— Bruce Lipton | El doctor Lipton, en calidad de profesor y de investigador en una facultad de medicina, estudió durante varias décadas los mecanismos por los que las células reciben y procesan la información.
• Siendo profesor e investigador en la Universidad de Stanford, entre 1987 y 1992, demostró que las señales del entorno podían actuar a través de la membrana celular y controlar la conducta y la fisiología de la célula, lo que, a su vez, podía activar un gen o silenciarlo.
• Sus ideas y sus descubrimientos, que fueron polémicos en su época, han sido confirmados después por muchos investigadores.
• Gracias a sus trabajos con células animales y humanas, contamos ahora con una ventana por la que podemos asomarnos al modo en que se transfiere la memoria celular en el útero materno, desde la madre hasta su hijo no nacido.
• Según Lipton, «las emociones de la madre, como el miedo, la ira, el amor y la esperanza, entre otras, pueden alterar bioquímicamente la expresión genética de sus hijos».
• En el embarazo, los nutrientes de la sangre de la madre alimentan al feto a través de la pared de la placenta.
• Junto con los nutrientes, la madre libera también una gran variedad de hormonas y de señales de información generadas por las emociones que siente.
• Estas señales químicas activan determinadas proteínas receptoras de las células, desencadenando una cascada de cambios fisiológicos, metabólicos y de conducta, tanto en el cuerpo de la madre como en el feto.
• Las emociones crónicas o repetitivas como la ira y el miedo pueden marcar al hijo, preparando, o «preprogramando», en esencia, el modo en que se adaptará el niño o niña a su entorno.
• Lipton explica: «Cuando las hormonas del estrés atraviesan la placenta [humana] (...) hacen que los vasos sanguíneos del feto estén más constreñidos en las vísceras, con lo que se envía más sangre a la periferia, preparando al feto para una respuesta conductual de lucha o huida».
• En este sentido, el niño que ha vivido en el útero un entorno estresado puede adquirir reactividad ante una situación estresante similar.
• Ya se han publicado múltiples estudios en los que se documenta cómo puede afectar al hijo el estrés de la madre embarazada, incluso desde el primer trimestre de embarazo.
• En uno de estos estudios, publicado en 2010 en la revista científica Biological Psychiatry, se exploraba la relación entre el estrés prenatal y sus efectos sobre el neurodesarrollo de los recién nacidos.
• Los investigadores midieron la hormona cortisol, que regula el estrés, en el fluido amniótico de 125 madres embarazadas, para determinar sus niveles de estrés.
• Los resultados demostraron que los recién nacidos que habían estado expuestos a niveles elevados de cortisol en el útero materno, hasta en etapas tan tempranas como la decimoséptima semana después de la concepción, manifestaban falta de desarrollo cognitivo al ser evaluados a los diecisiete meses del nacimiento.
• Siendo profesor e investigador en la Universidad de Stanford, entre 1987 y 1992, demostró que las señales del entorno podían actuar a través de la membrana celular y controlar la conducta y la fisiología de la célula, lo que, a su vez, podía activar un gen o silenciarlo.
• Sus ideas y sus descubrimientos, que fueron polémicos en su época, han sido confirmados después por muchos investigadores.
• Gracias a sus trabajos con células animales y humanas, contamos ahora con una ventana por la que podemos asomarnos al modo en que se transfiere la memoria celular en el útero materno, desde la madre hasta su hijo no nacido.
• Según Lipton, «las emociones de la madre, como el miedo, la ira, el amor y la esperanza, entre otras, pueden alterar bioquímicamente la expresión genética de sus hijos».
• En el embarazo, los nutrientes de la sangre de la madre alimentan al feto a través de la pared de la placenta.
• Junto con los nutrientes, la madre libera también una gran variedad de hormonas y de señales de información generadas por las emociones que siente.
• Estas señales químicas activan determinadas proteínas receptoras de las células, desencadenando una cascada de cambios fisiológicos, metabólicos y de conducta, tanto en el cuerpo de la madre como en el feto.
• Las emociones crónicas o repetitivas como la ira y el miedo pueden marcar al hijo, preparando, o «preprogramando», en esencia, el modo en que se adaptará el niño o niña a su entorno.
