— Cómo se Crean los Distintos Estados del Ser | Figura 4B. Progresión de distintos periodos refractarios. Una experiencia crea una reacción emocional que puede transformarse en un estado de ánimo, después en el temperamento y, por último, en un rasgo de personalidad. Nosotros, como personalidad, memorizamos nuestras reacciones emocionales y vivimos en el pasado.
— Los Rasgos de Nuestra Personalidad
💢 Coaching & Tips: Hay que agregar que los rasgos de nuestra personalidad también se basan en el transgeneracional. ¿Acaso esto es una maldición o castigo inmerecido? Para nada, se trata de entender que somos parte de un sistema familiar el cual conecta a todos sus miembros de maneras que no conocemos, pero que son reales, por lo tanto, también se comparten memorias emocionales que nos pueden llegar a producir afectación en diversas partes o áreas de nuestra vida sin entender el porqué. Su presencia no tiene que ver con hacernos la vida difícil, sino con hacernos más conscientes de la presencia de estas energías que corren por nuestro sistema familiar o social para sanarlas. Una energía que produce desarmonía, bloqueos, conflictos y enfermedad esta precedida por patrones de pensamientos (creencias) que se traducirán en una forma de interpretar lo que nos acontece, el cómo nos vemos, cómo nos sentimos, lo que hacemos, cómo reaccionamos, cómo vivimos y la actitud predominante que tomamos frente a la vida. El mensajero nos invita a identificar las creencias que se comportan como un virus dentro de nuestro sistema familiar para transmutar esta energía convirtiéndola en un mayor nivel de conciencia (de conocimiento espiritual y comprensión emocional). Cuando alguien te hable de tus ancestros, piensa en términos de creencias que compartes con quienes te preceden y que ahora tienes la oportunidad de sanar reorientando esta energía mental. "El espíritu sana al cuerpo". Si cambias tu manera de pensarte, cambiará tu actitud y con ello tu realidad. Si aprendes a escuchar el mensaje e interpretarlo correctamente, podrás reprogramarte como te lo propone el Dr. Dispenza. Si te aplicas en esta labor de manera personal, estarás sanado a tus ancestros, a tus padres e hijos, a tu pareja y familiares presentes. Pues cada vez que se va más allá del entorno, del cuerpo y del tiempo es lo mismo que ir más allá de tu sistema familiar o tu historia almica. Si te encargas en identificar aquello de lo que eres portador, dejarás de ver esto como un problema y más bien lo tratarás como una oportunidad que está a tu alcance para liberar estas energías densas y que no pasen más a las nuevas generaciones produciendo perjuicios. 🦋 Sanándote @ Ari Shemoth
💢 Coaching & Tips: Hay que agregar que los rasgos de nuestra personalidad también se basan en el transgeneracional. ¿Acaso esto es una maldición o castigo inmerecido? Para nada, se trata de entender que somos parte de un sistema familiar el cual conecta a todos sus miembros de maneras que no conocemos, pero que son reales, por lo tanto, también se comparten memorias emocionales que nos pueden llegar a producir afectación en diversas partes o áreas de nuestra vida sin entender el porqué. Su presencia no tiene que ver con hacernos la vida difícil, sino con hacernos más conscientes de la presencia de estas energías que corren por nuestro sistema familiar o social para sanarlas. Una energía que produce desarmonía, bloqueos, conflictos y enfermedad esta precedida por patrones de pensamientos (creencias) que se traducirán en una forma de interpretar lo que nos acontece, el cómo nos vemos, cómo nos sentimos, lo que hacemos, cómo reaccionamos, cómo vivimos y la actitud predominante que tomamos frente a la vida. El mensajero nos invita a identificar las creencias que se comportan como un virus dentro de nuestro sistema familiar para transmutar esta energía convirtiéndola en un mayor nivel de conciencia (de conocimiento espiritual y comprensión emocional). Cuando alguien te hable de tus ancestros, piensa en términos de creencias que compartes con quienes te preceden y que ahora tienes la oportunidad de sanar reorientando esta energía mental. "El espíritu sana al cuerpo". Si cambias tu manera de pensarte, cambiará tu actitud y con ello tu realidad. Si aprendes a escuchar el mensaje e interpretarlo correctamente, podrás reprogramarte como te lo propone el Dr. Dispenza. Si te aplicas en esta labor de manera personal, estarás sanado a tus ancestros, a tus padres e hijos, a tu pareja y familiares presentes. Pues cada vez que se va más allá del entorno, del cuerpo y del tiempo es lo mismo que ir más allá de tu sistema familiar o tu historia almica. Si te encargas en identificar aquello de lo que eres portador, dejarás de ver esto como un problema y más bien lo tratarás como una oportunidad que está a tu alcance para liberar estas energías densas y que no pasen más a las nuevas generaciones produciendo perjuicios. 🦋 Sanándote @ Ari Shemoth
