Coaching & Tips * Ari Shemoth
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— Un Camino Hacia Tu Realización | Soporte, Guía y Sanación Emocional y Física.
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El Lenguaje Secreto del Miedo | Muchas de ellas acudían a mí después de someterse durante años enteros a psicoterapia, medicaciones y otros tratamientos que no les habían desvelado la causa de sus síntomas ni les habían aliviado sus padecimientos.
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Lo que He Aprendido | Este «legado» es el llamado trauma familiar heredado, y cada vez existen más pruebas de que se trata de un fenómeno muy real. El dolor no siempre se disuelve solo ni se reduce con el tiempo. Aunque la persona que sufrió el trauma primitivo haya muerto, aunque su historia haya quedado sumergida en años de silencio, pueden perdurar fragmentos de las vivencias, de los recuerdos y de las sensaciones corporales, como si quisieran prolongar su existencia desde el pasado hasta resolverse en las mentes y en los cuerpos de los que vivimos en el presente.
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Lo que Vas a Leer | También reflejo en este libro mi formación profesional con el célebre psicoterapeuta Bert Hellinger, en cuyo planteamiento de la terapia familiar se manifiestan los efectos psicológicos y físicos de los traumas familiares heredados a lo largo de múltiples generaciones. Una buena parte del libro está dedicada a enseñar el modo de identificar las pautas familiares heredadas, es decir, los miedos, los sentimientos y las conductas que hemos adoptado sin saberlo y que mantienen vivo de generación en generación el ciclo del sufrimiento, y a explicar también cómo poner fin a este ciclo, que es lo más esencial de mi trabajo. Podrás aprender, como aprendí yo, que muchas de estas pautas no son nuestras; solo las hemos tomado prestadas a otros miembros de nuestra historia familiar. ¿Por qué sucede esto? Yo creo firmemente que es para que pueda salir a la luz por fin una historia que se pueda contar. Voy a contarte la mía.
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Nunca me Había Propuesto | Tuve que buscar a tientas el teléfono de mi mesa y marcar a ciegas el número de emergencias. No tardaron en enviar una ambulancia. Las migrañas oculares no suelen ser graves. Se te nubla la vista, pero se te suele normalizar de nuevo al cabo de una hora, más o menos. Solo que esto no siempre lo sabes cuando te está dando. Sin embargo, en mi caso la migraña ocular no fue más que el principio. A las pocas semanas empecé a perder la visión del ojo izquierdo. Las caras y las señales de tráfico se convirtieron en manchas grises. Los médicos me comunicaron que tenía una retinopatía serosa central, trastorno incurable y de causa desconocida. Bajo la retina se acumula líquido que termina por filtrarse y produce lesiones y enturbiamiento del campo visual. Un cinco por ciento de los pacientes, los que tienen la forma crónica de la enfermedad que había contraído yo, llegan a perder la vista hasta el punto de ser considerados ciegos según la definición legal. Me dijeron que contara con que ambos ojos quedarían afectados. Era cuestión de tiempo.
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La Verdad es que los Médicos | Me representaba mentalmente la situación una y otra vez. Cuanto más lo pensaba, más hondos eran los sentimientos de impotencia que tenía incrustados en el cuerpo. Me estaba hundiendo en arenas movedizas. Cada vez que intentaba liberarme, mis ideas volvían de nuevo a las imágenes en que me representaba a mí mismo solo, desvalido y arruinado.