• Lipton explica: «Cuando las hormonas del estrés atraviesan la placenta [humana] (...) hacen que los vasos sanguíneos del feto estén más constreñidos en las vísceras, con lo que se envía más sangre a la periferia, preparando al feto para una respuesta conductual de lucha o huida».
• En este sentido, el niño que ha vivido en el útero un entorno estresado puede adquirir reactividad ante una situación estresante similar.
• Ya se han publicado múltiples estudios en los que se documenta cómo puede afectar al hijo el estrés de la madre embarazada, incluso desde el primer trimestre de embarazo.
• En uno de estos estudios, publicado en 2010 en la revista científica Biological Psychiatry, se exploraba la relación entre el estrés prenatal y sus efectos sobre el neurodesarrollo de los recién nacidos.
• Los investigadores midieron la hormona cortisol, que regula el estrés, en el fluido amniótico de 125 madres embarazadas, para determinar sus niveles de estrés.
• Los resultados demostraron que los recién nacidos que habían estado expuestos a niveles elevados de cortisol en el útero materno, hasta en etapas tan tempranas como la decimoséptima semana después de la concepción, manifestaban falta de desarrollo cognitivo al ser evaluados a los diecisiete meses del nacimiento.
— El Psiquiatra Thomas Verny nos Dice | Verny añade: «Nuestros estudios indican que las madres que están sometidas a un estrés constante y extremo tienen mayores probabilidades de tener niños prematuros, de peso inferior a la media, hiperactivos, irritables y con tendencia al cólico infantil. En casos extremos, estos niños pueden nacer con los pulgares irritados por habérselos chupado, o incluso con úlceras». Lipton recalca la importancia de la que él llama paternidad consciente, es decir, de ejercer la paternidad y maternidad desde el conocimiento de que el desarrollo y la salud del niño pueden sufrir la influencia profunda de los pensamientos, las actitudes y las conductas de los padres desde antes de la concepción hasta el desarrollo postnatal. «Los padres que no querían tener un hijo; los padres que están preocupados constantemente por sus posibilidades de supervivencia y, por tanto, por las de sus hijos; las mujeres que sufren malos tratos físicos y emocionales durante el embarazo: en todas estas situaciones se pueden transmitir al hijo las indicaciones de un entorno adverso que rodea a su nacimiento».
— Sabiendo que las Emociones | Un mes antes de que nazca tu madre, tu abuela recibe la noticia devastadora de que su marido ha muerto en un accidente. Tu abuela, que tendría que prepararse para la llegada de una nueva criatura y contaría con poco tiempo y libertad para llorar la pérdida, seguramente sumergiría sus emociones en el cuerpo que estaba compartiendo con su hija y con su nieto. Tu madre y tú sabríais algo de ese duelo en un lugar muy hondo dentro de ti, en un lugar que compartís los tres. El estrés puede producir cambios en nuestro ADN dentro de este entorno compartido. En el apartado siguiente veremos cómo afectan a nuestros genes los traumas de nuestra historia familiar.
— Los Trabajos de Lipton | En un principio se creía que la herencia genética se transmitía únicamente por el ADN cromosómico que recibíamos de nuestros padres. Ahora que los científicos entienden mejor el genoma humano, han descubierto el hecho sorprendente de que el ADN cromosómico (el ADN responsable de la transmisión de rasgos físicos como el color del cabello, de los ojos y de la piel) solo constituye menos de un 2 por ciento del total de nuestro ADN21. El 98 por ciento restante está compuesto por el llamado ADN no codificante (ADNnc), que es responsable de muchos de los rasgos emocionales, de conducta y de personalidad que heredamos. Los científicos lo consideraban inútil en general y lo llamaban «ADN basura»; pero en los últimos tiempos han empezado a reconocer su importancia. Es interesante que, cuanto más complejo es un organismo, mayor es su porcentaje de ADN no codificante, y los seres humanos tenemos el porcentaje más elevado de todos. Se sabe que los factores de estrés ambientales, como las toxinas y la nutrición inadecuada, así como las emociones estresantes, afectan al ADN no codificante2425. El ADN afectado transmite información que nos sirve para prepararnos para la vida fuera del vientre materno, dotándonos de los rasgos concretos que necesitaremos para adaptarnos a nuestro entorno. Según Rachel Yehuda, los cambios epigenéticos nos preparan biológicamente para que podamos afrontar los traumas que sufrieron nuestros padres. Al prepararnos para unos factores de estrés similares, nacemos dotados de un conjunto concreto de herramientas que nos servirán para sobrevivir. Esto es bueno, por una parte. Nacemos con un conjunto intrínseco de habilidades, con una «resistencia medioambiental», como la llama Yehuda, que nos permite adaptarnos a las situaciones estresantes. Pero, por otra parte, estas adaptaciones heredadas también pueden ser dañinas. Por ejemplo, el hijo de un padre que vivió en una zona de guerra en los primeros años de su vida puede heredar el impulso de contraerse bruscamente como reacción ante un ruido fuerte repentino. Aunque este instinto sería útil ante la amenaza de las bombas, unas reacciones de alarma tan agudizadas pueden mantener a la persona en un estado de alta reactividad aunque no haya ningún peligro. En tal caso existiría una falta de coherencia entre la preparación epigenética del niño y su entorno real. Este desequilibrio podría predisponer a la persona a sufrir trastornos de estrés y enfermedades en su vida posterior.