— Hay Otra Cosa que Nos impide Cambiar | Como ya sabes, podemos acostumbrar al cuerpo a vivir en el futuro. Aunque, claro está, esto puede servirnos para mejorar nuestra vida, como cuando nos concentramos en una nueva experiencia, como hizo mi hija al crear el trabajo de verano deseado en Italia. Como su historia demuestra, si nos concentramos en una situación futura deseada y planeamos cómo nos prepararemos o comportaremos, llega un momento en que vemos ese posible futuro con tanta claridad y concreción que nuestro pensamiento empieza a transformarse en la experiencia. En cuanto el pensamiento se convierte en la experiencia, genera una emoción. Cuando empezamos a sentir la emoción de una situación antes de que ésta se materialice, el cuerpo (como mente inconsciente) comienza a responder como si la situación ya estuviera sucediendo. Pero ¿qué ocurre si empezamos a anticipar una experiencia futura no deseada o incluso nos obsesionamos con el peor de los escenarios, basándonos en un recuerdo del pasado? Seguimos programando el cuerpo para que experimente una situación futura antes de que ésta ocurra. Ahora el cuerpo ya no vive en el presente o en el pasado, sino en el futuro, pero en un futuro basado en alguna construcción del pasado. Cuando esto ocurre, el cuerpo no sabe distinguir la situación real de la imaginada. Como creemos que lo más probable es que esa situación imaginada nos pase en la vida, el cuerpo se prepara para ella. Y empieza a vivirla de una forma muy real. El siguiente ejemplo muestra cómo vivimos en el futuro basándonos en el pasado. Imagínate que te han pedido que des una conferencia ante 350 personas, pero te da miedo hablar en público por los recuerdos de las desastrosas charlas que diste en el pasado. Cuando piensas en la conferencia, te imaginas plantado ante la audiencia, tartamudeando y perdiendo el hilo de los pensamientos. Tu cuerpo empieza a responder como si esta situación del futuro estuviera ocurriendo. Los hombros se te tensan, el corazón te martillea en el pecho y te pones a sudar profusamente. Mientras te imaginas el tan temido día, haces que tu cuerpo ya esté viviendo esta estresante realidad. Absorto en la posibilidad de fracasar de nuevo y obsesionado con ello, no dejas de pensar en esa temida realidad. La mente y el cuerpo, polarizados, van del pasado al futuro una y otra vez. Y, en consecuencia, te estás privando de la novedad de un maravilloso resultado en el futuro. Como un ejemplo más universal de vivir en un futuro previsible, pongamos que durante muchos años al despertar por la mañana llevas a cabo de manera automática las mismas acciones de siempre. El cuerpo está tan acostumbrado a esa rutina diaria que pasa de una tarea a otra casi mecánicamente. Das de comer al perro, te cepillas los dientes, te vistes, preparas el té, sacas la basura, coges las cartas del buzón...; captas la idea, ¿no? Aunque te despiertes pensando hacer algo distinto, vuelves a lo mismo, a lo mismo de siempre, como si no pudieras evitarlo. Después de haber memorizado esta clase de acciones durante una o dos décadas, tu cuerpo ha aprendido a esperarlas. En realidad, como subconscientemente lo has programado para vivir en el futuro, esto te permite dormirte detrás del volante, incluso se podría decir que ya no eres tú el que conduce. Ahora tu cuerpo no puede existir en el presente. Se ocupa de dirigirte haciendo funcionar un montón de programas inconscientes mientras tú te acomodas en el asiento del copiloto y dejas que te lleve a un destino rutinario y conocido. Para abandonar tus hábitos casi automáticos y dejar de anticipar el futuro, necesitas aprender a vivir más allá del tiempo (más adelante me extenderé sobre el tema).