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Lo Que Yo no Sabía | Estas palabras, libres y desatadas, me daban vueltas en la cabeza y me repiqueteaban en el cuerpo. Me pregunté por qué estaba otorgando tanto poder a mis pensamientos. Había otras personas que, sufriendo adversidades mucho peores que la mía, no daban tantas vueltas a sus sufrimientos como yo. ¿A qué se debía que yo me quedara tan hundido en el miedo? Me costó años encontrar la respuesta a esta pregunta. En aquel tiempo, lo único que fui capaz de hacer fue dejarlo todo. Dejé a mi pareja, a mi familia, mi empresa, mi ciudad... Dejé todo lo que conocía. Buscaba unas respuestas que no se podían encontrar en el mundo en que vivía yo, en un mundo donde parecía que había mucha gente desorientada e infeliz. Yo no tenía más que preguntas, y sentía pocas ganas de seguir adelante con la vida tal como la conocía. Traspasé mi empresa (que se dedicaba a organizar eventos y marchaba bien) a una persona a la que acababa de conocer, literalmente, y partí hacia oriente, lo más al este que pude, hasta que llegué al sudeste de Asia. Quería curarme. Solo que no sabía qué aspecto tendría esa curación. Leí libros y estudié con los maestros que los habían escrito. Siempre que oía hablar de alguien que podría ayudarme (una anciana que vivía en una choza, un hombre risueño vestido con una túnica), me presentaba ante él o ante ella. Me apuntaba a programas de formación y entonaba cánticos con los gurús. Un gurú dijo a los que nos habíamos reunido para oír sus palabras, que él no quería rodearse de buscadores sino de «encontradores». Según decía, los buscadores solo se quedaban en eso, en un estado perpetuo de búsqueda. Yo quería ser un «encontrador». Meditaba varias horas al día. Hacía ayunos de varios días seguidos. Me preparaba infusiones de plantas medicinales y combatía a las toxinas feroces que me figuraba que habían invadido mis tejidos. Mientras tanto, iba perdiendo vista y me hundía más y más en la depresión.
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No Había Caído en la Cuenta | Puede que esté teniendo lugar algo valioso dentro de nosotros; pero corremos el riesgo de pasarlo por alto si no estamos sintonizados con nuestro interior. Los curadores me animaban a mirar más hondo, preguntándome: «¿Qué es lo que no quieres ver?». ¿Pero cómo podía saberlo yo? Estaba a oscuras. En Indonesia, un gurú me iluminó un poco más diciéndome: «¿Quién te has creído que eres para no tener problemas de vista? Puede que Johan no oiga tan bien como Gerhard, y puede que Eliza no tenga los pulmones tan sanos como Gerta. Y Dietrich no anda tan bien como Sebastian, ni mucho menos». (Era un cursillo al que asistían muchos alemanes y holandeses, y parecía que casi todos tenían algún trastorno crónico). Aquello me llegó hondo. El gurú tenía razón. ¿Quién era yo para no tener problemas de vista? Oponerme a la realidad era una arrogancia por mi parte. Tenía la retina dañada y la visión borrosa, lo quisiera o no; pero yo, el «yo» que estaba por debajo de todo ello, empezaba a sentirse en calma. Con independencia de lo que hiciera mi ojo, este ya no tenía por qué ser el factor decisivo que determinaba cómo estaba yo. Para que profundizásemos en nuestro aprendizaje, aquel gurú nos hizo pasar setenta y dos horas (tres días con sus noches) sentados sobre sendos cojines, meditando, con los ojos vendados y los oídos taponados. Cada día nos daban un cuenco pequeño de arroz para comer y solo agua para beber. Sin dormir, sin levantarnos, sin acostarnos, sin comunicarnos entre nosotros. Para ir al baño tenías que levantar la mano, y entonces te acompañaban, a oscuras, a un agujero en el suelo. Esta locura tenía como objetivo eso mismo: que llegásemos a conocer de primera mano la locura de la mente a base de observarla. Descubrí que mi mente me estaba acosando constantemente con ideas en las que me representaba el peor de los casos posibles, y con la mentira de que, si me preocupaba lo suficiente, podría aislarme de aquello mismo que más temía. Después de esta experiencia y de otras semejantes empezó a aclarárseme un poco la visión interior. No obstante, el ojo seguía igual, con filtraciones y lesiones. Tener un trastorno de la vista es como una gran metáfora a muchos niveles. Acabé por descubrir que no se trataba tanto de una cuestión de lo que podía o no podía ver, sino más bien de cómo veía las cosas. Pero no fue entonces cuando di el giro radical. Encontré por fin lo que buscaba en el tercer año de la que ahora llamo «mi búsqueda de la visión». Por entonces estaba haciendo mucha meditación. La depresión se me había aliviado bastante. Podía pasar muchas horas en silencio, a solas con mi respiración o con mis sensaciones corporales. Aquello era lo más fácil.