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— La Expresión Epigenética: ¿Por qué los Gemelos no pueden ser iguales aunque compartan el mismo ADN?
— Estos Cambios Adaptativos | Las investigaciones han demostrado que las etiquetas epigenéticas pueden marcar diferencias en el modo en que regulamos el estrés en etapas posteriores de la vida. Los científicos creían que los efectos del estrés quedaban borrados en las células precursoras de los espermatozoides y los óvulos (poco después de la fertilización), antes de que pudiera afectar a la generación siguiente ninguna información epigenética; como cuando se borran los datos en el disco duro de un ordenador. Pero los científicos han demostrado recientemente que determinadas etiquetas epigenéticas se escapan de este proceso de reprogramación y se transmiten, en efecto, a las células precursoras de los óvulos y los espermatozoides que un día se convertirán en nosotros.
— La Etiqueta Epigenética | La metilación del ADN puede afectar a nuestra salud de manera positiva o adversa, bloqueando en posición de «apagado» genes «útiles» o «dañinos». Los investigadores han observado que, cuando se produce un factor de estrés o un trauma, se dan irregularidades de la metilación del ADN que se pueden transmitir a generaciones posteriores, junto con una predisposición a problemas de la salud física o emocional. Otro mecanismo epigenético que desempeña un papel significativo en la regulación de los genes es la pequeña molécula de ARN no codificante llamada microARN. Tal como sucede en la metilación del ADN, las irregularidades de los niveles de microARN pueden afectar a la expresión de los genes en múltiples generaciones. Entre los muchos genes a los que afecta el estrés se cuentan el CRF1 y el CRF2 (receptores de hormona liberadora de la corticotropina 1 y 2). Se han observado niveles elevados de estos genes en personas con depresión y ansiedad. Los genes CRF1 y CRF2 se pueden heredar de madres estresadas que tienen estos niveles elevados. Los científicos han documentado otros muchos genes a los que pueden afectar también los traumas que se viven en etapas tempranas de la vida.
— Nuestras investigaciones | El estudio histórico que dirigió Yehuda en 2005 popularizó notablemente la idea de que las pautas de estrés se transfieren, en efecto, de las mujeres embarazadas a sus hijos. Las mujeres que estaban en su segundo o tercer trimestre de embarazo y que se encontraban en las Torres Gemelas o en sus proximidades durante los atentados del once de septiembre en Nueva York, y que desarrollaron más tarde TEPT, dieron a luz a niños con niveles bajos de cortisol. Estos hijos también daban muestras de mayor agitación como reacción ante estímulos nuevos. Cuando los niveles de cortisol están comprometidos, también se compromete nuestra capacidad para regular las emociones y controlar el estrés. Los recién nacidos eran, además, más pequeños en relación a su edad gestacional. Yehuda y sus compañeros sugieren que los resultados del estudio sobre el once de septiembre se deben probablemente a mecanismos epigenéticos. Observaron dieciséis genes que se expresaban de manera distinta en las personas que habían desarrollado TEPT tras el once de septiembre, respecto de las que no lo habían desarrollado. Yehuda y su equipo del hospital Mount Sinai de Nueva York publicaron en agosto de 2015 en la revista científica Biological Psychiatry un estudio en el que demostraban que los cambios de los genes se podían transmitir de padres a hijos. El equipo de investigación de Yehuda analizó una región determinada del gen FKBP5, asociado a la regulación del estrés, y observaron que los judíos que habían vivido traumas durante el Holocausto y los hijos de estos compartían una pauta genética similar. Más concretamente, encontraron etiquetas epigenéticas en una misma parte del gen, tanto en los padres como en los hijos. Compararon estos resultados con los de otras familias judías que no habían vivido en Europa durante la guerra, y llegaron a la conclusión de que los cambios de los genes de los hijos solo se podían explicar por los traumas que habían vivido los padres.