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— Las Emociones de Siempre | Un compañero del trabajo te invita a la barbacoa del Cuatro de Julio.* Sabes que todos los de tu departamento van a ir, pero no te gusta el anfitrión. Siempre es el número uno y no le importa hacérselo saber a los demás. Cada vez que ha organizado un encuentro, has acabado pasándolo fatal, porque este tipo hace que te subas por las paredes. Mientras conduces hacia su casa, no dejas de pensar en que en la última fiesta interrumpió la comida para regalarle a su mujer un nuevo BMW. Estás seguro, como le has estado diciendo a tu pareja durante toda esta semana, que será un día horrible. Y acaba siéndolo. Te ponen una multa por saltarte un stop. Un compañero tuyo derrama una cerveza sobre tus pantalones y la camisa. Y la hamburguesa al punto que has pedido está poco hecha. Pero dada la actitud (tu estado del ser) con la que has ido a la fiesta, ¿cómo podías esperar que las cosas te fueran mejor? Te has despertado esperando un día horrible y ha acabado siéndolo. Has estado pasando de tu obsesión con un futuro no deseado (anticipando lo que sucedería) a vivir en el pasado (comparando el estímulo que estabas recibiendo con los que recibiste en el pasado) para crear más de lo mismo. Si observas tus pensamientos y los escribes, verás que la mayor parte del tiempo estás pensando en el futuro o en el pasado.
— Vive tu Nuevo Futuro | Por qué no decidir vivir ahora el futuro elegido? En lugar de obsesionarte con una situación traumática o estresante que temes vivir en el futuro, basándote en tu experiencia del pasado, obsesiónate con una nueva experiencia deseada que aún no hayas sentido emocionalmente. Permítete vivir ahora en ese posible nuevo futuro, hasta el extremo que tu cuerpo acepte o crea estar sintiendo las elevadas emociones que la situación te producirá en el presente. (Aprenderás a hacerlo) ¿Te acuerdas de cuando le dije a mi hija que debía vivir como si ya hubiera experimentado aquel maravilloso verano en Italia? Al hacerlo, ella le estaba transmitiendo al campo cuántico que aquella situación ya se había materializado. Las personas que han destacado en el mundo lo han demostrado, miles de las llamadas personas corrientes lo han conseguido y tú también puedes lograrlo. Tienes todo el equipo neurológico necesario para trascender el tiempo, para adquirir esta habilidad. Lo que algunos llaman milagros, yo lo considero casos de individuos que se esforzaron en cambiar su estado del ser para que el cuerpo y la mente ya no siguieran siendo simplemente un registro del pasado, sino dos activos compañeros encaminándose hacia un futuro mejor.
— Trasciende los Tres Grandes | Me apuesto lo que sea a que en algún momento de tu vida (quizás incluso con frecuencia) has pensado más allá del entorno, el cuerpo y el tiempo. Esos momentos en los que trasciendes los Tres Grandes es lo que algunos llaman un estado de «fluir». Hay varias formas de describir lo que sucede cuando el entorno, el cuerpo y la noción del tiempo desaparecen y nos «olvidamos» del mundo. Cuando doy charlas, les pido a los asistentes que me describan algún momento creativo en el que estuvieran tan enfrascados en algo o tan relajados y a gusto que entraron en un estado alterado de conciencia. Estas experiencias suelen ser de dos clases. La primera es la llamada experiencia cumbre, un momento trascendente en el que alcanzamos un estado del ser que asociamos con los monjes y los místicos. Comparada con este episodio tan espiritual, la otra clase de experiencia puede parecer más mundana, ordinaria y prosaica, pero esto no significa que sea menos importante. Mientras escribía este libro viví muchos momentos normales como éstos (aunque no tan a menudo como me hubiera gustado). Cuando me siento a escribir, suelo tener muchas otras cosas en la cabeza: mi cargada agenda de viajes, mis pacientes, mis hijos, mi equipo de trabajo, lo hambriento/soñoliento/feliz que me siento. Si es un buen día, cuando estoy inspirado y las palabras fluyen sin ningún esfuerzo, siento como si mis manos y el teclado fueran una prolongación de mi mente. No soy consciente de mis dedos moviéndose por el teclado ni de mi espalda apoyada en el respaldo de la silla. Los árboles mecidos por la brisa que veo desde la ventana del estudio desaparecen y la pequeña tensión en mi cuello ya no me distrae. Estoy completamente concentrado y absorto en las palabras que aparecen en la pantalla del ordenador. Y de pronto descubro que, aunque parezca haber transcurrido tan sólo un instante, ya hace una hora o más que estoy escribiendo. Seguramente a ti también te ha ocurrido algo parecido mientras conducías, veías una película, disfrutabas de una cena en buena compañía, leías, tejías, tocabas el piano o simplemente estabas sentado en medio de la naturaleza en un lugar silencioso. No sé si a ti también te pasa, pero después de vivir uno de esos momentos en los que el entorno, el cuerpo y el tiempo parecen desaparecer, me siento como nuevo. No siempre se dan mientras estoy escribiendo, pero al terminar de escribir mi segundo libro descubrí que ahora me ocurren más a menudo. A base de práctica, he conseguido controlar el estado de fluir y ahora ya no es una experiencia tan fortuita o imprevista como antes. Trascender los Tres Grandes para vivir esta clase de momentos es esencial para despojarte de tu mente y crear otra nueva.