Un Día Me Puse | El cuerpo me temblaba de ira. Estaba claro que me había interpretado mal. Yo no necesitaba ya a mis padres. Había madurado más que ellos. Había renunciado a ellos hacía mucho tiempo; los había cambiado por otros padres mejores, por padres espirituales; por todos los maestros, gurús y sabios y sabias que me guiaban hacia un despertar de nivel superior. Más aún: tenía encima varios años de terapias desacertadas, de dar puñetazos a almohadones y de hacer trizas cartulinas con las figuras de mis padres, y creía que ya había «curado» mi relación con ellos. Opté por hacer caso omiso de los consejos del gurú. A pesar de ello, esas palabras me habían calado hondo. No era capaz de quitarme de la cabeza lo que me había dicho el gurú. Estaba empezando a entender por fin que ninguna experiencia cae en saco roto. Todo lo que nos sucede tiene su valor, con independencia de que reconozcamos o no a primera vista su importancia. Todo lo que entra en nuestras vidas nos conduce hacia alguna parte en última instancia. No obstante, yo estaba decidido a mantener intacta la ilusión de quién era yo. Lo único que tenía a lo que me podía aferrar eran mis grandes dotes de meditador. De modo que solicité una reunión con otro maestro espiritual; con un maestro que pondría las cosas en su sitio, o eso creía yo firmemente. Aquel hombre infundía su amor celestial a centenares de personas cada día. No me cabía duda de que vería en mí a la persona profundamente espiritual que yo me imaginaba ser. Otra vez tuve que hacer cola un día entero para verme con él. Me llegó el turno por fin. Y, entonces, sucedió aquello. Lo mismo. Con las mismas palabras. —Llama a tus padres. Vuelve a tu casa y haz las paces con ellos. Esta vez atendí a lo que me decían. Los grandes maestros saben. A los que son verdaderamente grandes no les importa si crees o no en sus enseñanzas. Te presentan una verdad y te dejan en paz, para que descubras a solas tu propia verdad. Adam Gopnik ha descrito así la diferencia entre gurú y maestro en su libro Through the
Children’s Gate (A través de la puerta de los niños): «El gurú se nos entrega, y nos entrega después su sistema; el maestro nos entrega su materia y después nos entrega a nosotros mismos».
Los Grandes Maestros | Saben que nuestros padres tienen importancia, con independencia de si saben ser buenos padres o no. Es innegable: la historia de nuestra familia es nuestra historia. Reside en nosotros, nos guste o no. No podemos deshacernos de nuestros padres ni suprimirlos, sea cual sea la historia que tengamos con ellos. Ellos están en nosotros y nosotros formamos parte de ellos, aunque ni siquiera hayamos llegado a conocerlos. Si los rechazamos, solo conseguimos distanciarnos más de nosotros mismos y crear más sufrimiento. Aquellos dos maestros habían sido capaces de verlo. Yo no. Mi ceguera era literal y metafórica al mismo tiempo. Ahora empezaba a despertar, sobre todo al hecho de que había dejado en mi casa un lío enorme. Llevaba años juzgando a mis padres con severidad. Me figuraba que yo estaba más capacitado, que era mucho más sensible y humano que ellos. Les culpaba de todas las cosas que yo creía que estaban mal en mi vida. Ahora, tenía que volver con ellos para reponer lo que me faltaba en mi propio ser, a saber, mi vulnerabilidad. Estaba empezando a darme cuenta de que mi capacidad de recibir amor de los demás estaba asociada a mi capacidad de recibir el amor de mi madre. Con todo, no iba a resultar fácil aceptar su amor. Mi vínculo con mi madre estaba tan roto que cuando ella me abrazaba me sentía como si hubiera caído en una trampa para osos. El cuerpo se me tensaba como para crear un caparazón que ella no fuera capaz de atravesar. Esta herida afectaba a todos los aspectos de mi vida, y sobre todo a mi capacidad para mantenerme abierto en una relación de pareja. Mi madre y yo podíamos pasarnos meses enteros sin hablarnos. Cuando hablábamos, yo encontraba la manera de descartar los sentimientos cálidos que me manifestaba ella, ya fuera por medio de mis palabras o con mi lenguaje corporal blindado. Me presentaba frío y distante. A mi vez, yo la acusaba