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— Ya se Han Publicado | El doctor Eric Nestler ha escrito, en un artículo titulado «Mecanismos epigenéticos de depresión», publicado en la revista JAMA Psychiatry en febrero de 2014: «De hecho, se ha demostrado que los acontecimientos vitales estresantes modifican la susceptibilidad al estrés de las generaciones posteriores». Las madres embarazadas que desarrollaron TEPT después de los atentados del once de septiembre tuvieron hijos que no solo tenían niveles de cortisol problemáticos, sino que se sobresaltaban más con los ruidos fuertes y al ver a personas desconocidas. En un estudio realizado en Inglaterra se observó que los problemas emocionales y de conducta de los niños se duplicaban cuando sus madres habían sufrido ansiedad durante el embarazo.
— Los Traumas son Capaces | «Los hijos de un padre que sufre un trastorno de estrés postraumático pueden desarrollar a veces su propio TEPT, al que llamamos TEPT secundario». El doctor Sack expone que cerca de un 30 por ciento de los niños cuyo padre o madre estuvieron destinados en el conflicto de Irak o de Afganistán y contrajeron TEPT sufren síntomas similares. «El trauma del padre se repite en el hijo, y los problemas conductuales y emocionales del hijo pueden ser un reflejo de los del padre». Los hijos de un padre o una madre que sufrió traumas durante el genocidio de Camboya, por ejemplo, tienden a padecer depresión y ansiedad. Del mismo modo, entre los hijos de australianos que combatieron en la guerra de Vietnam se da una tasa de suicidios superior a la de la población general. La tasa de suicidios más elevada de todo el hemisferio occidental se da entre los jóvenes indios americanos que viven en las reservas de los Estados Unidos. En algunas partes de este país, esta tasa es entre diez y diecinueve veces superior a la de la juventud estadounidense en general. Albert Bender, historiador y abogado cheroqui especializado en Derecho indioamericano, propone que «el trauma intergeneracional que sufren todos los pueblos nativos, pero más especialmente la juventud indioamericana, es consecuencia de la política histórica de genocidio que cristalizó en las masacres incontables, en los traslados de población forzosos y en las campañas militares que prosiguieron hasta finales del siglo XIX y culminaron en la masacre de Wounded Knee». Bender considera que estos suicidios están alimentados por el duelo generacional. Según dice, «todos estos recuerdos resuenan de una manera u otra en las mentes de nuestros jóvenes». Explica que los jóvenes se están ahorcando con una frecuencia tal, que «en muchas reservas se celebra que pase una semana entera sin que se haya producido ningún suicidio». El doctor LeManuel «Lee» Bitsoi, miembro de la nación navajo e investigador asociado de Genética en la Universidad de Harvard, corrobora la afirmación de Bender de que los jóvenes están volviendo a vivir el pasado en sus síntomas.