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— Tu Primer Objetivo | Trascender los Tres Grandes es esencial para despojarte de tu mente y crear otra nueva. Lo que algunos llaman milagros, yo lo considero casos de individuos que se esforzaron en cambiar su estado del ser para que el cuerpo y la mente ya no siguieran siendo simplemente un registro del pasado, sino dos activos compañeros encaminándose hacia un futuro mejor.
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💢 Capítulo 4 del Libro "Deja de Ser Tú"
🎧 Escucha el Audiolibro
👉 Resumen
🔻 Índice Temático: se usan diapositivas para facilitarte la identificación, el estudio, repaso y la comprensión de los nuevos conceptos o ideas.
01 Se ha Escrito Largo y Tendido
— He Hablado
— Memorización de las Emociones
— El Subconsciente se Ocupa
05 En Cuanto Abandonamos
— De las Emociones al Estado de Ánimo
— ¿Qué Ocurre si Un Estado de Ánimo Persiste?
— Cómo se Crean los Distintos Estados del Ser
— Los Rasgos de Nuestra Personalidad
10 Para Poder Cambiar Nuestra Personalidad
— Hay Otra Cosa que Nos impide Cambiar
— Las Emociones de Siempre
— Vive Tu Nuevo Futuro
— Trasciende los Tres Grandes
15 Tu Primer Objetivo
🔜 Supervivencia Frente a Creación
🎧 Escucha el Audiolibro
👉 Resumen
🔻 Índice Temático: se usan diapositivas para facilitarte la identificación, el estudio, repaso y la comprensión de los nuevos conceptos o ideas.
01 Se ha Escrito Largo y Tendido
— He Hablado
— Memorización de las Emociones
— El Subconsciente se Ocupa
05 En Cuanto Abandonamos
— De las Emociones al Estado de Ánimo
— ¿Qué Ocurre si Un Estado de Ánimo Persiste?
— Cómo se Crean los Distintos Estados del Ser
— Los Rasgos de Nuestra Personalidad
10 Para Poder Cambiar Nuestra Personalidad
— Hay Otra Cosa que Nos impide Cambiar
— Las Emociones de Siempre
— Vive Tu Nuevo Futuro
— Trasciende los Tres Grandes
15 Tu Primer Objetivo
🔜 Supervivencia Frente a Creación
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— «Supervivencia Frente a Creación» 🎧 Audiolibro del Capítulo 04 «Deja de Ser Tú» por Joe Dispenza | Autoconocimiento 360º con Meditaciones del Dr. Dispenza
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Este dolor no es mío. Identifica y resuelve los traumas familiares heredados https://a.co/d/cBdn1Mn
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— El Lenguaje Secreto del Miedo | Muchas de ellas acudían a mí después de someterse durante años enteros a psicoterapia, medicaciones y otros tratamientos que no les habían desvelado la causa de sus síntomas ni les habían aliviado sus padecimientos.
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— Lo que He Aprendido | Este «legado» es el llamado trauma familiar heredado, y cada vez existen más pruebas de que se trata de un fenómeno muy real. El dolor no siempre se disuelve solo ni se reduce con el tiempo. Aunque la persona que sufrió el trauma primitivo haya muerto, aunque su historia haya quedado sumergida en años de silencio, pueden perdurar fragmentos de las vivencias, de los recuerdos y de las sensaciones corporales, como si quisieran prolongar su existencia desde el pasado hasta resolverse en las mentes y en los cuerpos de los que vivimos en el presente.