de no ser capaz de verme ni de escucharme. Era un callejón sin salida emocional. Dispuesto a curar nuestra relación rota, tomé un vuelo a Pittsburgh, la ciudad donde estaba mi casa familiar. Llevaba varios meses sin ver a mi madre. Cuando llegué ante la casa sentí la tensión que se acumulaba en mi pecho. No estaba seguro de que fuera posible reparar nuestra relación. Yo tenía dentro demasiados sentimientos en carne viva. Me preparé para lo peor, representándome mentalmente la situación. Ella me abrazaría, y yo, que no deseaba otra cosa que ablandarme en sus brazos, haría exactamente lo contrario. Me haría de acero. Y aquello fue lo que pasó. Envuelto en un abrazo que me resultaba casi insoportable, apenas era capaz de respirar. Sin embargo, le pedí que siguiera abrazándome. Quería aprender a conocer, por dentro y por fuera, la resistencia de mi cuerpo, dónde me tensaba, qué sensaciones me surgían, cómo me cerraba. Aquella información no era nueva. Ya había visto reflejada aquella pauta en mis relaciones de pareja. Solo que esta vez yo no me apartaba. Tenía el propósito de curar de raíz aquella herida. Cuanto más tiempo pasaba mi madre abrazándome, más me creía yo a punto de estallar. Aquello me producía dolor físico. El dolor daba paso a la insensibilidad, y la insensibilidad, al dolor. Después, al cabo de muchos minutos, algo cedió. Empecé a ablandarme; y seguí ablandándome a lo largo de las semanas siguientes.
La Reconciliación | Cuando mi madre volvió a casa, yo había dejado de tener confianza en su cariño. Ya no era vulnerable a ella. En vez de ello, la aparté de mí, y seguiría haciendo lo mismo durante los treinta años siguientes. Hubo otro hecho temprano que también pudo contribuir al miedo que tenía yo a que mi vida se arruinara de pronto. Mi madre me dijo que, cuando me dio a luz, el parto había sido difícil y el médico había tenido que emplear el fórceps. A consecuencia de ello, nací con múltiples magulladuras y con el cráneo algo hundido, cosa bastante común en los partos con fórceps. Mi madre me desveló, con pesar por su parte, que, cuando vio mi aspecto, al principio le costaba trabajo hasta tenerme en brazos. Su relato me llegó hondo y me ayudó a explicarme ese sentimiento de estar arruinado que yo conocía tan profundamente. Lo curioso era que los recuerdos traumáticos de mi propio nacimiento, que tenía sumergidos en el cuerpo, salían a la superficie siempre que yo «daba a luz» un proyecto nuevo o que presentaba en público un nuevo trabajo. El mero hecho de entender esto me aportó paz. También tuvo el efecto inesperado de acercarnos más a mi madre y a mí. Mientras reparaba el vínculo con mi madre, empecé a reconstruir también mi relación con mi padre. Mi padre había trabajado en la construcción y había sido sargento en la Marina. Vivía solo, en un apartamento pequeño y destartalado, el mismo en el que llevaba viviendo desde que se divorció de mi madre cuando yo tenía trece años, y no se había molestado nunca en reformarlo. Como siempre, había herramientas viejas, tuercas, tornillos, clavos y rollos de cable eléctrico y de cinta adhesiva dispersos por las habitaciones y por el pasillo. Cuando estábamos juntos en aquel mar de hierro y acero oxidados, le dije que le echaba mucho de menos. Fue como si las palabras se evaporaran en el vacío. Él no supo qué hacer con ellas. Yo había anhelado desde siempre estrechar mi relación con mi padre; pero ni él ni yo habíamos sabido hacerlo. Sin embargo, aquella vez seguimos hablando. Le dije que le quería y que había sido un buen padre. Le conté los recuerdos que tenía de las cosas que había hecho él por mí cuando yo era pequeño. Sentía que él escuchaba lo que le estaba diciendo, a pesar de que sus actos daban a entender lo contrario (se encogía de hombros, cambiaba de tema...). Tuvimos que pasar muchas semanas hablando y compartiendo recuerdos. Una de las veces que estábamos comiendo juntos, me miró fijamente a los ojos y me dijo: «Nunca creí que me quisieras». Me quedé casi sin respiración. Estaba claro que los dos teníamos dentro un gran dolor acumulado. En aquel momento, algo se rompió y se abrió. Eran nuestros corazones. A veces, el corazón debe romperse