— El Trauma intergeneracional | Los jóvenes indioamericanos, como los hijos de los veteranos de guerra, como los hijos de los supervivientes del Holocausto, como los hijos de los supervivientes del genocidio de Camboya y como los hijos de los supervivientes de los atentados contra las Torres Gemelas, se cuentan entre las últimas víctimas del trauma transgeneracional en el mundo actual. Es inquietante el hecho de que la lista se va alargando cada vez más. La violencia, la guerra y la opresión siguen esparciendo las semillas de la repetición generacional de las vivencias, a medida que los supervivientes, sin saberlo, van transmitiendo lo que han vivido a las generaciones siguientes. Veamos un caso notable. Muchos jóvenes que nacieron en Ruanda después de 1994, y por tanto no llegaron a presenciar de primera mano la matanza sin sentido de 800.000 personas, tienen los mismos síntomas de estrés postraumático que los que sí fueron testigos de aquella violencia y salieron vivos de ella. Los jóvenes ruandeses afirman que padecen sentimientos de ansiedad intensa y visiones obsesivas, semejantes a los horrores que tuvieron lugar aun antes de que nacieran ellos. «Es un fenómeno que cabía esperar (...) todo lo que no se dice, se transmite», afirma el psiquiatra Naasson Munyandamutsa. Incluso los hijos de familias que no sufrieron la violencia han quedado afectados de manera similar por lo que el psiquiatra Rutakayile Bizoza llama «un contagio del subconsciente colectivo». Yehuda afirma que los hijos de madres que sufren TEPT tienen el triple de probabilidades de que se les diagnostique, a su vez, un TEPT que los niños de los grupos de control. Ha observado también que los hijos de los supervivientes tienen entre el triple y el cuádruple de probabilidades de padecer depresión o ansiedad o de caer en el consumo de drogas cuando el padre o la madre han tenido TEPT. Yehuda y su equipo también han sido capaces de apreciar diferencias en los síntomas de los niños en función de si el TEPT les fue transmitido por la madre o por el padre. Ha descubierto que el TEPT paterno hace aumentar la probabilidad de que el hijo se sienta «disociado de sus recuerdos», mientras que el TEPT materno aumenta las probabilidades de que el hijo tenga dificultades para «calmarse».
— Más Concretamente | Parece ser que en los hijos de madres que tuvieron TEPT se da el efecto contrario. Yehuda observa que las madres que sobrevivieron al Holocausto temían verse separadas de sus hijos, y que los hijos e hijas del Holocausto solían quejarse de que sus madres les tenían un apego excesivo. Yehuda cree que las modificaciones epigenéticas inducidas por el estrés que heredamos de nuestro padre se producen antes de la concepción y se transmiten por el esperma del padre. Cree también que estos cambios se pueden producir en nuestra madre tanto antes de la concepción como en el transcurso de la gestación. Yehuda observa también que la edad de la madre cuando se produce el trauma es un factor significativo que determina lo que esta transmite a sus hijos. Por ejemplo, los hijos de supervivientes del Holocausto heredaron variaciones de la enzima que convierte el cortisol activo en cortisol inactivo, variaciones que dependían de si sus madres eran muy jóvenes o personas adultas durante el Holocausto. El TEPT de un abuelo puede afectar también a las generaciones siguientes. Como vimos en el caso de Gretchen, los traumas asociados a la guerra pueden seguir escalando y afectar a los hijos de los que sufrieron el trauma de partida. Los traumas, no solo los de la guerra sino los de cualquier hecho lo bastante significativo como para perturbar el equilibrio emocional de nuestra familia (un delito, un suicidio, una muerte temprana o una pérdida repentina o inesperada), pueden llevarnos a revivir (en el sentido de volver a vivir) síntomas de traumas del pasado. Dice Sack: «El trauma se extiende por la sociedad, además de intrageneracionalmente».
— Solo en los Últimos Tiempos | Para profundizar en este conocimiento, los investigadores han recurrido a los estudios con animales. Teniendo en cuenta que los ratones tienen un mapa genético notablemente similar al humano (un 99 por ciento de los genes de los seres humanos tienen sus equivalentes en los ratones), estos estudios nos proporcionan una ventana por la que podemos asomarnos a los efectos que ejerce el estrés heredado sobre nuestras propias vidas. Estas investigaciones resultan valiosas por otro motivo. Dado que puede nacer una nueva generación de ratones al cabo de unas doce semanas, es posible obtener resultados en estudios multigeneracionales en relativamente poco tiempo. Para llevar a cabo un estudio similar con seres humanos podrían tener que pasar hasta sesenta años. Ya se están relacionando los cambios químicos de la sangre, el cerebro, los óvulos y los espermatozoides de los ratones con pautas conductuales tales como la ansiedad y la depresión en generaciones posteriores. Por ejemplo, en los estudios realizados sobre la descendencia se ha observado que el estrés de la separación materna provocaba traumas, tales como cambios de la expresión genética, que podían observarse a lo largo de tres generaciones. En uno de los estudios de este tipo, los investigadores impidieron a las hembras alimentar a sus crías en períodos de hasta tres horas cada día durante las dos primeras semanas de vida de estas. En su vida posterior, las crías manifestaban conductas