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— Lo que Vas a Leer | También reflejo en este libro mi formación profesional con el célebre psicoterapeuta Bert Hellinger, en cuyo planteamiento de la terapia familiar se manifiestan los efectos psicológicos y físicos de los traumas familiares heredados a lo largo de múltiples generaciones. Una buena parte del libro está dedicada a enseñar el modo de identificar las pautas familiares heredadas, es decir, los miedos, los sentimientos y las conductas que hemos adoptado sin saberlo y que mantienen vivo de generación en generación el ciclo del sufrimiento, y a explicar también cómo poner fin a este ciclo, que es lo más esencial de mi trabajo. Podrás aprender, como aprendí yo, que muchas de estas pautas no son nuestras; solo las hemos tomado prestadas a otros miembros de nuestra historia familiar. ¿Por qué sucede esto? Yo creo firmemente que es para que pueda salir a la luz por fin una historia que se pueda contar. Voy a contarte la mía.
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— Nunca me Había Propuesto | Tuve que buscar a tientas el teléfono de mi mesa y marcar a ciegas el número de emergencias. No tardaron en enviar una ambulancia. Las migrañas oculares no suelen ser graves. Se te nubla la vista, pero se te suele normalizar de nuevo al cabo de una hora, más o menos. Solo que esto no siempre lo sabes cuando te está dando. Sin embargo, en mi caso la migraña ocular no fue más que el principio. A las pocas semanas empecé a perder la visión del ojo izquierdo. Las caras y las señales de tráfico se convirtieron en manchas grises. Los médicos me comunicaron que tenía una retinopatía serosa central, trastorno incurable y de causa desconocida. Bajo la retina se acumula líquido que termina por filtrarse y produce lesiones y enturbiamiento del campo visual. Un cinco por ciento de los pacientes, los que tienen la forma crónica de la enfermedad que había contraído yo, llegan a perder la vista hasta el punto de ser considerados ciegos según la definición legal. Me dijeron que contara con que ambos ojos quedarían afectados. Era cuestión de tiempo.
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— La Verdad es que los Médicos | Me representaba mentalmente la situación una y otra vez. Cuanto más lo pensaba, más hondos eran los sentimientos de impotencia que tenía incrustados en el cuerpo. Me estaba hundiendo en arenas movedizas. Cada vez que intentaba liberarme, mis ideas volvían de nuevo a las imágenes en que me representaba a mí mismo solo, desvalido y arruinado.
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— Lo Que Yo no Sabía | Estas palabras, libres y desatadas, me daban vueltas en la cabeza y me repiqueteaban en el cuerpo. Me pregunté por qué estaba otorgando tanto poder a mis pensamientos. Había otras personas que, sufriendo adversidades mucho peores que la mía, no daban tantas vueltas a sus sufrimientos como yo. ¿A qué se debía que yo me quedara tan hundido en el miedo? Me costó años encontrar la respuesta a esta pregunta. En aquel tiempo, lo único que fui capaz de hacer fue dejarlo todo. Dejé a mi pareja, a mi familia, mi empresa, mi ciudad... Dejé todo lo que conocía. Buscaba unas respuestas que no se podían encontrar en el mundo en que vivía yo, en un mundo donde parecía que había mucha gente desorientada e infeliz. Yo no tenía más que preguntas, y sentía pocas ganas de seguir adelante con la vida tal como la conocía. Traspasé mi empresa (que se dedicaba a organizar eventos y marchaba bien) a una persona a la que acababa de conocer, literalmente, y partí hacia oriente, lo más al este que pude, hasta que llegué al sudeste de Asia. Quería curarme. Solo que no sabía qué aspecto tendría esa curación. Leí libros y estudié con los maestros que los habían escrito. Siempre que oía hablar de alguien que podría ayudarme (una anciana que vivía en una choza, un hombre risueño vestido con una túnica), me presentaba ante él o ante ella. Me apuntaba a programas de formación y entonaba cánticos con los gurús. Un gurú dijo a los que nos habíamos reunido para oír sus palabras, que él no quería rodearse de buscadores sino de «encontradores». Según decía, los buscadores solo se quedaban en eso, en un estado perpetuo de búsqueda. Yo quería ser un «encontrador». Meditaba varias horas al día. Hacía ayunos de varios días seguidos. Me preparaba infusiones de plantas medicinales y combatía a las toxinas feroces que me figuraba que habían invadido mis tejidos. Mientras tanto, iba perdiendo vista y me hundía más y más en la depresión.