para poder abrirse. Con el tiempo, empezamos a expresarnos nuestro amor mutuo. Yo veía ya los frutos de haber confiado en las palabras de los maestros y de haber regresado a mi casa para curarme con mis padres. Estaba siendo capaz por primera vez, que yo recordara, de permitirme a mí mismo recibir el amor y el cariño de mis padres; no del modo que yo había esperado en otros tiempos, sino del modo en que ellos eran capaces de dármelo. Algo se había abierto dentro de mí. No me importaba cómo podían o no podían quererme. Lo que importaba era cómo podía recibir yo lo que ellos podían darme. Eran los mismos padres de siempre. La diferencia estaba en mí. Volvía a quererlos, como debía de quererlos cuando era muy pequeño, antes de que se produjera la ruptura del vínculo con mi madre. Mi separación temprana de mi madre, además de otros traumas semejantes que había heredado yo de mi historia familiar (más concretamente, el hecho de que tres de mis abuelos habían perdido a sus madres respectivas a edad temprana, y el cuarto había perdido a su padre siendo muy pequeño, y había perdido también, entre el dolor, una buena parte de la atención de su madre), había contribuido a forjar mi lenguaje secreto del miedo.
Una Nueva Vida | A lo largo de los meses siguientes restablecí un vínculo de cariño con mi madre. Su amor, que antes me había parecido agresivo y áspero, me resultaba ahora tranquilizador y reconfortante. También tuve la fortuna de gozar de dieciséis años de relación estrecha con mi padre antes de su muerte. Durante sus últimos cuatro años de vida, marcados por la demencia senil, mi padre me enseñó una lección sobre la vulnerabilidad y el amor, quizá la más profunda que haya aprendido yo jamás. Nos reuníamos en aquel lugar que está más allá de los pensamientos, más allá de la mente, donde solo reside el amor más profundo. Tuve muchos grandes maestros a lo largo de mis viajes. Pero, volviendo la vista atrás, comprendo que fue mi ojo, mi ojo estresado, amenazado, terrorífico, lo que me hizo volver del otro extremo del mundo; volver a mis padres, abrirme paso entre la ciénaga de los traumas familiares y llegar por fin hasta mi propio corazón. Mi ojo fue el maestro más grande de todos, con diferencia. En algún momento dado, hasta dejé de pensar en mi ojo y de preocuparme por si mejoraría o empeoraría. Ya no esperaba volver a ver con claridad. Aquello había dejado de tener importancia, de alguna manera. Recuperé la vista poco tiempo después. No lo esperaba. Ni siquiera me hacía falta. Había aprendido a estar bien con independencia de lo que hiciera mi ojo. Hoy veo perfectamente a pesar de que mi oftalmólogo me asegura que no debería ver nada con la cantidad de lesiones que tengo en la retina. Dice con expresión de escepticismo que las señales luminosas deben de estar rebotando y sorteando de alguna manera la fóvea, que es la región central de la retina. Como en tantos otros casos de curación y de transformación, lo que había parecido al principio una adversidad era, en realidad, una bendición disfrazada. Paradójicamente, después de haber buscado soluciones en los rincones más remotos del planeta, había descubierto que los mayores recursos para la curación los llevaba ya dentro de mí mismo y solo tenía que extraerlos.
La Curación Tiene que Ser Hacia Dentro | Tuve la suerte de que mis maestros me encaminaran de nuevo hacia mis padres, hacia mi casa y hacia dentro de mí mismo. A lo largo de ese camino fui descubriendo los relatos de mi historia familiar que terminaron por darme la paz. Agradecido y dotado de una sensación nueva de libertad, emprendí la misión de ayudar a otros a que descubran esta libertad por sí mismos. Llegué al mundo de la psicología a través del lenguaje. Los tests, las teorías y los modelos de conducta no me interesaban gran cosa cuando era estudiante, ni me interesaron más adelante, en mi actividad profesional. En vez de ello, atendía al lenguaje. Desarrollé técnicas de escucha y aprendí a oír lo que decían las personas, más allá de sus quejas, más allá de sus viejas historias. Aprendí a ayudarles a identificar las palabras concretas que los conducían hasta el origen de su dolor. Y si bien algunos