semejantes a lo que se podría llamar «depresión» en los seres humanos. Parecía que los síntomas de los ratones se les iban agravando con la edad. Cosa sorprendente, algunos machos no manifestaban estas conductas en sí mismos, pero parecía que transmitían epigenéticamente los cambios de conducta a sus descendientes hembras. Los investigadores observaron también alteraciones de la metilación y cambios de la expresión genética en los ratones estresados. Entre los genes afectados se contaba el CRF2, que regula la ansiedad tanto en los ratones como en los seres humanos. Los investigadores observaron también que las células germinales (las células precursoras de los óvulos y de los espermatozoides) y los cerebros de las crías quedaban afectados por el estrés causado tras la separación de sus madres. En otro experimento realizado con ratas, las crías que recibieron niveles bajos de atención materna mostraban en su vida adulta más ansiedad y más reactividad al estrés que las ratas que habían recibido niveles altos de atención materna. Esta pauta de estrés se observó a lo largo de múltiples generaciones. Es bien sabido que los recién nacidos a los que se ha separado de sus madres pueden sufrir dificultades a consecuencia de ello. En estudios realizados con ratones macho, las crías a las que se separaba de sus madres reflejaban incrementos de la susceptibilidad al estrés que les perduraban toda la vida, y tenían, a su vez, descendientes en los que se manifestaban pautas de estrés similares, a lo largo de varias generaciones. En uno de estos estudios, realizado en 2014 en el Instituto de Investigaciones Cerebrales de la Universidad de Zúrich, los investigadores sometieron a ratones macho a períodos repetidos y prolongados de estrés intenso, separándolos de sus madres. Después, los ratones traumatizados manifestaban diversos síntomas propios de la depresión. A continuación, los investigadores hicieron que los ratones se reprodujeran, y descubrieron que las crías de la segunda y de la tercera generación manifestaban los mismos síntomas de trauma, a pesar de no haberlo sufrido por sí mismas.
— Las investigaciones Observaron | Aunque los ratones de la tercera generación manifestaban los mismos síntomas de trauma que sus padres y abuelos, no se detectaron en ellos niveles elevados de microARN, por lo que los investigadores especularon que los cambios conductuales debidos a un hecho traumático pueden manifestarse a lo largo de tres generaciones, pero quizá no pasen de allí. «Con el desequilibrio de los microARN en el esperma, hemos descubierto un factor clave por el cual se puede transmitir el trauma», explica Isabelle Mansuy, coautora del estudio. Su equipo y ella están estudiando actualmente el papel de los microARN en la herencia del trauma en los seres humanos. Mansuy y sus compañeros han publicado después, en 2016, un estudio en el que pudieron demostrar que los síntomas del trauma podían invertirse en los ratones que habían vivido como adultos en un entorno positivo de bajo estrés. No solo mejoraba la conducta de los ratones, sino que también se producían en ellos cambios de la metilación del ADN, lo que impedía que se transmitieran los síntomas a la generación siguiente. Este estudio tiene unas consecuencias especialmente importantes. Veremos en capítulos posteriores el modo de crear imágenes positivas y experiencias enriquecedoras que contribuyen a invertir las pautas de estrés que pueden haber afectado a nuestra familia durante varias generaciones. Los estudios realizados con ratones son interesantes, sobre todo, porque brindan a la ciencia pruebas tangibles de cómo los desafíos que vive una generación se pueden convertir en la herencia que se transmite a la siguiente. En un estudio realizado en 2013 en la Facultad de Medicina de la Universidad Emory sobre los descendientes de ratones macho estresados, los investigadores descubrieron que los recuerdos traumáticos se podían transmitir a las generaciones sucesivas a través de cambios epigenéticos que se producen en el ADN. Se enseñó a los ratones de una generación a que temieran el aroma de la acetofenona, semejante al de las flores de cerezo. Cada vez que se les sometía a este olor, recibían al mismo tiempo una descarga eléctrica. Al cabo de un tiempo, los ratones que habían sufrido las descargas tenían un número mayor de receptores olfativos asociados a ese aroma concreto, que les permitían detectarlo en concentraciones menores. También tenían dilatadas las regiones cerebrales dedicadas a dichos receptores. Los investigadores también pudieron identificar cambios en los espermatozoides de los ratones. Pero lo más interesante de este estudio fue lo que sucedió en las dos generaciones sucesivas. Cuando se sometía a este olor floral a los hijos de los ratones que habían sufrido las descargas, así como a las crías de estos hijos, se sobresaltaban y lo evitaban, a pesar de no haberlo percibido nunca hasta entonces. También se apreciaban en ellos los mismos cambios cerebrales. Parecía ser que los ratones no solo heredaban la sensibilidad al olor, sino también la respuesta de miedo asociada al mismo. Brian Dias, uno de los investigadores que participaron en este estudio, sugiere que «en el esperma hay algo que informa o que permite que se herede esa información». Su equipo y él observaron una metilación del ADN anormalmente baja, tanto en el esperma de los ratones padres como en el de los hijos de estos.