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— No Había Caído en la Cuenta | Puede que esté teniendo lugar algo valioso dentro de nosotros; pero corremos el riesgo de pasarlo por alto si no estamos sintonizados con nuestro interior. Los curadores me animaban a mirar más hondo, preguntándome: «¿Qué es lo que no quieres ver?». ¿Pero cómo podía saberlo yo? Estaba a oscuras. En Indonesia, un gurú me iluminó un poco más diciéndome: «¿Quién te has creído que eres para no tener problemas de vista? Puede que Johan no oiga tan bien como Gerhard, y puede que Eliza no tenga los pulmones tan sanos como Gerta. Y Dietrich no anda tan bien como Sebastian, ni mucho menos». (Era un cursillo al que asistían muchos alemanes y holandeses, y parecía que casi todos tenían algún trastorno crónico). Aquello me llegó hondo. El gurú tenía razón. ¿Quién era yo para no tener problemas de vista? Oponerme a la realidad era una arrogancia por mi parte. Tenía la retina dañada y la visión borrosa, lo quisiera o no; pero yo, el «yo» que estaba por debajo de todo ello, empezaba a sentirse en calma. Con independencia de lo que hiciera mi ojo, este ya no tenía por qué ser el factor decisivo que determinaba cómo estaba yo. Para que profundizásemos en nuestro aprendizaje, aquel gurú nos hizo pasar setenta y dos horas (tres días con sus noches) sentados sobre sendos cojines, meditando, con los ojos vendados y los oídos taponados. Cada día nos daban un cuenco pequeño de arroz para comer y solo agua para beber. Sin dormir, sin levantarnos, sin acostarnos, sin comunicarnos entre nosotros. Para ir al baño tenías que levantar la mano, y entonces te acompañaban, a oscuras, a un agujero en el suelo. Esta locura tenía como objetivo eso mismo: que llegásemos a conocer de primera mano la locura de la mente a base de observarla. Descubrí que mi mente me estaba acosando constantemente con ideas en las que me representaba el peor de los casos posibles, y con la mentira de que, si me preocupaba lo suficiente, podría aislarme de aquello mismo que más temía. Después de esta experiencia y de otras semejantes empezó a aclarárseme un poco la visión interior. No obstante, el ojo seguía igual, con filtraciones y lesiones. Tener un trastorno de la vista es como una gran metáfora a muchos niveles. Acabé por descubrir que no se trataba tanto de una cuestión de lo que podía o no podía ver, sino más bien de cómo veía las cosas. Pero no fue entonces cuando di el giro radical. Encontré por fin lo que buscaba en el tercer año de la que ahora llamo «mi búsqueda de la visión». Por entonces estaba haciendo mucha meditación. La depresión se me había aliviado bastante. Podía pasar muchas horas en silencio, a solas con mi respiración o con mis sensaciones corporales. Aquello era lo más fácil.
— Un Día Me Puse | El cuerpo me temblaba de ira. Estaba claro que me había interpretado mal. Yo no necesitaba ya a mis padres. Había madurado más que ellos. Había renunciado a ellos hacía mucho tiempo; los había cambiado por otros padres mejores, por padres espirituales; por todos los maestros, gurús y sabios y sabias que me guiaban hacia un despertar de nivel superior. Más aún: tenía encima varios años de terapias desacertadas, de dar puñetazos a almohadones y de hacer trizas cartulinas con las figuras de mis padres, y creía que ya había «curado» mi relación con ellos. Opté por hacer caso omiso de los consejos del gurú. A pesar de ello, esas palabras me habían calado hondo. No era capaz de quitarme de la cabeza lo que me había dicho el gurú. Estaba empezando a entender por fin que ninguna experiencia cae en saco roto. Todo lo que nos sucede tiene su valor, con independencia de que reconozcamos o no a primera vista su importancia. Todo lo que entra en nuestras vidas nos conduce hacia alguna parte en última instancia. No obstante, yo estaba decidido a mantener intacta la ilusión de quién era yo. Lo único que tenía a lo que me podía aferrar eran mis grandes dotes de meditador. De modo que solicité una reunión con otro maestro espiritual; con un maestro que pondría las cosas en su sitio, o eso creía yo firmemente. Aquel hombre infundía su amor celestial a centenares de personas cada día. No me cabía duda de que vería en mí a la persona profundamente espiritual que yo me imaginaba ser. Otra vez tuve que hacer cola un día entero para verme con él. Me llegó el turno por fin. Y, entonces, sucedió aquello. Lo mismo. Con las mismas palabras. —Llama a tus padres. Vuelve a tu casa y haz las paces con ellos. Esta vez atendí a lo que me decían. Los grandes maestros saben. A los que son verdaderamente grandes no les importa si crees o no en sus enseñanzas. Te presentan una verdad y te dejan en paz, para que descubras a solas tu propia verdad. Adam Gopnik ha descrito así la diferencia entre gurú y maestro en su libro Through the
Children’s Gate (A través de la puerta de los niños): «El gurú se nos entrega, y nos entrega después su sistema; el maestro nos entrega su materia y después nos entrega a nosotros mismos».