teóricos postulan que el lenguaje desaparece durante los traumas, yo he visto una y otra vez, de primera mano, que este lenguaje no se pierde nunca. Ronda por los planos inconscientes esperando a que lo volvamos a descubrir. El lenguaje es, para mí, una herramienta de curación poderosa, y no es por casualidad. Desde siempre, que yo recuerde, el lenguaje ha sido mi maestro, mi modo de organizar el mundo y de entenderlo. He escrito poesía desde que era adolescente, y dejo cualquier cosa que tengo entre manos (bueno, casi cualquier cosa) cuando se empeña en salir a la luz una oleada inaplazable de lenguaje. Sé que al otro lado de esta entrega se encuentran ideas a las que no podría acceder de otra manera. Dentro de mi propio proceso me resultó esencial localizar las palabras solo, desvalido y arruinado. Curarse de un trauma se asemeja en muchos sentidos a crear una poesía. Ambas actividades requieren encontrar el momento oportuno y las palabras y las imágenes adecuadas. Cuando concuerdan todos estos elementos, se pone en marcha una cosa significativa que se puede sentir en el cuerpo. Para curarnos debemos sintonizar con nuestro ritmo. Si llegamos a una imagen con demasiada precipitación, es posible que no arraigue. Si las palabras que nos consuelan nos llegan demasiado pronto, quizá no estemos preparados para asumirlas. Si las palabras no tienen precisión, quizá no las oigamos o no sintonicemos con ellas para nada. En mi actividad profesional como maestro y orientador de talleres he combinado las ideas y los métodos que adquirí en mi formación sobre los traumas familiares heredados con mis conocimientos sobre el papel crucial del lenguaje. Llamo a esto el planteamiento del lenguaje nuclear. Empleo preguntas concretas para ayudar a las personas a que descubran la causa raíz de los síntomas físicos y emocionales que los tienen empantanados. Al descubrir el lenguaje adecuado, no solo queda al descubierto el trauma, sino que se desvelan las herramientas y las imágenes necesarias para la curación. Aplicando este método, he sido testigo de cómo basta una comprensión iluminadora, que llega en un instante, para cambiar unas pautas muy arraigadas de depresión, de ansiedad y de vacío. El vehículo que emplearemos para este viaje es el lenguaje, el lenguaje enterrado de nuestras inquietudes y de nuestros miedos. Es posible que este lenguaje haya vivido dentro de nosotros durante toda nuestra vida. Pudo surgir con nuestros padres, o incluso hace más generaciones, por ejemplo con nuestros bisabuelos. Nuestro lenguaje nuclear se empeña en hacerse oír. Cuando lo seguimos hasta donde nos quiere conducir y escuchamos su relato, tiene el poder de desactivar nuestros miedos más profundos.
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En Este Libro Me he Basado | Es probable que a lo largo de ese camino nos encontremos con familiares nuestros. A unos los conoceremos y a otros no. Algunos habrán muerto hace años. Algunos ni siquiera son nuestros parientes, pero sus sufrimientos o su crueldad pueden haber cambiado el destino de nuestra familia. Hasta es posible que desvelemos algún que otro secreto oculto en relatos que se habían silenciado desde hacía mucho tiempo. Pero, según me ha mostrado mi experiencia, con independencia de hasta dónde nos lleve esta exploración, llegaremos a un lugar nuevo de nuestras vidas, con una sensación mayor de libertad en nuestro cuerpo y con la capacidad de estar más en paz con nosotros mismos.
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— Este es un libro muy interesante que nos puede apoyar a comprender el origen de muchos de los problemas que aparecen en nuestra vida https://www.youtube.com/watch?v=acpg6ilPHrM
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Media is too big
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Cómo Sanar el Trauma Heredado | Enseñanzas de Mark Wolynn: "Este Dolor no es Mío"
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Este Dolor No es Mio por Mark Wolynn | Identifica y Resuelve los Traumas Familiares Heredados. Este es un libro muy interesante que nos puede apoyar a comprender el origen de muchos de los problemas que aparecen en nuestra vida.