— El Mecanismo Preciso | Los investigadores se centraron en el gen CRF1, que codifica una molécula que interviene en la respuesta del cuerpo al estrés, y detectaron cantidades elevadas del producto molecular de este gen en el cerebro de las ratas hembra estresadas. Descubrieron también concentraciones elevadas hasta un nivel significativo de este mismo producto molecular en los óvulos de las hembras estresadas, así como en el cerebro de sus crías, lo que demostraba que la información sobre la experiencia estresante se estaba transmitiendo a través de los óvulos. Los investigadores recalcan que la conducta alterada de las ratas recién nacidas no guarda ninguna relación con el tipo de atención y cuidados que recibían las crías de sus madres. Este estudio concreto da a entender que, aunque los seres humanos recibamos buen trato y apoyo en nuestros primeros años, no dejamos de recibir el estrés que sufrieron nuestros padres antes de que nos concibieran.
— Aunque los Seres Humanos | En el capítulo siguiente veremos cómo los hermanos, hijos de los mismos padres, pueden heredar traumas distintos y hacer vidas diferentes a pesar de haber compartido una misma crianza. En un estudio sobre ratas realizado en 2014 en la Universidad de Lethbridge, en Canadá, los investigadores observaron los efectos del estrés sobre las madres preñadas y su influencia sobre los partos precoces. Los resultados indicaron que las madres estresadas tenían crías prematuras, y que sus hijas también tenían partos prematuros. Las nietas tenían incluso más partos prematuros que sus madres. Pero lo que más sorprendió a los investigadores fue lo que se produjo en la tercera generación. Las nietas de abuelas estresadas tenían partos prematuros aunque sus madres no hubieran estado estresadas. Gerlinde Metz, autora principal del artículo, dice: «Fue sorprendente el hallazgo de que el estrés suave a moderado durante el embarazo tenía un efecto acumulativo a lo largo de las generaciones. Así, los efectos del estrés iban en aumento en cada generación». Metz cree que los cambios epigenéticos se deben a moléculas de microARN no codificante79. Estos resultados podrían tener consecuencias para las madres humanas que corren riesgo de complicaciones debidas al estrés en el embarazo o en el parto.
— Una Generación Humana | No obstante, a la luz de las investigaciones que demuestran que el estrés se puede transmitir a lo largo de tres generaciones de ratones, como mínimo, los investigadores suponen que es probable que los hijos de padres humanos que han sufrido un hecho traumático o estresante no solo transmitirán esta pauta a su hijos, sino también a sus nietos. Resulta inquietante observar que la Biblia (en el libro de los Números, 14, 18) corrobora las afirmaciones de la ciencia moderna (o a la inversa), pues afirma que los pecados, las iniquidades o las consecuencias de los padres (el término concreto depende de la traducción consultada) pueden afectar a los hijos hasta la tercera y la cuarta generación. Más concretamente, en la Nueva Traducción Viviente se lee: «El Señor es lento para enojarse y está lleno de amor inagotable y perdona toda clase de pecado y rebelión; pero no absuelve al culpable. Él extiende los pecados de los padres sobre sus hijos; toda la familia se ve afectada, hasta los hijos de la tercera y la cuarta generación». Cuando se vayan publicando nuevos descubrimientos en el campo de la epigenética, es posible que las nuevas informaciones sobre el modo de mitigar los efectos transgeneracionales de los traumas se apliquen de manera generalizada.