Children’s Gate (A través de la puerta de los niños): «El gurú se nos entrega, y nos entrega después su sistema; el maestro nos entrega su materia y después nos entrega a nosotros mismos».
— Los Grandes Maestros | Saben que nuestros padres tienen importancia, con independencia de si saben ser buenos padres o no. Es innegable: la historia de nuestra familia es nuestra historia. Reside en nosotros, nos guste o no. No podemos deshacernos de nuestros padres ni suprimirlos, sea cual sea la historia que tengamos con ellos. Ellos están en nosotros y nosotros formamos parte de ellos, aunque ni siquiera hayamos llegado a conocerlos. Si los rechazamos, solo conseguimos distanciarnos más de nosotros mismos y crear más sufrimiento. Aquellos dos maestros habían sido capaces de verlo. Yo no. Mi ceguera era literal y metafórica al mismo tiempo. Ahora empezaba a despertar, sobre todo al hecho de que había dejado en mi casa un lío enorme. Llevaba años juzgando a mis padres con severidad. Me figuraba que yo estaba más capacitado, que era mucho más sensible y humano que ellos. Les culpaba de todas las cosas que yo creía que estaban mal en mi vida. Ahora, tenía que volver con ellos para reponer lo que me faltaba en mi propio ser, a saber, mi vulnerabilidad. Estaba empezando a darme cuenta de que mi capacidad de recibir amor de los demás estaba asociada a mi capacidad de recibir el amor de mi madre. Con todo, no iba a resultar fácil aceptar su amor. Mi vínculo con mi madre estaba tan roto que cuando ella me abrazaba me sentía como si hubiera caído en una trampa para osos. El cuerpo se me tensaba como para crear un caparazón que ella no fuera capaz de atravesar. Esta herida afectaba a todos los aspectos de mi vida, y sobre todo a mi capacidad para mantenerme abierto en una relación de pareja. Mi madre y yo podíamos pasarnos meses enteros sin hablarnos. Cuando hablábamos, yo encontraba la manera de descartar los sentimientos cálidos que me manifestaba ella, ya fuera por medio de mis palabras o con mi lenguaje corporal blindado. Me presentaba frío y distante. A mi vez, yo la acusaba de no ser capaz de verme ni de escucharme. Era un callejón sin salida emocional. Dispuesto a curar nuestra relación rota, tomé un vuelo a Pittsburgh, la ciudad donde estaba mi casa familiar. Llevaba varios meses sin ver a mi madre. Cuando llegué ante la casa sentí la tensión que se acumulaba en mi pecho. No estaba seguro de que fuera posible reparar nuestra relación. Yo tenía dentro demasiados sentimientos en carne viva. Me preparé para lo peor, representándome mentalmente la situación. Ella me abrazaría, y yo, que no deseaba otra cosa que ablandarme en sus brazos, haría exactamente lo contrario. Me haría de acero. Y aquello fue lo que pasó. Envuelto en un abrazo que me resultaba casi insoportable, apenas era capaz de respirar. Sin embargo, le pedí que siguiera abrazándome. Quería aprender a conocer, por dentro y por fuera, la resistencia de mi cuerpo, dónde me tensaba, qué sensaciones me surgían, cómo me cerraba. Aquella información no era nueva. Ya había visto reflejada aquella pauta en mis relaciones de pareja. Solo que esta vez yo no me apartaba. Tenía el propósito de curar de raíz aquella herida. Cuanto más tiempo pasaba mi madre abrazándome, más me creía yo a punto de estallar. Aquello me producía dolor físico. El dolor daba paso a la insensibilidad, y la insensibilidad, al dolor. Después, al cabo de muchos minutos, algo cedió. Empecé a ablandarme; y seguí ablandándome a lo largo de las semanas siguientes.
