por las sensaciones que nos inundan el cuerpo. Como el trauma se produjo en época tan temprana, suele quedar oculto en un lugar hasta donde no llega nuestra consciencia. Sabemos que existe un problema, pero no somos capaces de poner en limpio «qué pasó» exactamente. En vez de ello, suponemos que el problema está en nosotros, que tenemos dentro algo que es «malo». Movidos por nuestro miedo y por nuestra ansiedad, solemos intentar controlar el entorno para sentirnos seguros. Esto se debe a que cuando éramos pequeños teníamos muy poco control, y seguramente no disponíamos de un lugar seguro para refugiarnos de las emociones intensas que sentíamos. Las lesiones del vínculo pueden reproducirse a lo largo de las generaciones si no cambiamos conscientemente la pauta.
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Ay Mis Ancestros de Anne Ancelin Schutzenberger | Lazos o vínculos Transgeneracionales subconscientes, Secretos de Familia, el Síndrome de Aniversario, la Transmisión de los Traumatismos y la Práctica del Genosociograma.
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