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— La Mente de la Familia | Por decirlo de una manera sencilla, recibimos a través de nuestra madre diversos aspectos de la vida de nuestra abuela y de los cuidados que esta dedicó a nuestra madre. Los traumas que sufrió nuestra abuela, sus penas y sus sufrimientos, las dificultades que pasó en la infancia o con nuestro abuelo, las pérdidas tempranas de seres queridos... todo ello se filtró hasta cierto punto en los cuidados maternales que dedicó a nuestra madre. Si nos remontásemos una generación más, lo más probable es que viésemos lo mismo en cuanto a los cuidados maternales que recibió nuestra abuela. Es posible que no podamos ver con claridad los detalles de los hechos que dieron forma a la vida de esas personas; sin embargo, podemos sentir hondamente las repercusiones de estos detalles.
🔻 Resumen Temático del Capítulo
— Por Decirlo de Una Manera
— Lo que Heredamos
— El Desarrollo Neuronal
— Yo Conocí ese Sentimiento
05 Mi Madre Fue Criada
— Para Poner Fin al Ciclo
— Tal Como se Aprecia
— El Destacado Psicoterapeuta
— Las Personas que No Son Capaces
10 Hellinger ha Observado
— Un Destino Entrelazado
— Cuando Estás Enredado
— Hasta los Hijos
— Cuando se Produce una Ruptura
15 La Herencia de Traumas
— Reviviendo y Transmutando los Traumas
— Nuestras Mentes Tienen
— Ayudar a las Personas
— La idea de la Visualización
20 En Esencia
— Aplicando el Principio de Hebb
— Un Nuevo Mapa Cerebral
— Podemos Cambiarnos el Cerebro
— Se Han investigado
25 Los Traumas no Duermen
🔻Repaso Temático del Capitulo 3
— Los Padres
— Desde el Momento de la Concepción
— En Función de las Vivencias
— Cuando la Madre Porta
30 La Madre y el Hijo Viven
— Yo Conocí ese Sentimiento
— Aunque mi Abuela
— Quedarse sin Madre
— Para Poner Fin al Ciclo
35 Ahora Me Doy Cuenta
— Tal Como se Aprecia
— Movidos por Nuestro Miedo
— Compartimos una Conciencia Familiar
— Hellinger ha Observado
40 Un Destino Entrelazado
— Cuando Estás Enredado
🔜 El Planteamiento del Lenguaje Nuclear
Extras:
— Lo que Busco es la Verdad
— Las Emociones de Tu Linaje
— Constelaciones Familiares
— Ay Mis Ancestros
🔻 Resumen Temático del Capítulo
— Por Decirlo de Una Manera
— Lo que Heredamos
— El Desarrollo Neuronal
— Yo Conocí ese Sentimiento
05 Mi Madre Fue Criada
— Para Poner Fin al Ciclo
— Tal Como se Aprecia
— El Destacado Psicoterapeuta
— Las Personas que No Son Capaces
10 Hellinger ha Observado
— Un Destino Entrelazado
— Cuando Estás Enredado
— Hasta los Hijos
— Cuando se Produce una Ruptura
15 La Herencia de Traumas
— Reviviendo y Transmutando los Traumas
— Nuestras Mentes Tienen
— Ayudar a las Personas
— La idea de la Visualización
20 En Esencia
— Aplicando el Principio de Hebb
— Un Nuevo Mapa Cerebral
— Podemos Cambiarnos el Cerebro
— Se Han investigado
25 Los Traumas no Duermen
🔻Repaso Temático del Capitulo 3
— Los Padres
— Desde el Momento de la Concepción
— En Función de las Vivencias
— Cuando la Madre Porta
30 La Madre y el Hijo Viven
— Yo Conocí ese Sentimiento
— Aunque mi Abuela
— Quedarse sin Madre
— Para Poner Fin al Ciclo
35 Ahora Me Doy Cuenta
— Tal Como se Aprecia
— Movidos por Nuestro Miedo
— Compartimos una Conciencia Familiar
— Hellinger ha Observado
40 Un Destino Entrelazado
— Cuando Estás Enredado
🔜 El Planteamiento del Lenguaje Nuclear
Extras:
— Lo que Busco es la Verdad
— Las Emociones de Tu Linaje
— Constelaciones Familiares
— Ay Mis Ancestros
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