— La Reconciliación | Cuando mi madre volvió a casa, yo había dejado de tener confianza en su cariño. Ya no era vulnerable a ella. En vez de ello, la aparté de mí, y seguiría haciendo lo mismo durante los treinta años siguientes. Hubo otro hecho temprano que también pudo contribuir al miedo que tenía yo a que mi vida se arruinara de pronto. Mi madre me dijo que, cuando me dio a luz, el parto había sido difícil y el médico había tenido que emplear el fórceps. A consecuencia de ello, nací con múltiples magulladuras y con el cráneo algo hundido, cosa bastante común en los partos con fórceps. Mi madre me desveló, con pesar por su parte, que, cuando vio mi aspecto, al principio le costaba trabajo hasta tenerme en brazos. Su relato me llegó hondo y me ayudó a explicarme ese sentimiento de estar arruinado que yo conocía tan profundamente. Lo curioso era que los recuerdos traumáticos de mi propio nacimiento, que tenía sumergidos en el cuerpo, salían a la superficie siempre que yo «daba a luz» un proyecto nuevo o que presentaba en público un nuevo trabajo. El mero hecho de entender esto me aportó paz. También tuvo el efecto inesperado de acercarnos más a mi madre y a mí. Mientras reparaba el vínculo con mi madre, empecé a reconstruir también mi relación con mi padre. Mi padre había trabajado en la construcción y había sido sargento en la Marina. Vivía solo, en un apartamento pequeño y destartalado, el mismo en el que llevaba viviendo desde que se divorció de mi madre cuando yo tenía trece años, y no se había molestado nunca en reformarlo. Como siempre, había herramientas viejas, tuercas, tornillos, clavos y rollos de cable eléctrico y de cinta adhesiva dispersos por las habitaciones y por el pasillo. Cuando estábamos juntos en aquel mar de hierro y acero oxidados, le dije que le echaba mucho de menos. Fue como si las palabras se evaporaran en el vacío. Él no supo qué hacer con ellas. Yo había anhelado desde siempre estrechar mi relación con mi padre; pero ni él ni yo habíamos sabido hacerlo. Sin embargo, aquella vez seguimos hablando. Le dije que le quería y que había sido un buen padre. Le conté los recuerdos que tenía de las cosas que había hecho él por mí cuando yo era pequeño. Sentía que él escuchaba lo que le estaba diciendo, a pesar de que sus actos daban a entender lo contrario (se encogía de hombros, cambiaba de tema...). Tuvimos que pasar muchas semanas hablando y compartiendo recuerdos. Una de las veces que estábamos comiendo juntos, me miró fijamente a los ojos y me dijo: «Nunca creí que me quisieras». Me quedé casi sin respiración. Estaba claro que los dos teníamos dentro un gran dolor acumulado. En aquel momento, algo se rompió y se abrió. Eran nuestros corazones. A veces, el corazón debe romperse para poder abrirse. Con el tiempo, empezamos a expresarnos nuestro amor mutuo. Yo veía ya los frutos de haber confiado en las palabras de los maestros y de haber regresado a mi casa para curarme con mis padres. Estaba siendo capaz por primera vez, que yo recordara, de permitirme a mí mismo recibir el amor y el cariño de mis padres; no del modo que yo había esperado en otros tiempos, sino del modo en que ellos eran capaces de dármelo. Algo se había abierto dentro de mí. No me importaba cómo podían o no podían quererme. Lo que importaba era cómo podía recibir yo lo que ellos podían darme. Eran los mismos padres de siempre. La diferencia estaba en mí. Volvía a quererlos, como debía de quererlos cuando era muy pequeño, antes de que se produjera la ruptura del vínculo con mi madre. Mi separación temprana de mi madre, además de otros traumas semejantes que había heredado yo de mi historia familiar (más concretamente, el hecho de que tres de mis abuelos habían perdido a sus madres respectivas a edad temprana, y el cuarto había perdido a su padre siendo muy pequeño, y había perdido también, entre el dolor, una buena parte de la atención de su madre), había contribuido a forjar mi lenguaje secreto del miedo.