🔻 Reseña del Libro

*️⃣Teoría del Trauma Transgeneracional
🎧 Introducción
👉 Comprar el libro en Amazon

🔻 Resumen Temático de la introducción

01 El Lenguaje Secreto del Miedo
Lo que He Aprendido
Lo que Vas a Leer
Nunca me Había Propuesto

05 La Verdad es que los Médicos
Lo Que Yo no Sabía
No Había Caído en la Cuenta
Un Día Me Puse
Los Grandes Maestros

10 La Reconciliación
Una Nueva Vida
La Curación es Hacia Dentro
En Este Libro Me he Basado
Cómo Sanar el Trauma Heredado

15 Una Buena Parte del Libro
En Mi Actividad Profesional
El Vehículo que Emplearemos
Nuestro Lenguaje Nuclear
Identifica y Resuelve los Traumas

🎧 Audiolibro en YouTube

🔻índice del Audiolibro por Capítulos

01 Traumas Perdidos y Encontrados
02 Tres Generaciones de Historia Familiar
03 La Mente de la Familia
04 El Planteamiento del Lenguaje Nuclear
05 Los Cuatro Temas inconscientes
06 La Queja Nuclear
07 Los Descriptores Nucleares
08 La Frase Nuclear
09 El Trauma Nuclear
10 Del Entendimiento a la integración
11 El Lenguaje Nuclear de la Separación
12 El Lenguaje Nuclear de las Relaciones de Pareja
13 El Lenguaje Nuclear del Éxito
14 La Medicina del Lenguaje Nuclear
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TRASCENDER A LOS TRES GRANDES

💢 Deja de Ser Tú | Prólogo e introducción

* Primera Parte: La Ciencia de Tu Ser

💢 Capítulo 1: "Tu yo Cuántico"
🎧 Escucha el Audiolibro

💢 Capítulo 2: "Ve Más Allá del Entorno"
🎧 Escucha el Audiolibro

💢 Capítulo 3: Ve Más Allá del Cuerpo"
🎧 Escucha el Audiolibro
👉 Resumen del Capítulo Tres

💢 Capítulo 4: "Ve Más Alla del Tiempo"
🎧 Escucha el Audiolibro
👉 Resumen del Capítulo Cuatro

💢 Capítulo 5: "Supervivencia Frente a Creación"
🎧 Escucha el Audiolibro

🔻 Resumen Temático: se usan diapositivas para facilitarte la identificación, el estudio, repaso y la comprensión de los nuevos conceptos o ideas.

01 Ten en Cuenta
Desarrolla Tu Cerebro
El Estado de Supervivencia
Qué Pasa con la Respuesta al Estrés?
05 Alteración del Equilibrio Químico
Activación de la Respuesta de Lucha
Los inconvenientes de la Mente
Qué Ocurre Cuando Mueves Tu Energía?
Desde una Perspectiva Psicológica
10 Los Humanos Estamos Dominados
Vivir en el Estado de Supervivencia
Tiene Sentido
Supervivencia Frente a Emociones Elevadas
Adictos a Ser Alguien
15 Si Aceptamos que la Respuesta
Como Puedes Ver
En lo que Ponemos la Atención
Vamos a Dar un Paso Más
Le que le Sucedió a un Alumno
20 Las Cinco Primeras Mañanas
El Estado Creativo
Cuando Estás en un Estado Creativo
Cuando Dejas de Estar Conectado al Cuerpo
El Mejor Consejo
25 El Lóbulo Frontal
La Meta-cognición
Allí Donde Pones la Atención
Eres lo que Eres
Si Deseas una Nueva Realidad
30 Ser Consciente de Tu Estado Mental
Si Te Vuelves Más Consciente
El Objetivo de la Autoconciencia
A Medida que Aprendes
Crea Una Mente Nueva
35 Al Reservarnos un Tiempo
Cuantos Más Conocimientos Adquiramos
El Lóbulo Frontal Como Creador
Haz Que el Pensamiento
Cuando Estás en Estado Creativo
40 El Lóbulo Frontal Como Controlador
En el Acto de Creación
Tan Pronto Como Dejamos
Supervivencia Frente a Creación: Figura 5d
Cuando Vives en el Estado Creativo
45 Cuando Tu Antigua Personalidad
Terminaste de Leer la Primera Parte

🔜 Segunda Parte: Tu Cerebro y la Meditación
Los Tres Cerebros | Capítulo 6
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